En los 30
años de Proceso
Enrique
Maza *
Hace
30 años, en su primer número, Proceso escribía:
Este semanario nace de la contradicción
entre el afán de someter a los escritores
públicos y la decisión de estos de ejercer su
libertad y su dignidad
Nos empeñamos en
hacerlo porque estamos persuadidos de que es
importante contribuir a que la nación se conozca
a sí misma para que, a partir de su propia
conciencia, pueda delinear su porvenir justo y
digno... Proceso de los hechos, proceso a los
hechos y a sus protagonistas: estas son las
líneas de acción de nuestro semanario.
En otra de sus
páginas, hace esta reflexión: El cáncer
es una enfermedad que crece para sí misma a
costa del cuerpo. El resultado del sexenio (de
Luis Echeverría), en una profunda corrupción,
es que el capital privado, nacional y extranjero,
y el poder político crecieron para sí mismos a
costa del cuerpo social.
Desde hace 30
años, Proceso ha venido haciendo, en su
información sin concesiones, el proceso de la
antinomia que desgarra a nuestra nación y que
nos remite al dualismo profundo en que vivimos y
a sus tendencias contradictorias: creencia y
crítica, conformismo e inconformidad, inercia y
superación, negación del pueblo y afirmación
popular, acumulación de riqueza y pobreza
generalizada, clase privilegiada y ciudadanía
que no acaba de surgir.
Estas
oposiciones acusan períodos de crisis, como los
que vivimos hace 30 años, los que hemos vivido
periódicamente y los que estamos viviendo ahora,
con sus síntomas inquietantes, acostumbrados al
desorden y, peor aún, a la falta de ética y a
la suciedad moral; amoldados a la trivialización
del pensamiento, al estrechamiento de miras, a la
mecanización de conductas, a la chabacanería de
valores. Estamos creando una sociedad habituada a
sus venenos patentizados por la ley televisa.
Mercaderes de ilusiones.
Los síntomas
han crecido de tal modo, que la angustia y el
malestar que se perciben en grandes sectores de
la población tienen la magnitud del fracaso:
basta con ver a los desnutridos, a los
desempleados, a los migrantes, a los indígenas,
a los que mueren de enfermedades curables. Son
los síntomas de esta sociedad enferma, que Proceso
ha reporteado, notificado y denunciado durante 30
años. Igualmente hacía el Excélsior que
no pudo soportar Echeverría y del cual nos
corrió, porque le ponía frente a los ojos el
rostro del México real. Eso era en verdad lo que
no soportaba, porque le hacía ver la futilidad y
el fracaso de su presidencia desperdiciada.
Recurrir a la violencia es propio de hombres
frustrados y miserables. No hay para qué evocar
aquí todos los mecanismos de defensa que
pretenden soslayar el fracaso.
Entre la
tranquilidad y la verdad, Proceso escogió
la verdad. Pero no la verdad fría porque, cuando
la verdad no se hace carne y sangre, carece de
fuerza. Su verdad no es como la verdad política
que, por lo común, no tiene solidez, porque
resulta de la propia victoria pírrica carente de
compromiso. Hay que oír a los panistas de hoy:
su palabra no tiene enjundia. Es el caso típico
de la clase dominante, prisionera del conflicto
interno que resulta de su propia victoria,
repartida entre la mala fe y la buena conciencia
que se convence a sí misma de haberle lavado la
cara al sistema. Olvidan que el hombre no vive
solamente de bienestar y de poder bajo la
protección tutelar de los tecnócratas.
No tiene freno
el deseo de tener, porque es cuantitativo y nunca
se llega al fin aritmético. Tampoco tiene freno
el deseo de poder, porque nada asegura que
violencia, por un lado, y pasividad e
irresponsabilidad, por el otro, no sigan
alimentándose mutuamente. No se ve hoy, como no
se ha visto en las 1566 semanas en las que ha se
publicado Proceso, durante 30 años,
razón alguna para esperar que se ponga término
al hambre que hay en México o que florezca la
justicia para todos los mexicanos, porque poder,
dinero y política siguen siendo represivos.
Siempre lo son.
A ese mundo
quisieron llevarnos los presidentes neoliberales,
de Miguel de la Madrid hasta Fox, pero ese mundo
está marcado por el fracaso. El mundo de
intercambio es de hecho inconcebible e
irrealizable, porque las diferencias de
necesidades, de capacidades y de poderes lo
arruinan en su noción misma.
Por eso, la
muerte se infiltra siempre, de un modo o de otro,
en nuestras relaciones interhumanas. No sólo la
muerte física sobre todo la muerte por
hambre-, sino la muerte social, cultural,
intelectual, afectiva, familiar; la muerte de la
justicia, de la moral, de la conciencia, de la
calidad humana. Y ahí entramos de lleno al
terreno periodístico. Es el terreno de Proceso.
Porque es el
terreno de la realidad, de los acontecimientos,
de lo que pasa, de lo que se sufre, de lo que se
dice, de lo que se hace, de lo que deja de
hacerse, de lo que se roba, del cinismo del
poder, de la crueldad del dinero, de la vida como
se vive arriba y abajo. Fue sintomática la
crítica que se hacía a Proceso y
que todavía se escucha-: Es una dosis
semanal de bilis. La fuga de la realidad:
no querer saber, esconder la cabeza en la arena;
que no se perturben la vida acomodada, la
conciencia domesticada, el dinero resguardado, el
poder incuestionable, el sueño de hadas.
Por eso, uno de
los retos de Proceso fue llegar a una
sociedad que quería cobrar conciencia de sí
misma, a una ciudadanía que no acababa de serlo.
La televisión pretendía y pretende enterrarla
en la vulgaridad; la coacción estatal se
convierte en instrumento de clase, con un poder
represivo de los grupos sociales, que pretende
acabar con toda lucha y con toda impugnación.
Díaz Ordaz con el 68, Echeverría con el 71 y
con el cierre de Excélsior, y López
Portillo con el bloqueo publicitario a Proceso
lo demostraron así.
Sin querer
queriendo, Proceso se volvió una palanca
de la sociedad. Tal vez no era su papel, pero fue
su efecto periodístico, porque escrutó sin
cesar y sin concesiones los móviles sociales,
económicos, políticos, humanos, religiosos y
culturales, en su naturaleza, en sus decisiones
autoritarias, en el modelo de país que nos
imponen y en sus consecuencias. Es
inconmensurable la distancia del modelo a la
realidad. En tiempos como estos, es necesario
conservar en nuestro pensamiento y en nuestros
corazones la voluntad de lucidez y la pasión de
la grandeza y del riesgo.
Por eso, la
información y la reflexión de Proceso
han debido manejarse en un mar de problemas y en
un arduo esfuerzo de investigación, esperando
siempre que su información ayude a que el
individuo y la sociedad se conozcan y cobren
conciencia de sí mismos. No nos equivocamos
cuando hablamos de la quiebra del humanismo en
nuestro país. Quizá sea ésa la razón de que
la revista Proceso haya encontrado tantos
ecos. Y, en este sentido, tal vez, no se
equivocan quienes dicen que Proceso ha
desempeñado bien su papel de mala
conciencia o, como diría Sartre, de
carga a fondo contra el tiempo.
*
Enrique Maza es
fundador y miembro del Consejo de Administración
del semanario mexicano Proceso. Este texto fue escrito para un número
especial por el 30 aniversario de Proceso, y se reproduce en SdP con la autorización expresa de su
director, Rafael Rodríguez Castañeda. ©
Comunicación e Información, S.A. de C.V.
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