De la
normalización de la crítica
Carlos
Monsiváis *
A
los gobernantes de mentalidad primitiva o
autocomplaciente o sólo segura si la acompaña
la aureola de unanimidad, la crítica les resulta
intolerable. (Entiéndase por crítica cualquier
obstáculo en el camino hacia la beatificación
que es el nicho en la Historia). A los poderosos
la crítica les resulta la insidia que persuade o
puede persuadir a los inocentes, la conjura desde
la hipocresía de libros y revistas, el desafío
que se niega a entender las razones del poder. Al
presidente Manuel Ávila Camacho y, sobre todo,
al presidente Miguel Alemán Valdés, la crítica
les ofende. Si el poder no es intangible, se
convierte en algo mísero, en la materia prima
del anonimato. Un ejemplo: en 1951 el semanario Presente,
dirigido por Jorge Piñó Sandoval, critica
con burlas al grupo alemanista y al
Presidente. Alemán ya es una persona resuelta,
moderna y un tanto cuanto adquisitiva. La
respuesta a Piñó: unos pistoleros invaden el
taller de la revista, golpean ferozmente al
director (al que le causan lesiones permanentes)
y a los operarios, y Presente desaparece.
En
esos años, la prensa nacional (es
decir capitalina), Excélsior en muy
primer término, es el registro complaciente de
los actos de gobierno. Todo al servicio del
régimen: las ocho columnas, las crónicas de las
campañas electorales, la buena fama de los
señaladamente corruptos, el festejo de cualquier
discurso. Carlos Denegri, el reportero estrella
de Excélsior, se distingue por la
capacidad de trabajo, la eficacia en la
adulación, la cursilería sin medida y el abuso
de poder. Su columna Miscelánea es
leída, o mejor, es descifrada por la clase
política (los periodistas inventan la expresión
sociológica: clase política es
el sector al margen de las divisiones
convencionales, que responde a un solo jefe y
reacciona como un solo hombre en los
momentos de decisión. Si buscan adjetivar a la
clase política sólo hay un término, priísta).
Si Denegri no es, no podría ser, el único
columnista que ensalza al régimen y se ostenta
como influyentazo, sí es el ejemplo
límite del periodista en uso de sus
libertades, que reverencia a los poderosos
y se comporta caciquilmente.
El
director de Excélsior, indescifrable y
previsible, es Rodrigo de Llano, de la
vieja escuela o de la Universidad de
la Vida, de las sesiones de análisis
de la política y de la nación que, a modo
de ponencias, se reúnen en comidas prolongadas
donde el whiskey y el cognac son
los preámbulos de la lucidez. Don Rodrigo se
preocupa mi informante es la Hemeroteca
Nacional por nunca defraudar al Presidente
de la República, y para ello combate a los
subversivos y nunca informa más de lo debido.
Y si en las manifestaciones los estudiantes o los
obreros gritan ¡Prensa vendida!, en
rigor elogian a los periódicos, porque la
desconfianza de unos cuantos es la confianza del
Lector Que Importa, y de los secretarios de
Estado, los gobernadores, los senadores, los
diputados, los empresarios, los altos clérigos.
Los lectores comunes y corrientes (todos los no
incluidos en la lista anterior) padecen de
resignación y cinismo, de indiferencia teatral
que al cabo de un tiempo es indiferencia
profunda, de recelo que se trueca en alarmismo,
de atisbos entre líneas de los hechos probables:
Si mencionan el entusiasmo delirante ante
al Informe quiere decir que a lo mejor no todos
se durmieron.
De las transformaciones
sobre la marcha
Excélsior
es una gran empresa, factura millones de
pesos, es una seguridad para anunciantes y
dolientes (entre los privilegios de los difuntos
está la publicación de su esquela en la primera
sección, el verdadero ataúd de lujo), es el
espacio confiable de las aspiraciones políticas
y es la escuela de muchísimos periodistas
verdaderos. Entre ellos, en una generación,
Julio Scherer García, Manuel Becerra Acosta
hijo, Alberto Ramírez de Aguilar, Hero
Rodríguez Toro. Scherer, Becerra Acosta y
Ramírez de Aguilar firman una columna política
con el seudónimo de Julio Manuel Ramírez, y
hasta donde les es posible combaten la impunidad
informativa de las columnas de Denegri, las
Misceláneas (Scherer tiene serios
problemas con Rodrigo de Llano, el Skipper, por
firmar un manifiesto de protesta por los
acontecimientos del 4 de agosto de 1960, cuando
los profesores del Movimiento Revolucionario del
Magisterio, dirigido por Othón Salazar, intentan
marchar de la Normal de Rivera de San Cosme al
Zócalo, y son reprimidos con saña por
policías, agentes secretos y policía montada).
Transformar Excélsior es muy arduo por el
arraigo de las prácticas corruptas (el embute,
el chayote, el sobre, las categorías de la
mitología de la avenida Bucareli y del
restaurante Ambassadeur) y por el control
minucioso del gobierno, más específicamente de
la Secretaría de Gobernación.
Demasiadas
vocaciones se extinguen por las oportunidades de
corrupción y, en igual o en mayor medida, por
las inmensas dificultades para informar con
objetividad. ¿Cómo se sostiene un periodismo
independiente? ¿Quién distribuye sus
publicaciones, quién les consigue anuncios,
quién negocia con los políticos? Los
funcionarios no nada más son los informantes
secretos, la legión de Gargantas
Profundas especializadas en la mentira, también
son los censores, los que reclaman con aspereza o
falsa cordialidad al irritarse con una nota o un
artículo, o al exigir la complicidad que es
militancia abierta a favor de su candidatura. Y
en el estire y afloja cotidiano se entrena el
periodismo que informa como puede y cuando le
dejan. ¡Ah, la metamorfosis del joven idealista
que amanece en cortesano beligerante! ¡Ah, la
emoción con que se recibe la invitación a comer
con el Secretario de Estado o el Presidente de la
República! Una tras otra, se festejan las
represiones de los gobiernos de Adolfo Ruiz
Cortines y Adolfo López Mateos contra la
insurgencia sindical, o se descubren los
engaños, por ejemplo cuando el Regente del
Departamento Central Ernesto P. Uruchurtu cae de
la gracia del presidente Gustavo Díaz Ordaz, y
deja de ser el Regente de Hierro
volviéndose el funcionario prepotente e
insufrible que debe abandonar su puesto de
inmediato.
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* * * *
En
1968, el grupo de Julio Scherer gana la
dirección de Excélsior y casi su primer
acto es suprimir la venta de las ocho columnas,
tan increíble como pueda parecer. (Insisto:
júzguese al periodismo no con los criterios
actuales, sino con los de una sociedad sometida
por entero al Presidente y al PRI). Con la mayor
rapidez posible, Scherer transforma las reglas de
juego y estimula la información confiable. No
desaparecen de golpe los periodistas corruptos, o
se interrumpe la cercanía entre prensa y poder;
tan sólo, y esta transformación es inusitada,
se ejerce el periodismo con rigor creciente, y en
un medio sometido a todas las asfixias, se inicia
el reportaje de investigación. Scherer asume la
dirección en agosto de 1968, y semanas después
estalla el Movimiento estudiantil.
El
trato informativo de la huelga estudiantil es una
prueba de los límites impuestos y de las maneras
distintas para decir la verdad. No hay
enfrentamiento con el régimen, tampoco los
reporteros suelen ocultar los hechos. Y el
desarrollo del Movimiento impulsa el cambio
progresivo. El Excélsior del 3 de octubre
comprueba avances y controles. La información
es, para la magnitud de los hechos, insuficiente,
pero del criterio editorial se encarga el cartón
de Abel Quezada, un rectángulo negro con la
pregunta: ¿Por qué?
De cómo resultó que la
gran amistad entre periodistas y políticos nunca
comenzó
Las
atmósferas mitológicas de la avenida Bucareli
(1920-1968 aproximadamente) se sostienen en
varias premisas, si así se quiere llamar a la
sabiduría que si se enuncia se desvanece. Cito
algunas:
Un político es el mejor
amigo del periodista pero no de la
persona,
noticia es que un hombre
represente casi en exclusiva a la Patria,
vacío noticioso es la condición de la
Patria,
las fuentes
generalmente bien informadas son la
conversión del chisme en mitomanía,
el Presidente de la
República es el mexicano mejor informado
porque quien diga lo contrario no es
mexicano,
el Presidente no dicta la
línea informativa, él es la línea
informativa,
un periodista que cree en
su oficio es una frustración que
persevera,
los subversivos desearían
criticar a las instituciones, pero para
que esto suceda deberían conseguir que
alguien les publicara sus calumnias, lo
que sólo ocurre en libelos de quinientos
ejemplares, y
el buen periodista no
publica la noticia exclusiva, la comenta
a carcajadas a altas horas de la noche.
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* * * *
La
búsqueda de la credibilidad continúa y al final
de su sexenio Díaz Ordaz ya detesta a Excélsior,
y el sucesor, Luis Echeverría, procura la
cercanía. La apertura democrática
se pone en marcha y al principio le resulta
atractiva a bastantes, pero pronto se disipa el
beneficio de la duda: no hay tal cosa como
la apertura democrática, el
autoritarismo del régimen es radical, así ya se
conceda la existencia marginal de la crítica
(acto de generosidad de un régimen con apenas 42
ó 43 años en el poder), y el hostigamiento a la
prensa usa sólo en la capital de
métodos un tanto más sutiles que cárceles,
golpizas o desapariciones, por ejemplo el manejo
de la dotación de papel de la compañía estatal
PIPSA. Al tiempo que impulsa el reportaje de
investigación y las crónicas mordaces, Scherer
invita a la página editorial a intelectuales
críticos, Daniel Cosío Villegas el más
destacado. 1973 y 1974 son años muy tensos y Excélsior
no se distancia del gobierno, porque éste
oculta su violencia y sus saqueos (no se sabe
prácticamente nada de la guerra sucia del
régimen). En 1975 los elementos del conflicto ya
son inocultables.
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* * * *
El
grupo de Scherer atraviesa por estos círculos
del cinismo y la corrupción y de modo paulatino
intuye, inicia y propone un periodismo distinto.
No hablo de milagros sino de espacios arrebatados
a las inercias del miedo y la deshonestidad. Y si
1968 es al momento del salto mental, el sexenio
de Luis Echeverría educa en la eliminación del
autoengaño. Echeverría cree
desproporcionadamente en la imagen que obtendrá
de los Medios, en especial de la prensa, y por
eso recompensa la largueza a los reporteros,
negocia con los dueños de las empresas
periodísticas, arrastra consigo a cientos de
reporteros que cantan sus alabanzas (en lo
posible, que nunca es mucho) y reafirman su
dimensión de estadista internacional. Pero la
torpeza, la ineptitud, la corrupción que se
vislumbra y los ecos sordos de la represión
hacen que Scherer y su grupo cercano ejerzan ya
el distanciamiento.
Entonces
las alusiones desfavorables hacen el papel de
críticas frontales, y así el historiador
aficionado Gastón García Cantú pasa por
oposicionista acérrimo. A Echeverría, educado
en la unanimidad (La República sólo
conoce un sonido: la voz presidencial), las
críticas le irritan o le indignan (¿cómo
advertir los matices de un burócrata exaltado?),
y por eso se dispone al aplastamiento de los
periodistas herejes. Al principio Scherer no lo
cree por una razón elemental: ante el poder
presidencial Excélsior es tan poca cosa
que no hace falta una conspiración para quitar
de su sitio al director. Pero Echeverría está
convencido de su dualidad: el político antiguo
con el repertorio de traiciones y bajezas, y el
estadista moderno que recibe a la emigración
chilena, que protege al Tercer Mundo, que habla
como si entendiera a Frantz Fanon y a Paolo
Freire. Y mientras quiere resolver de una plumada
el conflicto árabe-israelí, prepara la caída
del insolente y los suyos.
Tras
una campaña de retiro de anunciantes, y la
invasión del fraccionamiento de Excélsior en
Paseos de Taxqueña, se produce la asamblea de la
cooperativa del 8 de julio. Allí, en la asamblea
que se convierte en la encerrona pistoleril,
Scherer y su grupo abandonan Excélsior y
asciende Regino Díaz Redondo, director de la Extra,
un periodista menor sin otro relieve previo que
su acatamiento de las órdenes gubernamentales y
su lealtad declamada a Scherer (remito al lector
a la excelente crónica de Vicente Leñero, Los
periodistas, y al libro testimonial de
Scherer, Los Presidentes).
De los preparativos de Proceso
De
julio a noviembre de 1976 Scherer y su grupo,
más jóvenes que llegan de varias partes, se
disponen a ejercer un periodismo distinto, no
radicalmente diferente pero ya desprovisto del
forcejeo cotidiano con el poder. Lo primero es
concederle el centro al reportaje de
investigación, lo siguiente es eliminar las
concesiones, lo que se consigue de modo
abrumador. Los temas se multiplican y la
política todo lo corrompe, una forma como otras
de decir que el capitalismo salvaje maneja los
accesos al poder y sus métodos. De 1976 a 2006,
no sin errores y entre grandes aciertos, Proceso
se propone informar a fondo, y lo que en la Era
del PRI fue casi imposible, ahora, era del
desvencijamiento de esta República,
es cada vez más directo, y libre. La crítica se
normaliza pero la impunidad continúa al mando.
*
Carlos Monsiváis
es escritor y articulista. Este texto fue escrito
para un número especial por el 30 aniversario de
Proceso, y se reproduce en SdP con la autorización expresa de su
director, Rafael Rodríguez Castañeda. ©
Comunicación e Información, S.A. de C.V.
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