Homenaje
crítico
Enrique
Krauze *
Mi
vínculo con Proceso es antiguo,
complejo, difícil y entrañable. Nació en
aquella multitudinaria reunión del hotel María
Isabel en la cual Julio Scherer anunció la
aparición de un semanario de información,
análisis y crítica. Era la digna y valiente
respuesta al atropello que semanas atrás había
perpetrado el gobierno de Echeverría contra el
periódico Excélsior. Al acto acudimos,
si no recuerdo mal, Octavio Paz, Alejandro Rossi,
Gabriel Zaid y yo. El entusiasmo de la
convocatoria nos contagió. Paz y sus amigos de Plural
habíamos salido de Excélsior por
solidaridad con Scherer y habíamos firmado una
carta pública de protesta. Por eso estábamos
ahí. Pero el ejemplo de Proceso avivó
en Paz y en nosotros la idea de fundar una
revista literaria independiente. Creo que no
exagero si digo que Proceso y Vuelta,
que vieron la luz a fines de 1976, fueron
revistas hermanas.
Mi sentimiento
de agravio con respeto al golpe quedó registrado
en un pequeño testimonio de la sección
Letras, letrillas, letrones del
primer número de Vuelta. Lo titulé
Cosío Villegas y Excélsior:
Mucho tiempo antes de que ocurriera el coup
de Excélsior, Cosío Villegas lo temió y
profetizó. Pequeños detalles, como el retiro de
los anuncios de Canal 13, le parecían
reveladores. A fines de febrero los temores por Excélsior
se le agudizaron. Quiso advertir a los
directores, pero todos creyeron que estaba
chocheando. Dos días antes de su
muerte comentaba que nadie compartía su
preocupación; el golpe le parecía cercano.
Afortunadamente para él, no vivió para verlo.
Tengo para mí que se habría exiliado. En
ese artículo, transcribí también algunos
párrafos en los que aquel gran liberal advertía
sobre los riesgos que pendían sobre la prensa
libre la de Scherer en aquellos
tiempos del carro completo:
resulta
difícil ser optimista pues parece
incuestionable que una tarea tan pesada como
es la regeneración general de la prensa
mexicana no puede descansar en un solo
diario, tanto por la desproporción entre la
magnitud de esa tarea y el esfuerzo aplicado
a ella, como porque justamente a causa de su
soledad, ese diario se convierte
automáticamente en blanco de tirios y
troyanos
Ese aislamiento
de Excélsior, voz independiente en un mar
de servilismo, fue, en efecto, la razón de su
violento final. Pero la libertad de pensamiento,
madre de todas las libertades, no pudo ser
acallada, y de aquel hachazo salieron diarios y
revistas que renovaron el periodismo mexicano y
exhibieron en su inanición intelectual y moral a
los medios y órganos puramente comerciales u
oficiosos. Proceso tuvo el
mérito histórico de ser el precursor.
Pasaron los
años. Muchos antiguos colaboradores de Excélsior
dejaron Proceso, algunos
discretamente, otros por convicción, unos más
por conveniencia. Por mi parte, aunque colaboraba
de manera discontinua, seguí defendiendo la
causa de Proceso en toda oportunidad que
se me presentaba. Ese proceso personal de ser
públicamente fiel a Proceso, y
contribuir a la memoria histórica del golpe, me
costó una buena cantidad de ataques en aquel
espurio Excélsior dirigido digamos
así por una persona ahora olvidada pero
que, con su traición, dañó la causa de la
libertad de expresión en México y, sobre todo,
a la cooperativa de Excélsior, que vivió
muerta por muchos años sin saber que lo estaba.
Recuerdo y vindico ahora esa trayectoria de 30
años de lealtad, no porque la considere
especialmente meritoria (muchos otros la
ejercieron), sino porque siento que me permitirá
hablar con claridad y franqueza sobre los
aspectos que considero criticables de Proceso.
*
* * * *
Además de amigo
de la institución he sido su lector atento,
contrariado, apasionado. Cada fin de semana,
donde esté, sin esperar a la suscripción que
llega a mi oficina, compro y leo la revista. Es
parte de un ritual que me ha acompañado desde
noviembre de 1976. En términos generales,
durante casi 25 años coincidí con su temple
crítico o, como decía Octavio Paz, con su
pasión crítica. Como ha señalado
Gabriel Zaid, durante el período de 1976 a 1994
había muchas cosas en la vida pública mexicana
que no podían leerse más que en Proceso.
Sobre la histórica contribución de Proceso
a la democracia mexicana escribí unas
líneas en tiempos de Salinas de Gortari que
querría rescatar ahora, porque recobran el
entusiasmo y la gratitud que sentía por el gran
semanario:
Ir a Proceso
domingo a domingo es como ir a misa:
allí se comulga con la verdad pública.
Durante todo el trayecto de estos tres
sexenios, Proceso se ha mantenido
intacto en la fe del público. La razón es
simple: En Proceso el lector
ha encontrado la verdad impublicable, la que
los secretarios sueñan con acallar o
suprimir. Sólo en sus páginas están los
escándalos de corrupción, crímenes
políticos, expedientes comprometedores,
trayectorias personales, negocios ilícitos,
transacciones dudosas, medidas erráticas,
declaraciones contradictorias, puñaladas
traperas, enjuagues secretos que integran esa
tupida red de complicidades que sustenta al
sistema político mexicano. Nuestra
vida pública, decía Cosío Villegas,
no es pública. En esa medida, es
natural que la poderosa corporación
política que nos gobierna maneje con
absoluta secretividad sus decisiones, censure
las noticias que no le convienen y en general
trate a la prensa como un departamento
interno o asociado de relaciones públicas.
La prensa como negocio que depende del
patrocinio, escribe Gabriel Zaid,
tiende a decir lo que quieren sus
patrocinadores, aunque los lectores sepan que
están leyendo un comercial y tengan que
recurrir al teléfono, la conversación, el
chisme, los rumores, para conjeturar lo que
pasa en silencio. Proceso
ayuda a conjeturar lo que pasa en público.
No ha estado al arbitrio de ningún
patrocinio. Proceso sólo
depende de sus lectores. Es un instrumento,
un vehículo, una plaza, un café, un
voceador de la sociedad civil, no un
departamento del poder. Ése ha sido su
único secreto.
Como lector de Proceso,
debo confesar que desde 2000 y aun antes, en
tiempos de Zedillo, su contenido político, y
sobre todo sus portadas, me han decepcionado y,
con frecuencia, irritado. Cosío Villegas (que
quería y admiraba mucho a Julio Scherer) se
quejaba conmigo del carácter estridente y
extremista de Excélsior en los últimos
meses de la administración legítima del
periódico, la única que Cosío conoció. Yo
entiendo muy bien que, como voz crítica, Proceso
no puede, casi por principio, aplaudir los
actos del gobierno, del signo que sea. No es ese
su papel. Por otra parte, muchas de sus críticas
han sido certeras. Fox, es verdad, mezcló
irresponsablemente la vida privada con la
pública, la vida empresarial con la política,
la vida del creyente con la vida del presidente.
Con todo, creo que por más mediocre que haya
sido su desempeño no es comparable con los males
que a México y a Proceso le
infligieron los gobiernos autoritarios del PRI.
Entiendo, por otra parte, que ha habido otros
agravios en juego, una inquina personal de la
pareja presidencial contra el
semanario (y, según entiendo, contra miembros de
la familia Scherer) que llegó a reflejarse en
tribunales. Todo ello me parece un atropello y
una torpeza (una más) de Los Pinos. Pero, sin
desestimar esos factores, me pregunto si en el
fondo de la animosidad sistemática de Proceso
contra el nuevo régimen no hay una visión
prejuiciada que nubla la visión y la misión de
la revista.
Más allá de
las querellas con el presidente y su consorte, en
la actitud de Proceso con
respecto al PAN hay en juego, si no me engaño,
un factor adicional que me parece importante
señalar, un factor religioso. Me explico. Los
pilares espirituales de Proceso (mis
admirados amigos Vicente Leñero, Enrique Maza,
entre otros) pertenecen a una corriente de
izquierda cristiana que por razones morales y
hasta teológicas de fondo desprecian acremente a
sus correligionarios fanatizados, los que, con
aspereza pero con tino, Adolfo Christlieb
Ibarrola llamaba meadores de agua
bendita, los católicos ultramontanos,
grupos como los Tecos o el
Yunque, u órdenes religiosas como los
Legionarios de Cristo. Esa querella dentro del
catolicismo es un río profundo en el espíritu
de Proceso. Yo no repruebo esa
polémica; lo que lamento es que a veces amalgame
en esas corrientes retardatarias todo el espectro
de la política que no es de
izquierda, no sólo a sectores moderados
del PAN (como el que representaba aquel amigo de
Scherer y mío, colaborador histórico de Proceso,
Juan José Hinojosa), sino hasta a autores
liberales que nada tienen que ver con el PAN.
Sostengo que la posición histórico-moral de Proceso
frente a esas corrientes de inspiración
católica no es clara, consciente y argumentada.
Tal como está, parece más bien sorda,
soterrada, confusa, vindicativa, irracional, y
por eso quizá se cuela a las páginas
principales con una vehemencia que, por momentos,
linda con el fanatismo. En pocas palabras, Proceso
debe a sus lectores una discusión seria,
autocrítica y profunda una mesa redonda
tal vez sobre su posición
teológico-política: un auténtico examen de
conciencia. Quizá al hacerlo descubriría los
resortes de su propio dogmatismo. Y descubriría
algo más que me importa sobremanera subrayar: su
lamentable incomprensión y su alejamiento de la
tradición con la que, en lo personal, me
identifico: la tradición política liberal, que
nada tiene de conservadora ni de reaccionaria.
Dejemos el
Cielo, volvamos a la tierra. Nunca comienzo a
leer Proceso por el índice.
Siempre busco la caricatura de Naranjo. Mi
relación con él es dichosamente
esquizofrénica: el contenido ideológico no me
interesa, me parece previsible, simplón,
maniqueo; pero siempre, o casi siempre, celebro
su mal humor, su malicia, su mala leche, su
sarcasmo y hasta su ocasional ternura. Lo
considero un dibujante genial. Vuelta no
incluía caricaturas en sus páginas y dudo que
Octavio Paz hubiera invitado a Naranjo, pero en Letras
Libres no dudamos en publicarlo cuando se da
la ocasión. Decir que Naranjo, en la forma,
está a la altura de los caricaturistas liberales
de La Orquesta, parece un lugar común. Es
rigurosamente cierto. Otro caricaturista muy
estimable es Efrén, en la sección cultural: sus
cartones son imaginativos y originales.
La sección
editorial se ha mantenido entera con altas
y bajas, a través del tiempo, gracias en parte
al ejemplo vivo de editorialistas célebres,
puentes entre la utopía y la realidad, como
Heberto Castillo. Fue plural en sus inicios y
creo que en cierta medida lo sigue siendo ahora,
por sus equilibrios de género, edad, postura
ideológica y enfoque. A pesar de seguir un ritmo
semanal y competir con las secciones diarias de
los periódicos, las páginas editoriales de Proceso
aportan algo nuevo. En lo personal, respeto a
Miguel Ángel Granados Chapa (tan prolífico que
a veces pienso que cada uno de sus nombres y
apellidos es un autor por sí mismo), a Carlos
Tello (que combina la historia del pasado y del
presente) y a Javier Sicilia, siempre noble y
apasionado, aunque enemigo jurado del
liberalismo.
No leo mucho, lo
confieso, la sección Internacional. No porque le
falte pertinencia. De hecho sus corresponsales
son solventes y las fotografías que se publican
suelen ser escalofriantes. El motivo de mi
omisión es la competencia del internet y las
revistas internacionales especializadas. Pero se
trata, no hay duda, de una sección
imprescindible para el lector mexicano, que
siempre ha tendido a mantener una perspectiva
provinciana. Deslizo una sola crítica: su
postura sistemáticamente adversa a Israel y un
antiyanquismo sin matices que impide ver el
escenario mundial con claridad.
La sección que
me compete más de cerca es la de Cultura. Como
nota personal, quiero reconocer que, en los
momentos más delicados de confrontación en el
mundo cultural (los que siguieron, por ejemplo,
al Encuentro Vuelta y al
Coloquio de Invierno), Proceso
mantuvo una actitud de neutralidad y un
propósito de objetividad. No pocas veces fue muy
injusta y hasta displicente con Paz, pero en mi
caso permítaseme reconocerlo no
tengo un solo agravio. Tuve siempre el derecho de
réplica, y no pocas de las buenas y malas
polémicas en las que me enredé en mis años
mozos y no tan mozos, tuvieron como escenario las
páginas de Proceso. En cuanto a
su tratamiento de la revista Letras Libres
(en su tres ediciones: España, México e
internet) tengo un pequeño reproche: su actitud
ha sido excluyente.
Fundada y
dirigida por muchos años por Vicente Leñero y
su lugarteniente Armado Ponce, la sección de
Cultura de Proceso ha ofrecido
entrevistas y reportajes que aún ahora se
extrañan en las páginas culturales de los
periódicos. Tratándose de querellas (tan
frecuentes en el ámbito cultural), por lo
general Proceso dio voz a todas
las partes. Para un futuro historiador de la
cultura mexicana que se interese en la etapa
1977-1994, la sección será una fuente de
primera importancia. Allí encontrará el clima,
la atmósfera, la tensión de varios episodios
que marcaron a nuestra República de las
Letras. Aunque se interesa poco en el
proceso creativo de los autores, y peca al buscar
el escándalo cultural, una característica
apreciable en la sección es su respeto a la
calidad literaria. Los falsos prestigios, las
frívolas burguesas de la literatura (hoy tan
omnipresentes), los opinadores sin obra, los
oportunistas, los ideólogos adocenados no han
tenido cabida y, menos aún, reconocimiento en
esas páginas.
Finalmente, una
palabra sobre sus críticos de planta: son sin
excepción informados, inteligentes y escriben
bien. La crítica de libros es tan buena que
merecería ampliarse, lo mismo que las artes. A
Florence Toussaint, la excelente crítica de
medios, le tengo otro pequeño reproche: Pienso
que los 250 documentales históricos de Clío
habrían merecido alguna vez un análisis en su
columna. Termino este apresurado recuento con una
sección que he leído siempre con el mayor gusto
y hasta devoción: el Inventario de
José Emilio Pacheco, esa fascinante enciclopedia
de la vida literaria, heredera de Reyes, que
José Emilio (o Proceso) deben algún
día editar, con un índice exhaustivo.
Como en tiempos
de Scherer, bajo la dirección de Rafael
Rodríguez Castañeda amigo gentil y
periodista de cepa, el lector sigue
hallando en la primera sección de Proceso
(además de un diseño más moderno y servicios
de información excelentes) asuntos de interés,
lo cual tiene su mérito. No cabe duda de que,
desde 1994 (con la aparición de Reforma y
la transformación dinámica de El Universal),
Proceso tiene una competencia que no
existió en sus primeros lustros. Es verdad que unomásuno
y, más tarde, con mayor fuerza y vivacidad, La
Jornada, han representado un periodismo de
izquierda o comprometido
que se ha traslapado un poco con el de Proceso.
Pero la convergencia ideológica relativa no va
en detrimento de los lectores, que suelen ser los
mismos: muchos de ellos jóvenes universitarios.
(Por cierto, sería bueno que Proceso
llevara a cabo y publicara una encuesta
amplia e independiente sobre el perfil y la
opinión de esos lectores.)
Sin embargo, en
los últimos años ha ocurrido en Proceso
un proceso que me preocupa. Se ha vuelto
previsible, a veces en extremo. Previsible y
maniqueo, justamente los defectos de Naranjo,
pero sin la gracia artística que lo redime. No
siempre, pero muchas veces, uno conoce de
antemano qué va a decir Proceso en
su número siguiente. La primera sección es
demasiado doctrinaria, propende a ver la realidad
con anteojeras ideológicas. Quizá lo más soso
y reiterativo sean las entrevistas. Una de las
prácticas más vacías del periodismo mexicano
es otorgar legitimidad a un académico por el
solo hecho de serlo. La Academia (como la prensa)
no es proclive a la autocrítica, sino al
autobombo. Es obvio que en nuestras universidades
e institutos de investigación superior sobran
talentos de primer orden y estudiosos genuinos.
Pero no faltan también los descubridores del
hilo negro o, peor aún, los falsificadores
profesionales con título para ejercer, los
ideólogos doctrinarios que ajustan la realidad a
su realidad. ¿Cómo distinguir unos de
otros? ¿Cómo ampliar el repertorio de
entrevistados? ¿Cómo hallar voces nuevas,
originales, imaginativas, solventes? Ésa es una
labor que Proceso no ha tomado con la
seriedad debida. El asunto se vuelve aún más
serio si consideramos la existencia del internet.
Pienso que los reporteros de Proceso
(excelentes muchos de ellos, y amigos críticos,
como Antonio Jáquez) no hacen uso suficiente de
esa herramienta. En cambio, la otra vertiente de
su trabajo, el reportaje in situ, es
bueno, aunque a veces también tendencioso. El
mejor Proceso es el que busca con
pasión la verdad, aunque sea incómoda, hasta
para sí mismo. Es el Proceso que
extraño.
La portada es
la mitad de la revista, de toda
revista. Debo confesar que la portada de Proceso
no ha sido mi elemento preferido. No recurren
al montaje, no ensayan la caricatura, no emplean
medios modernos de diseño (que sí han adoptado
en el cuerpo de la revista). Las portadas más
impresionantes, es verdad, han sido fotográficas
y, en momentos dramáticos, tipográficas. Pero
el problema, además de la escasa calidad
artística, es el sesgo tremendista. No siempre
la realidad es terrible, pero para Proceso
suele serlo con puntualidad semanal. En no pocas
ocasiones el contenido objetivo de los reportajes
desmiente el mensaje de la portada, a veces hasta
extremos de esquizofrenia. Sobre todo en sus
portadas, Proceso se aleja de su
vocación de análisis, información y opinión,
y se aproxima más a un tribunal de la
Inquisición. Anuncia cada semana un Apocalipsis
que no se cumple; y un Apocalipsis que no se
cumple se banaliza. Confunde la crítica con la
denuncia. Parecería por momentos que en el
nombre lleva la penitencia: Proceso
somete a proceso a todos los protagonistas
de la vida nacional... salvo a Proceso.
Se dirá, tal
vez, que la explicación del tono tremendista es,
simple y llanamente, de mercado. Eso es lo que
vende. No lo creo. Creo más bien que tanto las
portadas como el contenido de la sección
principal pueden seguir siendo fieles a la línea
crítica predominante de Proceso y,
sin detrimento de ese compromiso con los
lectores, mostrar una disposición más abierta,
más objetiva, más equilibrada, o, para usar el
concepto preciso, más liberal. En esa palabra,
en el reencuentro con esa noble tradición que
viene del siglo XIX y que debe arraigar en
el XXI está no sólo la mejor salida para Proceso
y sus lectores, sino la única vía coherente
para la izquierda mexicana, la que le permitirá
contribuir a mejorar la vida social en un marco
de respeto a la razón y el derecho.
*
* * * *
He sido amigo de
la institución, lector asiduo, colaborador
incidental de Proceso. Pero antes
y después de todo he sido amigo de su director
fundador, Julio Scherer. Lo conocí una tarde de
abril de 1976, cuando por gestión de su
fiel secretaria, la amable Elenita le
llevé el primer ejemplar de Caudillos
culturales en la Revolución Mexicana. Años
más tarde, acudí a él para buscar consejo y
apoyo en un difícil trance personal. Me pidió
caminar con él peripatéticamente alrededor de
la calle de Fresas, y me ofreció un apoyo moral
que me fortaleció decisivamente. Nunca olvidé
ese gesto. Al poco tiempo, para mi sorpresa, lo
encontré en los casilleros de la YMCA. Don Julio
(años después le quité y me quitó el
don) llegaba temprano como cualquier
hijo de vecino y ejecutaba el ritual con
parsimonia, escuchando las bromas de la gente en
los vestidores. Sospecho que registraba los
comentarios políticos con espíritu de
encuestador: La Guay era un
termómetro público que disparaba su
imaginación periodística. Desde entonces tuve
claro que había algo absorbente, implacable en
la voluntad profesional de Scherer: su vida se
regía semanalmente por el ritmo de Proceso.
Cuando Scherer dejó la Guay y se fue
al deportivo Chapultepec, no tuve más remedio
que reemplazarlo en el desayuno con un amigo
igualmente querido (y más antiguo, en mi vida,
que Julio); un deportista ignorado e
incomprendido (hasta por sí mismo): Carlos
Monsiváis.
Caminábamos
Scherer y yo al paso que nos marcaba
nuestra amistad: en desayunos, comidas o charlas
de oficina, bordeamos poco a poco, con delicadeza
y discreción, temas personales, pérdidas
dolorosas. Esa confianza me acercó a la historia
de sus padres y a la de Susana, su esposa, de la
que retengo, con agradecimiento, anécdotas
conmovedoras. Y me acercó también a algunos
miembros de su familia, como a su hijo Julio.
Ahí, más que en la brega política, se forjó
nuestro vínculo.
Pero la
política era el condimento de esas reuniones.
Acompañé a Scherer en el fugaz episodio en que
Reyes Heroles intentó recuperar Excélsior.
Actuábamos a contracorriente del sistema
político mexicano que ambos yo, un
intelectual principiante; él, una leyenda del
periodismo enfrentábamos. Scherer
defendió la democracia sin
adjetivos, le dio resonancia a la gran
batalla cívica de Chihuahua en 1986, se opuso a
la caída del sistema en 1988, y alzó su voz en
cada elección turbia durante el sexenio de
Salinas. En todos esos episodios tuvimos una
razonable coincidencia de opiniones que, por
instantes, chocó con las del propio Octavio Paz,
quien sin embargo siempre quiso mucho a Scherer.
Es un personaje extraído de la literatura
rusa, solía decir.
La frase de Paz
contenía una verdad profunda. Su pasión
incendiaria recuerda a Los poseídos de
Dostoievski. ¿Qué lo ha movido todos estos
años? Alguna vez creí que era la pasión por la
verdad. No me equivocaba, pero ahora pienso que
lo han movido siempre pasiones más variadas,
complejas, contradictorias; pasiones humanas,
demasiado humanas: indignación ante la
injusticia, odio ante quienes ve como
opresores... pero, al mismo tiempo, fascinación
por los hombres del poder, los artistas
revolucionarios, los caudillos míticos, los
héroes y los antihéroes.
En los últimos
tiempos, sin que mediara una discusión o, menos
aún, la más mínima ofensa, tomamos cierta
distancia. Ha sido una distancia cuidadosa.
Cicerón dice que el motivo más común e
insidioso de la pérdida de la amistad es la
política. El riesgo de nuestra amistad en estos
años ha sido mayúsculo. Scherer (según me ha
confesado más de una vez) critica mi vínculo
con Televisa. Yo le he argumentado que ese
vínculo, no laboral, sino empresarial, fincado
en el respeto y la independencia, no me ha
restado libertad; ha abierto la televisión a una
cultura del documental histórico, y ha
contribuido a una apertura de la televisión a
voces que nunca llegaban a ella. Por mi parte, yo
le reclamo haber sucumbido, de manera
absolutamente acrítica e irracional, a la
fascinación de Andrés Manuel López Obrador. El
apasionado Scherer se ha dejado ganar por la
vertiente mesiánica del líder, sin advertir que
encarna la más antidemocrática y autoritaria
mezcla teológico-política que haya vivido
México en su historia reciente.
*
* * * *
Entristecido
más que indignado por las últimas portadas de Proceso,
que contribuyen a desacreditar las instituciones
democráticas y a inflamar el más irresponsable
espíritu revolucionario; decepcionado de no
encontrar en mi querida revista un reportaje
sobre las fuerzas reales que (más allá de los
millones de genuinos partidarios) apoyan a López
Obrador en su secuestro de la Ciudad de México
(datos duros, dineros, orígenes), he temido por
nuestra amistad. Pero hace unos días advertí la
presencia de Julio y una de sus gentiles hijas en
un vuelo en el que coincidiríamos. Le grité de
lejos y me abrió los brazos como sólo él sabe
hacerlo, como inquietas aspas asimétricas,
abriendo el hueco del pecho que es el hueco del
corazón, que es el hogar de la amistad. Hablamos
mucho sin tocar la política. Hablamos mucho,
pero nos apapachamos más, como para
mostrarnos que sí, que podíamos diferir
radicalmente en este momento crucial de México,
y querernos a pesar de ello.
Piensa en
todo lo que nos une, no en lo muy poco que nos
separa, me decía Julio, hace años. Ahora
ese poco parece mucho. Quizá es mucho. Pero, en
la cuenta larga de la amistad, tal vez ese poco
será nada. Hay amistades inmunes a la política.
La nuestra, así espero, es una de ellas. La
prueba la tiene el lector en estas páginas a las
que fui convocado sin restricciones, con
entusiasmo. Las he escrito con lealtad, como un
homenaje a Proceso. Un homenaje
crítico. Pedro Henríquez Ureña decía que
la amistad de un crítico es la mayor
bendición. Ésa es la amistad que doy, y
es la amistad que espero, de Proceso y
de Julio Scherer.
México, Distrito Federal, 29 de agosto de
2006.
.
*
Enrique Krauze es
historiador y ensayista, director de Editorial
Clío y fundador de la revista Letras Libres. Este texto fue escrito para un número
especial por el 30 aniversario de Proceso, y se reproduce en SdP con la autorización expresa de su
director, Rafael Rodríguez Castañeda. ©
Comunicación e Información, S.A. de C.V.
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