Luisa
Márquez Iguarán:
Fundamento de la creación literaria
Patricio
García Caro *
Gracias a todos
ustedes por la organización de este certamen y a
la vida misma por haberme dado la oportunidad de
compartir muchos momentos con Luisa Santiaga, a
través de los cuales pude conocer las
dimensiones de su afectividad y aproximarme a los
interrogantes y respuestas sobre la genialidad de
la creación literaria.
La importancia
de la celebración del centenario del natalicio
de nuestra madre trasciende lo coloquial o
familiar para ofrecernos la oportunidad de
identificar en su historia personal, familiar y
social, los múltiples factores que convergieron
para que el primogénito de la familia que formó
con Gabriel Eligio García Martínez, con el
devenir de los tiempos, fuera el único Premio
Nobel que ostenta Colombia con orgullo, en la
actualidad.
Es lugar común
afirmar que existen mujeres de vientre
privilegiado, que gestan en él a los héroes o a
los genios. Pero a continuación es menester
preguntar por los factores de la personalidad y
la comunicación que de manera tan determinante
influyen en el desarrollo de la inteligencia y la
genialidad, particularmente la de su hijo
primogénito, Gabriel García Márquez. Entre
estos podríamos destacar, a vuelo de pájaro,
los siguientes:
- El efecto
constructor de destinos que tienen las
contradicciones, las paradojas y las
dificultades de todo tipo, cuando el
individuo, en vez de darse por vencido,
las asume como un reto vital. No existe
mayor fuerza cohesiva para el amor que
los factores que pretenden contravenirlo
o desafiarlo.
- La
desolación, rendición y desarme de los
espíritus que sigue a los períodos de
guerra o de luto nacional y familiar
constituyen un gran estímulo para los
enamoramientos y formación de pareja,
porque son una forma de afirmar la vida
sobre la muerte.
- La visión
ancestral o tradicional de las mujeres de
un solo hombre, que perseveraban y
esperaban a su amado contra viento y
marea, permaneciendo siempre fieles.
- El grado de
identificación y asimilación de su
cultura de origen le confirieron las
fortalezas necesarias para privilegiar
los valores del humanismo cristiano que
le dan coherencia, credibilidad y
continuidad a una familia a pesar de la
adversidad.
- Su
apreciable grado de desarrollo
cognoscitivo, alcanzado extra
curricularmente, quizás a través de la
reflexión y la lectura paciente de
algunos textos clásicos, como la Biblia,
se expresaba como aguda inteligencia y
flexibilidad de su personalidad.
Luisa Santiaga
solía seducir con demostraciones humildes de su
intelecto, perseverancia y admirable manejo de
sus emociones y del lenguaje. Evitaba decir que
una mujer de pechos pródigos era
tetona, ya que este término le
parecía de mal gusto y prefería llamarla,
haciendo uso de su picardía y eufemismos, tocaya
de Zenón.
Fue una
coleccionadora de refranes, que como persuasivos
retablos de sabiduría, sabía utilizar en el
momento preciso y en las proporciones adecuadas.
Gustaba de casi todos los frutos del mar,
especialmente del mero, cuya apetecida carne
exaltaba sólo con la primera parte del conocido
refrán español: del mar el mero, de la
tierra el carnero. Pero su pulcritud y buen
gusto por el lenguaje la llevaba a rechazar, por
prosaica, la segunda parte que agrega: de
las frutas el madroño, y de las mujeres el
coño.
Fue una cultora
esmerada de la palabra, que privilegió siempre
sobre cualquier otra forma de comunicación y la
convirtió en una extraordinaria conversadora,
dotada de una estructura narrativa y de unos
recursos semánticos que envidiaría cualquier
autor después de haberle dedicado años al
estudio comparativo de los estilos literarios.
Hasta su propio hijo Gustavo, quien después de
realizar unos acertados cálculos del tiempo que
uno se gasta sentado a la mesa y después en el
retrete, decidió aprenderse todo el diccionario
de la Real Academia de la Lengua de a dos o tres
palabras, por cada sentada, hasta que llegó a
dominarlo por completo.
Gabito
reconoció el virtuosismo literario de su
oralidad una mañana en que desayunábamos
desprevenidamente en su casa de La Habana, en
compañía de Margoth y Mercedes, por supuesto.
Después que ella contó mejor que él el pasaje
de Cien Años de Soledad en el que el
abuelo Nicolás Ricardo Márquez Mejía consultó
a una pitonisa por el destino de los tres criados
que había perdido. Dijo el Nobel: Se dan
cuenta, así como mi mamá cuenta las historias
las escribo yo.
El afecto, la
ternura y la tolerancia fueron virtudes que
también cultivó con gran esmero. En una
ocasión insistió en visitar una casa coronada
de almenas y pintada de rojo en el Barrio Abajo
de Barranquilla, donde había vivido la familia
en uno de sus tiempos más difíciles. En esta
época Gabito se ensayó como pintor decorativo
de los primeros buses de madera y latón que
surcaban las calles de Barranquilla, actividad
que le permitía contribuir a la manutención del
resto de la familia. Es posible que él ya no
recuerde estos hechos, pues de algún tiempo para
acá decidió vivir el aquí y el ahora y sólo
tener buenos momentos y recuerdos felices.
Cuando franqueó
el umbral de esta hermética vivienda, encontró
que estaba atestada de aguacates y de muchos
jóvenes que fumaban marihuana. Ella se abrió
pasó entre las cortinas de humo con valor y
donosura, pero no renunció a su tenacidad de
volver a recorrer la casa de sus recuerdos y de
entrevistarse con la dueña de la esquina, que
hacía la famosa chicha venezolana que tanto
gustaba a sus hijos, pero esto último apenas
pudo intentarlo, pues según sus palabras, la
encontró más sorda que una tapia.
Escuchaba y
comprendía las posturas de cada uno de sus hijos
sin intemperancias y en vez de mostrarse
autoritaria e impositiva persuadía con el
espíritu desarmado y conciliador que siempre la
caracterizó. En vez de contradecir abiertamente,
utilizaba el recurso pedagógico del reto o la
provocación con una frase contundente que
invitaba a la reflexión o aprobaba sus
desmesuras, las que algunas veces compartía.
Estaba dotada de suficiente templanza y rigor
para afrontar las vicisitudes propias del oficio
de vivir, ser madre y esposa; para mantener el
gobierno de la casa y el avituallamiento diario
durante las prolongadas peregrinaciones de
Gabriel Eligio García por los pueblos de la
Costa, en pos de sus sueños de redención
económica.
Tras su rigor y
formalidad de madre y señora de casa disimulaba
muy bien sus tendencias picarescas y hedónicas,
que sólo revelaba a los que quería
entrañablemente, cumpliendo aquel refrán que
dice: la mujer del César no sólo debe
serlo sino parecerlo, como una de las
normas de su vida.
Cuando Gabriel
Eligio perseguía a Luis Enrique por toda la casa
y los fértiles campos de Sucre, para castigarlo
por sus pilatunas y desaplicación académica,
éste solía evadir finalmente el castigo paterno
encaramándose en el techo de la casa armado de
su guitarra. Desde esta fortaleza inexpugnable
conmovía el corazón atribulado de su madre y
ganaba su complicidad cantándole las canciones
del famoso trío Los Panchos. Muchos años
después, en Barranquilla, cuando ambos estaban
tan viejos que parecían más cómplices que
nunca, los escuché cantar felices de nuevo, a
dos voces, aquellas inolvidables canciones de
amor.
Conocía tanto
el talante de sus hijos, que logró caracterizar
a cada uno y reservarle una respuesta o apunte
lapidario, que casi siempre tenía el efecto de
estremecerlos emocionalmente y de invitarlos a
revisar sus comportamientos. A Jaime, que heredó
de ella la vocación por la conversación y de su
padre la imaginación exacerbada, solía hacerlo
tocar tierra cuando se elevaba hablando de
grandes proyectos de ingeniería y de sumas
astronómicas, con estas palabras: Mi pobre
hijo Jaime, se la pasa hablando de millones y la
mayoría de las veces no tiene con que tomarse
una gaseosa. Esta unidad de los contrarios
en las cosas o contrasentido que formaban parte
de su repertorio verbal cotidiano, impregnan la
creación literaria, tienen la capacidad de
capturar al lector, como puede apreciarse
particularmente en la obra de Gabriel García
Márquez.
Durante los
últimos años de su vida se resistió a dejarse
vencer por la peste del olvido, los que aprendió
a ocultar habilidosamente para que sus
interlocutores no se percataran de que estaba
perdiendo la memoria. Solía devolver las
preguntas con su habitual picardía y contestarle
a los hijos cuando le preguntaban por su
identidad, a ver si lo reconocía: Bien
jodido debes estar si ya no sabes quién eres tú
mismo.
Su aliento vital
se fue apagando lentamente y sin señal alguna de
dolor, tanto que cuando nos preguntaban por su
salud contestábamos al unísono que estaba bien,
pues más que enferma parecía dormir como un
niño. Murió en casa, rodeada de sus hijos,
nietos y tataranietos, como la más ilustre de
las matronas caribeñas. A pesar de que estuve
presente en sus funerales, permanecí en vigilia
toda la noche y la acompañé a su morada final
en el cementerio de La Manga, estoy convencido de
que el 9 de junio de 2002 se fue para el cielo en
cuerpo y alma como Remedios la Bella.
*
Patricio García Caro es primo de los García Márquez, pero
considerado como otro hermano desde los tiempos
lejanos en que Luisa Santiaga decidió adoptarlo
como un hijo más. Conocido como el loquero
de la familia, asistió médicamente a
Luisa Santiaga en sus últimos lustros de vida.
Este es el texto que leyó en el homenaje a la
madre de los García Márquez, y se publica
simultáneamente en la Revista
Arte & Parte de La Guajira, Colombia,
y en Sala de Prensa con la
autorización expresa de su director.
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