Luisa Santiaga Márquez
Cien
años de la mamá Nobel
"Si estuviera viva se
metería debajo de una cama": Gabo
Jaime
de la Hoz Simanca *
Jaime García
Márquez, el sexto de los once hijos de Gabriel
Eligio y Luisa Santiaga, llamó a su hermano Gabo
a México para decirle que el homenaje a la madre
estaba listo y que se llevaría a cabo en
Barrancas, el 25 de julio de 2006 a partir de las
7:30 de la mañana, con una misa inicial en la
iglesia San José, una especie de templo
centenario ubicado en la mitad del antiguo
pueblo. Gabriel García Márquez ya había tenido
conocimiento del homenaje por boca de Félix
Carrillo Hinojosa, compositor y gestor cultural
de Barrancas, quien lo había abordado en el
marco del Hay Festival que se realizó a finales
del mes de enero en Cartagena y al que asistió
como invitado especial permanecería varias
semanas en la Ciudad Heroica- el Premio Nobel de
literatura.
Ahora faltaban
pocos días para que Barrancas se engalanara con
el recuerdo de la matrona insigne y era necesario
que el primogénito conociera que en ese pueblo
de leyendas ocultas estarían los García
Márquez con gran parte de sus hijos y nietos,
todos contentos y felices por mirar las huellas
imborrables de Luisa Santiaga Márquez. Gabito
como le dicen desde sus primeros años de
nacido- escuchó a Jaime detenidamente y luego de
saber que una de las condiciones puestas para el
homenaje era no convertir aquello en un
espectáculo, dijo: "Sí, porque si
estuviera viva se metería debajo de una
cama". No dijo más.
En realidad,
Gabo lo ha dicho todo sobre su madre, en todos
los escenarios posibles, y en miles de
entrevistas que una a una ha concedido con
generosidad luego que la luz de la gloria
descendiera sobre su cabeza en aquel lejano 1967,
caminando con Mercedes Barcha, entre vítores,
por el corredor tapizado de un teatro en Buenos
Aires, tal como lo describió ese mismo año su
gran amigo, el reputado autor de Santa Evita,
Tomás Eloy Martínez. Desde entonces, la
referencia a Luisa Santiaga ha sido una constante
en él, y tema de los primeros capítulos de los
textos biográficos.
Lo dijo, en
últimas, en Vivir para contarla, las
exquisitas memorias publicadas hace cuatro años
que se abren con el recuerdo vivo de su mamá
pidiéndole en Barranquilla, más allá de las
mesas donde se exhibían los textos de la
librería Mundo y con la risa de siempre, que la
acompañara a Aracataca para vender la casa. En
los dos primeros capítulos del libro son
visibles y determinantes las remembranzas de esta
mujer que nació el 5 de julio de 1905 en
Barrancas, Guajira, y que dentro de pocos minutos
será homenajeada en medio de la presencia de
gran parte de la tribu que se vino en un
microbús expreso desde Cartagena, recogió más
familiares en Barranquilla, los aumentó en Santa
Marta y terminó juntándolos a casi todos en
Riohacha, de donde partieron rumbo al Gran Hotel
Iparú, ubicado en la plaza principal de
Barrancas. Gabo, en ciudad de México, quedaría
a la espera del informe pormenorizado que su
hermano Jaime habría de entregarle días
después del conmovedor acto.
Barrancas, un
pueblo del sur de la Guajira surgido a partir de
núcleos de indígenas atraídos por la
proximidad del río Ranchería que, según el
historiador y médico José Domingo Solano, por
algunas épocas del año facilitaba el comercio
entre Barrancas y Riohacha, pasó a convertirse
en un punto geográfico de atención y estudio
para algunos críticos e investigadores de la
obra del Premio Nobel colombiano. Mucho más,
cuando se comienza a armar, de manera rigurosa y
puntual, el rompecabezas de Cien Años de
Soledad y de El amor en los tiempos del
cólera, dos de sus más grandes novelas que
contienen parte de los demonios históricos
originados en aquel municipio guajiro con más de
350 años de existencia.
El homenaje,
pues, no podía tener un escenario distinto a
este pueblo de pocas leyendas cuyos habitantes
ignoraban en su mayoría que de sus entrañas
había nacido Luisa Santiaga Márquez, la mamá
de un famoso escritor que en 1982 sería
galardonado con el Premio Nobel de literatura,
máxima distinción que se otorga a los hombres
que han trascendido con sus fábulas las
fronteras de la geografía universal. En este
mismo pueblo había estado Gabriel García
Márquez en los tiempos remotos en que el
escritor en ciernes buscaba con desesperación
los rastros de su origen y los retazos de
historia de sus antepasados más inmediatos.
Allí había estado también, en el ejercicio de
su profesión de ingeniero, Jaime García
Márquez, quien de todos los hermanos constituye
la más viva estampa del escritor laureado: un
tono y acento de voz similar al del creador de
Macondo, el mismo rostro pétreo del Nobel al
momento de contar sus historias y hoy, a pocos
metros de la iglesia, de blanco hasta los pies
vestido, tal como Gabo en la ceremonia fastuosa y
multicolor organizada por la Academia Sueca y en
presencia de su Majestad el Rey.
En verdad, Jaime
pareciera ahora el Gabo menor de la familia. No
escribe que se sepa-, pero es indudable su
ascendencia sobre el resto del clan. Apareció
del otro lado del parque, caminando a paso lento
junto a Aida, Ligia y Rita, las tres hermanas que
al lado de él conformaban el cuarteto de los
Gabo. También, al lado de ellos, el médico
psiquiatra Patricio García Caro, primo de los
García Márquez, pero considerado como otro
hermano desde los tiempos lejanos en que Luisa
Santiaga decidió adoptarlo como un hijo más.
Patricio el loquero de la
familia- asistió médicamente a Luisa
Santiaga en sus últimos lustros de vida.
Un poco más
atrás se veían señores y señoras radiantes
con cara de Gabo algún rasgo, una línea
sutil en el rostro, la misma caída de nariz, una
verruga frustrada- que venían con sus mejores
galas rumbo a la iglesia donde se le haría el
gran homenaje. A los lados, y más atrás aún,
jóvenes de distintas edades, Gabitos agazapados
por cuyas venas también corre la sangre de la
matrona Luisa, una mujer que 101 años después
de su nacimiento convocaba a gran parte de su
prole en el mismo lugar donde vivió los primeros
tres años de su vida.
Barrancas de mis
amores
El más grande
recuerdo de Barrancas es, junto al nacimiento de
Luisa Santiaga la madre del Nobel, el otro
yo de Úrsula Iguarán-, un episodio sangriento
que estiraría y dispersaría múltiples destinos
hasta el punto que, en el torbellino incesante de
trashumancias, caminos errantes y traslados
apresurados, desembocó en el nacimiento de un
hombre que, cincuenta y nueve años después de
aquel episodio, comenzó a flotar en la dulzura
de una gloria eterna gracias a la publicación de
Cien Años de Soledad, la novela mítica
por la que especialmente, según el poeta Arthur
Lundkvist, miembro de la Academia Sueca de
Letras, recibiría el Premio Nobel. (1).
El hecho
ocurrió el 19 de octubre de 1908 en uno de los
descampados de Barrancas. Fue un duelo, una
especie de muerte anunciada que sería revivida
en muchas de las creaciones literarias del hijo
del telegrafista. Sin embargo, frente a los
pormenores de aquella desgracia existen
múltiples versiones y hoy es sólo una
circunstancia trágica con pocos detalles, pues
la bruma de los años ha venido ensombreciendo la
gran verdad.
El oferente del
homenaje a Luisa Santiaga, Ricardo Márquez
Iguarán, primo de Gabo, ignoró el hecho en el
texto que leyó en la iglesia San José de
Barrancas. Pero al caer la tarde, en el comedor
del hotel Iparú, donde se alojó la tribu,
Ricardo contó que Nicolás Márquez Mejía,
abuelo de Gabo y riohachero nacido en 1864
casado con otra riohachera: Tranquilina
Iguarán Cotes- había matado a Medardo Pacheco
Romero, aguijoneado por su madre Medarda, quien
estaba padeciendo las desdichas de un estigma
público. Medarda era non sancta y
Nicolás Márquez era veloz en algunas
situaciones, expresó Ricardo de manera
jocosa. Además, señaló que en una ocasión
Tranquilina Iguarán, en complicidad con el cura
del pueblo, hizo tocar las campanas a rebato en
los instantes en que su marido Nicolás realizaba
una de sus tantas y extrañas visitas a la
inquieta Medarda. Tal circunstancia sería el
comienzo de una rencilla entre Nicolás y
Medardo, quien iniciaría una serie de acosos y
de ofensas sin final que culminarían en dos
balazos históricos que, por obra y gracia de la
metáfora y la magia, se transformarían en la
lanza con la que José Arcadio Buendía atravesó
la garganta de Prudencio Aguilar en Cien Años
de Soledad dando inicio, así, según el
escritor mexicano Carlos Fuentes, a una de
las más grandes epopeyas de la ficción en
hispanoamérica. (2).
Ricardo Márquez
hace el relato como si hubiera sucedido ayer. O,
tal vez, como si él hubiera sido testigo de
aquel desafío fatal. Y cualquiera diría que
este mismo Ricardo frecuentó a Tranquilina o que
la asistió en sus momentos agónicos por allá a
mediados de la década del cuarenta del siglo
pasado. En el relato lo acompaña Patricio,
conocedor de las historias más inverosímiles de
los Márquez Iguarán.
Jaime, más
reservado frente a las leyendas, pero el más
conversador de todos, prefiere prolongar al Gabo
auténtico con anécdotas que evocan sus tiempos
de constructor e ingeniero insobornable. Aida, la
ex monja, Ligia y Rita García Márquez, por su
parte, se dedican a intercambiar fotografías
entre sí, sin ahorrar comentarios ni recuerdos
tiernos.
Medarda,
se llamaba, repite Ricardo. Y el episodio
regresa a la mesa del hotel mientras afuera una
tenue brisa sopla intermitentemente y los
estudiantes de bachillerato siguen desfilando por
los distintos salones de la Casa de Cultura
José Agustín Solano Carrillo, cuyas
paredes están tapizadas con pendones donde
aparece Luisa Santiaga, con su rostro angelical,
acompañada con frases de Gabo, demoledoras y
elípticas, de las tantas que surcan las páginas
de Vivir para contarla.
Se llamaba
Medarda, en efecto -como coinciden todos- y tal
como se registra en El viaje a la semilla,
el texto biográfico del escritor Dasso Saldívar
cuyo comienzo habla de Barrancas, de los Márquez
Hernández que llegaron de España, del pacífico
joyero Nicolás Márquez, del duelo de éste con
Medardo Pacheco y del éxodo interminable de los
Márquez. (3).
Hoy, sólo los
mayores y los más ilustrados de Barrancas hablan
de la tragedia. Pero, siempre con la referencia a
Gabo, pues el hecho se engrandece hasta los
límites del mito en tanto que el hijo del
telegrafista, muchos lustros después, funda otro
mito, más trascendental e indeclinable: Macondo.
Estos jóvenes
imberbes que dan vuelta ahora alrededor de las
imágenes de Luisa Santiaga ignoran que caminando
varios minutos en línea recta hacia el norte y
doblando luego a la izquierda, enfrente, en esa
especie de callejuela que bordea la casa de
esquina, Nicolás Márquez, el papá de la
homenajeada, acabó con la vida de Medardo
Pacheco. Ignoran que el coronel se entregaría de
forma inmediata a las autoridades del pueblo y
que dos años después quedaría libre de la
condena impuesta para iniciar entonces un periplo
breve que lo llevaría hasta Aracataca junto a su
mujer Tranquilina y sus tres hijos, entre ellos,
la niña Luisa Santiaga, cinco años a cuestas, y
un destino irreversible.
Estos jóvenes
con sus uniformes planchados y relucientes,
alargados a la fuerza y de mirada ávida, ignoran
también que aún no existe certeza alguna acerca
de la fundación de Barrancas; que tal vez la
fundó Fray José Barranco pero que tal vez no;
que tampoco fue fundada en 1660 y mucho menos en
1664, tal como lo señalan los textos escolares.
Posiblemente muchos de estos jóvenes sí sepan
que en la biblioteca del pueblo existe un libro
escrito por el historiador Carlos Enrique
Contreras Ureche Conozca a Barrancas,
Guajira, tierra amable de Colombia,
publicado en el 2005 por Editorial Antillas- que
en su resumen concluyente sobre la fundación
dice:
Prácticamente
es poco lo que se sabe aún acerca de cuándo fue
fundada la población de Barrancas, y mucho menos
quién la fundó. Todo lo que se ha dicho y
escrito al respecto no deja de ser pura
especulación hipotética por parte de quienes
han intentado profundizar en la materia. En ese
orden de ideas, hay quienes creen que fue fundada
el 19 de marzo de 1664 por el Fray español José
Barranco, sin mencionar ningún documento antiguo
que así lo acredite o lo deje entrever. Resulta
lógico creer que lo que hoy es Barrancas en un
principio fue una ranchería, o algo así por el
estilo, habitada por los indios guajiros,
procedentes de la península de La Guajira, y por
los indios cariachiles o cariaquiles, desplazados
desde la región de San Lucas de El Molino, y que
después, tanto los unos como los otros fueron
desplazados por los colonos españoles, hasta
formar un pueblo, en forma lenta y espontánea.
Lo único cierto es que la razón de ser de su
nombre obedece al hecho fehaciente de la
existencia sempiterna de muchos barrancos
localizados entre la parte sur y suroriental del
perímetro del casco urbano y la margen izquierda
del río ranchería.
Barrancas,
además, ha trascendido fronteras de diversas
formas: una, como sitio transpuesto poéticamente
en la obra garciamarquiana. Al fin y al cabo, el
realismo mágico y el prodigio en la obra de Gabo
también hunde sus raíces en este pueblo que
he aquí el otro hecho trascendental- es
conocido, allende los mares, por las minas de El
Cerrejón, las más grandes del mundo, explotadas
a cielo abierto.
Luisa Santiaga no está debajo
de una cama
Los Gabos
salieron del hotel Iparú a las 7:30 de la
mañana del 25 de julio rumbo a la iglesia San
José. Atravesaron el parque y se detuvieron en
la plazoleta del templo para saludar a otros
miembros de la familia que habían llegado por
vías distintas. Muchos de los que allí
estaban dicen que son de la familia nuestra, pero
yo no los conozco ni sé de ellos. Creo que
había colados, dijo Luis Carlos García,
uno de los hijos de Luis Enrique García
Márquez, quien decidió quedarse en
Barranquilla. A mi papá es difícil
moverlo para estas cosas, agregó.
Familiares o no,
allí estaban decenas de descendientes,
verdaderos y falsos, de Luisa Santiaga. Muchos se
escabullían por el laberinto intrincado de
apellidos naturales para esgrimir el parentesco
mítico y la sangre Nobel. Mi mamá era
prima hermana de Luisa Santiaga, expresó
Ruth Ariza Cotes, una antropóloga que había
llegado de Santa Marta en compañía de sus hijos
Rosa María y Gustavo Adolfo Ramírez Ariza,
quien también fungía como un organizador más
del homenaje a su antepasado ilustre. La
esposa del coronel debió llamarse Tranquilina
Cotes Iguarán, pero como era hija natural quedó
Tranquilina Iguarán Cotes. Era hija de Agustín
Cotes, expresó una mujer que se
identificó como Rosalía Cotes Mejía y quien
dijo vivir en San Juan del Cesar. Se había
venido desde su pueblo luego de enterarse del
homenaje a Luisa Santiaga.
En fin, aquel
día en Barrancas, no sólo había una gran
expectativa sino autoridades de Riohacha,
concejales, políticos en búsqueda de
protagonismo, directivos de universidades
costeñas, representantes de la etnia Wayuu,
intelectuales de barba y guayabera,
historiadores, ancianos de frescos recuerdos,
niños de brazos, adolescentes de última hora,
estudiantes aplicados y gran parte del linaje de
la gran mamá.
Entreverada en
aquel torbellino del tejido genealógico
apareció de repente Margarita Márquez
Caballero, hija de Juan de Dios, es decir, nieta
del coronel Nicolás Márquez y por tanto sobrina
de Luisa Santiaga. Es, además, la secretaria
privada de García Márquez en Bogotá. Margarita
maneja los asuntos más importantes del Nobel y
-dicen algunos de sus familiares cercanos-, una
de las que más conoce los secretos del escritor
vivo más importante del mundo. Y, ciertamente:
ante preguntas impertinentes (Margarita: a
propósito del conflicto entre Nicolás Márquez
y Medardo Pacheco, ¿Cuál fue en realidad el
origen de la disputa entre los compadres Gabriel
García Márquez y Mario Vargas Llosa?),
Margarita pone cara de Gabo severo, y la sonrisa
bonachona del comienzo se transforma en un rictus
grave. Es sin duda, un candado de acero que
protege las actuaciones, proyectos secretos y
vicisitudes del inventor de Macondo. (3).
- Margarita:
¿cuál es la próxima obra de Gabo? Adelántanos
algo
-He oído decir
que es un libro de cuentos que se llama En
agosto nos vemos. Podría ser.
En realidad, la
misa fue un acto sobrio con breves discursos a
bordo, entrega de medallas y reconocimientos y
evocaciones afectuosas. En las primeras filas
estaban los hijos de la matrona inmortal: Aida,
Ligia, Rita, Jaime y Patricio. No llegaron los
otro siete por diversas razones: Luis Enrique
prefiere permanecer en su casa de Barranquilla,
al igual que Margoth, en Cartagena. Gustavo y
Hernando enfrentan con dignidad y coraje avatares
inesperados; Eligio y Alfredo fallecieron hace ya
algunos años; y Gabriel, el grande, decidió
quedarse en Ciudad de México disfrutando de su
gloria eterna, pero sabiendo que en la lejanía,
más acá del Canal de Panamá, en un pueblo que
recorrió alguna vez junto al Maestro Rafael
Escalona, flotaba el espíritu de su mamá Luisa,
la misma que dijo alguna vez, luego de que Gabo
recibiera el Premio Nobel, que su genio de
escritor se lo debía a la Emulsión de Scott.
Eso lo atestigua, poco después de la misa, el
mismo Jaime García Márquez, quien a su vez
repite, de manera textual, lo que alguna vez le
contó a la escritora y periodista Silvia Galvis:
Cuentan que Gabriel Eligio García, mi
papá, llegó a Aracataca de telegrafista y que
un día vio a Luisa, le gustó y se le acercó y
le dijo: Después de analizar a las mujeres
que he conocido aquí, he llegado a la
conclusión de que la que más me conviene es
usted. Yo quiero casarme, pero si le parece que
no dígamelo y no se preocupe porque no me estoy
muriendo por usted. Para Jaime
escribe Silvia-, como más tarde recogió
su hermano Gabo en El amor en los tiempos del
cólera, así empezó todo.
Al filo de las
once de la mañana, la Casa de la Cultura de
Barrancas comenzó a atiborrarse de visitantes.
Tres salones fueron dispuestos para la
exposición de fotografías de la homenajeada y
textos alusivos a ella. Un pendón gigante,
similar al que colgaba detrás del atril central
de la iglesia, estaba al fondo de la entrada
principal de la Casa. El impacto de aquella
imagen fue instantáneo: Luisa Santiaga joven,
delgada, de cabello corto y cejas pobladas,
vestida con cuello alto y arandelas en las
mangas; una pulsera ajustada al brazo derecho y
las manos sobrepuestas encima de las piernas
cruzadas. Mirada lánguida: una auténtica
estampa romana, tal como la describe Gabo en sus
célebres memorias.
Encima de la
foto, un llamativo título: Las huellas de
Luisa Santiaga. Más abajo:
Celebración del primer centenario del
natalicio de Luisa Santiaga Márquez Iguarán,
Barrancas, Guajira, 25 de julio de 2006. Y
a un lado de la fotografía, en letras de
sueños, el siguiente texto escrito por el Premio
Nobel: Había nacido en Barrancas el 25 de
julio de 1905, cuando la familia empezaba a
reponerse apenas del desastre de las guerras. El
primer nombre se lo pusieron en memoria de Luisa
Mejía Vidal, la madre del coronel, que aquel
día cumplía su mes de muerta. El segundo le
cayó en suerte por ser el día del apóstol
Santiago, el mayor, decapitado en Jerusalén.
Ella ocultó este nombre durante media vida,
porque le parecía masculino y aparatoso, hasta
que un hijo infidente lo delató en una
novela. (4).
Transcurrido el
medio día, los visitantes habían completado el
recorrido por los distintos salones y los
familiares de Luisa, todos sin excepción,
tenían ya una visión panorámica a partir de
las referencias textuales y de las fotografías
de aquella mítica mujer que aparecía en el
primer salón a los 9 años, en 1914, al lado de
otra estampa en la que Tranquilina
Nina Iguarán Cotes, en 1914,
extraviaba su miraba en el horizonte. Más allá,
el rostro del coronel Nicolás Ricardo Márquez,
adusto y elegante con su bigote de canas y lentes
juveniles.
En el otro
salón, Luisa de perfil y con sonrisa de Mona
Lisa mirando a los ojos de Gabriel Eligio,
radiante en aquel lejano 1976. Al frente, la
fotografía en la que más se detuvieron los
Gabo: Luisa Santiaga sentada al lado de sus hijas
en un sillón recio, y atrás los demás
hijos, uno por uno, hasta completar once. Ahí
estaba el Nobel, por supuesto, pecho henchido y
un orgullo que se salía de madre. En el otro
salón, Luisa por todos lados, la casa de
Aracataca, las frases iluminadas, y las sonatas y
óperas de Martín Vivaldi, el compositor
italiano que invadió de repente la Casa de la
Cultura de Barrancas, el pueblo que ese día, en
presencia de su patrona, la Virgen del Pilar, vio
el desfile de los descendientes de la Mamá
Nobel.
_____
Notas:
(1)
Eligio García Márquez, hermano menor de Gabo,
fallecido hace algunos años, fue especialmente a
Estocolmo a entrevistar a Arthur Lundkvist,
miembro de la Academia Sueca que postuló a
Gabriel García Márquez para el Premio de 1982.
El texto apareció con el título
Entrevista a Arthur Lundkvist y la
respuesta textual del académico, a la pregunta
de Eligio ¿por qué se lo dieron a García
Márquez?, fue: Por toda su obra pero
especialmente por Cien Años de Soledad,
que ha tenido mucho éxito también en Suecia.
Pero uno de los aspectos de la fama es que cierto
tipo de gente sólo compra y lee este libro. Y
dejan de lado El otoño del Patriarca, que
es, sin discusión alguna, un mejor libro, y
merece mucho más la atención del
público
. Gabriel García Márquez.
La soledad de América Latina. Brindis por la
poesía. Corporación Editorial Universitaria de
Colombia, Publicaciones Universidad del Valle,
Cali-Colombia, diciembre de 1983.
(2)
Carlos Fuentes afirma textualmente: Contra
los crímenes invisibles, contra los criminales
anónimos, García Márquez levanta, en nuestro
nombre, un verbo y un lugar. Bautiza, como el
primer Buendía, como Alejo Carpentier, todas las
cosas de un continente sin nombre. Y crea un
lugar. Sitio del mito: Macondo. García Márquez,
fabulista, sabe que la presencia se disuelve sin
un sitio (lugar de resistencias) que sea todos
los sitios: un lugar que los contenga a todos,
que nos contenga a todos: sede del tiempo,
consagración de los tiempos, lugar de cita de la
memoria y el deseo, presente común donde todo
puede recomenzar: un templo, un libro. Cien
Años de Soledad reinicia, reactualiza,
reordena hace contemporáneos- todos los
presentes de una zona de imaginación
hispanoamericana
. Fuentes Carlos: La
nueva novela hispanoamericana, editorial Joaquín
Mortiz, Tabasco, México, Tercera edición,
noviembre de 1972, página 66.
(3) En
el capítulo titulado Barrancas: la semilla
de la semilla, el escritor y periodista
Dasso Saldívar dedica algunas páginas a la
presencia de los antecesores del Nobel en aquel
pueblo de La Guajira. Recrea, de igual manera, el
episodio sangriento que marcaría para siempre al
abuelo Nicolás Márquez. Señala Saldívar:
Podemos convenir que en aquel lugar y en
esta fecha (19 de octubre de 1908) empieza la
biografía de Gabriel García Márquez,
diecinueve años antes de su nacimiento, pues lo
ocurrido durante ese día por la tarde en
Barrancas, va a prefigurar la suerte personal y
literaria del escritor: no sólo permitirá que
sus padres se conozcan dieciséis años más
tarde, sino que es también la causa lejana de
que García Márquez se quede a vivir hasta los
diez años con sus abuelos en la casa grande y
fantasmal de Aracataca, el hecho más importante
para el futuro novelista. Saldívar Dasso.
García Márquez. El viaje a la semilla. La
biografía. Editorial Alfaguara, Madrid, primera
edición 1997.
(4) El
fragmento, junto a otros, aparece en Vivir para
contarla, Editorial Norma, 2002,
Bogotá-Colombia. Allí también la recuerda Gabo
de la siguiente manera: Algo había
cambiado en ella que me impidió reconocerla a
primera vista. Tenía cuarenta y cinco años.
Sumando sus once partos, había pasado casi diez
años encinta y por lo menos otros tanto
amamantando a sus hijos. Había encanecido por
completo antes de tiempo, los ojos se le veían
más grandes y atónitos detrás de sus primeros
lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y
serio por la muerte de su madre, pero conservaba
todavía la belleza romana de su retrato de
bodas, ahora dignificada por un aura
otoñal.
* Jaime de la Hoz
Simanca es periodista, profesor,
escritor colombiano y colaborador de SdP. Este artículo se publica simultáneamente en la Revista
Arte & Parte de La Guajira, Colombia,
y en Sala de Prensa con la
autorización expresa de su director.
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