El veneno
de las verdades parciales
(en una prensa que se cree imparcial
en Venezuela)
Concha
Mateos *
Ninguna
escuela de periodismo del mundo concede títulos
académicos con licencia para robar, ni para
estafar a la hacienda pública, ni para difamar
basándose en la mentira.
No hay carnet de
periodismo profesional que libre a los
periodistas de cometer errores ilegales que les
pueden conducir a la cárcel. Ser periodista no
es ser inmune judicialmente.
Ni en España,
ni en los EEUU, ni en la República Bolivariana
de Venezuela
ni tantos otros países
democráticos. En ese sentido, las cosas son
iguales aquí y allá. Y en otros sentidos,
también: en los tres países citados rigen
constituciones que protegen el derecho a la
información, y en los tres países gobiernan
presidentes elegidos por las urnas con sistemas
democráticos. Hay algunas diferencias. En EEUU,
por ejemplo, el país que presume de la madre de
todas las democracias, el resultado electoral que
llevó a Bush a la presidencia tardó en
conocerse más días que en algunos de los
países llamados tercermundistas. Pero en los
tres, si un periodista comete un delito y es
acusado por un particular, tiene juicio. Y nadie
puede acusar por ello al gobierno de persecución
a la prensa.
Nadie puede,
aunque en Venezuela se hace, y hay una cierta
prensa que lo repite y lo amplifica, en nombre de
una libertad de expresión que conviene analizar.
Derecho
a ser parcial o derecho a despistar
Constitución
española de 1978, artículo 20: libertad
de expresar y difundir libremente pensamientos,
ideas y opiniones y derecho a
comunicar y recibir información veraz por
cualquier medio de difusión. Los
constitucionalistas estuvieron redundantes, la
redacción del texto es epitética: la
información si no es verdad no es información.
Y la verdad a medias, tampoco, induce a error.
Puede ser verdad
que Repsol financie obras sociales en América
Latina. Sin embargo, no por eso hay que creer que
Repsol es una empresa solidaria con el desarrollo
social de América Latina. Que divulguen los
medios ampliamente las investigaciones judiciales
en curso en Bolivia sobre presuntos delitos de
contrabando de Repsol-YPF (8 millones de euros),
irregularidades arancelarias (8 millones de
dólares), fraude (falta de autorización de una
planta gasificadota en Campo Margarita)
Así los lectores podremos llegar a conclusiones
veraces.
Rodeados de
fragmentos veraces, los lectores y
telespectadores terminamos condenados a
defendernos de tanta información muy veraz pero
muy insustancial.
La constitución
española del 78 no protegió la garantía de ser
informados sobre aquello que atañe, condiciona,
afecta y regula efectivamente nuestras vidas: la
información pertinente. Lo oportuno.
Los gabinetes de
prensa y comunicación de empresas e
instituciones inundan las redacciones de
información fácil, regalada. Pero información
no suele ser aquello que la fuente informativa
está encantada de decir sobre sí misma.
Información es aquello que la fuente trata de
ocultar: los datos resistentes. Materia cara,
costosa. Y peligrosa. ¿Por qué los medios
españoles nunca publican noticias negativas
sobre El Corte Inglés?
Los
fabricantes de denuncias
Un periodista de
cualquier parte del mundo viene a Venezuela y
encuentra periódicos y emisoras de televisión y
radio que insultan a diario al presidente y a las
instituciones bolivarianas. No hay que rastrear
para encontrar ejemplos.
Organizaciones
internacionales colaboradoras con la oposición
al gobierno de Chávez se hacen eco de informes
tendenciosos en los que se relatan casos de
persecución judicial a periodistas
en Venezuela.
Hablamos por
ejemplo de la SIP (Sociedad Interamericana de
Periodismo). La SIP no representa a la profesión
periodística. No la forman periodistas
profesionales en defensa de los principios
éticos y los valores del periodismo. Es un foro
de empresarios capitalistas, gestores afanados
por lograr que sus empresas produzcan dividendos,
económicos o políticos, es decir, dinero o
poder de presión.
La SIP, entre
otras entidades que entran en el juego de la
oposición en Venezuela, denuncia a veces como
atentados contra la libertad de expresión
asuntos judiciales de carácter ordinario y
privado.
Un editor fue
presuntamente asesinado por publicar información
relativa a redes de narcotráfico. Es un
problema, grave y serio, que afecta a todos y que
debe ser prevenido por las estructuras del
Estado. Pero no se le puede atribuir al gobierno.
También un
miembro del Consejo Nacional Electoral (CNE)
ahora, en este ejemplo, el muerto está en
la parte del Estado- murió a balazos en medio de
la calle días antes de que se celebrasen las
elecciones legislativas el 4 de diciembre de
2005. El Gobierno Bolivariano podría haber
esgrimido ese crimen como un atentado terrorista
de la oposición contra las instituciones
electorales, en el marco de la campaña de
adversidad y acoso que la oposición mantenía
contra el CNE. No lo hizo. Claro.
La libertad de
expresión se defiende haciendo uso riguroso del
periodismo. Intoxicando no se defiende. Y
esgrimir como agresiones del estado los
enjuiciamientos penales que sufren algunos
periodistas por su vulneraciones del Código
Penal, es, cuando menos, un desliz intoxicante.
Se acaba de
celebrar en Quito (Ecuador) la asamblea semestral
de la SIP. Periodistas sin Fronteras, a través
de su representante, Marcos Fernández, tuvo que
reconocer en este encuentro del sindicato
continental de editores, que se han vertido
infundios sobre la situación de la prensa y la
información en Venezuela, y que existe plena
libertad de expresión.
La SIP, con gran
satisfacción de los socios afines a la política
de EEUU, acordó emitir una resolución de
condena a Venezuela, por lo juicios que se están
desarrollando contra dos periodistas, Ibéyise
Pacheco y Gustavo Azócar.
Esos juicios
tienen causas estrictamente personales, incoadas
por terceros, que han visto vulnerados sus
derechos y han cursado la correspondiente demanda
contra los periodistas. No es el estado quien
está persiguiendo a periodistas. Son sus
acciones y los particulares que se sienten
víctimas de ellas, quienes les han conducido
ante los jueces. No hay ingerencia gubernamental.
El
victimario
A Gustavo
Azócar, se le acusaba de estafa. Y a Ibéyise
Pacheco, de injuria, mediante informaciones
falsas de algunas de las cuales se ha
retractado y pedido perdón públicamente-.
Ambos disfrutan
de libertad actualmente. Aunque siguen pendiente
de otros juicios.
Ambos trabajan
para medios abiertamente opositores al gobierno
bolivariano. Azócar es presentador del programa Café
con Azócar en el canal Televisora del
Táchira, corresponsal del diario El
Universal. Ibéyise escribe en el diario El
Nacional.
El coronel
Ángel Vellorí presentó dos denuncias contra
Ibéyise, una por difamación y
calumnia y otra por difamación
agravada. Ella había escrito en una
crónica que el oficial había conseguido
diplomas falsos para obtener el título de
abogado. Se le dictó una condena de 9 meses de
cárcel, aunque finalmente el 15 de marzo quedó
en arresto domiciliario, con autorización para
seguir trabajando. Respecto a la primera denuncia
la Pacheco reconoció sus errores ante el
querellante. Y la segunda se retiró después de
que ambas partes llegaran a un acuerdo: el
acusador privado, coronel Ángel Vellorí, ha
utilizado la figura del perdón del
ofendido para permitir el cese de
cumplimiento de la condena. El coronel estaba
cansado de que le utilizasen como excusa para
argumentar que en Venezuela se persigue
judicialmente a los periodistas.
A esta
periodista le queda pendiente aún otro proceso
judicial por otra denuncia.
A Gustavo
Azócar Alcalá se le ha investigado por
desvío de fondos públicos y
estafa como consecuencia de una
demanda presentada por Ronaldo Blanco La Cruz,
gobernador del Estado de Táchira. Gustavo quedó
en libertad el 22 de marzo, tras una audiencia
especial.
El ordenamiento
jurídico de Venezuela respeta el artículo 11 de
los Derechos Humanos que se promulgaron el 5 de
octubre de 1978. La libertad de expresión se
reconoce como derecho inalienable y a la vez se
fijan responsabilidades ulteriores en su
ejercicio.
Quien use la
libertad de expresión es responsable de los
abusos de esa libertad en los casos determinados
por la ley. Nadie puede ampararse en él para
vulnerar la honra de otras personas, atentar
contra el orden o la salud públicas, la
seguridad nacional, etc.
Tampoco se
pueden esgrimir como agresiones del Estado los
actos administrativos ordinarios que se realizan
en cumplimiento de la normativa fiscal.
No es un
atentado contra la libertad de expresión que el
Seniat el organismo encargado de la
gestión de impuestos- cierre durante cuarenta y
ocho horas el diario El Impulso.
Es una medida
sancionadora por no estar al día en el pago de
los impuestos. El Seniat cierra durante cuarenta
y ocho horas a cualquier empresa que no tenga
actualizadas sus cuotas y les impone una multa
simbólica de 700 bolívares, la cuarta parte de
un euro, además de exigirles la actualización
del impuesto adeudado. Le ha ocurrido lo mismo a
montones de empresas, desde La Joyería La
Francia situada en la Plaza Bolívar en el
centro de Caracas a la empresa petrolera Shell,
que sufrió en enero de 2006 una multa de más de
28 millardos de bolívares en concepto de
impuestos e intereses.
Tampoco son un
atentado las medidas cautelares que un juez pueda
aplicar para proteger otros derechos que entran
en colisión con la libertad de expresión.
Todos los
ordenamientos jurídicos de cualquier estado de
derecho limitan el ejercicio de cada libertad
pública con el necesario respeto a los otros
derechos fundamentales.
El Fiscal
General de la República de Venezuela ha
restringido la posibilidad de que los medios
sigan publicando las actas del procedimiento
judicial abierto por el asesinato del fiscal
Danilo Anderson. Las actas son secretas mientras
el procedimiento judicial está en curso, es un
delito filtrarlas, porque su divulgación pone en
riesgo la vida de los testigos y es preciso
protegerles para que sus testimonios se produzcan
sin presiones o amenazas chantajistas.
La libertad de
información no se protege por ninguna
constitución para que obstaculice la
administración de la justicia, ni el ejercicio
de otros derechos.
De
qué hablan los medios y de qué no hablan: la
parcialidad
Hay
organizaciones internacionales que pasan los
días elaborando informes de denuncia de
agresiones contra la libertad de expresión en
Venezuela. Los medios, los mismos que olvidan
hablar de los problemas de Repsol YPF con la
justicia en Bolivia, se hacen eco de esos
informes acusatorios, sin contrastar lo que
contienen.
Se trata de los
mismos medios que también olvidan hablar, por
ejemplo, de que en enero una delegación
norteamericana de 23 juristas, organizada por el
Gremio Nacional de Abogados de Estados Unidos,
realizó una auditoria sobre derechos humanos en
Venezuela y emitió un informe de situación
favorable al ejercicio de los derechos. Los
técnicos norteamericanos concluyeron afirmando
que existe una total libertad de expresión y las
ideas "se debaten con emoción pero con
tranquilidad".
Derecho
a la información oportuna
La Constitución
Bolivariana de 1999, protege la libertad de
expresión en su artículo 57. En el 58 protege
el derecho a la información. Y lo protege con un
término que hubiera sido interesante que
apareciese también en la Constitución española
del 78. Literalmente dice: toda persona
tiene derecho a la información oportuna, veraz e
imparcial, sin censura, de acuerdo con los
principios de esta Constitución
.
Oportuna.
La información
precisa, para ser realmente información y no
propaganda, precisa ser oportuna. Lo irrelevante
puede ser cierto, muy cierto, y conducir a
conclusiones erróneas. Es verdad que esos dos
periodistas estaban retenidos, arrestada en casa
ella y en la cárcel él. Pero es oportuno
explicar por qué razones. No explicarlo
significa intoxicar.
* Concha Mateos
Martín es doctora
en
Comunicación por la Universidad de La Laguna, experta en Gestión y
Comunicación Política por
la Universidad Complutense
de Madrid., y
colaboradora de SdP. Acaba de terminar una estancia de seis
meses en Venezuela.
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