zoopolitikón
Una
estrategia comunicacional
Javier
Monroy Cervantes *
Cuando
los editores de medios locales o de las agencias
y cadenas internacionales de noticias reciben y
publican una información, verdadera o no, que
afecta la reputación del régimen, la visión de
la democracia en el Perú o la imagen personal
del presidente, propios y extraños
históricamente han distribuido culpas entre la
secretaría de prensa de Palacio, el sistema
informativo estatal, Prom Perú o las oficinas de
prensa de nuestras misiones diplomáticas (cuando
no a los 'lobbistas' de imagen). Nada más
desacertado, si no injusto.
Claro
que cada una de estas instancias puede o no tener
parte en la torta de las responsabilidades (e
incluso la actuación partidarizada de algunos
opositores), pero queda claro que no se está
viendo el problema desde los astilleros sino
desde el lugar donde se dañó la nave.
La
imagen no es un asunto colateral o aleatorio al
que debe recurrirse cuando surgen problemas y en
función de cercanías con algunos medios. En el
escenario del poder, la imagen está 'amarrada' a
las estrategias políticas y antes a las
decisiones y acciones que adopta el régimen de
turno. Por ejemplo, ante la decisión del
fujimorato de interferir en la reforma judicial
manteniendo ominosamente a su favor la
provisionalidad de los jueces, ningún trabajo de
imagen iba a ser efectivo, por más kioscos
multimedia o puertas inteligentes que colocaran
en el Palacio de Justicia. Aunque se parecen,
imagen y magia son dos términos que nada tienen
que ver.
Este
matrimonio (por convicción y no por
conveniencia) entre estrategias políticas y
estrategias comunicacionales permite, entre otras
cosas, la exportación de versiones limpias y
coherentes con los hechos y no proclives a la
mentira, al rumor, a la fuga o al doble
estándar.
Las
razones de Estado de una política informativa
que deben anteceder a una estrategia
comunicacional de gobierno tienen a la
ciudadanía como depositaria principal del
conocimiento de la gestión administrativa. La
irradiación de este conocimiento incorpora a las
variables políticas manejadas desde el poder el
empaque democrático de la transparencia de
ejercicio y su consiguiente credibilidad
pública. Una política informativa definida y
verificable favorece la voluntad ciudadana de
desarrollar un mínimo sentido de pertenencia o
sintonía respecto de los planes de los
gobernantes (tal y como hacen la empresas
líderes para 'sinergizarse' con sus
trabajadores).
Los
gobiernos, entonces, deben aceptar con
resignación liberal el poder discrecional de los
medios de comunicación, naturales intercesores
entre Estado y sociedad, y su papel terapéutico
ante los públicos, lo que repercutirá
beneficiosamente en el frente externo y en las
evaluaciones del riesgo-país.
La
comunicación del proyecto político se debe
desarrollar, entonces, para recordar
públicamente la unidad de gobierno (dirección
ejecutiva) y la inspiración común del grupo (el
mensaje-país) dentro de una arquitectura federal
(un modelo que integre todos los estamentos
administrativos, respetando en todos sus extremos
su autonomía funcional).
Las
comunicaciones desde un gobierno pueden mejorar
con algunas medidas genéricas: 1.
desconcentrando de la figura presidencial los
anuncios y declaraciones del gobierno central
(esto evita el desgaste público del primer
mandatario, proyecta una organización más
horizontal de la administración y pondera la
investidura de ministros y funcionarios por
delegación de tareas), 2. Distribuyendo a la
prensa dossiers semanales con aclaraciones
pertinentes y la agenda oficial siguiente (lo que
facilitará la organización de la cobertura
mediática y neutralizará, en lo posible,
peligrosas especulaciones), 3. Diseñando una
sala estratégica para suministrar información
táctica, adelantándose a posibles crisis y
afrontándolas una vez ocurridas. 4.
Estableciendo encuentros semanales del presidente
con la prensa con una agenda semiabierta (para
ordenar las intervenciones), a fin de disolver
nudos de tensión.
Ya
en el terreno operativo, son irrenunciables
medidas como: 1. Cuidar la unidad y la coherencia
del mensaje político, 2. Cuidar, centralizando
en la oficina de comunicaciones, la unidad de
criterios en la emisión de información desde el
gobierno para evitar una imagen de anarquía y
parcelación de estilos (microterritorios
'liberados') entre algunos funcionarios
públicos, 3. Instaurar un filtro permanente para
evitar contradicciones, deslealtades y
protagonismos, 4. Distribución publicitaria por
concurso público, no para "proyectar"
transparencia sino para evidenciarla, 5. Diseñar
tácticas que permitan presentar a la ciudadanía
logros de la administración como logros de todos
creando empatía entre el gobierno y el pueblo,
lo que quebrará el espinazo a cualquier
tentación de autismo partidista, 6. No pelearse
con nadie: la gente siempre ve con mejores ojos
una respuesta calmada y conciliadora a una
crítica que una reacción destemplada y
confrontacional.
Una
política informativa clara respeta el papel de
la prensa independiente como agente de cambio en
democracia y proyecta ventajas irreemplazables:
reduce la incertidumbre natural que generan los
gobiernos ante los ciudadanos, paraliza la
tentación de la mentira como recurso
estratégico, aborta especulaciones incubadas
desde la imaginería popular y transparenta la
acción ejecutiva en un contexto de libre acceso
y circulación noticiosa. Una política que, sin
comprometer el papel fiscalizador de la prensa
(su líquido amniótico), revele información del
Estado en toda su dimensión de interés público
y bien común, no de mercancía política y
táctica. Total, cómo olvidar que la imagen
"o te la haces o te la hacen".
* Javier
Monroy Cervantes escribió este texto siendo jefe de prensa
del Congreso
de la República de Perú.
Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.
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