Evolución
y retos de la televisión
Edgar
Jaramillo *
La
televisión es fascinación, es drama, es
información, es poder, es emoción y es
espectáculo. Nuestra sociedad está pasando de
la logósfera (es decir de la cultura de la
palabra) a la iconósfera (la cultura de la
imagen).
En las últimas
décadas, las formas de percibir las cosas y de
comunicarlas se han transformado de manera
impresionante, buena parte de esos cambios son,
obviamente, consecuencia de la aparición de la
televisión, porque jamás un medio de
comunicación, alteró tanto la vida cotidiana de
todos los sectores sociales.
La aparición de
la imprenta y la prensa escrita introdujeron
modificaciones sustanciales en la vida de los
hombres, pero de ninguna manera la población
percibió la diferencia, porque amplios sectores
de la población eran analfabetos y no se
beneficiaban de esos cambios; por el contrario,
la radio y la televisión llegan a todas las
capas sociales, desde las personas más
influyentes hasta las más humildes.
Una prueba
concluyente de la importancia que tiene la
televisión, en el mundo actual, es su ubicación
en las habitaciones de las casas modernas, en las
cuales el lugar central es el televisor,
convertido en el electrodoméstico que la
población lo considera el más necesario en sus
hogares y del cual casi no puede prescindir. La
televisión es como la fogata que reúne a la
tribu alrededor del fuego.
Según las
previsiones, pocos sectores experimentarán un
crecimiento tan alto en los próximos años como
la televisión, solamente el Internet y la
telefonía móvil crecerán en proporción mayor
y, curiosamente, los tres segmentos se agrupan en
el llamado hiper sector, que engloba todo lo
referente a las telecomunicaciones y medios de
comunicación y si el crecimiento de este sector
es interesante, lo que resulta preocupante es que
detrás de estos tres segmentos están los mismos
intereses económicos.
En Europa se
pronostica un crecimiento de los ingresos
globales de la industria audiovisual del 80%. Es
casi imposible encontrar otro sector con
previsiones optimistas para ese mismo período.
Las cifras de espectadores son ilustrativas
según una investigación desarrollada en Europa,
la audiencia de la televisión no deja de crecer,
así el 90% de la población europea cree que el
medio más idóneo para informarse es la
televisión, mientras que apenas el 35% dice que
son los diarios.
En cuanto al
tiempo que el ciudadano medio pasa frente a la
pantalla, la última cifra disponible de
investigaciones europeas, señala una media de
doscientos minutos diarios, es decir, que la
población pasa expuesta a la televisión más de
tres horas diarias; la mayoría de estos minutos
se concentra en la franja nocturna entre las ocho
y las doce de la noche, es decir en el período
que transcurre desde la salida de su trabajo
hasta la hora de dormir.
Los problemas de
la exposición a la televisión comienzan desde
que el espectador se sienta frente al televisor
sin capacidad de distinguir entre la ficción y
la realidad, entre lo trascendente y lo
irrelevante. Un 65% de un grupo investigado en
Europa considera que la televisión ha jugado un
papel muy importante para que disminuya la unión
entre los miembros de una familia. En este
sentido, la televisión se ha convertido en uno
de los moldeadores de la cultura moderna, porque
ha puesto una gran parte de contenidos e
información al alcance de la gran mayoría,
creando una situación que no tiene precedente en
toda la historia de la humanidad.
Al mismo tiempo,
los contenidos de la televisión tienen una
repercusión directa en los usos cotidianos,
entre los que se pueden destacar el lenguaje y
las relaciones familiares; en concreto el
lenguaje utilizado habitualmente refleja de
inmediato los giros que introducen los programas
televisivos en la audiencia.
Por otra parte
el aumento de la oferta de contenidos no parece
que vaya a provocar un aumento del tiempo que se
dedica a ver televisión y una gran variación de
las actividades de ocio de la población. Los
efectos se sintieron antes porque el tiempo que
se dedicaba a particularmente la lectura, ahora
se pasa frente a la pantalla de televisión.
Desde otra
perspectiva y en el marco de la innovación
tecnológica, el caso de la televisión se
caracteriza por la implantación de la
televisión digital, que si bien llegó de manos
del satélite se apresta a extenderse a corto
plazo mediante la puesta en marcha de los
servicios de televisión digital terrestre,
mientras que a mediano plazo el lanzamiento del
cable completará el panorama de un nuevo paisaje
televisivo.
Los principales
efectos del proceso de innovación tecnológica
en el ámbito de la producción audiovisual será
el surgimiento de nuevos modelos de producción
de programas, la aparición de nuevos actores al
margen de los circuitos tradicionales de la
producción y la paulatina sustitución de la
tecnología analógica por la digital para el
registro y edición de imágenes en la mayor
parte de los canales.
En cuanto a la
distribución existen tres grandes ventajas
comparativas de los sistemas de televisión
digitales frente a los analógicos. El primero,
el aumento de la cantidad de programas
disponibles; en segundo lugar, la mejora
sustantiva en la calidad de la señal y, en
tercer lugar, la posibilidad de prestar servicios
de valor agregado a los que actualmente ofrece la
televisión.
Sus
contrapartidas, por el contrario, son la
necesidad de actualizar las tecnologías de
producción, de distribución, de recepción y la
transformación de la base financiera del medio,
que pasa más a gravitar sobre el usuario que
sobre el anunciante y ello en gran medida porque
cuando tengamos que reemplazar los aparatos de
recepción, toda la gente tendrá que comprar
nuevos televisores para poder receptar las
señales de las emisiones digitales.
Además de las
transformaciones del paisaje audiovisual
previsibles al corto plazo, por la implantación
de los sistemas de distribución de los programas
de televisión por satélite, terrestre y por
cable, es necesario considerar a la red de
Internet entre las innovaciones tecnológicas que
mayor impacto van a producir en el ecosistema
televisivo en el mediano plazo. En los cambios
previsibles, en el caso de la televisión
digital, es plenamente factible la máxima que
rige los procesos de innovación tecnológica, el
desarrollo y la implantación de las nuevas
tecnologías resultan típicamente más lentos
mientras que el impacto que producen es, con
frecuencia, mayor de lo que puede anticiparse,
porque, repito, cuando tenga que reemplazar los
aparatos de recepción, toda la gente tendrá que
comprar nuevos televisores para poder receptar
las señales de las emisiones digitales.
Sin embargo, y
por la dimensión que tienen los cambios que
registra el panorama mediático no debemos perder
de vista que la innovación tecnológica en
comunicación no suele funcionar bajo la
dinámica de la sustitución, sino más bien de
la complementariedad; a pesar de los temores que
suscitan los nuevos medios, no reemplazan a los
anteriores, unos y otros conviven redefiniendo
sus perfiles y consolidando una nueva identidad.
En los próximos
años, lo previsible es que el desarrollo de la
Internet afectará el consumo de los contenidos
de la televisión. El departamento de comercio de
los Estados Unidos por ejemplo señala, en un
reciente informe, que la radio había tardado 38
años en alcanzar una audiencia de 50 millones de
personas, mientras que la televisión alcanzó
esa cifra en 13 años y el Internet en sólo 4
años. Pero eso no es todo, el volumen del
tráfico en la red se duplica cada 100 días y
para el año 2006 el número de usuarios en todo
el mundo superará los 500 millones.
No obstante, el
desarrollo del Internet representa notables
desequilibrios geográficos; para este año,
cerca del 50% de los finlandeses, noruegos y
norteamericanos son internautas mientras que en
América Latina un máximo del 7,5% navega en la
red.
Otro dato
interesante y que puede marcar la pauta de lo que
será el futuro es que en octubre del 2001 por
primera vez los suscriptores al Internet en los
Estados Unidos fueron en mayor número que los
suscriptores de los diarios. Y algo más, en 1996
el comercio electrónico significó 2.600
millones de dólares, cifra que para el año
2.006 se estima en 600.000 millones de dólares,
es decir un crecimiento vertiginoso y exponencial
de los negocios a través del correo
electrónico.
Frente a estas
cifras no cabe duda que estamos en un mundo que
se desarrollo raudamente y, en ese desarrollo,
los medios de comunicación tienen un papel
importante que cumplir. Desafortunadamente
existen muchos casos en los que se cree que la
vía más corta para el éxito es el escándalo y
esta es quizá una de las tónicas que observamos
en gran parte de los canales de televisión de
América Latina.
La televisión
protege la ambigüedad por la falta de precisión
en la información, convierte la riqueza de la
realidad en caricatura, excluye a los personajes
que desea, se guía por la espectacularidad, da
supremacía a lo interesante dejando de lado lo
importante, juega al dolor ajeno con el
espectáculo, posee un lenguaje domesticado por
los grandes intereses económicos y su mismo
deseo de información casi resulta una
simulación.
La programación
de televisión necesita más autocrítica y menos
juicio de valor; más autenticidad y menos
protagonismo; más profundidad y menos
superficialidad. Los medios y los periodistas no
pueden convertirse en árbitros de la moral. Es
saludable que las principales críticas al
periodismo y a los medios los hagan los mismos
reporteros.
Por estas
consideraciones, es urgente y necesario un
proceso formativo, sistemático y esclarecedor,
que permita una conciencia crítica que
signifique ser dueños de una capacidad interior
suficiente para discernir el valor o el
contravalor en una situación o acontecimiento
para orientar la conducta.
La criticidad es
señal de una personalidad madura, fruto de un
trabajo formativo, por eso es importante hacer
esfuerzos para realizar cursos, talleres y
seminarios que permitan intercambiar experiencias
y reflexionar alrededor de los temas esenciales
que afectan a la televisión de nuestros países
y, sobre todo, para identificar indicadores que
puedan convertirse en guías para el cambio en la
orientación que deben tener nuestros medios de
comunicación y, de manera particular, la
televisión.
No cabe duda que
la televisión mueve resortes psicológicos y
obtiene a través de ellos cambios más profundos
y duraderos en la memoria y en la imaginación
que el sistema oral y el escrito. La gente tiene
fe en las imágenes que se presentan, los medios
avalan hechos, situaciones, opiniones o personas,
la pantalla y el micrófono hacen visibles a las
personas. Lo que los medios publican sale, lo que
sale vale; sólo lo que se publica existe, los
medios son los nuevos mercaderes de la realidad,
lo que no aparece en las pantallas es como si no
se hubiera producido, lo que los medios afirman
queda, lo que ignoran los medios no existe.
La verdad es que
con la televisión la intimidad de las personas
ha sido derogada. La agonía de la intimidad
explica el cansancio prematuro de los jóvenes,
la devaluación del silencio, el frenesí por la
diversión y la perpetua insatisfacción que
conduce a comprar para llenar los vacíos
espirituales.
La vocación
adquisitiva y el extremo consumismo que ha hecho
de la ley de la oferta y la demanda las únicas
máximas morales, nos lleva a reemplazar los
valores con cosas, las reflexiones con estruendo,
la conciencia con voracidad, la generosidad con
egoísmo, la humanidad con clientela.
Los noticieros
de televisión invaden y expropian la intimidad
de las personas, matan la alegría, empañan la
jornada, la familia ha quedado reducida a un
conjunto de personas apuradas que no escuchan ni
se ven, cada cual capturado por la magia de la
telenovela, o por el enfermizo relato del
interminable descalabro del mundo; sumergidos,
los más jóvenes en la solitaria exploración
del Internet o bloqueados los oídos o las
capacidades intelectuales por la eterna cortina
musical que anula la realidad. Estas son
realidades a las que debemos procurar
modificarlas y la única manera de hacerlo es
produciendo programas de mejor calidad. Por eso
es urgente revalorizar y reorientar la misión
profesional de los periodistas.
Ahora recordemos
algo que hemos olvidado y que tiene enorme
significación para los comunicadores, para los
públicos y para comprender alguno de los efectos
de la televisión.
La televisión
no proyecta una imagen completa en la pantalla.
Son 525 líneas de puntos luminosos que van
apareciendo lentamente. Por lo tanto, lo que
vemos es un fragmento de la imagen que surge en
la parte superior y otro que desaparece en la
parte inferior. Como no existe la imagen completa
nuestro cerebro debe tomarse el trabajo de
completar las imágenes.
Por otra parte,
recordemos que los dos hemisferios del cerebro
tienen funciones diferentes. El izquierdo es
utilizado para el análisis y el pensamiento
lógico verbal. El derecho para la
aceptación de imágenes y el pensamiento
espacial. El esfuerzo de completar las imágenes
que aparecen en la pantalla del televisor
estimula la labor del hemisferio derecho y deja
casi inactivo al izquierdo.
Los problemas
que se plantean alrededor de esta situación son
dos: por un lado la superactivación del
hemisferio derecho determina que la información
recibida consuma la energía disponible, casi en
su totalidad y no deja espacio para el análisis
en profundidad. El otro problema se refiere a que
el impacto captado de esta forma tiende a
trasladar la imagen directamente a la base
emocional del cerebro sin tocar o activar la
parte reflexiva.
Los estudios
realizados en torno a esta teoría permiten
afirmar que sería esta la causa de los efectos
semi hipnóticos y creadores de dependencia que
genera la televisión. Aunque usted no lo crea,
el hombre a veces es víctima de sus propios
inventos. Con su propia técnica ha construido su
propia cárcel de la cual parece que es difícil
escapar. Debe ser por eso que hay quienes dicen
que la televisión es una especie de fabricantes
de quimeras. Otros dicen que es la multinacional
de los sueños que ha globalizado el complejo de
Penélope: todo lo que hace la educación formal
lo deshacen los programas de televisión. Es
verdad, la televisión está arrebatando al
sistema escolar la hegemonía de la educación.
Veamos algunos
datos: un niño norteamericano o sueco ve más de
5.000 horas de televisión antes de entrar a la
escuela. En América Latina, los niños de 4 a 6
años ven un promedio de 20 horas semanales. De
los 7 a los 12 años 25 horas, esto significa que
los niños están frente al televisor, un
promedio de 1.000 horas al año, mientras que en
la escuela, en el mejor de los casos, no están
más de 800 horas anuales. Es decir, antes de
cumplir 12 años, nuestros niños llevan en su
mente 12 mil horas de fantasía o ficción y no
de realidades, durante las cuales han presenciado
un promedio de 23 mil hechos de violencia.
Una
investigación efectuada entre 6.500 estudiantes
de 4 a 12 años, entre 750 familias y 740
maestros confirmó las siguientes hipótesis:
- Los medios
de comunicación no propician la
identidad nacional.
- Los niños
tienden a identificarse con los
personajes ficticios que presenta la
televisión.
- Los medios
de comunicación y, particularmente la
televisión refuerzan la agresividad y
violencia de los niños.
- La sociedad
de consumo explota la mentalidad infantil
creando en los niños necesidades
ficticias.
- Los medios
contribuyen a presentar el dinero como el
supremo valor de la sociedad.
Otra
investigación entre niños que nunca vieron la
televisión y otros adictos, revela que los
niños expuestos a la televisión son capaces de
reaccionar más rápida y mejor frente a
situaciones imprevistas. Es decir, la televisión
no sería tan perniciosa, lo malo son los
contenidos que se transmite y ello nos lleva a
reflexionar sobre el rol educativo de la
televisión.
Desde otra
perspectiva, el pluralismo de opiniones dentro
del medio y el pluralismo de medios dentro de
nuestras sociedades afianzan las democracias y
desarrollan la inteligencia de los ciudadanos.
Sin embargo, en sociedades como las nuestras, es
difícil que el derecho a la información sea una
realidad plena, pues la educación constituye una
base fundamental para ejercerlo, sólo en la
medida en que tengan plena y amplia vigencia los
derechos a la educación, a la información, a la
expresión, a la participación será posible el
derecho a la comunicación.
La necesidad de
democratizar los procesos de comunicación para
afianzar nuestras democracias, obliga a una
revisión crítica de los currículos, las
metodologías y las estrategias en la formación
de los comunicadores y en su participación para
la función educativa de los medios de
comunicación. Por eso, es urgente revalorizar y
reorientar nuestra misión profesional.
Permítanme
ahora referirme a algunos aspectos de la
programación. La televisión entró en la era de
la globalización marcada por la oferta y la
demanda y con ello la programación se organiza
de acuerdo con los niveles de consumo de la
sociedad.
Existe una
marcada tendencia a mezclar los formatos. La
última moda de los noticieros es: titulares con
frases cortas, imágenes y música sugestiva
durante dos minutos, luego se pasa al estudio con
una cámara en grúa que se pasea por un gran
set, ambientado con tecnología post modernista,
donde aparecen impecables presentadores: dos para
las noticias, uno para los deportes, otro para la
sección de cierre y otro para la farándula.
Todos ellos tienen un tono de voz y actitud de
animadores de concursos. Luego viene un bloque de
noticias nacionales e internacionales. Algunos
noticiarios cierran este primer segmento con una
micro noticia positiva de 30 segundos. Terminados
los 10 primeros minutos entra el presentador de
deportes y deja enganchada a la audiencia con sus
titulares antes del primer corte comercial. Luego
aparecen 10 o 15 minutos de noticias presentadas
a manera de video clip donde priman las noticias
atropelladas, las deportivas, los goles y para
terminar se emiten entre cinco u ocho minutos de
chismes de la farándula o de notas breves
referidas a las mascotas de los artistas o a
personajes de la política. Es decir, en la
búsqueda de la audiencia, cada vez el formato de
los noticiarios se parece más a un programa
misceláneo que a un programa informativo.
Naturalmente que en este esquema hay excepciones,
valiosas excepciones.
Frente a esta
situación surgen varias preguntas:
- ¿En qué
queda el derecho de la sociedad a
informarse?
- ¿Qué pasa
con la necesidad de crear opinión
pública y la función social que debe
cumplir la televisión?
- ¿Y el
papel orientador y educador de la
televisión en qué queda?
Y que conste que
no me he referido a los reality shows, a las
telenovelas, o a los concursos que ocupan
alrededor del 70% del tiempo triple A de la
programación.
En medio de
tanto espectáculo la información es lo de
menos. Lo realmente importante es mantener una
audiencia cautiva para marcar muchos puntos de
sintonía. Y es que ese es el peligro de los
ratings de sintonía, que son únicamente una
medición cuantitativa, pero que no mida la
calidad de los programas ni la verdadera opinión
de quienes lo ven.
La revolución
electrónica nos ofrece inesperadas posibilidades
a las democracias, para ser más concretos, a la
telecracia, es decir a la democracia ejercida a
través de la informática, la Internet, la
multimedia, el cd rom, la prensa digital y las
diversas modalidades de software para las
telecomunicaciones.
La video
política de la era digital entraña un viraje
fundamental en la manera de hacer política, en
la forma y contenido de los mensajes, en la
comunicación con las masas, en la propaganda
política, en el estilo de los líderes
políticos y en la formación de una determinada
cultura política que, sin duda alguna,
discrepará de la cultura política tradicional
de cada lugar.
La presencia y
la importancia de la televisión en la vida
pública han suplantado la telegenia a la
inteligencia, la imagen a la personalidad, la
apariencia a la realidad, la verosimilitud a la
verdad, el estilo al discurso, la envoltura al
contenido y la euforia a la consistencia de las
ideas.
La televisión,
se ha convertido en el factor número uno de la
video política. Es cierto que se nos ha ofrecido
sociedades mejor informadas de toda la historia
humana, pero también ha contribuido a frivolizar
o a trivializar la política y en algunos casos a
desinformar o a subinformar. Con frecuencia hay
el error generalizado de que la información
televisiva, por basarse en imágenes, es
forzosamente verídica. Hay quienes creen que la
imagen no miente, esto no es así, las imágenes
pueden ser manipuladas, deformadas opacadas o
magnificadas o reducidas. La televisión ha
alterado la emotividad de los políticos,
legisladores, funcionarios públicos, jueces y
otros actores de la vida pública que buscan el
estrellato televisual.
Por supuesto, la
televisión ha extendido como nunca antes la
cultura, la información y el entretenimiento
entre las masas. Pero para la construcción de
una democracia real y participativa la
comunicación debe volver cívicas a las
contradicciones y democráticas a las salidas, en
este orden la televisión tiene un papel
fundamental en este propósito.
Es necesario
entender, también, que el poder y la
comunicación mantiene separada su razón de ser,
sus principios, sus valores y sus prácticas. La
política busca el poder, la comunicación es un
contrapoder. El poder decide, el periodismo
informa y opina. Los políticos gobiernas, los
periodistas median y también fiscalizan. Los dos
sirven a la sociedad desde su particular misión,
sus intereses y su visión.
Por todo esto es
importante que podamos identificar los conceptos
y las herramientas que hagan posible que la
televisión se convierta en un factor dinamizador
y promotor del cambio a través de programas
educativos y culturales.
De manera más
específica, la comunicación articulada a la
democracia y al desarrollo es una vocación por
el cambio y el progreso, por el bienestar y la
calidad de vida, por la organización y la
esperanza, por el servicio público. En
definitiva la comunicación en su relación con
la democracia contiene una dimensión política y
cultural que se explica en el tipo de sociedad
que se quiere construir.
Hacer
comunicación relacionada con el desarrollo
humano implica una comprensión ética y
técnica, combinando democracia con eficacia,
organización con participación, calidad de
vida, acceso digno a bienes y empleos, justicia
inmediata y normada, institucionalidad
constructiva y articulación social, capacidad de
decisión y gestión democrática real, ejercicio
del poder político en diferentes espacios y
reordenamiento del sistema político de los
gobiernos locales con proyección a un
reordenamiento de Estado.
Lo que estamos
planteando es, entonces, la comunicación para el
desarrollo la cual debe ser entendida como un
proceso conciente diseñado y construido por los
sujetos, que se forja en función de un horizonte
que se construye cotidianamente, desde el campo
denso, contradictorio y conflictivo de las
culturas haciéndose y rehaciéndose en
permanente tensión.
La comunicación
es y debe ser un componente transversal de los
factores del desarrollo, lo atraviesa al tiempo
que se desafía a dar respuesta a esta
interrogante: ¿Cómo conjugar crecimiento
económico con democracia política y equidad
social?
La comunicación
vinculada directamente con el desarrollo y el
desarrollo como uno de los objetivos
fundamentales de la sociedad no se reduce a
aportes auxiliares y metodológicos. Por el
contrario es en sí mismo objeto y sinergia
transformadora de la sociedad y de los sujetos
que la componen; es por lo tanto, medio y fin.
Cuando hablamos de comunicación
para el desarrollo debemos empezar por reconocer
que las democracias están en deuda con el
desarrollo de los pueblos, debemos aceptar que la
sociedad está en deuda con el desarrollo, que la
teoría está en deuda con las prácticas y que
la televisión está en deuda con la sociedad y
por eso tiene que asumir un compromiso ético y
social.
* Edgar
Jaramillo es
director general del Centro Internacional de Estudios
Superiores de Comuniación para América Latina (CIESPAL). Ha sido presidente de la
Federación Nacional de Periodistas, en Ecuador.
Esta es la ponencia que presentó en la V Cumbre Iberoamericana
de Comunicadores realizada
en Santo Domingo, del 6 al 8 de abril de 2006, y
se reproduce con la autorización de Infomega.
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