Las
políticas de comunicación y
la construcción del Estado democrático
Marcial
Murciano *
Las
políticas de comunicación, el desarrollo
nacional y el interés general
Como
es sabido, los planteamientos teóricos sobre los
medios de comunicación social y su desarrollo y
los avances de la política contemporánea están
íntimamente vinculados. En este sentido, las
políticas de comunicación tienen su origen
moderno en los objetivos nacionales definidos por
los estados a lo largo del siglo XIX, en
particular como respuesta a la continuada
innovación y desarrollo de la tecnología de las
comunicaciones. El papel del Estado ha sido
paradigmático en la organización y desarrollo
del telégrafo y las telecomunicaciones, así
como también en el caso del cine, la radio y la
televisión. A medida que se ha definido y
desarrollado la actividad de estas nuevas
industrias comerciales o públicas, el papel del
Estado ha sido determinante en la configuración
de derechos, reglamentaciones y restricciones
para cada uno de los mercados que se generaron.
Por ejemplo: siguiendo los criterios del control
o de la libertad en cada nuevo medio (en el caso
de la prensa); o por razones de moralidad
pública (en el caso del cine); o por razones
estratégicas o del interés nacional (en el caso
de la telegrafía y en general en el desarrollo
de las telecomunicaciones); o por argumentos
basados en razones técnicas y de objetivos
complementarios, como el de asegurar la máxima
cobertura y eficacia en la difusión de la
programación de la radio y la televisión (a
través del monopolio de las ondas
radioeléctricas) (Siebert, Peterson y Schramm,
1963).
En todos los
países de Europa, el Estado contribuyó de forma
esencial en la configuración y desarrollo de los
grandes medios modernos de comunicación de
masas. En los Estados Unidos de América, de una
forma análoga, aunque siguiendo los criterios
del utilitarismo y del mercantilismo -ampliamente
debatidos, explicitados y refrendados
públicamente-, el papel del Estado fue
igualmente central en la configuración y
desarrollo de los medios de comunicación. En
términos generales, esta actuación del Estado
se ha llevado a cabo mediante políticas de
comunicación específicas, que han oscilado
siempre entre la defensa de los valores
promovidos por la industria y el comercio y los
valores promovidos por el interés general.
A pesar de estas
oscilaciones permanentes y periódicas, que se
mantienen en la actualidad, el interés general,
en ocasiones interpretado como interés nacional,
ha sido el elemento que ha legitimado y permitido
la intervención del Estado como institución
impulsora y organizadora de las nuevas
tecnologías y de su transformación en nuevos
medios de comunicación, redes de distribución
de información y mercados.
Este papel
esencial del Estado es perceptible también en
nuestros días, durante el último e intenso
período de desarrollo tecnológico. A pesar de
existir una permanente generalización y
ampliación de las corrientes liberales, amplios
sectores sociales reclaman todavía la
centralidad del Estado (para la mejora del
desarrollo educativo; en el nuevo impulso
industrial; y también y de nuevo en el
desarrollo de la reciente tecnología de la
comunicación). En el mismo sentido, amplias
áreas de este reciente desarrollo social se
encuentran afectadas por nuevas demandas de
regulación, como en el caso de la seguridad, el
medio ambiente, la cultura y la comunicación.
Sin embargo, a
pesar de todo ello, en las dos últimas décadas
el Estado ha encontrado dificultades para
redefinir los valores del interés general en el
nuevo entorno de transformaciones que han
producido la revolución digital y la difusión
masiva de la nueva tecnología de conexiones, el
satélite, el cable y las nuevas redes de
comunicación.
Como es sabido,
durante este reciente período se ha producido un
claro avance de las fuerzas del mercado, al pasar
éstas a determinar y extender los valores
generales del comercio en el impulso y en la
organización del desarrollo de la nueva
tecnología, colocando a menudo al Estado en una
posición incierta y debilitada frente a los
nuevos retos que suponen la fijación de los
nuevos valores legitimadores en este nuevo
entorno tecnológico, económico y social que
promueve la emergente sociedad de la
información. Es ésta una situación
contradictoria, en la que la pérdida del
monopolio del Estado a la hora de definir los
nuevos valores convive con las demandas que
reclaman su centralidad. Por ejemplo, sabemos que
el Estado, a través de las competencias
constitucionales detentadas y por medio de las
reglamentaciones específicas existentes, es
prácticamente la única institución que puede
garantizar el ejercicio de las libertades
públicas en la información y la comunicación,
en el avance del pluralismo informativo y en el
fomento de los derechos culturales de los
ciudadanos, considerados todos ellos como
elementos constitutivos fundamentales del
interés general de una democracia avanzada. Sin
embargo, hemos sido testigos de cómo numerosas
iniciativas propuestas para impulsar estos
derechos han sido bloqueadas o contestadas desde
amplios sectores de la industria o del comercio y
percibidos en términos de la opinión pública
como un abuso de atribuciones competenciales por
parte del Estado, en contra de los legítimos
intereses del mercado, la libre competencia y el
progreso material y social.
Esta tensión
entre Estado e Industria, característica de las
dos últimas décadas, permite comprender mejor
las ambigüedades que afectan al interés
general y a los valores que lo componen.
Asimismo, pone también de manifiesto las
dificultades que existen en nuestras sociedades
para definir de manera unívoca objetivos comunes
que puedan ser desarrollados por medio de
políticas democráticas de comunicación
ampliamente consensuadas y aceptadas socialmente.
En este sentido
y por ejemplo, diversas iniciativas de política
de comunicación y de cultura concretas (las
cuotas de la publicidad en la programación de la
TV, las ayudas y las formas de promoción del
audiovisual, entre otras) han sido presentadas
como una intromisión (del Estado) y percibidas
como sospechosas de debilitar la libertad de
iniciativa (por los sectores empresariales),
puesto que se consideraba que estas actuaciones
afectaban de forma negativa tanto a los
principios constitutivos de la libre actividad
empresarial como del ejercicio de las libertades
públicas (en la capacidad individual o colectiva
de autoorganización, de libre intercambio de
comunicación o de la libertad de emisión de
contenidos).
De forma
contradictoria y paralela y tal como se ha
manifestado, también existe en nuestras
sociedades una extendida conciencia de que es
necesario avanzar en el proceso de la democracia
social frente a los excesos del individualismo
económico y del dominio del comercio en la
esfera de los bienes y servicios culturales. Al
respecto es ilustrativo el amplio debate público
originado en torno a la mercantilización
creciente de amplios sectores de la programación
televisiva y del cine comercial internacional; y
que ha tomado diversas formas en torno a debates
sociales como el de la telebasura o
el del colonialismo cinematográfico,
debido a la exhibición dominante del cine
norteamericano en las salas de cine y en la
programación de televisión.
En nuestra
opinión, asumir esta situación paradójica y
contradictoria entre los intereses contrapuestos
del interés general y los de los intereses
expansivos del mercado y la industria obliga a
plantear de nuevo el tema del interés general en
este nuevo milenio y el de los nuevos valores que
delimitan y que deben constituir la base de toda
política de comunicación democrática actual
(Thiebaut, 1998).
Hasta fechas muy
recientes, las políticas de medios de
comunicación que denominaré para simplificar la
argumentación como tradicionales se
han orientado a promover el desarrollo de medios
específicos, mediante leyes y reglamentaciones
sectoriales. Cuando éstas han existido en un
determinado país, se han configurado en forma
diversa, como la de ley de prensa, la de radio,
la del cine, la de la televisión privada o la
del cable, por denominar algunas entre las más
conocidas y recientes. Por otra parte, y también
tradicionalmente las políticas de
telecomunicaciones han estado casi siempre
orientadas o bajo el control de instituciones de
reglamentación de carácter económico y
comercial especializadas. Por ejemplo, y en la
última época, las agencias creadas para regular
los emergentes mercados de las
telecomunicaciones, dependientes en general de
ministerios como los de economía o industria.
Este sistema de
atomización de las políticas, muy
característico tanto en el desarrollo histórico
como en el reciente de los grandes medios masivos
y de sus soportes industriales, resulta cada día
más artificial e ineficiente al no ser capaz de
articular unos valores unívocos, con objetivos
precisos capaces de ser aplicados mediante una
doctrina que promueva el interés general en el
conjunto del sistema de los medios de
comunicación. Ni tampoco a las diferentes
categorías de problemas que podemos diferenciar
tanto en términos espaciales (me refiero a los
diferentes espacios comunicativos: mundiales,
supranacionales, nacionales o subnacionales) como
en términos de comunidad (por ejemplo, las
relacionadas con las diferentes lenguas o etnias
de un determinado espacio geográfico).
En nuestra
opinión, y así lo proponemos más adelante, es
necesario superar esta etapa, que por lo demás
es una característica más de la evolución de
los medios y de sus políticas normativas durante
los siglos XIX y XX (McQuail, 1988). Creemos que
es posible avanzar una nueva propuesta de
políticas de comunicación integrales para el
sector de los medios y de la cultura, más acorde
con el actual proceso de transformación de la
organización del espacio y de las relaciones de
intercambio que han generado las nuevas redes
mundiales de distribución de contenidos (Held,
1999).
Tres
modelos de políticas de comunicación
Con carácter
expositivo, es posible diferenciar tres grandes
modelos que orientan el surgimiento y desarrollo
de las políticas tradicionales de
medios, desde finales del siglo XIX a nuestros
días. Estas son fundamentalmente: las políticas
relacionadas con la prensa y la imprenta; las
políticas de servicio público en radio y
televisión; y las políticas de
telecomunicaciones.
Las políticas de
comunicación en los medios escritos
El avance de la
democracia en las sociedades occidentales desde
el siglo XVII y XVIII transcurre paralelamente a
la aparición de una prensa libre del control
gubernamental. En este sentido, la libertad de
prensa ha sido considerada un elemento
constitutivo de toda sociedad libre, democrática
e ilustrada. Los valores en que se organiza son
los mismos que los del estado liberal
democrático. El derecho del ciudadano para
expresar, publicar y opinar libremente es
reconocido como sinónimo de sociedad
democrática. En este sentido, el valor de la
libertad de expresión y opinión está
relacionado con otros valores democráticos
fundamentales como son el de reunión y de
asociación, centrales ambos en la sociedad
democrática plural. Uno de los argumentos
esgrimidos y más reiterados sobre la libertad de
prensa y de expresión como valor supremo
democrático es el que su ejercicio permite el
conocimiento de la verdad y ayuda a descubrir el
error, presente en todos los grandes pensadores
sobre la libertad y la democracia (Siebert,
Peterson y Schramm, 1963).
Aunque en la
práctica el ejercicio de las libertades de
opinión y de prensa no ha resultado una empresa
fácil, ni tampoco lo es en nuestros días, sin
embargo, como valores en si mismos han tenido un
reconocimiento constitucional generalizado que ha
facilitado mecanismos para que periódicamente
pudieran tomarse medidas políticas encaminadas a
fortalecerlas, impulsarlas y renovarlas. En este
sentido hemos de entender las deliberaciones y
propuestas establecidas por la Comisión sobre la
libertad de la Prensa (Comisión Hutchins) en los
Estados Unidos (1947) o las de la Comisión Real
de la Prensa en Gran Bretaña de la misma época,
que han marcado una doctrina que ha llegado hasta
nuestros días. Y en este mismo sentido, hay que
entender todas las deliberaciones posteriores
sobre estas libertades fundamentales y las
actuaciones y políticas relacionadas con los
procesos de concentración en la prensa y otros
sectores de los medios. Sobre la base de estos
criterios y de otras iniciativas similares de
política de comunicación ha sido posible
limitar, en parte y en períodos de tiempo
determinados, la concentración de poder
económico y financiero en los medios. En el
mismo sentido, los medios de comunicación han
hecho avanzar conceptos esenciales como son el de
la responsabilidad social de la prensa y de los
medios en general, el derecho a la información
plural e independiente, los consejos de la
información y la calidad de la información,
entendida en los términos de objetividad,
diversidad y honestidad (Bardoel y Haenens,
2004).
En el gráfico
adjunto titulado Las políticas de comunicación
en los medios impresos (gráfico núm. 1) se
pueden encontrar esquemáticamente representados
los valores consolidados por el interés general
en este ámbito de las políticas de medios de
comunicación impresos. Los medios principalmente
implicados son los escritos, y afectan a todas
las industrias de la comunicación social con
soportes en prensa e imprenta. Sus ámbitos
preferentes de aplicación son las noticias, la
expresión de las opiniones y de una forma más
general lo que denominamos como información de
actualidad, aunque no exclusivamente. Finalmente,
los valores rectores de estas políticas, que
persisten inamovibles durante más de dos siglos,
son los de la libertad de expresión y el
pluralismo informativo. Su pervivencia hoy como
valores esenciales del interés general no ofrece
dudas pues forman parte ya de la teoría sobre la
democracia política y en este sentido se han
convertido también en derechos y libertades
fundamentales del ciudadano, reconocidos en las
constituciones nacionales (desde finales del
XVIII y principios del XIX) y en los tratados y
declaraciones universales, como son la
Declaración Universal de los Derechos Humanos,
promulgada por las Naciones Unidas,
inmediatamente después de la Segunda Guerra
Mundial, en 1948 (Pérez Luño, 1986).
Con todo, los
valores de la libertad de expresión y del
pluralismo informativo están lejos de ser una
realidad homogénea y extendida en nuestro mundo
contemporáneo, puesto que, como es sabido, son
sobre todo una aspiración democrática
permanente y cambiante, debido entre otros
factores a las tendencias comerciales crecientes;
y al crecimiento oligopólico de estos sectores
industriales, así como también al afán
intervencionista periódico de los gobiernos y a
la progresiva y constante penetración de los
intereses financieros en el sector de los medios
(Murciano, 2004).

| Valores
centrales del
interés general
|
PLURALISMO INFORMATIVO LIBERTAD DE EXPRESIÓN
|
| DEMOCRACIA POLÍTICA |
| Ámbitos |
NOTICIAS E
INFORMACIÓN |
| Sector de los
medios |
PRENSA E
IMPRENTA |
GRÁFICO
NÚM. 1
Las políticas de
comunicación en los medios audiovisuales
Si
el pluralismo y la libertad de expresión son los
valores políticos asumidos y defendidos en la
política de prensa e imprenta por el emergente
Estado liberal democrático desde finales del
siglo XVIII, la aparición y el desarrollo de las
tecnologías asociadas con la radiodifusión,
primero sonora y más tarde audiovisual, volvió
a involucrar al Estado en la definición y
organización de estas nuevas industrias de
medios.
Si
tomamos como ejemplo el caso europeo, un renovado
Estado democrático en sus objetivos y
responsabilidades, desarrollado a lo largo del
siglo XX, optó por intervenir y regular la nueva
tecnología de la radiodifusión y los nuevos
medios audiovisuales como la radio y la
televisión con el objetivo explícito de
impulsar nuevas líneas de fortalecimiento de la
democracia preocupada por los derechos del
ciudadano, la cultura común compartida y la
participación social (Touraine, 1994).
Las
nuevas instituciones de radiodifusión impulsada
por el Estado social europeo garantizaron desde
sus inicios el acceso generalizado a la
información pública de calidad. Ésta fue una
extensión clara y precisa a los medios
audiovisuales de la función política esencial
asumida ya por la prensa, analizada en el
apartado anterior.
En
este sentido, el servicio público de la
radiodifusión asumió la responsabilidad de
ampliar la participación pública de los
ciudadanos y de garantizar la objetividad, la
independencia y la honestidad de la información,
en consonancia además con la diversidad de
tendencias culturales y sociales que se
manifestaban de forma creciente en las sociedades
modernas industriales cada vez más plurales y
complejas (Blumler, 1993).
A
la función política democrática que
estableció la prensa y la imprenta se le
añadió una segunda de carácter cultural, con
el objetivo de responder a las nuevas demandas
educativas, culturales y de entretenimiento, en
el marco primero de la promoción de una cultura
nacional cohesionada y más adelante en un
proceso de descentralización territorial de la
radio y la televisión para poder atender a la
diversidad geográfica y social de la cultura
nacional. Desde este punto de vista, el servicio
público de ámbito nacional se convirtió en un
gran agente educativo y cultural, además de
hacer efectiva y defender los principios y
derechos básicos constitucionalmente reconocidos
como son los de la diversidad cultural (regional,
lingüística, política, cultural, etc.), la
identidad cultural (subnacional o local), la
independencia nacional en la industria y el
comercio (con la promoción primero del cine de
nacional, y más tarde del denominado de autor y
en la actualidad el independiente; o de proteger
al sector audiovisual de las presiones
organizativas de la publicidad, etc.), en el
fomento de la vida asociativa y ciudadana (el
comunitarismo y la ciudadanía tal como se
entiende en la tradición de la democracia
social) y en la protección y el bienestar de la
infancia y la juventud (como ejemplo de sectores
de espectadores vulnerables), entre otros.
El
servicio público en la radio y la televisión
fue organizado con un amplio reconocimiento de la
existencia de tensiones e intereses contrapuestos
entre los objetivos culturales y los del mercado.
Para ello se ideó un sistema de financiación
que asegurara un amplio acceso universal a estos
nuevos medios, a cambio del pago de una cuota o
canon periódico. Esta financiación regular y
suficiente permitió un desarrollo del
audiovisual en gran medida independiente del
mercado, o de que éste pudiera determinar la
producción y la programación de los contenidos
(sobre todo cuando la publicidad se convirtió en
el modelo dominante de financiación de los
medios). De esta forma, los problemas económicos
y los costes de producción no llegaron a
convertirse en el problema central para la toma
de decisiones relacionada con la calidad de la
producción o de la participación. En términos
de demanda, la asignación de recursos se pudo
establecer en relación con las necesidades y la
respuesta de las audiencias. De esta forma, en su
período clásico el sistema público fue un
fermento inagotable de independencia,
creatividad, innovación e idealismo, que tan
solo en una pequeña parte ha logrado sobrevivir
hasta nuestros días a través de la
internalización de unas prácticas profesionales
de excelencia de las que son un ejemplo
paradigmático las de la BBC, entre otras
televisiones públicas europeas, como la sueca o
la suiza (Blumler, 1993).
En
el gráfico número 2, las políticas de
comunicación en los medios audiovisuales, se
puede observar representados esquemáticamente
los valores centrales asumidos por el interés
general en el desarrollo de la radiodifusión
pública. Principalmente afectan a la radio y a
la televisión desde su período constitutivo, a
partir de los años veinte, pero como valores
sociales han tenido un carácter más continuado
y más amplio y hoy se pueden encontrar de forma
latente en una demanda difusa social ampliamente
extendida y no siempre satisfecha por el conjunto
de los medios.
El
ámbito principal de aplicación de estos valores
es la información, la cultura y el
entretenimiento. Los aspectos más importantes a
destacar son, puesto que la información ya ha
sido analizada, la cultura y el entretenimiento.
Como es sabido, la radio y la televisión fueron
originalmente contempladas como unos medios con
un potencial eminentemente cultural y de
entretenimiento. Las empresas de radio y
televisión fueron consideradas social y
políticamente como nuevos agentes para la
creación y dinamización de la diversidad
lingüística, artística, étnica y moral de las
sociedades. Esto permitió por otra parte una
relación muy directa con el mundo de la cultura:
los artistas, los músicos, los actores, los
escritores, la universidad, etc. En este sentido,
el audiovisual público se encuentra en la base
del renacer cultural posterior a la Segunda
Guerra mundial.
Por
otra parte, la radio y la televisión recibieron
muy pronto una rápida y amplia aceptación por
parte del público. Todavía hoy está presente
en la memoria social esta fuerte dimensión de
alta cultura y de cultura popular de calidad que
difundió la radio y la televisión, muy escasa
en la actualidad. En los debates sobre la calidad
de la programación en la televisión generalista
se recuerda, por su ausencia, la literatura, la
música de creación o experimental, el teatro,
el cine independiente y otros contenidos de
calidad que estaban presentes en los contenidos
de estos medios hasta la década de los setenta.
Los
valores que han legitimado las políticas de
comunicación en los medios audiovisuales han
sido los de la calidad, que no puede ser
garantizada de forma permanente por el mercado, y
en la que está presente la diversidad y la
independencia profesional. La participación, que
implica tanto la diversidad como la percepción y
la modulación de los gustos populares, y que ha
sido expresada habitualmente a través de una
programación con niveles de calidad altos y una
ampliación continuada de los gustos expresados
por amplios intereses sociales (su diversidad
lingüística, cultural, estética, étnica,
etc.) Y, por último, por un amplio proceso de
acceso y participación, garantizado por las
grandes redes nacionales de distribución de la
radiodifusión primero, y más tarde, a través
de un proceso de descentralización, por las de
mayor capilaridad territorial como las locales.
El mantenimiento de estas redes y los costes de
la programación pudieron ser asumidos en parte
por los ciudadanos, a través del pago de un
canon anual, y mediante las grandes inversiones
efectuadas y desembolsadas por los presupuestos
del Estado.
La
participación ha obligado a un esfuerzo
continuado y original establecido entre las
instituciones de radiodifusión y las audiencias
a través de la creación de vínculos comunes
(gabinetes de seguimiento de audiencias,
participación activa en los estudios, clubes y
fundaciones gestionadas por los radioyentes,
correspondencia regular, etc.) (Blumler, 1993).

| Valores
centrales del
interés general
|
PARTICIPACIÓN DIVERSIDAD
CALIDAD
|
| DEMOCRACIA CULTURAL |
| Ámbitos |
INFORMACIÓN,
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO |
| Sector de los
medios |
MEDIOS
AUDIOVISUALES |
GRÁFICO
NÚM. 2
Queda fuera de
nuestro objeto de análisis en este artículo la
crisis de estas políticas públicas de radio y
televisión, favorecidas por el aumento del
número de canales que generó el desarrollo de
la siguiente oleada de innovación tecnológica
(el cable, el satélite y las nuevas
posibilidades de gestión tecnológicas del
espectro radioeléctrico). Todo ello contribuyó
a que el monopolio otorgado para el desarrollo de
esta función cultural que asumió el servicio
público se diluyera de manera gradual y sutil en
la avalancha de comercialismo que introdujo la
liberación de los nuevos mercados industriales
mencionados, -el satélite, el cable y las nuevas
concesiones- durante los años ochenta y noventa
(Sinue y Truetzschler, 1992).
Las políticas de
comunicación y las telecomunicaciones
En el contexto
de las políticas de comunicación, uno de los
elementos más novedosos de cambio que se plantea
con la aparición de la última generación de
tecnologías y la revolución digital es la
convergencia e integración sin límite entre los
soportes industriales de los medios de
comunicación, los contenidos y los instrumentos
de recepción y producción de éstos.
Esta
integración puede visualizarse con facilidad en
gráfico número 3, La convergencia industrial en
el sector de la comunicación. Como es conocido,
la industria de los contenidos en los medios
impresos y audiovisuales ha estado separada hasta
fechas muy recientes de la relacionada con las
redes de telecomunicaciones, así como de la
industria de bienes de consumo de aparatos
receptores y reproductores (y también la de la
industria de los ordenadores).
La revolución
digital y la expansión de las nuevas
tecnologías de la información y la
comunicación han alterado y transformado la
concepción tradicional y sectorial de
intervención que se tenía desde las políticas
públicas de comunicación. Esto ha sido una
realidad tanto en Europa como en los Estados
Unidos de América con el desarrollo de las
telecomunicaciones y la convergencia digital en
la industria. Con anterioridad, las políticas de
comunicación respondían a un mapa extenso de
ámbitos, medios y problemas. Esta situación
puede interpretarse, por ejemplo, analizando la
cartografía de la comunicación establecida por
MacLaughin (MacLaughin, 1982), que recoge en una
matriz prácticamente todas las actividades del
sector de la comunicación y que se encuentran en
el gráfico número 4.

GRÁFICO NÚM. 3

| Valores
centrales del
interés general
|
CRECIMIENTO ECONÓMICO EMPELO
COMPETENCIA
INNOVACIÓN
|
| DEMOCRACIA SOCIAL |
| Ámbitos |
INFORMACIÓN,
ENTRETENIMIENTO Y CONOCIMIENTO |
| Sector de los
medios |
REDES DE
INFORMACIÓN E INTERCAMBIO DE
TELECOMUNICACIÓN |
GRÁFICO
NÚM. 4
Fuente: Booz,
Allen y Hamilton (citado por Sánchez Tabernero,
1993)
En el gráfico
número 4, las políticas de comunicación y el
sector de las telecomunicaciones, están
representados los valores en el campo de las
políticas de telecomunicaciones, sus ámbitos y
sus soportes, en particular en la configuración
y desarrollo de la última generación de las
redes de telecomunicaciones y de las nuevas
tecnologías de comunicación y de información.
Sobre el ámbito
de las nuevas redes interesa destacar que éstas
incluyen todo tipo de información y conocimiento
susceptible de ser transformado en información
binaria o digital. No me voy a extender sobre el
significado y el impacto y de su implicación en
la transformación radical de la estructura
social de las sociedades industriales, en la que
diversos autores, desde Masuda a Castells, hacen
descansar los conceptos de sociedad
postindustrial (Masuda, 1984), sociedad red
(Castells, 1996) o sociedad digital (Negroponte,
1995).
Resumiré en lo
fundamental mi punto de vista diciendo que las
políticas de telecomunicaciones y de nueva
tecnología han tenido la virtud de plantear al
debate del interés general algunos valores hasta
hace muy poco tiempo circunscritos al ámbito de
la industria y del comercio y vinculados ahora
también al bienestar social y al desarrollo de
la democracia desde una perspectiva más amplia
como es la del desarrollo económico-social. En
este sentido, valores como a innovación, la
competencia, el empleo y el crecimiento
económico, aunque habían aparecido tímidamente
con las nuevas formulaciones sobre la industria
cultural desde los años ochenta, han adquirido
ahora una fuerte visibilidad y presencia en el
contexto del amplio proceso de convergencia
tecnológica e industrial que ha impulsado la
digitalización.
Y, lo que creo
aún más interesante e innovador, plantea para
la formulación de las teorías normativas que
subyacen en las políticas de comunicación el
desafío de reunir en un nuevo marco conceptual
valores que ya no tienen preferentemente una sola
área de actividad social, -la política, la
cultural o la industrial, tal como yo las he
presentado-, y que se responden con las
exigencias históricas de la democracia
política, de la democracia cultural o del
bienestar económico y social y el desarrollo de
los medios de comunicación.
Los
valores de las nuevas políticas de comunicación
integradas
Pluralismo, acceso y
democracia social
Aunque
históricamente cada país ha generado una forma
específica para estructurar los valores
aceptados por el interés general, actualmente
amplios sectores de la sociedad europea e
internacional comparten unos valores básicos a
los que deben responder los medios de
comunicación. Entre éstos, encontramos en
primer lugar los de la libertad de expresión, el
pluralismo y el acceso a la información diversa
y de calidad.
En los apartados
anteriores hemos presentado cómo el pluralismo
está asociado con el valor absoluto de la
libertad de expresión, reconocida como norma
constitucional en todos los países
democráticos. Por otra parte, el pluralismo
tiene una base importante de doctrina en la
experiencia europea del servicio público de la
radiotelevisión y en su contribución a la
participación y al desarrollo cultural y en el
avance de la democracia, integrando y
cohesionando al ciudadano en el contexto de la
esfera pública, económica y social.
Sin embargo esta
práctica no deja de plantear continuamente
problemas de realización y numerosas
incongruencias. Entre éstas, algunas tendencias
observadas, en diversos países y períodos, en
las organizaciones públicas de radiotelevisión
al ser sometidas éstas a presiones políticas y
económicas; y también a una tendencia general
de aquellas a convertirse en grandes
organizaciones burocráticas y centralizadas
(MacQuail, 1983).
Con todo, medio
siglo de experiencia de pluralismo en los
servicios públicos europeos ha consolidado
socialmente la importancia de disponer de
organizaciones de comunicación pública que
ofrecen una oferta variada y diversificada, en
contenidos de información y de cultura, que
reflejan las principales inquietudes de los
diferentes intereses y de las principales fuerzas
sociales o de las más relevantes. Por medio de
estas instituciones, las opiniones plurales
pueden ser expresadas de forma regular en torno a
los temas más polémicos y controvertidos de
cada momento y situación, junto a la creación
de una amplia gama de programas y formatos para
la expresión de la información, la cultura y el
entretenimiento (Blumler, 1992).
La televisión
pública europea es representativa de este
paradigma por haber sido concebida y desarrollada
en términos pluralistas y todavía constituye,
con todas las contradicciones mencionadas, un
referente para el avance del pluralismo
democrático contemporáneo. En general, esto es
cierto en relación con la información de
actualidad y con los programas de opinión, sobre
todo cuando éstos se distancian del poder
político; y también por el desarrollo de normas
de conducta profesionales, en particular en
aquellos países donde han predominado el rigor
informativo, la calidad y la independencia. Se
entiende que ejemplos como los de España, Grecia
e Italia y, durante algunos períodos Francia, no
son representativos de este pluralismo, pues el
control político sobre la institución pública
radiotelevisiva ha impedido el ejercicio regular
de una información presentada por independiente
y plural. En estos últimos casos, la política
partidista ha predominado en la orientación de
la presentación de la información, desvirtuando
el sentido original del pluralismo.
Por lo que se
refiere a la programación, se ha favorecido
notablemente la calidad y la diversidad,
intentando que cada formato de programa pudiera
tener recursos suficientes para poder alcanzar
los objetivos y la misión del servicio público
predefinidos.
En cuanto al
acceso, el servicio público ha procurado atender
a una creciente multiplicidad de audiencias,
intentando acercarse a la diversidad de
intereses, valores e identidades de los
públicos, así como a sus principales demandas.
El caso de la BBC y su Unidad de Investigación
de Medios, preocupada por analizar las diferentes
sensibilidades de los públicos emergentes, es
también paradigmático y un modelo seguido en
otros países.
Para resumir, lo
que me parece esencial de estos valores
comentados es que el pluralismo amplia el
principio fundamental de la libertad de
expresión que es básico para toda democracia.
Se legitima fácilmente puesto que su objetivo
central es garantizar que el público disponga de
una diversidad informativa sobre la que reposa la
libertad de expresión y de información, y se
fundamenta en la variedad de las fuentes de
información presentadas y utilizadas. Es además
un concepto político que tiene consideración
constitucional y está recogido por lo demás en
diversos textos internacionales relacionados con
los derechos fundamentales como son el Convenio
Europeo de los Derechos Humanos y otras
declaraciones internacionales como las de las
Naciones Unidas.
La participación del
ciudadano en la comunicación
En la misma
línea de avance democrático hay que situar los
valores asociados al libre acceso a la
programación diversa y plural.
En este caso, el
valor está basado en una demanda esencial del
ciudadano hacia los medios y sus contenidos. Se
corresponde con un amplio movimiento de reforma
democrática de las instituciones públicas de
comunicación. Esta reivindicación emana de
diversas acciones ante la excesiva
centralización y dirigismo que se produce en las
empresas de comunicación, públicas y privadas.
Por lo general, estas estructuras organizativas
determinan qué temas son objeto de emisión,
cuánto dinero se les atribuye y qué horario se
les asigna (por ejemplo, en la televisión o la
radio). Desde el punto de vista de su estructura
organizativa, es muy difícil obligar a las
empresas de comunicación a tener en cuenta el
punto de vista cambiante de las audiencias, a no
ser que se traduzca en términos de publicidad
por programa.
Es en este
sentido que se puede entender mejor la creciente
demanda de acceso y de participación en los
medios de comunicación, así como el hecho de
que en toda sociedad se manifiesten opiniones que
demandan el establecimiento de estructuras más
abiertas, receptivas y responsables por parte de
los medios de comunicación. Estas demandas han
tenido una acción política importante en la
década de los sesenta y los setenta del siglo
pasado y hoy se manifiesta de nuevo entre las
nuevas audiencias en el nuevo siglo. La
interactividad de la nueva tecnología es un
vector más de esta demanda de participación.
Las demandas de
mayor acceso y responsabilidad afectan a la
orientación de los contenidos de la
programación: en lo que se refiere a los temas,
a su horario y la duración de las emisiones,
así como a la posibilidad directa de
participación para dirigirse a los ciudadanos.
Estas demandas se pueden extender también a la
selección, a la producción y al derecho de
respuesta (Barrigan, 1997). Aunque nos hemos
referido al caso de la televisión, es una
demanda que también se extiende a la radio, a la
prensa y a los nuevos medios electrónicos.
Por otra parte,
el acceso universal es un concepto que proviene
de los servicios públicos, y se relaciona con la
amplia cobertura nacional que asegura el Estado
en la distribución de comunicación pública, en
el caso de los medios. Y, también siguiendo con
el mismo criterio, en la provisión de redes de
conexión punto a punto, como son las del
telégrafo y teléfono, y en algunos casos las
del cable y las redes de nueva tecnología.
La dinámica
central de este valor ascendente responde a las
amplias exigencias del público activo dentro de
cualquier sociedad democrática avanzada. Se
integra con los derechos a una información
relevante; con los derechos de réplica o para
contraponer ideas y opiniones en temas
polémicos; a la ampliación de la participación
ciudadana, sobre todo en la escala municipal y a
la visualización de grupos sociales de menor
peso demográfico como son las diferentes
comunidades étnicas y las culturas minoritarias.
Por último, la
demanda de participación en la comunicación
pública es un valor que emerge periódicamente
en la sociedad y hoy lo hace de nuevo como
consecuencia de la presión y al
sobredimensionamiento de una información y una
programación crecientemente centralizada,
homogeneizante y banalizada.
La diversidad cultural
como eje de política cultural
La aspiración a
un amplio reconocimiento de la diversidad
cultural -para expresarlo en términos
cuantitativos, la expresión cultural de las
cinco mil lenguas diferenciadas que pueden
coexistir hoy en el planeta- ha encontrado un
precedente internacional reciente e importante en
la Declaración Universal de la UNESCO (UNESCO,
2002).
En efecto, en la
Conferencia General de la UNESCO de 2001, reunida
en París poco después de los atentados del 11
de septiembre de Nueva York, se decidió impulsar
una nueva declaración internacional en materia
cultural, que cortara el paso a la
generalización de teorías como las relacionadas
con un ineludible choque entre las culturas y las
civilizaciones del mundo, que tenían un eco
ampliado y creciente desde mediados de los años
noventa (Huntington, 1997).
La Declaración
Universal sobre la Diversidad Cultural es un
instrumento de referencia de gran envergadura e
inédito en el panorama internacional de los
últimos veinte años, al menos desde la quiebra
del consenso en las relaciones internacionales
que se produjo a mediados de los ochenta,
provocado por los desequilibrios informativos y
el papel dominante de las compañías
multinacionales (UNESCO, 1980).
La diversidad
cultural se vincula con la plena realización de
los derechos humanos y las libertades
fundamentales proclamadas en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, de 1948, y los
Pactos sobre los Derechos civiles y políticos,
de 1966.
Esta
declaración eleva la diversidad cultural a la
categoría de patrimonio de la
humanidad y se compromete a la
preservación y a la renovación dinámica de
este patrimonio en tanto que se le considera
un proceso social que garantiza la
supervivencia de la especie humana (UNESCO,
2002).
La cultura,
considerada como un conjunto de rasgos
distintivos tanto espirituales y materiales como
intelectuales y afectivos, caracteriza a todo
grupo social o a una sociedad, e incluye, además
de la expresión artística, las formas de vida,
los sistemas de valores, las tradiciones y las
creencias (Mundiacult, 1982).
La declaración
del 2001 sostiene que cada individuo debe
reconocer no sólo la alteridad en todas sus
formas sino también el carácter plural de su
propia identidad dentro de las sociedades
nacionales igualmente plurales. Únicamente de
esta forma es posible conservar la diversidad
cultural en su doble dimensión de proceso
evolutivo y fuente de innovación, creación y
expresión (UNESCO, 2002).
En este sentido,
la Declaración trata de aportar un marco
supranacional a dos aspiraciones complementarias.
Por un lado, a la defensa de los bienes y
servicios culturales que por ser portadores de
valores, sentido e identidad no pueden ser
considerados como simples mercancías o bienes de
consumo; y, por otro lado, al reconocimiento
universal de los derechos culturales. Así, el
artículo seis de la declaración se manifiesta
por una diversidad cultural accesible a todos:
Al mismo tiempo que se garantiza la libre
circulación de las ideas mediante la palabra y
la imagen hay que procurar que todas las culturas
puedan expresarse y darse a conocer. Son los
garantes de la diversidad cultural: la libertad
de expresión, el pluralismo de los medios de
comunicación, el multilingüismo, la igualdad de
acceso a la expresión artística, el saber
científico y tecnológico y la posibilidad de
estar presente en los medios de difusión
(UNESCO, 2002).
La diversidad
cultural avanza en el compromiso de respetar los
derechos humanos y las libertades fundamentales,
en particular aquéllos que pertenecen a
minorías y pueblos autóctonos. Los derechos
culturales pasan de esta forma a ser considerados
una parte integrante de los derechos humanos que
son universales, indisociables e
interdependientes.
En síntesis, la
declaración sobre la diversidad cultural es una
plasmación política avanzada de carácter
internacional de los nuevos valores que demanda
la sociedad mundializada, indispensables para
garantizar la democracia cultural en un mundo
globalizado, en el que deben convivir personas,
grupos y sociedades con identidades culturales
plurales, diversas y dinámicas.
Las políticas sobre la
excepción cultural
La voluntad de
la UNESCO de promulgar un instrumento político
internacional que proteja y promueva la
diversidad cultural pone de manifiesto hasta qué
punto la cultura y las industrias culturales se
han convertido de nuevo en foco conflictivo de
las relaciones internacionales. Un papel parecido
ya fue ocupado en la década de los años setenta
y ochenta, por la comunicación, a propósito de
sus desequilibrios internacionales. Pero en este
caso y en nuestra opinión, en una dimensión
nueva en la que se reconocen las implicaciones
políticas, culturales e industriales al mismo
tiempo.
La política de
la excepción cultural es muy afín a este
núcleo de problemas, y es resultado de una
voluntad política renovada aparecida en los
estados europeos, preocupados por definir y
establecer mecanismos y estructuras de
financiación adecuados para proteger y promover
sus estructuras de producción cultural, tanto
las tradicionales (las artísticas), como las
industriales (los medios de comunicación) y las
post-industriales (los contenidos digitales). El
principio rector de esta política es el de
reconocer en un marco supranacional que la
cultura tiene un estatus diferente al de un
producto industrial corriente y que no debe ser
dejada libremente a las tendencias naturales de
estandarización y masificación del mercado,
puesto que éstas no pueden asegurar ni su
dinamismo interno (creatividad, innovación, y
desarrollo) ni su pervivencia (estructuras de
producción permanentemente activas,
diversificadas, etc.).
La política de
la excepción cultural es una propuesta europea
original surgida de las negociaciones planteadas
en el seno de la Organización Mundial de
Comercio (creada en 1993) sobre la
liberalización de los mercados de la cultura.
Responde y enfrenta la posición de los Estados
Unidos que liberalizaron su industria audiovisual
a principios de los años noventa, después de
haber conquistado una posición de dominio en el
mercado mundial. En la lógica de ampliar los
intereses industriales y comerciales, trataron de
imponer a la comunidad internacional la
ampliación de la liberalización de los mercados
para todo el sector audiovisual. La aplicación
de esta norma de liberalización habría
significado la desaparición de toda la política
de intervención y fomento (por ejemplo, la de
cuotas que propone la directiva de la Televisión
sin Fronteras), los mecanismos de apoyo
financiero (por ejemplo, todo el apoyo a la
innovación en nueva tecnología) y la de los
acuerdos de cooperación en el audiovisual (entre
países, etc.), elaboradas en Europa durante los
años ochenta y noventa del siglo pasado.
En definitiva,
la base de la política de comunicación y
cultura que se ha desarrollado en el sector
audiovisual internacional para impulsar y para
fomentar unas industrias -las del cine y la
televisión fundamentalmente- diversificadas,
plurales, creativas y con una voluntad de
servicio público e de interés general.
En este sentido,
la oposición a la liberalización del sector
audiovisual y más en general a todo el sector
cultural no es, sin embargo, una preocupación
exclusivamente europea. Una muestra de ello queda
reflejada por el hecho que sólo 20 de los 143
países miembros de la OMC han abierto sus
fronteras a la liberalización del sector
audiovisual con posterioridad a este debate. La
Red Internacional de Políticas Culturales,
organización muy activa en este tema y
auspiciada por los ministros de cultura de
Francia y Canadá, se ha convertido en la
impulsora de las políticas de excepción
cultural y la que ha preparado una estrategia
común de carácter internacional. Desde su
primera formulación como política de la
excepción cultural en el sector
audiovisual esta acción se ha transformado en un
vigoroso movimiento intelectual que ha
cristalizado en parte en la política para la
diversidad cultural, que entronca con
las aspiraciones más universales, como las que
ha recogido la UNESCO en la declaración de 2001
ya comentada. Dentro de esta estrategia se
encuentra la propuesta de realizar una gran
Convención Internacional, en el año 2005, con
la finalidad de crear una norma de carácter
mundial para proteger la diversidad cultural y la
expresión artística. En este mismo sentido, el
tratado de la nueva constitución europea prevé
también en su articulado la defensa de la
diversidad cultural. Todas estas acciones son
diferentes manifestaciones de una voluntad
política supranacional (tanto en el marco
europeo, como en el marco internacional o en el
de los organismos mundiales como la UNESCO) para
que en los diversos entornos legislativos, sea de
reglamentación o en el de las declaraciones
internacionales, se establezcan normas que
recojan los nuevos valores emergentes como la
diversidad cultural, sobre el que se debe
cimentar el desarrollo cultural, tanto en sus
aspectos nacionales como locales o subestatales.
El desarrollo industrial y
la innovación tecnológica
Un ejemplo más
de los nuevos valores que comporta el desarrollo
económico y social lo podemos encontrar en la
política industrial sobre las nuevas
tecnologías de la información y la
comunicación promovidas por la Unión Europea,
desde mediados de los años ochenta.
Durante esta
década, Europa tomó conciencia de que debía
avanzar en la definición de un programa de
actuación política en relación con los nuevos
mercados de las tecnologías emergentes,
característicos de la revolución digital. El
mercado único europeo por el que tanto se había
trabajado en las décadas precedentes podría ser
dominado con facilidad tanto por Japón como por
los Estados Unidos. Los primeros habían definido
y desarrollado con éxito, desde principios de
los setenta, una política nacional para el
sector del software y hardware informático. Los
segundos, a través de una expansiva y prolongada
política comercial, de casi seis decenios,
dominaban ampliamente las redes de distribución
y los contenidos audiovisuales (cine y
televisión) internacionalmente. Para ambos, el
mercado europeo, con más de quinientos millones
de consumidores, era un objetivo de primer orden.
El gráfico
número 5, Los grandes mercados de la
comunicación, se representa la posición de
dominio de Japón (en los soportes físicos), los
Estados Unidos (en los contenidos) y su posición
amenazadora sobre Europa (con un gran mercado
para soporte y contenidos). A medida que la
Unión Europea creaba y desarrollaba los nuevos
mercados para la televisión comercial, el cable
y la televisión por satélite, sus competidores
se encontraban en una posición más privilegiada
para responder con productos de tecnología
avanzada (televisión de alta definición) y
productos audiovisuales (películas y programas
de televisión) amortizados por otra parte en sus
mercados de origen.

GRÁFICO NÚM. 5
Fuente: Booz,
Allen y Hamilton (citado por Sánchez Tabernero,
1993)
La
Unión Europea confiaba en la fuerza de los
nuevos mercados de la tecnología y la cultura
para impulsar el desarrollo de la economía del
recién creado mercado único europeo.
Posteriormente este planteamiento se recogería
más ampliado y mejor estructurado en el Libro
Blanco sobre el crecimiento económico, la
competitividad y el empleo en el siglo XXI, en
los que se analizaban las posibilidades de
crecimiento económico de las nuevas redes
digitales, los nuevos servicios de comunicación
y los nuevos sistemas de transmisión de datos
(CCE, 1993).
El
interés europeo se focalizaba inicialmente en
fomentar y desarrollar un gran sector económico
e industrial en torno a la nueva tecnología, las
redes de distribución y los contenidos. En gran
parte por su valor estratégico y también como
motor de la construcción de la Europa ampliada
de los 15, que se desarrollaría a lo largo de
los años noventa. Para este proyecto se habían
calculado la creación de nueve millones de
puestos de trabajo. Y veinticinco hasta el final
del siglo. La nueva industria de la
comunicación, relacionada con el cambio digital
más tarde, representa unas expectativas
comparables al que había supuesto la primera
revolución industrial. Y por tanto se tuvo que
aceptar el reto de responder con políticas
industriales específicas a los nuevos
competidores geopolíticos: inicialmente Japón y
los Estados Unidos, identificados por su
posición dominante en las tecnologías y
soportes de la información y en las industrias
de contenidos (CEE, 1993).
La
competencia con Japón y Estados Unidos hizo que
Europa desarrollara una política activa en
tecnologías de la comunicación y en la
industria de contenidos. En una apuesta que
después se perdería, la Unión Europea aprobó
una directiva que obligaba a todos los estados
miembros a aceptar un estándar de televisión de
alta definición (la de los MAC/Paquets) con la
intención de bloquear la norma mundial propuesta
por Japón (denominada Muse). La adopción de la
norma japonesa hubiera supuesto en términos de
política industrial un fracaso para los
intereses europeos, tanto en términos de empleo,
como en los de bienes y servicios para toda la
cadena de producción en el sector audiovisual,
puesto que toda ella dependía de la norma que se
adoptara. La rapidez de cambio en el sector de la
tecnología, hizo que ambas normas fueran
obsoletas muy rápidamente debido al desarrollo
de la innovación en tecnología digital, pues
tanto la norma japonesa como la europea eran de
carácter analógico.
Sin
embargo, en torno a todos estos problemas
surgieron nuevos valores como el de la
empleabilidad, en los que descansa una parte
importante de la política del bienestar
económico-social de la Unión Europea. El
desarrollo económico basado en las nuevas
industrias de la información; en las redes
electrónicas transeuropeas y en la apertura al
mundo de la convergencia multimedia (el texto,
junto al sonido y a la imagen) han tomado nuevas
formas en el contexto de una competencia cada vez
más explicitada en todos los sectores de la
economía. La innovación es uno de estos nuevos
valores que se desplaza desde los sectores
industriales tradicionales y que se convierte en
decisivo para poder mantener la regularidad del
crecimiento económico y el bienestar social y
cultural (CEE, 1993).
GRÁFICO NÚM. 6
El gráfico
número 6, Los nuevo valores de las políticas de
comunicación en las democracias sociales
avanzadas, muestra el entorno modificado de los
valores del interés general que proponemos para
garantizar y legitimar la intervención política
del Estado en las democracias sociales avanzadas.
En la parte de
la izquierda se recogen valores que provienen del
ámbito de las políticas de los medios impresos.
En primer lugar los valores ampliamente aceptados
y reconocidos como la libertad de expresión y el
pluralismo político. Y otros nuevos como la
demanda de mayor participación y la
transparencia, que debe entenderse en un sentido
amplio como la rendición de cuentas periódicas
a la sociedad a través de agencias
descentralizadas que responden al mandato del
parlamento y de la sociedad. El avance en la
definición y consolidación del valor de la
transparencia supone quizá el mayor reto y el
más urgente debido a la necesidad actual de
encontrar reglas de procedimiento que sean
aportaciones revitalizadoras para la renovación
de las prácticas sociales democráticas y para
la credibilidad de estas actividades, y también
para desterrar definitivamente la arbitrariedad,
el secreto y el privilegio que han mermado la
credibilidad de la democracia tradicional.
En la parte del
centro se recogen los valores, que provienen
principalmente del entorno del servicio público
en la radio y la televisión. En primer lugar, la
calidad, basada en los principios de la
profesionalidad, en la asignación de recursos
materiales suficientes y en la libertad para
desarrollar las ideas y los objetivos propuestos.
Y, en el mismo sentido, la creatividad como
fuente de renovación y dinamicidad de la
cultura.
Apuntamos
también aquí el valor ascendente de la
diversidad cultural que como hemos visto ha
recibido una consideración universal al ser
reconocida su demanda por organismos
internacionales como la UNESCO. En la
formulación y en el reconocimiento de este valor
central para la sociedad mundial se hace patente
su esencialidad en la vida de los individuos y de
las colectividades singulares, más allá de los
marcos jurídico-políticos que los han
estructurado hasta el momento (las sociedades
nacionales), y abre las puertas al reconocimiento
universal del derecho a la identidad cultural y
multicultural en la nueva arquitectura global que
emerge. Y por último destacamos también las
posibilidades de elección ampliada del individuo
que se derivan de las amplias disponibilidades
que ofrece la tecnología y los mercados. La
innovación, la competencia y la regulación de
los mercados en equilibrio y creadores de
riqueza, son la base del desarrollo económico,
la creación de riqueza compartida y empleo.
Valores que deben integrarse a los anteriores
para constituir el núcleo duro de las nuevas
políticas de comunicación integradas, capaces
de hacer frente a los retos de una sociedad
mundial que se desarrolla ahora en diferentes
espacios geográficos convergentes, pero con las
mismas necesidades de justicia, igualdad y
prosperidad.
______________________________
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
BARDOEL, J. HAENENS, L. 2002
Media Meet de Citizen. Beyond Market
Mechanism and Government Regulations,
Journal of European Communication, núm. 2, pp.
165,194.
BARRIGAN, F. 1977 Laccès à la
communication, Unesco, París.
BLUMLER, J. 1992 Televisión e interés
público, Bosch, Barcelona.
CASTELLS, M. 1996 La era de la información,
Alianza, Madrid.
COMISIÓN DE LAS COMUNIDADES EUROPEAS (CCE) 1993
Crecimiento, competitividad y empleo. Retos
y pistas para entrar en el siglo XXI,
Boletín de las Comunidades Europeas, 6/1993,
Luxemburgo.
HELD, D. et al. 1999 Global Transformations.
Politics, Economics and Culture, Polity Press,
Cambridge
HUNTINGTON, S. 1997 El choque de
civilizaciones, Paidós, Barcelona.
MAC LAUGHLIN, J. 1992 La cartographie de
lindustrie de linformation,
Bulletin de lIDATE, (Montpellier),
num. 8.
MASUDA, Y. 1984 La sociedad informatizada
como sociedad postindustrial, Tecnos,
Madrid.
McQUAIL, D. 1983 Introducción a la
comunicación de masas, Paidós, Barcelona.
MUNDIACULT 1982 Industrias culturales: el
futuro de la cultura en juego, FCE, México.
MURCIANO, M. 2004 Poder económico e
influencia social: los retos de la concentración
mediática para la democracia, en Doxa,
núm. 2.
NEGROPONTE 1995 El mundo digital,
Ediciones B, Barcelona.
PÉREZ LUÑO, A.E. 1986 Los derechos
fundamentales, Tecnos, Madrid.
SÁNCHEZ TABERNERO, A. 1993 Concentración de
la comunicación en Europa, CIC, Barcelona.
SIEBERT, S., PETERSON, W. y SCRAMM, W. 1968 Tres
teorías sobre la prensa, La Flor, Buenos
Aires (edición original, 1963).
SINUE, K. y TRUETZSCHLER, W. 1992 Dynamics of
Media Politics, Sage Fondo.
THIEBAUT, C. 1998 Vindicación del ciudadano,
Paidós, Barcelona.
TOURAINE, A. 1994 ¿Qué es la democracia?,
Temas de Hoy, Madrid.
UNESCO 2002 a Declaración Universal de la
UNESCO sobre la diversidad cultural, UNESCO,
París.
__2002 b ONG, témoins de la diversité
culturelle: du concept a la mise en aeuvre,
UNESCO, París.
__2002 c UNESCO Universal Declaration on
Cultural Diversity: A Vision, A Conceptual
Platform, A Pool of Ideas for Implementation a
New Paradigm, UNESCO, París.
*
Marcial Murciano es
decano de la Facultad de Ciencias de la
Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, en la que ha ocupado diversos cargos
de gestión académica, entre ellos los de
vicedecano de Investigación, vicedirector del
Departamento de Periodismo, coordinador de la
licenciatura de Periodismo, director de su
Biblioteca, coordinador de intercambios Erasmus e
Intercampus, coordinador de sus programas de
maestría y doctorado, etc. En la actualidad,
imparte regularmente las asignaturas de
"Estructura de la Comunicación de
masas" y "Políticas de
comunicación". Dirige el programa de
investigación en Economía Política de la
Comunicación sobre "Geopolítica del cambio
comunicativo y cultural", en el seno del
Laboratorio de Prospectiva e Investigación en
Comunicación y Cultura (LAPREC), de la UAB. Esta
es la ponencia que presentó en la V Cumbre Iberoamericana
de Comunicadores realizada
en Santo Domingo, del 6 al 8 de abril de 2006, y
se reproduce con la autorización de Infomega.
|