Periodistas
en vías de extinción:
una comprobación lamentable
Carlos
Santiago *
La gente se
pregunta a menudo sobre el papel que
desempeñan los periodistas. No obstante,
los periodistas están en vías de
extinción. El sistema ya no quiere más
periodistas. En este momento, puede
funcionar sin ellos o, digamos, con
periodistas reducidos a meros obreros de
una cadena de montaje, como Charlot en la
película Tiempos Modernos,
es decir, meros trabajadores que hacen
retoques en los partes de los
funcionarios.
Ignacio Ramonet
La
frase que antecede no provoca mayor optimismo a
quienes, como quien escribe estas líneas,
dedicaron su vida a una profesión-pasión, más
que difícil, con sinsabores que, también,
implican una forma de vida, abriendo las vías a
un muy escaso halago social, pero también a la
persecución (de la que podemos dar fe) y a la
agresión que se expresa de muchas maneras,
especialmente con el ninguneo.
Una profesión
que se ha definido como la más peligrosa, en la
que también hay actores circunstanciales que
actúan en la misma y muchas veces se mantienen
en sus cargos por su condición de ser simples
mensajeros del zar, función que nada
tiene que ver con el periodismo en donde
pululamos jerarquizados protagonistas
de una sociedad que nos valora, no por nosotros
mismos, sino por el instrumento que tenemos
circunstancialmente en nuestras manos.
Cuando ocurren
en nuestro país cosas inadmisibles para una
sociedad madura, como la remoción de programas
por el hecho de haber tocado a
personajes con poder (como el Canal 12 de
Montevideo, que sacó del aire el programa
« lanata.uy », que dirigía el
periodista argentino Jorge Lanata), es bueno
hacer una pausa y reflexionar sobre esos
elementos que están entrelazados los que
conforman, valorizan o destruyen aspectos
inalienables de una profesión que solo tiene
sentido en el marco de la democracia y la
libertad, valores que todos debemos defender
pues, de lo contrario, no podrían existir como
tales.
Ser periodista
no es ser amanuense del poder, y menos aun
convertirse en un tirador de centros
para que los personajes se luzcan sobrellevando
las entrevistas sin alternativas que no les sean
positivas. Tampoco es ser un crítico implacable,
un personaje que haga temer por sus palabras.
Ello es bien claro, pues en definitiva, la
información nada tiene que ver con la
propaganda.
El periodismo de
investigación y sus resultados, por más que sea
negativo en ocasiones para algunos personajes, es
una necesidad para la sociedad que avanza o
retrocede en sus valores y, para que ello sea
posible, requiere de normas claras que vayan en
defensa de los actores que no deben estar
expuestos a las lamentables claudicaciones de
empresas que usufructúan ondas del Estado, las
que enfrentadas al conflicto cortan por el lado
más débil, el del periodista.
Y menos aun de
organismos públicos, plagados de jerarcas
temerosos en su soberbia, que en lugar de abrirse
a las necesidades informativas del conjunto de la
sociedad, prefieren una melindrosa actitud,
negándose a las consultas, intentando preservar
una intimidad institucional que nada tiene que
ver con la función pública y menos aun con su
condición de integrantes de un gobierno elegido
sobre la base de mecanismos democráticos.
Actitud que,
como copia lamentable, se repite en otros
sectores de la sociedad, que han comenzado a
excluir a la prensa de actos, sin siquiera
advertir que la falta de información que esa
actitud determina, los malogra.
Por otra parte
muchos errores informativos que se cometen son el
resultado de esa actitud de los jerarcas que
prefieren el silencio a la aclaración, rehuyendo
siempre la confrontación de ideas cuando no, en
un plano más reducido, de informaciones.
Los
espacios cambiantes
Una profesión,
la de periodista, que además de tener que ir
adaptándose a las condiciones cambiantes del
mundo, que si bien avanza en lo que ha dado
llamarse las nuevas tecnologías, un
ámbito que concierne directamente a esta
profesión, no ha logrado cambiarla en su esencia
de informar a quienes tienen el derecho
inalienable de conocer. Sin embargo, como decimos
más atrás, las puertas se están cerrando y los
comunicadores estamos siendo presionados para
convertirnos en meros trasmisores de hechos sin
interpretar.
Ramonet define
la profesión de periodista afirmando:
Teóricamente, hasta ahora, se podía
explicar el periodismo de la siguiente manera. El
periodismo tenía una organización triangular:
el acontecimiento, el intermediario y el
ciudadano. El acontecimiento era transmitido por
el intermediario, es decir, el periodista que lo
filtraba, lo analizaba, lo contextualizaba y lo
hacía repercutir sobre el ciudadano. Ésa era la
relación que todos conocíamos. Ahora este
triángulo se ha transformado en un eje. Está el
acontecimiento y, a continuación, el ciudadano.
A medio camino ya no existe un espejo, sino
simplemente un cristal transparente. A través de
la cámara de televisión, la cámara
fotográfica o el reportaje, la mayoría de los
medios de comunicación (prensa, radio,
televisión) intentan poner directamente en
contacto al ciudadano con el
acontecimiento.
¿Entonces?
¿Cuál es el sentido de la profesión de
periodista ante la definición, casi
apocalíptica, del director de Le Monde
Diplomatique?
Nosotros
apuntamos, claro está, a consolidar elementos
sin los cuales nuestra profesión no tendría
sentido, que son las libertades democráticas,
todo eso bañado con un fuerte contenido
humanista. Y esto dicho de manera responsable.
Vivimos en un
sistema de producción superabundante de
informaciones. Lo podemos observar en los
distintos medios a nuestro alcance: los escritos,
los radiales que tienen la singularidad de su
profundidad y extensión que atrapa en cualquier
lugar al escucha, la televisión, que, con el
fenómeno del cable y los satélites,
reproduce en tiempo real hechos que se producen
en cualquier lugar del planeta, y el avance que
arrollador de la prensa electrónica, mecanismo
novedoso y con un crecimiento vertiginoso y
exponencial.
¿Qué significa
esto en la práctica? Durante mucho tiempo, la
información era muy escasa o incluso inexistente
y el control de la información permitía dos
cosas. En primer lugar, una información escasa
era una información cara, que podía venderse y
dar lugar a una verdadera fortuna. Por otro lado,
una información escasa proporcionaba poder a
quienes la poseían. En un sistema en el que la
información es superabundante, resulta evidente
que estas dos consideraciones sobre los
beneficios de la información no actúan de la
misma manera.
¿Que relación,
entonces, se establece entre libertad e
información, cuando ésta es superabundante?
Ramonet entiende que si un sujeto dispone de
información cero, entonces su nivel de libertad
es también cero; y su nivel de libertad sólo
aumenta a medida que crece su información. Si
tiene más información, tiene más libertad.
Cada vez que se añade información, se gana en
libertad. En nuestras sociedades democráticas,
se tiene la idea de que necesitamos más
información para poder tener más libertad y
más democracia. ¿No habremos alcanzado ya un
grado de información suficiente? ¿No estaremos
estancados? Es decir, no por añadir
información, aumenta la libertad.
Sin embargo, en
nuestra pequeña comarca esa polémica es de
actualidad dudosa. Aquí todavía la información
tiene restricciones de todo tipo, que se han ido
acentuando con el paso del tiempo por el
crecimiento de prácticas del modelo económico
que se aplicaron, tendientes al encubrimiento,
por ejemplo, de la procedencia de flujos de
capitales. El proclamado secreto
bancario, no es más que una fuerte
restricción a la información que estableció la
legislación que enmarca al sistema financiero,
con el fin de encubrir el dudoso origen de
capitales, seguramente de procedencia ilícita.
¿Qué otro sentido tiene esa restricción? En el
Uruguay, hoy por hoy, es prácticamente imposible
establecer el enriquecimiento ilícito de un
funcionario o de un gobernante, pues con el
simple mecanismo de depositar el dinero en un
banco, tiene la impunidad del secreto.
El secreto
bancario se estableció en nuestro país
con el fin convertir nuestra plaza en una especie
de paraíso fiscal, una caja
negra que encubría o encubre todo tipo de
malversación que ocurriera fronteras afuera y
adentro. No vemos la necesidad de un secreto de
esas características para los depositantes que
lícitamente buscaron en nuestro país mejores
condiciones para su dinero. ¿Se imagina el
lector cuanto dinero mal habido debió estar
depositado en nuestro sistema financiero antes de
la crisis de los primeros meses del año 2002?
Supervivencia
de la burocracia
Pero eso no es
lo único. También en el ámbito público
existen restricciones a la información. De cómo
la burocracia estatal que, por razones culturales
y también de supervivencia, mantiene un secreto
pesado, amorfo y casi siempre infranqueable sobre
documentos que contienen información que debiera
circular sin cortapisas.
Secreto, por
supuesto, que también permite distorsionar la
vida de la comunidad y encubrir la corrupción y
el delito. Distorsión contra la cual es muy
difícil luchar de no establecerse un mecanismo
idóneo de habeas data, que le
otorgue a los ciudadanos el derecho inalienable
de conocer lo que contienen documentos por lo
menos sobre su persona para utilizar un
ejemplo extremo pero vigente que fueron
atesorados y utilizados hasta hace poco para una
enormidad de trámites burocráticos, algunos de
corte antidemocrático.
Aunque parezca
insólito en un país en que se reconquistó la
democracia, hay ministerios que manejaban
ficheros elaborados en tiempos de la dictadura
para conocer antecedentes añejos, pero
decisivos, que podían ser tomados en cuenta en
trámites que afectaron a personas ¿No es acaso
paradigmático el caso de la fiscal que proceso
al ex canciller de la dictadura es sintomático?
La
libertad y la información
Uruguay es un
país con características propias. Mantiene
restricciones que niegan el sentido mismo de la
libertad a la información, pero a la vez
con el avance de los medios
electrónicos al integrarse al fenómeno de
Internet, tiene una creciente superabundancia de
la información. ¿Aumenta ello la libertad del
individuo? Es una interrogante con respuesta
dudosa, ya que con esa superabundancia nos
encontramos en una época en la que aumenta la
confusión. La cuestión que se plantea es si se
continúa añadiendo información, ¿no acabará
disminuyendo la libertad?
¿Adónde vamos
con esta interrogante? Con el advenimiento de la
televisión por cable, o en sus versiones más
actualizadas, por satélite, el flujo informativo
es de tal característica, que ya es
prácticamente imposible evitar el demoledor
influjo cultural de otras sociedades sobre la
nuestra. Formas de vivir, mecanismos para la
imitación social, paradigmas a los que acercarse
o desechar. Todos elementos esenciales para la
existencia, que en el camino globalizador de las
nuevas tecnologías, se han ido trastocando, con
aspectos positivos pero con otros negativos.
Siempre hemos
hablado de los paradigmas de hoy, vinculados más
bien al atesoramiento de dinero, desapareciendo
otros valores. Beethoven, quizás hoy en nuestra
sociedad, pasaría desapercibido o sería
señalado como un genio marginado del esquema de
convivencia. Y no vayamos a esos extremos: ¿Qué
consideración social tiene hoy el buen padre de
familia, trabajador o quizás desocupado, que
hace de la austeridad su forma de vida?
Son los males de
la cultura del dinero, que le da más importancia
al flujo de capitales oportunistas que al éxodo
de jóvenes que, por miles, deben asilarse en
otras regiones, porque este país no tiene un
lugar ni un trabajo para ellos. Y, en alguna
medida, también los periodistas vemos modificar
la esencia de nuestra profesión que tiende, a
ojos vista, a bastardearse.
Al plantearnos
estas cuestiones, muchas de ellas de estricta
actualidad, debemos decir que no tenemos el
convencimiento de que una información de tipo
cuantitativo resuelva los problemas planteados.
Pensamos, por lo
tanto, que la información debe tener siempre
algún elemento cualitativo, el que le da el
periodista. Y ello superponiéndose a otros dos
aspectos, que son un basamento esencial del
periodismo: credibilidad y fiabilidad. Por muy
abundante que sea una información, lo que más
debe interesar es que la misma sea creíble y
fiable y, por tanto, debe desecharse la que no
tenga un mínimo de garantías relacionadas con
la ética, la honestidad, la deontología o la
moral de la información.
Los medios ya no
pueden presentarse simplemente como un ojo que
observa y analiza a la sociedad. Esta metáfora
puede aplicarse hoy a pocos medios de
comunicación, que han dejado de tener esa
característica propia de un instrumento óptico
para convertirse, como decimos anteriormente, en
un cristal que apenas se percibe, a través del
cual se trasmuta, sin mayor análisis, lo que
ocurre en la sociedad.
Todo el mundo
los ve y todo el mundo sabe de alguna manera que
no son perfectos. La gente espera de los medios
que hagan también una autocrítica, que se
analicen a sí mismos. De la misma manera que los
medios pueden ser exigentes con tal o cual
profesión o sector, ¿por qué no lo son con
ellos mismos? Eso es algo que nosotros
intentamos.
Ustedes, los
lectores, son nuestros jueces.
*
Carlos Santiago es
un periodista uruguayo, editor del suplemento
"Lecturas de los Domingos" del diario La República de Montevideo. Es colaborador de Sala de Prensa.
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