Periodismo...
más necesario que el pan
Javier
Darío Restrepo *
Zlatko
Dizdarevic supo que su periódico era más
necesario que el pan el día en que los guerreros
lo incendiaron. Liberación era el
único periódico que se publicaba en Sarajevo, y
a pesar de la destrucción total de sus equipos e
instalaciones, al día siguiente del incendio
circuló como de costumbre y aunque los
ejemplares se vendieron al doble de su precio, la
edición se agotó en manos de lectores que
apenas si tenían el dinero suficiente para
comprar pan. ¿Y cómo se explica que un
periódico pueda llegar a ser más necesario que
el pan?, le pregunté a Zlatko. El me respondió
con la misma seguridad con que se formulan los
axiomas o las verdades rubricadas por la
experiencia: Porque en las crisis la gente
puede vivir sin pan, pero no sin esperanza.
Esta es una
historia que en los talleres de ética se escucha
y se comenta con emoción porque tiene la fuerza
de una revelación: un periódico llega a ser
más útil que el pan cuando se convierte en un
viático de esperanza para gente que sufre en las
crisis.
Y por
desmesurada que parezca, es una aspiración que
está en la misma línea de las que han inspirado
a los promotores de cambios en el periodismo en
los últimos 50 años. Recuerdo a Neale Copple
con su propuesta de profundidad y de análisis en
los años 60; en esa década llegó también a
las redacciones el proyecto revolucionario del
Nuevo Periodismo, con precursores como Tom Wolfe,
y en los años 70 Philip Meyer, con su Periodismo
de Precisión, ahondó aún más en la necesidad
de acortar las distancias que alejan al
periodista de la realidad. Al lector había que
darle más realidad que papel y tinta, y
técnicas como la del análisis, o las de la
narrativa, o las de la informática logran ese
acercamiento. Las propuestas de los años 80 y 90
fueron las del Periodismo Cívico y las del
Periodismo de Servicio en las que predomina,
sobre lo técnico, una nueva mirada sobre la
intencionalidad de la actitud periodística. El
proyecto de Geraldinho Vieira en Cartagena, el
año 2000, recogió esa revisión de las
intencionalidades y las convirtió en un
Periodismo de Propuesta.
A la zaga de
estas iniciativas de cambio han marchado las
universidades, las redacciones de los medios y
los centros de estudios, que han investigado y
promovido la renovación de técnicas y de
contenidos en un proceso de constante desarrollo
de una profesión que nunca ha estado conforme
con la versión que ofrece de la realidad. A
través de estos cambios de técnicas y de
actitudes, siempre estuvo la motivación del
acercamiento y conquista de la realidad, como si
esta fuera la liebre huidiza de unos impacientes
cazadores.
En esa cacería
de la realidad andábamos al comenzar el siglo
XXI, que se precipitó sobre los medios de
comunicación como las aguas del tsunami, con el
oleaje de tormenta de las catástrofes del hombre
y de la naturaleza. El comienzo de algunos
talleres de ética se hizo en este nuevo siglo
con el ejercicio inicial de trazar el mapa de las
tormentas políticas del continente, tal como las
veían en sus países los periodistas
participantes. Aunque lo quisiera, el periodismo
no podía eludir la fragorosa realidad de las
crisis intensificadas en el comienzo del siglo
nuevo. Y no la eludió. Se enfrentó a ella con
sus herramientas tradicionales y, en algún caso,
con nuevas propuestas como la del periódico que
después del 11 de septiembre convocó a sus
redactores para hacer algo distinto: investigar
las consecuencias previsibles del atentado en
todos los órdenes.
Los 400
periodistas de 12 países que participaron en el
taller virtual dictado desde el Tecnológico de
Monterrey en 2003, en alguno de los ejercicios
revivieron una de las tareas que con mayor
frecuencia han tenido que asumir en estos años:
el cubrimiento periodístico de una inundación.
Es una catástrofe natural que, a fuerza de
repetirse, ha creado en poblaciones y autoridades
un reflejo condicionado de resignación y
pasividad. También aparece esa actitud en los
medios que año tras año repiten las
informaciones de la vez anterior: número de
muertos y desaparecidos, cifras de pérdidas,
ayudas recibidas y testimonios lacrimosos de los
damnificados. ¿Puede hacerse algo distinto? fue
la pregunta provocadora del ejercicio, que
concluyó con la propuesta de reemplazar el punto
final aconsejado por la rutina, con un punto y
aparte, de modo que una vez concluidas las tareas
de investigación de los datos de la catástrofe,
comenzara la averiguación de las causas y, tras
estas, la búsqueda de las propuestas para evitar
la repetición del desastre y para cambiar la
suerte de los damnificados.
A primera vista
toda la novedad consiste en agregar al relato dos
o tres párrafos que imponen un trabajo
suplementario de búsqueda de otras fuentes y de
investigación, con ellas, de causas y
propuestas. Pero cuando se miran los distintos
efectos de la crónica de la inundación, esa en
que el periodista notifica que así sucedió y
que aquí nada hay que hacer y sumerge al lector
en la pasividad y en la resignación; y la
crónica de la propuesta que logra el efecto
contrario, porque alerta sobre tareas por hacer y
posibilidades por explorar, es evidente que hay
dos formas de contar la misma historia y de hacer
periodismo: uno que genera pasividad y otro que
invita a la acción.
Pero no es sólo
la forma de contar ni asunto de párrafos de más
o de menos. Se cuenta de otra manera porque tiene
en cuenta un elemento de la realidad que poco
cuenta y se cuenta, puesto que es invisible.
Estoy hablando de lo posible, esa parte de la
realidad que tiene que ser visibilizada para que
el periodista llegue a un conocimiento integral
de lo real. Escribió sobre esto Edgar Morin:
lo que importa es ser realista en el
sentido complejo: comprender la incertidumbre de
lo real, saber que hay un posible aún invisible
en lo real. Regresamos así al mismo tema
que ha motivado las propuestas de cambio del
último medio siglo: el acercamiento a lo real y
su captura como una pieza de cacería- en
el trabajo periodístico.
En los talleres
de la Fundación también ha estado presente: sus
ejercicios, sus reflexiones, la exploración por
entre la maraña de las experiencias de los
talleristas, los trabajos de grupo, han sido
tareas emprendidas para acercar a los periodistas
a lo real. Y hay que admitir que los horizontes
del periodismo se han ensanchado como
consecuencia de esa encarnizada cacería de lo
real.
Si lo posible es
esa parte invisibilizada de lo real, el próximo
paso de progreso de la profesión es el
periodismo de lo posible, porque en él se
potencian todos los avances anteriores y porque
desde él se le da impulso a ese periodismo más
necesario que el pan, por su contenido de
esperanza. El efecto, lo posible conduce a la
propuesta y ésta a la esperanza.
Comenzamos a
entrever este periodismo de lo posible a través
de ejercicios en los que los participantes en los
talleres pusieron en juego su creatividad y su
experiencia; fue el caso del enfrentamiento entre
el poder de la bomba de un terrorista y el poder
de la palabra la frágil y efímera palabra
del periodista. Ante un terrorista que con
su bomba se propone difundir el miedo, la
desconfianza y la admiración aterrorizada por la
aparición de un nuevo poder, ¿es posible que la
palabra del periodista genere serenidad,
confianza y rechazo del nuevo poder? En varios
talleres hice ese ejercicio, en todos se
comprobó que un periodismo pasivo y rutinario le
da la razón a la señora Tatcher, de quien es la
afirmación sobre la simbiosis entre terroristas
y periodistas; y se descubrió que un periodismo
activo y de propuesta tiene técnicas y recursos
para enfrentar con eficacia la palabra a las
bombas.
Si se llega a la
convicción sobre ese poder, se puede dar un
segundo paso con el ejercicio elemental de
encontrar los enfoques posibles de una noticia.
Variados enfoques que permiten comprobar que los
textos periodísticos no reflejan la realidad
como es sino como la vemos; esto, sin embargo es
inexacto porque no contamos lo que vemos sino lo
que queremos ver, o lo que nos han ordenado ver.
A pesar de todas las proclamaciones de
objetividad, los medios crean sus realidades,
porque tienen poder para hacerlo.
Todas las
técnicas del periodismo de profundidad, de la
investigación, del relato, o las de la
informática, parecen perder su potencial
renovador cuando desembocan en el torrente de las
decisiones editoriales. Son esas decisiones, sin
embargo, las que pueden maximizar ese potencial,
tal como lo demostraron el Periodismo de
Servicio, el Periodismo Cívico y el de
Propuesta. A los avances técnicos tienen que
seguir unas soluciones éticas. ¿De qué le
valen al periodismo todos los avances de la
tecnología si al fin pierde su norte? Lo anotó
con su habitual agudeza Tomás Eloy Martínez:
el lenguaje del periodismo futuro,
escribió, es ante todo solución ética. El
periodista no es un agente pasivo que observa la
verdad. En el gran periodismo se deben descubrir
los modelos de realidad que se avecinan.
El problema no
es lo que haremos con internet ni con el
desarrollo de las tecnologías del conocimiento,
nuestro asunto es el para qué de esos
instrumentos. El periodismo de propuesta, según
la formulación de Vieira, une a los desarrollos
técnicos de la investigación y la prospectiva
aplicados a la elaboración de la información,
el componente ético de la voluntad de ofrecer
con la noticia, una proyección de futuro, una
visión amplia, liberada de las estrecheces de lo
inmediato, con claves para desatar los nudos de
las crisis.
Su larga
experiencia periodística y su indudable
autoridad le permitieron escribir a Ryszard
Kapuscinski: el periodismo no cabe en la
fórmula de la noticia periodística sino que
abarca esa parte del oficio que trata de
profundizar en nuestro conocimiento del mundo
para hacerlo más rico y pleno. El
periodismo, según esto, tiene que romper sus
raíces con el presente para ir más allá, al
futuro, por el camino que traza la propuesta. Es,
como ustedes pueden verlo, un desarrollo técnico
que aplica los aportes de la metodología de
investigación, el uso de los géneros y de las
posibilidades de la narrativa, el manejo de la
informática, puestos al servicio de una voluntad
expresa de convertir la información en un
instrumento de cambio; que es la conclusión de
Gabriel García Márquez: debemos ser
conscientes de que los periodistas tenemos el
poder y las armas para cambiar algo todos los
días.
El pensamiento
de estos tres monstruos sagrados del periodismo
de hoy deja abierto el camino para agregar que la
pasión por la realidad, que ha inspirado todos
los avances de la profesión, es la misma que
ahora, frente a esa parte no visible de la
realidad que es lo posible, está estimulando la
iniciativa de un periodismo de propuesta a
sabiendas de que cuando hay propuesta, hay
esperanza;
Por tanto, un
periodismo que aplica sus avances técnicos al
hallazgo de propuestas es un periodismo que
descubre y destaca todo el potencial de esperanza
que duerme en la palabra y en la noticia. Digo
duerme porque hasta ahora se ha
manejado con una mayor e inconsciente eficacia su
potencial de desesperanza.
Una participante
en el taller virtual de Monterrey, la periodista
mexicana Marcela Turati, ganadora del premio
Nuevo Periodismo del año pasado, con estas ideas
en mente viajó a Brasil y Argentina para
seguirles la pista a los nuevos modos de
informar. Concluida su gira me escribe: hay
un consenso en que las notas de denuncia deben
estar acompañadas de soluciones. La idea está
marcando una tendencia en la nueva generación.
De México puedo contarle que un grupo de
periodistas jóvenes intenta sumarse a este tipo
de periodismo.
También en
periodismo somos herederos del pasado y
responsables del futuro. Hoy sentimos el peso de
la desesperanza y resignación que han retardado
el paso de nuestras sociedades; al mismo tiempo
se nos revela el excitante desafío de
cambiar esa carga por la influencia liberadora de
la fe en lo posible, que es el nombre de la
esperanza. El día en que esto suceda, los
periódicos se habrán vuelto más necesarios que
el pan.
*
Javier Darío Restrepo es miembro fundador de la Comisión de
Ética del Círculo
de Periodistas de Bogotá,
del Instituto
de Estudios sobre Comunicación y Cultura (IECO), de la Fundación para Libertad
de Prensa y de Medios para la Paz. Ha sido defensor del lector de los
diarios El Tiempo y El Colombiano.
Es autor de numerosos libros y artículos en
materia de comunicación social y ganador de
diversos premios como el premio a la ética
periodística del Centro Latinoamericano de
Prensa (1997). Es colaborador de Sala de Prensa. Este texto fue presentado en el Foro
10 años del FNPI, en Bogotá, en junio del año
pasado.
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