Los
primeros periódicos
y la prensa insurgente en América Latina
José
Villamarín Carrascal *
Con
algo más de un siglo de retraso en relación con
Europa aparecieron los primeros periódicos en
América Latina. Las razones son varias: por un
lado, la condición de colonias españolas, que
llevó a estos países a ser objeto de fuerte
censura, control y represión, tanto civil como
eclesiástica, lo que redujo al mínimo la
libertad de expresión. Por otro lado, el alto
costo del papel y de los instrumentos
tipográficos, que dificultaron las labores
periodísticas, incluso oficiales.
El periodismo
regular en América Latina puede dividirse en dos
etapas: la primera, la de la prensa oficial y pro
colonialista (S. XVIII), y la segunda, la de la
prensa revolucionaria e insurgente (inicios del
S. XIX). Los periódicos de la primera etapa
fueron básicamente informativos y, los de la
segunda, político-panfletarios. Y en medio de
los dos, como un puente que se tiende entre el
colonialismo burocrático e indolente y los
movimiento libertarios e independentistas, los
periódicos científicos culturales, casi
navegando entre dos aguas.
Prensa
oficial y pro colonialista
1722 es la fecha
del aparecimiento del primer periódico
latinoamericano: La Gaceta de México y
noticias de Nueva España, un mensuario
editado en México por Juan Ignacio Castoreña
Ursúa y Goyeneche, considerado por ello como el
primer periodista de América Latina. Castoreña
fue funcionario del Virreinato de Nueva España
(México) y después obispo de Yucatán.
Obviamente, las orientaciones del periódico no
podían se otras que las apegadas a los intereses
de la Corona.
Fue un medio de
comunicación muy completo; tenía secciones
oficiales, religiosas, comerciales, sociales y
marítimas. Al igual que los europeos, las
noticias aparecían agrupadas por regiones:
México, Zacatecas, Guadalajara, etc., y estaban
situadas en un lugar fijo. Algunas noticias, como
las provenientes de California o La Habana, eran
publicadas con un atraso de meses.1
¿Por qué
aparece en México y no en otro país el primer
periódico latinoamericano? El Virreinato de
Nueva España, como se conocía entonces a
México, no sólo era uno de los centros más
adelantados de la América colonial, sino que
además tuvo una de las más antiguas y
destacadas instituciones culturales del
continente: la Universidad de México (1551). Su
presencia implicó una importante actividad
intelectual que demandaba nutrirse de
información más oportuna y periódica. Esto
llevó a Castoreña a sustituir las hojas de
noticias que salían de manera muy irregular, por
esta gaceta que la publicó regularmente cada
mes.
Siete años más
tarde apareció el segundo periódico
latinoamericano: La Gaceta de Guatemala (1729),
órgano oficial de las autoridades coloniales
españoles (prácticamente una reproducción de
la Gaceta de Madrid), cuyo principal
objetivo era informar sobre asuntos
administrativos de la Colonia y sobre sucesos
ocurridos en Europa.
A Perú le
corresponde ser el tercer país de Latinoamérica
en tener un periódico. Se trata de la Gaceta
de Lima (1743), publicación bimestral de
contenido similar a la Gaceta de México.
Fue también sucesora de la Gaceta de Madrid,
que se imprimió en Lima a inicios de siglo.
Dos razones
explican el aparecimiento de los primeros
periódicos en estos países: primero, porque
eran los enclaves sociales, políticos y
económicos más importantes de la Colonia y,
segundo, porque allí (por esa misma razón) se
instalaron las primeras imprentas.
Los demás
periódicos de América Latina se imprimieron a
partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Cuba,
Colombia y Ecuador fueron los siguientes países
en tener su primer periódico. En Cuba apareció
la Gaceta de la Habana (1764, semanario);
en Colombia, el Papel Periódico de Bogotá (1791,
semanario) y en Ecuador, Primicias de la
Cultura de Quito (1792, quincenario).
El resto, un total de 14, fueron publicados
en las cinco primeras décadas del siglo XIX. El
último, en 1845, fue El Paraguay
Independiente, en Asunción.2
Los cuatro
primeros periódicos no por coincidencia tienen
el nombre de Gaceta, pues fueron esencialmente
informativos y oficiales, al igual que su
antecesor, la Gazette de Francia (de donde
tomaron su nombre), el primer periódico oficial
y de Estado, que nació para defender la
monarquía absoluta.
Los primeros
periódicos de Colombia y Ecuador, en cambio,
fueron científicos, culturales y literarios,
aunque el primero combinaba con informaciones
nacionales e internacionales favorables a la
Corona.
Los primeros
periódicos latinoamericanos, al ser oficiales,
sirvieron para mantener el dominio de los
colonizadores sobre la población, para lo cual
utilizaron dos viejas estrategias: informar sólo
lo que convenía a sus intereses y ocultar
aquello que les era opuesto.
Algunos de esos
medios hicieron uso conciente de la propaganda
como instrumento para cumplir eficientemente el
papel de brazo ideológico de la Colonia. En la Gaceta
de México, por ejemplo, se presentaba en
forma favorable la penetración pacífica de
los colonizadores españoles en las Filipinas. Y
cuando no era prudente hacer mención de sucesos
locales, se relataban acontecimientos sucedidos
en otros países, con lo que se reedita una
antigua práctica de los periódicos europeos
cuando querían eludir los escabrosos temas de la
política interna.
La división que
José Benítez establece para las noticias
publicadas en la Gaceta de México es
aplicable a la generalidad de los periódicos
informativos de la época, dado el tronco común
que los une: su carácter de oficiales. Según el
historiador cubano, las noticias se dividían en
eclesiásticas, administrativas, comerciales e
informativas. Las primeras eran las más
numerosas. De hecho, las noticias sobre la
capital mexicana, por ejemplo, hacían referencia
en buena parte a procesiones y actos religiosos
en los que intervenían las más altas
autoridades españolas.
Ibarra de Anda,
citado por Tarín-Iglesias,3 señala tres
características para el periodismo
latinoamericano de entonces: burocrático (desde
el punto de vista de los encargados de
realizarlo), oligárquico (por la clase social a
la cual iba dirigido) y elitista (dado el alto
índice de analfabetismo de la sociedad
colonial).
Los
periódicos científicos y culturales: una puerta
a la libertad
El acento
liberal y espíritu renovador de la Ilustración,
producto de la Revolución Francesa, fue acogido
en la España gobernada por Carlos III y pronto
llegó a las colonias americanas. Bajo el mandato
de este emperador se expulsó a los jesuitas de
América (1675) y se impulsó la creación, en
las principales capitales americanas, de las
Sociedades de Amigos del País, fundadas con
elementos seglares (a la postre, gérmenes de la
gesta libertaria).
En el ámbito
literario y filosófico, la Ilustración
hizo fructificar en los países americanos
ese tipo indiferenciado del científico, del
erudito, del geógrafo y del médico, que en
realidad era el reflejo del enciclopedista, y a
quien se dio el asignar en todos los países el
título de sabio. Estos sabios fueron los
periodistas de esta época, los académicos, y
los miembros de esas sociedades llamadas Amigos
del País (...) cuyo tentáculo extendido hacia
la opinión eran las hojas periodísticas de
carácter patriótico que surgieron como órganos
de esas agrupaciones.4
Empero, como lo
recuerda Renán Silva, todo ello dentro de
una perspectiva ortodoxa que no incluía ningún
elemento de crítica profunda de la Monarquía
(pues) el proceso no sólo fue creado e impulsado
por las autoridades, sino que ante todo fue bajo
su control como se adelantó
.5
Al tener el aval
de la Corona, estos medios no eran no
podían ser combatientes ni
revolucionarios. Unos, como el Papel
Periódico de Bogotá, fueron abiertamente
oficiales. Otros, como Primicias de la Cultura
de Quito, si bien no tocaron la estructura
colonial, tampoco aparecieron para defender los
intereses de la Corona.
Lo que sí
hicieron fue, en la línea del pensamiento
ilustrado, exponer sus ideas sobre educación,
libertad, democracia. Como dice Gustavo Adolfo
Otero, estas publicaciones están cargadas
de inquietudes y en el juego de sus ideas de
largo alcance se establece desde sus columnas un
diálogo rebelde con la metrópoli, sin tocarse,
ni herirse, pero ofreciendo la incesante
explosión de sus metrallas.6
Algunos otros
títulos que están en esta línea son el Diario
Literario de México (1768), que fue
suspendido por orden del gobierno colonial.
Cuatro años más tarde, igualmente en México,
apareció el Mercurio Volante (1772), uno
de los primeros medios de divulgación
científica del continente y cuyo director era
opuesto a muchas teorías religiosas de la
época. El Mercurio Peruano (1791) fue
igualmente un importante difusor de la cultura
del país incaico. Estos medios fueron, sin duda,
la semilla del periodismo revolucionario que iba
a explotar en los años siguientes.
Prensa
revolucionaria e insurgente
A inicios del
siglo XVIII, los vientos libertarios empezaron a
inundar la América española. Uno de los hechos
que contribuyó a crear este clima fue el
aparecimiento y difusión de la traducción al
español de los Derechos del Hombre de la
Revolución Francesa que, por otro lado,
circulaba libremente en España. Don Antonio
Nariño, precursor de la independencia de
Colombia, fue el primero en traducir e imprimir,
en 1793, una hoja suelta con los Derechos del
hombre y del ciudadano, lo que le valió 10
años de prisión en una cárcel de África.7 La traducción la hizo
de un libro prestado por el propio virrey, según
algunas versiones.
El artículo 11
de estos Derechos decía: La libre
comunicación de los pensamientos y de las
opiniones es uno de los derechos más preciosos
del hombre. Todo ciudadano en su consecuencia
puede hablar, escribir, imprimir libremente,
debiendo sí responder de los abusos de esta
libertad en los casos determinados por la
Ley.
Se pasó
entonces del periodismo informativo oficialista y
del científico cultural a uno revolucionario e
insurgente, practicado por los patriotas
americanos y utilizado como arma para la
liberación del coloniaje. En este nuevo
escenario, los primeros periódicos de algunos
países latinoamericanos que aún no tenían
prensa propia vieron la luz con objetivos
claramente revolucionarios.
Allí está El
Telégrafo (1811) primer periódico de
Bolivia, que fue fundado por el patriota general
argentino Juan José Castelli, quien también
introdujo la primera imprenta a ese país andino.
La Aurora de Chile (1810), primer
periódico de ese país, fue fundado por Camilo
Henríquez, por iniciativa del gobierno
transitorio, uno de cuyos miembros fue Bernardo
OHiggins, padre de la patria. Camilo
Henríquez, un religioso del convento de La Buena
Muerte, es considerado el primer periodista de
Chile.
Como es obvio,
en este período se enfrentaron los medios que
luchaban por la independencia con los que
abogaban por el mantenimiento del estatus
colonial. Salvo nimias excepciones, en ésta y no
en otra perspectiva se encuadró la prensa de
entonces, que no aceptaba ambigüedades aunque
sí cambios de bando, de acuerdo a los intereses
dominantes, lo que nos recuerda otra vieja
práctica europea, desarrollada por maestros como
DeFoe, en Inglaterra.
Varios ejemplos
de esta práctica tenemos en América. Uno fue el
de la ya mencionada Gaceta de Guatemala,
periódico oficial del colonialismo, el cual,
luego de haber desaparecido por algunas décadas,
reapareció, pero esta vez como vocero de la
resistencia anticolonial; luego, volvió a sus
orígenes pro ibéricos y terminó nuevamente en
la orilla revolucionaria, en un incesante ir y
venir de intereses político-ideológicos.
Momentos nada
agradables vivió también el periódico
ecuatoriano El Colombiano del Guayas
(1822-1830): el mismo día que manifestaba
su defensa del ideal bolivariano de la Gran
Colombia (confederación formada por Venezuela,
Colombia y Ecuador) se rompía tal unidad. El
periódico se vio obligado a cambiar de posición
y hasta justificó tal ruptura. Luego volvió a
aplaudir nuevos intentos confederativos y
terminó apoyando a los gobernantes de la recién
nacida República del Ecuador.
La Gaceta de
Caracas, primer periódico de Venezuela
(1808), pasó por similar proceso. Fundada por el
gobierno de la colonia, estuvo al lado de
los colonizadores hasta 1810, con los
republicanos hasta 1812, con Domingo Monteverde
Hasta 1813; con Bolívar a partir de entonces. El
periódico, ciertamente, no dejó un recuerdo
agradable, debido a su variabilidad, y las
opiniones sobre él no son nada gratas.8
El primer cuarto
de esta centuria fue el apogeo de la prensa
insurgente, motivada no sólo por los movimientos
independentistas, sino también por la
publicación, en España, de la Constitución de
Cádiz de 1812, en la que se promulgó la
libertad de imprenta. Esto no significó,
ciertamente, la implantación inmediata de la
libertad de prensa en las colonias americanas. Al
contrario, en algunos países como México se
instauró una censura aún más fuerte, para
evitar precisamente el apoyo a los procesos
independentistas.
A un inicio, la
prensa de esta época fue doctrinaria y
panfletaria. Pero luego tuvo un marcado
acento administrativo, donde se registrarán los
decretos, disposiciones, órdenes gubernamentales
y los partes de las batallas que se destacan en
medio de los artículos y de las
misceláneas.9
Una cifra que
demuestra la incidencia de la prensa en este
período es la señalada por Tarín-Iglesias.
Basado en la primera estadística que se
conoce sobre la prensa mundial, difundida
en 1826, el autor español dice que en una
población de 38 millones de habitantes que
poblaba entonces el continente americano, se
publicaron 978 periódicos.10
Los periodistas
de entonces fueron militares y políticos.11 En realidad, y siguiendo
a Otero, durante las campañas de la
independencia, la prensa fue una prolongación
del ejército. Su papel era el de cooperar a las
milicias para mantener la moral en el pueblo,
dando cuenta de los triunfos como las
acciones incontenibles del cura Morelos en
México y también de los reveses
como el fusilamiento del cura Hidalgo en el
mismo país azteca; se reproducían las
opiniones favorables a nuestra independencia que
se manifestaban en Estados Unidos o Europa; se
difundían las actas de independencia de los
países que la iban adquiriendo; se reproducían
los discursos del Libertador Bolívar, en fin,
como dice Benítez, la divulgación de los
órganos era, en realidad, un grito de combate.
De hecho, no
había ninguna diferencia entre revolucionarios,
políticos y periodistas, pues las funciones
estaban compartidas. Simón Bolívar y José
Martí, dos de los más destacados
revolucionarios de nuestra América aunque
corresponden a épocas diferentes, fueron
también periodistas. Bolívar fundó El
Correo del Orinoco (1818) y dispuso la
publicación de La Gaceta de Santa Fe de
Bogotá (1819). José Martí, en Cuba, fue
muy prolífico: cuando tenía apenas 16 años,
creó El Siboney, redactado a mano por los
estudiantes secundarios de La Habana para apoyar
el levantamiento de Céspedes en contra de la
corona. Luego, fundó El Diablo Cojuelo y La
Patria Libre, donde reafirmó su posición
independentista y revolucionaria.
En Ecuador, el
mariscal Antonio José de Sucre, líder de la
independencia nacional, creó El Monitor (1823).
En Colombia, el prócer Antonio Nariño fundó La
Bagatela (1811). En Venezuela, el patriota
Francisco Miranda introdujo la primera imprenta
para utilizarla como arma de combate contra el
colonialismo. En Argentina, Manuel Belgrano
publicó el Correo del Comercio (1810) y
Domingo Faustino Sarmiento dirigió El
Nacional. El general José de San Martín,
uno de los forjadores de la independencia de
América del Sur, publicó La Gaceta, en
Chile.
Los
intelectuales también estuvieron vinculados al
proceso revolucionario a través de la prensa. El
caso más promisorio fue el del venezolano
Andrés Bello, que fundó en Colombia tres
periódicos: el Censor Americano (1820), La
Biblioteca Americana (1823) y el Repertorio
Americano (1826). Luego fundó en Chile El
Araucano (1830), para apoyar al gobierno
revolucionario que destituyó al tirano Diego
Portales.
Con Bello y los
demás patriotas americanos se cumple lo que
sostiene el cubano José Benítez: la patria de
esos hombres estaba más allá de las fronteras
del país de su nacimiento. Si partimos de este
espíritu integrador del hombre americano, la
idea del libertador Simón Bolívar, de formar
una sola nación del Río Bravo hacia el sur, no
sólo era plausible, sino factible, pues así lo
evidenciaba el espíritu integrador de todos los
habitantes de lo que él llamó Nuestra América,
donde se exceptuaba a los Estados Unidos.
_____
Notas:
1 José Antonio Benítez, Los
orígenes del periodismo en nuestra América,
Lumen, Buenos Aires, Argentina, 2000, pág. 43.
2 Ibid., pág. 42.
3 Ibarra de Anda, citado por José
Tarín-Iglesias, en Panorama del periodismo
hispanoamericano, Biblioteca General Salvat,
Salvat Editores, Navarra, 1972, págs. 46-47.
4 Gustavo Adolfo Otero, La cultura y
el periodismo en América, 2da. Edición,
Casa Editora Liebman, Quito, 1953, pág. 91.
5 Renán Silva, El periodismo y la
prensa a finales del siglo XVIII y principios del
siglo XIX en Colombia, Universidad del Valle,
Cali, s/e, p. 26.
6 Ibid., págs. 95-96.
7 Antonio Cacua Prada, Historia del
periodismo colombiano, pág. 58.
8 Benítez, op. cit., pág. 128.
9 Otero, op. cit., pág. 111.
10 Tarín-Iglesias, op. cit., pág. 47.
11 Ramiro Duchén Condarco, Aproximaciones
a la prensa boliviana en sus inicios (1823-1855),
Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La
Paz, Centro de Estudios de la Información y la
Comunicación, La Paz, Bolivia, 1991, pág. 5.
* José
Villamarín Carrascal
es director de la Escuela de Ciencias de la
Comunicación de la Universidad de Las Américas, en Ecuador. Es autor de los libros Síntesis
de la Historia Universal de la Comunicación
Social y el Periodismo (1997) y Periodismo
de Opinión e Interpretación (2001). Es
licenciado en Periodismo, magíster en
Comunicación Empresarial y doctor en Literatura
y Letras. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.
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