La
generación de opinión pública: ¿Asunto
público o privado?
Luis
Horacio Botero Montoya *
Pese
a que el paradigma de la opinión pública se
identifica con postulados del interés
manifiesto, visible, accesible y colectivo, es
decir, desde su dimensión pública, este trabajo
pretende demostrar que es la dimensión contraria
(la privada) la que desde entonces y hasta
nuestros días ha hecho una apropiación de la
opinión pública, haciéndonos creer que la
protesta en las calles, los planteamientos
expresados por los llamados líderes de opinión
y que los sondeos de opinión publicados en los
medios masivos de comunicación son
manifestaciones propias del pueblo y que reflejan
el pensamiento público sobre los asuntos que
afectan a una mayoría.
Incluso, y sin
alarde alguno, nuestra intencionalidad se enmarca
dentro de la premisa que es urgente e inmediato
una reivindicación de lo público como una
alternativa para rescatar la verdadera dimensión
de la opinión pública, y así afrontar la serie
de problemas que vive el país, sobre todos
aquellos relacionados con el ideal colectivo de
país, entre ellos aquel tan esquivo de la paz.
Por ello, uno de
los objetivos de este trabajo radica en la
necesidad de discutir aquellos planteamientos, a
modo de paralelo, que involucran los conceptos de
lo público y lo privado, con el fin de plantear
que la manifestación de la opinión pública,
desde la Ilustración hasta nuestros días, ha
sido la historia de una serie de vocerías de una
minoría que, en nombre de la mayoría, dice
representar los intereses colectivos y públicos.
La
opinión
Desde el punto
de vista conceptual e histórico, la opinión
pública surgió paralela al concepto de Estado
Moderno y como una consecuencia lógica de la
Ilustración. Pensadores como Rousseau, Locke,
Montesquieu, Kant y Hegel definieron a la
opinión pública como propia del ordenamiento
jurídico del Estado. Para Rousseau, reconocido
como el padre de la opinión pública, ésta
debía ser entendida como expresión de la
voluntad general; para Kant era la concreción
del concepto de Ilustración, del uso público de
la razón y de la ley pública; para Locke, tres
leyes definían la conducta humana: la ley
divina, la ley civil y la ley de opinión
pública. Entre tanto, para Hegel, la opinión
pública estaba destinada a ser el instrumento
mediante el cual la sociedad manifestaba su
respaldo o su desprecio por las decisiones
gubernamentales o por los propios gobernantes.
Precisamente,
desde sus orígenes, la opinión pública
era el ejercicio de reflexión de los individuos
libres sobre su asociación y existencia
universal como seres libres; era el consenso
general, la opinión unitaria del público
ciudadano respecto de la ley a promulgar y de la
decisión a tomar.1
Es precisamente
en la Revolución Francesa donde el concepto de
soberanía aparece circunscrito al concepto de
pueblo (La soberanía radica en el
pueblo)2 y este vocablo pasaría,
luego, a connotar el concepto de lo público, es
decir, lo visible, lo manifiesto, lo accesible,
lo propio del interés común, lo colectivo, lo
propio del interés general y, específicamente,
lo relacionado con los asuntos que afectan la
relación pueblo y administración del Estado.
En esas
condiciones, la opinión pública se convirtió
en una miscelánea de hechos y de razones
igualmente dignas, sobre lo que no puede haber
criterios de exclusión. La opinión pública no
aparece ligada ya al consenso general, sino que
se asocia con la regla de la mayoría
en los procesos electorales del pluralismo de
partidos, asuntos propios de los discursos de los
burgueses franceses.
De allí que
aparezcan algunas definiciones sobre opinión
pública, como por ejemplo la de Hans Speier,
según la cual entendemos por opinión
pública las opiniones sobre cuestiones de
interés para la nación, expresadas libre y
públicamente por gentes ajenas al gobierno, pero
que pretenden tener el derecho de que sus puntos
de vista influyan o determinen las acciones, el
personal o la estructura del gobierno.3 Y más adelante, con la
democracia representativa, legado político de la
Revolución Francesa, la opinión pública se
constituye como una reunión de intereses de los
hombres de una comunidad y es utilizada para
referirse a juicios colectivos fuera de la esfera
del gobierno.
Pero la
aparición de las masas demandantes de igualdad
busca darle un nuevo significado a la vigencia de
los derechos universales (llevar a un plano de
igualdad social y material la igualdad formal de
la ley). O sea que aparecen las reivindicaciones
referidas a mejorar las condiciones de trabajo,
lo mismo que aspiraciones personales y
familiares. Luego, lo que en un principio parece
referirse a aquellos asuntos de interés general,
propios de los iniciales fenómenos de opinión
pública, se transforma en asuntos propios del
interés privado.
Por ello, con el
incremento de una esfera pública política
activa, la opinión pública emergió como una
nueva forma de autoridad política, con la cual
la burguesía podía desafiar al gobierno
absoluto.
En la
opinión pública ilustrada, una minoría, en
calidad de elite, asume la representación de
unos intereses aparentemente universales, pero
que en el fondo trabajaban a favor de los
intereses de la naciente burguesía.4
Lo que al
principio parecía identificarse con propósitos
altamente colectivos, propios del interés
general y colectivo, se convirtió a la postre en
un asunto exclusivo de unos pocos que, en nombre
de la mayoría, representan una minoría
excluyente y privatizadora de los asuntos
públicos.
Sobre
lo público
Para abordar los
conceptos acerca de lo público y lo privado, es
necesario acudir, en primera instancia, al
Diccionario de Sinónimos y Antónimos de Legis.
Veamos:
Público:
Sinónimo de patente, conocido, manifiesto. Lo
público es lo que a nadie se oculta. Notorio,
entendido como lo que es generalmente sabido.
Privado:
Sinónimo de personal, particular, que no es
público.
Ahora bien, en
el Diccionario Básico, las definiciones no
distan del enfoque de la sinonimia. Veamos:
Público:
Del latín publicus. 1.
Notorio, sabido por todos. 2. Vulgar, común y
notado por todos. 3. Se aplica a la potestad,
jurisdicción y autoridad para hacer una cosa
como contrapuesto a privado. 4. Perteneciente a
todo el pueblo. 5. Común del pueblo o ciudad.
Otra concepción
enfatiza que público es sinónimo de evidente,
que no es privado, edificio público; Pertenece a
todo el pueblo. Por ejemplo, una vía pública.
El pueblo en general; opinión pública,
asistencia, concurrencia; Publicar: revelar lo
que está secreto; Hacer pública una cosa;
Divulgar.
Público:
Conocido por todos que resulta notorio por
oposición a privado; Se dice de la jurisdicción
y potestad del común de la sociedad; Dar a luz;
a la vista de todos, sin secreto.
Entre tanto, el
concepto de lo privado es sinónimo de privar.
Que no es público. Se refiere a la intimidad de
alguien; Interior o íntimo. Vida privada o
personal. El que tiene privacidad con otro que le
es familiar; Privar es despojar a uno de lo que
poseía, defraudar o frustrar. De modo privado,
con exclusión de todos los demás; Intimo que se
realiza en estricta familiaridad; Personal o
particular de cada cual.
El concepto de
privado deriva en privatización y privacidad.
Privatización, por ejemplo, sinónimo de uso
exclusivo de una propiedad pública por
particulares; Paso a manos privadas de un bien
público o derecho estatal; puede deberse a
presiones financieras o ser resultado de una
política de socialización de pérdidas.
Privacidad como derecho de los individuos sobre
los datos informatizados relativos a sus personas
de que disponen las entidades públicas o
privadas.
Sin embargo, la
distinción entre la esfera pública y la esfera
privada corresponde al campo familiar y
político, categorías que han existido como
entidades diferenciadas y separadas, al menos,
desde el surgimiento del concepto de
Ciudad-Estado.
El
nacimiento de la Ciudad-Estado significó que el
hombre recibía además de su vida privada una
especie de segunda vida, su bios politikos.
Ahora, todo ciudadano pertenece a dos órdenes de
existencia, y hay una tajante distinción entre
lo que es suyo (idion) y lo que es comunal
(koinon).5
Históricamente,
es muy probable que el nacimiento de las
ciudades-estados y, con ellas, la esfera de lo
público, ocurriera a expensas de la esfera
privada familiar. Lo que dieron por un hecho los
griegos, fuera cual fuera su posición y
oposición a la vida de la polis, es que la
libertad se localiza exclusivamente en la esfera
política, que la necesidad individual es de
manera fundamental un fenómeno prepolítico,
característico de la organización doméstica
privada y que la fuerza y la violencia se
justifican en esta esfera porque son los únicos
medios para dominar la necesidad. Un ejemplo que
tipifica esta aseveración, lo constituye el
hecho de que para los griegos es posible gobernar
a los esclavos dentro de una concepción de una
sociedad que exaltó el hecho de poder llegar a
ser libres.
Para los
griegos, y ahondando aún más en la dicotomía
filosófica de ambas esferas, la justicia
pertenecía al terreno de lo público, mientras
que la felicidad, tan cara y anhelada por la
polis, era un asunto meramente privado. La
felicidad es individual, personal, íntima.
Pertenece al Ser.
Por este
carácter ancestral, agudizado en profundas
disertaciones públicas y privadas, hoy ese
legado antiguo atravesó todas las definiciones,
acercamientos y connotaciones de ambos conceptos.
De
lo secular a lo sagrado
La separación
entre lo público y lo privado permaneció por
varios años a lo largo de la Edad Media,
perdiendo gran parte de su significación, pero
no por completo. En efecto, tras la caída del
Imperio Romano, la iglesia Católica ofreció a
los hombres un sustituto a la ciudadanía que
anteriormente había sido prerrogativa del
gobierno municipal. La tensión medieval entre la
oscuridad de la vida cotidiana y el grandioso
esplendor que presentaba y esperaba a lo sagrado,
corresponde al ascenso de lo privado a lo
público en la antigüedad.
Al decir del
historiador Slavery Barrow, mientras que
cabe identificar con cierta dificultad lo
público y lo religioso, la esfera secular bajo
el feudalismo fue por entero lo que había sido
en la antigüedad la esfera privada. Su
característica fue la absorción, por la esfera
doméstica, de todas las actividades y, por
tanto, la ausencia de una esfera pública.6
Del
concepto del bien común
De otro lado, y
trasladando la discusión al terreno de lo común
y lo colectivo, el concepto medieval del
bien común, lejos de señalar la
existencia de una esfera política, sólo
reconoce que los individuos particulares tienen
intereses en común, tanto materiales como
espirituales y que sólo pueden conservar su
intimidad y atender a su propio negocio si uno de
ellos toma sobre sí la tarea de cuidar ese
interés común.
Lo que distingue
esta actitud moderna no es tanto el
reconocimiento de un bien común como
la exclusividad de la esfera privada y la
ausencia de esa esfera, curiosamente híbrida,
donde los intereses privados adquieren
significado público, es decir, lo que
denominamos, genéricamente, sociedad.
Hannah Arendt al
referirse a la connotación de lo público y lo
privado del párrafo anterior, dice lo siguiente:
La desaparición de la zanja que los
antiguos tenían que saltar para superar la
estrecha esfera doméstica y adentrarse en la
política es esencialmente un fenómeno moderno.
En el mundo moderno, las dos esferas fluyen de
manera constante una sobre la otra.7
Y es que el
concepto clásico, manejado por los griegos y
romanos, generadores de la cultura y tendencias
del pensamiento en Occidente, no logró resolver
la contradicción entre uno y otro. Incluso, el
propio Barrow argumenta que el concepto
sobre la excelencia, arete para los griegos y
virtus para los romanos, se asignó desde siempre
a la esfera pública, donde cabe sobresalir y
distinguirse de los demás. Toda actividad
desempeñada en público puede alcanzar una
excelencia nunca igualada en privado, porque ésta,
por definición, requiere de la presencia
de otros, y dicha presencia exige la formalidad
del público, constituido por la pares de uno, y
nunca la casual, familiar presencia de los
iguales o inferiores a uno.8
En la
actualidad, llamamos privada a una esfera de
intimidad, cuyo comienzo puede retraerse en los
últimos romanos, apenas en algún periodo de la
antigüedad griega, y cuya multiplicidad y
variedad eran desconocidas en cualquier periodo
anterior a la Edad Media. En el sentido antiguo
del término, el rasgo privativo de lo privado
era muy importante y, literalmente, significaba
el estado de hallarse desprovisto de algo,
incluso de las más elevadas y humanas
capacidades.
El hecho
histórico decisivo es que lo privado moderno en
su más apropiada función, la de proteger lo
íntimo, se descubrió como lo opuesto no a la
esfera política, sino a la social, con la que,
sin embargo, se halla más próxima y
auténticamente relacionada.
En la esfera
privada de la familia era donde se cuidaban y
garantizaban las necesidades de la vida, la
supervivencia individual y la continuidad de la
especie. Una de las características de lo
privado, antes del descubrimiento de lo íntimo
(concepto netamente moderno) era que el hombre
existía en esta esfera no como un verdadero ser
humano, sino únicamente como espécimen del
animal de la especie humana. Esta era,
precisamente, la razón básica del tremendo
desprecio que la antigüedad le dio a lo privado.
La
esfera pública: lo común
Otra concepción
entre lo público y lo privado es aquella
atravesada por el tema de la propiedad. En este
sentido, la palabra público significa dos
fenómenos estrechamente relacionados, si bien no
idénticos por completo. En primer lugar
significa que todo lo que aparece en público
puede verlo y oírlo todo el mundo y tiene la
más amplia publicidad posible.
En segundo
lugar, el término público significa el propio
mundo, en cuanto es común a todos nosotros,
diferenciado de nuestro lugar poseído de manera
privada en aquel.
La
esfera privada: la propiedad
La palabra
privado, por su parte, cobra su sentido original,
es decir, privativo. Vivir una vida privada por
completo significa, por encima de todo, estar
privado de cosas esenciales a una verdadera vida
humana: estar privado de la realidad que proviene
de ser visto y oído por los demás; estar
privado de una objetiva relación con los otros
que proviene de hallarse relacionado y separado
de ellos, a través del intermediario de un mundo
común de cosas; estar privado de realizar algo
más permanente que la propia vida.
La privación de
lo privado radica en la ausencia de los demás.
Cabe entonces preguntarse ¿hasta dónde
concierne a los otros? El hombre privado no
aparece y, por lo tanto, es como si no existiera.
Cualquier cosa que realiza carece de significado
y consecuencia para los otros y lo que le importa
a él no interesa a los demás.
Bienes
públicos y bienes privados
Una distinción
inherente al concepto de lo público y lo privado
radica en la naturaleza de los bienes. Los bienes
privados, tales como alimentos, vestido,
vivienda, automóviles, adornos, entre otros, son
muy distintos a los bienes públicos (parques,
seguridad pública, educación primaria,
campañas de vacunación, etc.). Esta distinción
radica en su naturaleza. Por definición, quien
disfruta un bien privado es su dueño, es decir,
el consumo es individual (por ejemplo, el poseer
un vehículo, colocarse un vestido, etc.). Entre
tanto, en los bienes públicos el consumo es
colectivo y toda la sociedad es la que se
beneficia de ese bien, tal como sucede con
campañas masivas de vacunación o programas de
educación primaria y secundaria.
Una segunda
distinción se relaciona con la posibilidad de
exclusión en el uso del bien por el mecanismo de
precios, es decir, por las reglas del mercado. En
los bienes privados, por ejemplo, quien quiere un
bien tiene que pagar un precio por éste y si no
lo hace no tiene acceso a dicho bien. En cambio,
en los bienes públicos, este principio de
exclusión no opera igual. Por ejemplo, si la
seguridad social aumenta, el beneficio será de
todos, independiente de si cada individuo la
buscó o no, o si la persona pagó o no por estos
servicios o si canceló sus impuestos. La no
aplicación del principio de exclusión para los
bienes públicos (léase colectivos) muchas veces
significa que es muy difícil cobrar directamente
por estos bienes, porque es común que la gente
quiera disfrutar los servicios sin asumir los
costos.
La
moral cristiana, cristianismo y lo público
El testimonio y
legado de la cristiandad, que marcó un hito en
la historia de Occidente y que partió en dos el
transcurrir histórico, es decir, Antes y
Después de Cristo, ahonda aún más la brecha
existente entre lo público y lo privado.
San Agustín,
entre otros, es referente obligado para
incursionar en esta temática: La moralidad
cristiana, diferenciada de sus preceptos
religiosos fundamentales, siempre ha insistido en
que todos deben ocuparse de sus propios asuntos y
que la responsabilidad política constituía una
carga, tomada exclusivamente en beneficio del
bienestar y salvación de quienes se liberan de
la preocupación por los asuntos públicos.9
Ahora bien, la
bondad en el sentido absoluto, diferenciada de lo
bueno para o lo excelente
de la antigüedad griega y romana, se conoció en
nuestra civilización con el auge del
cristianismo. El famoso antagonismo entre el
primer cristianismo y la res pública, tan
admirablemente resumido en la frase de Tertuliano
nec ulla magisres aliena quam pública
(ninguna materia nos es más ajena que la
pública), se entiende como una consecuencia de
las tempranas expectativas escatológicas que
sólo perdieron su inmediato significado cuando
la experiencia demostró que incluso la caída
del Imperio Romano no llevaba consigo el fin del
mundo.
La hostilidad de
la jerarquía cristiana hacia lo público y la
tendencia al menos en los primeros cristianos de
llevar una vida lo más alejada posible de la
esfera pública, puede también entenderse como
una consecuencia evidente de la entrega a las
buenas acciones, independiente de todas las
creencias y esperanzas. El ejemplo que recrea
esta aseveración lo constituye el hecho de que
en el momento en que una buena
acción se hace pública y conocida, pierde
su específico carácter de bondad. Entre tanto,
cuando aquella se presenta de manera abierta,
deja de ser bondad, aunque para la moral
cristiana puede seguir siendo útil como caridad
organizada o como acto de solidaridad. Incluso,
un postulado de la cristiandad establece como
regla para sus seguidores el procurar que
las limosnas no sean vistas por los
hombres.
La bondad,
entonces, sólo existe cuando no es percibida.
Quien se ve desempeñando una buena acción, deja
de ser bueno. Por lo tanto, que tu mano
izquierda no sepa lo que hace la derecha.
Resulta
sorprendente que esta manera de pensar y esta
actitud haya sobrevivido en la secular época
moderna a tal extremo que Kart Marx, quien en
éste como en otros muchos aspectos, únicamente
resumió, conceptuó y transformó en programa
los básicos supuestos de 200 años de
modernidad.
La diferencia
del punto de vista cristiano y socialista frente
al marchitamiento de conjunto de la esfera
pública, es radical. Mientras que uno considera
al gobierno como un mal necesario debido a la
perversidad del hombre, el otro confía en su
final supresión.
Lo que es
imposible de captar desde cualquiera de los
puntos de vista es que el marchitamiento
del Estado había sido precedido por el
debilitamiento de la esfera pública o más bien
por su transformación en una esfera de gobierno
muy restringida.
En la época de
Marx, siglo XIX, ya había comenzado a
marchitarse, es decir, a transformarse en una
organización doméstica de alcance
nacional hasta que en nuestros días ha empezado
a desaparecer por completo en la aún más
restringida e impersonal esfera de la
administración pública.
Parece estar en
la naturaleza de la relación entre lo público y
lo privado que la etapa final de la desaparición
de la primera vaya acompañada por la amenaza de
la liquidación de la segunda.
Riqueza
y propiedad
La relación
estrecha entre lo público y lo privado,
manifiesta en su nivel más elemental en la
cuestión de la propiedad privada, posiblemente
se entienda mal hoy en día debido a la moderna
ecuación de propiedad y riqueza por un lado y
carencia de propiedad y pobreza por el otro.
Dicho malentendido es sumamente molesto, ya que
ambas, tanto la propiedad como la riqueza, son
históricamente de mayor pertinencia a la esfera
pública que cualquier otro asunto e interés
privado y han desempeñado, al menos formalmente,
más o menos el mismo papel como principal
condición para la admisión en la esfera
pública y en la completa ciudadanía.
No es exacto
decir que la propiedad privada, antes de la Edad
Moderna, era la condición evidente para entrar
en la esfera de lo público. Era mucho más que
eso. Lo privado era semejante al aspecto oscuro y
oculto de la esfera pública y si ser político
significaba alcanzar la más elevada posibilidad
de la existencia humana, carecer de un lugar
privado propio (como era el caso del esclavo)
significaba dejar de ser humano.
La riqueza
privada se convirtió en condición para ser
admitido en la vida pública no porque su
poseedor estuviera entregado a acumularla, sino
por el contrario, debido a que aseguraba con
razonable seguridad que su poseedor no tendría
que dedicarse a buscar los medios de uso y
consumo y quedaba libre para la actividad
pública. Por ello, resulta una verdad de
perogrullo afirmar que la vida pública sólo era
posible después de haber cubierto las más
urgentes necesidades de la vida. Los medios para
hacerles frente procedían del trabajo, y de ahí
que a menudo la riqueza de una persona se
estableciera por el número de trabajadores, es
decir, de esclavos, que poseía. Ser propietario
significaba tener cubiertas las necesidades de la
vida y, por lo tanto, ser potencialmente una
persona libre para trascender la propia vida y
entrar en el mundo que todos tenemos en común.
Karl Marx decía
que lo privado no hace más que obstaculizar el
desarrollo de la productividad social
y que se han de denegar las consideraciones de la
propiedad privada en favor del proceso siempre
creciente de la riqueza social.
La
creación de la riqueza social tiene también la
dimensión física constituida por todo lo que
facilita el bien común.10 Por ello, es
indispensable desarrollar una amplia conciencia
ciudadana sobre la importancia de este concepto,
privilegiadamente público, para que desde la
comunidad se busquen (incluso) los mecanismos de
medición de dicha riqueza.
Así, desde esta
visión de la riqueza social, que es pública, el
cuidado de las plazas públicas, de los
escenarios deportivos, la limpieza de las calles
y las rejillas de las aguas lluvias, la
conservación y ornato de antejardines y
fachadas, y la disciplina social, propiamente
dichas, serán parte de esa riqueza que hay que
fomentar. Los procesos que hay que
diseñar, las cruzadas que hay que emprender para
que lleguemos a crear esa riqueza deben tener su
medición para que pasemos del simple hacer por
hacer a un hacer para lograr.11
Lo
social y lo privado
Lo que se llamó
antes el auge de lo social coincidió
históricamente con la transformación del
interés privado por la propiedad privada en un
interés público. La sociedad, cuando entró por
vez primera en la esfera pública, adoptó el
disfraz de una organización de propietarios que,
en lugar de exigir el acceso a la esfera
pública, debido a la riqueza, pidió protección
para acumular más riqueza. El gobierno
pertenecía a los reyes y la propiedad a los
súbditos, de manera que el deber de los reyes
era gobernar en interés de la propiedad de los
súbditos.12
La riqueza
común nunca podrá llegar a ser común en el
sentido que hablamos de un mundo común, pues
desde siempre los hombres hemos procurado que
aquélla quedara en el terreno estrictamente de
lo privado. Sólo es común el gobierno nombrado
o elegido para proteger entre sí a los
poseedores privados en su competitiva lucha por
aumentar la riqueza.
El rasgo
característico de la moderna teoría política y
económica, hasta donde considera a la propiedad
privada como tema crucial, ha sido acentuar las
actividades privadas de los propietarios y su
necesidad de protección por parte del gobierno,
en beneficio de la acumulación de riqueza a
expensas de la misma propiedad tangible.
Lo
oculto y lo privado
De otro lado, la
distinción entre lo público y lo privado,
considerada desde el punto de vista de lo privado
más bien que del cuerpo político, es igual a la
diferencia entre cosas que deben mostrarse y
cosas que han de permanecer ocultas. Sólo la
Epoca Moderna, en su rebelión contra la
sociedad, ha descubierto lo rica y diversa que
puede ser la esfera de lo oculto bajo las
condiciones de la intimidad, pero resulta
sorprendente que desde el comienzo de la historia
hasta nuestros días siempre haya sido la parte
corporal la de la existencia humana la que ha
necesitado mantenerse oculta en privado, cosas
todas relacionadas con el proceso de la vida que
antes de la modernidad abarcaba todas las
actividades que servían para la subsistencia del
individuo y para la supervivencia de la especie.
Marxismo
y opinión
Para Karl Marx,
por ejemplo, la opinión pública configura una
visión peculiar del mundo, enfocado desde la
posición particular de una clase social dentro
de la dinámica histórica. Para este pensador,
sólo las clases en ascenso logran
una verdadera visión, es decir, que corresponde
objetivamente a la realidad histórico-social;
las clases en descenso tienen una visión
ideológica y una conciencia
falsa debido a su decadencia. Por
ello, para Marx, una vez que la burguesía se
instala en el poder, pierde su objetividad
respecto de la visión del mundo que tiene la
nueva clase en ascenso, o sea el proletariado.
De acuerdo con
este enfoque, la opinión pública se encuentra
dividida en dos sectores irreconciliables: el
sector ideológico de la clase en
descenso y el sector objetivo de la
clase en ascenso. Por ello, el carácter de
objetividad y de verdad que podría, al parecer,
ser un asunto propio de la opinión pública en
sentido estricto de la palabra, constituye un
producto de clase. La propiedad de los medios
materiales de producción, y entre ellos los mal
llamados medios masivos de comunicación, permite
a la clase dominante la producción de ideas y el
dominio sobre quienes no pueden disponer del
acceso a los medios de producción.
Para Marx, la
clase dominante manipula la opinión pública de
tal manera que aparezca como la opinión y los
intereses de los dominados. Esta manipulación,
se lleva a cabo a través de los medios masivos
de comunicación, los cuales deben crear la
ilusión de que los intereses de los dominados
son los mismos de los dominantes. Por ello, la
utopía marxista se identifica con el propósito
de que la opinión pública en el socialismo se
convierta en un instrumento para la expansión y
profundización de la conciencia socialista y
como un mecanismo para concienciar a las clases
dominadas.
Asunto
de elites
De otro lado, y
una vez se dinamiza en las sociedades modernas el
concepto de opinión pública, es pertinente
analizar aquella dentro de la cosmovisión
privada, de la cual hablamos en la introducción
de este ensayo. Precisamente, y de acuerdo con
Karl Deutsch en su texto The Analysis of
International Relations, en la formación de
la opinión pública, las opiniones individuales
fluyen desde arriba hacia abajo, mediante varios
saltos, como en una cascada en escala, pero con
sus remansos. Deutsch identifica, en orden
descendente, tales remansos: el más alto lo
forman los grupos económicos y sociales
dominantes, luego vienen las elites políticas y
gubernamentales, los líderes de opinión, los
medios masivos de comunicación, y al final está
la mayoría, la que otros llaman masa.
Para Deutsch hay
dos niveles de una importancia particular: los
medios masivos de comunicación y los llamados
creadores de opinión (conocidos hoy como
líderes o legitimadores de opinión). Del primer
nivel afirma que representan el principal papel
en la formación de la opinión pública. Son los
medios los que asumen funciones como las de
seleccionar las noticias, establecer las
prioridades a la hora de clasificar tales
noticias -léase agenda setting- y hacer
de vigilantes, para denunciar la presencia de la
corrupción y el abuso de autoridad.
Entre tanto, el
segundo nivel o cascada de los creadores de
opinión, además de influir sobre los medios,
también es permeada por éstos. Tales creadores
no constituyen más del 15% de todo el volumen de
quienes siguen de cerca los mensajes de los
medios. Pero, agrega Deutsch, esos creadores,
asumidos como líderes de opinión, son quienes
intervienen en el lapso de emisión y recepción
del mensaje de los medios.
Asunto
de intereses
La teoría
administrativa moderna ha pretendido introducir
el método gerencial de lo privado en el manejo
de lo público, al igual que una reducida
minoría ha pretendido representar a la mayoría,
llevando la vocería de la opinión pública.
Este
planteamiento se basa en el supuesto de la
eficiencia del modelo gerencial propio de las
grandes empresas del sector privado. Sin embargo,
hacer gestión pública con el método de la
gerencia privada no necesariamente conduce a la
privatización de lo público (aunque puede
hacerlo), sino a una extrapolación de dicho
método.
Partiendo del
supuesto de que el concepto de gerencia se
origina en la teoría de la administración,
basada en modelos privados, y que se ha
pretendido copiar el método sobre toda actividad
pública, en particular en la gestión de la
administración pública, entonces por qué no
pensar también que las grandes empresas no sólo
deben realizar una gestión para generar riqueza
y maximizar utilidades, además de generar
empleo, pagar impuestos, bonos de guerra y
ejecutar acciones filantrópicas, sino que
también deben ejercer acciones sobre la
sociedad.
En efecto, y por
aquella verdad de que el gobierno se privatizó,
y que la representación de lo público es propia
de elites de poder, entonces cabe afirmar, al
igual que en los planteamientos anteriores sobre
el fenómeno de la opinión pública, que las
principales decisiones políticas, económicas y
sociales son adoptadas por pequeñas minorías.
Los grupos de interés (léase elites en el buen
sentido de la palabra) se convierten en el
núcleo de decisión de múltiples esferas: en
los partidos políticos, en el gobierno, en las
juntas directivas, en las industrias, en los
sindicatos, en los medios masivos de
comunicación, en las cooperativas, en las
organizaciones de base, en las comunidades. Entre
tanto, los hombres comunes, el citadino y el
campesino, el trabajador y desempleado, seguimos
cumpliendo un papel pasivo, cediendo en una
representación política el manejo de lo
público y, algunas veces, aspirando a acceder al
lugar que ocupan estas elites políticas en la
democracia.
El papel del
gobierno, originalmente circunscrito a ser la
única institución organizada y poseedora de
suficiente poder de decisión en las democracias,
ha sido desplazado por grupos de poder,
legítimos e ilegítimos, oficiales y no
oficiales, cuyas decisiones rivalizan y
contradicen, en poder y alcance, con aquellas
propias del Estado. Las organizaciones privadas,
agrupadas en centros gremiales de poder, con
actividades semipúblicas en algunos casos (Andi,
Fenalco, Comité de Cafeteros, Cámaras de
Comercio, Acopi, Asoflores, entre otros) han
dejado de ser fenómenos exclusivamente privados,
pues su influencia directa y decisiva en la vida
social, económica y política del país es
indiscutible.
En términos
contundentes, debemos reconocer el gran carácter
político y la gran capacidad de poder que tienen
los grupos y centros privados. El investigador
Arthur Okun, en su libro Equality and
efficiency the big trade off, publicado por
Brookings Institution, muestra cómo los grupos
de mayores ingresos y poder económico pueden
utilizar y producir efectos favorables a sus
intereses, así como pueden producir algunas
iniquidades en la ejecución de las leyes o en
las decisiones públicas. Por ejemplo, los grupos
dominantes influyen con mayor facilidad sobre las
decisiones públicas, dado que pueden invertir en
campañas publicitarias de gran influencia
masiva, y pueden realizar encuestas y sondeos de
opinión, contratar abogados y tributaristas que
les ayuden a minimizar el pago de los impuestos o
a evadirlos.
En este sentido,
el análisis sobre lo público y lo privado y su
relación con la opinión pública podría
llevarnos a determinar que:
- No todos
los sectores sociales están
representados en la toma de decisiones;
- Existe
desigualdad en la capacidad de
representación de los distintos grupos e
intereses;
- Los temas
incluidos en la agenda de las decisiones
y en la agenda sobre los asuntos
públicos -léase agenda setting-
son aquellos que le convienen a los
intereses de aquellos que ostenten la
mejor representación;
- Los pasos
que anteceden a la decisión definitiva
se caracterizan por no desligarse de
aquellos que se originan en los centros
de poder económico, y
- Los
resultados en las decisiones tienden a
favorecer a aquellos que ejercen mayor
presión para la toma de la decisión.
En nuestra
democracia representativa se torna evidente que
las decisiones que favorecen a la mayoría y que
perjudican a unos pocos en forma notoria, tienden
a estancarse en el debate público. La razón
obedece a que la mayoría no sabe o no tiene la
cultura política suficiente para defender sus
intereses o no están definidamente organizados,
como sí lo hacen los grupos o centros privados
de poder. De otro lado, las decisiones que
perjudican a la mayoría y benefician a una
minoría se ejecutan en la práctica siempre y
cuando el poder de esa minoría sea considerable.
Por ejemplo, en Colombia ha hecho carrera que el
sector privado, sobre todo el
empresarial-industrial, apele a la famosa figura
de la socialización de pérdidas
cuando su gestión no es exitosa. En estos casos,
los empresarios, a través de sus diferentes
gremios, recurren al Estado en momentos de
dificultades y crisis y presionan a los
funcionarios públicos y a la opinión pública
para conseguir recursos del gobierno por
intermedio de subsidios o exoneración de
impuestos, rebajas arancelarias o prebendas.
En otras
palabras, las decisiones económicas, sociales,
políticas y culturales tienen un alto costo
colectivo y representativos beneficios privados
para una hábil minoría.
Si asumimos el
concepto original de opinión pública como
propio de los asuntos políticos y que éstos
comprenden una diversidad de actividades que
influyen en las decisiones que afectan a la
mayoría, entonces podemos afirmar que las elites
políticas comprenden a aquellos individuos o
instituciones que poseen la capacidad de gozar de
poder y autoridad para tomar decisiones de
impacto social. Luego, lo importante no es
determinar el carácter público o privado que
ocupe quien toma la decisión, sino que sus
decisiones tengan relación con las expectativas
comunes y que su nivel de influencia determine un
cambio significativo en la sociedad.
El
interés común no posee un contenido previamente
fijado y definido con precisión. Es la actividad
política, el reconocimiento de los problemas
sociales, el consenso sobre unos presupuestos, lo
que va determinando el contenido del interés
común.13
Entre tanto, el
concepto de elite política es más amplio que
aquel que lo involucra exclusivamente con
instancias de gobierno. Así, el mito de que la
gran empresa es neutral y que sus decisiones
están exentas de política, es decir, de
interés público, deberá desmontarse e igual
deberá suceder con el mito de que la opinión
pública es objetiva y que se ocupa de asuntos de
interés colectivo.
Propiciar la
existencia de tales mitos, no es otra cosa que
seguir promoviendo la existencia del poder
detrás del trono, es decir, del gobierno
Invisible, pues los gerentes y los líderes
o creadores de opinión seguirán actuando de
acuerdo con el criterio falso de la neutralidad y
de representar la vocería de la mayoría.
De otro lado, la
clase política, que ostenta el Poder Legislativo
colombiano, ejerce el poder no sólo a través de
las formas tradicionales de la ley o de los
distintos hechos propios de la administración
pública dentro de las normas que rigen el Estado
de Derecho, sino que también ejerce poder como
delegada de los grandes grupos económicos de
poder, de los cuales esa clase política extrae
los medios para acceder a dicha clase y
permanecer, mediante el mecanismo de las
elecciones.
Si la
privatización de las decisiones del Estado
continúa, al igual que se siga manipulando la
opinión pública desde las elites de poder, el
discurso estará altamente limitado, carente de
posibilidades reales para modernizar lo público
y la opinión pública. La extrapolación del
método privado sólo será una frustración
más, además de una sofisticada forma de
colonización de los bienes públicos y la
minimización del interés general y colectivo en
beneficio de unos pocos.
_____
Notas:
1 Paidós. 1994. Página 87 PRICE,
Vincent. La opinión pública: esfera
pública y comunicación. Barcelona.
Editorial.
2 Frase con la que se inicia la
redacción de los textos constitucionales en las
nuevas repúblicas y estados soberanos.
3 HANS, Speier. Desarrollo
Histórico de la opinión pública.
Editorial Roble. 1969. Página 56.
4 HABERMAS, Jürgen. Historia y
Crítica de la opinión pública. Ediciones
Gustavo Gili. Barcelona. 1981. Página 67.
5 DUBY, Georges y ARIES, Philippe.
Historia de la vida privada.
Ediciones Taurus. 1992. Página 42.
6 BARROW, Slavery. The
Romans Empire. Página 194.
7 Arendt, Hannah. La Condición
Humana. Ediciones Paidós. 1993. Página
123.
8 Ibid. Página 156.
9 San Agustín. De Civitate
Dei. Página 221.
10 ESPINAL CASTRILLÓN, José.
Calidad en el servicio público: la
comunidad razón de ser del Estado.
Documento. Página 23.
11 Ibid. Página 24.
12 ALBERONI; Francesco. La Nueva
Edad Media. Ediciones Paidós. Barcelona.
Buenos Aires México. 1992. Página 118.
13 CAMPS, Victoria. El
malestar de la vida pública. Editorial
Grijalbo. Barcelona. Página 97.
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* Luis
Horacio Botero Montoya
es docente de tiempo completo en la
Universidad de Medellín. Esta es suprimera
colaboración para Sala de Prensa.
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