Control de
la información y democracia
Dante
Caputo *
Ante
todo, mi reconocimiento a Radio Nederland por
esta invitación, y por la idea de promover este
necesario debate; muy particularmente a José
Zepeda, director del Departamento para América
Latina de Radio Nederland que tan éticamente ha
podido montar esta discusión. Una discusión muy
rara en América Latina; una discusión no
habitual entre nosotros: discutir el problema de
la prensa, la democracia, el problema de la
libertad de prensa, su impacto su impacto sobre
el proceso democrático.
Le ofrezco a
todos ustedes disculpas por no poder
acompañarlos: habría sido más grande el placer
si pudiera estar en la Ciudad de México hoy,
pero ustedes saben que los hombres proponen y los
virus disponen; así que, desgraciadamente no...
fue un proceso diagnóstico muy prolongado, que
me tuvo aquí en Buenos Aires, y la
desautorización médica terminante de abandonar
mi casa. Lo cual me permite estar en esta cosa de
la tecnología: de hablarles desde mi escritorio,
desde mi estudio, sobre un tema que creo nos
interesa a todos. Y espero que podamos entablar
un diálogo sobre estas cuestiones, a pesar de la
distancia y las dificultades técnicas. Bueno,
muchas gracias, entonces, y felicitaciones por la
iniciativa.
Voy a dividir
esta exposición de algunos minutos, no quiero
hacerla muy larga, en cuatro o cinco capítulos
básicamente.
El primer
capítulo es ¿cómo llegamos a discutir, y por
qué me propusieron discutir a mí -que no soy
especialista en los temas de libertad de prensa y
en los temas de comunicaciones- con ustedes?
Luego, quiero
introducir lo que a mi juicio es la singularidad
de este problema, que lo convierte en uno de los
temas más especiales, más difíciles y
dilemáticos de encarar sobre la discusión
democrática.
Y después, en
la segunda parte de mi exposición, trataré de
introducir algunas claves. Me permito advertirles
desde el inicio que este no es un dictado de
soluciones: es un borrador de diagnóstico, pero
sobre todo lo que intenta ser es un llamado a la
discusión, una necesidad de no ocultar uno de
los temas donde probablemente se juegue en gran
medida, por lo menos en mi continente, nuestro
continente latinoamericano, el futuro de la
democracia. Y es esta relación entre libertad de
prensa, control de la información, Estado y
democracia. Este tema ha sido sistemáticamente
un tema tabú, como dicen en mi tierra: "de
eso no se habla."
Me parece que
éste es parte, por lo que vamos a ver a
continuación, de los enlaces prohibidos en
América Latina; entonces si yo tuviera que
elegir un objetivo en mi intervención, yo diría
que es éste: correr los velos de los tabúes; es
decir: el rey está desnudo. Y no tanto encontrar
el camino de la solución sino plantear el
problema. Ustedes ya saben que la primera
condición para resolver una ecuación es poder
plantearla lo más correctamente
entonces
voy a empezar con el punta, voy a empezar por
cómo me llamó Zepeda para hablar con ustedes.
Recién en la presentación que se hacia de mi
actividad profesional, se dijo que yo dirigí
durante cuatro años lo que comenzó siendo
informe sobre el estado de la democracia en
América Latina. Es la primera vez que los
latinoamericanos encaramos un análisis crítico
de cómo está nuestra democracia, esta
democracia que tanto y a tantos nos costó, y que
ha implicado un saldo maravilloso de libertad,
pero que contiene déficit y carencias
considerables. ¿Cuales son los déficit?,
¿dónde están los talones de Aquiles?, ¿cómo
se siente la sociedad latinoamericana respecto al
régimen democrático? Fue parte de mi
investigación con el objeto práctico -porque no
solamente esta es una tarea de diagnostico- de
identificar las carencias, poder proponer una
agenda del debate latinoamericano. Bien, dentro
de este trabajo de equipo hubo un trabajo que
comprendió una parte teórica que no voy a
relatar ahora para no agobiarlos, pero
básicamente les digo la conclusión: El
corolario de la parte teórica fue decir: el
sujeto de la democracia no es el elector, es el
ciudadano; el sujeto de la democracia no es el
hombre que va votar, sino el hombre que va a
consumar su ciudadanía, y consumar su
ciudadanía quiere decir una cosa muy concreta:
que los derechos que nosotros somos portadores se
conviertan en realidad: mis derechos civiles, mis
derechos políticos, mis derechos sociales. La
democracia tiene la fantástica tarea de hacer
que los derechos aludidos en códigos y
constituciones sean parte de la vida cotidiana.
Entonces, la
parte teórica desarrolló la idea de que la
democracia no es sólo una democracia electoral,
como capacidad de opción, sino una democracia de
ciudadanos, es decir, hasta que los derechos sean
realidades.
Luego intentamos
mirar -y acá me voy acercando a lo que se
convirtió en la excusa de mi presentación de
hoy- cómo estaba esta democracia. Construimos
indicadores para medir los procesos y retrocesos,
etcétera. Y finalmente nos interrogamos:
"bueno pero, ¿cómo sienten los ciudadanos
latinoamericanos la democracia?, ¿cómo la
viven? Pero cómo la viven no en el sentido
abstracto, no el sentido de un académico que la
evalúa en términos muy complejos, sino cómo la
viven cotidianamente, cómo la viven como método
para mejorar sus condiciones de existencia
material y espiritual, cómo viven los que
obligamos la democracia cómo una forma de
organización social que es parte de su lucha por
el progreso, por la justicia y por la libertad,
de una lucha concreta, no su facultad lírica ni
poética. Y ahí (ya nos acercamos a la excusa)
utilizamos varios instrumentos; el más amplio
fue una encuesta de 15 mil personas. Después
utilizamos otro instrumento (y llegamos al
punto), que fue entrevistas anónimas muy
prolongadas de dos horas, dos horas y media, a
231 líderes latinoamericanos, líderes
políticos, sociales, económicos religiosos,
militares, secretariales, etcétera.
Cierto, no es
una encuesta representativa del universo de
líderes latinoamericanos, por lo tanto no
queremos sacar conclusiones estadísticas, como
si se tratara de una muestra representativa, pero
231 son muchos y 231 es importante. Es probable
que haya habido gente importante que no fue
entrevistada, pero todos los 231 que fueron
entrevistados eran importantes. Ahora llegamos,
luego de esta introducción, al punto clave: A
mí me interesaba mucho discutir con esta gente,
porque yo creo que uno de los problemas básicos
que tenemos -el corazón de los déficit
democráticos- es el problema del poder; tema
extrañamente abandonado por la ciencia política
contemporánea, o muy mal tratado, poco tratado y
aun menos con la teoría democrática.
No se puede
discutir el déficit de la democracia sin
discutir el tema del poder. La democracia es un
fenómeno humano, y en ese fenómeno humano, el
poder y la necesidad de dominación juegan un
papel putativo.
¿Y con quién
hablar del poder? ¿Solamente con los
académicos, solamente con las encuestas, con los
indicadores? No, ahí tenia que que hablar de
cómo dolía el zapato a quienes le apretaba el
zapato. Había que hablar del poder con aquellos
que habían ejercido el poder, o que de alguna
manera influían o influyen de manera permanente
en el poder, y así nos acercamos a estas 231
figuras de entre los cuales aparecen 40
presidentes y expresidentes y vicepresidentes y
exvicepresidentes y 40 hombres que ocuparon u
ocupan lugares prominentes en el ejercicio
directo del poder. Bien la pregunta central fue:
¿Quién tiene el poder en su sociedad? Usted,
presidente, ¿tiene el poder? A usted lo
eligieron para cumplir un mandato, usted
prometió hacer una cantidad de cosas, usted le
dijo a su pueblo "vamos a hacer ésto y
aquéllo", y cuando ocupó la organización
que le permitía hacer eso, a la cual llamamos
Estado, ¿sintió que contaba con los
instrumentos de poder para que su decisión
pudiese ser ejecutada o, por el contrario, se
encontró que había otros poderes que tenían
más peso que el mismo poder del Estado? El
lenguaje técnico diría que se encontró con que
la soberanía interior del Estado no era tal, es
decir, que no había plena soberanía interior
del Estado.
Bien, hicimos
muchas preguntas, pero la pregunta que tuvo el
mayor numero de acuerdos, un consenso de 80% en
todos los entrevistados, particularmente en estos
hombres que habían ejercido o ejercía los
primero cargos, fue decir que ellos no tenían el
poder. Dimensionemos lo que estoy diciendo: los
hombres que surgen de un proceso democrático
(que en la mayoría de los casos latinoamericanos
es bastante correcto), electos para que lleven un
programa, nos están diciendo: "Pues bien,
mi estimado señor, no diga en su informe cómo
me llamo, pero yo le confieso que no tengo el
poder, que no tuve el poder necesario para sacar
adelante las tareas que derivaban el contrato
electoral producto de las elecciones". A mí
me parece estremecedor: casi 80% no tenían
poder.
Segunda
cuestión: entonces, ¿quién tiene el poder?
Obtuvimos dos respuesta similares en cuanto a su
peso: Una es que el poder lo tienen las grandes
empresas y los grupos financieros, tanto
nacionales como trasnacionales. Y la otra, que
finalmente nos permite aterrizar en nuestro tema:
"Los medios de comunicación y sus
propietarios". ¿Quién tiene el poder? Las
grandes empresas y los medios de comunicación y
sus propietarios.
Y ahí yo creo
que tenemos un elemento de grave interpretación.
Lo que nosotros no hicimos -y esto fue un error-
fue preguntar ¿que hace usted con el puesto? Si
usted no tiene poder y comprueba que carece de
él, ¿qué estrategia pone en marcha para
recuperarlo?
¿Qué nos está
diciendo esta frase? Dejemos de lado si esta
frase es correcta o incorrecta, si esta
apreciación es cierta o falsa, si corresponde o
no corresponde a la realidad; me refiero a la
percepción de que el poder está en otro lado y
parte de ese otro lado son los medios de
comunicación que teóricamente en esta visión
piden al Estado ejercer el pleno poder de
transformación que deberían tener. No me
interesa, por ahora, saber si esto es cierto o no
es cierto; el dato es que esto es percibido así.
Entonces sugiero evitar una discusión acerca de
si estos señores se equivocan, si estos señores
están errados. Es probable que estén errados,
es probable que no estén errados; pero lo que es
un dato -y todo observador político lo primero
que tiene que hacer es no negar otros datos de la
realidad, por más que estos parezcan aberrantes-
es que 80% de los entrevistados veían en la
prensa, en la libertad de prensa, un instrumento
de limitación al desarrollo democrático. Y acá
les digo entonces que nos encontramos ante un
dilema mayor de la discusión sobre democracia.
Permítanme ver si se los puedo resumir en tres
palabras, tratando de ser casi matemáticamente
preciso en lo que voy a decir:
Uno de los
objetivos -si no el mayor- de la democracia es
construir la libertad, asegurar la libertad y
usar la libertad para construir la democracia.
La democracia
tiene una relación dialogal interactiva con la
libertad, la construye y la usa para construirla
más, y lo que el planteo anterior está
sugiriendo es que una de las formas más
importantes de la libertad, que es la de pensar,
la de escribir, la de decir, la de opinar, y que
se expresa a partir de los medios masivos de
comunicación, puede ser contradictoria con el
cumplimiento de uno de los objetivos de la
democracia, que consiste en que un gobierno que
fue sometido a la compulsa colectiva, pueda
ejecutar el mandato electoral que le encargó la
mayoría del pueblo, porque la prensa actuaría
generando presión, convirtiéndose en poder
factual, que distorsiona la voluntad del Estado.
Esto es de una complejidad enorme, decir que la
libertad afecta a la libertad y a la democracia
puede meternos en un lío mayor. Espero que la
expresión del dilema haya sido lo
suficientemente clara: yo no estoy tomando ahora
parte de este debate, estoy poniendo los
términos del debate en la pizarra. Esta es la
ecuación que tenemos que resolver, y permítanme
agregar dos o tres ideas más.
Con la
democracia podemos hacer muchas cosas, pero una
de las cosas que no podemos hacer es negarle su
ventaja comparativa. ¿Cuál es la ventaja de
comparativa de democracia? Su capacidad para
discutir sus errores, a diferencia de las
autocracias que insisten en los errores; la
democracia, como tiene libertad, puede discutir
los detalles, y como puede discutir los detalles
puede mejorar. La democracia no tiene recetas
perfectas, tiene ensayo y error, ensayo y error,
ensayo y error; y ese ejercicio de ensayo y
error se da mediante la rectificación que se
produce por el ejercicio de la libertad, y el
ejercicio de la libertad se da en torno al debate
de temas que son los temas complejos. Por lo
tanto, negar la discusión sobre la tensión
entre libertad de prensa y democracia, aunque
pueda dolernos, aunque pueda molestarnos, aunque
pueda parecernos peligrosa, es algo que no
podemos hacer. Yo acepto cualquier argumento en
términos de licitación de libertades, pero no
puedo aceptar la tesis de renunciar al dato; es
como un médico que renuncia a ver a un enfermo,
por más que el espectáculo del enfermo sea él
mismo. Hay que mirar, hay que mirar, hay que ver
aún cuando podamos ser tiroteados, porque
muchísima gente ha luchado por tener libertad. Y
que ahora que tiene libertad, vea a la prensa
como un instrumento que manipula información,
que limita la libertad, es un tema
desagradabilísimo. Todos estamos de acuerdo en
esto. Pero mi pedido -modesta contribución al
aire de este debate de Radio Nederland- es
aceptar el hecho de que el rey que está desnudo
y enfrentar esta discusión. Ahora muy
brevemente, las pistas.
Primera pista:
la libertad de prensa es esencial, porque la
democracia es opción. La democracia es un
procedimiento para elegir, que tiene como fin
transformar a los individuos en ciudadanos, hacer
que su derecho sea un derecho real, un derecho
concreto.
En este
procesoaparece la agenda publica. ¿Cómo se
construye la agenda pública? La agenda pública
contiene elementos que son realmente urgentes,
pero la agenda publica tapa algunos y pone a
otros secundarios delante. ¿Quién conduce la
agenda política? ¿Quién conduce la agenda para
nuestros los políticos? Por ejemplo, en la
mayoría de nuestros países, el tema fiscal
está multado, y es uno de los temas centrales.
Bueno, en gran medida la prensa es co-creadora de
esa agenda, pero los políticos también somos
co-creadores de la agenda, y muchas veces los
políticos no se animan a tocar algunos temas
porque temen las reacciones o de la prensa o de
los mercados.
Por lo pronto,
primer punto: Democracia es opción, opción en
torno a agenda. Pregunta: ¿quién crea la
agenda? Pregunta: ¿la agenda que se crea en
América Latina contiene los temas serios? Yo les
puedo asegurar que en muchos de países sus
problemas más graves están escondidos e
ignorados por algún motivo.
Segunda
cuestión: A alguien se le puede ocurrir la
terrible idea de que, puesto que la prensa puede
distorsionar la agenda pública, puesto que la
prensa tiene capacidad para armar campaña en
contra de un ministro o de un presidente... hay
que eliminar, hay que controlar la capacidad de
prensa, hay que controlar la libertad de la
prensa. Lo digo sin ningún cuidado: quien dice
eso es un antidemócrata.
El peligro no
está en la puerta de la prensa, el peligro está
en la debilidad de la democracia; el peligro no
está en la puerta de los medios de
comunicación, sino en la incapacidad de partidos
políticos y del Estado para tener más fuerza
para impulsar sus propuestas. Cualquier
limitación a la libertad de prensa es
exactamente encarar la solución al revés. El
problema es la debilidad del Estado, no la
fortaleza de la prensa.
El problema no
está en la fuerza del otro, el problema está en
la debilidad propia; el problema no está en la
puerta excesiva de la democracia, en la puerta
excesiva de los medios de prensa, sino en la
debilidad de los instrumentos políticos de la
democracia, empezando por los partidos que muchas
veces son los primeros en conversar con los
periodistas para tener una nota favorable. Y
estos son los primeros en intercambiar noticias
contra todo, lo conocemos todos; yo vengo de
treinta años de militancia política y no creo
que la militancia política en Argentina sea muy
diferente a la militancia política de México.
El problema es
de una enorme complejidad porque plantea nada
menos que la libertad limitando la libertad de
prensa como algo que puede ir en contra de la
democracia.
En conclusión:
por favor, no neguemos el problema, pongámoslo
en la pizarra.
Gracias a Radio
Nederland, gracias a todos los que prefieren
mirar el cuerpo enfermo a ignorar la enfermedad
para resolver el problema. Miremos este tema que
parece soluble, lo vamos a resolver entre todos.
Tercero: me
niego sistemática y absolutamente a que, para
resolver el problema de los excesos de "la
libertad de prensa", a alguien se le ocurra
limitar la libertad de prensa. El problema,
insisto, está en la debilidad de la democracia
-eso sin discusión- y no en la fortaleza de los
otros.
Y finalmente:
estamos pagando el costo de los desequilibrios en
América Latina. Nosotros tuvimos Estados
omnipresentes y Estados pesadísimos en América
Latina, y hubo reformas del Estado que fueron
importantes y necesarias, pero fueron reformas
hechas sólo desde el punto de vista
presupuestal, del punto de vista del capital. Se
dio en el Estado sólo una organización que
recaudaba dinero y gastaba dinero, y se olvidó
que el Estado es el principal punto de democracia
junto por la sociedad.
Y mi último
mensaje: la trascendental constancia del sistema
legal que hace que las corrupciones tengan el
poder necesario para producirlo, ese
contra-balance entre el poder de unos y el poder
de otros. Si la ley no tiene capacidad real de
aplicación (y sólo la tiene si hay en el Estado
capacidad real de aplicación), la democracia
está fallando.
Y hay una frase
-termino con esto- de Lacordere, un sacerdote
dominico, miembro de la academia francesa en el
siglo XIX, un hombre muy singular que reintrodujo
la orden de lo dominicos en Francia; un liberal
-hermosamente liberal- que dijo un frase que nos
puede estremecer a todos. Él dijo: "La
libertad oprime y la ley impera porque en la
relación entre el poderoso y el débil, llevados
al libre juego de las relaciones de fuerza, el
que es fuerte gana".
La única manera
de que el débil esté custodiado es cuando la
ley puede cumplirse.
Y en América
Latina no sólo tenemos pobreza de recursos
materiales; tenemos pobrezas bulímicas porque
tenemos Estados que no son de libertad, Estados
que no le dan a la ley la capacidad para que
libere a los menos fuertes. Entonces, abandonemos
las ideas locas y suicidas de limitar la libertad
de prensa; veamos el problema en la debilidad de
las instituciones y no en la fortaleza de los
hombres. Y, por favor, enfrentémosla; miremos el
cuerpo enfermo. El espectáculo no es grato, pero
es el único método; todos los galenos del mundo
estarán de acuerdo, es el único método para
llegar al diagnóstico.
* Dante
Caputo es
licenciado en Ciencias Políticas por la
Universidad del Salvador, Buenos Aires, y doctor
en Sociología por la Universidad de París. Fue
asesor político de Raúl Alfonsín durante su
presidencia y Ministro de Relaciones Exteriores y
Culto de la Argentina hasta 1989, año en que fue
elegido diputado nacional. En 1988 fue electo
presidente de la 43° Asamblea General de las
Naciones Unidas. Es miembro del Consejo de
Presidencia de la Asamblea Permanente por los
Derechos Humanos. Actualmente, Caputo es director
del Programa de Desarrollo Democrático en
América Latina (PRODDAL), una iniciativa
impulsada por el Programa de Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD). Esta es su ponencia en el III Encuentro
Internacional de la Radio,
celebrado en la Ciudad de México del 4 al 6 de
mayo del 2005, organizado por Radio Nederland y la Red Nacional de Radiodifusoras y
Televisoras Educativas y Culturales, de México. © Radio Nederland
Wereldomroep, all rights reserved.
(N. de la R. Caputo improvisó su participación,
por lo que ha sido editada por SdP para facilitar su lectura.)
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