El
espejismo de la democratización
Sergio
Ramírez *
La transformación
tecnológica hace correr el tiempo tan de
prisa, que ya nada puede asombrarnos. Un
escritor futurista tan aventurado como George
Orwell, que al final de los años cuarenta
del siglo pasado consideraba el año 1984 una
fecha demasiado lejana, nos parece hoy
envejecido en sus fantasías como los discos
de larga duración que resultan hoy piezas de
museo, lo mismo que los viejos teléfonos.
En una
película de Spielberg, Minority Report
(Sentencia Previa), basada en el cuento futurista
de Philip K. Dick, el año de los prodigios es el
de 2054. Para entonces, "la tecnología
podrá ver a través de las paredes, de los
techos. Podrá penetrar en el santuario de
nuestras familias", afirma el mismo
Spielberg. No olvidemos entretanto que el
inolvidable personaje de El diablo
cojuelo de Luis Vélez de Guevara, en 1641,
tenía el poder de levantar los techos de las
casas de Madrid a la medianoche para ver qué es
lo que estaba ocurriendo dentro de ellas. Desde
su atalaya en la torre de San Salvador, el
cojuelo le dice al estudiante don Cleofás:
"Advierte que quiero empezar a enseñarte
distintamente, en este teatro donde tantas
figuras representan, las más notables, en cuya
variedad está su hermosura
".
La novela 1984
de Orwell, en lugar de un diablo travieso capaz
de levantar los techos, pintó en colores más
sombríos la amenaza universal de un gran ojo
vigilante, el ojo del Big Brother capaz de
mantenerse abierto sin parpadear nunca para
espiarnos. Es lo mismo que hace en sus dominios
el dueño de la fábrica en Tiempos
Modernos de Chaplin: vigilar a los asustados
obreros cuando van al baño, desde una inmensa
pantalla.
De acuerdo a las
conclusiones de un equipo de especialista del
Instituto Tecnológico de Massachussets, que
Spielberg reunió para oír su consejo antes de
la filmación de Minority Report, la privacidad,
tal como hoy la entendemos, habrá desaparecido,
pues, gracias a la tecnología, El diablo
cojuelo podrá levantar todos los techos, y
el gran ojo podrá penetrar todos los resquicios.
Pero hay algo
más en esa película por lo que quiero regresar
al tema de la desaparición de los periódicos.
En una de sus escenas, lo que los pasajeros leen
en el metro, o en el autobús, son periódicos
electrónicos compuestos de hojas de material
flexible del tamaño de un tabloide, donde las
noticias, ilustradas con videos más que con
fotografías, cambian a medida que se producen.
El lector tiene entonces siempre en sus manos un
periódico que no envejece nunca.
El último
periódico impreso se ha dejado de publicar en
alguna parte del mundo hace ya tiempo. El viejo
papel ha desaparecido, su tersa textura, el ruido
familiar que produce cuando pasamos sus páginas,
lo mismo que el olor de la tinta. La imagen de un
ejemplar descuadernado que arrastra el viento por
una calle solitaria. La página del periódico de
ayer en que el carnicero envuelve el pedazo de
hígado que Leopoldo Bloom, el héroe de la
novela Ulises de Joyce, compra para
desayunar.
Tu amor
es un periódico de ayer
que nadie más procura ya leer,
sensacional cuando salió en la madrugada
y a mediodía ya noticia confirmada
y en la tarde materia olvidada
dice la canción de Héctor Laboe.
Si ya no
leeremos los periódicos de papel, debemos
entonces advertir que se trata también de un
cambio en los conceptos filosóficos que tiene
que ver con la materia misma, que se gasta,
envejece y desaparece, o se recicla, y con el
sentido que tiene la palabra copia, nuestra copia
del diario se tratará de un periódico que
podrá apagarse, y lo que tendremos en la mano
será un receptor flexible conectado de manera
inalámbrica a un gran cerebro distante.
Pertenezco a la
generación de la mitad del siglo XX, y creo que
como ninguna otra esa generación pudo atestiguar
cambios centelleantes y diversos, muchos de ellos
simultáneos, creados por la aceleración de la
tecnología. De niño conocí el telégrafo en
clave Morse, el teléfono de magneto con manivela
y el radio de tubos con antena aérea, y los
periódicos de provincia se componían todavía
con tipos móviles escogidos a gran velocidad por
las cajistas en los chibaletes, y se imprimían
en prensas manuales de rueda con manubrio, como
esas de los grabados de las novelas de Balzac.
Y en las
décadas siguientes, he ido pasando de la
máquina de escribir eléctrica a la computadora,
de la humilde Kodak Instamatic a la cámara
digital, del avión de hélice al avión de
reacción, de las cartas aéreas a los mensajes
por correo electrónico. ¿Por qué habría de
extrañarme entonces que en unas pocas décadas
más los periódicos sean de cuarzo flexible, o
de una materia parecida, y las noticias cambien
frente a nuestros ojos?
Todo esto podrá
parecer banal, pero deberíamos recordar que en
el siglo XIX un solo invento, o quizás dos a lo
sumo, marcaban a toda una generación. En la
espléndida novela Orlando de Virginia
Wolf, el ferrocarril que atraviesa con ímpetu
trepidante las praderas de Inglaterra es el
invento crucial, como para la generación
anterior lo había sido la máquina de vapor, y
para la siguiente lo seria el cable submarino.
Una edición
dominical del New York Times consume en
papel el equivalente a doscientas hectáreas de
bosque, pese al nacimiento de la industria del
papel reciclado libre de ácidos, por lo que
quizás la inminente desaparición de los medios
de comunicación impresos ayudará en algo
a restablecer el equilibrio de la biosfera,
en riesgo tan grave. Algo se gana.
Pero la
revolución tecnológica que hoy aparece apenas
en su infancia asombrará dentro de pocos lustros
por lo primitivo de sus instrumentos, como no
ocurre hoy con las películas mudas en las que es
posible advertir cómo se mueven los telones de
los escenarios ante un soplo de aire, o con las
venerables máquinas de teletipo que traqueteaban
día y noche en las redacciones dejando
serpentear en el suelo las tiras con los
despachos cablegráficos.
Pero frente a
esta perspectiva, lo más inquietante no es la
materia de que estarán hecha los periódicos, ni
la forma en que las noticias llegarán a
nosotros, sino cómo estará definido en
términos éticos y de sustancia el universo de
la información. Desde luego que cualquiera que
sea el mundo en que vivamos, siempre dependeremos
de la necesidad de saber lo que ocurre. Nadie ha
previsto, por el momento, un mundo de seres
solitarios, que no tengan que comunicarse entre
sí.
Hoy, en algún
lugar de una aldea global, deberíamos hablar
más bien de una red de aldeas interconectadas de
manera instantánea y simultánea por los
satélites que proveen todas las formas posibles
de comunicación, para informarse, recrearse y
divertirse, comprar y vender, realizar
transacciones financieras, pagar las cuentas
domésticas, leer novelas, escuchar música, ver
cine, apostar, aprender. Esta posibilidad
crea ghettos culturales cuyas comunidades
selectas son capaces de identificarse entre sí,
sin mediar distancias, por el hecho de compartir
posibilidades tecnológicas, y los valores y
formas de cultura que de allí se derivan,
no importa que alguien viva en Singapur, en San
Juan, en la Ciudad de México, o en Nueva York.
Y de acuerdo con
la conclusión de Robert Kaplan, estos ghettos,
al organizarse como vecindarios aislados, con
pares lejanos en otras partes del mundo, van
distanciándose, colocados tras murallas y
sistemas de vigilancia, de quienes en los mismos
países no tienen acceso a la tecnología, ni a
las condiciones de información y bienestar que
deparan tanto la riqueza como la tecnología. La
integración depara la segregación.
Y la calidad de
la información comienza ya a cambiar de
naturaleza dentro y fuera de los ghettos, porque
introduce factores que dependen de la revolución
tecnológica, tales como la velocidad, la
simultaneidad, la saturación, y la
provisionalidad.
Hoy en día los
acontecimientos entran en los hogares al mismo
tiempo en que se producen, a través de las
cadenas de televisión, de la radio y de los
portales de Internet, y es posible, como nunca
antes, conocer la misma noticia en todas partes
del globo al mismo tiempo, para gente de la misma
o distintas culturas. Esto supondría una
democratización global de las posibilidades de
informarse; pero semejante democratización se
convierte en un espejismo repetido si nos
atenemos a los contenidos reales de las
informaciones, cuya sustancia tiende a
deteriorarse.
Por otro lado,
un acontecimiento en Karachi se conoce en Managua
de manera mucho más veloz que otro producido en
Bluefields, en la costa del caribe de Nicaragua,
por ejemplo, donde no existe la posibilidad de
enlazar una señal digital con los satélites.
Este dato nos mostraría que la velocidad y la
simultaneidad tienen, en muchas ocasiones, poco
que ver con los escenarios nacionales de los
países más pobres, que siguen fragmentados como
consecuencia del atraso.
De esta manera,
el atraso continúa teniendo que ver con el
pasado, y atraso y pasado vienen a ser dos
conceptos en estrecha unión, hoy más que nunca.
En la medida que la tecnología de las
comunicaciones está de por medio, el concepto de
pasado se evapora, y al mismo tiempo se acelera.
Un hecho que es conocido de manera simultánea al
momento de producirse, deja atrás el sentido
tradicional de "hecho pasado". Durante
la época colonial, las noticias de que un rey
había muerto en España, o había enloquecido,
llegaban a América cuando todavía se celebraban
las fiesta de su coronación. Ése es el sentido
de pasado que hoy no existe.
Pero al mismo
tiempo, precisamente por la simultaneidad entre
hecho y noticia, gracias a la velocidad, los
hechos, y al mismo tiempo las noticias, tienden a
envejecer rápidamente, en la medida en que otros
acontecimientos nuevos, también simultáneos a
la noticia, vienen a archivarlos, alejándolos de
la actualidad, que es el presente. Y el presente
se convierte en una materia precaria, y
provisional, que deja muy poco espacio para la
reflexión histórica o filosófica.
Ya sabemos que
los hechos muy señalados, y de gran dramatismo,
se presentan bajo un formato de saturación, día
tras día, y ese formato es el mismo de las
colosales superproducciones de cine, con
fanfarrias y títulos de Hollywood como la
"Tormenta del Desierto", "La
princesa que quería vivir", o "Estados
Unidos bajo ataque". Pero eso no aleja a la
noticia de la provisionalidad, ni de su rápido
proceso de envejecimiento. Y la provisionalidad
viene a significar la superficialidad. La
información es más volátil que nunca, y no
está diseñada para quedarse en las mentes, sino
para desaparecer y ser olvidada.
Los sucesos que
son vistos como superproducciones se olvidan de
la misma manera que una película espectacular
que no es capaz de afectar la historia, y por
tanto, tampoco mi propia historia, ni la de mi
entorno personal. De alguna manera, la
información pasa a tener una sustancia ficticia,
porque ocurre en un espacio que, aunque real, no
es tangible.
También está
de por medio la extensión del uso del periodismo
electrónico como factor de homogeneización de
la información, que responde cada vez más a
parámetros uniformes y previsibles, y que tienen
que ver siempre con la velocidad y la
simultaneidad. El periodismo informativo tiende a
presentar notas cada vez más breves y múltiples
en la televisión y en los portales de Internet,
hasta cuatro cintillos a la vez en la pantalla,
además de la noticia que lee el presentador.
Mientras tanto, aun en Estados Unidos y en
Europa, los programas analíticos tienden a
perder espacio, a menos que se trate de los que
conducen las viejas estrellas de los talk-shows,
que cada vez se banalizan más.
También es
probable que muy pronto pueda hablarse de un
periodismo "robotizado", en lo que se
refiere a los despachos uniformes de las agencias
mundiales de prensa, bajo un formato que
dependerá cada vez más de previsiones
electrónicas, y aún de selecciones de lenguaje.
Los escuetos despachos de prensa dependen de un
número limitado de palabras, entre más simples
mejor, porque se parte del principio de no crear
complicaciones a los consumidores; y ésta es una
tarea que estará en las capacidades de un
programa debidamente alimentado, como hay ya
programas capaces de preparar un reporte
burocrático, o manejar el formato de una prueba
académica.
El reto para el
periodismo creativo y analítico se vuelve así
más serio, y debe saber abrirse paso hacia la
masa seducida por la información prefabricada,
el "fast food" informativo. Será
necesario pelear el espacio de los reportajes,
las crónicas y las entrevistas que sean capaces
de desafiar el gris de las reglas de
"economía intelectual" y
"lenguaje limitado". Uno de los
principios que rige el fenómeno de la
globalización informativa es aquel mismo que
animó al liberalismo económico a inicios del
siglo XIX, y que sirvió para crear toda una
filosofía social: "cada individuo cuida su
parte, y el todo se cuida solo".
Cada vez más la
televisión de señal abierta dependerá de los
programas enlatados, y la televisión por cable
se irá por el rumbo de las especializaciones. Y
el fenómeno de la canalización, seguirá
alcanzando no sólo los programas de
entretenimiento, como en el caso del "Big
Brother", que es, por aparte, un fenómeno
que tiene que ver con los radicales cambios de
concepto del nuevo milenio en cuanto a la
privacidad; sino que afectará también la forma
y el contenido en la presentación de las
noticias, que tendrá un carácter cada vez más
efímero. Noticias para olvidarse de inmediato,
sin poder analítico, ni crítico. Esta
dispersión hará que la memoria de la historia
que marca el acontecer cotidiano corra el riesgo
de disolverse sin remedio.
La
desnacionalización creciente de los medios de
comunicación es otro asunto clave. El Internet y
la televisión, y la radio por Internet, bajan de
los satélites y entran en los hogares sin
intermediarios nacionales, lo que significa una
revisión de los viejos conceptos de soberanía
cultural, y aun de política. En la prensa local
escrita abundan también ahora los cuadernillos
que reproducen las ediciones de Time o Wall
Street Journal, para consumo doméstico,
traducidos al español, con lo que se trata
también de un periodismo enlatado, como no pocas
veces ocurre en la radio.
La falta de
intermediación significa, antes que nada, un
paso directo al gris homogéneo. Las formas y
estilos de consumo que se ofrecen, las películas
clase B, los conciertos de música pop y los
clips musicales y aún el acento y los giros
anglospanish con que los presentadores transmiten
las noticias y conducen los talk-shows y los
programas de concursos de los centros generadores
de las cadenas en Estados Unidos, pasan a
consagrarse como arquetípicos de un nuevo
lenguaje degradado.
No quiero oponer
a estos raseros un concepto de aislamiento
provinciano, que es de por sí, y por
contraparte, empobrecedor en términos
culturales. Pero lo que tenemos de frente no es
un fenómeno de multiplicación y enriquecimiento
basado en la universalidad de la cultura. Es el
resultado de una política de marketing que parte
de la filosofía de la ganancia, subordina la
cultura y elimina cualquier aspiración de
diversidad. Una nueva especie de revolución
cultural a la China, donde la aspiración del
Estado era la uniformidad gris en la forma de
vestir de todos los ciudadanos. Ahora es el
mercado global el que quiere que comamos
exactamente lo mismo, y nos vistamos de igual
manera, y veamos y oigamos todo de igual manera.
Quizás sería
bueno advertir algo obvio. Y es que cuando
hablamos de parámetros globales de cultura, en
relación con su poder homogeneizador, estos
parámetros no son el resultado de una mezcla
previa que luego produce una síntesis, sino del
atractivo imperio de los estilos y gustos
culturales que provienen de Estados Unidos, como
centro de irradiación cultural. Se trata de una
fascinación global por lo "americano",
que ha sido el resultado de un largo proceso de
acumulación, al menos desde la segunda guerra
mundial en Europa, y desde mucho antes en
América Latina. Y todo lo que pretende ser
globalizado, en términos de consumo, tiene que
pasar primero por el filtro de lo
"americano", así como para la élite
de la sociedad rusa del siglo XIX este filtro era
lo francés.
La
globalización digital es un fenómeno del avance
de la civilización, y que seguirá progresando
con independencia de los usos que reciba desde
los centros de poder. Alguien podría alegar que
poder y revolución digital son asuntos
consustanciales, y por tanto indisolubles, pero
me parece que sería simplificar demasiado el
asunto.
En esta parte
del mundo en que nos toca vivir, nosotros
tenemos, además de los retos globales, nuestros
propios retos en el campo informativo. El primero
de ellos, afirmar un periodismo creativo y
analítico, sustento esencial de la democracia,
que debe abrirse paso hacia la masa seducida por
la información prefabricada, el "fast
food" informativo, para pelear el espacio de
los reportajes, las crónicas y las entrevistas
que desafían el gris de la globalización, y
pueden ayudar a desentrañar las anormalidades
sociales y políticas de nuestros países.
La historia
pública, lo que yo llamo la Historia con
mayúscula, se vuelve singular entre nosotros por
su anormalidad, y teñida de esa anormalidad
entra por naturaleza en las aguas del periodismo,
pero entra también en las de la narración
literaria. Paradójicamente, la Historia pública
es atractiva para quienes la narran por anormal,
y por sorpresiva y sorprendente, lo que implica
al mismo tiempo que no existe un reposo
equilibrado de las instituciones, ni el dominio
superior de las leyes, ni el funcionamiento
neutral de la justicia, y que nuestras sociedades
siguen siendo perseguidas por los fantasmas sin
quietud del caudillismo autoritario que desafía
desde su tumba abierta a la democracia.
Si la Historia
pública nos asalta con dramatismo desde las
páginas de las novelas, y del periodismo, es
porque la sociedad se sitúa en determinados
momentos frente a fenómenos y luchas de poder
que son capaces de arrastrar a las personas,
quiéranlo éstas o no, bajo la sombra de la
guerra o de la represión, disolver familias,
crear viudas y huérfanos, fusilamientos,
prisiones, desapariciones, exilios; y lo mismo
puede decirse de terremotos, pestes, hambrunas,
crisis económicas, desempleo masivo,
emigraciones forzosas, capaces de dislocar
también las vidas privadas.
Para escritores
y periodistas, la Historia pública domina el
discurso narrativo, y se sitúa por encima de las
historias con minúsculas, las historias
privadas. Entre nosotros, no es posible reservar
para la novela un sector de intimidad, que quiere
decir relato de las vidas privadas, sin que la
Historia pública no aparezca con sus colores
dominantes, no sólo como telón de fondo, sino
como un escenario vivo que se interrelaciona con
los escenarios privados. Hasta las historias de
alcoba hay que contarlas sabiendo que la ventana
puede teñirse de pronto con los colores de un
incendio porque algo grave está ocurriendo en la
calle.
La convivencia
estrecha entre narración literaria y narración
periodística, al compartir los mismos temas, no
está llegando a su fin, ni mucho menos. Y, otra
vez, la paradoja. La riqueza misma de los
acontecimientos vivifica el relato periodístico
y el relato literario. No estoy seguro de cuándo
se publicará el último ejemplar de un
periódico impreso, o de un libro impreso, y
quisiera que esa fecha se retardara lo más
posible, o no llegara nunca. Pero sí estoy
seguro de que cualquiera que sea la forma en que
el relato de acontecimientos reales, o ficticios,
llegue a los ojos del lector, ese relato
dependerá siempre de una mente aguda y creadora
que seguirá averiguando en nuestro nombre, o
inventando en nuestro nombre.
¿Cuáles son
los temas inevitables de las novelas y de los
reportajes periodísticos en esta primera década
del siglo XXI, que tienen que ver con la Historia
pública? Podemos ensayar la lista de algunos de
ellos:
- EI
narcotráfico, como factor de poder,
capaz de alterar la convivencia
social, enfrentar, corromper, y por
tanto, trastocar las vidas privadas,
como ocurre en Paraguay, Bolivia,
Colombia y México; y el poder
disolvente de las guerras del
narcotráfico, capaces de marginar al
estado y crear feudos territoriales
dominados por fuerzas antagónicas,
como en el caso de Colombia.
- La
corrupción en las esferas públicas,
como factor de alteración de la
moral social, la aparición de
fortunas escandalosas, la ineficacia
de la justicia para enfrentar a los
corruptos, y la impunidad que frustra
a los ciudadanos, que de la
frustración pasan al cinismo, y el
daño que la desmoralización frente
a los fraudes causa a todo el tejido
social.
- EI
derrumbe de la clase media frente a
las medidas monetarias de ajuste y la
falta de proyectos económicos
viables que repongan a aquellos que
en el pasado parecieron ser eficaces,
y que crearon una memoria de
bienestar y seguridad; y las
alteraciones múltiples que ese
derrumbe, visto como catástrofe,
provoca en las vidas privadas:
cambios radicales de condiciones de
vida y de ocupaciones, desempleo,
indigencia, frustración,
migraciones, exilios.
- Las
consecuencias sociales del deterioro
ambiental y la contaminación, vistos
también como catástrofes,
envenenamiento de los ríos,
deforestación masiva, uso de
pesticidas prohibidos que causan
enfermedades incurables, y por tanto,
las consecuencias sobre las vidas de
millones de personas.
- La
pobreza extrema, que al abrir nuevos
abismos de miseria, abre a la
vez nuevas zonas de conflicto
social, y crea degradaciones que
parecían imposibles, nuevos pobres
más pobres que los otros pobres,
para los que las favelas se vuelven
un privilegio o sólo encuentran
refugio bajo los puentes; o la
situación de riesgo de los niños de
la calle, asesinados por pistoleros.
- El
poder contrastante de la
globalización, vista como fenómeno
cultural y económico, que a la vez
que desmantela las formas
tradicionales de producción, y
exalta el mercado, provoca
migraciones masivas, nuevas formas de
servidumbre en el trabajo, como las
maquilas textiles, y el abandono de
la agricultura tradicional, y crea a
la vez los "ghettos de
punta" amurallados.
- Las
migraciones masivas clandestinas
hacia Estados Unidos, como fenómeno
social, no sólo desde México, sino
desde muchos países de Sudamérica,
y de Centroamérica.
- Los
efectos de la globalización en
cuanto a los viejos conceptos
decimonónicos de soberanía, en los
que todavía creemos pero empiezan a
disolverse (jurisdicciones
internacionales, libre tráfico de
mercancías), y los sistemas
mediáticos supranacionales que bajan
directamente de los satélites a los
hogares.
No son todos los
temas, por supuesto, pero ni la escritura de
realidades inmediatas, ni la escritura de
imaginación, podrán escaparse a ellos, porque
como fenómenos públicos, de trascendencia
social, afectarán las vidas privadas. Y el
relato de las vidas privadas seguirá ligado a
los efectos de poder de la Historia pública tal
como ahora es capaz de presentarse, no solamente
como en el pasado, a través de guerrillas,
golpes de Estado, asonadas, levantamientos,
dictaduras militares, enclaves bananeros y
mineros, masacres de indígenas, desapariciones
masivas, secuestro de recién nacidos arrancados
del vientre de sus madres, sino de acuerdo a la
nueva anormalidad de los tiempos.
Desgraciadamente,
las transiciones democráticas en paz, los
gobiernos honestos, los estados de bienestar
ciudadano, el pleno empleo, no producen ni
grandes reportajes, ni grandes novelas en el
ámbito de la Historia pública, así como
tampoco los matrimonios bien avenidos, los amores
satisfechos, y el desprendimiento y la bondad, en
el ámbito de la historia privada. La narración,
en uno y en otro campo, se alimenta del
conflicto.
Al fin y al
cabo, en las novelas y en los reportajes,
escribimos sobre los seres humanos y sobre su
condición en la sociedad. Y cuando lo hacemos,
como novelistas o como periodistas, no debemos
perder de vista que detrás de nosotros, o
delante de nosotros, debemos alimentar siempre un
sedimento ético que dé sentido a nuestro
oficio, que lo haga trascender. Ese sedimento
ético se parece muchas veces a la esperanza. La
esperanza de que las cosas no pueden seguir
siendo como actualmente son, y que al describir
los males que nos agobian, y penetrar en ellos,
es porque queremos que desaparezcan, mientras que
los montones de ruinas crecen ante él hasta el
cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos
"progreso".
La literatura y
el periodismo habrán de colocarse entre nosotros
bajo las alas del ángel de la historia, mientras
querramos hablar de lo extraordinario. Las ruinas
que se acumulan hacia atrás, en el pasado, nos
servirán siempre para contar historias que
asombren. Y junto con el ángel de la historia,
¡remos arrastrados de espaldas hacia el futuro,
que será siempre lo desconocido, lo
sorprendente, lo ignorado. Lo que siempre hemos
llamado destino, en nuestras obsesiones y en
nuestras vidas.
*
Sergio Ramírez
nació en Masatepe, Nicaragua, en 1942. Fundó la
revista Ventana en 1960 y encabezó con
Fernando Gordillo el movimiento literario del
mismo nombre. En 1963 publicó su primer libro, Cuentos.
Se graduó de abogado en la Universidad Nacional
Autónoma de Nicaragua, León, en 1964. En 1977
encabezó el Grupo de los Doce, formado por
intelectuales, empresarios, sacerdotes y
dirigentes civiles, en respaldo del Frente
Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) En
1979, integró la Junta de Gobierno de
Reconstrucción Nacional. Fue electo
vicepresidente en 1984. En 1990 recibió la Orden
Carlos Fonseca Amador, máxima condecoración del
FSLN, y en 1991 fue electo miembro de la
Dirección Nacional de ese partido. Desde la
Asamblea Nacional promovió la reforma a la
Constitución Política de 1987, para darle un
contenido más democrático. En 1995 fundó el
Movimiento de Renovación Sandinista (MRS) del
que fue candidato presidencial en las elecciones
de 1996. Desde entonces se ha retirado
definitivamente de la vida política. Ha
preparado y prologado una antología de
escritores de todo el mundo sobre la década de
la revolución sandinista, Había una vez...,
que Alfaguara publicará en 2005. Colabora como
columnista en un extenso número de publicaciones
internacionales. Esta es su ponencia en el III Encuentro
Internacional de la Radio,
celebrado en la Ciudad de México del 4 al 6 de
mayo del 2005, organizado por Radio Nederland y la Red Nacional de Radiodifusoras y
Televisoras Educativas y Culturales, de México. © Radio Nederland
Wereldomroep, all rights reserved.
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