Medios de
comunicación y cultura:
¿Qué tipos de integración y para qué
diversidad?
Armand
Mattelart *
"Creo que si
hay una lección que podemos sacar de la
evolución del pensamiento progresista de
comunicación, es tratar de vincular -y
ésa es la gran dificultad- la formalización
de conceptos para resistir, finalmente, al
vaciamiento de los términos que nos vienen
por encima cada día; y a la vez, no olvidar
nunca que estos conceptos cobran vida sólo a
partir de la prácticas de
emancipación."
Yo agradezco a la
Red Nacional de Radiodifusoras y Televisoras
Educativas y Culturales de México, y a Radio
Nederlad de Holanda, el haberme convidado a este
Tercer Encuentro. Y sobre todo de haber tenido la
buena idea de congregar las conferencias de los
intercambios en este lugar cultural altamente
simbólico de la historia -de la Historia con una
gran H- y de las identidades culturales, como lo
es el Museo Nacional de Antropología.
Mi experiencia
con la radio empezó tarde, de hecho; empezó
sólo indirectamente. Primero les voy a decir que
mi primer contacto con la radio, y mi toma de
conciencia de la importancia del aparato de radio
-que todavía en esa época eran lámparas- es
durante la Segunda Guerra Mundial.
Entré en la
Segunda Guerra Mundial cuando tenía cuatro
años, y en 1944 tenía ocho años; pero me
acuerdo bien cómo mis padres escuchaban cada
noche la radio de Londres. Y para mí, la radio
no la podía concebir sino como una caja donde
fluían las palabras de la libertad y de la lucha
en contra de la opresión del poder nazi.
Y les voy a
contar una cosa: cuando era niño me gustaba...
yo soñaba, incluso durante la guerra, con todos
los nombres de las radios; para mí era como un
curso de una clase de Geografía; y les voy a
decir, les voy a confesar que hay un nombre que
me fascinó, y no sabía, no supe, durante mucho
tiempo, lo que era: era Hilversum; estaba en la
lista de las emisoras.
Entonces, yo me
doy cuenta, ahora, que Hilversum es Radio
Nederland. Tomó tiempo para pasar del Hilversum
a Radio Nederland.
Yo les decía
que mi experiencia es indirecta: aparte de esta
experiencia durante la Segunda Guerra Mundial, mi
experiencia como militante, fue primero la de
militante de la era Gutenberg.
Yo participé
fundamentalmente en el proceso chileno que fue
una era Gutenberg: ya no había problemática de
radios comunitarias; incluso la propia izquierda
no se planteó el problema de poseer una radio.
La lucha
ideológica para hacer pasar las reformas se
dio fundamentalmente en la prensa y en la
televisión que manejaba muy mal la izquierda:
Las Fuerzas Progresistas. Pero eso sí, para mí
la radio fue fundamental, a pesar de no tener
problemática radiofónica en Las Fuerzas
Progresistas, porque el único texto que
encontramos cuando se trató de contestar a la
pregunta de qué hacer con los medios, con los
pocos medios que heredamos, era el texto sobre la
radio y la relación interactiva que suscitaba el
aparato de radio, escrito por el
dramaturgo Bertolt Brecht en los años
treinta.
Les voy a decir:
el teatro y este texto de Brecht eran todas las
municiones que teníamos para pensar la
alternativa, ya que ustedes saben que durante
mucho tiempo, en las fuerzas progresistas, la
comunicación fue siempre la quinta rueda de las
luchas sociales, al mismo tiempo que todo el
campo cultural.
Es por eso que
yo celebro mucho este encuentro, porque es un
balance de los 20 últimos años, que es
precisamente todo el proceso de legitimación de
la radio, pero de todo el campo cultural y
mediático como un campo de relaciones de fuerza
y de la cultura de la memoria: de las luchas. Y,
digamos, los contactos que he tenido después con
la radio, después de mi expulsión de Chile,
fueron a través de las radios comunitarias.
Yo tuve la
suerte -yo creo que es una real suerte- de haber
sido invitado a la primera asamblea, o la segunda
asamblea de AMARC en 1983, en Montreal; y
tuve la suerte, también, de inaugurar la
Conferencia Internacional de AMARC, en Managua,
en 1988. Y suerte, sí, porque para mí
Nicaragua, en ese momento era precisamente el
lugar donde todas las nuevas concepciones
aportadas por teóricos latinoamericanos, como
Pablo Freire, estaban aterrizando en las radios
campesinas, en las radios comunitarias, pero
también en toda la prensa alternativa.
Ahora, empero,
empezaré mi conferencia.
Bueno, mi
conferencia podría llevar el título: Medios de
Comunicación y Cultura. ¿Qué tipos de
integración y para qué diversidad? Si hubiese
habido tiempo, agregaría idioma al primer
término del título.
La cuestión
sobre el sentido del lugar que ocupan, o
deberían ocupar, los medios de comunicación en
los procesos de integración macro regional,
está en vías de cambiar de
naturaleza. Se puede decir que desde hace algunos
años, lo que podríamos precisar después en un
coloquio, estamos viviendo un giro histórico.
Al mismo tiempo
que está reconocida la centralidad de las
culturas en la construcción de espacios
jurídicos transnacionales, es el principio de la
apropiación, por los ciudadanos, de sus
apuestas, que poco a poco emergen portadas por
nuevos actores.
Como estoy en la
encrucijada entre dos experiencias, entre Europa
y América Latina -Unión Europea y América
Latina- yo voy a tratar, en la medida de lo
posible, hacer compartir esta doble experiencia,
pero teniendo en cuenta que, en cierto nivel de
la llamada integración, se trata de procesos
asimétricos porque son historias distintas. Pero
desde el principio quiero decir que no me gusta
la palabra "integración", incluso si
se ha globalizado.
Para mí el
concepto de "integración" es un
concepto del siglo XIX, y de la ciencia
positivista: finalmente corresponde a la
metáfora del cuerpo, del organismo donde es algo
cerrado, un conjunto de funciones que son
previsibles; la única cosa en la evolución es
la complicación de estas funciones.
Hoy en día, la
gente que piensa en el futuro de la sociedad,
piensa en término de un paradigma: el paradigma
de la complejidad. Y el paradigma de
la complejidad está directamente ligado,
finalmente, a una interrogación sobre los
retrocesos y los avances de los procesos de
interdependencia académica.
Y yo diría
también una cosa: para mí los procesos llamados
de integración -yo debería agregar cada vez,
cuando hablo de globalización, "la
llamada" globalización, en el sentido de
que yo encuentro que es un término que no
significa absolutamente nada-, primero,
históricamente, se dan desde hace mucho tiempo.
Incluso los empujes hacia la creación de una
comunidad humana -como lo decía San Juan, una
gran familia humana- han empezado desde hace
mucho tiempo, al iniciar con la conquista de las
Américas.
La conquista de
las Américas fue el momento en que despega, en
la humanidad, no solamente el apoderamiento de
Europa y de la universalidad -la llamada
universalidad europea sobre el continente-; es
también el momento en que se funda lo que va a
ser el ambiguo Derecho Internacional: el derecho
de las gentes fundado a partir de las
doctrinas del teólogo Francisco de Victoria, que
legitimaba la intervención de los conquistadores
a partir del USA comunicaciones -versión muy
degenerada hoy del libre intercambio- y el USA
comercio, el derecho a hacer comercio.
El Derecho
Internacional, ustedes saben, como los procesos
de integración, es ambiguo; nos permite
justificar, a pesar de todo, las guerras, la
continuación de las guerras; pero permiten
también -porque ponen en cuestión la soberanía
nacional, el encierro nacional- que un pequeño
juez español arreste a Pinochet en Londres, y
permita el juicio por crímenes contra la
humanidad.
En mi charla,
con tal de que me dejen tiempo, voy a tratar de
abordar tres temas: primero voy a tratar de poner
en perspectiva todo lo que discutimos hoy en los
foros internacionales, y yo quisiera para ello
retornar al pasado.
No se preocupen,
yo no les voy a llevar de nuevo a 1492 o a 1545,
o a 1555, no. Yo quiero volver sobre los años
sesenta y setenta, porque para mí fueron
importantes.
Si hago eso es
porque yo pienso que una causa de las crisis de
lo político, de las despolitización en la
mirada sobre el mundo, es realmente la pérdida
de referencia, la perdida de una cartografía
histórica.
Ustedes saben
que no son solamente los comunicólogos los que
se preocupan por la subida de una idea, de un
presente cada vez más omnipotente. Los
historiadores hoy empiezan a interrogarse sobre
este nuevo régimen de temporalidad que,
finalmente, consagra al presente como la lupa a
través de la cual se ve el pasado y el futuro.
Y es muy
interesante: mientras que los investigadores en
comunicación no se atreven a decir que la
televisión no tiene ninguna importancia de eso,
dicen ellos que la televisión tiene un papel
mayor porque ha vuelto a ser el principal
instrumento de aprendizaje de la historia y, por
naturaleza, forma una mirada más emotiva que
crítica, más subjetiva que explicativa, y no
permite dar una categoría de inteligencia del
pasado.
Empezamos con
esta primera parte. La segunda parte será tratar
de identificar los lugares institucionales donde
se juega la suerte de la relación entre medios
de comunicación e integración y tratar de
captar cuáles son sus envites.
Y la tercera
parte es, finalmente, la problemática de los que
llamaría -y me parece que el término ya está
bien anclado en México con la propuesta de
reforma de la Ley Federal de Radio y
Televisión- la ciudadanización de la
problemática de los medios, pero también de la
integración. Porque para mí la integración
tiene dos ejes: hay una concepción de la
integración como suma de los esfuerzos
institucionales que creo que están tratando de
crear desde arriba -se ve claramente en Europa
hoy mismo- los lasos para una comunidad
económica, cultural, política -es más difícil
en cultura y política que en lo económico-.
Ésa es una primera definición de la
integración, y es asimétrica a través del
mundo.
La segunda
definición es, finalmente, todos estos
procesos ordinarios que hacen que poco
importe el avance de las instituciones: hay gente
que se reapropia esta dimensión internacional; y
al escuchar a Nina, me acordé de esta
iluminación que tuve cuando me convidó en
Otavalo, en su familia, y cuando empecé a hablar
con gente de su familia y de su grupo étnico,
como se dice hoy, entre comillas.
Ellos me
contaron que tenían parientes, y tenían una
relación desde Bolivia como un arco que iba
hasta Venezuela. Era, finalmente, el desborde de
las fronteras nacionales.
Y dos o tres
años después tuve la suerte de tener un
estudiante boliviano que me propuso como tema de
su tesina "Los cantantes bolivianos,
ecuatorianos y peruanos, en el Metropolitano de
París". Entonces, para mí todo se
mezclaba: había toda esta integración, de
hecho, y, del otro lado, tenían una proyección
hacia el mundo.
Yo llegué a la
conclusión, cuando presentó la tesina, que
conocía mejor el Metropolitano de París que yo
mismo.
Puesto en
perspectiva... miren, ya que estoy para salvar
memorias, yo creo que no es fácil responder al
desafío de ligar o de tratar de acercar dos
realidades tan distintas como América Latina y
la Unión Europea, ya que históricamente las
experiencias de construcción del espacio
cultural en estas dos regiones han caminado
paralelamente, incluso se han ignorado
soberbiamente, y la exhortación lanzada por el
ministro de la Cultura francés de la época,
Jack Lang, en la famosa Conferencia de las
Políticas Culturales, organizada en julio de
1982, por la UNESCO -conferencia que se llamaba
mundial- aquí mismo se ha quedado como letra
muerta.
Y qué
proponía Lang en 1982: yo creo que pertenece a
cada uno de nuestros países organizarse con los
otros para oponerse a la internacional de los
grupos financieros, a la internacional de los
pueblos de la cultura. Sólo combatiremos
esta empresa de desalfabetización
reagrupándonos, aliándonos, y construyendo,
concretamente, medios de comunicación.
Y afirmaba,
después de haber constatado la cultura, y lo
afirmaba eso, cultura y economía, el mismo
combate: es inútil taparse los ojos y refugiarse
en el ojerismo, la realidad es aquí
incontestable.
Dicho entre
paréntesis: la ciudad de México parece
predestinada a ser la cuna de esto llamado aún
nuevo internacionalismo. Recordarán ustedes que
es desde la ciudad de México revolucionaria, que
en 1938 Diego Rivera, el surrealista André
Bretón y el exiliado Trotski, proclamaron el
manifiesto para una Internacional del Arte,
manifiesto que subtitularon: Para un
Planeta Civilizado.
Al escuchar ayer
al compañero nicaragüense, Sergio Ramírez, yo
me decía que su llamado a una Internacional de
las Letras estaba muy cerca, finalmente, de esta
Internacional del Arte.
En la estera del
discurso de Lang, hubiera juntando los actos a
las palabras, una misión que fue presidida por
García Márquez para un espacio audiovisual
latino que era, más o menos, una posibilidad de
reflexionar sobre esta Internacional de la
Cultura de los Pueblos.
Aparte de esta
experiencia, se debe decir que la relación que
tuvieron los grandes países
industrializados con las reivindicaciones del
tercer mundo, en los años setenta, de un nuevo
orden mundial de la información y la
comunicación, fueron escasísimas porque
el Norte tenía una visión de las
reivindicaciones de este orden a partir del sesgo
de las luchas de la Guerra Fría. Para ellos,
para los países industrializados, la
reivindicación del nuevo orden era, más
bien, sinónimo de un dilema:
totalitarismo-democracia.
Decía que la
propuesta hecha por el ministro francés
había quedado sin porvenir. En 1984, en efecto,
dos años después de la conferencia de México
sobre las políticas culturales, se clausuraba un
ciclo de toma de conciencia. Empezaba lo que yo
llamaría la travesía del desierto para las
alternativas al orden dominante de la
comunicación. La fragmentación, cada uno por su
lado.
La economía en
vías de la globalización tomó la delantera. La
razón economista y el sueño tecno-determinista
se impusieron: políticas de reajuste,
desregulación especialmente salvaje de los
regímenes jurídicos, de los sistemas y medios
de comunicación de información.
En esta
desregulación del sistema, la desregulación del
sistema mundial de telecomunicaciones ha sido
fundamental.
Todo este
periodo fue marcado por la desmedida operación
de mega grupos que explica también sus
posteriores tropiezos y los de la llamada nueva
economía.
Este entorno
estructural parecía dar la razón a los que
veían en el despliegue del proceso de
globalización ultraliberal, el horizonte
insuperable en el que habían de figurar las
preguntas que se plantean a los sistemas de
comunicación.
Y toda la
discusión que se llevó a cabo durante los años
setenta en la UNESCO y en otros foros, se fue por
la borda. Se fue por la borda, por ejemplo,
toda esta acumulación realizada, desde México
mismo, por los exiliados: los exiliados del Sur
colaborando con los mexicanos en el ILET
(Instituto Latinoamericano de Estudios
Trasnacionales), que la propia Comisión
McBrigth, que elaboró un informe sobre medidas
para implementar un nuevo orden mundial de
información, reconoció, ya que muchas de las
propuestas sobre derechos a la comunicación,
etcétera, fueron incluidas en este informe.
A medida que se
acentuaba la ofensiva del pensamiento neoliberal,
hay que decir que un conjunto de conceptos se
vaciaron de sentido o fueron expulsados de la
referencia: el concepto de hegemonía (cómo se
construye una hegemonía mundial), el concepto de
intelectual orgánico, el concepto de pueblo, el
concepto de clase social, de Estado, y con eso
entró la despolitización.
La crisis mayor
de los años ochenta y noventa es haber expulsado
de las referencias la noción de ideología: la
noción de ideología como imposición del
pensamiento, de la visión del mundo de un grupo
peculiar como universal, como válida para la
felicidad de toda la humanidad.
Y, finalmente,
muchos en los medios académicos trataron de
refugiarse dando todo el poder a los
consumidores.
Los
consumidores, de repente, adquirían la
posibilidad de determinar soberanamente el
sentido de todo los que veían; entonces no
necesitaban de políticas públicas.
Hubo que esperar
este comienzo del siglo para que cuestiones que
con el aparente triunfo del pensamiento
único se habían deslegitimado, se volvieran a
plantear con más bríos: revelación de las
lógicas segregadoras del proyecto globalista;
flagrante desmentido de las salvíficas promesas
de las tecno utopías de la comunicación,
aportado por las crudas realidades de la
intelectualidad, el momento de la irrupción de
un proletariado precario intelectual, y el
momento de las brechas digitales, pudorosa
expresión que oculta las fuentes de la
injusticia social; pérdida de credibilidad del
universo mediático, que se ha acelerado a partir
del 11 de septiembre del 2001, aparición de
nuevas formas de hegemonía de naturaleza
imperial en la guerra global contra el
terrorismo; aparición de nuevas formas de lucha
antihegemónica planteadas por los movimientos
sociales y las sociedades civiles organizadas.
Todos estos
elementos demuestran que no había -incluso si no
hay que verter en el discurso triunfalista-
nada de fatalidad global.
La
interpelación crítica ha vuelto, pues, a
hacerse audible, y los actores sociales
-actuando en el campo de la comunicación-,
visibles porque durante todos estos años de
travesía por el desierto también, muchas veces
clandestinamente, se elaboraron otras formas de
comunicación.
Los cursos que
se entablan desde el fin del siglo XX, en las
altas instancias internacionales como la UNESCO,
la Organización Mundial del Comercio, La
Unión Internacional de Telecomunicaciones, la
Organización de la Propiedad Intelectual, todos
los cursos que tiene lugar alrededor del estatuto
de las creaciones de la mente y de las
modalidades de inserción social de las nuevas
tecnologías de información y
comunicación, prueban que se han vuelto a poner
de actualidad interrogantes que se habían dejado
en barbecho.
No crean que soy
un nostálgico de los años setenta. Yo creo que
el contexto es distinto; pero yo creo que
los años setenta plantearon unos principios, a
veces de manera balbuceante, que hoy se retoman y
que forman parte, precisamente, de un combate
interno e internacional: cómo interpretar lo que
son los derechos a la comunicación.
Entonces,
después de una hibernación de casi un cuarto de
siglo, se vislumbra la esperanza de convertir en
una noción operatoria la definición
antropológica de la cultura, dada en la
conferencia de México de 1982. Es por eso que
esa conferencia es histórica.
Es la primera
vez que la UNESCO retoma la noción de cultura
antropológica, en 1982. Después, periodo de
hibernación, y acaba de volver, muy criticado
por la delegación norteamericana, por lo menos
en el primer borrador de La Convención para la
Protección de la Diversidad Cultural que se
discute hoy en la UNESCO.
Bueno, lo que es
importante es que ha vuelto a la palestra
pública la noción de políticas culturales, de
políticas públicas en comunicación, y donde se
ha desafiado la tesis de que basta la
autorregulación, ya esta filosofía nos pone
siempre en contra de la noción de política
pública.
Segundo punto de
mi intervención -será breve, más breve
porque yo creo que va a haber muchas preguntas-
es la lección, sobre todo que me ha
precedido mi amigo Cees Hamelink ayer, que aporta
la reflexión sobre las discusiones en torno de
la integración en la Unión Europea. Bueno, les
voy a decir que hubiera podido cambiar de título
y de objeto de mi charla, pero finalmente yo
tomé esta forma; pero hubiera podido hacer,
perfectamente, una conferencia para mostrar cómo
la noción de integración es totalmente
contradictoria. Porque hoy mismo en Francia, con
ocasión del referéndum sobre la llamada
Constitución. O, más bien, en el tratado de
carácter constitucional sobre la Unión Europea,
se da una cosa totalmente inusitada en un
continente donde hay todavía muchas formas
cuando se debate en el espacio público.
Los partidarios
del no, que rechazan esta Constitución, que
finalmente sí está aprobada, llegan a
constitucionalizar el mercado, a
constitucionalizar la idea de que no hay nada en
contra de la concurrencia libre y falseada.
Esta Constitución, que es el producto de
un grupo de tecnócratas, no responde a la
definición de Constitución: la Constitución,
normalmente en la historia del patrimonio del
Estado de derecho, necesita un constituyente.
Este documento
es la ocasión de una intoxicación gigantesca en
contra de los partidarios del no. Los partidarios
del sí son de una gran agresividad, tanto
viniendo de la izquierda como de la derecha, en
contra de todos los que argumentan, porque para
ellos es motivar a través de emociones.
Les doy un
ejemplo: sólo una tercera parte del tiempo
dedicado al la Constitución, al referéndum,
está para los partidarios del no. Cuando hablo
del partidario del no, no hablo,
evidentemente, de la extrema derecha.
Incluso, dentro
del propio Le Monde -Le Monde hizo una encuesta
adentro de su medio periodístico-, dos
terceras partes de los periodistas confiesan que
hacen propaganda, que militan para el sí; y la
tercera parte de Le Monde está para el no. Pero
los periodistas que están para el no tienen poco
espacio en su propio diario.
Pues eso me
muestra que finalmente la cuestión de la
integración es una cosa que se construye a
través de muchas dificultades, de muchas
contradicciones.
Una condición para crear la integración es
aceptar las reglas del juego de la cultura
deliberativa; si no vamos a hacer un desperdicio
total del sentido de los públicos. Y por
el momento, en Europa, en los países donde
todavía hay movimiento social y sindicatos que
se atreven a alzar la voz en contra de la
Constitución, este debate es difícil porque es
la primera vez que después de 50 años ellos
tienen la posibilidad de debatir.
A pesar de lo
que dije sobre la Unión Europea, yo debería
decir, de todos modos, que este momento de crisis
es importante, revelador, como todos los momentos
de crisis, pero el aporte de la reflexión sobre
la integración europea es, de todos modos, de
haber tratado de avanzar para sacar la cultura de
las leyes del mercado. Es la famosa noción que
fue retomada, incluso, últimamente en un informe
del convenio: la necesidad de sacar la cultura de
las reglas del libre intercambio.
Yo les haría
una pequeña advertencia: es interesante ver que
la lucha para la excepción cultural, lo que se
ha vuelto después la diversidad cultural, ha
nacido a partir de la conciencia de los
cineastas, de la cinematografía.
Yo creo que es
importante decir eso, porque adentro del campo
inmenso de los medios, la cinematografía tiene
toda una acumulación de reflexión sobre la
cultura ligada al mercado y a la técnica. Y yo
creo que es importante.
Leyendo un libro
que Lidia Camacho sobre la evolución de Radio
Educación, yo notaba que en todo el proyecto de
Radio Educación, en sus primeros pasos, se
trató de ligar el cine y la radio. Y de hecho en
muchos países el cine dio la ocasión para el
primer debate entre lo privado y lo público,
entre lo nacional y la internacionalización.
Tercera parte de
mi conferencia -¿todavía tengo seis minutos?-.
Yo estoy denunciando aquí la dictadura del
régimen de la temporalidad corta, y estoy
atrapado aquí mismo.
Entonces, la
tercera parte. Yo retomo una palabra que parece
haber entrado aquí en el lenguaje de la sociedad
civil organizada mexicana y latinoamericana: la
ciudadanización de la integración; y, digamos,
más allá de la integración de este campo que
nos reúne: la comunicación.
Yo creo que en
todas partes, más o menos, en medidas distintas,
los gobiernos siguen mostrándose muy reticentes,
al principio, con las políticas públicas,
a pesar de que este concepto se ha instalado en
el centro de los debates sobre la esfera
pública.
Yo pienso que
son las organizaciones sociales y civiles
comprometidas con la democratización de la
comunicación las que han puesto esta cuestión
al orden del día. Se podría citar su
posicionamiento en la Cumbre Mundial de la
Sociedad de la Información, en diciembre
de 2003; se podrían citar sus presiones para que
el Poder Legislativo cumpla con su
responsabilidad de representación de interés
colectivo al reformar las leyes de radio y
televisión, presiones que se hacen sentir tanto
en la Unión Europea como en varios países
europeos; desde México hasta Argentina, pasando
por Brasil, donde se comprueba la emergencia de
un movimiento de propuestas ciudadanas con vistas
a cambiar los sistemas audiovisuales
ampliamente dominados por el sector privado
comercial.
Estos proyectos
que tratan de aglutinar todas las fuerzas vivas
de la sociedad, abordan el problema de la
creciente mercantilización del campo de la
comunicación y de la cultura, y plantean la
necesidad de repensar tanto el
funcionamiento del sector privado, que se
apodera, que se apropia de un bien público
común que son las ondas, sin contrapartida en el
sector público, como la necesidad de legitimar
la presencia de un tercer sector y, sobre todo,
de asistirle también financieramente.
Yo creo que los
actores de la llamada comunicación popular, o de
los medios libres independientes, como se llaman
en Europa, o comunitarios como se llaman sobre
todo en Canadá, y eso es un cambio importante,
han ampliado sus perspectivas, y ya no se
conforman sólo con reforzar sus redes y su
profesionalidad cuando les dan cabida después de
haber esperado tanto tiempo, sino que se
convierten en una de las avanzadas de las
presiones que tienden a cambiar,
estructuralmente, la organización del conjunto
mediático, que tratan de rehabilitar la idea de
lo público.
En el foro
social de las Américas, que tuvo lugar en julio
del año pasado, hubo una declaración
interesante donde dicen las organizaciones
latinoamericanas de comunicación, allá es una
forma de integración también eso, que es
necesario privilegiar la defensa y la promoción
de lo público, porque lo público permite el
ejercicio de una cultura deliberativa que
confronta y acepta diversas posiciones para
hacerlas dialogar y construir acuerdos basados en
la discrepancia sobre los conflictos que vivimos,
pero asumiéndolos, que la coordinación entre
redes continentales de organizaciones como ALAI,
ALEIR y PC tratan de poner en marcha.
Yo pienso que,
en este sentido, hay un paso que ha sido
franqueado. De nuevo, yo no quisiera dar la
impresión de contar lo que va a ocurrir mañana;
pero a pesar de todo lo que me pueden decir y
objetar, yo pienso que el campo de la
comunicación de la cultura, todo este campo de
la formación de las subjetividades,
se está instalando como problemática de
la democracia.
Y se está
instalando, también, por razones económicas:
porque yo pienso que la cultura, la
comunicación, todos estos campos y materiales,
se vuelven, cada vez más, centrales para la
reorganización de la sociedad; y es allá donde
van las apuestas de las nuevas luchas sociales y
culturales.
Nosotros
militamos solamente para nuevos medios;
militamos, también, para un nuevo modelo de
sociedad donde la noción de sociedad del
conocimiento tenga un valor, porque por el
momento lo que se trata es un enorme potencial
de digitalización de los medios de
comunicación donde pasan los estereotipos y la
utilización de la imaginación sociológica de
amplias capas de la población. Es por eso que
decimos: no a la Constitución europea, y por ese
motivo mucha gente se levanta, también, en
contra de esta noción.
Yo pienso que
-terminaré aquí para no comer demasiado del
tiempo de la colectividad- la democracia
representativa está en un punto de crisis: o
se cumple un salto cualitativo en la
participación de los diversos sujetos sociales y
de todos los ciudadanos a la gestión de la
sociedad, o se va a ir, cada vez más, hacia una
gestión más autoritaria de poder y hacia la
negación de los derechos.
En este
contexto, la comunicación, los derechos a
comunicar, la organización de los procesos de
comunicación, tienen un papel fundamental; en
particular, vuelven esencial la interpretación
del derecho, o de los derechos a la
comunicación.
Definido como
derecho de parte del público a recibir
solamente, consumir la información ofertada
sobre el sistema de los medios, o, como derecho
de todos, de cada uno, a recibir, pero también a
producir la información; y a crear y
experimentar nuevas formas de comunicación y de
cultura.
Muchas gracias
por su paciencia.
*
Armand Mattelart
estudió Derecho, Ciencia Política y
Demografía; es profesor en París VIII, experto en comunicación con una
fuerte presencia en Latinoamérica y España, y
autor de numerosos libros, el primero de ellos Para
leer el pato Donald, junto a Ariel Dorffman (1972). Esta es su ponencia en el III Encuentro
Internacional de la Radio,
celebrado en Ciudad de México entre el 4 y el 6
de mayo del 2005, organizado por Radio Nederland y la Red Nacional de Radiodifusoras y
Televisoras Educativas y Culturales de México. © Radio Nederland
Wereldomroep, all rights reserved.
|