Del
terrorismo y sus víctimas
Carlos
Monsiváis *
Ante las
atrocidades de los atentados en Londres, conviene
especificar en todo lo posible la condena. Ésta
ha sido unánime y, además, genuina, pero
todavía se ve lastrada por las explicaciones:
Son víctimas inocentes/ Los terroristas le
hacen daño a su causa/ Las mejores intenciones
se pervierten con el uso de la violencia
indiscriminada, etcétera, etcétera. En
este caso, el intento de hallar las razones es
una concesión a quienes no la han pedido. El
rechazo tajante de las acciones terroristas sólo
puede consistir, circularmente, en el rechazo
tajante. Lo otro es razonar con el vacío, y lo
peor, incorporar el vacío a la índole de los
razonamientos.
Del siglo XX a
julio de 2005 la causa específica de los
terroristas es el terrorismo, con lo repetitivo y
circular del asunto. Parte del problema ha sido
la prodigalidad con que los gobiernos extienden
el término terrorista hasta incluir a
rebeldes y luchadores sociales, pero si por
terrorismo se entiende, en su expresión masiva
tan contemporánea, los asesinatos
indiscriminados como la expresión múltiple de
la revancha, la intimidación generalizada y el
dominio de los espacios instaurados por los
crímenes selectivos o al azar, resulta entonces
evidente y pleonástico: al terrorismo lo explica
única y verdaderamente la voluntad de construir
un poderío a través del terror.
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Hay
en los orígenes de estos grupos ganas de
enderezar la Historia, rencores y resentimientos
profundos por las injusticias monstruosas contra
un pueblo o una comunidad, desesperación ante la
indiferencia internacional frente a un genocidio
o un inmenso despojo, pero todo eso no explica el
terrorismo que, por serlo, elimina los vínculos
entre causa y efecto, y entre las acciones y los
mínimos logros. Las reivindicaciones y las
venganzas que expresa la matanza indiscriminada
desembocan en la meta primordial: el gozo de la
destrucción, el sojuzgamiento por unos instantes
de la línea divisoria entre vida y muerte. Los
fanáticos del 11 de Septiembre, del 11 de Marzo
y del 7 de Julio proceden a partir de la ansiedad
exterminadora; ésta es su ideología, su
motivación esencial, su patria irrefutable.
Destruyen para existir plenamente, y por eso no
consideran ni podrían hacerlo el
repudio que los acompaña, porque en su decisión
(la conciencia ocupada por el dogma) los demás
no existen, no porque ignoren que en su gran
mayoría no son sus victimarios ni los cómplices
voluntarios de sus victimarios, sino porque para
sus ejecutores el acto terrorista es en sí mismo
el universo entero. En rigor, la causa ni
siquiera se inicia con el ingreso al grupo, sino,
por ejemplo, da comienzo con los aviones que
penetran las Torres Gemelas, con los bombazos en
la estación de Atocha, con las bombas en un
autobús y el Metro en Londres. Si se trata del
móvil último, el de los terroristas es la
creación de lo que deben calificar de
obras maestras del terror. No con la
fe en su causa sino en los estallidos nace su
razón de ser.
El terrorismo es
la alegría monstruosa que suplanta al Dios en
que confíen los perpetradores de los atentados;
es el envío al sorteo fatídico a gente
desconocida; es el considerar resultados de
segundo orden el miedo extenuante de las
sociedades afectadas, las represiones sobre los
únicamente culpables de estar allí en ese
minuto preciso, las familias devastadas por la
tragedia, las medidas represivas que cunden. Ni
siquiera les estimula el deseo de la mayoría
internacional de ver salir de Irak lo antes
posible a las tropas. En la lógica del
terrorista, todo esto es lo de menos. No son en
sentido estricto ni combatientes, ni activistas,
ni políticos afirmados en la violencia. Son
terroristas, una categoría autónoma para la
cual el poder se expresa en la multiplicación de
los cementerios y en la centuplicación de los
rostros lívidos.
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La
frase más común en este día: Se asesinó
y se dañó gravemente a víctimas inocentes.
El adjetivo está de más y, de hecho, lastima la
argumentación. No hay víctimas culpables
y la condición de víctima elimina el
calificativo. No me refiero tan sólo a lo
innegable: Los asesinatos modifican la condición
y la trayectoria de la causa, aun de la más
justificable, ya que los medios moldean el fin.
Mi tema es otro: El terrorismo masivo, la especie
más extendida en la actualidad, procede en
función del conteo de cadáveres que, según
ellos, inicia cada vez el pago de una deuda
imperialista o, más precisamente, que cada vez
implanta todo el triunfo que cabe en las
imágenes pulidas en la vigilia: los cadáveres
vuelan, los vagones cerrados se convierten en
amotinamientos del pánico, los sobrevivientes
renacen envueltos en el asombro doloroso, los
cadáveres en el pavimento son la claridad que va
ordenando la confusión, la anciana que agoniza
colgada de un poste es la señal a fin de cuentas
indescifrable, la demasiada sangre... Venid
a ver la sangre por las calles (Pablo
Neruda). ¿Hay todavía quien crea en serio en la
existencia de las víctimas culpables, eso
que, por oposición, le concede algún grado de
racionalidad a Al Qaeda, los fundamentalistas
argelinos, el ERI, ETA, los chechenos?
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La
barbarie del terrorismo no admite
jerarquizaciones, aunque en el caso del
terrorismo de Estado algunos de los ejecutores
materiales, si los deberes militares les obligan,
son en alguna medida las víctimas. No hay
justificación alguna de las bombas atómicas en
Hiroshima y Nagasaki, ni de los bombardeos de
Vietnam, Afganistán, Irak (las bombas de
racimo), ni de los episodios de la guerra sucia
en América Latina, ni de la destrucción de
Chechenia por el ejército ruso, ni de las
condiciones de la seguridad en las plantas
nucleares (Chernobyl), ni de lo que admite ser
calificado de terrorismo ecológico, esa avidez
que sustenta el calentamiento global, ese
capitalismo salvaje que lleva a George Bush a
rechazar una vez más, por razones
económicas, los Protocolos de Kyoto,
destinados a reducir las emisiones de gas por el
efecto invernadero. El terrorismo de Estado
tampoco admite hablar de víctimas culpables.
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Un
argumento muy oído (no muy escrito) habla de la
responsabilidad absoluta de Tony Blair al atraer
el terrorismo. Sin duda, Blair respaldó a Bush
en forma incondicional en su lucha contra
el Eje del Mal y en su política
devastadora en Medio Oriente, mintió en forma
abrumadora en lo tocante al arsenal de armas
químicas en Irak, y así sucesivamente, pero no
tiene demasiado sentido alegar que sus prácticas
imperialistas presionan a los terroristas. Al
Qaeda no representa al mundo islámico ni expresa
la actitud de todos los árabes; son, sí, la
expresión más cruel del autoritarismo criminal
que aflige históricamente al Islam, y por eso
les da igual, o asumen como la pedagogía
necesaria, lo que le ocurre a los musulmanes.
Insistir entonces en la suprema responsabilidad
de Blair (con la que tiene es ya suficiente) es
ceder al chantaje: el que no está conmigo
merece el terrorismo, lo que, en el fondo,
disculpa la matanza de Londres a cuenta de las
correspondientes de civiles en Irak y
Afganistán. Blair es el responsable principal de
la participación de su gobierno en la invasión
de Irak, pero lo ocurrido el 7 de julio es asunto
exclusivo de los terroristas que no buscan
vengarse de sus enemigos concretos, sino
experimentar el deleite apocalíptico e intimidar
de paso al mundo entero.
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Por
múltiples razones, los canales de televisión
apenas transmiten una parte mínima del 7 de
julio en Londres. Pero lo contemplado es
terrible: cuerpos cubiertos en camillas, personas
que sollozan, mujeres y hombres vendados,
jóvenes que preguntan por sus familias o que
reparten carteloncitos con fotos, señores que
lloran ante la cámara, declaraciones de
resistencia moral al terrorismo... A través de
esta devastación, que se deja ver como al día
siguiente del terremoto o el tsunami, se localiza
otra intención de los terroristas: convertirse
en la Naturaleza misma, no en su equivalente,
sino en una de sus manifestaciones implacables.
Eso les gustaría, ser un diluvio portátil. Ante
eso, discutir sus razones es dialogar
con la alucinación del grupúsculo que se siente
exactamente a la altura de las tormentas y los
tifones.
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Otra
gran perdedora del 7 de julio, la población
musulmana en Europa. Robert Fisk señala: Y
claro, están los musulmanes en Gran Bretaña,
quienes durante mucho tiempo habían estado
esperando esta pesadilla. Ahora, cada uno de
nuestros musulmanes será 'el sospechoso'; el
hombre o la mujer de ojos oscuros, el hombre
barbado, la mujer con velo, el joven que lleva su
rosario islámico, la muchacha que fue objeto de
insultos racistas.(The Independent,
7 de julio de 2005, publicado en La Jornada,
8 de julio.)
El racismo se
generaliza para apreciar las ventajas del odio o,
más claramente, con tal de entender el gran
vertedero del odio que es la venganza. Esta es la
lógica: Si los terroristas ignoraban a quiénes
iban a matar, hay que proceder de modo similar en
materia de represiones policiacas y
discriminación social. No se mata pero se veja
al límite y se expulsa de sus derechos a un
sector de la población. Esto se transparente en
el Acta Patriótica estadunidense y en la
prisión de Guantánamo.
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Voltaire
lo razonó con claridad: Ser tolerante con la
intolerancia equivale a convertirse en su
cómplice, en hacerse corresponsable. Desde
posiciones de civilidad, de urbanidad en el
sentido clásico, ante el terrorismo se puede
hacer muy poco, porque la eliminación de la
violencia incluye un proceso de educación a
largo plazo y nada nunca garantiza el cese del
fanatismo, del integrismo, de la disminución
drástica del valor concedido a la vida humana.
En un planeta sobrepoblado, el valor de la vida
humana ha descendido casi se diría bajo el
impulso de la presión demográfica. Los
genocidios del siglo XX y los ya presentes en el
siglo XXI, con todo y el número de armas de alto
poder a la disposición, influyen en la
indiferencia ante las muertes por violencia, pura
estadística al parecer, y en relación a lo
anterior, las pesadillas más graves son el
neoliberalismo que elimina los empleos y alienta
el semiesclavismo, y esa versión marginal del
neoliberalismo, el narcotráfico. Y son muy
largos los procesos que deberán erradicar esos
núcleos de terrorismo, de fanatismo, de
desprecio furibundo a los derechos humanos.
Todavía la solidaridad internacional no es
suficiente lección civilizadora.
Es evidente que
el terrorismo merece castigo. Es inconcebible la
idea de ser débil ante el odio sostenido en
bombas, pero es inaceptable también la idea de
ser fuerte a costa de personas ni directa ni
lejanamente involucradas y de castigar a la
población civil por los crímenes de un grupo.
Esto se ha visto a diario desde hace décadas en
Israel en respuesta al horror del terrorismo
palestino, y esto prolonga de modo interminable
las guerras internas en demasiados países porque
ya se vio que con cutters, con
simples navajas, se penetra la coraza de un
imperio, y que ante la decisión de inmolarse
hasta hoy poco se puede.
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Un
número amplio de los fundamentalismos mantienen
su presencia gracias a la barbarie. Lo hemos
visto en demasiados casos, como por ejemplo, la
reducción salvaje de los derechos de las mujeres
en los medios integristas o en las maquiladoras,
el mantenimiento de prejuicios medievales sobre
los derechos reproductivos, la indiferencia ante
la deshumanización provocada por la pobreza, los
crímenes de odio de la homofobia, el
socialismocapitalismo salvaje
de China, las manifestaciones de racismo contra
los indígenas en América Latina, la
indiferencia ante la destrucción de África, la
oposición del clero católico a los condones.
Los prejuicios van del asesinato de los infieles
a las estatuas de los Budas o a las bombas en
clínicas donde, legalmente, se efectúa el
aborto de mujeres violadas.
El
fundamentalismo persistirá en las atrocidades de
Al Qaeda o en la ultraderecha estadunidense
mientras se mantenga lo que lo explica: el atraso
educativo, la fe en la verdad revelada como
patrimonio de los elegidos, la certidumbre de lo
muy rentable de la intolerancia extrema en
materia de industria armamentista, la impunidad
final de los terroristas mientras se consideren a
sí mismos seres intercambiables en su viaje al
cielo.
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Carlos Monsiváis
es escritor y articulista mexiano. Este artículo
se publicó en la revista mexicana Proceso y se reproduce en SdP con la autorización expresa de su
editor internacional.
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