| Comenzó a escribir realmente en
el exilio, a partir de 1947. Antes su labor se
redujo siempre al trabajo de periodista, o las
actividades culturales especialmente dedicadas a
la gente desvalida, lo que creo en torno a su
figura esa aura maléfica con que lo vieron los
ojos de la dictadura. Aunque sus libros puedan inducir a
otras creencias siempre tuvo una sorna inquina
por las letras, y si no hubiese sido por esa
desgracia del exilio no habría sido escritor. En
una entrevista con Radio Nederland dijo que
escribir en español es estar en deuda permanente
con la otra lengua, la materna, el guaraní. Y
agregó, entre pícaro y coqueto: "Mi gran
pasión fue ser músico, pero descubrí que no
estaba dotado para esta actividad, por eso me
conforme con la literatura". Seguramente su
vida de escritor estuvo determinada siempre por
escribir el libro que le hubiese gustado leer,
esa fue la búsqueda de toda sus existencia. La
autocrítica lo llevó a actividades pirómanas,
y no dudó un momento en quemar alguna novela.
Para él se trataba de una disciplina de rigor,
de un elemento de la estrategia literaria, porque
cuando se termina una obra se la tiene tan a la
mano para asaltarla que los mecanismos
íntimos comienzan su labor, aparentemente, para
añadir las ausencias y reparar los errores. Hay,
entonces, una búsqueda de percepción
infructuosa, un anhelo por deshacerse de algo mal
hecho. Pero la novela quemada no son simples
páginas, es tiempo invertido, es vida entregada;
el novelista cae en estados de sonambulismo
cuando hay obras que nacen mal paridas y es
difícil enderezarlas, aunque entienda
concientemente que no es beneficioso para él
saquearse a sí mismo.
Roa Bastos -en
cuanto a su tiempo disponible para la literatura-
fue escritor proletario, de feriados y fines de
semana, porque desde esos tiempos del exilio
Stroessner le quitó hasta la nacionalidad y tuvo
que trabajar para dar de comer a su gente. Por
eso su obra fue relativamente escasa. El hecho de
escribir ha sido prácticamente un trabajo
clandestino que influyó en la característica
tan suya de no tener necesidad de producir por
producir.
El exilio fue
siempre una fuente permanente de enriquecimiento
y nunca habló de esas circunstancias en
términos de queja. El extrañamiento, si se
desea, produce lo mejor en uno; no las heridas,
no el dolor. Naturalmente, fue penoso por todos
aquellos que no pudieron volver a Paraguay, los
que se quedaron en el camino.
El autor de Yo,
el Supremo; Hijo de hombre; El
trueno entre las hojas; El Fiscal...
creía que "la ideología es una
respiración del ser humano que no puede ser
eliminada". Una respiración en busca de
otros relieves para encontrar un equilibrio entre
dos concepciones diferentes: la ideología
indígena que supone una alianza con la
naturaleza, esa posibilidad de proyectar y
preservar sus valores culturales; y la ideología
del mestizo que desea entrar en una etapa de
desarrollo histórico mayor, porque Paraguay
-como otras naciones de la región- sigue
teniendo necesidad de una segunda independencia.
Se ha extinguido
una vida modesta, tanto que ha pedido en su
testamento que se ahorren las honras fúnebres.
Siempre fue un hombre de poco ruido. Sin
embargo, perdurarán todavía por mucho tiempo
sus palabras para describir la figura del tirano
y, en el trasfondo -en contrapartida de esas
siniestras figuras-, la de los verdaderos héroes
de esta historia que han tratado siempre de
liberar a sus pueblos. Esta mecánica ha hecho
que el poder absoluto haya sido relegado a la
inoperancia. Aunque no debemos olvidar ni un
instante que en gran medida los dictadores son
consecuencia de sus propias sociedades. En el
caso de Paraguay, Alfredo Stroessner llegó al
poder prometiendo un cambio, y la sociedad le dio
un aval implícito que contribuyó, en su medida,
a su entronización, con la creencia de que
llegaba para inaugurar una época distinta a las
anteriores. Así, el poder del gobierno
autoritario marca la línea de flotación de
aceptación de una sociedad. Eso nos
deja como enseñanza mayor Augusto Roa
Bastos.
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Augusto
Roa Bastos
(1917-2005)
Escritor
paraguayo, nacido en Asunción, en 1917, es uno
de los grandes narradores latinoamericanos
contemporáneos.

Fue testigo de la revolución de 1928, trabajó
como voluntario en el servicio de enfermería
durante la etapa final de la guerra del Chaco
(1932-1935) contra Bolivia, y, sin afiliarse a
partido alguno, fue poniéndose al lado de las
clases oprimidas de su país. En 1947 tuvo que
abandonar Asunción, amenazado por la represión
que el gobierno desataba contra los derrotados en
un intento de golpe de Estado, y se estableció
en Buenos Aires, donde sobrevivió con trabajos
muy diversos y dio a conocer buena parte de su
obra. Otra dictadura lo obligó en 1976 a
abandonar Argentina para trasladarse a Francia y
enseñar literatura y guaraní en la Universidad
de Toulouse le Mirail. En 1982, tras un breve
viaje a su país, fue privado de la ciudadanía
paraguaya, y se le concedió la española en
1983. En 1989 obtuvo el Premio Cervantes.

El estreno de su pieza teatral La carcajada,
en 1930, señala el comienzo de su carrera
literaria. Sólo o en colaboración, escribiría
después otras piezas, como La residenta
y El niño del rocío, fechadas en 1942,
o Mientras llegue el día, estrenada en
1946, a la vez que trabajaba como administrativo
de banca o como periodista para El País,
diario de Asunción que le facilitaría los
primeros viajes a Europa. En 1937 tenía escrita
la novela Fulgencio Miranda, nunca
publicada, y en 1942 apareció El ruiseñor
de la aurora y otros poemas. En 1944 Roa
Bastos formó parte del grupo Vy'a Raity (El nido
de la alegría), decisivo para la renovación de
la poesía y la plástica en Paraguay. Con esos
antecedentes llegó a Buenos Aires, donde dio a
conocer un nuevo poemario en 1960, El
naranjal ardiente (Nocturno paraguayo), pero
sobre todo consolidó su condición de narrador
con los relatos El trueno entre las hojas
(1953) y El baldío (1966), que se
acercaron a los problemas sociales y políticos
de su país, y con sus novelas Hijo de hombre
(1960) y Yo el Supremo (1974), que le
permitieron el análisis de episodios decisivos
de la historia paraguaya, desde la dictadura
inicial de José Gaspar Rodríguez de Francia
(1814-1840), de quien se ocupó en la segunda,
hasta la guerra del Chaco y los tiempos más
recientes. Diversas colecciones de relatos
conocidos y nuevos completan la producción de
Roa Bastos: Los pies sobre el agua
(1967), Madera quemada (1967), Moriencia
(1969), Cuerpo presente y otros cuentos
(1971), Antología personal (1980), Contar
un cuento y otros relatos (1984). También
ha dado a conocer una nueva pieza teatral, Yo
el Supremo (1985), que aprovecha un episodio
de la novela del mismo título.

En 1992, con ocasión del Quinto Centenario del
Descubrimiento de América, dio a conocer Vigilia
del Almirante, novela sobre
Cristóbal Colón, iniciando un nuevo periodo de
gran creatividad que ya ha dado las novelas El
fiscal (1993), Contravida (1994) y Madama
Sui (1996). Con ellas Roa Bastos insistió
en la recreación de momentos y personajes de la
historia de su país, enriquecidos a veces con
ingredientes autobiográficos y, como ya había
hecho en obras anteriores, referencias complejas
a la condición del propio discurso narrativo.
Desde los artículos reunidos en La
Inglaterra que yo vi (1946), fruto de su
primer viaje a Europa, son numerosos los ensayos
que publicó. También escribió varios guiones
cinematográficos.

Augusto Roa Bastos falleció el 26 de abril de
2005, a los 87 años de edad, en Asunción,
Paraguay.
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