Informe 2004 del CPJ:
Embestidas contra la
prensa latinoamericana
Carlos Lauría *
Los
periodistas de la región fueron blanco de un
creciente número de agresiones en el 2004 por
informar sobre la corrupción política, el
narcotráfico y el crimen organizado.
Aunque los derechos
democráticos se han ampliado en la región, la
libertad de prensa no siempre ha mejorado como
consecuencia de ello.
En el 2004, ocho
periodistas de la región fueron asesinados o
cayeron en el cumplimiento de su labor
informativa, según datos del CPJ.
Sorprendentemente, ninguno resultó muerto en
Colombia, con lo cual el 2004 se convierte en el
primer año sin muertes para la prensa en más de
una década en este país dividido por la guerra
civil. En los últimos diez años, más de 30
periodistas colombianos han caído en
cumplimiento de su labor informativa.
Sin embargo, el descenso
en el número de periodistas caídos no indica
una mejora en la situación de la libertad de
prensa en Colombia. Por el contrario, los
periodistas colombianos señalan que ello refleja
una cultura de autocensura generalizada,
especialmente en el interior del país. Si bien
los medios critican con fuerza al gobierno, la
presión de grupos armados ha logrado que muchos
periodistas colombianos eviten cubrir el
conflicto o se vean obligados a brindar una
cobertura parcial.
En el resto de América
Latina, los periodistas que informaron sobre
temas sensibles fueron perseguidos. En México,
la República Dominicana, Perú, Brasil y
Nicaragua, periodistas cayeron asesinados en
represalia directa por su labor informativa,
mientras que en Haití un corresponsal extranjero
fue muerto de un balazo cuando sujetos armados
abrieron fuego contra manifestantes que exigían
el enjuiciamiento del derrocado presidente
Jean-Bertrand Aristide y celebraban su salida del
gobierno.
Inclusive en países como
México donde la democracia se está afianzando,
los periodistas siguen siendo vulnerables. La
violencia es especialmente intensa en la frontera
con Estados Unidos, donde dos periodistas
resultaron asesinados en el 2004. En septiembre,
una delegación del CPJ viajó a Tijuana por una
semana para investigar el asesinato de Francisco
Ortiz Franco, editor y periodista del semanario Zeta
que el 22 de junio fue acribillado a balazos
por presuntos narcotraficantes. Posteriormente el
CPJ publicó un informe especial titulado
Bajo fuego, que describe cómo la
corrupción y las luchas entre los carteles del
narcotráfico ponían en peligro la prensa en esa
ciudad fronteriza.
El aumento de la
violencia en toda la región está directamente
vinculado con la falta de control que tienen los
gobiernos sobre vastas zonas de sus países. La
ausencia de una fuerte autoridad estatal ha
dejado a los medios en una situación de
vulnerabilidad frente a los grupos armados en
Colombia, las pandillas criminales en Haití y
los narcotraficantes en Brasil y el norte de
México.
Aunque la debilidad de
las autoridades en varios países supone un
desafío significativo a la libertad de prensa,
lo contrario puede ser aún peor. El gobierno
cubano continuó su acoso sistemático de
periodistas y sus familias en el 2004. Sin
embargo, seis de los 29 periodistas encarcelados
en una ola represiva en el 2003 fueron liberados,
entre ellos el escritor Raúl Rivero y el
periodista Manuel Vázquez Portal, ganador este
último del Premio Internacional a la Libertad de
Prensa 2003 del CPJ. Las excarcelaciones de fines
de noviembre y principios de diciembre fueron
consideradas por muchos como una medida del
presidente Fidel Castro Ruz para mejorar sus
relaciones con la Unión Europea, que estaba en
proceso de revisar las sanciones que impusiera a
Cuba debido a los pésimos antecedentes en
materia de derechos humanos del régimen cubano.
Aún así, otros 23 periodistas siguen presos, lo
cual convierte a Cuba en uno de los países donde
hay más periodistas encarcelados, superado
solamente por China.
En otras partes de
América Latina, el encarcelamiento por delitos
de prensa ha sido prácticamente eliminado,
aunque los procesos penales por difamación
siguen siendo habituales. En agosto, la Corte
Interamericana de Derechos Humanos anunció un
fallo por el cual se revocó la condena al
periodista costarricense Mauricio Herrera Ulloa,
reportero del diario La Nación de San
José condenado por difamación en 1999. El
tribunal radicado en Costa Rica dictaminó que la
sentencia violó el derecho de Herrera Ulloa a la
libertad de expresión y le ordenó a Costa Rica
pagarle al periodista la suma de 20 mil dólares
estadounidenses por concepto de daños y
perjuicios, y otros 10 mil dólares
estadounidenses para cubrir los honorarios
legales.
El presidente de la Corte
Interamericana, el juez Sergio García Ramírez,
redactó por separado una opinión concurrente en
la cual cuestionó la criminalización de la
difamación y sugirió que dichas leyes deberían
derogarse. Aunque García Ramírez no indicó que
todas las sanciones penales por difamación
violan el derecho internacional, señaló que
deberían considerarse con detenimiento las
reparaciones en el ámbito civil como sustituto
de las sanciones penales.
Otra decisión de la
Corte Interamericana anunciada al mes siguiente y
que involucró a un político paraguayo pareció
reforzar el caso Herrera Ulloa. La corte
dictaminó que una condena por difamación había
violado el derecho internacional y, además,
declaró que el proceso penal en sí mismo había
vulnerado la Convención Americana sobre Derechos
Humanos porque era una limitación excesiva
en una sociedad democrática.
Ambos fallos fueron la
continuación de años de cabildeo y defensa
legal por parte de una amplia coalición de
organizaciones de prensa y derechos humanos
latinoamericana e internacional. El 10 de
septiembre, Eduardo Bertoni, relator especial
para la libertad de expresión de la
Organización de los Estados Americanos (OEA),
convino una reunión en las oficinas del CPJ para
analizar el fallo del caso Herrera Ulloa. Una
declaración ratificada por defensores de la
libertad de prensa reafirmó: La
criminalización de la difamación es una
respuesta desproporcionada e innecesaria frente a
la necesidad de proteger reputaciones... las
leyes civiles proporcionan una reparación
suficiente para todos aquellos que reclaman haber
sido difamados.
A fines de septiembre,
esta coalición de grupos de prensa y de derechos
humanos bloqueó los planes del nuevo secretario
general de la OEA, Miguel Ángel Rodríguez, de
eliminar el cargo de relator especial para la
libertad de expresión. El columnista Andrés
Oppenheimer escribió un artículo de opinión de
gran repercusión en el Miami Herald donde
se opuso a la medida y expresó que eliminar el
cargo sería una gran equivocación.
El cargo de relator especial, creado por la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos
(CIDH) en 1997 a pedido de asociaciones civiles,
grupos de derechos humanos y defensores de la
libertad de prensa, fue avalado por el ex
presidente de los Estados Unidos Bill Clinton y
por otros 33 presidentes en la Cumbre de las
Américas de 1998, realizada en Chile.
Rodríguez, quien
renunció a su cargo de la OEA el 8 de octubre en
medio de un escándalo de corrupción en su país
de origen, Costa Rica, alegó razones
presupuestarias para eliminar el cargo. La
Comisión Interamericana de Derechos Humanos y su
relator especial han estado a la vanguardia de la
lucha contra los abusos a los derechos humanos y
han servido de foro fundamental para la defensa
de la libertad de expresión en América Latina.
Los gobiernos no siempre
han reaccionado bien a las críticas efectuadas
por el relator especial. Las autoridades
venezolanas acusaron a la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos y al relator
especial Bertoni de emitir opiniones sesgadas y
prejuiciadas en sus críticas a la Ley de
Responsabilidad Social en Radio y Televisión,
iniciativa del gobierno venezolano. Algunos
analistas han indicado que el presidente Hugo
Chávez Frías era uno de los que intentaron
eliminar el cargo de relator especial para la
libertad de expresión.
La politización de la
prensa, así como las fallas éticas por parte de
los medios, ha llevado a que algunos gobiernos
intenten regular los medios. La Ley de
Responsabilidad Social en Radio y Televisión,
aprobada por la Asamblea Nacional venezolana el 7
de diciembre, es el ejemplo más notorio.
La ley impone amplias
restricciones a la libertad de expresión y
establece penas excesivas. Por ejemplo, los
prestadores de servicios de radio y televisión
que difundan mensajes que promuevan, hagan
apología o inciten a alteraciones del orden
público pueden ser suspendidos hasta por
72 horas. Si un medio reincide en estas
infracciones en los cinco años siguientes, se le
podrá revocar la concesión de frecuencia hasta
por cinco años. El gobierno sostiene que la ley
es necesaria para establecer la
responsabilidad social de los medios
audiovisuales, pero resulta claro a partir del
lenguaje impreciso de la ley que pudiera ser
utilizada para silenciar a los medios privados e
imponer la censura.
Desde que Chávez
promulgara la ley en diciembre, los canales de
televisión locales se han abstenido de mostrar
imágenes de los violentos disturbios que
ocurrieron en ese mes en la capital, Caracas, por
temor a infringir la ley.
Otras naciones
latinoamericanas también intentaron regular los
medios en el 2004. En Brasil, después de que la
prensa brasileña publicara una serie de
denuncias de presunta corrupción gubernamental,
el presidente Luiz Inácio Lula da Silva envió
en agosto un proyecto de ley al Congreso para
regular el periodismo brasileño. El gobierno
argumentó que el proyecto mejoraría la calidad
del periodismo, pero la prensa local sostuvo que
restringiría seriamente su labor. La ley buscaba
establecer consejos de periodistas
federales y regionales integrados por periodistas
y con facultades para orientar, disciplinar
y supervisar el ejercicio de la profesión del
periodismo y de la actividad periodística en
general. Las infracciones disciplinarias
abarcaban advertencias, multas, censura,
suspensión de hasta 30 días y la revocación
del registro. En diciembre, la Cámara de
Diputados, la cámara baja del Congreso, rechazó
el proyecto de ley.
En los Estados Unidos,
una serie de fallos por desacato que podrían
enviar a periodistas estadounidenses a la cárcel
por negarse a revelar sus fuentes marcó un
pésimo ejemplo para el resto del mundo, donde
muchos gobiernos obligan a los periodistas a que
cooperen con sus investigaciones, con lo cual
comprometen su independencia y obstaculizan su
capacidad de obtener información que los
funcionarios gubernamentales prefieren mantener
en secreto. Algunos gobiernos de América Latina
y otras partes han citado ejemplos recientes en
Estados Unidos para justificar su duro trato a
periodistas. El ministro de Comunicación e
Información de Venezuela destacó el caso de Jim
Taricani, periodista estadounidense sentenciado a
arresto domiciliario por negarse a identificar
una fuente informativa, después de que el
gobierno de los Estados Unidos criticara la Ley
de Responsabilidad Social en Radio y Televisión
venezolana.
* Carlos
Lauría es
coordinador del Programa de las Américas del Committee to Protect
Journalists, con sede en
Nueva York.
|