Periodismo
a la deriva
Paloma
Díaz Sotero *
INTRODUCCIÓN
¿Quién es el
periodista y para qué o quién trabaja? Es la
pregunta que llevo haciéndome desde que decidí
añadir a mi experiencia profesional la
realización de un Doctorado en Periodismo. Y la
primera conclusión a la que llego es que lo que
nos venden diariamente a través de los medios de
comunicación no es periodismo; son sólo
noticias.
Para desembocar
en esta idea basta con alejarse un poco de la
prensa diaria y los informativos de radio y
televisión y encontrarse con otras formas de
contar las cosas
Abunda lo mediocre,
cierto. Es preciso ver formas y contenidos
insólitos y distintos para ser consciente de la
mediocridad y desear mejorar.
Cuando leo en la
calle carteles reivindicativos del tipo
Otra universidad es posible. Otro mundo es
posible. Otro barrio es posible, dudo de
quien lo proclama, puesto que yo no conozco otro
mundo, otra universidad, otro barrio. Creo, sin
embargo, en que otro periodismo distinto al
cotidiano es posible, porque uno tiene ejemplos a
la vista que lo certifican. Algunos, como la
revista Le Temps Strategique fundada
por Claude Monnier (cfr. 1992, 1998 y
2001), estaban ahí desde hace tiempo
aunque sean pocos los que llegan a descubrir su
existencia.
Reflexionar
sobre distintos tipos de periodismo (de
servicio, de precisión,
de anticipación, de
soluciones, etc.) que rompen el
convencionalismo rutinario, así como sobre
distintas formas de hacerlo según los países y
las épocas, es imprescindible para darnos cuenta
del tipo de periodismo que, por el contrario, se
hace hoy mayoritariamente, procurando así ser
conscientes de la profesión y del mercado en los
que estamos metidos.
En mi caso
particular, el descubrimiento de otros
periodismos con los que interpelar y rebatir el
tradicional periodismo de
declaraciones ha surgido recientemente
entre las lecturas y diálogos de un curso de
Doctorado y lo que presento a continuación es el
fruto de esa reflexión elaborada a lo largo de
varios meses:1
Es preciso
señalar que los aspectos comentados corresponden
al trabajo periodístico en España, que es
donde, de momento, lo ejerzo y lo estudio. La
descripción de los tipos de periodismo
alternativo señalados al final, como
salvavidas, viene dada por el análisis de casos
concretos encontrados fuera de mi país.
1.
PROFESIÓN Y OFICIO
Para comenzar me
gustaría que resultara posible aclarar qué es
el periodismo: ¿una profesión o un oficio?
La verdad, las
consultas a distintos profesionales no me han
aclarado nada. Y el diccionario de la Real
Academia Española de la Lengua tampoco;
paradójicamente, cada uno de estos términos
remite al otro para ser definido:
Profesión:
1. Acción y efecto de profesar. 2. Ceremonia
eclesiástica en la que alguien profesa en una
orden religiosa. 3. Empleo, facultad u oficio
que alguien ejerce y por el que percibe una
retribución.
Oficio:
1. Ocupación habitual. 2. Cargo, ministerio.
3. Profesión de algún arte
mecánica. 4. Función propia de alguna cosa. 5.
Comunicación escrita referente a los asuntos de
las administraciones públicas.
Teniendo en
cuenta que en España no hay regulación
alguna sobre lo que debe hacer el periodista y
para qué, es prácticamente imposible
identificar el periodismo con un término u otro
de manera precisa. Algunos dicen simplemente que
es un trabajo por el que te pagan, un
trabajo como otro cualquiera. Yo, al menos,
he llegado a una conclusión propia:
El oficio es del
periodista; y la profesión, de los periodistas
como colectivo.
Creo que es
oficio porque este término suele aplicarse a los
trabajos artesanales, y creo que la relación que
tiene el periodista con su texto escrito o su
montaje audiovisual es tan directa e inimitable
como la del artesano con su obra. La conexión
mentemanomaterial del
creador es inquebrantable. El oficio, en el caso
del periodista, sería el aprendizaje y la
actividad del trabajador para contar lo que ha
ocurrido. Consiste en ver, oír, relacionar,
evaluar, seleccionar, ordenar y contar. Hay una
creación en la que el trabajador está
directamente implicado.
Pero desde el
momento en que ese trabajo forma parte de una red
de información y de un colectivo; desde el
momento en que su autor es asalariado de una
empresa, depende de otros asalariados que hacen
el mismo trabajo, se atiene a un espacio y un
tiempo gestionados con criterios económicos,
modulando cada uno de esos papeles activos dentro
de un sistema, estamos ante una profesión. Es
decir, yo puedo hablar de mi oficio
en lo que se refiere a mi relación directa con
la noticia y con el lector, pero puedo hablar de
mi profesión en lo que se refiere a
la relación de mi trabajo con el sistema, a mi
trabajo como parte del sistema.
Aclarada esta
cuestión que me ha mantenido en vilo mucho
tiempo, podemos empezar a repasar, según yo la
veo, la situación actual de la profesión
que ha perdido el norte,
inseparablemente de la del oficio que ha
perdido el método.
2.
EL INDIVIDUALISMO Y LA FALTA DE MÉTODO
El
desencanto
En cuanto que
nos adentramos en el periodismo activo y
compartimos conversación con periodistas en
ejercicio, nos encontramos con el desencanto y el
escepticismo que invade a éstos respecto a su
profesión. Sin duda, son síntomas inequívocos
de la vocación con que emprendieron su carrera y
que aún mantienen (aunque muchos se empeñen en
ocultarlo, precisamente por ese desencanto).
¿Por qué, entonces, ese malestar trabajando en
algo por lo que sienten pasión?
El escepticismo
y el afán de hacer autocrítica surge en el
periodista antes incluso de empezar a ejercer
como tal, durante la carrera. De ahí que no
sorprenda toparse con jóvenes reporteros de
entre 25 y 30 años que sean unos descreídos,
pesimistas, agoreros sobre el oficio que
desempeñan (paradójicamente con devoción, en
algunos casos). Ese desencanto se apodera del
joven periodista en cuanto que es consciente de
los intereses a los que responde cada medio, de
los tentáculos de los grandes grupos de
comunicación y del sectarismo que estos grupos
impregnan al periodismo que intenta
ejercerse en sus medios, tal y como lúcidamente
ilustra la investigación cualitativa entre
viejos y nuevos asalariados del periodismo
español desarrollada por Luis García Tójar
(2000).
La misma
sensación se vislumbra también mientras se
estudia en la Facultad. Pero el desencanto se
acrecienta cuando uno empieza a trabajar y
comienza a ver que el problema está en las
mismas salas de redacción, en sus propios
maestros. No todos tienen por qué percatarse de
la falta de profesionalidad, pero algunos tienen
la suerte o la desgracia de hacerlo en los dos o
tres primeros años de trabajo. La mayoría de
los periodistas vocacionales salen de la facultad
deseando contar historias y, con mucha suerte, lo
mejor que encuentran es la edición de crónicas
ajenas o de teletipos de agencia.
El desencanto y
las críticas pasivas de los compañeros con más
experiencia son las primeras lecciones que nos
aprendemos y sobre las que asentamos todas las
demás.
Si trabajamos en
un medio de comunicación que publica
información diariamente (y yo he trabajado en
tres), en seguida nos damos cuenta de que en él
apenas se hace periodismo y de que eso es lo que
deprime al personal. Muy pocos tienen la
oportunidad de hacerlo, y de lucirlo que es
el deseo del periodista por muy modesto que
sea. En su mayor parte, lo que se hace en
estos medios son noticias, y las noticias apenas
son ya periodismo. Hoy, las noticias son
menganito dice, fulanito contesta. El
periodismo de declaraciones es el que ocupa la
mitad de los espacios informativos. En ocasiones
es tan poco periodístico que ni siquiera nos
pone en antecedentes para entender por qué
ha dicho lo que ha dicho quien lo ha dicho; ni
siquiera nos explica de dónde viene la supuesta
polémica; da por hecho que los ciudadanos están
implicados en ese juego de declaraciones entre
los protagonistas de la noticia y allá cada cual
cómo lo entienda. Quién, qué, dónde y
cuándo, pero ni cómo ni por qué.
Este extremo se
convierte en normalidad cotidiana en la mayoría
de los portales de noticias en Internet, en los
que prima la rapidez con la que se puede dar a
conocer algo respecto al momento en que ocurre.
La profundidad de la noticia apenas importa.
Cuando la noticia no es un juego de
declaraciones, se cuentan hechos. Hechos que la
mayoría de las veces se quedan solos, sin una
explicación que sirva para entenderlos. No se
profundiza en ellos. Sólo se cuentan. ¿Eso son
noticias? Pues sí.
En la noticia,
deberíamos: primero, establecer los hechos
literales contados con la mayor objetividad
o precisión posible, y segundo, dar
sentido a esas literalidades. Pero para poder
hacer eso actualmente, tendremos que pasarnos al
género del reportaje, en el que podemos indagar
un poquito más en los hechos y facilitar un
análisis de los mismos. El problema es que uno
apenas suele tener el espacio (determinado por la
publicidad) y el tiempo que le permitan
profundizar más allá de hechos y declaraciones.
Estas
limitaciones acaban sumiendo al periodista en una
especie de romanticismo trágico: ¿por qué no
puedo librarme de esta vocación que tan mal me
trata?
La
anarquía
En definitiva,
el periodista es generalmente un tipo quemado por
la profesión, pero apasionado de su oficio. Es
inevitablemente descreído y desesperanzado, lo
que le convierte en un ser mordaz y crítico y,
por tanto, más apasionado. También los hay que
caen en la desidia y trabajan como funcionarios,
pero de esos he visto pocos en mi corta
experiencia profesional.
Sin embargo
y llego adonde quería llegar,
considero que ese escepticismo en el que caemos
nos hace renegar de la forma en que trabajamos,
pero no del fondo. Pese a las múltiples
limitaciones externas y propias,
seguimos reconociendo la importancia social de
nuestra profesión. Unos creen que la desempeñan
contando cosas que pasan y que se dicen,
diariamente, mecánicamente. Otros creemos que
eso es insuficiente para servir a la sociedad, ya
que vale de poco contar y leer cosas sin
entenderlas. Bueno, sirve para manipular.
Esta deficiencia
como actor social y la consecuente frustración
tiene su origen en la falta de regulación de la
profesión periodística y del oficio. No hay
método. Si lo hubiera, respondería a unos
fines. Pero no lo hay, así que el objetivo del
periodismo se pierde entre lo social, lo
empresarial, lo político y lo personal. Cada uno
a lo suyo, y la profesión a la deriva.
La
objetividad subjetiva
Echando la vista
atrás, encontramos un ejemplo de método
inquebrantable de trabajo, el del periodismo
americano de los años 40 y 50. Sin embargo, lo
criticamos por la falta de implicación de los
profesionales, que se limitaban a ser altavoces
de los organismos oficiales (cfr. por ejemplo
Hallin, ed. 1997). Desde luego que eso es un
servicio a los ciudadanos, pero estos se merecen
un esfuerzo intelectual por parte de los
profesionales que les transmiten la información.
La información hay que analizarla, evaluarla,
cribarla, jerarquizarla en función de los
acontecimientos que la rodean y la propician. No
estamos de acuerdo con aquella forma de informar,
pero estamos de acuerdo en que había método.
Había unas normas a las que todos debían
ceñirse en virtud de la sacrosanta objetividad.
Y el que no, era amarillo.
Ahora se apela a
la objetividad del periodista; es de éste y no
del periodismo en general. Y si el periodismo
delega en el individuo, es fácil pensar que el
periodismo ha fracasado. De hecho, trabajando en
un medio de comunicación, nos damos cuenta de
que uno puede ser mejor o peor periodista, más o
menos objetivo, y que eso da igual para trabajar.
Y todo porque la profesión ha perdido su base de
mínimas reglas. ¿Por qué todo intento de
determinar unos criterios, unos límites, para
ejercer la profesión es visto como una amenaza a
la libertad de expresión? Porque, señores, hay
que reconocer que el periodista es un ser
vanidoso (tiene la vanidad natural del creador)
que se ha acostumbrado a hacer lo que le da la
gana (seguir su propio criterio) siempre que
puede, o siempre que su jefe al que suele
considerar incompetente para el puesto se
lo permite. Está tan acostumbrado a ver que las
cosas se hacen mal a su alrededor que es incapaz
de admitir una crítica. Eso es un efecto en
cadena y la mayoría acaban siendo eslabones de
esa cadena.
Desde el
principio se puede caer en una especie de
soberbia propia de una juventud que cree que todo
lo sabe y carece de oportunidades para demostrar
que sabe algo. Esto favorece que aprendamos a
criticar lo de los demás antes que lo nuestro.
Por otro lado, tenemos que reseñar un
comportamiento del que somos conscientes gracias
a la diferencia con el ejercicio del periodismo
en EEUU: la ausencia de corrección. La
colaboradora en plantilla de El Mundo Dale
Fuchs (2003), inmigrante estadounidense, lo dejó
bien claro en un artículo publicado en la
revista digital del Poynter Institute sobre
las diferencias a un lado y otro del Atlántico.
Aquí en España, los jefes no
releen la información de los redactores antes de
darle luz verde, por lo que ni corrigen ni opinan
al respecto, venía a decir Fuchs. Su
artículo era caricaturesco, pero reflejaba en el
fondo una realidad, como toda caricatura. El
redactor se forma su propio criterio por su
propia experiencia; adopta un estilo propio,
carece de él o lo copia hábilmente de otro.
Nadie dice nada. Si hace algo muy bueno, puede
recibir una palmada en la espalda; si hace algo
muy malo, el ostracismo (picar la
cartelera) o el despido; si hace algo normal que
podría mejorar con la ayuda de un simple
comentario, probablemente nunca lo sabrá.
Yo he tenido la
suerte de tener un jefe que ha sido duro conmigo
y me ha hecho darle la vuelta entera a varias
historias sólo para demostrarme que podía
contar lo mismo, pero mejor; y también tengo
jefes que nunca me dirán si lo que hago es bueno
o malo. El caso es que sea aceptable y
medianamente comprensible. Pero ¿qué clase de
jefe es ése?, me pregunto.
Con tareas
mecánicas y de edición, no tienen problema en
corregir o en decirte que te has equivocado. Pero
el trabajo intelectual es tan personal, que casi
nadie se atreve a inmiscuirse en él. Muy pocos
entienden que su experiencia les otorga el
derecho y hasta el deber de ser maestros. Se
fomenta la idea de que cada uno sabe lo que tiene
que hacer, se apela a lo que cada uno entiende
por profesionalidad, y allá cada cual con su
criterio. Los hay pésimos observadores, pésimos
contadores de historias, pésimos distribuidores
de la información, pésimos en evaluar los
datos, pésimos en recordarlos y nunca lo sabrán
porque nadie se lo dirá nunca. Podrían mejorar
simplemente si alguien les dice echo en
falta esto o no entiendo esto
otro, pero muy pocos se atreven a hacerlo.
Esa falta de
corrección inicial es la que fomenta el
carácter incorregible de la mayoría de los
periodistas, su vanidad y su intolerancia a las
críticas. Así, ¿cómo vamos a poner normas a
una forma de trabajar basada en el
individualismo? Si cada uno forja las suyas,
¿cómo va haber un consenso?
El
periodista no es la prensa
El
individualismo del trabajo periodístico ha
llegado a unos niveles altísimos que lo alejan
mucho más de la función social que se le
adjudica. La pérdida del sentido de colectividad
ha hecho que se pierda la idea de servicio. Y
viceversa. Se habla más de los
periodistas que de la prensa.
Quizá, hace
años, cuando un periodista se identificaba como
periodista, se veía a sí mismo y era
visto por los demás como la
prensa, como representante de una
institución, de un actor social. Como el
policía que dice soy policía y uno
es consciente de que está ante la
policía. Ahora, el periodista no
representa a nada que se asocie con un servicio
público. Por el contrario, genera recelo,
desconfianza y hasta desprecio.
Peor aún es que
la empresa periodística también haya perdido el
alma de servicio público que se le supone que
debe tener y no trate a sus trabajadores como
garantes de un servicio, sino como trabajadores
que producen piezas para fabricar una mercancía:
por ello cobran como cualquier otro trabajador de
una cadena de montaje en una fábrica. Por otro
lado, la pérdida de esa identificación del
periodismo con el perro guardián y con el
servicio a la sociedad ha dado lugar a que la
propia sociedad haya perdido la necesidad de
periodismo.
Hasta los años
80, se percibía una especie de delegación de
responsabilidad por parte de la sociedad en los
periodistas, igual que el pacto de Rousseau con
los gobernantes. El periodista era el encargado
de sacar la información que no se veía a simple
vista. La sociedad lo erigía en el
conseguidor de información, en el
nexo transmisor entre el subsuelo y la
superficie, entre lo oculto y lo público. Era el
que hacía posible que nos enteráramos de lo que
ocurre en otras partes del país o del mundo. Sin
embargo, ahora, la información parece tan
accesible que el periodista se ha vuelto
prescindible, como apunta el periodista suizo
Claude Monnier (1999). Los políticos no paran de
hablar; todas las instituciones y las empresas
tienen sus gabinetes de comunicación y emiten
sus comunicados diariamente; Internet y el
satélite nos traen la información de todo el
mundo a nuestra casa. Es fácil perder el respeto
a alguien innecesario.
Parece que el
periodista no hace nada excepto canalizar
ordenadamente esa información. Se nota que él
no la ha buscado porque todos los medios cuentan
prácticamente lo mismo. Es más, no sólo no la
ha buscado, sino que se ha convertido en el
instrumento del poder, ya que transmite aquello
que el poder quiere que se transmita. Los medios
interpretan como prestigio el simple
reconocimiento por obtener la declaración
oficial los primeros. La figura del periodista
que busca está en peligro de extinción.
Ahora, el periodista es el que espera. Por
eso, la profesión ha perdido crédito y
prestigio, dentro y fuera de ella. Tal vez, la
gente no tenga inquietud por informarse porque
piense que todos los medios siempre cuentan lo
mismo y de los mismos, una idea, por otro lado,
fomentada por la exhibición de declaraciones en
la que ha caído el periodismo.
3.
PARA QUIÉN Y PARA QUÉ
Del
perro guardián al perro de competición
La falta de
método en el trabajo periodístico también se
debe a la falta de un objetivo concreto. El
periodismo ha perdido el norte. Sabemos su
función, pero dudamos de que estemos
cumpliéndola. Una vez fuimos el perro guardián
que vigilaba las instituciones, los poderes, el
cumplimiento de la legalidad y la perpetuación
del sistema que se erigía como el mejor de los
conocidos. Ésa era la forma de servir a los
ciudadanos. Era un servicio a la sociedad, a la
ciudadanía más que a los ciudadanos. Después,
nos alzamos en Cuarto Poder al demostrar la
capacidad para contrarrestar a los otros tres
establecidos ejecutivo, legislativo y
judicial.
Sin embargo,
siempre se eludió contrarrestar al poder
económico. Realmente ése era el cuarto y
el nuestro debería haber sido el
quinto. Supongo que los bancos y las empresas no
entraban en el campo de control porque desde el
principio estuvieron implicados directamente en
la prensa.
La cada vez
mayor implicación de los grupos de poder
empresarial en los medios ha hecho imposible la
independencia de éstos respecto a aquéllos. A
su vez, el poder empresarial está veladamente
entrelazado con el poder político, por lo que la
tarea de controlar a ambos es paradójica y
compleja. Por otro lado, en España, la
democracia parece ya inquebrantable después de
dos décadas y media. Con las elecciones cada
cuatro años y la representatividad de al menos
dos grupos políticos asegurada, el sistema que
nos venden como perfecto parece estar a salvo.
¿Qué tiene que
defender el periodismo entonces? ¿Por qué tiene
que luchar? Por sí mismo. Por mantener su cuota
de poder. Los medios se han constituido en
actores del juego de poder político y
económico.
Actores
políticos
Durante la
década de los 80, la prensa española gozó de
ser el símbolo de la evolución democrática. La
práctica del periodismo era un fin en sí mismo,
era un servicio a la sociedad independientemente
de las noticias y de la forma de trabajar. Esto,
sin duda, contribuyó a despreciar la búsqueda
de un método y de un fin. Lo que importaba era
que los periodistas más como individuos
que como colectivo eran libres para
trabajar sin cortapisas, para decir lo que
quisieran. Además, la mayoría de los medios de
comunicación comulgaban con el gobierno, que era
de izquierdas.
Llegaron los 90
y llegaron las cadenas privadas de televisión
haciendo más patente la participación
empresarial en la comunicación. En prensa
escrita, El Mundo, con las denuncias de
corrupción socialista, reanimó el papel de
perro guardián que tenía el periodismo y que
parecía estar hibernando. Su agresividad con el
gobierno de Felipe González y la
amenaza de un cambio de signo
político despertaron al resto. Desde entonces,
el periodismo ha estado muy vinculado a la
política o lo que es lo mismo, a la izquierda y
la derecha. Parece que el servicio a los
ciudadanos consiste en luchar por que la
izquierda retome el poder con sus políticas
sociales y se vaya la derecha, o por que los
liberales de centro se mantengan en
su sitio haciendo avanzar la economía mientras
la izquierda se lame las heridas que nunca se
cierran.
Y la pregunta
es: ¿realmente se sirve así a la sociedad?
La conclusión a
la que yo he llegado es que no. A la mayoría de
la gente le da igual quién gobierne mientras
tenga trabajo. La gente tiene otros problemas
menos elevados y más terrenales que la prensa
ignora por completo.
¿La gente se ve
representada en la prensa?
Tampoco. Quizá,
en la sección local de su ciudad o su provincia
tenga una oportunidad, pero la política regional
y los sucesos acaban consumiendo el papel
disponible cada día. La información útil para
la vida cotidiana de los ciudadanos podemos
encontrarla de casualidad en un reportaje que nos
cuenta el problema de un colectivo o de un
vecindario, pero no porque el objetivo fuera
difundir esa información de utilidad.
Aparte, tenemos
las secciones de vivienda, decoración, viajes,
ocio, belleza, etc. Pero éstas van dirigidas a
los individuos como consumidores. Han ganado
terreno por el peso que ha cobrado la curiosidad
sobre cualquier forma o propuesta de consumo en
nuestra sociedad. Quizá, la prensa también
actúe así como consecuencia de este proceso
globalizador que metamorfosea al
ciudadano en consumidor. Por lo menos, no hace
nada para impedirlo.
La
masa, un eco del juego de la comunicación
¿Dónde está
esa defensa del bienestar social que se le supone
a los medios de comunicación
social?, es la siguiente pregunta.
Ni siquiera ya
se les llama así medios de
comunicación social. Se denominan
medios de comunicación de masas. Y
si informan a la masa, ¿cómo van a informar al
individuo? Es contradictorio. Informar al
individuo es formarlo. Pero los medios no forman.
Sólo informan en abstracto, sin implicarse con
sus destinatarios. Al final, el juego de la
comunicación se disputa entre los medios y los
poderes político y económico. A ellos
principalmente van dirigidos los periódicos. La
masa que ve los telediarios y la parte de la masa
que, por formación cultural y poder adquisitivo
compra los periódicos, son una especie de
eco popular para el que los medios
dicen trabajar. Conviene aludir a la opinión
pública, a los sondeos y recurrir a las
opiniones callejeras para salvaguardar eso en lo
que legitimamos nuestro trabajo: la sociedad.
Oí decir al
actual alcalde de Madrid, Alberto
Ruiz-Gallardón, en una entrevista durante la
campaña electoral de 2003, que las campañas
políticas se hacen ahora para los medios de
comunicación, que el político habla para los
medios sabiendo que estos son los que se hacen
eco de lo que el político dice. Todos éramos ya
conscientes de ese proceso, pero la frase refleja
hasta qué punto los políticos lo han asumido.
Por eso, éstos ya no hablan al ciudadano, sino a
la masa: porque quien difunde su mensaje es el
medio de comunicación de masas. Y por eso
simplifica su mensaje político a eslóganes y
críticas a la oposición: para que la masa
poco reflexiva y acostumbrada a la
dramatización de la realidad en
televisión se quede con alguna referencia
de la representatividad social del político, es
decir, de su personaje y su papel. Por otro lado,
los medios se alzan en portavoces, a su vez, de
la ciudadanía, convertida en no más que un
sondeo, una encuesta o una manifestación.
Vender
lectores a los anunciantes
Aclarada la idea
de que el periodista no trabaja para los
ciudadanos, sino para el poder político y para
salvar su pellejo en el juego entre políticos y
ciudadanos, debemos reseñar para quién más
trabajan los periodistas.
¿Un medio de
información es un espacio para la publicidad?
Sí. Si los anunciantes no financian el
periódico, el periódico no sale. Tanto dinero
en publicidad, tantas páginas para rellenar.
Cuesta creer que esto ocurre con esa frialdad
matemática, pero así es.
Hace tiempo que
los teóricos de la comunicación se preguntan
irónicamente si los periódicos venden noticias
a los lectores o lectores a los anunciantes. Dudo
que el periodista trabaje para Telefónica o El
Corte Inglés, pero su trabajo depende
directamente de ellos. Tal vez, los jefes de
sección encarnen ese prototipo de
periodista total ocupado de lo que
escribe y de quien lo paga, es decir, de la
redacción y de la gestión. Pero dudo que los
redactores de base se paren a
pensarlo. Aun así, éstos ajustan el resultado
de su trabajo al molde perfecto en el que el
sistema publicitario parece rígidamente
encasillarlos.
4.
LA REALIDAD QUE REFLEJAN LOS MEDIOS
La
tendencia y la diferencia
El problema no
es la realidad que reflejen los medios, sino que
lo que reflejen se percibe como la realidad. Como
ya he dicho anteriormente, los medios sólo
informan y apenas ayudan a entender la
información. Informan de lo diferente, de lo que
destaca sobre lo normal, y lo destacan como
distinto, como desviado. Luego, resulta imposible
ser normalizado. Con esta conducta, contribuyen a
conservar el sistema.
El periódico,
el telediario, el informativo de radio se llenan
de noticias, pero las noticias se hacen
rápidamente con el único objeto, al fin y al
cabo, de cubrir un hueco en un rompecabezas por
el que pagan al día siguiente decenas de miles
de personas y decenas de anunciantes. La
consecución de noticias que no profundizan en
nada, que sólo ponen en escena unos actores, un
tiempo y un lugar, requiere una actividad
intelectual mínima. La rapidez del montaje
favorece la ausencia de interrogantes sobre lo
que acontece.
Se facilita la
manipulación. Por eso, la fórmula no se cambia.
Por eso y porque resulta rentable. Un redactor
que edita tres noticias al día con un poco de
aquí y otro poco de allá es mucho más rentable
que uno que elabore dos reportajes bien armados a
la semana.
Se echa en falta
que los medios den relevancia, por un lado, a lo
normal, a lo cotidiano, y por otro, a la
evolución, a las tendencias a largo plazo. Dar
una oportunidad al periodismo de precisión
(Meyer, ed.1993; Dader, 1997) en los medios de
comunicación, igual que a otros tipos de
periodismo, nos ayudaría a entender las cosas
que pasan, a mirarnos en el espejo y
reconocernos, a ser conscientes de la realidad en
la que vivimos.
Realidad
parcial
Y los medios
representan trocitos de realidad sin preocuparse;
es más, aprovechándose de que la masa
consumidora y poco reflexiva lo
adopta como realidad plena.
Por ejemplo,
¿qué porción de realidad política puede
quedar reflejada en un par de cortes de voz de 15
segundos cada uno, entresacados del discurso del
líder de la oposición? ¿Qué porción de
realidad son las seis citas entrecomilladas del
presidente del gobierno en su comparecencia en el
Congreso de los Diputados?
Desde el
principio, la noticia, por su formato, es
engañosa. Nunca puede presumir de ser el fiel
reflejo de la realidad que cuenta. Es una
síntesis y ese concepto de síntesis habría que
enseñárselo a los ciudadanos. Deberían ser
conscientes de que lo que ven, leen y oyen es una
parte minúscula. Así también serían
conscientes del trabajo intelectual de los
periodistas.
Traeré a
colación una anécdota. La primera vez que hice
una conexión radiofónica en directo fue
totalmente improvisada. Era mi primer mes de
prácticas. Tenía 21 años y aún estudiaba la
carrera. ¿Qué queréis?, pregunté
por el teléfono móvil que llevaba. Y, desde el
estudio, una voz me dijo: Cuéntanos lo que
ves. Y yo creí morir. ¿Qué contaba?
Veía muchas cosas, pero no podía contarlo todo.
Como no sabía qué hacer, conté todo lo que
tenía ante mí, pero creo que no reflejé en mis
comentarios la verdadera importancia de lo que
pasaba. Allí mismo, con 50 simpatizantes de
Batasuna gritando Españoles,
fascistas detrás de mí, y 20 policías
nacionales delante, fui consciente de que
informar no es tan fácil como hablar.
5.
SOLUCIONES
Autocrítica
Desde luego, el
panorama que hemos reflejado es desalentador y
hasta vergonzoso. Pero hace falta una reflexión
aún mayor sobre la profesión para buscar una
solución a esta actividad informativa que nos
ocupa y que ha dejado de ser periodística en su
mayor parte. En mi opinión, el primer paso hacia
una solución sería la crítica reflexiva y
colectiva, tal y como hemos hecho un grupo de
periodistas en el curso de doctorado aludido al
principio y que inspira estas páginas.
¿Que le faltaba
a este foro constituido en un aula para que
pudiera ser de utilidad a la profesión? Pues
difusión. Es preciso que los foros
periodísticos en los que se debate el rumbo de
la profesión sean públicos y gocen de difusión
pública, al menos entre los implicados. Y el
primer foro público deberían promoverlo las
asociaciones profesionales de periodistas.
Deberían seguirle las asociaciones de editores,
que, como colectivos empresariales, darían así
un espaldarazo a la función social de los
periodistas y éstos se verían respaldados no
sólo como productores asalariados.
Otro de los
organismos que debería fomentar ese debate
sería un Consejo Nacional Audiovisual, que ni
siquiera existe en España, pese a estar presente
en buena parte de los Estados de la UE. El PSOE
ha luchado en los últimos años por su
constitución (volvió a pedirlo a primeros de
junio de 2003 en el Congreso), aunque durante sus
años de gobierno fue demorando todo lo posible
su llegada. El PP, que en sus años de oposición
parecía reclamarlo, no parece estar ahora por la
labor, pese a las críticas realizadas por el
presidente del gobierno contra la
telebasura. ¿Realmente interesa
combatir la telebasura?
Puestos a pedir,
también pediría un Colegio de Periodistas (en
Cataluña existe) que se erigiera como
agrupación independiente de profesionales
conscientes de serlo, y no como la actual
amalgama entre empleados y empresarios existente
en España bajo el nombre de asociaciones
de prensa. El Colegio fijaría unos
criterios mínimos para el ejercicio de la
profesión y serviría como referente y
vigilante. Así tendríamos algo que respetar.
Observatorio
de medios
Como dudo que
todos estos deseos se materialicen, propongo uno
más factible, pero no menos complicado: la
creación de un observatorio de medios de
comunicación. ¿Dónde? Creo que el lugar más
indicado e independiente es la Universidad,
aunque tuviera que contar con la colaboración o
la financiación de entidades privadas. La
Facultad de Ciencias de la Información, por su
importancia didáctica, primero, y por relevancia
social y prestigio, después, debería impulsar
esta iniciativa como lo hacen las facultades de
periodismo en las universidades norteamericanas.
Al menos, la
Universidad aún se ve como un actor del
desarrollo social, cultural y científico de
nuestro país. Claro que nuestras Facultades de
Comunicación dejan bastante que desear como
motor cultural y científico, pero me niego a
aceptar que nunca lo serán. Al fin y al cabo,
constituyen un área de conocimiento joven entre
las Humanidades y las Ciencias Sociales. Si
Sociología y Políticas, Medicina, Biología, e
Industriales desarrollan investigaciones en
colaboración con el CIS o con el CSIC, ¿por
qué no Ciencias de la Información aprovechando
la relevancia que el concepto
información ha cobrado en la última
década?
Supondría un
pequeño gran paso que la Facultad de Ciencias de
la Información creara una publicación con
página en Internet que atendiera los
problemas de la profesión y sus medios, y no
sólo de las grandes teorías o los trabajos de
la investigación científica internacional; que
se hiciera eco de todas aquellas críticas y
estudios realizados sobre la situación
específica de los medios de comunicación del
propio país; que comentara el tratamiento de la
actualidad en los medios desde una perspectiva a
la vez académica y profesional; que fuera un
foro abierto para periodistas; y que contara con
opiniones de expertos. Al menos, podría suscitar
cierta idea de colectividad entre los periodistas
al tener un punto de referencia que no fueran los
llamados confidenciales de Internet y
la tertulia del bar de la esquina.
Formación
Si
institucionalmente hubiera conciencia de los
males que afectan al periodismo actual, del
individualismo profesional, de la falta de
método, de la pérdida de rumbo, de la ausencia
de servicio, surgirían iniciativas para combatir
todo eso. Y la reforma empezaría, seguramente,
por la propia Facultad o Escuela de Comunicación
en la que se desarrollara tal tipo de laboratorio
crítico.
Para empezar, y
en el caso de la Facultad de la Universidad
Complutense en la que viví no hace mucho mi
experiencia de estudiante, lo primero, se echa en
falta una verdadera asignatura de Ética
profesional basada en estándares técnicamente
argumentados, no una simple casuística
deontológica constreñida a dilemas de buen
comportamiento individual sobre privacidad y
confidencialidad. Se trata de una
perspectiva que, como empiezan a mostrar algunos
profesores de periodismo como los expertos de la
Universidad de Harvard, Bill Kovach y Tom
Rosenstiel (2001), conciben la ética profesional
como el estudio del ethos o ambiente
de prácticas operativas de un colectivo, en el
que se van decantando una serie de valores y de
estándares, no tanto porque sean
buenos o malos conforme a
según qué credos ideológicos, religiosos o
morales, sino en cuanto que marcan una distancia
y una distinción entre quienes
resuelven con solvencia acreditada para el
colectivo las tareas que se supone que distingue
a éste del resto de los posibles
aficionados. Así contribuyen a
decantar una propuesta de excelencia
ético-profesional. Pero, desde luego, ésta
nunca podrá ser didácticamente aceptable si no
parte del análisis de la información cotidiana
y del trabajo de los medios de comunicación.
Ya sabemos que
el periodismo de verdad no se aprende hasta que
no se trabaja en un medio, pero los estudiantes
de esta carrera deberían licenciarse con una
mínima capacidad crítica garantizada; deberían
saber bucear en una información y cribarla.
Debería haber una asignatura que enseñara eso.
Los medios dan
por hecho que un licenciado en periodismo sabe
desgranar una información, pero muy pocos saben
hacerlo porque pocos leen los periódicos y muy
pocos lo hacen con interés periodístico. Los
estudiantes creen que tienen que estar al tanto
de la actualidad, pero no caen en la cuenta de
que es más importante ver la estructura de las
noticias, de las páginas y del periódico
entero, junto con los contextos que justifican o
propenden a ciertos tratamientos. Un buen plan de
estudios no debería dejar a merced de la
voluntad y suerte de cada estudiante la lectura
consciente de periódicos.
Hasta aquí lo
que incumbe a los profesionales de la
comunicación. Pero el futuro del periodismo no
sólo está en sus manos, sino también en manos
de los receptores de la información.
Recuperar
la res publica
Los ciudadanos
deben recuperar su conciencia de ciudadanos, su
conciencia pública perdida tras la mutación en
consumidores, para ser conscientes de la
importancia de estar informados. Para
conseguirlo, no faltan propuestas, que yo formulo
para el caso español, pero que supongo
fácilmente adaptables a otros países:
El
Estado, las Comunidades y los Ayuntamientos
deberían fomentar la creación de consejos de
participación ciudadana. La verdad, lo veo
difícil, principalmente porque al gobierno
tratará de impedir toda posibilidad de que los
ciudadanos se alíen cualquiera que sea su fin.
Cada uno en su casa, con sus necesidades
cubiertas, da menos problemas.
El
Ministerio de Educación o, en su defecto, los
colegios y los institutos deberían impartir algo
de educación cívica (yo tenía una asignatura
que se llamaba así en EGB) y fomentar la lectura
de periódicos como medio de integración de los
individuos en la res pública.
Los
medios deberían ampliar su espacio para dar voz
a los lectores. Por ejemplo, el ciudadano
escribiría más cartas al director si confiara
en que los periódicos van a publicárselas, si
estos dedicaran más espacio a esta sección.
Me gustaría
destacar aquí el apartado que el informativo de
Tele 5 dedicaba en el momento de redactar
este texto, en su edición de los fines de
semana, a las noticias y quejas formales que
envían los espectadores. Me parece una señal de
reconocimiento a los televidentes como
ciudadanos. Lástima que este espacio sea una
excepción en la cadena y, en general, en la
televisión española.
6.
ANÁLISIS DE LOS TIPOS DE PERIODISMO
ALTERNATIVOS
Tal vez no
habría llegado a todas las conclusiones
expuestas anteriormente si no hubiera tenido a
mano una serie de modelos de trabajo
periodístico diferentes al trabajo cotidiano que
parece hacerse en España. Creo que sólo es
posible indagar en algo por la comparación con
sus opuestos, y me consta que hay un periodismo
al margen de la fabricación diaria y
estandarizada de noticias que cuentan cosas que
pasan y cosas que dicen. Hay un periodismo que
mantiene su condición de servicio público y que
estima que sus lectores son seres racionales,
sensibles, capaces de reflexionar y agradecidos
cuando se le dan a conocer otras cosas que pasan,
con mayor profundidad y con otro estilo (mejor
dicho, con estilo).
Y lo encontramos
en distintos tipos de práctica periodística,
según su objetivo: periodismo de precisión,
de servicio, de soluciones, de
anticipación (según Claude
Monier)2 y de movilización,
todos ellos con el género del reportaje como
principal vía de manifestación, lo que me lleva
a la primera conclusión: que se puede hacer buen
periodismo con espacio y tiempo. Diariamente, con
las plantillas de las que disponen los medios, no
puede hacerse ese tipo de trabajo. Pueden
realizarse semanalmente. Y con esa frecuencia
encontramos historias mucho más interesantes y
mejor tratadas que a diario.
Al fin y al
cabo, la información diaria ha quedado reducida
a contar algunas cosas que pasan en
el país y en el mundo, y otras que se
dicen. La profundización y el análisis
tienen otro tempo. Podría haber
periodistas de plantilla dedicados semanalmente a
sacar un buen reportaje, pero eso ha quedado para
los domingos. Y lo que se propone luego bajo ese
apartado "festivo" no pasa de ser, a
menudo, más que una versión un poco más
extendida del mismo espíritu creciente de las soft
news (o el infoentretenimiento).
En televisión,
ni siquiera eso. Suele haber un espacio semanal
dedicado a reportajes, como Informe Semanal en
TVE, pero pocos formatos como ese clásico
encontramos en el resto de cadenas. También
tenemos el 30 minutos de Telemadrid,
una vez al mes y a horas intempestivas.
La radio, sin
embargo, aunque carece de espacios para el
reportaje, está mucho más apegada que los otros
medios a la gente de la calle, a los problemas
cotidianos del ciudadano normal. Se hace eco de
ellos, pero pocas soluciones aporta.
Periodismo
de Soluciones
Esto de las
denuncias sin soluciones me lleva a aquello que
criticaba José Luis Requejo en El modelo de
reportero propuesto por el periodismo de
soluciones (2001). Decía que el periodista
era siempre portavoz de malas noticias.
A mí, el periodismo
de soluciones, según los ejemplos a los que
he tenido acceso, (Benesch, 1998; Walbran, 2002,
Hope Magazine) no me parece a primera vista ni
muy atractivo ni muy práctico. Me alegra ver que
en EEUU tienen dinero para dedicar publicaciones
enteras a soluciones, pero el público que
las lea no dejará de ser reducido y específico,
como el público que compra revistas de ciencia,
de moda, de gastronomía, etc. Supongo que
tendrían su target en las ONGs y en la
gente con conciencia altruista implicada en
labores sociales.
Aun así, y como
publicación educativa me parece bien; si
trasciende socialmente, mejor. Pero tan
incompleto me parece el periodismo general de
denuncia que se hace diariamente como el
específico de soluciones. Creo, sin embargo que
está bien conocer ese periodismo alternativo
para caer en la cuenta de que en los periódicos
y en los telediarios faltan soluciones. Las
noticias que se quedan en la denuncia, en
transmitir la mala noticia, quedan incompletas
porque nunca se dice qué pueden hacer las
personas afectadas ante el problema comentado.
Información
movilizadora
Ésta es otra de
las alternativas que algunos proponen (Lemert,
1986, Dader, 1999). Escasa, dado que la prensa
actual es de periodistas que esperan la noticia
para espectadores que la esperan en su casa.
Considero que el periodismo no tiene que ser
movilizador, a no ser que sea contra una
injusticia flagrante (la lapidación en Nigeria)
o una guerra injustificada como vimos este año.
Que ese carácter forme parte de la línea
editorial de un medio es perfectamente legítimo
y quizá hasta necesario. Pero los mensajes
movilizadores le corresponden, a mi entender, a
otro tipo de actores sociales: partidos,
instituciones, ONGs, cualquier colectivo y
cualquier persona a título individual.
Lo que, en mi
opinión, sí deben procurar los medios es
hacerse eco de esas movilizaciones hechas por
otros. En consecuencia con la demanda de mayor
implicación social y mayor acercamiento a la
calle, los medios deben informar de todas las
iniciativas que surjan de ella, incluidas
aquellas que no vienen acreditadas por los
agentes sociales clásicos (partidos políticos,
sindicatos, instituciones prestigiadas...) y que
por eso mismo ponen igual de nerviosos a los
poderes oficiales y a los aspirantes a
reemplazarlos.
Periodismo
de precisión y de anticipación
Éstos sí que
me parece que necesitan un impulso efectivo.
Promoverlos sería una verdadera labor social a
favor de la salvación de la persona como ser
racional consciente y en contra del borrego
manipulable.
El periodismo
de precisión nos sitúa donde estamos, en la
realidad, más real en cuanto que nos ofrece
datos del pasado y nos muestra las tendencias
desde entonces. Este periodismo enlaza con el de
anticipación que promovió Claude Monier en Le
Temps Strategique,3 que pone el presente en
relación con el futuro.
Estas vertientes
del periodismo, prácticamente inexploradas en
nuestro país, son las que creo más necesario
llevar a la práctica. Es la información que nos
ayudaría a entender muchas de las noticias que
parece que surgen de la nada, sin explicación.
Para casi todo lo que sucede hay una explicación
y de casi todo lo que sucede se pueden sacar unas
conclusiones que ayuden a prever otros
acontecimientos similares. Otra cosa es que no
interese conocerlas porque nos hace reflexionar,
y la invitación a la reflexión puede suponer
una pérdida de beneficios. Los lectores de
prensa están perdiendo la capacidad de
reflexión asociada a la información (las piezas
informativas son cada vez más pequeñas y el collage
periodístico cada vez más confuso) y muchos
telespectadores ni siquiera han desarrollado esa
capacidad (habituados a leer montajes de
imágenes fugaces).
Un buen ejemplo
que encuentro recientemente para justificar la
necesidad de un periodismo de anticipación es el
de la neumonía atípica. Por lo que se refiere a
la información divulgada en los medios
españoles, sólo he visto noticias sobre el
aumento de casos y la impotencia para contenerlos
y curarlos. También leí, pasado el primer mes
de enfermedad (el primer mes de su existencia en
los medios) algún reportaje sobre el posible
origen, pero no vi ningún reportaje sobre las
condiciones de vida que en determinada parte del
mundo hicieron posible que naciera una enfermedad
como ésa. Y lo que más eché en falta fue,
(directamente en la línea que reclama el periodismo
de anticipación), un reportaje sobre el
alcance y las consecuencias que podía llegar a
tener la epidemia, basándonos en las
circunstancias del momento y en la historia de
otras enfermedades endémicas su
nacimiento, su desarrollo y su desenlace.
Sobre la
necesidad de hacer periodismo de precisión
tengo un buen ejemplo también: ¿Por qué los
medios sólo hablan de los malos tratos desde las
víctimas y las denuncias? ¿Por qué no indagan
en las condiciones de vida y el perfil de los
verdugos? Hay factores externos que
contribuyen a que alguien tienda a la violencia,
igual que al fracaso escolar, igual que a los
suicidios. Se podrían analizar numerosos
factores de la vida de las parejas y compararlos
con los de años anteriores; y podríamos obtener
alguna conclusión significativa. Claro, que eso
sería factible si hubiera estadísticas fiables
y accesibles a los medios. En España, tenemos
enormes dificultades para impulsar este tipo de
información analítica: la práctica
inexistencia de estadísticas completas y fiables
y el casi imposible acceso directo a datos
oficiales de los organismos públicos (no a los
datos oficiales filtrados por la oficina de
prensa interesada, que es una cosa bien
distinta). ¿Cómo es posible que el Ministerio
de Educación carezca, por ejemplo, de un listado
de colegios públicos, privados concertados y
privados en el territorio nacional? (eso declaran
sus portavoces consultados). Así, cómo se van a
hacer estudios.
Periodismo
de Servicio
La prensa dedica
cada vez más espacio a la información de
servicio, información de utilidad para la vida
cotidiana al margen de los asuntos de política,
economía y sucesos que rara vez nos afectan
directamente. Hablamos de información sobre y
para la vivienda, sobre viajes, salud, estética,
cesta de la compra
Esto es lo que
le interesa realmente a la gente. Pero habría
que puntualizar dos cosas. Una: esta información
va más dirigida al individuo como consumidor que
como ciudadano, como bien recalcan Alberdi,
Armentia y su equipo (2002) en su artículo sobre
el rediseño de El Correo. Y dos: esta
información resta espacio a la información
política, económica, internacional y cultural,
que son las que hacen que uno conozca la sociedad
a la que pertenece.
Otra cosa es que
éstas sean de baja calidad y no permitan la
mejor toma de conciencia cívica de lo que pasa,
supuestamente pretendida por ese otro periodismo
de máxima trascendencia.
Pero con el
contrapunto de estas objeciones, el periodismo
de servicio claramente centrado en ayudar al
público a resolver necesidades prácticas
múltiples, también debería tener un hueco en
nuestras agendas profesionales, a veces sólo
repletas de trivialidad y falsos
intelectualismos.
7.
CONCLUSIÓN
El estudio de
todas estas prácticas periodísticas, la
observación y reflexión sobre el periodismo
cotidiano español y el contraste entre todos
ellos aportan un conocimiento mínimo, pero
imprescindible sobre la profesión y su peso en
la sociedad. Estas son las conclusiones que
resumen mi aprendizaje personal al respecto:
1.
Periodismo no es sólo informar de lo que pasa (y
esperar a que pase). Es reflexionar y hacer
reflexionar sobre lo ocurrido, tanto lo distinto
como lo cotidiano, y analizar lo ocurrido de
manera que nos permita prever posibles
consecuencias. Actualmente, la prensa no tiene
como función primordial hacer comprender los
acontecimientos, sólo contarlos.
2. La
exhibición del presente genera pasividad en los
lectoresespectadores y eso les hace perder
su conciencia de ciudadanos implicados en un
espacio público. El presente puesto en relación
con el pasado y con el futuro genera
lectoresespectadores activos porque
alimenta la capacidad de reflexionar y alimenta
la creatividad respecto a cómo enfrentarse con
las incertidumbres. Pero esos individuos
conscientes son peligrosos para el sistema porque
tienen más posibilidades de ser activos
socialmente. Un grupo de ciudadanos concienciados
de su ciudadanía en democracia son una amenaza.
3. Es
frustrante ver cómo la profesión de uno
contribuye a la pasividad de los ciudadanos;
darse cuenta de que los medios de comunicación
son los agentes sociales más conservadores en
estos momentos (ayudados por la publicidad, sin
duda). Perpetúan modelos. Mantienen el sistema
como está porque, aunque denuncien sus vicios,
no indagan en ellos para poder cambiarlos. De la
misma manera, el periodismo actual está
consolidando un modelo de ciudadano despegado de
la sociedad a la que pertenece.
4. Pero
ser consciente de esto, de lo que he escrito en
estas páginas y de mucho más, es el primer paso
para poder cambiar algo. La lucha consecuente de
quienes son conscientes de los defectos de la
profesión sería hacer que los demás también
reflexionasen sobre estas cuestiones.
5. Y por
último, el objetivo más ambicioso: devolver al
periodismo la condición de agente clave en el
desarrollo social y de la ciudadanía, devolverle
su dimensión cívica.
__________
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www.changemakers.net/journal/02june/walbranesp.cfm
_____
Notas:
1 Este ensayo surge y se desarrolla a
partir del curso sobre Periodismo Cívico y Otros
Periodismos No Convencionales, impartido por el
profesor José Luis Dader dentro de los programas
de Doctorado de la Facultad de Ciencias de la
Información de la Universidad Complutense de
Madrid. Cfr.JL. Dader Periodismo cívico y
otras vías de racionalidad democrática en la
comunicación política mediática,
www.ucm.es/info/per3/doctorado/dader.htm
2 Claude Monnier (1992, 1998) llama así
al periodismo que analiza el presente para prever
como puede repercutir en el futuro, aunque él
mismo lo califica en otros momentos de
periodismo de perspectiva o
estratégico.
3 Claude Monnier fundó la revista de
periodismo de análisis y perspectiva Le Temps
Strategique en 1980 y la dirigió hasta su
desaparición, en 2001.
* Paloma
Díaz Sotero es
redactora diario español El Mundo y estudiante del Programa de Doctorado
Dpto. Periodismo III de la Facultad de CC.
Información de la Universidad Complutense de Madrid. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.
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