El acceso a
la información pública y el rol del periodismo
Benjamín
Fernández Bogado *
Con
frecuencia se suele tachar al periodismo de poco
serio y consistente en la presentación de sus
historias al público lector, oyente y
televidente. Uno de los argumentos que esgrimen
los comunicadores es la falta de acceso a las
fuentes, lo que les lleva a confiar en gente no
creíble o a no tener la posibilidad de
contrastar los hechos de forma que la verdad
emerja. La ley de acceso a la información
pública es un poderoso argumento en contra de
esta situación que, de hecho, puede contarse
entre las razones del descenso de confianza
también hacia los medios.
Si la
información está disponible para todos,
incluidos los miembros de la prensa, el argumento
en contra de la presentación de las mismas no
podrá ser en el futuro otra que la ausencia de
una conciencia profesional, una ética verdadera,
un trabajo serio del periodista que deja a un
lado la pereza de la investigación y por sobre
todo, y más que todo, ayudará a recuperar la
confianza perdida en la prensa, cuyos costos a la
democracia no son pocos. Es preciso entender que
la labor de la prensa no reducirá a la búsqueda
de la información por este medio para publicarla
ni dejara de lado las filtraciones, intereses y
luchas en los lugares donde se genera la
información y que constituyen referencias
importantes a la hora de convertir un hecho en
noticia, pero indudablemente la prensa, haciendo
uso de la publicidad de la información pública,
cooperará al enriquecimiento de su labor al
tiempo de servir como estímulo y acicate para
que los ciudadanos impulsen demandas de conocer
algo que forma parte de su patrimonio, su derecho
y por sobre todo de su calidad de mandante en
democracia.
Evitar la
polarización en el debate
A veces por un
malentendido concepto de que la ley de la
información pública determina una serie de
aspectos que no pueden ser publicados por razones
de reserva o confidencialidad, algunas
absolutamente razonables y otras sin sentido, la
prensa en nuestros países ha atacado con
ferocidad inusitada a los proyectos de leyes de
acceso a la información pública calificándola
de mordaza y otros adjetivos,
polarizando el debate en torno al derecho de la
prensa antes que al de los individuos e
impidiendo en muchos casos que leyes de este tipo
sean sancionadas en nuestros países. Para
algunos en el periodismo pareciera ser más
cómodo y llevadero moverse en un terreno sin
limitaciones que un ámbito pactado de normas que
pueden y deben ser conocidos no sólo por la
prensa y que no constituyen un patrimonio
exclusivo de ella sino de la sociedad toda. Es
preciso en los debates en torno a esta ley que
ganase a la ciudadanía desde el inicio, ya que
si el mismo se polariza entre ambos poderes -el
político y el de la prensa-, casi siempre es la
sociedad la que termina perdiendo. En el
Paraguay, donde el diputado Rafael Filizzola
presentó un proyecto de acceso a la información
pública denominado de Transparencia
administrativa hace dos años, demostró
que cuando no hay participación de sectores y el
debate se deja sólo a los políticos y la
contienda dialéctica final se plantea sólo con
la prensa, el daño que pueden causar a la
ciudadanía es tan grande como dejar de tener una
norma que es considerada hoy no sólo un signo de
modernidad democrática, sino fundamentalmente un
argumento que refuerza la confianza en las
instituciones del sistema, fortalece la
ciudadanía, abarata los costos de la democracia,
reestablece los vínculos entre mandante y
mandatario corrigiendo esa relación, y por sobre
todo involucra a la prensa en la construcción de
una sociedad democrática donde aquella deja de
ser un poder y se convierte en un servicio que
sí da poder, pero al ciudadadano. Si la prensa
entiende ese rol y se coloca como sirviente de la
sociedad y no como mandante de ella para colocar
los temas de su agenda comercial o política, la
ley se constituye en un elemento dinámico y
reparador de nuestras democracias heridas de
desconfianza y parchadas de desilusión.
El periodismo
debe jugar un rol activo debatiendo aspectos de
la ley pero sin sepultarla, dejando a un lado la
agenda oculta que un debate en torno a esta ley
no es más que un escenario de ejercicio de dos
poderes sociales y desnudando en realidad que
tanto los políticos como la prensa no quieren
servir al ciudadano sino por el contrario desean
colocar los temas de su agenda sin límites ni
referencias sirviéndose de ella a su paso y
evitando que la norma de acceso a la información
pública se convierta en un mecanismo que permita
el crecimiento de la sociedad en democracia al
saber qué hacen sus mandantes públicos y
privados que administran servicios que son de
todos. El riesgo de la polarización está
siempre vigente, lo hemos padecido en el
Paraguay, donde el pésimo proyecto de ley se
transformó en un mamarracho jurídico que por
vergüenza y presión los mismos que lo
sancionaron -Ejecutivo y Legislativo- tuvieron
que derogarlo en un tiempo récord. El daño que
le hicieron a la ley ha sido tan grande que hoy
no vemos en el horizonte legislativo nacional
atisbo de volverla en el centro del debate,
impulsando de verdad una transparencia en los
hechos públicos que sirvan para fortalecer la
descreída democracia de nuestros países.
La prensa debe
entender su rol de servidora de la sociedad. La
calificación de cuarto poder la ha colocado en
el centro de la disputa contra los otros tres
poderes públicos, notándose una intención de
demostrar en esta pulseada un claro interés de
sobreponer los intereses particulares de uno
sobre el otro, pero perjudicando al mandante
natural de ellos, que es la ciudadanía. Si la
prensa entiende que una norma de acceso a la
información no sólo sirve a sus intereses
profesionales sino también hace que la
ciudadanía crezca no sólo en participación y
en conocimiento de lo quehacer en su nombre, sino
en confianza para recuperar su dinamismo
económico, habrá logrado participar de forma
seria en la construcción de una sociedad
democrática donde la información es un capital
de todos que sirve para todos.
El simple hecho
de entender que la normativa ha sido producto de
un debate intenso en la sociedad, que todos
entienden que ella es capital para el
fortalecimiento y transparencia de las
instituciones, y que existe detrás de ella el
claro interés de volver más sólida a la
ciudadanía, hará también que el rol de la
prensa sea entendido como un servicio que se
otorga a la ciudadanía que hace de la
información un poder que le permite conocer,
discutir, decidir, presionar y demandar en
democracia, dotando al sistema de una vitalidad
tan ausente en los tiempos actuales y que por lo
general en ausencia de esos mecanismos no
encuentra otra salida que las formas violentas de
manifestación social que ponen hoy en serias
dudas la viabilidad de nuestras democracias.
La información
libre y transparente promueve no sólo una
participación más responsable, por sobre todo
descomprime el interés de algunos sectores de
movilizarse por métodos violentos para imponer
sus puntos de vistas. El rol de la información
es, por lo tanto, no sólo reparador y
constructor, es también una manera de prevenir
conflictos que han dejado secuelas tan
dramáticas como profundas en nuestras
democracias. El caso aún reciente de Bolivia
(octubre 2003) y la venta del gas es un ejemplo
donde la ausencia de información seria y
creíble desde el gobierno de Sánchez de Losada
sobre qué harían con ese negocio llevó a que
grupos radicales interpretaran la decisión
desconocida por muchos del gobierno como un acto
de traición a la patria, desatándose una
manifestación que se cobró más de 70 muertos y
que acabó con el presidente en el exilio. Este
es un caso dramático pero reciente de cómo en
nuestra América Latina la ausencia de una
información confiable, oportuna y constante hace
que las fuerzas sociales se movilicen de forma
violenta, dejando a su paso secuelas que ponen en
serio riesgo la gobernabilidad de nuestros
países. Una información pública suministrada
de forma responsable y constante puede servir
para descomprimir conflictos y evitar muertes,
como lo sucedido en Bolivia recientemente.
La experiencia
de medios de prensa que utilizan y demandan
información pública para todos y no sólo para
los periodistas lo acerca notablemente a un
público que hoy, según las encuestas, tienen
tantas desconfianzas y suspicacias como las que
tiene en contra de los demás poderes del Estado.
La prensa necesita con igual urgencia recuperar
la confianza ciudadana, de ahí que impulsar una
ley de acceso a la información pública que no
polarice el debate entre prensa y poder político
establecido es de capital importancia a la ahora
de de acercar el sentido y el valor de la norma
al ciudadano tan necesitado hoy de entender qué
hacen en su nombre y prevenirse de hechos que van
en contra de sus intereses y de la propia
democracia. La información es poder, pero esta
frase común debe invertirse a favor del
ciudadano y no de las instituciones que la
administran o que lucran con ella. El mayor
capital económico que tienen hoy nuestros
países debe ser una ciudadanía vigilante y
activa que entienda que cuando más información
posea, mayor será su participación y confianza
en el sistema democrático de dudosa viabilidad
en muchos de nuestros países. El Estado
administrador tendrá siempre en una sociedad
informada el mayor capital para impulsar sus
proyectos y una garantía cierta que las medidas
impulsadas serán de comprensión y conocimiento
de la mayoría y que su participación informada
garantizará legitimidad a su acción.
Hoy los
gobiernos en democracia van a un plebiscito
diario como la prensa misma, necesitan demostrar
que ellos están del lado del ciudadano y la
información juega un rol fundamental en esa
dialéctica de poder, no para convertir el campo
de la democracia en una discusión dominada por
la anarquía, sino por el contrario en un espacio
donde la toma de decisiones se hace con
responsabilidad y con el aval de una ciudadanía
informada y conciente.
Fortalecer a
la prensa desde la información responsable
La ligereza con
que la prensa acomete diariamente la información
pública y los rumores con que tanto desde el
poder político como desde la prensa atosigan a
los ciudadanos, le ha sacado a la democracia de
un sustento de participación seria y por el
contrario ha potenciado a su paso una visión
irresponsable tanto del gobierno como de la
propia prensa. A esa afirmación popular, que
suena como un imperativo ético de la prensa, que
afirma que los rumores no se publican, sino
se investigan, algunos periodistas le han
salido con la referencia que ello resulta
imposible en países donde algunos entienden que
la información pública debe ser guardada,
escondida o muchas veces distorsionada, no
dándose cuenta el gobernante ni la prensa que
una información apropiada dada en plazos y
términos claros permite que la transparencia
haga en cualquier gobierno el soporte popular tan
esquivo y evanescente de muchos gobiernos, y, por
el lado de la prensa, la recuperación de un
trabajo serio que retrata lo público desde la
perspectiva de la participación del ciudadano
sin coartadas ni escapatorias.
Conviene a la
democracia en su conjunto una ley de acceso a la
información pública enfocada hacia el
ciudadano, no reducida a ver sólo la perspectiva
de la prensa ni tampoco la acotada dimensión del
capricho del gobernante de turno. Hoy la
información es clave para la gobernabilidad de
nuestros países. La ciudadanía está inquieta,
disconforme con la calidad y la gestión de los
gobiernos. La prensa no refleja por lo general
esa perspectiva y muchas veces se refugia en su
atalaya de poder buscando imponer su punto de
vista, pero apartándose de sus mandantes
naturales que son sus lectores, oyentes o
televidentes. La gran crisis como la acontecida
en la Argentina hace no mucho, hubiera sido
posible contenerla a tiempo si no se presentaran
en su camino tantas alianzas entre el poder
político y el mediático que impidió conocer a
fondo las implicaciones que tendrían -en
términos sociales, políticos y económicos- los
modelos de gestión que mostraron estar lejos de
las necesidades de la gente.
La información
pública otorgada de manera sistemática hacia
los ciudadanos permite que tanto la prensa como
los gobiernos disfruten ante ella de
confiabilidad y, en consecuencia, puedan actuar
basados en hechos concretos y no en rumores ni en
medias verdades. Los gobiernos que han apostado a
esconder la información que es patrimonio
colectivo han terminado en el fracaso político y
económico, como lo demuestran varios casos no
sólo en América Latina sino en el mundo. Por el
contrario, sociedades como la sueca, que han
entendido hace 200 años que la información
pública es un basamento democrático y un
sustento de las relaciones comerciales entre las
personas, han logrado un crecimiento de calidad
que hoy sus números constituyen la envidia de
varias naciones. Esos países escandinavos
-incluido Dinamarca, Noruega y Finlandia- no son
por casualidad las naciones con el estándar de
vida más alta o de desarrollo humano, como lo
denomina la ONU; lograron ese sitial sobre la
base de una gran transparencia en la gestión
publica, una notable responsabilidad de su prensa
hacia los ciudadanos y con una clara
participación de estos últimos en la toma de
decisiones, como también en la búsqueda de
ajustar sus vidas a los mandamientos legales,
especialmente aquellos de orden fiscal y
económico.
El retorno a
entender la información pública desde una
perspectiva ciudadana es la urgencia en leyes de
este tipo. Hay que construir ese espacio en
nuestros países y dejar a una cuestión
secundaria la necesidad que tanto los gobiernos
como los medios de prensa entiendan que la
información debe ser pública y transparente
porque entre otras cosas asegura a las
democracias gobernabilidad y crecimiento
económico.
La ley y la
ciudadanía
Nuestros
esquemas mentales estructurados sobre la base de
que las leyes por sí solas cambien el
pensamiento de la gente, no alcanza para explicar
porqué América Latina, con tantas normas, no
haya podido crecer ni desarrollarse en un mundo
competitivo que está mirando nuevas formas de
organización, donde la tecnología y la
información todavía resultan hoy más fáciles
de acceder y de crear comunidades de ciudadanos
que entiendan su rol dentro de la construcción
democrática. Debemos hacer normas que pongan a
los ciudadanos en primer lugar. Es preciso, tras
una discusión amplia, que desde lo jurídico se
logre entender que nadie más que el individuo
informado es el que logra entender el sentido de
la democracia y está dispuesto con su
participación a darle sentido y valor. Que las
leyes que no se excitan no sirven y que escribir
normas de acceso a la información pública que
se alejen de los ciudadanos, aunque hayan sido
escritas en su nombre, llevan consigo las
posibilidades más cercanas del fracaso.
El retorno a los
ciudadanos debe marcar la línea de discusión en
los países que han aprobado normas en esa
dirección y en las que se encuentran en proceso
de redactarlas; debe servir para una reflexión
más madura y seria que evite que los periodistas
y la prensa en general se apropien de una ley que
en realidad sólo les brinda a ellos una mayor
dosis de insumos, evitando que los rumores
maledicientes y muchas veces sin fundamentos sean
justificados porque no tienen la información
oficial en torno a los hechos que comentan.
Nuestras
democracias necesitan tanto medios serios y
creíbles como gobiernos transparentes que
proyecten en la ciudadanía niveles de confianza
que haga posible construir escenarios posibles en
un mundo que mira con perplejidad los cambios y
que anhela en especial que la prensa oriente con
una critica sana y con una información
responsable el rumbo a seguir. No es un momento
fácil ni para los abogados ni para la norma. Por
lo general vivimos un tiempo de descreimiento y
de dudas. En ese marco, escribir normas de acceso
a la información pública puede significar un
nuevo pacto entre los grandes actores sociales y
por sobre todo para rescatar el rol de
ciudadanía, tan vital a las democracias como la
información a los medios de prensa. Es imperioso
ver las normas desde esa concepción, encontrando
los mecanismos que hagan que se vuelva a
establecer el vínculo de confianza roto entre
gobiernos y ciudadanos o entre leyes y
ciudadanía. Esta ley de acceso a la información
pública es un pacto serio que debe construir
puentes entre los ciudadanos y sus instituciones.
Debe llevar a los gobiernos a mirar su compromiso
desde una perspectiva distinta que encuentre en
la transparencia un mecanismo que ahuyente a los
corruptos y sus miles de estrategia de
desacreditar a las democracias y,
consiguientemente, pueda rescatar a la prensa de
un rol anodino y secundario, donde lo light
y banal ha sobrepasado en muchos casos a la
información analizada y presentada de manera
clara que permita entender lo que pasa y saber
sus razones correctivas que aplicar.
Los periodistas,
juristas y actores democráticos en general deben
rescatar al ciudadano de esta perpleja manera de
observar hechos que no comprenden y que los
niveles de participación tan bajos en nuestra
democracia pueda revertirse produciendo a su paso
un abaratamiento de los mismos costos de campaña
y promoviendo liderazgos alternativos a la
corporación de los partidos que en muchos
países ha dejado al pueblo sin opciones.
Una información
entendida como patrimonio público es una apuesta
al desarrollo que espera que tanto juristas como
periodistas le den densidad para que el ciudadano
vuelva a creer primero en su capacidad de actor
democrático y, por consiguiente, rescatar al
sistema de esa reducción simplista y distante de
que ella sólo sirve para unos cuantos avivados y
picaros que lucraran en su nombres a partir de
elecciones o de medias verdades.
*
Benjamín Fernández Bogado es abogado y periodista paraguayo,
director del Instituto Prensa y Libertad, y colaborador de SdP.
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