El derecho
a la información en la agenda del ombudsman
Javier
Darío Restrepo *
Aunque
con distintos nombres, los reclamos de los
lectores se repitieron cuando pasé de ser
Defensor del Lector del diario El Tiempo,
en Bogotá, al periódico El Colombiano de
Medellín. En uno y en otro caso la queja
vehemente tenía que ver con la información
política.
¿Cómo es
posible que en mi periódico liberal, del que he
sido suscriptor desde mi juventud -decía por el
teléfono un hombre aparentemente de edad
avanzada-, cómo es posible que ahora aparezca
con la fotografía a todo color de un candidato
conservador en la primera página? Eran los
primeros meses de mi ejercicio como defensor y
coincidían con lo más intenso de una campaña
electoral. Después las cartas de los lectores
tomaron otra dirección: la del debate entre los
seguidores políticos de Juan Manuel Santos,
miembro de la familia Santos, propietaria del
periódico, y los que rechazaban al joven
político: los primeros creían que el periódico
no lo trataba con equidad y que lo había
silenciado; los otros consideraban excesivos los
espacios de información sobre su actividad
política.
Al llegar a El
Colombiano las cartas al defensor denunciaban
una parcialidad del diario a favor de los
políticos amigos de la casa Gómez Martínez,
copropietarios, mientras otros, los menos,
defendían la posición editorial y la seriedad
imparcial de sus informaciones.
La sola
presencia de un defensor en un periódico parece
convocar a los lectores para ejercer el derecho a
exigir la información de su interés y a que
ésta tenga prioridad sobre los intereses de los
dueños o directores del medio. Oscuramente
entienden que formulan un reclamo justo; que en
las informaciones políticas se deben respetar
reglas de juego basadas en la equidad; que, como
lectores, merecen respeto para sus opiniones
políticas; que el hecho de ser suscriptores les
da una calidad parecida a la de los accionistas
para sentirse como de la casa y, por
tanto, a ser tenidos en cuenta. El defensor, sin
embargo, tendría que ser más ambicioso y buscar
algo más: activar la conciencia de un derecho al
que esos lectores aún no denominan por su
nombre: el derecho a la información.
La conciencia de
ese derecho nace cuando se lo descubre, que es
tanto como avanzar en el conocimiento de la
naturaleza humana y en los fundamentos de su
dignidad. El de la humanidad ha sido un largo
proceso de descubrimiento de sí misma, en que
los grandes hitos corresponden al hallazgo de sus
derechos.
A los
constituyentes de 1789 en París, les resultaba
claro que el derecho a la libre expresión,
retenido con mano de hierro por los reyes,
buscado a precio de sangre por tantos defensores
de ese derecho, ejercido clandestinamente entre
las sombras de la subversión por los anónimos o
seudónimos autores de las numerosas hojas con
que se alimentaba el espíritu de la revolución,
ese derecho, digo, debía proclamarse en aquella
asamblea constituyente como una adquisición del
ser humano. Era algo parecido, así lo sentían,
a dar por completo y por fin acabado, el cuadro
de la persona humana, hasta entonces mutilo. Hubo
entonces euforia por el hallazgo y los ecos de la
celebración por ese logro aún no terminan.
Estallan, como cohetes de fiesta de acción
retardada, cada vez que un periódico proclama
ante gobiernos con acentos dictatoriales, o ante
anunciantes que remedan dictadores, el derecho a
expresarse sin las cortapisas del poder.
Pero aquellos
denodados defensores de la libertad de expresión
en 1789 aún no conocían el otro derecho, el
derecho a la información. Es decir, su
conocimiento de la naturaleza humana y de sus
derechos, a pesar de sus heroicos avances, era
incompleto. La misma limitación tuvieron los
grandes defensores de la libertad de prensa, que
llegaron a darle un valor absoluto y que
concentraron en ella, como objetivo único, toda
su capacidad defensiva.
Esto explica por
qué durante siglos se tratara como un derecho de
una sola vía y que tuviera un sobredesarrollo el
derecho del que emite o del que informa, y que
alrededor de él se tejiera una espesa malla de
defensas legales y constitucionales y de una rica
jurisprudencia, hasta que hombres, como el juez
Byron White, dieron los pasos hacia un nuevo
hallazgo.
La licitación
pública para unas licencias de radio convocó en
esa ocasión a un numeroso grupo de aspirantes
entre los que sólo una parte resultó favorecida
con la concesión. Los que no fueron favorecidos,
acogiéndose al texto de la Primera Enmienda,
alegaron como absoluto su derecho a emitir y
sometieron el caso al examen de la Corte, en la
que se produjo finalmente la célebre sentencia
Red Lion en la que el juez White decidió:
No hay un derecho que garantice a todos a
emitir; las frecuencias son limitadas y a algunos
pocos debe privilegiarse sobre otros (...) La
comunidad como un todo retiene sus intereses de
libre expresión por radio y su derecho colectivo
a tener los medios funcionando consistentemente
con los propósitos de la Primera Enmienda. Es el
derecho de los televidentes y radioescuchas, no
el derecho de los medios, lo que importa.
A la vista de
sentencias como ésta se puso en evidencia el
desequilibrio que había creado la pretendida
absolutización de ese derecho. Los derechos,
como la justicia, son equilibrio; son el
resultado de la armonía entre fuerzas opuestas,
y esto no había sucedido en el caso del derecho
a informar; ni se había desarrollado una visión
clara del papel de la responsabilidad, que es la
madurez de la libertad; ni había aparecido esa
indispensable dimensión de la libertad de
expresión, que es su objetivo y justificación:
el derecho a la información, que es el derecho
de quien recibe.
Esta
jurisprudencia se dio casi al mismo tiempo con
expresiones autorizadas como la de Naciones
Unidas que en 1948 en su Carta Internacional de
Derechos Humanos proclamó el derecho de
investigar y recibir información y opiniones y
el de difundirlas. En 1964 el Papa Juan
XXIII fue más explícito: Todo ser humano
tiene derecho natural a la libertad para buscar
la verdad y tener una objetiva información de
los sucesos públicos, escribió en Pacem
in Terris. Y en 1978 UNESCO agregó: La
información es un componente fundamental de la
democracia y constituye un derecho del hombre de
carácter primordial, en la medida en que el
derecho a la información valoriza y permite el
ejercicio de los demás derechos. De esta
última subrayo la expresión que califica a este
derecho como el que valoriza y permite los demás
derechos, incluido desde luego el derecho a
informar. Se informa porque alguien necesita
información, que si no existiese ni esa
necesidad, ni ese sujeto, la tarea de informar
carecería de sentido; el derecho a la
información es, pues, ontológica y
temporalmente anterior al derecho de informar, es
el que le da sentido y equilibrio, sin ese
necesario peso el acto de informar se convierte
en un arbitrario y abusivo uso del poder de la
información.
Al desarrollo de
la doctrina no correspondió el de las
prácticas, puesto que el recorrido de las ideas
desde el cerebro hasta las manos suele ser largo
y tortuoso; la formulación de un derecho, tras
el laborioso proceso de su descubrimiento, no lo
es todo, es apenas el comienzo de un largo
período, como el de las semillas en la tierra,
de germinación y de crecimiento, hasta que
cambian la historia. A Lenin le atribuyeron la
contundente frase que expresa esa paciente espera
e irrevocable suerte: por donde pasan las ideas,
50 años después pasarán los cañones.
El panorama que
debía cambiar -equivoqué el tiempo del verbo-
...el panorama que debe cambiar es el de
un derecho que se considera absoluto e
indiscutible, el de los que informan, que en
consecuencia se sienten dueños de la
información, amos de un imperio al que le rinden
culto soberanos, potentados, famosos,
narcotraficantes y terroristas que, sin ellos,
los reyes del imperio de papel o del espectro
electromagnético, serían patéticas figuras
solitarias y mudas. Castells lo precisa con rigor
científico al hablar de los políticos y
gobernantes encerrados en la prisión de los
medios. Esa envanecedora condición es más que
suficiente razón para que los que emiten se
consideren dueños de un poder absoluto.
Esta situación
lejos de atenuarse se ha agravado en nuestros
días merced a la aparición de nuevos factores:
los medios de comunicación se han convertido en
parte de poderosos complejos empresariales en los
que predomina, con todas sus consecuencias, la
lógica comercial.
Dicho así,
éste es un lugar común que se maneja en esta
clase de eventos; pero algo nuevo y alarmante
aparece cuando se examinan sus implicaciones que
lógicamente conducen a la necesidad de defender
y activar el derecho a la información.
En efecto, se
trata, hoy por hoy, de un poder gigantesco que
domina en nuestros días. Hasta hace unas
décadas el punto de referencia que permitía
hacerse una idea de ese poder era la oleada de
pánico desatada por Orson Welles con su emisión
radial sobre la invasión de los extraterrestres.
Hoy ese episodio parece inocente frente a la
invasión permanente de los medios que cambian
hábitos de consumo, arrasan culturas y
homogeneizan audiencias mundiales, estimulan
guerras, orientan la economía y la política,
cambian la visión de la vida, imponen modas y
logran que sea verdad lo que ellos mantienen como
tal, y desaparecen como hechos los
acontecimientos que los medios de comunicación
silencian. Esas colosales empresas reúnen a la
vez periódicos, canales de televisión,
estaciones de radio, estudios de cine,
televisión por cable, agencias de publicidad,
juegos de video, páginas y portales de Internet,
producción de DVD y todo cuanto la tecnología
de las comunicaciones ha permitido crear.
Reunidas todas estas actividades por poderosas
empresas, desaparecen las fronteras que las
separaban y, desde luego, se convierten en cosa
del pasado las incompatibilidades éticas que
mantenían fronteras entre periodistas y
publicistas, por ejemplo, o entre periódicos y
empresas distribuidoras de películas.
No sólo
desaparecen esas barreras protectoras del
interés de los receptores, es que desaparecen
también los ciudadanos. El receptor de
informaciones está dejando de contar. En unos
pocos años ha desaparecido ese rasgo de
identidad que le daba toda su dignidad al
periodismo, por ejemplo, o sea su dedicación al
servicio de la sociedad. Ese servicio incluyó,
en los momentos más deslumbrantes y
sobrecogedores de su historia, la entrega de la
vida del periodista, o el destierro, o la
prisión. Ésa es una historia que ya no tiene
vigencia, salvo como registro hagiográfico, en
los medios regidos por la lógica comercial de
las grandes empresas.
La gran empresa
puede producir automóviles, o cervezas, o
servicio de transporte aéreo, o productos
petroquímicos de alta calidad, pero nunca un
buen periodismo, porque éste se hace cuando se
informa para servir al lector y cuando lo inspira
el progreso de toda la sociedad; objetivos que a
la gran empresa no le importan, como lo reflejan
los periódicos y revistas, las emisiones de
radio y televisión en que son más importantes
los avisos que las noticias. La proporción de
60% de información por 40% de publicidad
desapareció bajo la presión y los buenos
argumentos de los publicistas.
Para una lógica
comercial, no puede tener importancia un producto
que no se vende; y la información es gratuita en
la televisión y en la radio y en el medio
impreso se está convirtiendo en una coyuntura o
pretexto para publicar avisos, situación que, de
paso, ha cambiado el status del
periodista. Ryszard Kapuscinski decía que la
degradación del periodismo comenzó cuando
coincidieron dos causas: la conversión de la
noticia en mercancía y la masificación del
periodismo. Son dos causas que se complementan y
refuerzan: la mercantilización de la noticia le
quita a la información periodística toda su
dignidad, y si algo le resta, ésta desaparece en
manos de periodistas que llegan al oficio, no por
pasión, sino por cálculo o como un recurso
último después del fracaso para encontrar una
carrera fácil, o como fórmula para hacerse rico
y famoso, que si alguno lo logra suele ser a
costa de su conciencia o de sus deberes para con
el lector.
La realidad
creada por las grandes empresas es otra: la
proletarización del periodista que, de ser
líder de la sociedad, llegó a ser un
sobreviviente, es decir, alguien que desempeña
el oficio para mal comer. En esas condiciones el
periodista cambió de bando y dejó de estar al
servicio de sus lectores para estar bajo las
órdenes de sus patrones, los empresarios.
El resultado
está a la vista: el mundo vive la emergencia de
una información contaminada, pero no con la
conciencia clara con que padece y protesta por la
contaminación del aire o de las aguas. Ya es un
escándalo que el agua para beber tenga que ser
embotellada y se está dando el caso del aire,
que se vende purificado para uso individual; de
la misma manera habría que pensar en los
mecanismos de suministro de información
descontaminada. Anotaba Ignacio Ramonet, de quien
son estas ideas, que con la información ha
ocurrido un proceso análogo al de los alimentos
que, de ser escasos, se volvieron abundantes y
variados, pero sospechosos de contaminación. La
información de escasa y lenta -la noticia de la
muerte de Napoleón se supo aquí cinco meses
después y la victoria de Ayacucho se conoció en
Caracas tres meses más tarde- se ha convertido
en abundante y veloz. Hoy los hechos se conocen
al instante y a través de numerosas fuentes,
pero es una información bajo sospecha de
contaminación. Por cuenta de dos informaciones
falsas -el ejemplo es de Ramonet-, Estados Unidos
y sus aliados se fueron a la guerra.
La degradación
de la información y de los periodistas no lo es
todo. Al lector se lo desconoce como receptor de
información, pero cuenta a la hora del rating
y de las cifras de circulación. Hoy se está
recordando con la misma nostalgia con que se
recuerdan los buenos tiempos idos, el discurso de
Pulitzer al inaugurar uno de sus periódicos en
que formuló, como un credo, la convicción de
que los anuncios, el dinero y las noticias
estarían al servicio del lector. Hoy el lector
es un producto que se vende a los dueños de los
avisos.
Esto es lo que
nos está pasando o a punto de pasarnos. Mientras
la tecnología de las comunicaciones avanza y se
perfecciona, la crisis de la información
pública es cada vez más aguda.
Pero frente a
las situaciones de crisis la sociedad suele
generar sus propias soluciones, de la misma
manera que la conciencia de los errores se
convierte en el comienzo de un aprendizaje para
corregirlos y evitarlos. En el pasado o no se los
veía, o no se los sentía; hoy son cada vez más
conocidos y para prevenirlos aparecen los
manuales de estilo o los códigos éticos que los
medios adoptan como guías para la producción de
piezas de comunicación de calidad y de acuerdo
con unas políticas editoriales inspiradas en
principios éticos y técnicos.
Son textos cuyo
propósito es el de mantener vigente un deber ser
de la profesión y de los medios, como el que se
vieron obligados a expresar los periodistas de Time
cuando su revista hizo parte del paquete
negociado para la fusión AOL-Time-Warner. En el
editorial publicado en esa ocasión expresaron lo
que en todo manual de estilo se escribe a manera
de preámbulo: que lo primero es el lector y su
derecho a la información libre.
Junto con los
manuales, la publicación de los códigos
éticos, de la empresa y de los periodistas, fue
una práctica que se generalizó en el siglo XX
casi paralelamente con el desarrollo tecnológico
de las comunicaciones. A mayor tecnología, más
problemas éticos, nacidos de la convicción
creciente del poder de los medios. Los códigos
de otros siglos se reconocen como rarezas de
anticuarios, que es el caso del credo de
Benjamín Harris, conocido en 1690 y concentrado
en los deberes de verdad, objetividad y
exactitud. Tienen un aire de precursores los
periodistas polacos que en 1890 se obligaron a
seguir unas normas deontológicas que luego
recogerían en múltiples códigos los
periodistas del siglo XX. Ante la acumulación de
preguntas y problemas que plantea el desarrollo
de los medios, como tecnología y como empresas,
la formulación de los grandes valores de la
profesión se ha hecho necesaria, tanto como las
brújulas en los barcos sacudidos por una
tempestad. Con los medios de comunicación está
ocurriendo lo que con las grandes empresas
amenazadas por el huracán que provocó el
colapso de Enron y una decena de compañías
más, que estaban a merced de ejecutivos
corruptos. La dura lección está enseñando que
la ética es un activo indispensable para la
supervivencia empresarial. El New York
Times lo aprendió y con él los medios de
comunicación que han tenido la honradez
suficiente para entender que la credibilidad es
un activo que debe cuidarse con un celo mayor que
el consagrado a las rotativas y equipos de
computación. En algunos países europeos, sobre
todo, se ejerce un control a través de los
Consejos de Prensa en que participan periodistas
y lectores, como socios dentro del mismo
proyecto; pero los códigos y manuales pueden ser
letra muerta, un formulismo burocrático, si en
los medios no se mantiene viva la conciencia de
su necesidad. Y es aquí donde aparece la
institución del Defensor del Lector.
Era necesario
este largo recorrido en que han aparecido con
toda su magnitud los problemas y perspectivas del
periodismo de hoy, para resituar al Defensor del
Lector. En el siglo XX este personaje atendió
los más diversos menesteres: desde vigilante de
la ortografía, la sintaxis y la buena calidad en
el diseño y la impresión, pasando por el
menester de recolector de quejas de toda índole:
ejemplares que llegaban atrasados, o incompletos,
lectores enojados por el escaso o excesivo
espacio dedicado a una noticia, lectores en
descuerdo con las políticas editoriales del
medio, lectores ofendidos por alguna referencia o
información dañina y así, hasta formarse
alrededor de él una algarabía que le ha
impedido ir más allá.
Mientras tanto,
la imagen que proyecta el defensor ha sido
cambiante y variada hasta el punto de crear
confusión.
Una encuesta a
250 periodistas de tres diarios de Lisboa arrojó
una imagen negativa de los defensores como
moralistas en exceso, agresivos con los
periodistas, nada independientes, agresivos con
los lectores y con interés desmedido en los
asuntos técnicos. Pero al lado de esta
percepción figuraba otra, mayoritaria, la de los
que veían al defensor como la puerta abierta del
diario, o como el que recuerda los principios
éticos, o el que estimula la autocrítica, o el
que enseña la actividad periodística al lector
u obliga a una mayor prudencia.
En un severo
juicio Ignacio Ramonet afirmaba, en una reciente
conferencia en Nueva York, que en este comienzo
de siglo el ombudsman, absorbido por el
ambiente contaminado de los medios comprados por
las grandes empresas, se ha mercantilizado, se ha
degradado y convertido en coartada para reforzar
la credibilidad de los medios.
Tal variedad de
conceptos y calificativos ratifica que una
función tan amplia como la del defensor, aún no
se puede dar por definida.
Está bien que
el defensor lleve a cabo en el medio una función
parecida a la del departamento de control de
calidad en una fábrica; pero no es toda su
función.
Está bien que
su presencia y su actividad en el interior de un
medio haga sentir a los lectores que alguien los
representa y defiende sus derechos; se amplía
así su función, pero resulta sospechosamente
cercana a la de un relacionista público del
medio.
Está bien que
el defensor lleve a la redacción el aire fresco
de nuevas iniciativas, de ideas renovadoras, pero
esto no lo es todo.
Está bien que
el defensor se convierta en un generador de
credibilidad; en un argumento claro y viviente de
la voluntad del medio para entregar al lector un
servicio de excelencia; pero el defensor es más
que eso.
Lo definía Hugo
Aznar como el trabajador más solitario de un
periódico porque nadie le da órdenes, ni tiene
capacidad para ordenar nada; y así tiene que ser
porque actúa con el poder y los límites de la
conciencia. En las redacciones, como en el
interior del ser humano, esta persona-conciencia
no impone ni prohíbe, no sanciona ni premia,
solamente comunica en silencio, con voces que no
siempre se oyen pero que recuerdan qué es lo que
debe hacerse. Esta es parte de su tarea, la de
ser conciencia del medio, y se acerca a la
utopía de su acción cuando actúa, a través de
sus variadas funciones, como la conciencia del
derecho de los lectores a la información.
La revolución
educativa que llevó a cabo el pedagogo
brasileño Pablo Freire logró un cambio de
actitud en los educadores que, de la arrogancia
de quien cree estar en la obligación de llenar
con conocimientos unos recipientes vacíos, sus
alumnos, llegaron a la certeza de que nadie educa
a nadie, porque todos recibimos unos de otros. Es
el mismo cambio de actitud con que se desplaza la
arrogancia de los medios de comunicación, que de
dueños exclusivos de la verdad, pasan a ser
interlocutores en unos casos, mediadores casi
siempre entre los distintos sectores de la
sociedad. Cuando ese cambio se da, el receptor de
las informaciones deja de ser visto como un ente
pasivo, porque de él siempre se espera y demanda
un aporte. Sus cartas, sus opiniones, sus
informaciones no se reclaman con la cortesía
helada de los relacionistas, sino con el interés
profesional con que se busca un contacto real y
una visión clara de la realidad. El lector deja
de ser alguien ajeno, y se redescubre como parte
de la comunidad que crea la palabra del medio de
comunicación. Es la actitud que el defensor
aclimata y promueve cuando entiende y ejecuta su
labor de representar -atención al verbo,
presentar doblemente- al lector en la redacción.
Así comienza a mirarse el derecho a la
información en el reconocimiento del sujeto de
ese derecho.
Suelo recordar
al lector que protestó porque, entre dos
informaciones sobre premios, se le había dado en
la primera página la prioridad de la foto en
color y del titular de cuatro columnas a un
campeón de patinaje y se había dejado en una
modesta columna segundona a dos investigadores
que habían ganado sendos premios de ciencias.
Aquél lector alegó el derecho a una agenda que
reflejara la importancia real de los hechos y no
la apariencia ni el interés comercial del
periódico. El derecho a la información aflora a
la conciencia a través de la exigencia de una
agenda del lector, no necesariamente coincidente
con la agenda del medio de comunicación, ni con
la agenda de los poderes que presionan en los
medios. La presencia del gran capital en un
periódico tiende a convertirlo en dócil caja de
resonancia de los intereses empresariales y a
silenciar cualquiera otra voz. Como en las
ciudades griegas, en las que el ciudadano se
reconocía porque tenía el derecho a la palabra
y al esclavo, porque se le imponía el silencio,
en las ciudades democráticas de hoy se ha
convertido en una anormalidad normal que unos
hablan -los dueños del poder de los medios- y
que otros callen -los que reciben silenciosa,
dócil y pasivamente el mensaje de los medios-.
Romper ese dañino e injusto orden de cosas con
el reclamo del derecho a la información, a
través de la introducción de la agenda del
lector y de la sociedad, es la tarea que cumple
el defensor cuando somete a crítica temas y
contenidos, cuando señala y denuncia vacíos,
cuando rechaza las redundancias impuestas por el
interés de los poderosos.
Cuando el
Defensor del Lector está integrado a la
redacción del medio y hace parte de su
cotidianidad, llega a ser un guía a través de
su trabajo con la redacción. Con los periodistas
comparte experiencias, con ellos adelanta
reuniones de actualización, de búsqueda y de
autocrítica, que ponen en su mano instrumentos
pedagógicos para proponer nuevas actitudes y
revisiones renovadoras. Así el defensor puede
sacudir rutinas y promover el desmonte de
estereotipos, entre los que aparece con
frecuencia la tradicional mirada de la historia
desde el poder. Es el periodismo que se hace con
entrevistas a quienes están en el poder: el
rico, el famoso, el gobernante, el jerarca, el
alto oficial; es decir, todos los que miran los
hechos desde arriba. La conciencia del derecho a
la información indica que esa es una
información parcial, que impide conocer las
realidades desde todos sus ángulos, que debe ser
complementada y enriquecida con la visión de la
historia desde abajo. Es decir, se trata de
pensar la información desde sus destinatarios;
una perspectiva que se descubre, no en los
textos, sino en el ejercicio mismo del oficio con
la ayuda y orientación de un defensor del lector
que ha asumido con todo rigor la defensa de los
derechos del lector.
Al desconocido
que en el pasillo de salida de un avión me
preguntó con seriedad de sepulturero: ¿a quién
defiende el defensor?, no le pude responder
porque la impaciente fila de viajeros se puso en
movimiento, pero la respuesta que debí darle fue
en este sentido: el defensor defiende la
credibilidad del periodista y por eso lo estimula
a fortalecerla y defenderla, porque a mayor
credibilidad del periodista, mayor credibilidad
del medio y un medio con credibilidad les presta
a sus lectores el máximo de los servicios: una
información en la que puedan creer.
Ser creíble es,
desde luego, un triunfo del periodista, pero más
que eso, es un servicio que se le presta al
lector porque la credibilidad genera confianza,
que es esa seguridad de que no habrá engaño, ni
abuso, ni manipulación. Es, en otro orden, lo
que convierte nuestra casa en morada, ese lugar
donde la comida, la bebida, el afecto, el
descanso, todo es sano y confiable. Allí no hay
lugar para la duda, ni para la sospecha, por eso
es morada, el sitio que no se cambia por ningún
otro en el mundo.
La información
confiable, esa que se acepta a ojo cerrado porque
asegura el respeto a todos los derechos, es la
que dan medios y productos con credibilidad. Es
la que se echa de menos en un mundo de mentira en
donde todo está contaminado, especialmente la
información que se produce en los grandes medios
en donde predomina el interés de los poderosos.
Un defensor del
lector que se aplica al fomento y defensa de la
credibilidad de los periodistas es mucho más que
un simple oidor de quejas; es más que un
inspector de calidad; supera en todo a un
relacionista público preocupado por una imagen
institucional; en nada se parece a un severo
vigilante de la redacción. No se trata de asumir
nuevas y originales tareas sino de unificarlas
bajo una intencionalidad clara: convertirlas en
elementos pedagógicos para hacer real el derecho
del lector a la información.
Decía Sócrates
en su discurso ante los jueces que lo habían
condenado a muerte por impiedad, que él había
sido colocado en la ciudad como junto a un
caballo grande y noble, pero un poco lento por su
tamaño y que necesitaba ser aguijoneado por una
especie de tábano. Según creo, afirmaba,
el dios me ha colocado junto a la ciudad para una
función semejante y como tal, despertándoos,
persuadiéndoos y reprochándoos uno a uno, no
cesaré durante todo el día de posarme en todas
partes.
Cuando releo
esos verbos: despertar, persuadir, reprochar, y
recreo la imagen del tábano que no deja dormir,
que mantiene al gran animal en movimiento, creo
encontrar una buena razón para pensar que
Sócrates hablaba también del Defensor del
Lector.
*
Javier Darío Restrepo tiene 48 años de trayectoria
periodística. Es miembro fundador de la
Comisión de Ética del Círculo de Periodistas
de Bogotá, del Instituto de Estudios
sobre Comunicación y Cultura (IECO), de la Fundación para Libertad
de Prensa y de Medios para la Paz. Ha sido defensor del lector de los
diarios El Tiempo y El Colombiano.
Es autor de numerosos libros y artículos en
materia de comunicación social y ganador de
diversos premios como el premio a la ética
periodística del Centro Latinoamericano de
Prensa (1997). Es colaborador de Sala de Prensa. Esta es la ponencia que presentó
en el Congreso Anual La
autorregulación en los medios: el ombudsman como
una alternativa viable,
organizado por la Facultad de Comunicación de la
Universidad
de Piura (Perú), en Lima
los días 27 y 28 de octubre de 2004.
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