Situación
del ombudsman en el mundo
Susana
Herrera Damas *
El
defensor de la audiencia: un mecanismo de
autorregulación
Habitualmente
traducido al castellano como defensor del lector,
oyente o telespectador -según el medio al que se
aluda-, el ombudsman es un órgano
unipersonal que vela por el correcto
funcionamiento deontológico de la actividad de
un medio. En términos generales, atiende quejas
y trata de encontrar soluciones satisfactorias.
Con el paso del tiempo, esta figura se ha ido
haciendo popular en diferentes instituciones como
las fundaciones, bancos, universidades, etc.
Aplicada a los medios de comunicación, su labor
se orienta a recibir e investigar las quejas de
los consumidores sobre la exactitud, la
imparcialidad, el equilibrio y el buen gusto en
la cobertura de las informaciones. Una vez
recibidas e investigadas las quejas, el defensor
recomienda respuestas adecuadas para corregirlas
o aclararlas. Aunque las formas de trabajo
difieren de un defensor a otro, todos ellos
comparten el mismo propósito: servir de
intermediarios entre los receptores y los
emisores de un medio. En palabras de Glaser, la
intención es quitar barreras innecesarias para
que prensa y público puedan participar en un
intercambio cooperativo y no restringido (Glaser,
2003).
En un comienzo,
el defensor era un funcionario público que
velaba por el correcto funcionamiento de los
medios. En la actualidad ejerce esta vigilancia
ética en relación con la actividad de un solo
medio en particular y no de todos ellos.
Corresponde por tanto a cada medio la decisión
de dotarse o no de esta figura profesional.
Objetivos
del defensor de la audiencia
Como mecanismo
de autorregulación, el defensor tiene sobre todo
dos objetivos: alcanzar la excelencia profesional
y servir con eficacia al ciudadano (Maciá,
2003).
En el primer
caso, se espera del defensor que contribuya a
perfeccionar la labor profesional de los
periodistas y a elaborar un producto de calidad.
Para ello, vela por el respeto de la ética
profesional y de los códigos deontológicos del
periodismo, fomenta la autocrítica, el diálogo
interno y la credibilidad del medio, cuida el
lenguaje y la imagen pública de los
profesionales del medio y previene el
corporativismo.
Para servir con
eficacia al ciudadano, el defensor impulsa la
participación activa de los públicos en el
proceso informativo, atendiendo a sus quejas y
dudas y animándoles a que defiendan sus
derechos. A su vez, todo ello contribuye a formar
al ciudadano como consumidor de información, a
mejorar la relación del medio con sus públicos
y a consolidar la autorregulación.
En cualquier
caso, la presencia del defensor puede quedar
justificada si atendemos a una de las
encrucijadas en las que hoy se encuentran
atrapados los medios. El actual laberinto tiene
los extremos siguientes: por un lado, los
directivos y profesionales coinciden a la hora de
considerar que, en efecto, el público es el
elemento más importante a la hora de llevar a
cabo su trabajo y sin embargo, por otro lado,
este reconocimiento no coincide con la presencia
del público en los medios. En numerosas
ocasiones, a pesar de los elementos promocionales
que puedan utilizar los medios, el público sólo
es tenido en cuenta para recibir felicitaciones,
aplausos y ayudas pero para nada más
(Cantavella, 1997: 177-178). En este sentido, la
presencia del defensor coadyuva a una mejor
relación entre productores y consumidores porque
es evidente que los lectores no pueden quedar
como paganos y ausentes de todo el proceso
informativo: sin duda, algo tendrán que
decir (Cantavella, 1997: 190).
Así las cosas,
el defensor -también denominado readers
representative, readers advocate,
public editor o defensor de la audiencia-
representa a ésta en el interior de los medios.
Recibe sus cartas o mensajes e interviene para
que el lector sea escuchado o atendido: corrige,
aclara o rectifica en su nombre, hace llegar sus
propuestas de modificación de la agenda y le da
a la audiencia una presencia activa en el medio
de comunicación. Esta realidad le obliga
también a llevar a cabo una serie de tareas con
los profesionales del medio.1
Es relativamente
frecuente que el trabajo del defensor sea
confundido con otras instancias y mecanismos que
existen sobre todo en los diarios y que
desempeñan funciones similares. El siguiente
cuadro -elaborado por San Andrés- delimita con
mayor claridad el trabajo del defensor en
comparación con otros mecanismos con los que
cuentan algunos medios impresos.
Similitudes
y diferencias entre el defensor y otros
mecanismos de defensa
| |
Defensor
|
Cartas |
Rectificación |
Fe de errores |
| Autor
|
Involucrado e interesado |
Involucrado y/o interesado |
Involucrado |
Diario o a petición del
involucrado |
| Identificación
|
Nombre completo y número de DNI |
Nombre completo y número de DNI |
Nombre completo |
Nombre completo |
| Temas
|
Publicados
|
Opinión General |
Publicados |
Publicados |
| Datos que se aportan |
Demostrativos
|
Opiniones
|
Demostrativos y/o legales |
Publicados |
| Inclusión en publicación
|
Moralmente
obligada |
Libre criterio, prima actualidad |
Jurídicamente obligada |
Moralmente obligada |
| Tiempo en publicarse en
periódicos |
1 ó 2 semanas |
1 ó 2 semanas |
Hasta 5
años |
5 días |
| Tratamiento publicación
|
Explicado y subsanado |
Ninguno |
Explicado y subsanado |
Explicado y subsanado |
| Valoración
|
Autocrítica |
Opiniones y crítica de
organismo, injusticias |
Reconocimiento
de derecho |
Reconocimiento de una
equivocación |
| Objetivo |
Rectificar |
Exponer |
Rectificar |
Rectificar |
Fuente:
San Andrés, 1992: 10
Historia
del defensor de la audiencia
Desde un punto
de vista cronológico, la figura del defensor
aplicada a los medios tuvo algunos antecedentes
ya a principios del siglo XX.2 En concreto, fue en 1916
cuando se creó en Suecia el primer ombudsman
de la prensa, cargo público que formaba parte
del Consejo de Prensa. Con esta nueva
denominación, se pretendió revitalizar y dar
mayor visibilidad pública a la labor
desarrollada por el Consejo que, a partir de ese
momento, contaría con esta nueva figura
únicamente para recibir las quejas ciudadanas
respecto a la actuación de los medios impresos.
Seis años
después, en 1922, el diario japonés The
Asahi Shimbun de Tokio estableció un comité
destinado a recibir e investigar las quejas de
los lectores. Años más tarde, otro diario
japonés de gran tirada The Yomiuri Shimbun,
constituyó en 1938 un comité para controlar la
calidad del diario. En 1951, este grupo se
convirtió en un comité de ombudsman que
todavía hoy sigue escuchando las quejas de los
lectores sobre el diario y manteniendo encuentros
diariamente con los editores del periódico.
Sin embargo, a
pesar de estos antecedentes, el sentido moderno
de esta figura profesional data de finales de los
años sesenta cuando por primera vez fue
incorporada a un diario estadounidense. En la
aparición de este nuevo defensor
periodístico concurrieron varios factores
(Aznar, 1999: 169-170). Por un lado, el
crecimiento de la cultura consumerista que, desde
su aparición a comienzos de los años sesenta,
no había dejado de crecer en su empeño por
influir en las decisiones empresariales
(Lipovetsky, 1994: 254). Además, este mismo
periodo coincidió con una grave crisis de
credibilidad en los medios estadunidenses que ya
a mediados de la década mostraban sus primeros
síntomas de agotamiento.
En este
contexto, fue el periodista y crítico de los
medios Ben H. Bagdikan quien, en marzo de 1967,
denunció en las páginas de la revista Esquire
el creciente desprestigio que estaba acosando
a la prensa estadounidense y apeló a que algún
propietario valiente tuviera el valor
de incorporar a su redacción la figura del ombudsman.3 Unos meses después, A.H.
Raskin, desde las páginas de The New
YorkTimes, perfiló un poco más la labor del
ombudsman como alguien de la redacción
encargado de defender los derechos del público y
de supervisar con independencia los contenidos de
su medio. Aunque The New York Times no
incorporaría esta figura, finalmente fue en
junio de 1967 cuando dos periódicos de Lousville
(Kentucky), The Courier Journal y The
Lousville Times -unidos después como el Lousville
Courier Journal-, crearon el primer ombudsman
en el sentido actual del término (Israel, 1996:
178). A este le siguió en 1970 el defensor de The
Washington Post y en 1972 el primer ombudsman
canadiense, incorporado por el diario The
Toronto Star.
En 1980, tuvo
lugar la creación en Estados Unidos de la
Organización de Ombudsmen de la Prensa
(ONO), una asociación destinada a agrupar a ombudsmen
de diferentes países para extender esta figura,
precisar sus funciones y sus métodos de trabajo
y facilitar un foro de intercambio de
experiencias y contactos con editores,
periodistas, otras organizaciones y
profesionales, etc.4 Su existencia ha
contribuido a difundir la labor del defensor y
con el paso del tiempo su figura se ha ido
introduciendo poco a poco en los medios de
comunicación. En la actualidad, forman parte de
la ONO más de cincuenta ombudsmen, la
mayoría de Estados Unidos. Obviamente, no todos
los ombudsmen del mundo forman parte de
esta organización, ya que, por ejemplo, también
cuentan con ellos otros medios europeos
destacados (Il Corriere de la Sera, La
Repubblica, The Guardian, Le Monde, Le Soir...)
(Aznar, 1999: 170).
En cualquier
caso, con independencia de que pertenezcan o no a
la ONO, el defensor es hoy una realidad extendida
en numerosos países de todos los continentes:
Estados Unidos, Canadá, Brasil, Francia, Gran
Bretaña, Italia, Holanda, Portugal, Israel,
Japón, Puerto Rico, Colombia, Venezuela, etc.
Aun así, el
número de defensores sigue siendo
comparativamente bajo en relación con la
cantidad de medios que existen y en relación
también con la extensión de esta figura en
otros ámbitos del mundo empresarial (bancos,
compañías de seguros, universidades, etc.).
Así, por ejemplo, en Estados Unidos apenas
existe una treintena de defensores para cerca de
1.600 periódicos -algo más de un 2%- , sin
contar el número de revistas, emisoras de radio
y de televisión.5 No obstante, para Aznar,
el futuro se presenta prometedor: Conforme
aumente la cultura y el público vaya conociendo
y reclamando cada vez más sus derechos cabe
pensar que el ombudsman se haga más
común también en los medios (Aznar, 1999:
172). Existen además recomendaciones que
alientan la creación de esta figura. Éste es el
caso del código de los periodistas italianos que
recoge entre las responsabilidades del periodista
su deber de promover la creación de un ombudsman
para fomentar el diálogo con el público y
una cultura de responsabilidad en los medios
(Aznar, 1999: 170). Por su parte, el Consejo de
Europa ha tratado de promocionar esta figura en
un plano supranacional. Así se desprende, por
ejemplo, de la Recomendación 1215 en la que se
insta al Consejo de Ministros a estudiar -junto
con organizaciones gubernamentales como la FIP-
la posibilidad de establecer dentro del Consejo
de Europa un defensor europeo para los medios de
comunicación (Conseil de lEurope, 1993: 11
y 12).
Rasgos
diferenciales del defensor
A la hora de
caracterizar al defensor, es preciso distinguir
entre una serie de elementos comunes -que
comparten todos los defensores por el hecho de
serlo- y un conjunto de variaciones, en función
de lo que se disponga en los estatutos que suelen
regir la actividad de los defensores.
Así, por el
hecho de serlo, todos los defensores comparten
los siguientes elementos comunes (Aznar, 1999:
182):
- Reciben,
investigan y dan respuesta a las quejas
del público
- No tienen
capacidad sancionadora
- Llevan a
cabo una labor interna y externa
- Gozan de
una trayectoria profesional solvente y de
gran credibilidad
- En cuanto a
su competencia, no suelen ocuparse ni
juzgar las páginas de opinión, a menos
que alguna haya resultado ofensiva o
incurrido en algún error grave.
A partir de
aquí, el resto son variaciones.6
Así, por
ejemplo, en lo relativo a su procedencia, el
defensor puede ser una persona del medio
periodístico o puede provenir de cualquier otro
área. Son ejemplos del primer caso los diarios
españoles La Vanguardia (Barcelona) y El
País (Madrid) que suelen requerir
-explícitamente en el primer caso e
implícitamente en el segundo- que los defensores
hayan pertenecido previamente a la plantilla. En
el caso de que el defensor no tenga relación
directa con las profesiones comunicativas, es
frecuente que las personas a las que se asigna el
cargo sean escritores, jueces, profesores de
universidad, etc. Según Aznar, en estos casos,
el único requisito es que no se produzcan
incompatibilidades entre los cargos -en el caso
de magistrados, funcionarios, etc.- o conflictos
de interés -con políticos-. Para evitarlo, es
frecuente que, en este segundo caso, las personas
a las que se elige para ocupar el cargo estén
retirados del ejercicio público de su anterior
profesión (Aznar, 1999: 182).
También varía
la duración del cargo. Si bien predomina la
convicción general de que es un cargo que no
conviene que sea ocupado por una misma persona
durante mucho tiempo seguido, la duración
concreta depende de lo que en cada caso
establezcan los estatutos. Así, por ejemplo, en
los estatutos de El País, se especifica
que el defensor debe ejercer el cargo por un
año, prorrogable por otro. En La Vanguardia el
cargo dura dos años prorrogable por otros dos.
En el caso del Defensor del Oyente y
Telespectador de Radio Televisión Andaluza el
cargo dura lo mismo que dure el Consejo de
Administración que lo nombre.
En cuanto a su
nombramiento, generalmente el defensor es
nombrado por la Junta Directiva del medio, si
bien los sistemas de asignación varían. Así,
por ejemplo, en el caso de El País, el
Comité de Redacción puede dar su opinión sobre
el candidato al cargo en un plazo de quince días
antes de su nombramiento y en todo momento puede
elevar a la Dirección una petición razonada
para que cese.
También varía
la dedicación del defensor al cargo. Las
posibilidades van desde la dedicación completa y
exclusiva de Folha de Sao Paulo (Brasil), La
Prensa (Panamá), RCN y Caracol
Televisión (Colombia), hasta dedicaciones
menos intensas. En el estatuto del ombudsman
de Público (México) se dice que
para asegurar su independencia de criterio
se le remunera su trabajo, pero no es parte de la
nómina del periódico y tampoco es su principal
actividad profesional (Rey, 2003).
Otra variación
importante es la relativa a las formas de
trabajo. En este punto, es preciso reconocer que
no existen dos defensores que trabajen de la
misma manera, que posiblemente sea esta variable
la que presente una casuística más variada y
que ha sido precisamente este hecho el que ha
llevado en ocasiones a afirmar que el del
defensor del lector es un oficio en
construcción (Rey, 2003). En ocasiones, el
defensor puede actuar no sólo a petición del
público sino también por su propia iniciativa.
Unas veces actúa en solitario mientras que otras
cuenta con una oficina que se encarga de realizar
algunas tareas administrativas para registrar
mejor las quejas y consultas. Además, puede
contar con la ayuda de un comité consultivo
independiente formado por miembros que él mismo
elige. A ellos puede encargarse tanto la
evaluación de un conjunto de programas como la
revisión de la cobertura periodística que el
medio ha otorgado a determinados temas. Una vez
realizado este estudio, el ombudsman
comunica sus conclusiones tanto a la persona que
efectúa las quejas como al periodista aludido y
a la dirección.
También
difieren las formas de trabajo en cuanto al
registro de su actividad. Casi todos los
defensores tiene que justificar su desempeño
profesional en una memoria o informe en la que
quede constancia del número y del tipo de quejas
recibidas y atendidas. La variedad se refiere
más bien al grado de sistematización de tales
documentos. En algunos casos, los defensores
deben registrar también el tratamiento que se ha
dado a las quejas recibidas así como los
principales temas que han ocupado la atención de
la Oficina del defensor en el transcurso de un
año. En estos informes suele quedar constancia
de las medidas adoptadas por la dirección, tal
como se observa en el informe realizado por el
defensor de Radio Canadá.7 En otras ocasiones, para
garantizar una mayor imparcialidad, el defensor
puede valerse de los otros mecanismos con que
cuente el medio. Entre ellos, ocupan un lugar
preferente los Códigos Deontológicos, los
Estatutos de Redacción o los Libros de Estilo
(Vicondoa, 1995: 185-195).
Varía también
la mayor o menor cercanía que los defensores
mantienen con los periodistas en el desarrollo de
su trabajo. Siguiendo a Rey (2003), existen a
este respecto básicamente dos opciones. En un
extremo, estarían los defensores que mantienen
una distancia constante frente a la redacción,
ya que argumentan que otro comportamiento
significaría involucrarse demasiado y
perder contundencia crítica. En este caso,
no existe interacción entre el defensor y los
periodistas, quienes se enteran de las
determinaciones de aquél a través de su
columna, en sus informes, o en los análisis que
entrega a la redacción. En el otro extremo, se
situarían los defensores que entienden que
resulta fundamental establecer relaciones con los
periodistas, ya que se logran así efectos
pedagógicos en la redacción. Para ello, los
defensores realizan talleres con los periodistas,
resuelven dudas e investigan directamente la
participación de los periodistas en las
informaciones que están analizando.
Funciones
del defensor
En términos
generales, la función del defensor es
representar al receptor e incrementar así el
prestigio del medio (Vicondoa, 1995: 191-192 y
Maciá, 2000). Desde una perspectiva más
concreta y teniendo en cuenta que el defensor
sirve de nexo entre el medio y su audiencia,
éste tiene una doble labor: hacia el interior y
hacia el exterior del medio (Tirosh, 2003).
a) Hacia
el interior del medio
Dentro del
medio, el defensor debe controlar la actividad de
sus profesionales e incrementar a su vez el
contenido ético y deontológico del producto que
se ofrece. En concreto, el defensor suele
desempeñar las siguientes funciones (Tirosh,
2003):
- revisar el
contenido y la oferta del medio
- elevar el
prestigio y la calidad del producto que
se ofrece
- llevar a
cabo una labor pedagógica con los
periodistas
- Revisar el
contenido y la oferta del medio
Para ello, el
defensor suele redactar informes de contenido
ético y deontológico que circulan por la
redacción, sobre todo entre los redactores jefe
y los editores. Así, por ejemplo, en el caso de
la prensa -medio en el que la incorporación de
esta figura profesional ha tenido una mayor
aceptación- el defensor revisa diariamente el
periódico y escribe un informe que circula entre
la redacción, sobre todo entre los redactores
jefe y los redactores. En ocasiones, este informe
es discutido en la dirección habitual que cada
mañana tienen los editores de noticias. Es
frecuente también que el defensor participe en
el encuentro, que suele comenzar con una breve
discusión sobre el citado informe.
- Elevar el
prestigio y la calidad del producto que se ofrece
Al defensor le
corresponde también reconocer públicamente los
errores que comete su medio algo que, aunque
pueda parecer lo contrario, incrementa la
credibilidad y el prestigio del medio porque
indica un deseo explícito de honradez y de
mejora por parte del medio (Vicondoa, 1995: 192).
Esta función tiene numerosas manifestaciones,
desde realizar recomendaciones o dar respuestas
para corregir o clarificar algunas informaciones8 hasta contribuir a
mejorar el lenguaje que se utiliza.
- Llevar a
cabo una labor pedagógica con los periodistas
El defensor debe
procurar también que los periodistas tomen
conciencia de la importancia de respetar las
normas éticas y de que sepan cómo hacerlo. Para
ello, es frecuente que sea el propio defensor el
que se encargue de notificar a los redactores y
escritores quien erró en la redacción o en la
edición, con independencia de que el error se
refiera a cuestiones de lenguaje o a aspectos de
contenido. En ciertos casos, los redactores que
hayan recibido un mayor número de avisos pueden
recibir una sanción. Además, una vez a la
semana, el defensor revisa una parte adicional
del diario diferente a la informativa -que se
revisa a diario-. Éste es el caso de la sección
económica, de deportes o del suplemento
dominical. Para estas secciones, el defensor no
escribe un diario sino que hace sus observaciones
a los editores y escritores, en función de la
necesidad. En otros medios, el defensor se hace
cargo de tareas voluntarias como, por ejemplo,
tratar de mejorar el lenguaje que se utiliza. De
esta forma, cada pocos días, el defensor hace
circular dos o tres correcciones de errores en el
uso del lenguaje común.
b) Hacia
el exterior del medio
Además de las
funciones hacia la redacción, el defensor lleva
a cabo también una serie de funciones para el
público. Son éstas:
- recibir las
quejas y comentarios de la audiencia,
- publicar o
difundir el contenido de su actuación
- realizar
una tarea propia de relaciones públicas
- Recibir las quejas y
comentarios de la audiencia
La primera
función del defensor hacia el exterior del medio
supone que ha de recibir e investigar las quejas
de los lectores, oyentes o telespectadores sobre
la objetividad, precisión, equilibrio y buen
gusto en la cobertura de las informaciones. Dicho
de otra forma, como su propio nombre indica, al
defensor le corresponde defender al público y
favorecer el contacto entre un medio y su
audiencia. De hecho, en algunas ocasiones, el
defensor ha de promover el conocimiento de los
derechos que asisten a los ciudadanos como
usuarios de los medios.9
Siguiendo a
Maciá, una de las principales acciones del
defensor es estimular la participación de los
lectores, oyentes o telespectadores, bien directa
-a través de la apelación y de la
interpelación- o indirectamente procurando
incrementar su criterio como consumidores de
información y haciendo que tomen conciencia de
sus responsabilidades en el proceso informativo
(Maciá, 2001: 81).
Las quejas de
las que suele hacerse cargo el defensor se pueden
dividir en tres grandes grupos (Vicondoa, 1995:
194). Por un lado, las relacionadas con erratas,
errores e inexactitudes de detalle poco
importantes; por otro, las de quienes se han
visto afectados por una noticia y no están
satisfechos con ella y finalmente, las que
plantean errores más graves y cuestiones
polémicas sobre el tratamiento de las
informaciones y otros contenidos del medio
(cuestiones sexistas, racistas, falta de
sensibilidad en momentos dramáticos, etc.).
- Publicar
o difundir el contenido de su actuación
Además de
recibir las quejas y comentarios de la audiencia,
al defensor le corresponde investigar su
contenido y hacer público el resultado de su
investigación. Éste es uno de los aspectos en
los que se advierte una mayor variedad según el
medio en el que trabaje el defensor. Es decir, lo
dicho hasta aquí sirve para los defensores de
todos los medios, con independencia de que
trabajen en prensa, radio o televisión. Sin
embargo, la publicación de su actividad admite
ciertas variaciones según el medio en el que se
trabaje.
En los medios
impresos se ha hecho habitual que el defensor dé
cuenta del contenido de su actividad en una
columna que se publica una vez a la semana
aprovechando los días de mayor circulación de
los periódicos -en condiciones normales, los
domingos-. Con el paso del tiempo, estas columnas
han pasado a tener una estructura propia -queja
del lector, respuesta del autor, puntos del libro
de estilo que hagan referencia a la queja y
opinión del experto (Vicondoa, 1995: 190)- así
como unos rasgos estilísticos propios que
difieren de los de otros textos de opinión.
Según el estudio de Mendes, entre estos rasgos
destacan el uso de la primera y de la segunda
persona del singular, el empleo de un mayor toque
de humor y estilo dinámico, la utilización de
estrategias variadas en el intento de simular el
diálogo con los lectores -llamamiento al
diálogo directo, uso del vocativo, lector como
el actor principal, presentación del mismo
defensor como lector, etc.-, preferencia por el
uso del singular cuando se está refiriendo al
público y presentación ocasional del defensor
como alguien humilde, modesto y cuyas opiniones
son cuestionables (Mendes, 2003).
En los medios
audiovisuales, -radio y televisión- es
frecuente que la actividad del defensor se haga
pública mediante la emisión de sus propios
espacios y programas. Habitualmente, el defensor
es entrevistado también en programas de las
emisoras. En ellos da respuesta a las quejas que
considera más frecuentes o importantes ante la
imposibilidad física y material de responder a
todas ellas públicamente.
La radio es el
medio que cuenta con una menor implantación de
esta figura profesional. En concreto, el primer
defensor del oyente fue el de Radio Canadá,
en abril de 1991. Entre las novedades, su
actuación se produce sólo a instancia de parte
y para admitir una queja a trámite es
imprescindible que exista un plazo razonable de
tiempo entre su realización y denuncia. Además,
el ombudsman de Radio Canadá puede
efectuar estudios sobre temas concretos cuando el
elevado número de quejas revela la existencia de
un problema. También desde marzo de 2000, la
estadunidense National Public Radio (NPR)
cuenta con esta figura profesional.
Aun así y, en
comparación con lo que ocurre en un número cada
vez mayor de periódicos, la incorporación de la
figura del defensor a los medios audiovisuales es
todavía tímida, si bien es mayor en la
televisión que en la radio. Este fenómeno puede
obedecer a factores económicos. Probablemente,
esta razón explique también que la mayor parte
de las experiencias haya tenido lugar en las
emisoras públicas. En algunas ocasiones, una
cadena puede minimizar los costos de incorporar
esta figura profesional, unificando los cargos de
Defensor del Oyente y Defensor del Telespectador,
tal como ocurrió en el año 1997 en la cadena
española autonómica Radio Televisión
Andaluza (RTVA).
Con
independencia del medio del que se trate, algunos
defensores suelen mantener encuentros con la
ciudadanía en los que informa del contenido y
modo de proceder de su actuación. Además, el
defensor puede dar a conocer sus hallazgos a un
público más amplio, resumiendo el tratamiento
que ha dado a las quejas y mostrando las medidas
adoptadas. En menor medida, el defensor puede
difundir también su actividad mediante notas de
prensa a otros medios y agencias de noticias.
Más recientemente, su actuación ha conocido
nuevas posibilidades a través de su página web.
- Realizar
una tarea propia de relaciones públicas
En este caso, la
tarea del defensor consiste en facilitar que la
audiencia acceda al medio, algo que no sería
posible sin su presencia. Y no sería posible
porque habitualmente la audiencia no conoce a
nadie de la plantilla, o porque no sabe a quien
llamar o incluso no sabe si está bien llamar.
Además, en muchas ocasiones, tampoco los
redactores y editores tienen siempre tiempo -o
ganas- para detener su actividad y contestar a
las preguntas o las quejas del público.
En este sentido,
le corresponde al defensor servir de cauce de
diálogo con la audiencia. De esta forma, el
medio estaría también en mejores condiciones
para atender su demanda y romper así con la
tradicional autosuficiencia que puede detectarse
en muchas redacciones (Aznar, 1999: 179-180).
Así lo ha expresado Pérez Herrero quien
considera que el defensor podría profundizar en
ciertos aspectos cualitativos que pueden ser de
interés para conocer la aceptación del producto
que se recibe o las inquietudes, preocupaciones y
necesidades de los consumidores de un medio
(Pérez Herrero, 1999).
En este sentido,
la comunicación entre el defensor y su audiencia
debería ser una comunicación de ida y vuelta,
es decir, no sólo llevar a los profesionales las
quejas del público sino que, en ocasiones, el
defensor tiene que salir también en defensa de
la actuación de los profesionales y explicar a
la audiencia la singularidad del trabajo
periodístico (Aznar, 1999: 180).
Tipos
de defensor
En la práctica,
existen dos tipos de defensores bien
diferenciados. Siguiendo a Vicondoa, hablaremos
también aquí del defensor externo e interno, en
función de que pertenezcan o no al medio.
1) El defensor
externo se define, en primer lugar, por ser una
persona externa al medio, un colaborador que
habitualmente no tiene contrato laboral, ni
régimen de exclusividad y no trabaja en la
redacción. Este defensor puede ofrecer una mayor
garantía de independencia y posiblemente un
mayor grado de compromiso con el punto de vista
del público. Además, puesto que tiene otra
fuente de ingresos y una trayectoria diferente,
ya no depende exclusivamente del puesto, lo cual
le otorga una mayor independencia (Aznar, 1999:
183). No obstante, junto a estas ventajas, ocurre
también que este defensor no suele dedicarse a
esta labor en exclusiva y no suele conocer bien
la profesión, por lo que puede carecer de
elementos importantes a la hora de emitir un
juicio. Además, al no encontrarse en la
redacción, no puede atender personalmente las
llamadas telefónicas y entablar un contacto
directo con quienes efectúan la queja.10 Otra veces, ocurre que
sus decisiones son anuladas por el derecho de
veto del director del medio, lo cual,
evidentemente, reduce la eficacia de su
actuación.11
2) El defensor
interno, a diferencia del anterior, es un
profesional que ha trabajado previamente en el
medio para el que hace ahora las labores de
defensor, trabaja físicamente en la redacción y
tiene régimen de exclusividad. También en este
caso, existen ventajas e inconvenientes. Por un
lado, es cierto que resulta más difícil
criticar a quienes han sido recientes compañeros
de trabajo. Recientemente, el public editor de
The New York Times, Daniel Okrent,
bromeaba al respecto diciendo que hay
mejores formas de conseguir amigos
(Santelices, 2004: 107). En efecto, esto puede
provocar que el defensor adopte cierta actitud
defensiva hacia sus compañeros o hacia el medio
y tenga menos independencia a la hora de emitir
un juicio. Sin embargo, este profesional cuenta
con las ventajas de ser periodista por lo que
conoce mejor la importancia de cada fallo y sus
causas, es conocido por la redacción lo que
facilita la comunicación interna con los propios
redactores, sabe que su función tiene un tiempo
limitado marcado en el estatuto, conoce mejor a
la audiencia del medio, tiene más facilidades
para investigar y solucionar los problemas que se
le planteen y tiene mayor contacto con el
público porque puede contestar directamente las
llamadas.
En principio,
parece por tanto que esta fórmula puede
funcionar mejor que la del defensor externo, ya
que, además, suele disponer de instrumentos para
tratar de garantizar su independencia (Vicondoa,
1995: 187-190).
Cualidades
profesionales del defensor
De lo expuesto
hasta el momento, se entiende que, en cualquier
caso, la asignación del cargo de defensor -sea
interno o externo- no puede hacerse a cualquier
persona sino que exige una serie de cualidades y
requisitos profesionales.
Uno de los más
importantes es el de la independencia, entendida
como imparcialidad (Vicondoa, 1995: 185-195); es
decir, en el desarrollo de su cometido, el
defensor ha de ser una persona totalmente
independiente. Generalmente, su punto de vista es
discutido con el editor, con el jefe de
redacción o con la persona de más alto cargo
del periódico. No obstante, el contenido de la
conversación no debería influir en la decisión
del defensor, a favor o en contra del medio para
el que trabaja. Según Rey (2003), la
independencia del defensor tiene una doble
lectura: en primer lugar, se requiere su
independencia frente al propio medio, bien por su
total autonomía en el trabajo o por la falta de
relaciones de dependencia con los directivos y
dueños del medio. Pero también se precisa la
independencia de criterio que supone que el
defensor recibe los casos, los analiza e
investiga y asume una información que expone
directamente al público, sin interferencias. En
este sentido, se precisa que el profesional esté
siempre alerta para recibir los reclamos del
público y para investigar a su propio medio
desde una actitud profunda y sincera de llegar a
conocer la verdad de los asuntos (Maciá, 2003).
En la práctica,
es posible que el defensor cuente con ciertos
instrumentos que tratan de garantizar la
independencia -tanto frente al propio medio como
de criterio- en el desempeño de sus funciones.
Siguiendo a Vicondoa, estos instrumentos son: el
Estatuto del Defensor,12 el Libro de Estilo del
medio y los servicios de asesoría externa que
permiten que el defensor se dirija, por ejemplo,
a un catedrático, a un profesor o a un
especialista, si bien a la hora de difundir su
recomendación, es necesario que el defensor dé
también cuenta explícita de su impresión
(Vicondoa, 1995: 187-190). Esta forma de trabajo
ofrece una mayor riqueza y profundidad a la
actuación del defensor, permite una mayor
objetividad y supone un signo de humildad y
honradez por parte del defensor que cuenta con
más elementos de juicio y por lo tanto puede
ofrecer una opinión más sólida (Vicondoa,
1995: 189).
Aunque no es
requisito estrictamente necesario, sería
también deseable que el defensor fuera
periodista o estuviera directamente relacionado
con las profesiones de comunicación. Existen
algunos casos donde el cargo de defensor se ha
asignado a profesionales procedentes de ámbitos
distintos, como por ejemplo, el derecho o la
sociología. Al no tener un contacto previo con
la redacción, esto puede garantizar una mayor
independencia y, eventualmente, un mayor grado de
compromiso con el punto de vista del público. No
obstante, junto a esta ventaja existe también el
inconveniente de que estos profesionales suelen
desconocer la profesión periodística y carecer
de elementos que pueden ser determinantes a la
hora de emitir un juicio.
Ventajas
de incorporar un defensor
Como mecanismo
de autorregulación, al defensor le corresponden
también las ventajas de esta forma de control de
la actividad periodística. Entre ellas, y
siguiendo a Desantes, puede decirse que los
sistemas de autorregulación permiten afinar más
que los sistemas de heterocontrol, tienen una
mayor agilidad y permiten ahorrar tiempo y dinero
(Desantes, 1973).
En concreto, la
presencia de un defensor supone una serie de
ventajas tanto para los profesionales y
directivos del medio como para el propio público
que lo consume.
Ventajas
para el medio
1) Incrementa la
credibilidad del medio. Aunque la credibilidad de
un medio no depende de un único factor sino de
muchos otros, también es cierto que la presencia
del defensor supone uno más. Un factor que
simboliza de algún modo el esfuerzo que un medio
realiza para tener presente a su público, lo
cual puede aumentar la fidelidad del público y
en un mercado de la comunicación saturado
y muy móvil, éste es un aspecto muy a tener en
cuenta (Aznar, 1999: 185).
No en vano, es
preciso recordar que, en los orígenes del
sentido moderno de esta figura profesional la
mayor parte de los diarios estadounidenses
empezaron a darse cuenta de que mientras errar
era humano, admitirlo podía ser una buena forma
de aumentar la credibilidad. De repente, comenzó
a parecer extraño que aquellos que habitualmente
no tenían ninguna dificultad para informar de
los errores de los otros, encontrasen tantos
problemas para hablar de los suyos propios
(Morgan, 1994).
En este
contexto, fue el diario The Washington Post el
primero que señaló que le defensor no sólo
debía responder a quejas de los lectores y
corregir errores, sino que también debía
comentar pública y críticamente la actuación
del diario en una columna semanal. Así, el
primer defensor que escribió una columna fue
Richard Harwood, en 1970 ya que el defensor de The
Louisville Courier-Journal -el primer diario
que incorporó esta figura- no escribía
columnas.
Hoy parece
aceptado que incorporar un defensor exige un
cambio en la cultura corporativa tradicional de
los medios pero que se trata de un cambio
necesario y que, además, merece la pena:
Todos
somos reacios a reconocer nuestros errores y esto
parece aún más cierto si cabe en el caso de los
medios. Puesto que viven de la credibilidad que
les concede el público, ha sido su política
habitual hacer lo posible por esconder sus
errores. Pero el resultado final de esta
política es contraproducente. El público acaba
teniendo una imagen poco positiva de los medios y
sus profesionales, viéndolos como uno de los
colectivos más arrogantes e incapaces de
reconocer sus faltas. Es necesario un cambio de
actitud (Aznar, 1999: 176).
Por lo demás,
en ocasiones se ha tratado de afirmar que la
credibilidad no sólo es un aspecto cualitativo
de un medio de comunicación sino que, de hecho,
puede reportar beneficios económicos.
2) Además,
incorporar un defensor permite mejorar
cualitativamente otros aspectos del medio como su
humildad, modestia ya que supone reconocer que,
al estar conformado por seres humanos, el medio
no es infalible y no está exento de cometer
errores. En este sentido, la presencia de un
defensor viene a reconocer que, en efecto, existe
un intento por parte del medio de tratar de hacer
mejor las cosas y de realizar un claro
ejercicio público de autocrítica (Maciá,
2003). Dicho de otra forma, el mero hecho de que
exista un defensor viene a ser una muestra
pública de hasta qué punto está dispuesto un
medio a rectificar sus prácticas y el modo en
que desarrolla su trabajo. En lo privado, hacia
el interior de la sala de redacción, la
presencia del defensor viene también a favorecer
una cultura de mayor responsabilidad en la
redacción y un mayor ejercicio de rigor y
cuidado (Aznar, 1999: 179 y Schmuhl, 1985: 24).
Así lo ha
puesto también de manifiesto el colombiano Rey
en referencia a los defensores latinoamericanos.
Considera el autor que, en efecto, la figura del
defensor puede servir como un poderoso
instrumento a la hora de evitar la
autocomplacencia que puede existir en un medio
(Rey, 2003).
3) Además, el
defensor refuerza la cercanía del medio con el
público. Esta ventaja se pone especialmente de
manifiesto a través del determinadas prácticas
como las de los encuentros con la ciudadanía.
Para Glaser, antigua ombudsman de The
Sacramento Bee, aceptar este nivel le ha
legitimado ante los consumidores y ha dado
a un nuevo número de lectores la oportunidad
para expresar su opinión acerca del
comportamiento editorial y de contenido del
diario (Glaser, 2003). Adicionalmente, el
defensor dispone de nuevos elementos para conocer
con más precisión el perfil de la audiencia del
medio.
4) La presencia
de un defensor permite también ganar tiempo -uno
de los bienes más preciados en una redacción
(Aznar, 1999: 185)- ya que hace posible que las
críticas y reclamos -que en ocasiones se
formulan contra los directivos, los redactores o
los jefes de noticias- sean canalizadas por una
única persona. Se evita así numerosas quejas
que, después de generar muchas molestias y
pérdidas de tiempo a los directivos, redactores
o jefes de noticias, suelen acabar siendo mal
atendidas. En otros casos, este ahorro de tiempo
se pone de manifiesto en la capacidad del
defensor para evitar que los reclamos de los
afectados acaben en los tribunales.
En definitiva,
el defensor permite que los profesionales y
directivos de un medio puedan recuperar la
credibilidad perdida, alivien su trabajo y eleven
la calidad ética y profesional de su trabajo ya
que su presencia viene a recordar a los
redactores que el destino de la información es
la audiencia y no los expertos en análisis
político (Martínez Macedo, 2003).
Ventajas
para el público
Por su parte, el
público del medio puede beneficiarse también de
la figura del defensor ya que cuenta con un nuevo
instrumento para expresar su inconformidad
respecto al comportamiento y actuación del medio
(Martínez Macedo, 2003). Según la ONO, de esta
forma el público puede entender mejor el proceso
de producción de noticias, un proceso a menudo
misterioso y por eso mismo objeto de más de una
sospecha para gran parte del público. Además,
la audiencia dispone así de una persona de
contacto lo que puede ayudar a superar la
creencia de que los medios son indiferentes,
arrogantes o insensibles a las inquietudes del
público y generalmente inaccesibles a la mayor
parte de los ciudadanos.13
Limitaciones
de incorporar un defensor
Junto a estas
ventajas, debe reconocerse también que,
lógicamente, la incorporación de un defensor a
un medio no puede resolver todos los problemas,
dilemas y conflictos éticos con los que se
encuentran los redactores en el ejercicio de su
labor periodística. En este sentido, cabe
afirmar que, como cualquier otro mecanismo de
autorregulación, también la figura del defensor
tiene una serie de limitaciones. Siguiendo a
Aznar, éstas hacen referencia sobre todo al
coste económico que supone y -sobre todo- a la
efectividad y eficacia de su existencia (Aznar,
1999: 184 y ss.).14
Es cierto, por
ejemplo, que los datos que tratan de justificar
la efectividad de esta figura profesional no son
tan evidentes como a los mismos defensores les
gustaría y, ocasionalmente, surgen incluso
opiniones contrarias (Bonete, 1999). De hecho,
los datos que se han tratado de aportar sólo han
podido demostrar que, por lo menos, la presencia
del defensor puede reducir el número de
cancelaciones de suscripción de los lectores a
un diario (Tate, 1984). La efectividad que puede
tener el defensor se ha cuestionado sobre todo en
el caso del defensor interno ya que el hecho de
que el defensor sea alguien de la casa -se ha
dicho- puede condicionar su actuación (Dader,
1983: 91-92). Para Bollinger, la figura del
defensor se asemeja a la del sacerdote: su mera
existencia prueba que existen pecados y errores y
que ambos son inevitables y reconciliables (Tate,
1984).
En otras
ocasiones, la efectividad del defensor ha sido
cuestionada por quienes consideran que no
participa de la toma de decisiones, tal como
argumentaba habitualmente The New York Times
para justificar su decisión de no incorporar a
su redacción esta figura profesional hasta
finales de octubre de 2003, fecha en que se
decidió a hacerlo (Moses, 2000). En su
justificación, el presidente de The New
York Times Company, Arthur Sulzberger, decía
que la idea era dar un paso más en la
tarea de convertir el periódico en una
institución menos opaca (Santelices,
2004).
Llegados a este
punto conviene salir al paso de estas crítica.
En primer lugar, hay que decir con Babcock, de la
Universidad de Minnesota, que actualmente la
credibilidad de los diarios -y de los medios en
general- ya es demasiado baja como para
permitirnos el lujo de no tratar de hacer nada y
eso incluye incorporar al defensor.
En segundo
lugar, es obligación de todo medio asumir cierto
compromiso con la ética y con la deontología.
Es posible que los periodistas no cuenten siempre
con un criterio ético suficiente como para saber
en todo momento qué hacer y cómo comportarse.
Pero, por otro lado, también es verdad que no
hay un solo periodista que no tenga nada de
ética y que sea incapaz de poner algún tipo de
límite a su propia actividad:
Y si bien
éste puede quedar muy lejos de cualquier
paradigma deontológico, ahí hay un dejo de
ética, de resabio moral. Solamente por eso,
deberíamos afirmar que no todo está perdido,
que el desarrollo de la conciencia ética del
periodista es un proceso acumulativo de
experiencia, conocimiento práctico y estudio
filosófico, que siempre será inacabado y cuya
evolución depende incluso de buenas condiciones
laborales objetivas y concretas(Albarrán,
2003).
La
reivindicación del defensor debe situarse
precisamente en este escenario y su actuación
está llamada a elevar el nivel deontológico de
la profesión de manera realista y a partir del
conocimiento del modo en el que los periodistas
llevan a cabo su actividad. Tal como quedó
anteriormente apuntado, se trataría también
aquí de apelar a una posible ampliación de las
funciones del defensor que no sólo actuaría a
posteriori -recibiendo e investigando las
quejas de los usuarios una vez que el daño ya se
ha producido- sino que ejercería también un
ejercicio de prevención a priori a partir
del establecimiento de unas directrices
deontológicas mínimas que puedan ser asumidas
como señas de identidad por el propio medio.
Finalmente, es
posible que, a la hora de criticar la efectividad
del defensor, se produzca también una especie de
capitalización de su actividad, que llevaría a
depositar sobre esta figura demasiadas
expectativas y afanes de solución, como si la
simple presencia del defensor pudiera poner fin a
todas las contradicciones, dilemas y
encrucijadas éticas con las que se encuentran
los periodistas. A este respecto, lo que está
claro es que, considerados de manera autónoma,
no sólo el defensor sino cualquiera de
los mecanismos de autorregulación se revelan
como instrumentos endebles para una
auténtica y eficaz defensa del derecho a la
crítica y a la información completa y
auténticamente plural de los ciudadanos
(Dader, 1983: 91-92). Siguiendo a Vicondoa, el
simple hecho de que exista un defensor no asegura
que el medio cumpla correctamente con sus
funciones si bien, también es cierto, se trata
de una garantía más de que, por lo menos, se
intenta hacerlo (Vicondoa, 1995: 195). En este
sentido, el defensor debe ser entendido más como
un punto de partida que como un punto de llegada,
aunque también es evidente que su éxito
dependerá también de la persona que lo encarne,
del interés que tenga la empresa por su
mantenimiento y de los medios que se le facilite
para ello. Aznar coincide en esta consideración
y recuerda que no se trata de que no haya ombudsman
sino de que éste no sea el único mecanismo de
autorregulación existente (Aznar, 1999: 188).
Además, tal vez una sistematización de los
instrumentos de los que puede disponer el
defensor contribuya también a consolidar su
actuación y garantizar su independencia.
__________________
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_____
Notas:
1 Una encuesta
de opinión llevada a cabo en Portugal entre
periodistas de diferentes medios que contaban con
un defensor reveló que la percepción de los
periodistas respecto al defensor estaba próxima
a las nociones de instrumento de
marketing o servicio de relaciones
públicas. A estas percepciones le seguían
también las de una buena ligazón entre
periodistas y lectores, una instancia
de reflexión para los periodistas y,
finalmente, la de un instrumento útil de
autorregulación. Cfr. Fidalgo, 2002.
2
Probablemente uno de los más significativos tuvo
lugar en 1913 a partir de la creación de la
Bureau of Accuracy and Fair Play, promovida por
Joseph Ralph Pulitzer en el New York World.
3 Bagdikan
sería después ombudsman para The
Washington Post. El mismo Bagdikian se
muestra ambivalente sobre la posterior
aplicación de la figura en los medios
periodísticos. Se ha convertido en una
especie de gesto auto-indulgencia para muchos
editores. Pero también creo que ha sido un
mecanismo útil y con frecuencia bastante
efectivo. En cualquier caso, es un punto de
partida que muchos diarios han implantado en sus
comunidades y es posible que se convierta en una
buena forma de fomentar el liderazgo y de
fomentar la cercanía del diario con la comunidad
real y no sólo con esa parte de la comunidad con
la que se va a comer todos los días. En general,
creo que ha supuesto un desarrollo saludable para
el medio. Definitivamente, ha sido mejor que
nada. Cfr. Tate, 1984.
4 Sobre las
actividades que lleva a cabo hoy ONO puede verse:
http://www.newsombudsmen.org/lubrano11.htm.
5 En el otro
extremo, es preciso apuntar el caso de Japón,
donde aproximadamente la mitad de los diarios
cuentan con la figura del ombudsman. Entre
ellos, se encuentra también The Yomiuri
Shimbum, el diario de mayor circulación
mundial con ventas de 10 millones de ejemplares
diarios.
6 Además de
las que se van a citar a continuación,
cronológicamente, también ha existido otra
variación según el defensor recibiera las
quejas de los consumidores de cualquier medio en
general o sólo las de uno particular. Sin
embargo, con el paso del tiempo, esta segunda
forma -creada en Estados Unidos- se ha ido
haciendo más popular hasta hacer desaparecer
prácticamente a la primera.
7 En este
informe se da cuenta del número de quejas
recogidas en un año y se agrupan los principales
motivos de reclamación entre la audiencia. Así,
por ejemplo, entre el 1 de abril de 2000 y el 31
de marzo de 2001 la Oficina del Ombudsman
recogió un total de 540 quejas. La mayor parte
de ellas se refirieron a cuestiones de
imparcialidad, exactitud, integridad y conflictos
de intereses. Para un mayor conocimiento de la
actividad y forma de trabajo del ombudsman
en Radio Canadá, puede verse la dirección
electrónica: http://www.cbc.radio-canada.ca
8 Estos
elementos quedan incluidos en la definición del ombudsman
de la Organization of News Ombudsmen,
formada en 1980.
9 En palabras
de Maciá, una de las tareas importantes
del Defensor es la de educar al público (...) el
Defensor puede contribuir a eliminar el
desconocimiento mutuo entre los medios y su
público, familiarizarle con el mundo
periodístico y desvelar las tareas del proceso
periodístico. Una misión que puede calificarse
de pedagógica (...) se considera que un público
formado en el ámbito de la comunicación y la
información está en disposición de ser más
exigente. Y podrá consumir, en definitiva, con
una mayor libertad. Maciá, 2003.
10 Este tipo
de profesional estuvo presente en el español Diario
16, donde el cargo fue ocupado en un
principio por el sociólogo Amando de Miguel y
posteriormente por Xavier OCallaghan.
11 Así
ocurrió en numerosas ocasiones con Xavier
OCallaghan, que fuera corresponsal del
lector del español Diario 16, según el
testimonio de él mismo a Vicondoa. Vicondoa,
1995: 193
12 Algunos
instrumentos adicionales que garantizan la
independencia del defensor en su tarea son: que
la dirección facilite los medios materiales, que
éste no pueda ser despedido o sancionado por
motivo de sus actividades, que deba utilizar el
Libro de Estilo como referencia, que sus
investigaciones sean confidenciales y que la
duración de su mandato no sea excesivamente
larga, tal como se explicita, por ejemplo, en los
Estatutos del Defensor de El País y de La
Vanguardia.
13 A este
respecto, resulta reveladora la opinión de
Papirno que, al comienzo era escéptica respecto
a la figura del ombudsman cuando fue
propuesta para el cargo en The Hartford
Courant, diario en el que entonces era
editora de la página editorial. Para ella, todos
los editores, no sólo el ombudsman,
debían mantenerse en contacto con el público.
Después de cinco años de llevar a cabo el
trabajo, su opinión cambió: Uno
prácticamente no se da cuenta de la necesidad
del cargo hasta que te toca desempeñarlo. Creo
que, definitivamente, a ojos del público, supone
una gran diferencia el hecho de que exista o no
una persona a la que poder formular sus
críticas. Moses, 2000.
14 Junto a
estos, Dader ha señalado además el riesgo de
que el defensor pretenda ser al mismo tiempo una
especie de abogado del pueblo, de abogado de los
lectores y de abogado de la empresa,
reduciéndolas, sin embargo, a la figura de mero
intermediario. Es cierto que, en efecto, se trata
de un riesgo, si bien resulta más derivado no
tanto de la existencia en sí de este mecanismo
sino de la asunción particular que cada defensor
haga de su cargo por lo que no se trata de una
limitación estructural de la figura sino de un
riesgo individual. Cfr. Dader, 1983.
*
Susana Herrera es
Doctora en Comunicación por la Universidad de Navarra (España). Es autora de la tesis
doctoral La participación de la audiencia en
la radio española: evolución, evaluación e
implicaciones para la práctica profesional.
Estudio del caso de RNE Radio 1 (1999/2000),
trabajo con el que ganó el Premio Extraordinario
de Doctorado (2002/2003). En la actualidad,
trabaja en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Piura (Perú) y en su investigación analiza
las relaciones entre los medios y la sociedad. En
este momento, investiga sobre los observatorios
de medios en América Latina. Esta es la ponencia
que presentó en el Congreso Anual La
autorregulación en los medios: el ombudsman como
una alternativa viable,
organizado por la Facultad de Comunicación de la
Universidad
de Piura (Perú), en Lima
los días 27 y 28 de octubre de 2004.
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