La moral
mediática en Venezuela
(O de cómo
perder lo que no se tiene)
Nelson
González Leal *
En
el primer trimestre de 2003, el semanario de
análisis y opinión política venezolano Temas
(www.temasvenezuela.com) convocó a varios
periodistas, historiadores e intelectuales
nativos para reflexionar por escrito sobre
el quiebre (moral) de los medios de
comunicación en Venezuela. En la
convocatoria enviada vía correo electrónico
tuvieron cuidado de colocar la palabra moral
exactamente de esa manera, entre paréntesis,
como para advertir, en una clara toma de
posición, que la única quiebra visible de estas
empresas del espectáculo mediático es la que
concierne al carácter de honestidad que se
vincula a su deber de ser portavoces de la
realidad social. Sobre ese aspecto no estuve
ni estoy de acuerdo y ahora
explicaré por qué.
Un
sinsentido de la buena voluntad
Comienzo con una
observación: resulta inconcebible una reflexión
sobre la quiebra moral de los medios de
comunicación social venezolanos, porque estos
nunca contaron con ese capital, ni siquiera así,
como con pretendida mordacidad o gremial
candor lo colocaron los editores de Temas,
entre paréntesis. Y no lo digo porque quiera
dármelas de erudito en la historia de los medios
nacionales, en los sabores y sinsabores de sus
parpadeos y coqueterías políticas y
económicas. No, pues de igual manera puede
inferirse en las palabras del maestro Jesús
Sanoja Hernández, publicadas hace ya 23 años en
la revista Respuesta (Nº 5556),
quien al realizar un escrutinio sobre los aportes
del periodismo venezolano a la democracia,
indica:
Yo no podría decir, sin
contrariar mi voluntad histórica, que la Cadena
Capriles (
) haya contribuido a la
democracia representativa, no obstante aparecer
como una de sus fórmulas de expresión. Porque
su campaña fue netamente antidemocrática
durante algunos años, y no por anticomunista,
sino por haber exaltado los contravalores más
negativos que se manejaban en la sociedad
venezolana y que constituyen, digamos, una
rotunda negación de los principios éticos
periodísticos.
La realidad
ética de los medios de comunicación social
venezolanos (a quienes prefiero denominar con una
categoría mucho más acorde con su naturaleza
política, económica y mercantil, que es, al fin
y al cabo la que los determina: Medios de
Entretenimiento Masivo MEM), no puede
ser más rotunda: sólo responden a la lógica
mercantil que los sostiene como empresas
generadoras de capitales económicos. Por esta
causa resulta más pertinente hablar de su
probable fractura económica. Intentar demostrar
que existe una debacle moral o ética en su seno
es, como se aprecia, un sinsentido.
La moral
mediática que no es ni siquiera la de sus
hombres y mujeres, los periodistas, sino la de
sus amos, los empresarios responde a
criterios fundamentados en las globalizadas
determinaciones de la administración política
utilitaria y economicista, lo que ha hecho que
por sobre la natural y obvia responsabilidad
social que tiene un medio de comunicación masiva
(y social) prive la tarea de acumular capital y,
por tanto, la discrecionalidad que bien pudiera
aceptársele a estos medios en su carácter no
discutible de empresas privadas, se aplica en
términos del liberalismo económico que, como ha
dicho otro maestro del género, el español José
María Desantes Guanter, establece a la actividad
informativa como potestad especial de instancias
privadas (en la vertiente jurídica, estas
instancias pueden ser supraindividuales o no),
para garantizar que se ejecute de manera
libre.
En pocas
palabras, lo anterior quiere decir que tanto el
estudio del derecho a la información como el
establecimiento de normativa respecto del mismo
y por extensión, de todo el proceso
comunicacional se aborda desde la
perspectiva mercantil de los MEM, así como desde
el interés gremial de los profesionales de la
comunicación social, y aun desde el interés
privado del público, pero no desde la real
perspectiva pública de la información o del
proceso comunicacional, que, entre otras cosas,
equivale al derecho de la gente a estar informada
con certera objetividad y a participar
interactivamente del proceso comunicacional.
Cabe entonces
preguntarse: ¿no es un sinsentido de la buena
voluntad pretender una reflexión sobre un
quiebre moral que no tiene posibilidades de
producirse, por cuanto toda moral mediática se
fundamenta en las bases de una lógica liberal
globalizada y acomodaticia, que sólo vela por el
interés privado?
Además,
el medio es el gremio
Exacto, por otro
lado el medio es el gremio; lo que quiere decir
que la jurisdicción gremial sobre el desarrollo
ético de la profesión, y en consecuencia sobre
el proceso comunicacional, está determinado por
los intereses del medio, o lo que es lo mismo, de
sus dueños.
Para quien tenga
dudas sobre esta premisa, explico: el medio es el
gremio porque es quien controla y determina los
alcances profesionales del periodista, es quien
establece la medida del poder de la profesión y
quien ensalza o subyuga la ética profesional, de
acuerdo a sus muy particulares prioridades. Y,
además, se ha constituido en la única fuente
capaz de proveer, desde el punto de vista de la
práctica profesional, elementos tan preciados
como el conocimiento, la eticidad, la
epistemología y algo bastante
importante la seguridad de subsistencia.
En términos
anatómicos el cuerpo mediático, bajo esta
premisa, quedaría estructurado de la siguiente
manera: el músculo es el periodista, el hueso el
personal de soporte (prensistas, correctores,
editores, diseñadores, etc.) y el cerebro el
dueño del medio. De seguro los periodistas se
ofenderán porque los ubico en el lugar de la
masa y no en el de la inteligencia, pero en
verdad esta apreciación resulta menos cruda que
la que hace el periodista uruguayo Marcelo Jelen
al calificarlos de traficantes de realidad y
denunciar que muchos periodistas y estudiantes de
periodismo, asustados por el poder mediático,
por su capacidad de absorber el fuero gremial,
pretenden restringir el ejercicio de una libertad
universal e inalienable para resguardar su propio
derecho a un empleo seguro y bien remunerado, no
el del público a estar informado. La
consecuencia de esto es una pérdida moral,
ética y profesional para toda la sociedad, y no
sólo para los periodistas a quienes la autoridad
mediática niega su razón de ser, puesto que
como servidores públicos su lugar es la sociedad
y no el medio.
Una
libertad particularizada
Desde esta
perspectiva, desnaturalizada por el pensamiento
liberal al identificar la moral y la ética
su natural responsabilidad social con
la defensa exclusiva de la propiedad del medio,
el análisis sobre la aplicabilidad de las
distintas categorías de la libertad de
comunicación (libertad de prensa, de expresión
y de circulación de la información) bajo la
óptica del derecho universal puede establecerse
en dos direcciones: 1. En cuanto al uso del
medio por el medio mismo, y 2. En cuanto al
uso del medio por el ciudadano común. Por la
primera vía circula el dominio del medio sobre
el uso y sistematización de la información, de
acuerdo a su política editorial y a los
criterios comunes de fehaciencia, pluralidad y
justicia. Por la segunda, se mueve el derecho del
ciudadano a exponer, a través del medio, sus
criterios, opiniones o réplicas a una
información considerada como dañina por no
fehaciente, tergiversada, etc. Ahora bien, como
derecho natural, la libertad de prensa asiste a
la propiedad más que al uso, y he allí una de
las ventajas del medio. Naturalmente, la libertad
de prensa se aplica y beneficia al medio mismo,
en cuanto es éste quien tiene la potestad sobre
la recolección, sistematización y circulación
del contenido periodístico, materia con la cual
se nutre.
En este sentido
analicemos lo siguiente, para ilustrar mejor el
asunto: desde la perspectiva de la asistencia a
la propiedad más que al uso es que se emplea la
categoría libertad de prensa en los
discursos de los dueños de medios y de muchos de
los periodistas que se encuentran insertos en el
sistema mediático. Cuando éstos reclaman los
ataques contra la libertad de prensa, suelen
referirse a violaciones del derecho a la libre
expresión, o bien, elaboran una arenga con
tendencia a exigir la libertad absoluta sobre el
derecho a expresar sus ideas y determinaciones,
al momento en que alguien, sea el Estado o la
sociedad misma, les advierte sobre abusos o
posibles daños a terceros en el alcance de sus
consecuencias.
Bajo estas
demandas se disfraza otra realidad: los medios
imprimen, editan, publican o trasmiten aquello
que resulta conveniente a sus intereses
sociopolíticos y económicos, y esta es la
libertad de prensa que ellos defienden, la de
coartar la libertad de expresión cuando les
resulte necesario. He aquí la imposibilidad de
reflexionar sobre un quiebre que no puede darse,
el de una moral que no existe, que nada
significa, que mueve a risa.
*Nelson
González Leal es
columnista del semanario político El Clarín (Cumaná, Edo. Sucre) y corresponsal en
el Estado Zulia de un semanario de sucesos
capitalino. Fue director y editor de la revista
electrónica de periodismo, arte y literatura El Asombro Inútil. Se ha desempeñado, además, como
subdirector de Literatura del Consejo Nacional de la
Cultura de Venezuela;
coordinador general de la Fundación de Estudios
Políticos "Luis Gómez"; jefe de prensa de la Comandancia
General del Ejército de Venezuela, y asesor
comunicacional de la Inspectoría General de la
Fuerza Armada Nacional. Es colaborador de Sala de Prensa.
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