De la
veracidad como construcción de la verdad
(Un ensayo de
cómo codificar lo que somos y nos llega)
José
Guillermo Ánjel R. *
De
cuando en cuando un hombre tiene que
dar un paso al frente y escupirle en
la cara a la destrucción por su
propio bien. Tiene que sacarse filo a
sí mismo, como si estuviera poniendo
el hacha contra la piedra de afilar.
William Faulkner. Banderas
sobre el polvo.
Introducción
Konrad
Lorenz, el premio Nóbel de medicina 1973, en su
conferencia radial sobre Los ocho pecados
mortales de la humanidad civilizada, donde
habla de los males que nos agotan y de los que
somos concientes pero no admitimos porque
admitirlos llevaría a la obligación de
entendernos con el otro, establece dos términos
de mucha importancia para lo que hoy debatimos en
torno a la información: el confinamiento
intensivo y el yo no me involucro.
El primero obedece a que vivimos en espacios y
tiempos más estrechos, tanto físicos como
mentales, en colmenas que se multiplican
geométricamente, y el segundo a que cada vez nos
alejamos más de esto que sucede a nuestro
alrededor (huimos, como en el caso de los
paranoicos), agotando así nuestra capacidad de
entender la realidad (la presencia del otro) y
dando paso a fabulaciones desmesuradas. Esto
indica que el sujeto, este ser que existe y se
manifiesta porque se relaciona, pierde humanidad
(contacto con la especie) y al perderla se
convierte en sistema cerrado y ya no participa de
la vida ni la historia sino de un deseo que lo
hace perder conciencia de lo que sucede
(sus conceptos son neuróticamente propios y por
ello cargados de ignorancia) y lo sitúa en un
espacio donde no es espectador ni intérprete
sino testigo sin capacidad de respuesta, algo
así como una pared o una piedra. Ya Elías
Canetti hablaba de estos testigos oidores, pero
ahora no los entendemos como Canetti los
entendía, testigos que oyen para enfrentar lo
que saben y hacer de ello una tercera opción,
sino como seres-cosas que escuchan para no
admitir lo que pasa, porque la realidad la
enfrentan con el deseo, primando éste sobre lo
que oyen, y así logran hacer una interpretación
unívoca y no dialógica de esto que sucede.
Quizás todo se deba a este narcisismo causado
por el confinamiento intensivo, donde se pierde
la noción del vecino y el concepto de lejanía,
o sea el de la ciudad y la historia. Y donde se
admiten datos pero no hay respuestas sino, como
en el béisbol, batazos a la pelota que llega.
La
veracidad
La verdad es una
búsqueda que no concluye porque cada tiempo
aporta nuevos datos e interpretaciones a lo que
sabemos y, en lugar de reducir las dudas, las
amplia. De esta manera ese planeta Marte que para
los científicos de los años 80 estaba muerto,
hoy parece estar vivo. Es que antes se lo miraba
por un telescopio y en este momento hay un robot
allí tomando muestras y trabajando
alfanuméricamente, o sea, dándole valor al
mayor número de opciones coincidentes. De esta
manera, conocer es avanzar y el último léxico,
esta forma de nombrar y definir el mundo que hoy
tenemos, no es el fin de la verdad sino la
conclusión de un efecto que, al ser aplicado,
nos conduce necesariamente a otro y así se
convierte en un inicio y no en un fin. Siempre
estamos en el intermedio, como dice Shlomó ibn
Gabirol en La fuente de la vida, sin saber
cuál es la primera causa y sin determinar el
último efecto, fluyendo simplemente. Así, si
llegáramos a la verdad, nos detendríamos por
siempre y, como los animales que pastan, nos
adaptaríamos a lo que hay y quedaríamos ya
presos de la evolución. Pero el hombre es un ser
que elige, es el único animal que lo hace, y por
eso cuestiona y rompe los patrones de la
evolución con decisiones, a veces buenas en
otras malas (esto ya lo dejaríamos en la teoría
de Hobbes, donde el hombre es una especie de
máquina y D-s alguien que se desentiende de lo
que pasa), que le permiten ver más o al menos,
como en el libro de El cándido de
Volatire, admitir que este es el mejor mundo
posible, pero no como un destino sino como la
posibilidad de una rebelión contra el
predestinismo. No en vano el cinismo es una
manera de admitir una verdad burlándola. Hugh
Thomas lo plantea claramente en la Historia
inacabada del mundo y Fernando Savater en El
valor de elegir. No estamos condenados a ser,
a pesar de que persistimos en ello como anota
Spinoza, sino a descubrir. Así, la búsqueda de
la verdad es la que nos hace libres. Y si bien en
esa búsqueda nos sentimos seguros e inseguros,
lo cierto es que avanzamos porque en el acierto y
en el error hay certidumbre. Y en esta
búsqueda de lo cierto, lo importante es la
veracidad.
En el Diccionario
de filosofía de José Ferrater Mora se dice
que la verdad se distingue de la veracidad en que
la primera tiene que ver con la realidad
misma de la cosa, o la correspondencia de la cosa
con el intelecto o del enunciado con aquello de
que se habla etc., la segunda es una especie de
correspondencia de lo que se dice con quien lo
dice. Por eso mientras lo contrario de la verdad,
o de los diversos tipos de verdad, es el error,
lo contrario de la veracidad es la mentira el
engaño. Esta definición me gusta porque
me recuerda a Jacques Derridá cuando, al
referirse a la verdad política, que no debería
ser verdad sino veracidad, determina que la
ignorancia sobre lo que se habla o el tener pocos
datos o negar parte de éstos para hablar
conducen necesariamente a mentir y engañar, sea
de mala fe (como es el caso del que esconde
información) o falta de conocimientos, como
sucede con el ignorante. Y este es el punto que
quiero tratar: la veracidad es un acercamiento a
la verdad o al menos un poco de claridad en la
confusión.
La novela Banderas
sobre el polvo, de la que tomo el epígrafe,
siempre me ha vllamado la atención. Esa fue la
primera novela de William Faulkner, que no fue
publicada en un principio (de hecho se publicó
después de muerto Faulkner) sino transformada
por los editores en otra que lleva el nombre de Sartoris.
Y que si bien le dio fama al escritor, éste
siempre se opuso a que fuera algo completamente
suyo. Allí no estaba su veracidad sino una
verdad construida por otros,
desligada de sus percepciones y del mundo inmenso
que había construido a su alrededor. Por eso
tenía tantas historias en una sola (coroneles,
pueblos recién fundados, guerras en vano,
demencias, en fin, todo lo que después se vio en
Cien años de soledad y en tantas crías
literarias nuestras). Pero lo interesante no es
que haya sido una primera novela compuesta por un
todo delirante a los ojos de los editores sino el
tema que se plantea en ella: la sordera, este
defecto que aísla y, en ese aislamiento,
construye el horror, la ignorancia acerca de lo
que hay afuera y el delirio que nos creamos en la
mentira.
Hoy sabemos que
nos mienten los medios y que a los medios les
mienten las fuentes y muchos de quienes trabajan
en ellos. Descubrir una mentira es fácil: nunca
está completa. A la mentira le faltan datos, es
incoherente, cuenta con una historia triste, es
una idea incompleta (inadecuada diría Spinoza) y
al serlo genera dolor, burla y retraso. Pero la
culpa no es de los medios, así como el sofá no
es culpable del adulterio, sino de quienes
buscamos verdades sin ser veraces, es decir, de
los que miran sin comprometerse con lo que miran.
Y lo que es peor, de los que se niegan lo que ven
y entonces lo acomodan a lo que sienten. Se
diría que no hay pertinencia entre el sujeto y
el objeto o hecho noticiable. Veamos un ejemplo:
la guerra de Irak. Allí se ha cubierto el
conflicto de manera parcial, negando algunos
datos y magnificando otros. De allí se nos habla
de la violencia de los terroristas, pero no de la
violencia de los invasores; se nos dan datos de
un dictador obnubilado por el poder y la
demencia, pero no de su símil a este lado del
mar. Se habla de la destrucción y la muerte
causada por las bombas, pero no de lo que implica
esa destrucción urbana para las grandes
inmobiliarias y la muerte de esos soldados, que
son expuestos, para legitimar acciones con nuevas
armas y aparatos de seguridad. La guerra de Irak,
por falta de veracidad, no se ha leído como la
construcción de un miedo que políticamente se
legitima y así se justifican acciones terribles
contra ese monstruo construido, lo que detiene
voces de protesta, cuestionamientos y búsqueda
de causas y efectos. Una desmesura en la batalla
por la apropiación de sector económico (como es
el caso de Bush-Osama bin Laden que no quieren ya
participar juntos del negocio de los
sico-farmacos) se considera una lucha contra el
terrorismo cuando en verdad esta palabra es sólo
un resorte para activar eliminación de enemigos
políticos y económicos. Como digo, no hay
veracidad sino una verdad confusa (que se trata
de armar con censuras y auto-censuras) a la que
le faltan partes y por ello es engañosa. Lo
anterior desde el punto de vista político que
nunca es veraz porque se fundamenta en un enemigo
al que hay que deformar. Es la vieja táctica de
los romanos, que anunciaban siempre que irían a
luchar contra monstruos. Si ganaban, eran grandes
héroes; si no, gentes muy valientes.
Pero hay otro
ejemplo, que no tiene que ver con la guerra sino
con la frivolidad: Glenda Jackson (famoso
apellido de esclavos libertos), deja uno de sus
senos al aire frente a noventa millones de
espectadores, entre asistentes al concierto y
espectadores, que se escandalizan (eso dicen los
medios, mejor, quienes escriben en ellos) frente
a la visión de lo más común que tiene una
mujer y que es una de sus diferencias con el
macho. Y uno ve ese seno al aire, que por la
silicona parece más la cabeza de una ojiva
nuclear, que es feo porque es artificial y debido
a la penumbra creada por las luces más parece de
plástico que de carne, y se pregunta: ¿dónde
está lo escandaloso? En las plazas de mercado he
visto a mujeres que dan de mamar a sus hijos, en
los bares a mujeres sin camisa que tratan de
ganar algo para comer, en documentales de guerra
a mujeres que corren con los pechos al aire
arrastrando una maleta, en el cuadro de De la
Croix a la libertad con un seno al aire y una
bandera de Francia en la mano que dirige los
revolucionarios hacia el triunfo etc. Lo
escandaloso está en el que da la noticia, que ha
sido usado por el promotor de la cantante para
promocionarla a punta de free-press (gratis) y
así darle una ventaja competitiva sobre Madonna
y otras que, para destacarse serán capaces hasta
de sacarse el hígado para lanzarlo sobre la
multitud delirante, siempre y cuando el emisor
que da la noticia crea que el hígado es algo tan
raro como un extraterrestre o tan emocionante
como la llegada del Mesías. La fuente se vale de
la ignorancia de quien informa, de su falta de
veracidad. Y el que informa, creyendo que el
acontecimiento es noticiable, cae en la trampa de
lo que él mismo es: un impertinente. O sea,
alguien que esta frente a un hecho que no
comprende bien, que no ata con otros hechos y
así da por nuevo lo que es bastante común y que
más que una noticia es algo que se propicia para
una buena burla. Pero, como la veracidad es la
conexión de lo que se narra con el narrador, es
lo que se emula (algo así como funcionan las
neuronas), la mentira propia se presenta como una
verdad que va al colectivo, en este caso a los
perceptores, y lo que sería la veracidad se
pierde para dan cabida a la ignorancia y la falta
de análisis propicio y pertinente. Y con esto
cuentan las fuentes: falta de conocimiento, poca
capacidad para el pensamiento complejo, aridez en
la comprensión sistémica y más propensión al
espectáculo que análisis del acontecimiento
real.
El caos se cría
en la ignorancia y en la falta de admiración. En
términos de Konrad Lorenz, en la carencia de
comunicación con las razones de los demás y con
esto que nos rodea (objetos, arquitectura,
urbanismo) con la historia que nos toca y la
lejana y con aquello que está demostrado como
bueno o al menos como factible y ya permite crear
a partir de ello. Si ignoramos acerca de lo que
pasa, si admitimos el acontecimiento como algo
que ha nacido espontáneamente, si no admitimos
el complejo que forma sino que vemos de manera
aislada, todo lo que digamos estará carente de
veracidad y, por lo tanto de profesionalismo y de
ética. Y digo de profesionalismo porque el
periodista, antes que un informador, debe ser un
analista que tenga criterios y esté en capacidad
de crear un sistema con aquello que informa. Y su
forma de pensar no debe hacer parte de ese
confinamiento intensivo donde se justifica el no
involucrarse sino de la calle, la literatura, las
artes, los debates, el comercio y todo aquello
que constituye el espacio público donde, como
decía Hölderlin, los otros son de mi especie y
por ello sujetos de tolerancia y reconocimiento.
En alguna
ocasión, Fernando Savater dijo que los
periodistas modernos antes que informadores eran
meros actores que se apoderaban de un hecho para
pasar por héroes. Así, por ejemplo, no
importaba la tragedia sino que el periodista
estuviera en ella informando o que firmara el
artículo describiendo los hechos como un robot,
sin cuestionarse. Y no podría decirle a Savater
que está equivocado, porque eso es lo que vemos,
héroes de dos minutos o de cien centímetros
publicados que se remiten a lugares comunes, a
repetir lo que la fuente dijo y no a confrontar
esa información para sacar de ella la justa
medida. Se dirá entonces que para hacer esto, en
un oficio donde la premura es la constante, hace
falta tiempo. Pero no creo esto porque, el
periodista profesional se prepara desde ahora,
cuando es estudiante, para ejercer su oficio.
Imagínense ustedes a un cirujano que al momento
de operar a un paciente comenzara a improvisar,
aduciendo que no hay tiempo de estudiar mientras
opera. Con esto queda claro que nos preparamos
antes y después comenzamos a trabajar. Y como
los viejos del periodismo y los del nuevo
periodismo, seguimos estudiando en los
intervalos. Robert Kaplan, por ejemplo, decía
que mientras cubría la guerra de los Balcanes y
la de Ruanda leía autores clásicos como Polibio
y Julio César para saber si esa guerra que
cubría era realmente nueva o simplemente una
continuidad en el tiempo, una repetición de
hechos y personajes que se diferenciaban de los
viejos en los uniformes y la electrónica que
llevaban encima. Lo mismo hacía Arturo Pérez
Reverte, que a más de estudiar acerca de lo que
iba a cubrir también leía noveles de aventuras
y tratados de psicología para no cae en las
trampas de las fuentes. Y lo mismo hizo Tom Wolf,
el padre del nuevo periodismo, cuando enfrentó
la sociedad neoyorkina y las oficinas de Wall
Street. Fue a cubrir los hechos sabiendo de
economía y sociología. Tenía claro que no
sería un idiota útil, frase que a veces se nos
olvida pero que no olvidan nunca los que quieres
tergiversar la dirección de los hechos. Y, como
sostiene Kapuscinski, incluso hay que ser
subjetivo en ciertos espacios, pero no porque me
asusto sino porque conecto lo que informo con
otros hechos actuales y de la historia, que a fin
de cuentas cuenta lo que sucedió y por eso no se
puede evadir.
La certidumbre
es muy difícil de establecer, pero no así la
veracidad. En hebreo existe una palabra, hasbará,
que traduce información, pero no como el hecho
de comunicar al desgaire sino como in-formación,
o sea informar estando dentro de la formación de
los hechos, en eso que los causó y así estar en
el interior a fin de evitar malos entendidos o
propagación de intereses de terceros, afectando
finalmente a la opinión que exige una
información veraz y completa y no un show
propagandístico o una serie de actitudes
neuróticas, nacidas de la represión que, como
teorizó Sigmund Freud, es pulsión de destruir
lo que se desea y no se puede alcanzar. Hay
noticias que al transmitirse más parecen la
sublimación de una frustración intensa.
La veracidad,
tomando a José Ortega y Gasset, nace de la
conexión entre el hecho, las circunstancias
(historia, conocimientos, relaciones) y quien lo
narra. O sea que compromete a quien la propone
porque, como anotaba Leibniz, la veracidad es una
verdad moral, algo que construye y permite el
debate y la opinión clara de la mayoría. O sea,
que está comprometida con la existencia y la
voluntad de decir la verdad. Con la existencia
porque hace parte de lo que pasa y con la
voluntad porque esta propone, en una persona que
no esté desequilibrada, hacer lo mejor posible a
fin de lograr un bien mayor y, en el caso de la
información, una certidumbre. Y esas
circunstancias de las que habla Ortega, cuando
son comprendidas y estimulan el análisis, son la
que crean al espectador, ese que ve, entiende y
se hace a una opinión de la que no duda y esto
lo estimula a la acción moral, que es la que
busca el colectivo para erradicar la
desconfianza.
La
construcción de la veracidad
A pesar de que
cuando nacemos ya tenemos un sistema neuronal
eficiente, no nacemos con ideas innatas como lo
propusieron los filósofos empiristas ingleses,
excepción de John Locke, que entendió que para
el conocimiento es necesaria la experiencia y la
confrontación de ideas. O sea que la primera
idea que tenemos del mundo no es la que nosotros
construimos sino la que se construye alrededor
nuestro. Esto es lo que Carlos Gustavo Jung
denominó el inconciente colectivo, que además
de palabras y hechos está constituido también
por símbolos con los que nos familiarizamos
cuando somos niños y que luego, si tenemos la
suerte de educarnos, podemos entender no ya desde
la emotividad sino desde la razón, que hoy no es
una premisa universal y absoluta sino un tejido
conformado por distintos conocimientos y la
síntesis de verdades encontradas y cuyo mayor
valor es la tolerancia, o sea el entendimiento de
las razones del otro, de su historia y su
cultura.
Anteriormente,
la verdad, antes que ser la verdad era una
herramienta terrible que usaba el poder para
someter a quienes no comulgaban con él. Todavía
hoy quedan algunos residuos de esas formas
primitivas de sometimiento que antes que ser
rechazadas de tajo, lo que sería intolerancia,
deben ser entendidas como algo que conduce al
error porque producen dolor y una clara
estructura que se desmorona. Hoy en día, la
verdad es un camino y la veracidad el hecho que
lo construye. Pero, ¿cómo se construye la
veracidad?
Albert Camus, el
premio Nóbel argelino, decía que el periodismo
era el oficio más hermoso del mundo porque
permitía expresar el mundo y hacerse preguntas
fundamentales. Camus, que antes de cumplir los
veinte años escribió El derecho y el revés,
un texto de crónicas sobre las gentes y los
lugares de Orán que le permitieron saber porqué
era norteafricano y qué significaba esto en un
mundo cosmopolita donde leía en francés,
conversaba con la madre en español y hablaba
árabe en la calle. Y de esas primeras
conclusiones fue tejiendo su teoría sobre la
condición humana, nacida de saber, interpretar y
proponer. Primero saber, para no confundir la
piedra con el diamante, lo negativo con lo
positivo y la vida con la muerte. Luego
interpretar, hacer el balance, equilibrar y
entender que lo que sucede también toca conmigo
y no soy un mero testigo asombrado, sordo y mudo.
Y al final hacer la propuesta humana, eso que nos
hace. Creo que Albert Camus es un buen ejemplo de
veracidad porque antes de ver el afuera se vio
desde adentro haciendo un balance de lo que
tenía para comprender lo que verían sus ojos. Y
así interpretó la vida en Orán y luego la vida
del mundo, teniendo en cuenta que primero era
humano y luego un dador de noticias.
Hay un tango que
me gusta mucho y se llama Don Agustín Bardi,
lo interpreta Daniel Barenboim y no le sé la
letra. Y este tango me gusta porque me remite a
Buenos Aires y misteriosamente a la plaza San
Martín, donde está el Cavanagh, el primer
rascacielos de la ciudad, la torre de los
ingleses, el final de la calle Florida y un
barcito en un sótano atendido por una mujer de
la que me enamoré por una hora. Con esto quiero
probar que un solo estímulo lleva a muchas cosas
conocidas que al momento de hacer periodismo
permiten conexiones maravillosas con la vida, con
la belleza y con lo atroz, con el orden y el
desorden. Y al recordar a Don Agustín Bardi,
también he recordado a Guy Talese, ese
maravilloso periodista norteamericano que al no
poder entrevistar a Frank Sinatra lo siguió para
narrarlo desde los recorridos por la calle, los
amigos, los bares y los teatros donde cantaba. Y,
de igual manera, Talese narró la ciudad de New
York desde los gatos y los obreros de la
construcción, desde los barcos que iban por el
Hudson y los letreros luminosos de la noche. De
Talese no sé qué canciones oía, sólo sé que
tenía una biblioteca que se había leído tres
veces acotando cada libro.
La veracidad es
un principio de honestidad con uno mismo, un
saber que se necesita saber más cada día y que
saber implica ser más humano. Por eso me gusta
la entrevista que le hizo Truman Capote a Marylin
Monroe y que aparece en Música para
camaleones. En esa entrevista, Capote es un
hombre más de los que se sientan en las bancas
de los parques para conversar con quien se haga a
su lado, en ese caso Marylin que está vencida y
ya propicia para el suicidio. Y en esa
conversación antes que la tragedia aparece la
belleza, la gratitud, la seguridad que en ese
momento se está evitando algo que deshonre más
a la mujer. Esa entrevista me gusta porque
presenta a una Marylin que, a pesar de su
destrozo moral y su muerte premeditada, todavía
se aferra a la vida y busca una oportunidad.
Ser veraz,
entonces, es cosa de dignidad y de estarse
haciendo preguntas a las que hay que encontrarle
las respuestas. Por esto la investigación, el
estudio y el estar en contacto con otros y no en
confinamiento intensivo y ajenos al mundo que nos
rodea. Hay que involucrarse, dejarse asombrar (y
alegrar, como sostiene Baruj Spinoza) por lo que
sabemos y estamos en capacidad de entender. Hoy
sabemos que la inteligencia es la capacidad que
tiene el hombre de resolver problemas complejos,
es decir, en conexión con muchas cosas. Y esa
inteligencia interconectada es la que nos permite
la veracidad y la posibilidad de crear un poco
más de verdad.
El problema de
la verdad en el periodismo no son los medios,
somos nosotros y los límites que nos imponemos
para no ser veraces. Y esto es una
contradicción, porque a más veracidad más
mundo. Diría entonces que el problema no es la
herramienta que usamos sino el poco mundo que
tenemos y con el que nos conformamos y que
podemos ampliar si queremos. La veracidad es el
estado de conciencia (de conocimiento) que me da
seguridad en la interpretación del
acontecimiento. Y si bien no es la verdad, es la
señal que me dice por dónde va.
Concluyo con una
pequeña historia:
El hombre
llamado Esteban, al subir las escaleras, notó
que su sombra burlaba extrañamente la luz
amarillenta que iluminaba el ambiente y que
provenía de una pequeña bombilla que
permanecía dentro de una caja enrejada en la que
abundaba el polvo y donde se veían algunas
moscas muertas. La sombra subía las escaleras
más rápido que él, como si llevara una gran
prisa. El hombre miró hacia atrás para ver qué
podría producir el fenómeno, pero sólo vio las
escaleras que había subido y un espacio al fondo
que iba del amarillo al verde y finalmente se
volvía oscuro. Le pareció que salía de una
boca y que él era una lengua que se estiraba.
Pero esto no lo inquietó tanto como que su
sombra se moviera con ese afán misterioso, prisa
que él no tenía sino que por el contrario
subía cada escalón tan lento como le era
posible. Le dolían las rodillas y algo le
molestaba el pecho, como si una hebra de hilo se
le hubiera enredado entre los bronquios. Afuera
llovía y el cielo estaba oscuro.
Cuando llegó a
la puerta 402, el hombre llamado Esteban se
detuvo y descansó. Había subido ochenta
escalones de un edificio viejo y estaba agitado.
Y mientras estuvo allí al frente de la puerta,
tratando de respirar mejor y esperando a que el
dolor que sentía en las rodillas se calmara un
poco, su sombra desapareció. Supuso que se
debía a que estaba bajo una bombilla. Pero no
era así. La bombilla estaba a su espalda y esto
obligaba a que su cuerpo diera sombra, pero fue
como si la luz en lugar de atravesar al hombre
llamado Esteban estuviera cruzando una bolsa de
aire. Pensó que era algún efecto producido por
la contaminación y sacudió la cabeza mientras
buscaba la llave en el bolsillo de la chaqueta.
Cuando abrió la puerta y encendió la lámpara
de la habitación, su sombra lo esperaba al lado
de una ventana. La miró con recelo y un poco de
temor. Y como todavía tenía las llaves en la
mano, se las tiró. La sombra no se movió.
Decidió entonces ir hasta ella y cuando estuvo
cerca, la sombra se movió y se colocó al otro
lado de la ventana. Al hombre le pareció que era
un limpiador de vidrios.
-No jugarás
conmigo -dijo el hombre llamado Esteban. Le
temblaron los dedos cuando abrió la ventana. Una
ráfaga de lluvia fría entró en la habitación
y el hombre vio como su sombra bajaba por la
pared del edificio de enfrente y al fin se posó
en la calle como si fuera un recorte de papel
negro.
El hombre
llamado Esteban bajó de nuevo hasta la calle. En
su mano derecha llevaba un paraguas amplio y
negro. En la izquierda un bate de béisbol.
-Te aplastaré
como a un piojo -dijo el hombre. Caminaba con
dificultad en esa lluvia y su cuerpo, bajo la luz
de neón, cobraba tintes en diversos azules. Y
cada vez que se acercaba a la sombra, ésta
cambiaba de sitio. Al fin, luego de seguirla a un
lado y otro de la calle y quizás por azar,
logró darle a la sombra con el bate. La
actividad, el frío y el agua que no paraba de
caer y de correr a sus pies le crecieron el dolor
en las rodillas y la congestión en el pecho.
-Ahora me
prepararé un té -dijo el hombre llamado
Esteban. Y entró en el edificio y comenzó a
subir los ochenta escalones. En el tercer piso,
una vecina, envuelta en un albornoz y con la
cabeza cubierta por una redecilla, le salió al
paso.
-Lo vi todo, lo
felicito -le dijo.
-Gracias
-murmuró el hombre llamado Esteban. A su lado,
la sombra permanecía quieta y humillada.
* José
Guillermo Ánjel R.
es colaborador de Sala de Prensa y director de la Facultad de
Comunicación Social de la Universidad Pontificia
Bolivariana de Medellín,
Colombia, y miembro del grupo de investigación
en periodismo (Grinper) de la
misma Facultad.
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