Los
códigos éticos no sirven
Hugo
Aznar *
Abstract: A menudo
suele escucharse que Los
códigos éticos del periodismo no sirven
para nada. Quienes afirman esto
son precisamente quienes más daño hacen
a la eficacia de estos documentos. Si se
quiere que los códigos realmente
contribuyan a mejorar la labor de los
medios, conviene rebatir esta opinión.
Es lo que pretenden estas líneas,
tomadas del estudio introductorio que
acompañará la próxima publicación de
una nueva recopilación de códigos
éticos para periodistas y medios.
Los
códigos éticos no sirven para nada.
Ésta es la afirmación que se escucha en
demasiadas ocasiones en boca de algunos
profesionales del periodismo; y a veces también
incluso de algunos de los docentes encargados de
enseñar la materia de ética periodística a los
futuros profesionales de los medios. Quienes
afirman esto son precisamente quienes más daño
hacen a la posible eficacia de estos documentos
éticos, al esparcir el derrotismo y la
desconfianza. De manera que si se quiere dar a
conocer estos códigos con la expectativa de que
realmente puedan contribuir a mejorar los medios,
es esencial rebatir dicha opinión, tan frecuente
como escasa de miras.
A comienzos de
este 2005 aparecerá publicada en el mercado
iberoamericano una nueva recopilación de
códigos éticos para periodistas y medios de
comunicación (H. Aznar: Ética de la
comunicación y nuevos retos sociales. Códigos
y recomendaciones para los medios. Barcelona,
Paidós, 2005). Este libro recoge recomendaciones
y pautas éticas propuestas en la última década
por diversos colectivos y entidades sociales para
mejorar el tratamiento que los medios dan a
algunos de los grandes retos sociales actuales,
como inmigración y racismo, catástrofes y
tragedias humanitarias, conflictos y situaciones
de riesgo para los periodistas, imagen y
presencia de la mujer en los medios, violencia
doméstica contra mujeres, discapacidad y
comunicación para el desarrollo.1
Estos documentos
son fruto de la labor de muchas personas,
entidades y organizaciones diferentes (FIP,
Reporteros Sin Fronteras, Consejo Audiovisual de
Cataluña, Unión de Periodistas Valencianos,
IORTV, etc.), por lo que no sólo varía su
contenido o el tema que abordan, sino también su
tipología o su alcance. Pero todos comparten el
objetivo común de poder servir para mejorar el
tratamiento informativo de algunas de las
cuestiones sociales de mayor actualidad. A poner
en práctica estas recomendaciones están
especialmente llamados los profesionales que
realizan día a día los medios, así como los
estudiantes que se preparan para hacerlo el día
de mañana. Y para ello es fundamental que
reciban y conozcan estos documentos con la
expectativa razonable de que realmente aportan
pautas útiles y de que ciertamente pueden tener
validez y eficacia en su trabajo.
Por ello resulta
fundamental, a la hora de dar a conocer tales
documentos, el tratar de conjurar esa frase
tópica que una y otra vez hemos oído en estas
circunstancias: que los códigos éticos
no sirven para nada. A desmentir esta
afirmación dedicamos un apartado del estudio
introductorio que acompaña la publicación de
estos códigos. Son esas líneas las que
adelantamos a continuación con el buen ánimo de
contribuir desde ya a la mejor recepción de este
tipo de propuestas y a eliminar ese discurso
reiterativo que niega cualquier eficacia y
utilidad a los códigos éticos del periodismo.
En efecto,
conviene detenerse en la afirmación de que
los códigos éticos del periodismo no
sirven para nada, ya que cuando se escucha
suele sacarse una conclusión equivocada: puesto
que no sirven para nada, entonces no tiene
ningún sentido conocerlos, leerlos o
discutirlos; de modo que se puede pasar
perfectamente sin ellos.
En realidad
quienes afirman que los códigos no sirven
para nada pueden estar queriendo decir cosas
muy distintas que conviene distinguir con
cuidado.
Para empezar,
están quienes afirman esto porque son los
primeros que ignoran olímpicamente este tipo de
recomendaciones éticas. Se trata de
profesionales que desdeñan totalmente la
ética de la comunicación. Obviamente ellos son
los primeros interesados en afirmar que los
códigos no sirven para nada ya que de este modo
contribuyen con sus palabras y con su ejemplo a
que efectivamente sigan careciendo de valor y
efectividad. Quienes afirman la inutilidad de los
códigos por esta razón en realidad
no están manifestando una opinión, sino
defendiendo un interés que se descalifica a sí
mismo: el interés suyo de que las cosas no
cambien y puedan seguir actuando en un contexto
de total impunidad, sin tener que ajustarse a
reglas u obligaciones éticas de ningún tipo.
En segundo lugar
están quienes opinan que los códigos no sirven
para nada y que en realidad quieren decir que
no es suficiente con que los códigos
existan para que la ética
periodística sea una realidad. Pero lo que
deberían decir entonces es que solamente
los códigos no bastan. Y esto es
evidentemente cierto; pero tan cierto que ni
siquiera hace falta decirlo (sobre todo si se
tiene en cuenta los equívocos que produce
escuchar esta opinión, como destacábamos
antes). Un caso similar puede aclarar esto. Así,
es evidente que no basta con la existencia
del código de la circulación la
existencia de un librito donde está impreso el
código para que la gente cumpla con sus
indicaciones y conduzca bien. Lo que se necesita
es conocer y aplicar ese código. Sin embargo, no
he escuchado nunca decir a nadie que el
código de la circulación no sirve para
nada. Del mismo modo, conviene de una vez
dejar de afirmar algo tan simple como que los
códigos del periodismo no sirven para nada
cuando lo que se quiere decir es que además
hace falta aplicarlos. Es evidente que los
códigos y recomendaciones éticas no existen
para ser aprobados, impresos y publicados; más
bien se aprueban, se imprimen y se publican para
poder conocerlos y aplicarlos en la práctica.
Como bien señalaba ya Aristóteles, la ética es
un saber práctico y no teórico: existe para
guiar la práctica y hacerse realidad a través
de la voluntad y la actividad de quien actúa; y
en este sentido la ética periodística y sus
códigos no son ninguna excepción. Es obvio pues
que los códigos sirven si quienes han de
aplicarlos los aplican, para que lo es muy
importante que tengan confianza en su utilidad y
eficacia.
En tercer lugar,
están quienes afirman que los códigos no sirven
para nada porque las circunstancias
concretas del día a día de los medios son tan
cambiantes y particulares que resultan de poca
utilidad las indicaciones generales que dichos
códigos suelen contener. Pero lo que deberían
decir en este caso más bien es que los
códigos no lo resuelven todo. Esto
es cierto, pero no significa como sugiere
la primera frase que los códigos no tengan
una enorme utilidad como tales. De nuevo un
símil puede ayudarnos: tampoco un mapa refleja toda
la realidad ya que hace falta saber interpretarlo
y aplicarlo, y saber además hacia dónde se
quiere ir, cosas que obviamente no hace nunca el
propio mapa sino quien lo usa. Sin embargo nadie
afirma por esto que los mapas no sirven
para nada. Del mismo modo, los códigos
siguen siendo perfectamente útiles aunque las
circunstancias de cada caso, de cada
acontecimiento o de cada noticia puedan cambiar
mucho entre sí. Para empezar siempre existen
elementos comunes y experiencias válidas para
las diferentes situaciones. Ningún
acontecimiento es absolutamente igual que otro,
pero tampoco ninguno es totalmente distinto. De
modo que a partir de estas experiencias comunes
se pueden entresacar algunos criterios normativos
generales que son los que se suelen recoger en
los códigos. Las recomendaciones de los códigos
pueden no servir para todas y cada una de
las situaciones particulares que se pueden
presentar, pero facilitan unas pautas y unas
indicaciones que siguen siendo válidas para la
amplia mayoría de los casos que suelen darse.
Por lo que su utilidad es más que evidente.
En todo caso, es
cierto que hasta ahora este tipo de documentos
solía recoger, salvo en el caso de algún
código o medio más especializado, las
obligaciones más generales y básicas del
periodismo, aquellas que todo periodista debe
cumplir en su actividad. Esto era normal
tratándose de códigos de las grandes
organizaciones profesionales y mediáticas,
válidos para todos en general. Sin embargo, en
los últimos años hemos asistido a la aparición
de un significativo número de propuestas,
recomendaciones, manifiestos y códigos éticos
del periodismo referidos esta vez a aspectos y
temas informativos mucho más concretos, como el
tratamiento de las catástrofes, la violencia
doméstica o la discapacidad. Esta nueva hornada
de documentos deontológicos aborda no tanto las
normas éticas básicas del periodismo para
lo que ya están los otros códigos, que aquí se
dan en cierta medida por ya conocidos,
cuanto aspectos más específicos y concretos del
mismo o también nuevos tópicos y retos sociales
que se han convertido en asunto de interés
general y por consiguiente de atención
privilegiada de los medios. Se trata por tanto de
propuestas éticas que vienen a complementar a
las anteriores y a establecer un nivel de
concreción deontológica mayor. Son este tipo de
recomendaciones más concretas las que se reúnen
y facilitan en la nueva publicación, de manera
que los profesionales puedan confiar en algo más
que en su sentido común o su experiencia
particular.
Pese a ello es
cierto que los códigos y sus recomendaciones no
agotan ni reflejan todas las circunstancias de un
dilema ético ni creo que ningún código
haya aspirado nunca a ello. Lo que ocurre
entonces es que los códigos han de ser
oportunamente complementados por otro elemento
que nunca puede faltar: la conciencia ética del
profesional, la conciencia de quien aplica el
código a las circunstancias concretas de cada
caso. El profesional debe conocer el contenido y
el espíritu de sus códigos; pero también debe
ejercer su capacidad de juicio para aplicarlos y,
en caso necesario, adaptarlos a las
circunstancias particulares de una situación
dada. Los códigos no pueden evitar ni es
su función la necesidad de que el
profesional reflexione sobre las circunstancias
de cada situación en la que se halle. Lo que sí
hacen los códigos es facilitar las pautas
normativas que el profesional debe aplicar a
estos casos y que le sirven de guía.
De modo que los
códigos sí sirven. Y, como las
profecías que se autocumplen, cuanto más
convencidos estemos de que sirven mayor será su
eficacia y su utilidad, puesto que más común y
habitual será también conocerlos, aplicarlos y
reclamar su cumplimiento cuando no se produzca.
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Nota:
1. Esta recopilación se suma a otra
publicada con anterioridad (H. Aznar: Ética y
periodismo. Códigos, estatutos y otros
mecanismos de autorregulación. Barcelona,
Paidós, 1999) en la que se recogían los
códigos de las organizaciones profesionales de
los periodistas como los de la FIP, el
Colegio de Periodistas de Cataluña o la
FAPE, así como de otros mecanismos de
autorregulación de medios españoles, como
estatutos de redacción o de defensor del
receptor. Para conocer los diferentes mecanismos
de autorregulación que pueden ponerse en marcha
en el ámbito de la comunicación social, v. H.
Aznar: Comunicación responsable.
Barcelona, Ariel, 2ª ed., 2005.
* Hugo
Aznar es profesor
de Ética Pública y del Periodismo en la Universidad C. Herrera
CEU (Valencia, España).
Este texto fue enviado por el autor como su
primera colaboración para Sala de Prensa.
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