Susang Sontag, Premio de la Paz
de los Editores y Libreros alemanes
Literatura
y libertad
El domingo
12 de octubre de 2003, Susan Sontag
recibió el prestigioso Premio de la Paz
de los Editores y Libreros alemanes,
ceremonia con la que se clausura la Feria
Internacional del Libro de Frankfurt. Con
tal motivo, la narradora y ensayista
reflexionó sobre la actual política
exterior estadunidense, sus diferencias
con Europa, los orígenes de ese
desencuentro y, naturalmente, sobre la
literatura, su ámbito de trabajo y
dedicación preferido. Este es un
extracto del discurso que pronunció ese
día.
Al dirigirme a
todos ustedes en esta histórica Paulkirche, y en
esta ocasión, me siento inspirada e infundida de
humildad. Por ello no puedo sino lamentar la
ausencia deliberada del embajador de Estados
Unidos, el señor Daniel Coats, cuya negativa a
asistir a la reunión de hoy, invitado por la
Asociación de Libreros Alemanes en junio cuando
se anunció el Premio de la Paz de este año,
muestra que está más interesado en afirmar la
posición ideológica y el carácter reactivo y
rencoroso del gobierno de Bush que en cumplir con
su normal deber diplomático de representar los
intereses y la reputación de su de
mi país. El embajador ha preferido no
estar aquí, supongo, por las críticas que he
expresado contra la nueva tendencia radical de la
política exterior estadunidense, tal como
muestra la invasión y ocupación de Irak. Me
parece que debería estar presente, pues una
ciudadana del país que representa en Alemania ha
sido honrada con un importante premio alemán.
El embajador
tiene el deber de representar a su país, a todo
su país. Yo no represento, por supuesto, a
Estados Unidos, ni siquiera a la considerable
minoría que no respalda el programa imperial del
señor Bush y sus asesores. Me gusta pensar que
no represento sino la literatura, una idea de la
literatura, y la conciencia, una idea de la
conciencia o el deber. No obstante, atenta a la
mención del premio de un importante país
europeo, la cual hace referencia a mi condición
de "embajadora intelectual" entre dos
continentes (apenas es preciso señalar que
embajadora en su sentido más lato), no puedo
resistirme a proponer unas cuantas reflexiones
acerca de la reiterada brecha entre Europa y
Estados Unidos que supuestamente salvan mis
intereses y entusiasmos.
En primer lugar,
¿es una brecha lo que se sigue salvando? ¿No es
asimismo un conflicto? Las expresiones de
menosprecio y cólera contra Europa, contra
algunos países europeos, son la actual moneda
corriente del discurso político estadunidense; y
aquí, al menos en los países prósperos del
lado occidental del continente, el sentimiento
antiamericano es más común, más manifiesto y
más intempestivo que nunca. ¿De qué conflicto
se trata? ¿Sus raíces son profundas? Me parece
que sí. Siempre ha habido un antagonismo latente
entre Europa y Estados Unidos, al menos tan
complejo y ambivalente como el que existe entre
padre e hijo. Estados Unidos es un país
neoeuropeo y, hasta hace pocos decenios, habitado
sobre todo por pueblos europeos. No obstante, las
diferencias entre Europa y Estados Unidos siempre
han impresionado a los observadores extranjeros
más perspicaces: Alexis de Tocqueville, que
visitó la joven nación en 1831 y volvió a
Francia a escribir La democracia en América,
el cual es todavía, casi 170 años después, el
mejor libro sobre mi país, y D. H. Lawrence, que
hace 80 publicó el libro más interesante jamás
escrito sobre la cultura estadunidense, su
influyente y exasperante Studies in Classical
American Literature, comprendieron que
Estados Unidos, hijo de Europa, se estaba
convirtiendo o se había convertido ya en la
antítesis de Europa.
Roma y Atenas.
Marte y Venus. Los autores de recientes tratados
populares que promueven la idea de un inevitable
choque de intereses y valores entre Europa y
Estados Unidos no inventaron estas antítesis.
Los extranjeros meditaron en ellas y crearon la
paleta, la melodía recurrente de buena parte de
la literatura a lo largo del siglo XIX, de
Fenimore Cooper y Emerson a Whitman, de James,
Dean Howells a Twain. La inocencia estadunidense
y el refinamiento europeo; el pragmatismo
estadunidense y la intelectualización europea;
el vigor en Estados Unidos y el hastío en
Europa; la candidez de un lado y el cinismo del
otro; la buena fe frente a la malicia; el
moralismo estadunidense frente a las artes
concesivas europeas... ya conocen ustedes las
tonadas.
Es posible
cambiar la coreografía, sin duda, pues se han
bailado con toda suerte de evaluaciones o pasos
durante dos siglos tumultuosos. Los eurófilos
pueden emplear la antigua antítesis que
identifica el barbarismo orientado por el
comercio con Estados Unidos y la alta cultura con
Europa, mientras que los eurofóbicos extraen de
un punto de vista prefabricado que Estados Unidos
representa el idealismo, la apertura y la
democracia y Europa el debilitado refinamiento
petulante. Pero Tocqueville y Lawrence
advirtieron algo más acérrimo: no solamente una
declaración de independencia respecto de Europa
y sus valores, sino un constante desgaste, el
asesinato de los valores y el poder europeos.
"Nunca se puede tener algo nuevo sin romper
con lo viejo", escribió Lawrence. Resulta
que Europa era lo viejo. Estados Unidos tendría
que ser lo nuevo. "Lo nuevo es la muerte de
lo viejo". Lawrence adivinó que Estados
Unidos tenía como misión destruir Europa
empleando la democracia sobre todo la
democracia cultural, la democracia de los
modales como arma. Y cuando la tarea se
haya cumplido, escribió, Estados Unidos podría
apartarse de la democracia en busca de algo
distinto. (Quizás ese algo es lo que está
surgiendo hoy día.)
Ruego su
paciencia si mis referencias han sido sólo
literarias. No obstante, una de las funciones de
la literatura de la literatura importante,
de la literatura necesaria es la profecía.
Lo que se presenta ante nosotros, escrito en
grandes caracteres, es la antigua polémica
literaria cultural entre antiguos y
modernos.
El pasado es (o
era) Europa, y Estados Unidos se fundó en la
idea del rompimiento con el pasado, que se
considera estorboso, sofocante y por sus
deferencias y prioridades, por sus modelos
en esencia no democrático, o
"elitista", el sinónimo reinante en la
actualidad. Quienes se declaran a favor de un
Estados Unidos triunfalista siguen dando a
entender que su democracia implica el repudio de
Europa y, de hecho, la adopción de una
determinada barbarie saludable y liberadora. Si
en la actualidad Europa es tenida por la mayoría
de los estadunidenses por más socialista que
elitista, ello aún hace de Europa, siguiendo los
criterios estadunidenses, un continente
retrógrado, apegado con testarudez a sus
antiguos modelos, por ejemplo, al Estado
benefactor. "Renuévalo" no sólo es un
lema de la cultura; es la descripción de una
maquinaria económica de alcance mundial, en
avance perpetuo. Sin embargo, si es necesario,
incluso lo "viejo" puede ser bautizado
otra vez como lo "nuevo".
No es una
casualidad que el resuelto secretario de Defensa
estadunidense intentara hincar una cuña en el
seno de Europa al distinguir de modo inolvidable
la "vieja" (mala) Europa de la
"nueva" (buena). ¿Cómo es que
Alemania, Francia y Bélgica se han visto
consignadas a la "vieja" Europa,
mientras que España, Italia, Polonia, Ucrania,
Holanda, Hungría, la República Checa y Bulgaria
son parte de la "nueva"? Respuesta:
apoyar a Estados Unidos en la actual expansión
de su poderío político y militar es, por
definición, pasar a la más deseable categoría
de lo "nuevo". El que está con
nosotros es "nuevo". Todas las guerras
modernas, incluso cuando sus tradicionales
motivos son la expansión territorial o la
adquisición de recursos escasos, se presentan
como choques de civilizaciones guerras
culturales en los que cada bando reivindica
elevadas razones e imprime carácter de bárbaro
al otro. El enemigo es siempre una amenaza a
nuestro "modo de vida", es un infiel;
contamina y ultraja los valores superiores. La
guerra actual contra la amenaza absolutamente
manifiesta que representa el islamismo radical es
un ejemplo muy claro. Lo que merece la pena
señalar es que una versión más atenuada de los
mismos términos injuriosos subyace en el
antagonismo entre Europa y Estados Unidos.
Debería recordarse también que,
históricamente, el discurso antiamericano más
virulento pronunciado en Europa que en
esencia acusa a los estadunidenses de
barbarie no provino de la llamada
izquierda, sino de la extrema derecha. Tanto
Hitler como Franco condenaron repetidamente a un
Estados Unidos (y a la internacional judía)
decidido a contaminar la civilización europea
con sus vulgares valores empresariales.
La mayor parte
de la opinión pública europea, por supuesto,
sigue admirando la energía estadunidense, la
versión estadunidense de "lo moderno".
Y, sin duda, siempre ha habido compañeros de
viaje estadunidenses de los ideales culturales
europeos (una de ellas está ante ustedes), que
entienden las antiguas artes de Europa como una
liberación y una enmienda a las tenaces
inclinaciones mercantilistas de la cultura
estadunidense. Y siempre ha habido equivalentes
en el lado europeo: los europeos fascinados,
profundamente atraídos por Estados Unidos, a
causa precisamente de las diferencias que lo
distinguen de Europa.
Los
estadunidenses casi siempre ven lo contrario del
lugar común eurófilo: se ven a sí mismos
defendiendo la civilización. Las hordas de los
bárbaros ya no están a las puertas. Están en
nuestro seno, en cada ciudad próspera,
maquinando su destrucción. Los países
"productores de chocolate" (Francia,
Alemania, Bélgica) tendrán que apartarse,
mientras que un país con "voluntad"
y Dios de su lado continúa la
batalla contra el terrorismo (en su actual mezcla
con la barbarie). Según el secretario de Estado
Colin Powell, es ridículo que la vieja Europa
ambicione un papel en el gobierno o la gestión
de territorios que ha ganado la coalición del
conquistador. No tiene los recursos militares ni
el gusto por la violencia ni el respaldo de sus
poblaciones, mimadas y demasiado pacíficas. Y
los estadunidenses lo han entendido bien. Los
europeos no están de humor evangélico o
beligerante.
En efecto, a
veces debo pellizcarme para asegurar que no estoy
soñando: muchas personas en mi país se sienten
agraviadas porque en la actualidad a la
población alemana, que descargó indecibles
horrores en el mundo durante casi un siglo (como
si se tratara de un nuevo "problema
alemán"), le repugne la guerra; que la
mayoría de la opinión pública alemana sea ya
virtualmente... pacifista. ¿Acaso Estados Unidos
y Europa no fueron socios y amigos nunca? Claro
que sí. Pero quizás es cierto que los periodos
de unidad son la excepción más que la regla.
Uno de esos periodos transcurrió desde la
Segunda Guerra Mundial hasta comienzos de la
guerra fría, cuando los europeos sintieron
profunda gratitud por la intervención, socorro y
apoyo de Estados Unidos. Pero espera entonces que
los europeos le estén eternamente agradecidos,
lo cual no es lo que están sintiendo en este
momento.
Desde el punto
de vista de la "vieja" Europa, Estados
Unidos parece propenso a dilapidar la admiración
y la gratitud que sienten la mayoría
de los europeos. La inmensa simpatía que
despertó en las postrimerías de los atentados
del 11 de septiembre de 2001 fue genuina. (Puedo
dar testimonio de su particular ardor y
sinceridad en Alemania: me encontraba en Berlín
en ese entonces.) Pero lo que ha seguido es un
creciente distanciamiento mutuo.
Los ciudadanos
de la nación más poderosa y próspera de la
historia deben enterarse de que a Estados Unidos
se le quiere, envidia... y resiente. Más de uno
sabrá que al viajar al extranjero muchos
europeos creen que los estadunidenses son unos
ordinarios, palurdos e incultos, y no dudan en
identificar estas expectativas con la conducta
que alude al resentimiento de la excolonia. Y
algunos europeos cultivados, que parecen gozar de
su visita o residencia en Estados Unidos, le
atribuyen, condescendiendo, las virtudes
liberadoras de una colonia en la que nos
sacudimos las restricciones y los lastres de la
alta cultura del "terruño". Recuerdo
que un cineasta alemán, residente en aquel
entonces en San Francisco, me comentó que le
gustaba vivir en Estados Unidos "porque
aquí no hay cultura". Para más que unos
cuantos europeos, entre ellos debo mencionar a D.
H. Lawrence, ese país era su escape. Y
viceversa: Europa fue el gran escape de varias
generaciones de estadunidenses en busca de
"cultura". Desde luego, me refiero
sólo a unas minorías, las minorías
privilegiadas.
Así pues,
Estados Unidos se cree actualmente el defensor de
la civilización y el salvador de Europa y se
pregunta por qué los europeos no entienden las
cosas; y éstos ven en Estados Unidos a un
temerario Estado guerrero, descripción que
aquél devuelve viendo en Europa al enemigo:
sólo simula su pacifismo, sostiene el discurso
que cada vez se oye más en Washington, para así
contribuir al debilitamiento del poderío
estadunidense. Se cree que sobre todo Francia
está conspirando para convertirse en su igual, e
incluso en su superior, cuando se trata de
configurar los asuntos mundiales, en lugar de
reconocer que la derrota estadunidense en Irak
animará a los "grupos de islamistas
radicales, de Bagdad a los ghetos musulmanes de
París" que prosiguen con su yihad contra
la tolerancia y la democracia.
Es difícil para
las personas no pensar el mundo con nociones
polarizadas ("ellos" y
"nosotros"), nociones que en el pasado
han arreciado el tema del aislacionismo de la
política exterior estadunidense tanto como en la
actualidad arrecian el tema imperialista. Los
estadunidenses se han habituado a pensar el mundo
por medio del concepto de enemigo. Los enemigos
están en otro sitio, al igual que la lucha casi
siempre está "allá", y el radicalismo
islamista ha sustituido al comunismo chino y ruso
como amenaza a nuestro "modo de vida".
Y "terrorista" es una palabra más
elástica que "comunista". Puede
agrupar una amplia gama de luchas e intereses muy
diversos. Lo que esto puede implicar es que la
guerra será interminable, puesto que siempre
habrá terrorismo (como siempre habrá pobreza y
cáncer); es decir, siempre habrá conflictos
asimétricos en los que el lado más débil
emplea ese tipo de violencia, cuyo objetivo en
general son los civiles. La oratoria
estadunidense, si no es que su talante popular,
acaso respalde este triste panorama, pues la
lucha en favor de la rectitud nunca cesa.
El genio de
Estados Unidos, un país profundamente
conservador, con un sesgo que los europeos no
alcanzan a entender, ha concebido una variante
del pensamiento conservador que celebra lo nuevo
más que lo viejo. Pero esto también nos dice
que del mismo modo que Estados Unidos parece en
extremo conservador, por ejemplo, en el
extraordinario poder del consenso y en la
pasividad y el conformismo de la opinión
pública (como señalara Tocqueville en 1831) y
los medios, es asimismo radical, incluso
revolucionario, con un sesgo que los europeos
tampoco alcanzan a entender.
Acaso el origen
más importante del nuevo (y no tan nuevo)
radicalismo estadunidense es el que solía
estimarse como fuente de los valores
conservadores: en una palabra, la religión.
Numerosos comentaristas han advertido que quizás
la mayor diferencia entre Estados Unidos y casi
todos los países europeos (tanto viejos como
nuevos en la actual distinción estadunidense) es
que en el primero la religión aún desempeña un
papel estelar en la sociedad y el lenguaje
público. Pero es una religión al estilo
estadunidense: es decir, más su concepto que la
religión propiamente. En efecto, cuando Bush se
presentó a las elecciones presidenciales, un
periodista inspirado le pidió al candidato que
mencionara a su "filósofo predilecto".
Recibida con beneplácito, la respuesta la
cual habría convertido en un hazmerreír a todo
candidato de cualquier partido centrista
europeo fue: "Jesucristo". Si
bien Bush no quiso decir, desde luego, y así se
entendió, que si resultaba elegido su gobierno
se adheriría a cualesquiera preceptos o
proyectos sociales que Jesús expuso realmente.
Estados Unidos
es una sociedad que aprueba la religión en
general. Es decir, no importa qué religión se
profese, siempre que se profese alguna. Una
dominante, incluso una teocracia que sólo fuese
cristiana (o de una particular denominación
cristiana) sería imposible. La religión en
Estados Unidos debe ser cuestión de preferencia.
Esta idea moderna de la religión, relativamente
despojada de contenido, concebida siguiendo las
preferencias del consumo, es la base del
conformismo estadunidense, de su santurronería y
de su moralismo (lo que los europeos a menudo
confunden, condescendiendo, con puritanismo).
Toda fe histórica que las distintas entidades
religiosas estadunidenses pretenden representar
predica algo semejante: la reforma de la conducta
personal, el valor del éxito, la cooperación
comunitaria, la tolerancia de las preferencias
ajenas (virtudes todas que favorecen y facilitan
el funcionamiento del capitalismo de consumo). El
hecho mismo de profesar una religión asegura la
respetabilidad, promueve el orden y ofrece
garantías de que las intenciones de la misión
estadunidense de dirigir el mundo son virtuosas.
¿Estamos
entonces tan apartados? Es extraño que, en un
momento en el que Europa y Estados Unidos jamás
habían sido tan semejantes desde el punto de
vista cultural, haya una divisoria tan amplia.
Con todo, a pesar de las semejanzas en la vida
diaria ciudadana en los prósperos países
europeos y en la vida diaria estadunidense, la
brecha es genuina y se funda en importantes
diferencias históricas, en las nociones del
carácter de la cultura y en los recuerdos reales
e imaginarios. El antagonismo pues
existe no habrá de resolverse en el futuro
inmediato, a pesar de la buena voluntad de muchas
personas en ambas costas del Atlántico. Y no
obstante sólo nos queda deplorar los intentos de
acendrar esas diferencias, cuando tenemos tanto
en común.
El dominio de
Estados Unidos es un hecho. Sin embargo, no puede
hacer todo en solitario, como está comenzando a
advertir el presente gobierno. El futuro del
mundo el mundo que compartimos es
sincrético, impuro. No estamos aislados. Cada
vez más nos filtramos los unos en los otros.
En suma, el
modelo de todo entendimiento de
conciliación posible que alcancemos se
basa en reflexionar más sobre la antigua
oposición de "viejo" y
"nuevo". La oposición entre
"civilización" y "barbarie"
está condicionada en esencia: corrompe pensar y
pontificar sobre ella, aunque mucho refleje
determinadas realidades. Pero la oposición entre
lo "viejo" y lo "nuevo" es
genuina, no se puede erradicar, está en el
centro mismo de lo que entendemos por
experiencia.
Lo
"viejo" y lo "nuevo" son los
perennes polos de todo sentido de orientación en
el mundo. No podemos deshacernos de lo viejo
porque en él está invertido todo nuestro
pasado, nuestra sabiduría, nuestros recuerdos,
nuestra tristeza, nuestro sentido del realismo.
No podemos deshacernos de la fe en lo nuevo
porque en ella invertimos toda nuestra energía,
nuestra capacidad de optimismo, nuestro ciego
anhelo biológico, nuestra capacidad para
olvidar: la capacidad curativa sin la cual toda
reconciliación es imposible. La vida interior
tiende a desconfiar de lo nuevo. Es más, una
vida interior profundamente desarrollada se
resistirá a lo nuevo. Se nos dice que hemos de
elegir entre lo viejo y lo nuevo. De hecho, hemos
de elegir ambos. ¿Qué más es la vida sino el
trato reiterado entre lo viejo y lo nuevo? Me
parece que siempre deberíamos buscar el modo de
evitarnos semejantes oposiciones tajantes.
Lo viejo frente
a lo nuevo, la naturaleza frente a la cultura:
quizás es inevitable que los grandes mitos de
nuestra vida cultural se expresen como geografía
y no sólo como historia. No obstante, son mitos,
lugares comunes, estereotipos, nada más; las
realidades son mucho más complejas.
He pasado buena
parte de mi vida intentando desmitificar modos de
pensar que se polarizan y oponen. Traducido a la
política, esto implica apoyar el pluralismo y lo
secular. Como algunos estadunidenses y muchos
europeos, me gustaría más vivir en un mundo
multilateral, un mundo que no domina ningún
país en particular (entre ellos el mío).
Podría expresar mi apoyo, en un siglo que ya
promete ser otro de extremismos y de horrores, a
toda una panoplia de actitudes que promueven la
mejoría: sobre todo la que Virginia Woolf llama
"la melancólica virtud de la
tolerancia".
Me permito
hablar más bien como escritora, como paladín de
la empresa de la literatura, pues en ello reside
la única autoridad que detento. La escritora en
mí desconfía de la buena ciudadana, de la
"embajadora intelectual", de la
activista en favor de los derechos humanos: esos
papeles que se citan en la mención del premio, a
pesar de mi vínculo con ellos. La escritora es
más escéptica, más dubitativa que la persona
que intenta hacer (y apoyar) lo justo.
Una de las
tareas de la literatura es formular preguntas y
elaborar afirmaciones contrarias a las beaterías
reinantes. E incluso cuando el arte no es
contestatario, las artes tienden a la oposición.
La literatura es diálogo, respuesta. La
literatura puede definirse como la historia de la
respuesta humana a lo que está vivo o moribundo
a medida que las culturas se desarrollan y
relacionan unas con otras. Los escritores algo
pueden hacer para combatir esos lugares comunes
de nuestra alteridad, nuestra diferencia, pues
los escritores son hacedores, no sólo
transmisores, de mitos. La literatura no sólo
ofrece mitos, sino contramitos, al igual que la
vida ofrece contraexperiencias: experiencias que
confunden lo que creías creer, sentir o pensar.
Un escritor es
alguien que presta atención al mundo. Eso
significa que intentamos comprender, asimilar,
relacionarnos con la maldad de la cual son
capaces los seres humanos, sin corrompernos
volviéndonos cínicos o
superficiales al comprenderlo.
La literatura
nos puede contar cómo es el mundo. La literatura
puede ofrecer modelos y legar profundos
conocimientos encarnados en el lenguaje, en la
narrativa. La literatura puede adiestrar y
ejercitar nuestra capacidad para llorar a los que
no somos nosotros o no son los nuestros.
¿Qué seríamos
si no pudiéramos sentir simpatía por quienes no
somos nosotros o no son los nuestros? ¿Quiénes
seríamos si no pudiéramos olvidarnos de
nosotros mismos, al menos un rato? ¿Qué
seríamos si no pudiéramos aprender, perdonar,
volvernos algo diferente de lo que somos?
En ocasión de
la entrega de este glorioso premio, este premio
alemán, me permito contarles algo de mi propia
trayectoria.
Soy descendiente
de judíos lituanos y polacos, la tercera
generación estadunidense, y nací dos semanas
antes del ascenso de Hitler al poder. Crecí en
las provincias estadunidenses (Arizona y
California), lejos de Alemania, y sin embargo
toda mi infancia estuvo imbuida de Alemania, de
la monstruosidad de Alemania y de los libros y la
música alemanes que adoraba y fijaron en mí su
modelo de seriedad e intensidad.
Antes de Bach y
Beethoven, de Schubert y Brahms, hubo unos
cuantos libros alemanes. Estoy pensando en un
profesor de mis años de enseñanza elemental en
un pueblo del sur de Arizona, el señor Starkie,
el cual atemorizaba a sus alumnos al decirnos que
había combatido en el ejército de Pershing
contra Pancho Villa en México: este canoso
excombatiente de una otrora aventura imperialista
estadunidense se había conmovido con el
idealismo en traducción de la
literatura alemana y, habiendo comprendido mi
singular afición por los libros, me dio en
préstamo sus propios ejemplares de Werther
y de Immensee.
Poco tiempo
después, en mi orgía lectora infantil, la
casualidad me guió hasta otros libros alemanes,
entre ellos La colonia penitenciaria de
Kafka, en la que descubrí el pavor y la
injusticia. Y aun unos años después, cuando
cursaba el bachillerato en Los Ángeles,
encontré toda Europa en una novela alemana.
Ningún libro ha sido más importante en mi vida
que La montaña mágica, cuyo asunto es,
precisamente, el conflicto de los ideales en el
corazón de la civilización europea. Y así
hasta el presente, a lo largo de una vida inmersa
en la alta cultura alemana. En efecto, tras los
libros y la música, que fueron experiencias
virtualmente clandestinas, dado el desierto
cultural en que vivía, llegaron las experiencias
reales. Pues también soy tardía beneficiaria de
la diáspora cultural alemana, habiendo tenido la
enorme buena fortuna de tratar íntimamente a
algunos de los incomparablemente brillantes
refugiados de Hitler, aquellos escritores,
artistas, músicos y eruditos que Estados Unidos
acogió, a partir de los años treinta, y que
tanto enriquecieron al país, sobre todo a las
universidades. Me permito mencionar a dos que
tuve el privilegio de contar entre mis amigos al
final de la adolescencia y principios de la edad
adulta, Hans Gerth y Herbert Marcuse; a muchos
otros, cuando cursé estudios en Chicago y
Harvard; y a Hannah Arendt, a quien conocí
después de trasladarme a Nueva York a los 26...
Cuántos modelos de seriedad cuyo recuerdo me
gustaría evocar aquí.
Con todo, nunca
olvidaré que mi vínculo con la cultura alemana,
con la seriedad alemana, comenzó con el
excéntrico y desconocido señor Starkie (creo
que nunca supe su nombre de pila), mi profesor
cuando tenía diez años y al que nunca volví a
ver.
Y esto me lleva
a una historia con la que concluiré, pues no soy
embajadora cultural en primer lugar ni crítica
ferviente de mi propio gobierno (una labor que
desempeño como buena ciudadana estadunidense).
Soy una narradora. Así que vuelvo a mis diez
años, cuando hallaba consuelo a los agotadores
deberes de ser niña absorta en los maltrechos
volúmenes de Goethe y Storm propiedad del señor
Starkie. Hablo de una época, 1943, en la que
supe que había un campo de miles de soldados
prisioneros al norte del estado, soldados nazis
como creí entonces, y, consciente de que era
judía (sólo de modo nominal, aunque lo nominal,
ya se sabe, bastaba para los nazis), me aquejaba
una pesadilla recurrente en la que los soldados,
fugados de la prisión, habían conseguido llegar
al sur del estado, a la casa a las afueras del
pueblo donde vivía con mi madre y hermana, y
estaban a punto de asesinarme.
Muchos años
más tarde, los setenta, cuando Hanser Verlag
comenzó a publicar mis libros, conocí al
distinguido Fritz Arnold (que se había unido a
la casa en 1965), mi editor hasta su muerte en
febrero de 1999. En una de las primeras veces que
nos reunimos, Fritz me dijo que quería aclarar
suponiendo, imagino, que era requisito
previo a toda amistad que pudiera surgir entre
nosotros lo que había hecho durante la
guerra. Le aseguré que no me debía explicación
alguna, aunque, desde luego, me conmovió que
abordara el asunto. He de añadir que Fritz
Arnold no fue el único alemán de su generación
(había nacido en 1916) que poco después de
conocerme insistió en contarme lo que había
hecho durante la guerra. Y no todas las historias
fueron tan inocentes como la que estaba a punto
de escuchar de Fritz. Pues bien, lo que Fritz me
relató fue que había estado cursando literatura
e historia del arte en la universidad, cuando, al
comienzo de la guerra, fue reclutado por la
Wehrmacht con el rango de cabo. Su familia, desde
luego, estaba a favor de todo menos de los nazis
su padre había sido Karl Arnold, el
legendario dibujante político de Simplicissimus
pero la emigración no era viable, así que
aceptó, con pavor, la llamada al servicio
militar, con la esperanza de no morir y de no
tener que matar a nadie.
Fritz fue uno de
los afortunados. Afortunado de encontrar destino
primero en Roma (donde rechazó un ascenso),
después en Túnez; afortunado de permanecer tras
las líneas y de nunca disparar un arma; y
finalmente afortunado, si ésa es la palabra
justa, de caer preso de los estadunidenses en
1943, de ser transportado por barco hasta
Norfolk, Virginia, y luego conducido en tren por
el continente para pasar el resto de la guerra en
un campo de prisioneros en un pueblo... al norte
de Arizona.
Luego tuve el
placer de relatarle, suspirando de admiración,
pues ya había comenzado a sentir un profundo
cariño por este hombre, que mientras él era
prisionero de guerra en el norte de Arizona, yo
estaba en el sur del Estado, aterrorizada por los
soldados nazis que estaban allá, aquí, y de los
que no había escapatoria.
Y luego Fritz me
relató que sus casi tres años en prisión
habían sido soportables gracias a que se le
permitió leer libros: esos años transcurrieron
leyendo y releyendo a los clásicos ingleses y
estadunidenses. Yo le dije que la lectura, de
libros traducidos y escritos en inglés, me
había salvado cuando era colegial en Arizona,
mientras esperaba crecer y escapar a una realidad
más amplia.
La
disponibilidad de la literatura, de la literatura
mundial, permitía escapar de la prisión de la
vanidad nacional, del filisteísmo, del
provincianismo forzoso, de la inanidad educativa,
de los destinos imperfectos y de la mala suerte.
La literatura era el pasaporte de entrada a una
vida más amplia; es decir, a un territorio
libre.
La literatura era la libertad. Y
sobre todo en una época en que los valores de la
lectura y la introspección se cuestionan con
tenacidad, la literatura es la libertad.
Susan
Sontag
|