El medio de
comunicación se hace medio
José Manuel de Pablos y Concha
Mateos Martín *
De manera
provocativa, este artículo podría haberse
titulado No me preocupa la concentración
de medios, pero nuestra inquietud, por el
contrario, se manifiesta cuando el medio de
comunicación se hace medio: cuando el medio
informativo se hace medio de manipulación
empresarial, de personajes que con esa idea hacen
una intrusión siempre grave en el
cosmos informativo.
Veamos, no
obstante, en qué momentos o condiciones a
nosotros no nos preocuparía la congregación de
medios, que naturalmente no es al estilo
Berlusconi ni tampoco al estilo Polanco, salvando
las distancias de ambas maneras de rodearse de
medios.
Esta cuestión
tiene sus correspondientes precedentes,
antecedentes o cuestiones previas. La primera de
todas es la necesidad de rechazar con firmeza esa
idea bastarda que habla de ese cuento del
cuarto poder. Una de las primeras
piedras que ha de dar brillo al mundo informativo
ha de ser en todo momento la convicción más
íntima de que el periodismo en términos
generales al margen de sus formatos de
manifestación pública ha de estar al
servicio de la sociedad en el sentido más amplio
del concepto sociedad, como comunidad de
ciudadanos y no de súbditos, o sea, de personas
libres, capaces de tomar decisiones sin presiones
subliminales algunas y a gusto con sus medios,
capaces de iniciar reflexiones después de hacer
uso del medio (de comunicación) que no es medio
en el sentido expuesto en el título de este
trabajo, sino medio (de manipulación).
Mientras haya
profesionales que conjugan el equivocado concepto
cuarto poder, el periodismo seguirá herido de
gravedad, como se encuentra en la actualidad en
aquellos países aparentemente democráticos, con
gobiernos aparentemente democráticos, y no
sabemos si nos explicamos.
Si volvemos a la
provocación del principio, podemos ver que es
posible no tener miedo a una concentración de
medios, al menos en sus inicios, si los supuestos
acaparadores de una congregación no alteran su
comportamiento y se siguieran comportando como
veremos en nuestro análisis teórico.
Pondremos dos
casos. En ambos, de acuerdo con la hipótesis de
esta aportación, la despreocupación por una
hipotética concentración mediática no sería
la vista por un sector de la sociedad,
seguramente por quienes en un momento como el
actual pudieran considerarse puristas
mediáticos, frente a manipuladores o
intoxicadores con segundas y aviesas intenciones.
Primer caso, el
periodismo de la familia Cano, de Bogotá,
Colombia. Segundo caso, el periodista Ignacio
Ramonet, director de Le Monde diplomatique,
de París.
La tesis que
deseamos exponer es que el problema teórico de
la concentración no es la concentración en sí,
sino los concentradores y sus planes para los que
atesoran medios, usándolos como vías para
cuestiones diferentes a la comunicación social,
de ahí la maldición de que el medio (de
comunicación) se hace medio (de
manipulación) en casos como estos
últimos, nunca en los supuestos de los Cano o
Ramonet.
Si un empresario
tuviera la visión mediática de un periodista
como Ramonet, ¿cómo nos iba a importar que
tuviera periódicos o emisoras de cualquier tipo?
Al contrario, tendríamos la seguridad en todo
momento de que tales medios estaban en las
mejores manos, que mientras dependieran de él no
nos tendría que preocupar de que el medio fuera
medio o vía de otra cosa que de ser medio en el
sentido mass media y no medio de manipulación,
de intoxicación, de controlar a políticos
temerosos del tratamiento a recibir en planas o
segundos radiofónicos o televisuales. Tampoco de
que el medio se empleara para ganar dividendos de
peso social por cuenta de empresarios de la
cultura del cemento o de cualquier otro tipo de
actividad especulativa e interesada.
Es igualmente
natural que esa concentración supuesta de que
hablamos preocuparía a otro tipo de personas, en
especial a quienes vieran en esa modalidad
utópica de concentración una oportunidad de
comparar situaciones, en las que saldrían
perdiendo, al ponerse en la balanza esa
concentración buena en contrapeso
con la concentración a secas o perversa, como no
puede ser de otra manera una concentración
mediática, ante la cual siempre gana el
empresario y pierde la ciudadanía, todo ello con
el beneplácito de sistemas políticos corruptos
en una u otra medida, que permiten lo que
permiten por el temor que siempre aparece en
torno al empresario mediático, más en el
concentrador.
Disponer de
ediciones cercanas diarias con la calidad de Le
Monde diplomatique, mejor aún ediciones
locales del Le Monde parisino, es una
verdadera utopía, que haría olvidar la idea de
concentración y arrinconaría la realidad de que
siempre hay un dueño. Ya dijimos antes que esto
sucederá si se mantuvieran en nuestro ejemplo
teórico la situación actual. Su hubiéramos
escrito esto hace 20 o 30 años pudiéramos haber
colocado al diario londinense The Times
parejo a Le Monde, pero con el tiempo ha
caído en una concentración y ya aquel The
Times glorioso poco tiene que ver con el
actual diario del australiano Murdoch. Por eso,
todo lo que decimos aquí está atado a la
situación en el tiempo, de modo que lo que sirve
para hoy no sabemos si se mantendrá. Es lo mismo
que ha sucedido con el madrileño El País:
poco que ver el primer diario con el periódico
actual, cabeza de un gran grupo empresarial,
establecido dentro y fuera de España. El tiempo
nos acaba informando de todo cambio habido, con
pocas posibilidades de mensaje erróneo.
Claro que en un
día como hoy es una utopía esa posibilidad de
tener al empresario al margen de la hechura del
diario, olvidado de la manipulación; difícil es
encontrar a uno que no intervenga, aunque sea un
incapaz que maneja el periódico como quien vende
alpargatas o chorizos. Tal vez esas situaciones
hacen más daño, por ser más numerosas, que el
fenómeno de las concentraciones permitidas o
toleradas por gobiernos temerosos de recibir
daño mediático.
Cuando
encontramos al editor ideal, aquel cuyo medio se
considera público, a pesar de ser de titularidad
privada, aparece un problema mayor que el de una
concentración, cual es la incapacidad del lector
para ponerse a la gran altura de la calidad del
diario de referencia, que perece en medio del
éxito mediático y el fracaso contable.
Veamos en pocas
líneas el caso paradigmático de los Cano
bogotanos. Hicieron un diario de calidad.1 Nunca se sometieron a la
crónica roja que tanto daña la mera imagen del
periodismo, pero que es tan rentable para
compañías mercantiles por encima de otra cosa.
Lucharon contra bandoleros de toda guisa.
Hicieron periodismo de investigación, con uno de
los jóvenes Cano en el papel de aprendiz de
reportero de verdad. Recibieron el castigo del
anunciante que pagaba más campos de publicidad
en sus planas, pues aún sabiendo cuál era el
peligro de publicar sus escándalos financieros,
no lo dudaron y recibieron el varapalo de ver
mermada la facturación publicitaria de El
Espectador, diario estrella de Bogotá.
Todo lo anterior
se quedó chico cuando los enemigos del mejor
periodismo lanzaron un vehículo cargado de
explosivos y destruyeron las instalaciones
físicas del diario, más no le forma de hacer
prensa de estos titanes del periodismo en
español. Salieron del trance con ayudas llegadas
de los lugares más dispares y vueltos a la arena
volvieron a sufrir otra tragedia provocada,
cuando unos pistoleros enviados por un poderoso
criminal asesinaron al Cano, director y patriarca
de la familia, a las mismas puertas del rotativo.
Este nuevo
calvario espantó sobre todo a los lectores, que
empezaron a asustarse de tanta violencia salvaje
reaccionaria a la claridad de la palabra expuesta
en el periódico donde se hizo García Márquez.
El diario esplendoroso entró en declive, cambió
directivos, vendió acciones, se fueron los Cano:
cerró el gran diario.
¿Cómo iba a
preocupar una concentración de medios en manos
de esta familia colombiana, que supo como pocos
lo que significa el Periodismo, que nunca jugó a
poner a uno de los suyos en el gobierno, como han
hecho otras tantas familias poderosas en la
martirizada Colombia, como en otros países
latinos? Pues tampoco preocupa, como una supuesta
concentración bajo la batuta de Ramonet, excepto
para quienes buscaran todo lo que aquí se ha
mostrado condenable.
Muchos lectores
de El Espectador les fallaron a los Cano.
La sensibilidad deteriorada de esos lectores,
devorada por las televisiones, no podían aceptar
aquellos presupuestos y buenas maneras
periodísticas del mejor de los diarios. Les
pasó como al urbanita acostumbrado al entorno
sucio de la gran ciudad y que en el campo se
contamina de aire limpio y sin
contaminantes.
¿Cómo puede
preocupar una concentración de medios bajo estos
postulados? Para empezar, Canos o Ramonet
nuestros referentes hoy no optarían
por una concentración de medios: se ocupan de
hacer del suyo el mejor: Le Monde diplomatique
y El Espectador, dos referencias donde las
haya.
Claro que es un
peligro cualquier modalidad de concentración,
vista la poca posibilidad de la
concentración buena. Más
preocupante puede suceder que el medio de
comunicación de masas deje de ser de masas, como
le sucedió al diario bogotano, porque un
periódico no puede reducirse a ser un ejemplar
de culto, destinado a pocos. Esa transfiguración
significa su cierre, tal y como hemos visto que
ocurrió en Colombia y como le sucedería a Le
Monde diplomatique si se redujera el universo
de sus lectores, ello provocado por la corrosión
televisual en las mentes críticas que se
adocenan y quieren ser fruidores de divertimento
y no de información. Ahí radica el gran
problema del periodismo de estos tiempos:
transita del cierre posible a que el medio pase a
ser un medio, pero diferente al concepto mass
media. Entre esos dos polos, los periodistas
están de manos esposadas y el público, en manos
de la televisión.
[1] Interesados
en más detalles, ver la tesis de la Dra. Sara
Marcela Bozzi Anderson, de Cartagena de Indias
(Colombia) El Espectador, en la encrucijada
de su historia, Universidad de La Laguna.
La Dra. Bozzi es profesora de la Universidad de
Cartagena.
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