Medios y
sociedad:
una relación asimétrica e insatisfactoria
Juan
Francisco Escobedo
La
histórica y subordinada relación de los medios
de comunicación hacia el régimen político
alentó la saturación y colonización de los
titulares, páginas, noticiarios y programas de
análisis con información y contenidos;
preferentemente sobre los asuntos del presidente
y de las élites políticas, durante su largo
ciclo de persistencia autoritaria.
Sólo
marginalmente y por excepción tuvieron cabida en
los formatos mediáticos, las voces, las
palabras, la presencia y las imágenes de los
ciudadanos. Y menos, cuando eran portadoras de
crítica y disenso hacia el poder y sus
representantes. La sociedad existía para los
medios, cuando se movilizaba dentro de la trama,
los formatos y las pautas establecidas por el
régimen político.
Al autoritarismo
le venía muy bien la movilización controlada,
las masas organizadas, la sociedad articulada en
los sindicatos, ligas y uniones que se forjaron
durante los años del despliegue hegemónico:
Pero cuando las masas irrumpían de manera
inesperada, informal, beligerante y crítica, sus
voces, rostros y palabras se desvanecían del
espacio público oficial hasta perderse en el
anonimato. Y no es que la sociedad no estuviese
presente en los medios. Lo estaba, pero de manera
domesticada, y siempre en su expresión de clase,
sector o grupo social oficialmente movilizados y
aceptados.
El ejercicio del
derecho al voto y las movilizaciones sociales que
implicaban su defensa, desencadenaron la
irrupción creciente y sistemática -como
sistemática era la manipulación política- de
nuevos segmentos sociales que exigían ser
escuchados y atendidos por los medios de
comunicación. Son las elecciones y las
movilizaciones de ciudadanos irredentos a las
pautas del régimen, los factores propiciatorios
del proceso de descolonización del espacio
público y de los formatos mediáticos, de las
opiniones y voces oficiales. Este proceso no ha
concluido y se expresa de manera diferenciada en
las regiones y en el centro del país, en los
medios audiovisuales y en los medios escritos.
Durante los
últimos 30 años se puede advertir una presencia
elusiva y discontinua de las expresiones
políticas de la sociedad mexicana en los medios,
que para propósitos analíticos puede dividirse
en tres etapas:
1.- Esquema de
tratamiento privilegiado de las manifestaciones
de las masas organizadas bajo la égida del
antiguo partido de régimen. Este esquema empieza
a declinar en el sexenio de Miguel de la Madrid
con las primeras elecciones locales competidas.
2.- Tratamiento
mediático diferenciado, inseguro, excepcional,
negociado y aleatorio de las expresiones cívicas
y ciudadanas promotoras de las elecciones libres,
así como de las movilizaciones poselectorales.
El punto de cierre de esta etapa coincide con la
máxima ebullición de la siguiente: las
elecciones presidenciales del año 2000.
3.- Surgimiento
de un modelo de tratamiento y atención
preferente de expresiones ciudadanas portadoras
de contenidos y posiciones críticas y de disenso
hacia el poder público, independientemente del
signo del partido político que se encuentre en
el gobierno federal o local. Este esquema sirve a
los medios para replantear y negociar su
presencia en el espectro mediático, su relación
con el poder, con las audiencias y lectores, así
como con sus anunciantes.
La
transformación de los medios no se ha expresado
de igual forma en el campo audiovisual, que en el
campo de los medios escritos. Como tampoco todos
los medios de cada campo, han protagonizado
similares procesos de transformación y
acondicionamiento a las nuevas circunstancias
políticas y sociales del país.
Entre los casos
paradigmáticos, las excepciones y las
resistencias se encuentran denominadores comunes
que caracterizan el nuevo y singular proceso de
transición mediática de México. Proceso que se
distingue hasta ahora por el creciente y
extralimitado papel, que los medios juegan en el
horizonte de incertidumbre que se ha abierto con
la inconclusa transición democrática.
En los últimos
tres años hemos observado la vertiginosa
declinación del viejo modelo de subordinación
de los medios al poder político, para dar paso a
un modelo de subordinación de los actores
políticos hacia los medios. El tránsito es
evidente, complejo y preocupante. Debe ser
explicado en sus causas e implicaciones de fondo.
Entre las
aproximaciones más plausibles para explicar el
nuevo proceso, refiero sólo dos:
1.- La
aproximación que empieza por aclararnos que el
proceso de transición del autoritarismo a la
democracia en México coincide con el desarrollo
y arraigo de la denominada democracia de
audiencia. Esto significa que cualquiera que sean
las formas que adopte la democracia electoral y
representativa, éstas no podrían prescindir
fácilmente de sus rasgos mediáticos.
2.- La debilidad
e ineficacia de los poderes públicos, y en
general del Estado de Derecho, que ha allanado el
camino a los medios para compensar la
insatisfacción que suscita el pobre desempeño
de los poderes, especialmente de los que deben
procurar, impartir y administrar justicia. La
democracia de audiencia le otorga una enorme
influencia y capacidad a los medios para hacer
visibles procesos, actos y decisiones que no lo
serían en otras circunstancias.
La creciente
visibilidad de los actores políticos es la
condición necesaria, aunque no suficiente, para
explicar los juicios mediáticos o juicios
paralelos de que son objeto los actores
políticos, señalados como presuntos
responsables de delitos que por ineficacia o
respeto al debido proceso legal, no pueden ser
enjuiciados rápida y contundentemente, como lo
exige la velocidad con la que los medios
establecen la agenda pública y construyen la
realidad.
Entre los muchos
factores que explican la subordinación de los
actores e instituciones políticas hacia los
medios de comunicación, resaltan dos que es
importante señalar:
1.- La
dificultad manifiesta para reformar la Ley de
Radio y Televisión, por el cabildeo y las
presiones corporativas que los concesionarios de
radio y televisión han ejercido sobre el poder
ejecutivo y también sobre el poder legislativo.
2.- El fracaso
de la última tentativa para reformar el COFIPE
con el objeto de reducir el monto del
financiamiento público hacia los partidos
políticos, que actualmente se destina en un 70%
a pagar las tarifas diferenciadas que establecen
las televisoras privadas. Y por otra parte, la
negativa de los concesionarios a admitir que sea
el IFE, en un esquema provisional, el que negocie
en nombre de los partidos, los términos y las
tarifas de televisión de cara a las elecciones
federales del año 2006.
Estos son sólo
dos ejemplos recientes y evidentes que expresan
la subordinación de los actores políticos hacia
los medios de comunicación, especialmente hacia
los medios audiovisuales. Ante este panorama de
relaciones asimétricas entre la comunidad
política y los medios, surge la siguiente
interrogante, ¿ en el corto plazo será posible,
además de deseable, establecer nuevos términos
de relación entre los medios y la sociedad, que
además estén arropados por la existencia de una
legalidad renovada, que evite que tales
relaciones se queden en el voluntarismo y en el
ámbito de la autorregulación de los medios?
El esquema de la
autorregulación de los medios, por sí sólo es
insuficiente, y hasta ahora no tiene la
credibilidad necesaria como para seguir
proponiéndolo como el modelo para establecer los
límites y las pautas de relación entre la
sociedad y los medios, en un contexto
democrático.
En cualquier
caso, la asunción de códigos de ética por
parte de los medios y los periodistas, debe ser
complementaria de la aplicación de las normas
jurídicas. Es tiempo de superar la ingenuidad
que subyace en la coartada con la que se ha
pretendido desde hace más de un cuarto de siglo,
encauzar el despliegue de los medios
audiovisuales bajo el esquema de la
autorregulación. Para que la autorregulación
sea creíble y aceptada socialmente, debe
acompañarse de la actualización de las leyes en
la materia, especialmente de la amurallada Ley de
Radio y Televisión.
Desafortunadamente
la exigencia de actualizar la legislación
relacionada con los medios electrónicos, no ha
encontrado eco en segmentos más amplios de la
sociedad mexicana. Tal vez las explicaciones de
tal apatía pueden encontrarse en el análisis de
los datos que nos ofrece la última Encuesta
Nacional sobre cultura Política. Sólo como
atenuante de tan desalentador panorama, es
importante decir, que eso no significa que la
respuesta que los legisladores den a ese asunto,
sea la preservación del status quo de
discrecionalidad y anacronismo que sigue
reproduciéndose con la ley vigente.
El panorama no
es nada positivo, si además tenemos en cuenta el
sedimento cultural de autoritarismo que sigue
incubándose y expresándose en la sociedad
mexicana, no obstante la estructura de
oportunidades democráticas que se abrió con la
alternancia del año 2000.
Las percepciones
y valores que caracterizan la cultura política
de los mexicanos, son propicios para mantener el establishment
respecto de la relación sociedad, medios y poder
público. Una lectura rápida a los resultados de
la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y
Prácticas Ciudadanas (ENCUP 2003) realizada por
el gobierno federal, nos permite identificar
algunas señales preocupantes. En la encuesta
realizada a 2 789 personas se obtuvieron algunas
respuestas que entrañan fuertes resabios
autoritarios y exhiben el desarrollo insuficiente
de los valores y prácticas de la democracia.
Conviene recuperar algunos datos.
Ante la
pregunta, ¿Qué significa para usted ser
ciudadano?, 1 de cada 2 entrevistados
consideró que ser un ciudadano significa
tener derechos y obligaciones, y 1 de
cada 6 respondió que ser ciudadano significa
poder votar. Estos datos expresan una
fuerte relación de la condición ciudadana con
la vertiente electoral de la democracia.
Frente a la
pregunta, ¿qué tan interesado está usted en
la política?, el 87% de los encuestados
declaró tener poco o ningún interés por ella.
El desinterés hacia la política es manifiesto y
grave. Esto significa entre otras cosas que las
nociones de debate público,
espacio público o interés
público, que de manera natural podemos
asociar con la política, son nociones demasiado
difusas para el conjunto de la población.
En este clima de
desafección hacia la política y por extensión
hacia los políticos, la temática de las
relaciones entre la sociedad y los
medios y menos aún de la
responsabilidad social y legal de los
medios no son asuntos que consigan
fácilmente hacerse de un hueco entre las
preocupaciones de los mexicanos. El terreno es
fértil para la regresión autoritaria y poco
propicio para que los ciudadanos discutan
cuestiones políticas o de interés público.
Tal desinterés
se confirma con las respuestas a la pregunta: Por
lo general, cuando está conversando con algunos
personas y éstas empiezan a hablar de política,
¿qué hace usted?, 6 de cada 10
entrevistados muestran apatía o desinterés
cuando se empieza a hablar de política.
El nexo entre el
desinterés hacia la política más allá del
momento electoral y el papel de los medios en el
contexto de una democracia de audiencia se hace
más visible cuando nos encontramos que el 82% de
los encuestados utiliza los medios electrónicos
para informarse de lo que pasa en la política.
De los cuáles el 60% utiliza la TV y el 22 % la
radio. El círculo vicioso se cierre con la
dependencia tan grande de la sociedad para
informarse a través de los medios audiovisuales.
En el pasado el
régimen colonizaba de información y contenidos
a los medios. Esta era una estrategia mediática
para prolongar la persistencia autoritaria del
régimen. Ahora que el régimen se ha
desarticulado y el gobierno federal ya no dispone
de los mecanismos y poderes reales para seguir
colonizando el espacio público, son los medios
los que han pasado a la ofensiva, y en este
despliegue no parecen ser muy visibles ni
eficaces los actuales límites legales,
institucionales, políticos y sociales bajo los
que se utilizan las concesiones de radio y
televisión.
En este punto es
importante superar el falso dilema entre el
mercado y el Estado. Los concesionarios privados
y las grandes empresas periodísticas pueden
desarrollarse mejor en un entorno de libertades
tutelado por un efectivo Estado Constitucional y
Democrático de Derecho, que en un clima de
disputa salvaje, sin reglas ni árbitros.
La
participación de los medios audiovisuales en la
construcción de la realidad y el establecimiento
de los límites del mundo y de los múltiples
temas que se extraen de la compleja realidad es
desproporcionadamente superior a la de los
periódicos. Los encuestados señalaron que sólo
utilizan para informarse, a los periódicos en un
10%. Es interesante observar que un 2% lo hace de
comentarios o rumores y sólo el 0.4% utiliza
revistas.
La
participación asimétrica de los medios se
atenúa un poco cuando se consideran las segundas
y terceras opciones de respuesta de los
encuestados. La radio pasa de 22% a 62% de las
menciones como medio para enterarse de la
política, y los periódicos pasan de 10% a 45%
de las referencias. El periódico es utilizado
como medio para enterarse de la política en un
51% por hombres y en un 40% por mujeres.
Ante la
pregunta, ¿Qué tan seguido acostumbra leer
noticias de política en el periódico?, 42%
de los entrevistados declararon nunca leer
noticias de política y sólo el 32% lo hace
ocasionalmente. La mitad de las mujeres
entrevistadas declaró nunca leer noticias de
política, mientras que un tercio de los hombres
declaró lo mismo. Estos datos confirman que la
expresión de la ciudadanía sigue limitada al
momento electoral, y que la política y los
asuntos públicos siguen siendo un asunto de
políticos profesionales y de sus entornos, y no
temas de interés para los ciudadanos.
Detengamos en
otro aspecto. Frente a la pregunta, ¿México
vive o no vive en una democracia?, el 45%
declaró que sí y sí en parte, el país vive
una democracia, el 22% dijo que no y el 29% no
sabe. Esto significa que más de la mitad de los
entrevistados, bien sea por apatía o
insatisfacción, consideran que no vivimos en una
democracia. Esta es una señal doble; por una
lado, de la persistencia de sedimentos
autoritarios, y por otra parte, del insuficiente
desempeño de las instituciones de la democracia.
Esta situación
se confirma en las respuestas a la pregunta,
¿Qué tan satisfecho está usted con la
democracia que tenemos hoy en México?, el
60% declaró estar poco o nada satisfecho con la
democracia que tenemos, y el 10%, ni satisfecho
ni insatisfecho. Para 3 de cada 10 encuestados la
democracia no ofrece los resultados esperados.
Por otra parte,
en relación a la pregunta, ¿Estaría
dispuesto a sacrificar su libertad de expresión
a cambio de vivir sin presiones económicas?,
el 34% afirmó estar dispuesto a sacrificar su
libertad de expresión a cambio de vivir sin
presiones económicas. Entre ellos, 4 de cada 10
tienen un nivel educativo de primaria. Y ante el
cuestionamiento de ¿Qué considera
preferible para el país?, 1 de cada 2
entrevistados dijo preferir un gobierno que
actúa cuando se necesita a uno que consulta
antes de tomar decisiones. Y un 32% afirmó que
aceptaría a un gobierno que consulta antes de
tomar decisiones, aunque a veces no logre actuar
cuando se necesita.
Estas son
algunas expresiones y señales del estado que
guarda la sociedad mexicana con relación al
ejercicio de sus derechos y libertades públicas;
respecto del desempeño de las instituciones de
la democracia y de la incidencia de los medios en
el proceso de recepción e interpretación de la
información que proporcionan a las audiencias y
lectores.
El panorama es
crítico. La democratización del país puede
bloquearse por la frustración de expectativas y
la incubación de alternativas populistas o la
restauración de algunas tramas del
autoritarismo. La agenda es amplia y para que las
relaciones entre la sociedad, los medios y el
poder público se sitúen en el contexto de la
democratización de la democracia, es preciso que
las propuestas y preocupaciones que se derivan de
un ejercicio de deliberación pública como el
que se ha suscitado en esta conferencia, se
trasladen a la agenda parlamentaria.
Desde mi
opinión son seis los temas básicos que debe
contener la agenda parlamentaria:
1.- Reforma del
artículo 6° constitucional para darle estatuto
de organismo constitucional autónomo al
Instituto Federal de Acceso a la Información,
reconocer su condición de autoridad en la
materia y desarrollar el derecho de acceso a la
información como una de las vertientes del
derecho a la información.
2.- Reformar la
Ley Federal de Transparencia y Acceso a la
Información Pública a la luz de la experiencia
acumulada en un año de aplicación y vigencia.
3.- Formular y
aprobar una Ley General de Transparencia
Publicitaria.
4.- Reformar la
Ley de Radio y Televisión para ponerla a tono
con las exigencias de la democracia, el respeto
al derecho a la información, el desarrollo y la
convergencia tecnológica, y el respeto al Estado
Constitucional de Derecho.
5.- Establecer
una estrategia para debatir públicamente y
formular las iniciativas de ley correspondientes,
que permitan transformar el carácter ambiguo de
los actuales medios gubernamentales en medios
públicos.
6.- Realizar las
reformas legales en la Ley de Imprenta y en los
códigos de procedimientos penales para tutelar
el secreto profesional del periodista.
La transición
mediática es una asignatura pendiente y
definitoria de la transición democrática del
país. Alentemos la deliberación pública para
que los temas de dicha transición encuentren el
lugar que les corresponde en la agenda de los
actores políticos, que hasta ahora se han negado
a abordarla con perspectiva de futuro y
compromiso democrático..
* Juan
Francisco Escobedo es
doctor en Ciencia Política y Sociología.
Coordinador del Posgrado en Comunicación de la UIA.
Este texto fue leído en la VII Conferencia
Internacional La relación sociedad-medios en
el marco de la Reforma del Estado, el 27 de
mayo de 2004, en la Ciudad de México, y ha sido
cedido por el autor a SdP.
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