De la
televisión entre nosotros
Carlos
Monsiváis
Los
televidentes en el Génesis
Si
se quieren fechas aproximadas, la primera
generación de televidentes en México nace, se
consolida y se desvanece en el periodo 1952 y
1960. Su rasgo peculiar es el
deslumbramiento que la guaracha profetiza:
La televisión/ pronto llegará,/ yo te
cantaré/ y tú me verás. A los
espectadores los vuelve con prontitud feligreses
lo ya experimentado ampliamente en Estados
Unidos, el universo de imágenes sorprendentes o
reiterativas, de chistes y lágrimas, de gestos
que nacen para ser reproducidos fielmente, de
implantación (avasalladora) de lugares comunes,
de políticos que se desplazan ante las cámaras
de los noticieros como en procesión. Esta
generación del asombro reverencial,
cada año alcanza su cima con las Mañanitas del
12 de diciembre, transmitidas desde la Basílica
de Guadalupe, y, de preferencia, entonadas por
Jorge Negrete, Pedro Infante y Pedro Vargas.
La Primera
Generación Teleadicta se divierte con lo que
sea, porque lo que sea es un beneficio
del arribo del cine sin problemas a
la sala, la recámara o la habitación
única. Si el cine divulga tramas y
escenarios más sofisticados, la actitud
iniciática ante la televisión es casi
forzosamente pueril, porque así lo impone la
novedad del medio. El que no fuere como
niño... no gozará del espectáculo de
la lucha libre, los teleteatros, el humor a
pastelazos, las series estadunidenses dobladas (Hopalong
Cassidy, El Llanero Solitario, I
Love Lucy), las series donde los efectos
especiales son en sí mismos cuentos de hadas,
las fantasías campiranas (Así es mi tierra),
y los noticieros que ensalzan el régimen y las
buenas costumbres (entiéndase por esto las
alabadas entre bostezos y abjuraciones
instantáneas). Noticia transmisible
no es que un hombre muerda a un perro, sino que
un hombre alabe al Señor Gobierno.
En la primera
etapa lo sobresaliente es el aprendizaje del
fervor. La generación del
asombro acepta prácticamente lo que se le
da, y no pone reparos ante las escenografías de
mala muerte, los chistes que debieron ahogarse en
la garganta, la ausencia de ritmo televisivo, la
solemnidad, los actores y las actrices nonatos,
la incompetencia desmedida, aquello que por
desdicha -para usar la frase emblemática de la
censura- sí puede entrar a su
hogar. Lo que se ve es lo de menos, lo
maravilloso es la existencia del aparato, las
imágenes domiciliadas. Y la
estupefacción se acrecienta con las
transmisiones de futbol, que reinventan el
deporte al convertirlo en un hecho casero, y
reducir el estadio a las proporciones de la
miniatura. Añádanse los noticieros que
mundializan la información (la guerra de Corea o
el conflicto de Suez son ya exotismo
cotidiano), y, corona de lágrimas,
ténganse en cuenta las telenovelas, que
trastocan el sentido del melodrama fílmico al
devolverlo a las técnicas del folletín y su
legión de enigmas y episodios climáticos que se
suceden unos a otros con tal rapidez que
disuelven la memoria. Más que el humor no
apto para adultos y las series de folclor
rancherizado, a la televisión la
nacionalizan las telenovelas, al
proclamar lo obvio: lo más entretenido, y por lo
mismo lo más divertido, es lo vinculado al
melodrama que es el lenguaje de la familia.
De
consecuencias e inconsecuencias
Entre otras de
sus consecuencias notorias, la televisión:
- Iirrumpe y
trastorna los hábitos hogareños, que ya
nunca se recompondrán, es decir, que
renunciarán a la ortodoxia de la vida
familiar. Al cambiar el uso del
tiempo libre, la familia misma se
modifica casi sin decirlo, porque se
reinventan drásticamente sus hábitos de
conversación, de entretenimiento, de
jerarquías visuales.
- Se
desgastan velozmente las fortalezas del
tradicionalismo, al extinguirse el
aislamiento del mundo (el castillo
de la pureza) con sólo el trámite
de encender un aparato. En lo
declarativo, la moral conservadora se
mantiene hasta cierto punto, pero en la
práctica rigen las relaciones entre la
comodidad (la inversión del tiempo libre
en las horas frente al aparato) y las
tradiciones. No pregunten quién
gana.
- Se modifica
el habla colectiva al restringirse y
ajustarse el vocabulario, se convierte a
los anuncios comerciales en los
estímulos del día (la publicidad como
la utopía nunca muy secreta), y en
oficios y reuniones amistosas, se acatan
como temas inevitables los programas del
día anterior. Si el cine mexicano
entrega una imagen de conjunto del país,
la televisión (sobra decir que privada)
fragmenta trágicamente la experiencia.
- Al cine y a
la radio los espectadores y los oyentes
le deben la introducción general al
entorno planetario, y la televisión
reafirma este asomarse al
mundo de un modo
envolvente. Se afirma lo
absolutamente inevitable (la
americanización, un aceptar el modelo
único para modernizarse colectivamente),
y se van transformando las costumbres con
énfasis unitario. Poco a poco la
tolerancia en su nivel de
aceptación de otros modos de vida
se filtra como atmósfera cotidiana,
mientras se divulga una legión de
comportamientos desconocidos (la ironía
aplicada a uno mismo, por
ejemplo). Especialmente en provincia
(que así se llama todavía), la
televisión es el adversario que hace a
un lado la misa de siete, las veladas
familiares, las sensaciones de quietud
vespertina, el deambular por las calles
como el coctel nómada. Al imponerse
la televisión, el costumbrismo va siendo
cada vez más un acto devocional de la
memoria.
En
la variedad está el gasto
A la
generación del asombro la sucede, si
hemos de darle algún nombre, la
generación de la rutina entusiasta,
en el período 1960-1968. Asimilado el shock de
la tecnología, el televidente todavía no se
considera titular de derechos ante el monopolio
televisivo. Ni siquiera se tiene el recurso
que el cine autoriza: ausentarse de las salas,
elegir por criterio o intuición. La
televisión, un hecho centralizador, es la única
diversión a salvo de la violencia urbana, el
contagio moral y la voluntad de los
espectadores. Moraleja: si la programación
no te divierte, te toca transformar tu idea de la
diversión, porque la tele no va a
cambiar. O suyo o de nadie.
La censura es
implacable, pero se acepta con algo más que
resignación: la empresa sabe mejor que nosotros
lo que le conviene a la familia, y en las casas
no hay la dispensa de la oscuridad de los
cines. Mientras se desarrolla el placer por
la telenovela, se acentúa la definición
implícita de televidente: aquel que
acepta lo que le dan, porque al hacerlo se siente
superior a las generaciones anteriores, que ya
hubiesen querido el aparato en las horas de su
tedio infinito. Persisten las series
estadunidenses (unas cuantas excelentes, como Dimensión
desconocida o The Twilight Zone),
el humor aún certifica el infantilismo del
público, se determina el primer criterio
canónico de las telenovelas (las
clásicas, como Gutierritos,
Simplemente María, Ave sin nido),
y se matiza el pasmo religioso ante
la televisión. Ya no se venera lo asombroso sino
lo inevitable.
La telenovela es
la otra familia del espectador, no tanto la trama
de sus vidas posibles o imposibles sino la
otra familia, la que vive en los escenarios
convincentes, la que sufre con estilo y entre
muebles carísimos, la que atraviesa en una hora
por las desventuras que, en la realidad, la
mayoría de los espectadores juzgaría
irrelevantes. Y el melodrama clásico se extingue
con los 400 o 500 capítulos de que puede constar
una telenovela, donde, además, la intensidad
narrativa se desvanece en los comerciales. La
censura prohíbe la sensualidad y el sexo, pero,
ante las situaciones difíciles que
apenas se insinúan, los televidentes transforman
el comentario en chisme (al fin y al cabo es la
otra familia) y lo que no pasa en la
pantalla chica transcurre en las habladurías
sobre los personajes. Se ve que no era
virgen. Por eso, a la telenovela se le
dedican cinco horas al día, y El
derecho de nacer, María Isabel, Los
ricos también lloran, El Maleficio
y Cuna de lobos disponen en su momento
climáticos de 30 o 40 millones de espectadores
sólo en México.
Se experimenta
poco. Hay casos límite, por ejemplo los
programas de Manuel Valdés el Loco, que le
pierde el miedo a la cámara, desafía, improvisa
sin ninguna idea previa e influye ampliamente en
el sentido del humor. Pero son excepciones.
Noticiero
informativo
El 1 de
septiembre de 1950 la televisión mexicana se
inicia formalmente al transmitir XHTVCanal
4 el cuarto Informe Presidencial de Miguel
Alemán. El 21 de marzo de 1951 se inaugura
el canal 2, propiedad de Emilio Azcárraga
Vidaurreta. El 10 de mayo de 1952 comienza
XHGCCanal 5, dirigido por Guillermo
González Camarena. En 1955, al fusionarse
los canales 2, 4 y 5, surge Telesistema Mexicano
que paulatinamente se extiende en el
país. En 1958 comienzan las telenovelas,
con Senda prohibida, de Fernanda
Villeli. El 8 de enero de 1972, inicia sus
labores Televisa, resultado de la unión de
Telesistema de México y Televisión
Independiente. Sus directivos son Emilio
Azcárraga Milmo, Rómulo OFarrill y Miguel
Alemán Velasco. Televisa es para usar
un término modesto omniabarcante: un
número considerable de estaciones de radio,
entre ellas la XEW y la XEQ, un conjunto de
marcas disqueras, el Estadio Azteca y el equipo
América de futbol, una compañía de cine,
participación en muy diversas empresas. En
1965 el Pájaro Madrugador, el primer satélite
del grupo, se inaugura transmitiendo una pelea de
box. Ya para 1968 hay 2 millones de aparatos
de televisión en el país, y un gasto anual de
publicidad de 40 millones. Y gracias sobre
todo a la telenovela y a determinados programas
cómicos, Televisa se expande en América
Latina. Su otro gran asidero son los juegos
de futbol.
Políticamente,
Televisa responde a los designios de la Era del
PRI que se extingue el 2 de julio de 2000 (fecha
en que no da inicio la Era del PAN). Se
agrede a la oposición y se magnifica todo acto
oficial. Durante el movimiento estudiantil
de 1968 Televisa invisibiliza a los estudiantes y
defiende los actos represivos del gobierno de
Gustavo Díaz Ordaz, y esto, más que ningún
otro hecho determina el fin de una etapa luego
del 2 de octubre al surgir la primera alternativa
en forma de duda o reclamo iracundo:
Mienten, las cosas no son así, calumnian,
ocultan la verdad, tergiversan. Eso no
deriva en fugas masivas de los televidentes, sino
en la pérdida de la confianza absoluta, en el
desencanto que se extiende hasta volverse, casi
institucionalmente, recelo de los vencidos, no
por arrinconado menos existente. La
feligresía se vuelve, y ya con zonas de
excepción, la fanaticada.
La decisión
política de la televisión privada (Soy un
soldado del PRI, afirma Emilio Azcárraga
Milmo) es el otro gran elemento de la
puerilización de los espectadores. No
únicamente la censura moralista se
opone toda a toda pretensión de madurez
(Entiéndase por madurez aquello que
confía en la inteligencia y sensibilidad de los
espectadores), sino, también, se declara
eternamente pendiente la ciudadanía. Y no
obstante esto, la modernización de la sociedad
le debe bastante al mismo fragmentario y
controladísimo; como sea, se filtran o arraigan
otras conductas y la normalización de otra vida
doméstica. Con lo paradójico o típico del
caso, nada pone al día a una sociedad con tanta
rapidez como la imitación.
Un
momentito y luego empezamos o seguimos o
finalizamos, da lo mismo
De 1960 a 1990,
el ritmo de la televisión mexicana es constante,
no muy imaginativo, sujeto a la censura,
imitativo a grados de disciplina férrea. Ya no
milagro sino hecho tecnológico, la televisión
es lo inevitable: todos poseen un aparato y a
éste le dedican el tiempo que, por lo general,
antes tampoco se le dedicaba a la
lectura. Van surgiendo opciones, canales que
compiten con Televisa sin mayor fortuna, y de
cualquier manera, y al incrementarse las opciones
se da el salto del monoteísmo
televisivo al politeísmo: el
monitoreo o zapping resulta muy pronto
el ejercicio compulsivo: A ver qué más
hay.
Un conocimiento
se agrega: la tradición televisiva, de
importancia no disminuible, tiende a desvanecerse
y sólo se afirma en un punto: la idea de niñez
es ya dependencia de la pantalla
chica. Ahora, evocar la infancia es decir:
Yo no me perdía ese programa y, si
el auditorio se deja, repetir cálidamente las
rutinas. En la memoria más antigua quedan,
digamos, Enrique Alonso Cachirulo o Don
Gato y su pandilla o Clavillazo o Viruta y
Capulina o Régulo y Madaleno o el Club del
Hogar o el Club Quintito. Esto
es la televisión: la tradición más viva de las
generaciones infantiles. Y los adultos
tienden a ser desagradecidos, porque la
importancia del medio electrónico no beneficia
perdurablemente a su componentes. Así, en
un momento dado, el animador Paco Malgesto hace
entrevista con intelectuales y boxeadores, narra
las corridas de toros, presenta las variedades, y
propicia en suma el chiste: La televisión
es la antigua radio con el retrato de Paco
Malgesto. Y luego este animador es el
recuerdo desvaído de una época. Lo ingrato
si constante dos veces televisivo.
Durante un
período es impresionante la fuerza que alcanzan,
por ejemplo, los Polivoces (¡Ahí
madre!), Héctor Suárez (No hay, no
hay), Pompín Iglesias (¡Qué bonita
familia!), Chavillazo (De pura uva,
nomaaás), el programa Siempre en
Domingo, conducido por Raúl Velasco
(Aún hay más), el noticiero de
Jacobo Zabludovsky, el humor para la
chiquillada de Chabelo y Ricardo González Cepillín.
En este período, antes de que un proceso muy
selectivo del DVD comience a recoger telenovelas
y programas cómicos, no se concibe la revisión
metódica de logros y etapas de la televisión
mexicana, la crítica sistemática todavía no
existe, y -en materia de recapitulación- si la
suerte de las estrellas se estaciona en el limbo
del recuerdo, ya nada les toca a las segundas
figuras que luchan por dejarse ver en los
programas y en los pasillos de las televisoras:
Se me hace tu cara conocida/ ¿Y qué se
habrá hecho de aquella muchacha tan guapa que
salía en la serie que te gustaba mucho?
Todavía en el
año 2000 la gran tradición televisiva es el
olvido. Imagen eres y en sombra del control
remoto te convertirás.
* Carlos
Monsiváis es escritor
y periodista mexicano. Este artículo fue
publicado en el semanario mexicano Proceso y se reproduce en Sala de Prensa con la autorización expresa de la
subdirección editorial.
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