Aznar, el
final de una forma de control mediático
Jenaro
Villamil *
"Ibamos
todos en ese tren" era, entre otras muchas,
la consigna que con mayor claridad se escuchó en
la tarde lluviosa de Madrid y de todas las
ciudades españolas donde se desbordaron más de
11 millones de ciudadanos unidos por el rechazo a
la pesadilla de un día anterior. Al shock provocado
por la ola de atentados que ensangrentaron a la
capital hispana le ha seguido una mezcla
creciente de azoro, desconfianza, de
ensimismamiento y reflexión frente al sinsentido
de la masacre, al tiempo que crece la certeza
cívica frente a las preguntas sin respuesta de
por qué y quién fue: todos pudieron ser
alcanzados por esas bombas y todos están
irremediablemente unidos frente a un gran aparato
de engaño, de violencia real y simbólica.
Quizá por esta
razón la consigna oficial de la marcha fue
desbordada por esta otra que nadie sembró, que
surgió como grito de identificación y dolor
más genuino: "íbamos todos en ese
tren". Y si fue Al Qaeda o ETA, el enemigo
"externo" o "interno"
-cuestión no menor frente al enrarecido clima
político en vísperas de las elecciones
generales-, la única certeza es que todos
están, de una u otra forma, heridos por la onda
expansiva de violencia, que todos viajan en el
mismo tren, el del presente y del futuro
compartidos, que se enfrenta una vez más a la
irracionalidad y al odio.
Las primeras y
provisionales reflexiones que arroja el 11-M de
Madrid, a la luz del tratamiento mediático y la
reacción de la opinión pública son las
siguientes:
1. Las
similitudes entre lo ocurrido hace tres días en
la capital española y hace dos años y medio en
Nueva York (911 días exactos, que
simbólicamente también se traducen como 9-11,
fórmula estadunidense para referirse a los
ataques a las Torres Gemelas) trascienden el
objetivo inmediato de crear el mayor daño
posible a civiles y de fortalecer políticas a
mediano plazo de mano dura que justifiquen la
violación de libertades y garantías en aras de
la seguridad frente a la "guerra global
contra el terrorismo". En ambos casos se
observa también una grosera manipulación
electoral de los sucesos y de las víctimas. Si
Bush ha optado por destinar 150 millones de
dólares en su campaña publicitaria teniendo
como telón de fondo las imágenes de las
víctimas de los ataques del 11 de septiembre,
enmarcadas en el lema "un liderazgo firme
para tiempos de cambio", en España crece la
convicción entre los sectores más informados de
que el gobierno de José María Aznar pretende
mantener el secreto, la confusión y la
ambigüedad frente a lo sucedido para aminorar el
efecto inmediato en las urnas contra su partido
político, el PP, para aparentar firmeza frente a
los inacabables cuestionamientos a la falta de
consenso y de apoyo a su política exterior.
Y esto ya no es
una especulación de café, sino una opinión
compartida entre miembros de la Audiencia
Nacional ("La Audiencia Nacional cree en la
autoría islámica; jueces y fiscales no esperan
que el gobierno remita ningún informe hasta el
lunes": La Vanguardia, 13-marzo-04).
También fue sugerido por el ex mandatario
español Felipe González, en una declaración
difundida el viernes en la cadena radiofónica SER
(todo servicio de inteligencia, afirmó, a las 24
horas ya debe saber con certeza la autoría de
los atentados).
Como en el caso
de los grandes operativos de engaño de
comunicación política global recientes -por
ejemplo, las nunca encontradas "armas de
destrucción masiva" de Hussein para validar
la invasión a Irak-, la apuesta del gobierno de
Aznar es sumamente riesgosa y puede detonar un
escándalo mayúsculo, precisamente porque hay
una feroz vigilancia de la opinión pública
interna y externa.
2. El nivel de
exhibicionismo violento y de espectacularidad
casi milimétrica (por escasos dos minutos el
número de muertos pudo ser cinco veces mayor,
coinciden expertos en los medios informativos
españoles) corresponde con la existencia de un
nivel de terrorismo que le apuesta precisamente a
globalizar mediáticamente la sensación de
vulnerabilidad, de miedo y de odios
(nacionalistas, xenófobos, religiosos,
culturales) en todos los distintos niveles
nacionales y sociales. Estos efectos no se
circunscriben sólo a las ciudades o países
directamente afectados. Generan una onda
expansiva en lo que algunos teóricos han llamado
"la sociedad del riesgo global" (Ulrich
Beck). Frente a esta pretensión, la consigna
"íbamos todos en ese tren" (como
aquella que inundó a México con el "todos
somos Marcos" en el momento más
álgido que el aparato de poder pretendía
inducir la vía represiva contra un nuevo
movimiento político de dignidad y rebelión
indígena) expresa lo mejor de una resistencia
cívica global frente al maniqueísmo de la
"lucha contra el eje del mal", contra
los fundamentalismos ocultos y expresos, contra
la simplificación inmediata.
"Han matado
a muchas personas por el mero hecho de ser
españoles", afirmó en su primer mensaje
Aznar. Y ahora se sabe que la nacionalidad era lo
de menos: uno de cada tres de los muertos
pertenecía a alguna de 12 nacionalidades
distintas que conviven en España. La proporción
se puede elevar, ya que buena parte de los mil
400 heridos no cuentan con papeles. Nacen, viven,
trabajan y toman el tren todas las mañanas en
esas estaciones elegidas como escenario de
destrucción.
3. Se confirmó
también la necesidad ética de la mesura
informativa y de la claridad en la convicción
democrática y pacífica de los distintos frentes
políticos involucrados que buscan vencer y no
convencer, que explotan la intolerancia en la
arena mediática o pretenden capitalizar
"las contradicciones del enemigo". En
este sentido, tan dañino ha sido el hecho de que
ETA no se deslindara inmediatamente de la
autoría de los atentados y que ayudara al
ambiente de ambigüedad y temor que se ha
generado, como que el gobierno español se
apresurara en el frente interno y externo a
responsabilizar exclusivamente a ETA, para luego
tener que abrir contradictoriamente la
posibilidad de "nuevas hipótesis" o
"líneas de investigación" que se
impusieron en otros medios informativos no
controlados o presionados directamente por el
régimen.
Por ejemplo,
ahora se conoce la instrucción que la ministra
de Relaciones Exteriores, Ana Palacio, dio a
todos los embajadores de su país: "deberá
VE (vuestra excelencia) aprovechar aquellas
ocasiones que se le presenten para confirmar la
autoría de ETA de estos brutales atentados,
ayudando así a disipar cualquier tipo de duda
que ciertas partes interesadas puedan querer
hacer surgir" (El País, 13-marzo-04,
p. 24). Un día después, el ministro del
Interior, Angel Acebes, y el propio Aznar
tuvieron que recular en su contundente condena a
la organización vasca.
ETA tampoco ha
manifestado expresamente su condena ni su rechazo
a la vía violenta, esa misma vía que genera y
alimenta la indignación, el rechazo abierto y la
desconfianza en prácticamente todo el espectro
cívico y político español. Otro ángulo
preocupante de la condena a ETA es que no pocos
medios, en especial comentaristas de TVE y
voceros del oficialismo, han hecho una simbiosis
de las demandas de autonomía de los vascos con
los métodos de ETA y han expandido el prejuicio
a otros nacionalismos, a grado tal que la
amplitud del odio se oriente también hacia el
gobierno catalán, hacia los gallegos o hacia
todas las instituciones autonómicas. Por esta
misma razón, en la marcha multitudinaria de
Barcelona los gritos de "¡asesinos!"
contra el vicepresidente primero, Rodrigo Rato, y
contra el dirigente del PP catalán, Josep
Piqué, quedaron como una muestra preocupante de
rechazo al prejuicio antinacionalista. En
contraparte, en Madrid otra de las consignas
cívicas más escuchadas fue "¡Vascos sí,
ETA no!" Tras los atentados crece el rechazo
a la fórmula del "patriotismo
constitucional" del gobierno de Aznar que en
sus expresiones concretas ha resultado ser
"de un pobre patriotismo o poco
constitucional", según distintos analistas
políticos.
4. Los recientes
acontecimientos también han documentado las más
recientes y tristes expresiones de una política
de comunicación del PP, que le ha apostado al
control, al partidismo y a las presiones desde el
poder para inducir su versión de los hechos en
medios públicos, como la televisión española.
El expediente más negativo de los ocho años de
José María Aznar está justamente en su
política de medios. En su reciente libro de
balance de ocho años de gobierno, El
aznarato, el historiador Javier Tusell,
distante a cualquier expresión de oposición
radical al PP, califica como "tormentosa e
insostenible" la política de comunicación
del gobierno saliente, le reprocha haber
incumplido con su propuesta de modificar el
estatuto de 1980 de la televisión pública y
considera que durante este periodo se creó
"un grupo mediático adicto al poder"
de Aznar, lo mismo que, justamente, le reprochó
su partido al PSOE en 1996.
Por si fuera
poco, antes de que ocurrieran los sucesos del
11-M creció el debate sobre la parcialidad
informativa de TVE. El 16 de febrero, un estudio
de la UNED y de la Universidad Carlos III reveló
que esta televisora pública le dio el triple de
tiempo a las opiniones favorables a la guerra que
a las contrarias, aun existiendo una oposición
social muy extendida a la política exterior de
Aznar frente a Irak (en Madrid también fueron
multitudinarias las movilizaciones antibélicas)
y alrededor de 500 periodistas de la televisora
se organizaron para crear un "comité contra
la manipulación" en la empresa. Obviamente
se les ha perseguido e intimidado. A raíz de la
cobertura de los recientes días, es muy probable
que el otro juicio ciudadano severo se oriente
contra la parcialidad y los prejuicios que se
reflejaron en los medios públicos durante los
momentos más turbulentos de la historia reciente
de España.
Para muchos
periodistas y comunicadores españoles es el
momento también de abandonar la polarización
inducida durante el aznarato y hacer suya la
consigna: "íbamos todos en ese tren".
*
Jenaro Villamil es
coordinador de Asuntos Especiales del diario
mexicano La
Jornada, en el que
publica su columna "República de
pantalla", el domingo 14 de marzo de 2004.
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