Julio
Cortázar,
el escritor más querido de América
Elena
Poniatowska *
En 1954, Carlos
Fuentes me dio una tarjeta suya (de esas que se
llaman de visita) para entrevistar a Julio
Cortázar en París. Había publicado Bestiario.
La tarjeta era tan cariñosa que con tal de
no entregársela a Julio dejé de entrevistarlo.
¡Tonta de mí! Lo haría años más tarde, en
México, con Margarita García Flores, en la
editorial Siglo XXI, de Arnaldo Orfila Reynal, su
amigo y editor. Y en el Hotel del Prado, cuando
Córtazar era paladín de las revoluciones de
Cuba y de Nicaragua, y cuando el Tribunal
Russell, que juzgaba los crímenes cometidos en
Chile por Pinochet, sesionaba en los salones de
candiles de ese hotel que desapareció con el
terremoto de 1985. ¡Cuántas cosas
desaparecidas, cuántas casas que ya no existen!
Cortázar era
miembro activo de Amnistía Internacional,
asociaciones de Derechos Humanos, frentes
democráticos de defensa del pueblo, frentes de
liberación nacional y otras causas
revolucionarias de los pueblos de Centroamérica
y de América Latina, como la de El Salvador, la
de Nicaragua, la de Cuba. Para entonces los
críticos habían declarado que su fabulosa
novela, Rayuela, era a América Latina lo
que el Ulises de Joyce a Europa. La figura
tierna y entrañable de Cortázar se había
convertido en un personaje central de nuestra
cultura. Ya para entonces Antonioni había
filmado Blow up, basado en su cuento Las
babas del diablo, que forma parte de su libro
Las armas secretas, que data de 1959. Ya
para entonces, Fuentes decía que era el único
hombre sobre la tierra que había encontrado la
fuente de la eterna juventud, que rejuvenecer
cada noche al poner su cabeza sobre la almohada
era su enfermedad y que ojalá y pudiéramos
contraerla todos.
En realidad,
Julio murió de leucemia a los 69 años en el
Hospital Saint Lazare después de 10 días de
cama, y seguramente la muerte de su mujer, Carol
Dunlop, 30 años menor que él, aceleró la suya,
porque la extrañaba demasiado. Su último libro,
Los autonautas de la cosmopista, lo
escribió con ella, y cuando los vi en París,
asoleados y felices, estaban a punto de emprender
este viaje en una especie de tráiler, que en la
noche estacionarían en los campos para
vacacionistas a lo largo del camino. La tienda de
campaña, los garrafones de agua, las bolsas de
plástico, aguardaban en el corredor. Carol,
autora de Mélanie dans le miroir, era
fotógrafa y estadunidense, pero curiosamente se
había nacionalizado canadiense. Aunque Cortázar
se casó antes con Aurora Bernárdez y con Ugné
Karvelis, el amor que pareció darle mayor
felicidad era el de esta joven de pelo cortado a
la Jean Seberg: Carol Dunlop. Julio la
sobrevivió dos años, pero uno tenía la
sensación de que habría querido irse con ella.
Desde 1951
vivía en París, cosa que le dio mucho coraje a
sus compatriotas. François Miterrand dio en 1981
la nacionalidad francesa a ese argentino, nacido
en Bruselas el 26 de agosto de 1914, alto, flaco
y desgarbado, para quien no había abrigo
suficientemente largo ni zapatos suficientemente
grandes; quien amaba el jazz y a quien los
jóvenes de Francia y de América Latina
convirtieron en ídolo, así como habrían de
canonizarlo los revolucionarios de los años 50 y
60. Nicaragua tan violentamente dulce y
otros libros acerca del proceso revolucionario y
las amenazas permanentes en contra de nuestros
países de América Latina habrían de ser los
temas cercanos a su corazón.
También lo
entrevisté con Carol Dunlop en París en su
departamento en la 9 Place du General Beuret. A
lo mejor no es exacta la dirección, pero el
hechizo de esa tarde en estado de gracia aún
perdura y es uno de mis mejores recuerdos.
¿Cronopios
o piantados?
-¿Qué noticias
me da de Luis Sandrini?
La pregunta
surge en un corredor del Hotel del Prado. Julio
Cortázar se inclina -siempre se inclina- sobre
su interlocutor, un señor calvo.
-No sé nada de
él... Es un cómico que murió hace tiempo,
¿no?
En la editorial
Siglo XXI, tras las puertas vidriadas, otro
calvito de anteojos, con una pila de libros bajo
el brazo, aguarda un autógrafo. Cuando Julio se
dispone a firmar, el calvo murmura algo acerca de
Luis Sandrini.
Sale del
cubículo y le pregunto a Julio:
-¿Qué tienes
tú que ver con Luis Sandrini?
-Nada.
-¿Entonces?
-Por lo visto
México está lleno de cronopios (ríe).
-O de
piantados... ¿No te parece extraño?
-Siempre me
suceden cosas extrañas. Recuerdo a una señora
que me persiguió para felicitarme sudorosa y
efusiva: "¡Me encantan sus cuentos, me
fascinan y a mi hijo también. ¿No quiere
escribir un cuento en el que el personaje
principal se llame Harry el Aceitoso?"
Supongo que quería complacer a su hijo. Y te voy
a confesar una cosa, Elena, estuve tentado a
escribir un cuento con Harry el Aceitoso.
-¿Y en que
otras tentaciones caes?
-En muchas.
Ríe y sus
dientes (los dos de en frente separados) son de
niño. Si no estuvieran manchados de nicotina,
diría que son de leche, como eran los de Diego
Rivera. Si lo pienso bien, todo Julio es de
leche; es alimenticio, es bueno, calienta el
alma, y se deja ordeñar por cuantos se le
acercan. No guarda una sola distancia, nada hay
en él de vedette, jamás se burla de sus
interlocutores, asume nuestra ignorancia, nuestra
debilidad. Imposible sentirse mal con él. Con
razón las mujeres lo inundan de cartas.
''Quería
ser marino''
-¿En qué
tentaciones caíste de niño? ¡Esas interesan
muchísimo a todas tus enamoradas, que son
legiones en México!
-Los recuerdos
de la infancia y de la adolescencia son
engañosos. Me sentí mal de niño.
-¿Por qué?
-Fui enfermizo y
tímido, con una vocación para lo mágico y lo
excepcional, que me convertía en la víctima
natural de mis compañeros de escuela más
realistas que yo. Pasé mi infancia en una bruma
de duendes, elfos, con un sentido del espacio y
del tiempo distinto al de los demás. Lo cuento
en La vuelta al día en ochenta mundos;
entusiasmado se lo presté a mi mejor amigo, y me
lo tiró a la cara: "No, esto es demasiado
fantástico", dijo.
-¿Y tu nunca
tuviste deseos de ser científico, descubrir el
porqué de las cosas?
-No. Tuve deseos
de ser marino. Leí a Julio Verne como loco y lo
que quería era repetir las aventuras de sus
personajes: embarcarme, llegar al Polo Norte,
chocar contra los glaciares. Pero, ya ves -deja
caer las manos-, no fui marino, fui maestro.
-Entonces, ¿tu
infancia fue cruel?
-No, cruel no.
Fui un niño muy querido e inclusive esos mismos
compañeros que no aceptaban mi visión del mundo
sentían admiración ante alguien que podía leer
libros que a ellos se les caían de las manos. Lo
que pasa es que estaba desollado, no me sentía
cómodo dentro de mi piel. Antes de los 12 años
vino la pubertad y empecé a crecer mucho.
-¿No te dio
seguridad ser alto?
-No, porque se
burlan de los altos.
-Yo creía que
ser alto da mucha seguridad.
-Pues estás
equivocada -se anima. Hay un cuento que me
proyecta mucho: Los venenos. Tuve unos
amores infantiles terribles, muy apasionados,
llenos de llantos y deseos de morir; tuve el
sentido de la muerte muy, muy temprano, cuando se
murió mi gato preferido. Este cuento, Los
venenos, gira en torno a la niña del jardín
de al lado, de quien me enamoré, y de una
máquina para matar hormigas que teníamos cuando
era niño. Asimismo, es la historia de una
traición, porque una de mis primeras angustias
fue el descubrimiento de la traición. Yo tenía
fe en los que me rodeaban, y por eso el
descubrimiento de los aspectos negativos de la
vida fue terrible. Esto me sucedió a los nueve
años.
''Me
interesan mucho los niños''
-Julio, tú
siempre describes niños, adolescentes
entrañables y, sobre todo, sufrientes.
-De niño no fui
feliz, y esto me marcó muchísimo, De ahí mi
interés en los niños, en su mundo. Es una
fijación. Soy un hombre que ama mucho a los
niños. No he tenido hijos, pero amo
profundamente a los pequeños. Creo que soy muy
infantil, en el sentido de que no acepto la
realidad. A los niños les cuento cosas
fantásticas e inmediatamente establezco una
buena relación con ellos, muy buena. Los que sí
no me gustan nada son los bebés; no me acerco a
ellos hasta que no se vuelven seres humanos.
-Creo que los
niños de tus cuentos conmueven, Julio, porque
son auténticos.
-Sí, porque hay
niños muy artificiales en la literatura. Un
cuento que yo quiero mucho es el de La
señorita Cora, la situación de ese
adolescente enfermo yo la viví, y como te lo
dije, tuve una gran experiencia en amores sin
esperanza a los 16 años, cuando consideraba que
muchachas de 18, 20 años, eran unas mujeres muy
adultas. Entonces me parecían un ideal
inaccesible, y por eso se creaba una situación
de realización imposible. La señorita Cora es
un cuento con el que sufrí mucho. Tú sabes que
uno de los fantaseos de los niños es imaginarse
a punto de morir. Entonces el ser amado aparece
arrepentido, abraza y ama, llora su culpabilidad,
jura amor hasta la eternidad, en fin, una
situación arquetípica.
-¿No crees que
en todo esto hay mucha autocompasión?
-Creo más bien
que hay una aptitud definitiva para regresar a la
visión del mundo de un niño; yo siento un gran
placer en escribir ese retorno; me siento bien
cuando regreso a mi infancia.
Las
nubes nos provocan inventar historias
-De esa fijación tuya en
la infancia, ¿han surgido los libros-objeto, los
collages, los recortes, etcétera?
-Sí, me gustan
mucho los juguetes, pero los que son ingeniosos,
los que se mueven y actúan; me gustan tanto como
me fascinaron las papelerías, los cuadernos, la
punta de los lápices, las gomas de migajón, la
tinta china. Al Larousse Ilustrado lo olía,
tenía un olor perfumado que todavía me llega.
Tengo, Elena, un amor infinito por los
diccionarios. Pasé largas convalecencias con un
diccionario sobre las rodillas buscando la
definición de la goleta, del porrón, del tifus.
Mi madre se asomaba a la recámara a preguntarme:
"¿qué le encuentras a un
diccionario?".
-Todo... Tu
madre, Julio, ¿no tenía imaginación?
-Mi madre fue
muy imaginativa, con una cierta visión del
mundo. No era muy culta, pero era incurablemente
romántica y me inició en las novelas de viajes.
Con ella leí a Julio Verne. Es extraño, porque
las mujeres no leen a Julio Verne. Mi madre leía
mala literatura, pero su enorme imaginación me
abría otras puertas. Teníamos un juego: mirar
el cielo y buscar la forma de las nubes, en
inventar grandes historias. Esto sucedía en
Banfield. Mis amigos no tenían esa suerte. No
tenían madres que mirasen las nubes. En mi casa
había una biblioteca y una cultura.
-¿Medianita?
-Si tú quieres
mediana. Mis amigos eran hijos de obreros, gente
muy pobre.
Mucho
de mi conocimiento de AL, por mis amigos, hijos
de obreros
-¿Tú crees que
el hecho de haber vivido entre hijos de obreros y
pobres influyó en que ahora te preocupes por los
problemas de miseria e injusticia en América
latina, y formes parte del tribunal que juzga los
crímenes de guerra de la junta militar en Chile,
por ejemplo?
-No creo que
haya influido de manera directa, pero sí creo
que fue una fortuna subliminal vivir una infancia
pobre con niños pobres, porque después entré a
una clase pequeño-burguesa muy definida.
-¿Por qué
dices que fue una fortuna subliminal vivir entre
pobres?
-Porque esto me
marcó definitivamente y para bien.
-¿Como
escritor?
-También,
porque cuál es el problema que se refleja en
muchos escritores latinoamericanos. No me gusta
citar nombres, y no lo acostumbro, pero Eduardo
Mallea, por ejemplo, no tuvo contacto directo con
su propio pueblo y cuando hace hablar a sus
personajes populares, su visión es artificial y
demuestra que ignora totalmente la manera de
vivir de esa gente. Es un ejemplo parcial, pero
así como Mallea hay muchos escritores
latinoamericanos cuya primera educación no les
ayudó a entender mejor las cosas que más tarde
se les escapan definitivamente.
-¿La realidad
de su país?
-Sí. Creo que
mucho de mi conocimiento de la realidad de
América Latina, su rebelión y su desamparo, se
la debo a mis amigos hijos de obreros.
-Julio, y tu
afán por Europa, ¿cuándo se manifestó?
¿Cuándo decidiste instalarte en Francia? ¿Eras
europeizante como todos los argentinos? ¿Nov y
cultísimo, como suelen ser los intelectuales?
-Creo que fui un
esteta.
-¿Eres?
-Soy. Me
encerré durante años a leer; no hablaba con
nadie. Durante mi juventud fui misántropo; me
metí en el mundo de la cultura y de la
estética. Eso duró muchos, muchos años. Leía,
sólo leía. Y escribía, sin publicar, por
orgullo, porque sabía que lo mío era bueno.
-¿Tan bueno
como lo de Borges?
-Distinto.
Borges es admirable.
La
influencia de Edgar Allan Poe
-¿Hiciste
cuentos por seguir a Borges, gracias a su
influencia?
-Más bien los
escribí por Poe.
-¿Por eso lo
tradujiste?
-Eso fue casi
una fatalidad. De niño desperté a la literatura
moderna cuando leí los cuentos de Poe, que me
hicieron mucho bien y mucho mal, al mismo tiempo.
Los leí a los nueve años, y por él viví en el
espanto, sujeto a terrores nocturnos hasta muy
tarde, en la adolescencia. Pero me enseñó lo
que es la gran literatura y lo que es el cuento.
Ya adulto, me preocupé por completar mis
lecturas de Poe, es decir, leer los ensayos, que
son poco leídos en general, salvo los dos o tres
famosos -el de la filosofía de la composición-.
Francisco Ayala, en la Universidad de Puerto
Rico, muy amigo mío en Argentina, se acordó de
nuestras conversaciones y me escribió
preguntándome si yo quería hacer la
traducción. Hice la primera traducción total de
la obra de Poe, cuentos y ensayos que tampoco
estaban traducidos. Fue un trabajo enorme. Duró
mucho tiempo, pero fue magnífico, porque ¡hay
que ver todo lo que aprendí de inglés
traduciendo a Poe!
El
traductor
-¿Esto lo
hiciste en Argentina?
-No, ya en
París. Dejé Argentina en 1951 y me instalé
definitivamente en París. Tenía 37 años. Gran
parte de mi vida había transcurrido en Buenos
Aires y me llevé mi casa a cuestas: Argentina.
Justamente en el año en que me fui de allá hice
la traducción de Marguerite Yourcenar que tanto
te interesa, Elena. Yo me iba a Europa a la
aventura, sin dinero, y naturalmente necesitaba
conseguir todos los recursos de vida posibles.
Tenía bastante experiencia como traductor. Hice
muy buenas cosas, muy buenas; traduje a
Chesterton, a André Gide, la vida y las cartas
de Keats, en fin, tenía un buen background como
traductor. Siempre me gustó traducir. Por eso
busqué traducciones para hacer en Europa y
mandar a Buenos Aires. Como la Editorial
Sudamericana ya había publicado mi librito Bestiario,
justamente en el momento en el que me fui de
Argentina me dieron a elegir entre unos cuatro
libros. Vi Memorias de Adriano, que había
leído en francés y me había fascinado, y se
los pedí; exigí, además, un plazo largo para
hacerlo, porque sabía que ese libro había que
hacerlo bien. Incluso empecé a trabajarlo en el
barco que me llevó de Buenos Aires a Marsella;
releí el libro, intenté distintos enfoques de
la traducción, la fui trabajando. La traducción
de Memorias de Adriano la hice en París,
se publicó, y la crítica siempre ha dicho que
se trata de una buena traducción. A Marguerite
Yourcenar nunca la he visto, salvo en una
pantalla de televisión.
-¡A mí me
parece extraordinaria! Me llama más la atención
mucho más que Simone de Beauvoir. Posee su mundo
propio; es más creadora.
-¡Son dos
mundos distintos! El de Simone de Beauvoir es el
mundo problemático contemporáneo, y el de
Marguerite Yourcenar es una reflexión sobre la
humanidad en su conjunto a través de figuras
como Adriano o el personaje principal de Obra
en negro (L'oeuvre au noir).
-Y cuando
traducías, Julio, ¿no tuviste la sensación de
estarle quitando tiempo a tu obra personal?
-No, nunca tuve
esa sensación, porque en esa época tenía mucho
tiempo y siempre he tenido gran capacidad de
trabajo cuando tengo ganas de hacer algo. En esa
época era absolutamente desconocido, de manera
que tú ni nadie venía a entrevistarme, a
tomarme fotos, a pedirme autógrafos, y no me
llegaba correo de un metro cúbico semanal. Es
decir, era verdaderamente una persona que vivía
la vida que siempre me gustó vivir, la de un
solitario, en la que dedicaba medio día a
ganarme la vida traduciendo para la UNESCO y me
sobraba el resto del día para leer y escribir.
Siempre
solitario
-Un poeta mexicano,
Alejandro Aura, escribió en contra de los
solitarios: "La soledad de los solitarios es
una porquería". Y también dijo: "De
pronto sonríen -sin motivo aparente- y su mirada
de borrego suena como una campana de leproso que
aleja a los demás''.
-Pues a pesar de
tu amigo yo seguiré siendo solitario.
-Si te dejan.
-Si me dejan.
Ahora me resulta difícil, aunque cuando quiero
aislarme tomo un tren a Londres y allá vivo
completamente solo -allá no me conocen- durante
el tiempo necesario. A mí me gusta hablar con la
gente, Elena, y descubrí ese placer muy tarde.
Pasé cinco años como profesor de secundaria en
un pueblo, en el campo; luego me fui a Mendoza, a
la Universidad de Cuya, a impartir cátedras a
nivel universitario.
-Pero ¿qué
estudiaste?
-Te lo dije: soy
maestro. Me recibí en la Escuela Normal Mariano
Acosta de Buenos Aires, estudié el profesorado
en letras, ingresé en la Facultad de Filosofía
y Letras; al año la dejé para irme al pueblo de
provincia del que te hablé. Fueron mis años de
mayor soledad. Fui un erudito. Toda mi
información libresca es de esos años. Mis
experiencias fueron siempre literarias. Vivía lo
que leía, no viví la vida. Leí millares de
libros, encerrado en la pensión; estudié,
traduje. Descubrí a los demás sólo muy tarde.
-¿Y ahora por
qué dedicas tanto tiempo a la gente?
-Porque no puedo
evitarlo. Yo no sé hasta qué punto uno se
conoce a sí mismo; muy poco, probablemente. Pero
de lo que estoy convencido es de que si yo me
hubiera quedado en Argentina y hubiera hecho una
carrera equivalente a la que hice en Europa,
después hubiera sido el mismo. Desde niño he
tenido un sentimiento muy profundo de mi prójimo
como persona. Lo que no tenía era el sentimiento
de mi prójimo como colectividad, como historia
-eso lo aprendí con los cubanos-; pero en el
plan individual, la tristeza de alguien que está
cerca de mí es como la tristeza de un animal,
hago cualquier cosa por aliviar su pena. No puedo
ver sufrir a un gato, a un perro; no lo acepto.
Por tanto, un hombre, una mujer...
Ayudar
a los demás no es pérdida de tiempo
-¿Y no tienes
la sensación de pérdida de tiempo? Perdona,
Julio, que insista en el tiempo, pero
últimamente me obsesiona.
-Mira, he
perdido tanto en mi vida que sería una
hipocresía considerar que una acción, en el
sentido de aliviar una situación de pena o
enfermedad, pueda considerarla una pérdida de
tiempo. De ninguna manera. No, no, no. Yo sé que
hay cosas que me hacen perderlo. En París, por
ejemplo, en este momento los problemas cotidianos
de los chilenos, los argentinos, los uruguayos,
que llegan expulsados, sin dinero,
desconcertados, muchas veces sin conocer el
idioma en un país que les parece hostil, porque
todavía no tienen los contactos necesarios;
entonces yo hago lo imposible por darles amigos,
aclarar su situación, acompañarlos. Para mí
eso no es pérdida de tiempo. Es igual que si
estuviera escribiendo un libro.
-¿Sí?
-¡Claro! Es un
libro que no se publicará, pero eso no tiene
ninguna importancia.
-¡Ya estarás
como Arturo de Córdova!
-¿Qué es eso?
-Es un actor
yucateco, muy cursi, que concluía todos los
diálogos de sus 28 mil 970 películas con una
frase: "no tiene la menor importancia".
-Mira, Elena, yo
carezco del reflejo del escritor profesional que,
en general, es egoísta, aunque reconozco que hay
que serlo en algunos casos. Cuando me encuentro
trabajando en un cuento y estoy posesionado por
la historia y por la forma en la que la voy
resolviendo, en ese momento cierro mi puerta con
doble llave y no atiendo a nadie. No contesto el
teléfono. Pero antes y después, estoy lo más
abierto posible.
-El lema de
Guillermo Haro es: "perezcan los débiles y
los fracasados y ayudémosles a desaparecer, y
que éste sea nuestro primer principio de amor al
prójimo".
-Oye, yo ya
estoy bastante viejo para saber al cabo de 10
minutos de conversación con alguien si es un
fracasado, un parásito o un profesional de la
ayuda ajena, y estas especies las detecto
rápidamente; desde la niña a quien le gustaría
acostarse con el escritor famoso simplemente
porque cree que esto la va a ayudar, o porque le
gusta. Tengo suficientes antenas para
comprenderlo, y con gente así no pierdo el
tiempo, aunque soy lo bastante cortés para
detectarlo en cinco minutos y no volver a verla.
En cuanto a los débiles, no puedo responderte lo
mismo, porque no tienen la culpa de serlo. Se
puede ser débil por muchos motivos. Imagínate
que un mecánico en Chile ha salido de su país,
ha llegado a París. Ese hombre, en relación con
la sociedad francesa a la que entra, es débil,
aunque esté lleno de fuerza. Lo es porque se
encuentra completamente desarmado: no conoce el
francés, nadie le dará trabajo, va a tener
problemas con los sindicatos. A esa persona la
ayudo, porque no es un verdadero débil. Si tú
le das un chance, lo conectas con un garage, si
entra de mecánico y empieza a demostrar que sabe
hacer el trabajo, en 15 días ese señor dejará
de ser débil; es un hombre con sueldo,
habitación y que empieza a vivir. ¿Cómo no
hacer algo por él?
-Julio, ¿tu
capacidad de trabajo sigue siendo tan grande?
¿Trabajas durante muchas horas?
-No, y a medida
que va pasando el tiempo cada vez menos. Cuando
empiezo un libro -hablemos de una novela, que es
un trabajo más continuado- y tengo una necesidad
imperiosa de escribirlo, tardo muchísimo en
decidirme a empezarlo; doy vueltas como un perro
alrededor de un tronco de árbol, a veces semanas
y meses, hasta que, finalmente, la cosa empieza,
es evidente, lo sé por experiencia, porque
siempre me sucede lo mismo. El primer tercio del
libro avanza a empujones; entro en una etapa de
trabajo continuo y finalmente me olvido de comer
y de dormir. Me acuerdo muy bien cuando escribí Rayuela;
fue escrito en estado tal de posesión que no
lograba alejarme de la mesa de trabajo.
Los
premios siempre fue novela
-¿Y conservas
esa misma capacidad de enloquecimiento?
-Sí, sí,
fíjate que en El libro de Manuel escribí
las últimas 50 o 60 páginas de un tirón, hasta
el final; así, las escribí tomando mucho
alcohol, completamente solo. De una sentada.
-¿Y para ti
tomar mucho alcohol significa una botella de
whisky diaria?
-No, de ninguna
manera, significa tomar -bueno, si quieres
precisión- seis whiskys, pero en mí no es una
costumbre sistemática ni mucho menos.
-Según
declaraste en alguna ocasión, Los premios
empezó siendo un cuento. ¿Hiciste la novela a
partir del cuento? ¿Te ha pasado lo mismo con
alguna otra obra; construirla de una manera
azarosa?
-¡Jamás he
hecho esta declaración! Es absolutamente falsa.
Si hay un libro que empezó como novela es Los
premios, aunque de alguna manera está dicho
en una pequeña nota que hay al principio o al
final del libro. Hacía yo un viaje en barco
desde Marsella hasta Buenos Aires -21 días en
tercera clase, lo cual no era muy cómodo-; de
todas maneras, mi mujer y yo teníamos una
pequeña cabina y la gente que viajaba no era
nada simpática. Tú sabes, es cuestión de azar;
en algunos viajes uno es muy feliz porque
encuentra cuatro o cinco personas con las que se
entiende, pero ahí no había realmente nadie.
Entonces mi mujer se dedicaba a leer y a tomar el
sol en el puente, y yo tuve ganas de escribir esa
novela que venía rondando y el momento era
perfecto, porque era una cabina solitaria, tenía
una máquina de escribir portátil, y empecé.
Creo que al llegar a Buenos Aires había escrito
algo así como 100 páginas.
Revolución
personal
-Tu idea de la
revolución, Julio, es singular, porque siempre
te has manifestado por la revolución individual,
la que empieza por uno mismo, desde dentro, y
obviamente estás personalizando, lo cual resulta
inaceptable para los partidos comunistas
tradicionales. Has manifestado en varias
ocasiones que el hombre debe nacer nuevamente y
que la revolución debe dar a luz a un nuevo
hombre, ¿o no?
-¡Claro! Lo que
yo creo, y busqué decir en El libro de
Manuel, es que mi sentimiento de una
revolución socialista, como la entiendo para
América Latina, comporta un doble proceso no
consecutivo, sino simultáneo.
''Hay quienes
piensan que por lo pronto hay que hacer la
revolución -es decir, acabar con el imperialismo
yanqui, los gorilas, los militares, tomar
el poder e implantar el socialismo en el país-,
y ya después habrá tiempo para iniciar los
planes de cultura, el perfeccionamiento humano.
''Desconfío.
Creo que si en el ánimo de esos revolucionarios
no existe el deseo de que simultáneamente se le
pida a cada individuo que dé lo mejor de sí
mismo, que se busque a sí mismo, se explore,
haga su autocrítica, que no vaya a la
revolución lleno de prejuicios, sino que ésta
sea una manera de despojarse de sus ropas viejas,
esta revolución fracasará.
''En el fondo,
esta visión del hombre nuevo era idea del Che.
No es una idea abstracta o teórica para un
futuro lejano, sino que tiene que darse
simultáneamente. Para decirlo con una imagen:
siempre he sostenido que hay que hacer la
revolución de afuera hacia adentro y de adentro
hacia fuera en todos los planos...
(Cuando a
Cortázar le interesaba subrayar algo levantaba
la voz y separaba cada una de las sílabas,
recordando sin duda sus tiempos de maestro.)
''Hay que acabar
con nuestros enemigos, pero también con los
enemigos internos que cada uno lleva. Fíjate lo
que sucede con una revolución socialista.
Después de una tarea infinita, del sufrimiento
monstruoso de gente heroica que se ha hecho
matar, se llega al poder y simplemente porque
cuatro o cinco o seis dirigentes no han hecho su
autocrítica, se instala en el poder, por
ejemplo, un puritanismo de las costumbres
-digamos desde el punto de vista sexual- casi
victoriano. Eso no lo acepto, porque me parece
una revolución fracasada. El hombre va a seguir
siendo prisionero de sus tabúes, sus
inhibiciones, sus imposibilidades. ¿Para qué
diablos le sirve el socialismo? Para nada.''
-Pero Julio,
¿acaso en Rusia no hay puritanismo?
-Rusia no,
Unión Soviética.
-No sé por qué
he seguido diciendo Rusia y San Petersburgo.
-Elena, claro
que hay puritanismo, por eso estoy lleno de
crítica respecto de la situación actual de la
Unión Soviética. Estoy muy lejos de aprobarla
en su conjunto. Si esta pregunta me la hubieras
hecho en 1930 -cosa históricamente imposible- te
hubiera respondido: ''Rusia -ahora sí, Rusia-
sale de sus tinieblas medievales, de ese zarismo
en que el mujik era una especie de animal mandado
a latigazos, un analfabeta total con todos lo
prejuicios concebibles. En 10 años no se puede
pedir milagros". De la misma manera que
tampoco a los cubanos se les podía pedir que a
los tres o cinco o siete años de revolución,
Cuba fuese el paraíso. No lo es, y ellos son los
primeros en saberlo y saben que hay mucho qué
combatir.
''Pienso que el
trabajo del intelectual es estar en primera fila
en ese combate, es decir, no dejar que se duerma
esa especie de sentimiento de que todos los días
hay que dar la batalla, que todos los días, al
levantarse un individuo que se cree
revolucionario, debe preguntarse: 'Bueno -para
citarte un ejemplo-, ¿pero es que yo tengo
derecho a proceder así con mi mujer? ¿Tengo
derecho a hacer esta discriminación? ¿Tengo
derecho a aplicar ideas que ya están muertas,
contra las cuales he luchado, por las cuales he
sufrido? ¿Para qué sirve el triunfo de la
revolución?' ¡Así no sirve, Elena! No sé si
me explico.''
-¡La
Revolución Mexicana nada hizo por las mujeres,
salvo preñarlas como escopetas de retrocarga, lo
cual en cierta forma ayudó, ya que murieron un
millón de mexicanos! Pero nada cambió. Incluso
ahora. He asistido a algunas reuniones del PC en
la que participan hombres y mujeres y los hombres
ordenan: Compañeras, háganse un cafecito.
'Compañeras, agénciense unas tortas, o sea, que
devuelven a la mujer a su papel inicial. En Cuba,
por una película posrevolucionaria, Lucía,
vi que también es la mujer la que le sirve la
cena al marido.
-Lo sé y el
primero en darse cuenta ha sido el propio Fidel
Castro. El y todos sus compañeros de insurgencia
vieron que la mujer, que había luchado
heroicamente en la Sierra Maestra -y Fidel conoce
bien sus nombres-, en el momento de ocupar los
puestos importantes y dirigir al país quedaron
marginadas, y en el plano privado, en cada casa
volvieron a la cocina. Este es un problema de
educación y creo que Cuba está luchando en ese
sentido y en pocos años el problema quedará
liquidado, porque tu sabes bien cómo son
inteligentes los cubanos y cómo están
politizados.
''En la
actualidad la mujer cubana es perfectamente capaz
de discutir mano a mano con cualquier hombre. Si
tu viste Lucía, película destinada a los
guajiros y que se exhibió en los pueblecitos y
en los campamentos donde la gente ha sido
alfabetizada hace muy pocos años, el grado de
maduración es lento. La película lucha contra
el machismo, que es una de las plagas de América
Latina.
''Aquí en
México, en Cuba, en Argentina, en Perú, en
todos lados, somos los grandes machos y las
mujeres están cosificadas implícita o
explícitamente y dejadas a un lado en el sentido
que tú lo señalabas, Elena: 'haz un café'. La
mujer hace el café, prepara los frijoles
mientras el señor fuma su tabaco y platica de
política con sus amigos. Bueno, pues esto no
puede ser. ¡Está bien que las mujeres hagan los
frijoles, porque ustedes los hacen mejor que
nosotros, pero eso no impide que los hombres los
hagan también y laven después los platos en que
los han comido! No sólo pueden, sino que deben.
''En una
sociedad socialista: hombre y mujer tienen que
ser realmente la pareja, no la despareja. Lucía
provocó en Cuba -lo supe por amigos cubanos-
reacciones muy curiosas, porque este episodio del
marido celoso que encierra a su mujer y no la
deja hacer nada, fue bien comprendido en la
ciudad y todo mundo tomó partido por la chica;
pero sé que en algunas regiones del campo, el
público tomaba partido por el marido e incluso
las mujeres alegaron: 'Sí, sí, él tiene
razón, la mujer debe quedarse en casa. ¿Para
qué va aprender a escribir?' ¡Así es que
fíjate el trabajo que queda por delante!
Ayudar
a Cuba es criticar su sistema social
fraternalmente
-En alguna
ocasión Elena Garro exclamó levemente
indignada: ''¡Antes, cuando un hombre tenía una
amante, le regalaba diamantes. Ahora, le busca
empleo en alguna oficina de gobierno!"
Julio, para cerrar el capítulo de Cuba quisiera
que nos dijeras por qué firmaste con una serie
de intelectuales una protesta en el caso del
poeta Heberto Padilla, para escribir después una
carta de amor en la que llamas a Cuba
''lagartijita" y le rascas la nuca.
-Caimancito, no
lagartijita. En dos palabras, es una historia muy
vieja que ya no tiene ningún interés porque se
solucionó perfectamente a pesar de la opinión
de los reaccionarios que se imaginaban que a
Padilla lo iban a fusilar de un día para otro,
cuando él está viviendo como uno de nosotros;
pero lo que no hay que olvidar es que hubo dos
episodios vinculados con Padilla: dos. Antes hubo
un problema con la publicación de un libro suyo
que suscitó nuestras críticas y que a mí me
tocó aclarar con mis compañeros cubanos: el
derecho del artista a decir su palabra dentro del
contexto de la Revolución Cubana.
''Después se
produjo el episodio definitivo -déjalo bien
asentado-: lo que yo firmé fue una carta muy
breve en donde le pedíamos al comandante Fidel
Castro que tuviera la gentileza de darnos
información acerca de lo que estaba sucediendo
con Padilla en Cuba, porque en Europa sólo
sabíamos que estaba preso, y eso nos inquietaba
y nos parecía excesivo ante lo que no pasaba de
ser un problema intelectual. Esta fue nuestra
primera carta.
''La segunda
carta que yo no firmé -y esto, Elena, quiero que
los subrayes- fue insolente, malévola y
paternalista, en la que los europeos, y mucho
latinoamericanos pretendían darle lecciones a
Fidel Castro, decirle 'usted tiene que hacer esto
y no tiene que hacer lo otro', como si fuera un
niño. Esta carta explicó muy bien la reacción
tan violenta del gobierno cubano, y aquel famoso
discurso de Fidel en que hubo una ruptura con
todos los intelectuales europeos y
latinoamericanos que habían estado viajando
constantemente a Cuba.
''En lo personal
sigo defendiendo de A a Z la posición que tuve
en ese momento. Sé que esta declaración no
agradará a muchos compañeros cubanos que
preferirían una mayor flexibilidad, pero sigo
creyendo que la única manera de ayudar a Cuba es
haciéndolo críticamente, fraternalmente, pero
sin caer en maniqueísmos o en posiciones
extremas. Yo no lamento lo que sucedió, me creó
problemas sentimentales, vi alejarse a muchos
amigos cubanos y no cubanos, asistí a una oleada
de pequeñas venganzas de resentidos que
aprovecharon la oportunidad para declarar su
fidelidad incondicional al régimen cubano, como
si mis amigos y yo, al tener una actitud
crítica, fuésemos traidores; y, finalmente, me
consta que los dirigentes cubanos terminaron por
ver la situación con mucha claridad.
''La mejor
prueba de ello es ese texto, al que tu aludes,
que es un poema escrito en un ataque de
desesperación y de amor a Cuba, que se llama: Policrítica
a la hora de los chacales, que se publicó en
la reviSta de la Casa de las Américas, en La
Habana. Además no hay que personalizar, no se
trata de mí sino de mi actitud intelectual que
apoya a Cuba, pero no incondicionalmente. Yo no
apoyo nada de esta forma porque las revoluciones
están hechas por hombres y sujetas a críticas,
equivocaciones, titubeos. Yo no soy nadie para
dar soluciones y nunca las he dado, pero sí
puedo señalar disconformismos y posiciones...
Oye, me haces hablar demasiado.''
(La entrevista
fue larga y se reanudó la última vez en el
departamento de su amigo Daniel Waskman, en la
avenida Amsterdam. Recuerdo una cena en el
restaurante Bellinghausen, con Octavio Paz; un
encuentro en Coyoacán, con Bárbara Jacobs, Tito
Monterroso, Guillermo Schavelzon, editor de
Cortázar; recuerdo una conversación entre Italo
Calvino, su amigo, y él, ambos cálidos y
deslumbrantes; recuerdo cómo Beatriz Ballina le
tendió su libro Rayuela y él le dijo:
''Da gusto firmar un libro tan leído".
Ahora sé que el compromiso político y el arte
narrativo de Julio Cortázar eran parte de su
vida así como la altura y la sonrisa conformaban
su aspecto humano. Nunca se mostró distante,
nunca hubo una barrera entre él y sus lectores,
al contrario, respondió todas las cartas y
repartió los abrazos que todavía hoy sentimos
como un apoyo inmerecido. Ningún escritor con
mayor capacidad de entrega que Julio Cortázar.)
* Elena
Poniatowska es
escritora mexicana, con mas de 30 libros
publicados desde 1954. Un año antes se inició
en el periodismo y en 1978 se convirtió en la
primera mujer que ganó el Premio Nacional de
Periodismo. Becaria de la Fundación Guggenheim
(1994), doctora honoris causa por la
Columbia University of New York (1994) y por la
Florida Atlantic University (1995). Recibió la
medalla Gabrielala Mistral en 1995 y es ganadora
del premio Alfaguara 2002 por la novela La
piel del cielo. Esta entrevista se publicó
en el diario La Jornada
y se reproduce en SdP con la
autorización expresa de su editor de Cultura.
|