La ética
periodística en Bolivia:
situación y perspectiva
Luis
Ramiro Beltrán Salmón *
Las
sociedades orientan y regulan la conducta de los
individuos que las forman estableciendo
principios rectores a los que ellos tienen que
adherirse y estipulando reglas prescriptivas de
lo que deben hacer y de lo que no deben hacer. El
hogar, la escuela, la iglesia y el trabajo son
las instituciones sociales que educan a los
miembros de la colectividad en el conocimiento y
en el cumplimiento de dichos principios y reglas;
por eso se llama "socialización" al
proceso de enseñanza-aprendizaje de las normas
sociales.
Algunos de esos
sistemas normativos se enuncian formalmente por
medio de leyes que, por definición, tienen poder
obligante para tratar de asegurar su cumplimiento
mediante la motivación coercitiva que las
penalidades que prevén conllevan en caso de
renuencia. Otros de tales sistemas, en cambio,
obran por fuera de la formalización legal y para
su aplicación dependen de la presión social
persuasiva que busca producir la autoconvicción
individual recurriendo como acicate a la sanción
moral.
La ética,
instrumentalmente emparejada con la deontología,
es el sistema normativo extrajurídico por
antonomasia. Y la ética periodística constituye
un caso particular de ese régimen de modelación
del comportamiento humano.
ETICA
PERIODISTICA
Por ética puede
entenderse, en general, el carácter o
comportamiento habitual la manera de
ser de la persona, determinada por
principios morales y normas sociales implantados
hasta el grado consuetudinario en su conciencia
en su fuero interno por la educación
en el hogar, en la escuela, en la iglesia y en el
trabajo.
Por ética
periodística puede entenderse, en particular, la
manera moral de ser y de hacer del periodista
regida por su profunda identificación con
principios y normas de adhesión a la verdad, a
la equidad, al respeto por la dignidad y por la
intimidad de las personas, al ejercicio de la
responsabilidad social y a la búsqueda del bien
común.
"La
ética periodística acota con enfoque
algo distinto el ecuatoriano Fabián Garcés
(1995, p. 81-82) es una parte de la
filosofía que ayuda a los periodistas a
determinar qué es lo correcto en su actividad
como tales; es principalmente una ciencia
normativa de la conducta, entendida ésta
fundamentalmente como conciencia voluntaria,
autodeterminada ..." El colombiano
Gabriel Jaime Pérez (1991, p. 33) indica que el
objeto de ella es "la fundamentación de
una acción-reflexión tendiente al logro de una
comunicación humana que sea factor eficaz de
convivencia y de desarrollo integral de las
personas y de la sociedad". Y el
boliviano Juan Eduardo Araos (2002, p. 42) define
a la ética de la prensa así: "Aquel
conjunto de valores y normas que rige al
periodismo y que brinda pautas para que el
periodista realice su trabajo diario considerando
los pilares fundamentales de la profesión."
Como lo
señalara Fernando Savater, la actitud ética es
ante todo una perspectiva personal que cada
individuo toma. Es algo tan íntimo que, como
alguien lo dijera, "es lo que se hace
cuando ninguna otra personas está mirando".
"Es la clase de persona que somos",
afirma John Virtue (1997, p. 84). Y acota Ronald
Grebe (2001, p. 38): "Lo que diferencia a
la ética de cualquier otra actitud decisoria es
que representa lo que siempre está en nuestra
manos. Aquello en cuya elección y defensa
ninguna autoridad puede sustituirnos o
cambiarnos, de cuya responsabilidad ninguna
convención o acuerdo grupal pueden disculparnos
en el fondo".
Esa naturaleza
irrenunciablemente personal e intrínseca de la
ética en general caracteriza también, por
supuesto, a la ética periodística. Por
formación, por intuición, por consulta de
documentación, por conversación con colegas,
por experiencia y reflexión, cada periodista
profesional debe saber lo que es comportarse
éticamente y lo que es comportarse
antiéticamente. Es decir, tener, en un grado u
otro, activa su conciencia moral que le habla
desde lo hondo de sí mismo sobre el bien y el
mal que puede hacer.
La ética es
fundamental e indispensable para el periodismo.
Ella es, en la percepción de Alberto Zuazo
Nathes (1997, p. 43), Premio Nacional de
Periodismo y ex-Presidente de la Asociación de
Periodistas de La Paz, el componente esencial del
periodismo y la sustancia en que descansa la
confianza pública sobre éste. Y Gabriel García
Márquez (2003, p. 1), en feliz metáfora, dice:
"La ética no es una condición ocasional,
sino que debe acompañar siempre al periodismo
como el zumbido al moscardón".
Pero la ética
no es un don natural. Como ya se lo ha señalado
aquí, ella se aprende. Y, en el caso de los
periodistas, ese aprendizaje suele ocurrir
primordialmente en el propio desempeño de su
trabajo. Así lo evidenció una encuesta entre
periodistas norteamericanos, cuyos resultados el
experto en ética periodística John Virtue
(1995, p. 7) halla que "pudieran ser
válidos también en el caso de los periodistas
de cualquier país del mundo". El 83.3%
de los encuestados afirmó que había aprendido
sus principios éticos en la sala de redacción.
Ello sugiere que los supervisores de los
redactores y reporteros jefes de
redacción, jefes de información, editores de
área son las personas clave para la
enseñanza no formal pero eficaz por la
práctica de la ética periodística.
Tal vez por eso
hay quien dude de que la ética periodística sea
de naturaleza puramente individual. Por ejemplo,
el periodista y catedrático de la Universidad de
Columbia John Dinges (1998, p. 30) sostiene lo
siguiente: "La ética en el periodismo es
un esfuerzo grupal. No se debe confundir con una
ley, por un lado, o la moral personal, por otro.
Involucra al equipo de periodistas con el cual se
trabaja y a la empresa ... Pero lo más
importante es que la ética involucra al
público."
ETICA
Y LEY
Galvez, Paz y
otros (2003, p. 135) sostienen que "el
periodista tiene que entender que antes que la
ley positive el valor ético, la ética es la
disciplina filosófica que lo pone en evidencia y
lo propugna argumentativamente como
imperativo". Añaden que es de ahí "que
puede resultar un error ... limitarse a la
práctica de lo legal descartando lo ético o
pensando que lo agota". Y proponen que
el periodista sepa distinguir claramente entre lo
ético y lo legal. Javier Darío Restrepo (cit.
por Araos, 2002, p. 44)) plantea una posibilidad
de hacer tal distinción así: "La ética
es autónoma, es decir, depende de decisiones
libres y personales de cada uno. La ley,
cualquiera ley, es heterómana, proviene de
otros, tanto para su formulación como para su
cumplimiento".
El jurista y
periodista Carlos Serrate Reich (1996, p. 65)
expresa esta convicción: "La autoestima,
la autovaloración, la autorracionalidad y
responsabilidad correspondientes a una madura y
maciza formación integral de los conductores
sociales, hará que las normas éticas primen y
estén encima de la amenaza penal y
jurisdiccional, así sea administrativa."
Siendo
ciertamente diferentes, ley y ética no deben ser
vistas, sin embargo, como necesariamente
antagónicas ni incompatibles. Al contrario,
tienen ciertas afinidades y lucen armonizables.
En efecto, para Juan Cristóbal Soruco (2002, p.
476), por ejemplo, "tanto las leyes como
los mecanismos de autorregulación están
orientados sobre todo a lograr que los receptores
sean los principales beneficiarios de la
información y, como una de las salvaguardas para
ese efecto, garantizar la labor del periodista
comunicador... y no a la inversa".
ETICA
Y TECNICA
No hay
tecnología, por más avanzada que sea, que pueda
compensar la falta de ética en un periódico.
Creativos recursos y refinados artefactos
aplicados al manejo de la información, a la
presentación de opiniones y al diseño e
ilustración pueden hacer muy valiosos aportes a
la calidad técnica de un órgano de prensa. Pero
sólo la ética puede asegurar para el mismo la
credibilidad la confianza y respeto de los
lectores que son indispensables para que
exista y prospere. O sea, la calidad moral de un
diario es lo que más aprecia el lector. Por
tanto, como lo subrayan Herrán y Restrepo (1995,
p. 39), la ética y la técnica son inseparables:
"La naturaleza de esta profesión hace
que técnica y ética sean una misma cosa, de
modo que es imposible ser un periodista de altas
calidades técnicas si al mismo tiempo no se
tienen las mejores calidades éticas. En el
periodismo, lo ético urge lo técnico y
viceversa."
Comparte el
criterio de esos distinguidos periodistas
colombianos el conocido analista de prensa
canadiense John Virtue (1998, p. 17), quien
señala que los diarios más exitosos de
Latinoamérica conjugan técnica y ética a un
alto grado, lo que le lleva a la conclusión de
que "buena ética es buen negocio".
En efecto, es
muy probable que, más temprano que tarde, aquel
órgano de prensa que privilegie a la técnica en
desmedro de la ética perderá lectores y
anunciantes, poniendo en riesgo su propia
subsistencia.
EN
POS DE LA VERDAD
En el corazón
de cualquier planteamiento de ética
periodística está habitualmente como valor
central la veracidad, el ideal mayor de buscar la
verdad para comunicarla. En efecto, es muy
difícil encontrarse con un enunciado de esa
ética que no proponga tal aspiración con clara
preponderancia.
Hay quienes,
como el periodista y sacerdote José Gramunt
(1996, p. 33), creen que esa búsqueda se realiza
en pos de la verdad absoluta. Y hay quienes
creen, como la periodista estadounidense Georgine
Geyer (1985, p. 93) que sólo hay verdades
relativas. A los ojos de Juan Cristóbal Soruco
(1999, p. 45), exdirector de Presencia y
de La Razón, esas proposiciones no son
excluyentes pues "dan una pauta del
trabajo periodístico: buscar la verdad de los
hechos, pero no creer que se es portador de
la verdad." Ni mucho menos,
podría añadirse, que se es árbitro
incontrovertible de ella.
En todo caso,
empeñándose en la exactitud, la precisión y la
ecuanimidad, el periodista expresa su adhesión
incondicional a la verdad. Raúl Rivadeneira
(1998, p. 72) señala lo que el periodista no
debe hacer a fin de evitar el faltamiento a la
verdad. Lo dice en los siguientes términos:
"Esto
significa, sin concesiones a la manipulación
maliciosa de los hechos, a la distorsión
deliberada que consiste en divulgar rumores o
conjeturas como si fuesen hechos comprobados
o suprimir datos; fingir apego a los valores,
instrumentar la intimidación, violar la
privacidad e intimidad de las personas para
arrancar informaciones escandalosas que
estimulan tendencias morbosas de los
públicos, amañar las disculpas y
correcciones sin hidalguía, proferir
injurias y calumnias desconociendo la
condición humana del otro, negarse a
reconocer errores y a corregirlos; cerrar la
posibilidad de réplica y defensa de los
ofendidos, vulnerar el valor de la
confidencialidad cuando una información ha
sido dada en ese carácter."
¿EL
HOMBRE QUE MUERDE AL PERRO?
Podría pensarse
que hay acuerdo unánime entre los periodistas
sobre cuestiones capitales de su oficio como es
la veracidad. Pero ese no siempre es el caso.
Recientemente
los periodistas estadounidenses Bill Kovach y Tom
Rosentiel publicaron en forma de libro un estudio
por el que se habían propuesto identificar los
elementos fundamentales de la actividad
periodística. Los condensaron en un decálogo.
Comentándolo elogiosamente, el periodista
español Juan Luis Cebrián, consejero del Grupo
Prisa (2002, p. A19), hizo esta afirmación
condensatoria: "Es decir, el periodismo
debe ser veraz e independiente. En tan sencilla,
aunque resonante, sentencia se asume toda
la esencia".
El periodista
boliviano Rafael Archondo (2002, p. A-20)
cuestionó mordazmente las apreciaciones de
Cebrián y refutó con dureza algunos de los
principales enunciados de aquellos autores en su
decálogo. Uno había sido este: "La
primera obligación del periodismo es la
verdad". "No lo crea, amable
lector", recomendó Archondo y agregó: "...
Habría que responderle desde la sinceridad
desnuda que, para desencanto del pueblo, la
primera obligación del periodismo es la novedad
... Los que buscan la verdad son los
científicos, mientras lo nuestro es la modesta y
pura novedad. Así lo dice Luhman, el sociólogo
universal, a todas luces más solvente e
ilustrado que Kovach y Rosentiel." "Su
primera lealtad es hacia los ciudadanos"
es otro de los enunciados en el mismo decálogo.
Archondo reaccionó ante él en términos como
éstos: "Tampoco le crea esta vez. Los
periodistas no nos debemos a ningún público ...
Nuestra primera lealtad es hacia nosotros mismos,
seres egoistas como todos, colocados a la diestra
del poder ... Los periodistas somos impunes,
libres de pluma, arrogantes y ligeros de juicio.
Así es, así nos duela." Y en otro
párrafo de su reciente artículo en La
Razón, respalda sus afirmaciones con estas
consideraciones: "Aquí no hay lugar para
la duda, ¿cómo podríamos esperar algo tan
gordo y preciado como la verdad de parte de un
grupo de profesionales como el nuestro, en el que
impera la imprescindible improvisación y la
prisa? Hacemos diarios y noticieros a velocidad
de relámpago, ¿podremos acaso producir
verdades? Nada más ilusorio. Los periodistas
perseguimos novedades, sean o no verdaderas, y
por eso, con frecuencia diaria, somos campeones
para ventilar mentiras de todos los tamaños y
espesores".
Se diría,
siguiendo estas drásticas afirmaciones
autocríticas, que el periodismo continuara
respondiendo esencialmente a la vieja concepción
de que "noticia es cuando un
hombre muerde a un perro". Es decir, que
lo único que interesaría al periodista sería
lo nuevo, lo inusual, lo extraordinario y fugaz
... sin que importara que ello fuera verdadero o
falso.
EL
DETERIORO DE LA ETICA PERIODISTICA
Desde hace
aproximadamente quince años la ética
periodística ha venido deteriorándose
considerable y aceleradametne en Latinoamérica.
Así lo verificó un investigador canadiense
especializado en ética periodística, John
Virtue (1998, p. 14), mediante un centenar de
estudios de casos realizados en encuentros con
más de un millar de estudiantes y periodistas en
trece países de la region. Como producto de ello
Virtue identificó estas tres categorías de
comportamiento antiético:
- Una
categoría es la corrupción en la Sala de
Redacción. Invariablemente se trata de pagos
ilícitos a los periodistas, regalos,
conflictos de interés o uso indebido de
influencia.
- La segunda
tiene que ver con la Gerencia. Es decir, que
existe poca o ninguna independencia en la
Sala de Redacción. Las notas se eliminan o
se confeccionan a la medida, para satisfacer
a determinados anunciantes, gobernantes,
políticos, empresarios o a los intereses del
dueño o director de ese medio de
comunicación.
- La tercera
trata del comportamiento antiético en la
investigación, preparación y redacción de
las noticias. Me refiero a la invasión de la
privacidad, mal manejo de las fuentes,
plagio, uso de subterfugios y engaños,
edición distorsionada y manipulación de
fotos.
A mediados de la
década pasada la Universidad Internacional de la
Florida realizó una evaluación del
comportamiento de los periodistas en los países
miembros del Pacto Andino: Venezuela, Colombia,
Ecuador, Perú y Bolivia. Una de las preguntas
hechas a los periodistas encuestados fue si
conocían a algún colega que hubiera aceptado un
soborno. El 60% respondió afirmativamente en
todos esos países. Pero los investigadores
estimaron que el porcentaje real era
probablemente mucho mayor en función de
sugestivas diferencias en las respuestas de los
jóvenes periodistas en comparación con las de
sus colegas mayores.
En 1997 el
Centro Internacional para Periodistas, con sede
en Washington, hizo una encuesta entre editores y
reporteros de once de los países
latinoamericanos: México, Guatemala, Honduras,
El Salvador, Costa Rica y Panamá, Venezuela,
Ecuador, Colombia, República Dominicana y
Brasil. De ellos, 40% informaron que sus diarios
tenían códigos de ética, pero 20% de éstos
indicó que no los consideraban adecuados.
Separándolos en grupos de editores y de
reporteros, se les pidió expresar conformidad o
disconformidad con varios enunciados referentes a
la ética. Uno fue el siguiente: "Es una
práctica ampliamente aceptada para un reportero
trabajar, además, por cuenta propia, como
escritor de discursos, para un político, asesor
o ejecutar otro servicio directa o indirectamente
conexo con su trabajo como periodista."
La respuesta fue afirmativa en 64% de los casos.
Otro ejemplo de los enunciados fue este: "Es
una práctica ampliamente aceptada para un
reportero usar ideas o palabras de otras personas
sin indicar su origen." La respuesta
también fue afirmativa en 55% de los casos.
Todos los encuestados dijeron que la prensa
ética se caracteriza por decir siempre la
verdad, por la independencia política,
económica y social, por la responsabilidad
social y por presentar todos los lados de una
historia. Sin embargo, admitieron que las
prácticas que más necesitaban ser cambiadas
eran la falta de objetividad y el soborno. Y, por
otra parte, indicaron como problemas a ser
resueltos las presiones de gobiernos y de grupos
económicos, los bajos salarios y la carencia de
investigación (Centro Internacional para
Periodistas, 1998, p. 36).
En un estudio de
1994 sobre el porvenir de la prensa en las
Américas, Andrés Oppenheimer (1994, p. 37)
advirtió sobre indicios de deterioro de la
ética periodística en Latinoamérica en estos
términos: "Hoy en día, una de las
principales amenazas a la libertad de prensa
y a la defensa de los derechos
humanos es la censura y la autocensura que
es fruto de la corrupción de los propios medios
periodísticos." Pocos años después,
John Virtue (1998, p. 13) coincidiría plenamente
con esa apreciación al afirmar lo siguiente:
"La amenaza más fuerte que enfrentan los
medios de comunicación en América Latina no son
los esfuerzos gubernamentales o de otra índole
para restringir la libertad de prensa, sino la
corrupción interna."
LA
SITUACION EN BOLIVIA
Ciertamente, hay
que lamentar que la prensa boliviana no sea
excepción a ese fenómeno de descomposición
moral del periodismo. Un significativo indicador
de ello lo dio una encuesta realizada cerca de
fines del año pasado sobre la confiabilidad de
las principales instituciones de la sociedad,
incluyendo a los medios de comunicación, en
opinión de los ciudadanos. A lo largo de casi
toda la década del 90 encuestas semejantes
habían encontrado a la Iglesia Católica en el
primer lugar de confiabilidad y a la prensa en el
segundo. Ya cerca del término de dicho decenio,
ésta había comenzado a alejarse un poco de la
Iglesia, si bien mantenía aún la segunda
ubicación. Pero en el 2002 la prensa cayó al
cuarto lugar en la escala con puntaje de 11%
antecedida ya no sólo por la Iglesia (14%) sino
por el gobierno y por las universidades, ambos
con 13%. Y esto, según lo anota el periodista
Hugo Moldiz Mercado (2002, pp. B-6 y B-7), "refleja
una reducción de los niveles de credibilidad de
uno de los factores importantres de la sociedad
boliviana".
Ello es así, en
efecto, y el fenómeno obedece sin duda a que el
comportamiento contrario a la ética se ha
acentuado, especialmente en los últimos tres o
cuatro años, al punto de mermar la fe del pueblo
en la prensa. Los analistas Erick Torrico y
Humberto Vacaflor, periodistas, y René Mayorga,
politólogo, señalan como una primera instancia
mayor de aquel deterioro el tratamiento del caso
del exministro de Gobierno Guiteras por los
medios del Grupo Garafulic. Y apuntan ellos a
otra instancia, a la pugna intermediática en
relación a las elecciones nacionales de junio de
2002, caracterizadas por el manejo irresponsable
de datos de las encuestas, como una de las
principales causas de la agudización del
descrédito de la prensa. "El periodista
ya no cotiza en la bolsa de valores. Ha perdido
credibilidad; también seriedad", afirma
el periodista César Rojas (2003, p. B-11).
En el foro
"Poder Mediático y Sociedad
Democrática", patrocinado a fines de abril
del presente año en La Paz por la Fundación
Ebert, personeros de una decena de agrupaciones
de la sociedad civil criticaron a los medios por
referirse a los ciudadanos casi únicamente
cuando éstos sufren situaciones de violencia
que, además, son tratadas a menudo con
sensacionalismo y morbosidad. Recomendaron, por
tanto, a los periodistas acercarse más al pueblo
raso, a sus problemas, aspiraciones y
actividades, en vez de confinarse al contacto con
los núcleos del poder político y económico del
país.
En la edición
de La Razón del 10 de mayo de este año,
diez redactores de varios órganos de prensa,
radio y televisión, entrevistados por el Día
del Periodista, reconocieron haberse alejado del
ciudadano común. Admitieron críticamente
algunos casos de: sensacionalismo, afán
mercantilista, cobertura coyuntural, superficial
y espectacular, falta de rigor para la
comprobación de hechos y poco interés por los
derechos humanos, por la lucha con el
subdesarrollo y por la conservación de los
recursos naturales.
Y Jorge Canelas
(2002, p. B-7), director del semanario Pulso
y fundador de los diarios La Razón y La
Prensa, al recibir el Premio Nacional de
Periodismo dijo: "... Como lector, yo
diría que ya casi no habrá diario digno de
leerse en muy poco tiempo si las diferencias
entre ellos han llegado a establecerse no por
méritos sino por la mayor o menor suma de
defectos. Las deficiencias éticas son las más
notorias y no hay forma de corregirlas que
no sea de la abstención ante lo que no se tiene
la seguridad del correcto tratamiento
periodístico, y de la autocrítica si se ha
obrado equivocadamente, unidas a la sanción del
lector que deja de comprar un diario venido a
menos o que ha perdido la credibilidad."
UNA
INVESTIGACION ELOCUENTE
A mediados de
2001 el periodista Raúl Peñaranda (2002),
fundador y director del semanario La Epoca,
encabezó una investigación para establecer las
principales características de los periodistas
bolivianos en cuanto a los aspectos principales
en su desempeño profesional. Franco Grandi
coordinó la toma de datos para el
"retrato" mediante un cuestionario
anónimo de 74 preguntas para las que se obtuvo
respuestas de 250 periodistas profesionales,
hombres y mujeres, de prensa escrita,
radiofónica y televisiva en La Paz, Cochabamba y
Santa Cruz, cifra que representa prácticamente
la mitad del total de ellos. Dos de los
capítulos de la indagación correspondieron a la
ética periodística.
Uno de ellos fue
dedicado a la cuestión de censura y autocensura,
fenómenos obviamente contrarios a la búsqueda
de la verdad. El 64.4% de los encuestados
admitió haber autocensurado alguna vez material
periodístico; ello ocurrió básicamente para
evitar posibles sanciones por los superiores. El
71.7% dijo haber sufrido censura identificando
como responsables de ella principalmente a
directores, a jefes de redacción o de prensa y a
propietarios, y secundariamente a editores de
área y a gerentes. Y tantos como el 72.7% de los
periodistas explicaron que dicha censura tenía
por objeto evitar conflictos con anunciantes o
ceder a presiones políticas.
El otro
capítulo fue el correspondiente a
"sobornos, ética y valores". El 53.7%
de los encuestados dijo haber recibido alguna vez
una proposición de soborno para manipular
información. Ellas habían provenido de
políticos en 74%, de empresarios en 15% y de
líderes sindicales en 4.7%. Al cambiarse la
pregunta a si el encuestado conocía de manera
directa a un colega que haya aceptado un soborno,
la proporción de respuesta afirmativa subió a
59.5%.
Igualmente, 65%
de los entrevistados dijo conocer a un periodista
que había recibido algún regalo de alguna
autoridad o empresario en un sentido en que la
ética resultaba comprometida. Y el 45.4% de los
encuestados dijo conocer a algún colega que
estaba ganando indebidamente un sueldo paralelo
al que ganaba en su medio de comunicación.
A la pregunta
sobre si en el medio en que trabajaba el
periodista se debatían asuntos de ética, 53.2%
contestó que "nunca" o "rara
vez" ocurría aquello. Y el 63.4% indicó
que la familia es el lugar donde se forjan los
valores éticos en el periodista; ninguno indicó
que el propio medio también lo fuera.
Peñaranda
(2002, p. 47) cierra el análisis de esta parte
de los datos que obtuviera con el siguiente
comentario sumatorio:
"Periodistas
que no entienden a cabalidad de lo que
escriben. Periodistas que admiten que se
equivocan al elaborar notas. Periodistas que
reconocen que son pasibles de ser sobornados.
Periodistas que admiten que autocensuran sus
materiales. Con ese cúmulo de
características uno podría suponer que los
reporteros y redactores tienen una actitud
autocrítica en su desempeño diario. Por el
contrario, pese a las fallas mencionadas
aquí, los hombres y mujeres de prensa
muestran una actitud acrítica. El 50.7% de
los encuestados dice que sus colegas tienen
ese rasgo. El 46.8% restante, por el
contrario, cree que son
autocríticos."
Y en otro
acápíte de la misma investigación Claudio
Rossell (2002, p. 75) anota que la mayoría de
los encuestados, en este caso el 44%, considera
que la información que dan los medios es
"en líneas generales negativa, puesto que
hay una tendencia mayor al sensacionalismo y a
las denuncias sin respaldo." Y estima
que ésto debe constituir "un campanazo
de alerta para todos los periodistas pues ser
conscientes de esta debilidad en el tratamiento
de la información (es decir, la historia
inmediata que queda registrada) obliga a
todos a trabajar para cambiar esta forma de
retratar (o inventar) la realidad."
Es, pues, muy
evidente que aflige al periodismo boliviano una
grave crisis moral. La más leve revisión de la
documentación pertinente, a la que los propios
periodistas son contribuyentes mayoritarios,
muestra fácilmente las facetas salientes del
debilitamiento de la ética profesional. Teñir
de opinión la noticia. Distorsión de datos.
Titulares de noticias discordantes de los textos
de ellas. Divulgación de rumores y
especulaciones. Descontextualización. Más
dichos que hechos. Fuentes unilaterales.
Irresponsabilidad, calumnia y difamación. Y,
protuberantes, la frivolidad, el histrionismo, la
morbosidad, el sensacionalismo y, a veces, hasta
la obscenidad. Si al principio la mayoría de
éstas y otras fallas a la ética eran
características de unos pocos medios
escandalosos y populacheros, ahora lo son
también de algunos medios conocidos como
"serios", así sea con menor
intensidad, frecuencia y desenfreno. El
politólogo Felipe Mansilla (2002, p. 12a)
percibe tan deplorable situación con
apreciaciones como éstas:
"...
Una buena parte de la prensa se dedica a
fragmentar la información hasta quitarle
sentido y a maquillar los hechos hasta
hacerlos espectaculares en la peor forma
cinematográfica posible ... Las noticias,
por la tiranía del tiempo televisivo, tienen
la fugacidad de un presente perpetuo y no
ocasionan ninguna toma de consciencia en los
receptores ... La apariencia lo es todo, el
contenido de programas y visiones se ha
vuelto prescindible ... la cultura se vuelve
espectáculo de entretenimiento público, el
discurso político-ideológico se transforma
en fórmula vendible de relaciones públicas
y los ciudadanos se convierten en
espectadores de trivialidades ..."
EXCESOS
DE LA COMPETENCIA MERCANTIL
Fenómenos como
esos surgieron en el escenario de la
comunicación masiva boliviana a partir de
mediados de la década del 80, cuando
violando la legislación que hiciera de la
televisión un monopolio estatal de servicio
público comenzaron a instalarse canales
privados y comerciales de televisión. Y
crecientemente desde entonces los medios
audiovisuales han sido los que con mayor
desenfado, frecuencia e impunidad echan por la
borda no pocos de los principios y normas de la
ética periodística.
La
proliferación de medios ha sido tal que un país
con apenas ocho millones de habitantes como es el
nuestro cuenta hoy con más de 600 radioemisoras
y con alrededor de 120 canales de televisión,
algunos de los cuales operan en localidades con
escasa población y de magra economía.
Empeñados en absorber el máximo posible de la
flaca torta publicitaria del país y produciendo
programas nacionales sólo en ínfima proporción
y de harto modesta calidad, se han enseñoreado
en el campo noticioso haciendo gala en no pocos
casos de ligereza e irresponsabilidad tanto como
de arrogancia y falta de escrúpulos.
Obstinados en
hacer "show" de todo para ganar la
atención preferencial del público a fin de
asegurarse anuncios, algunos canales han
incurrido recientemente en la más indigna
cobertura espectacular de monstruosos hechos
criminales como son los linchamientos de
presuntos ladrones y la quemadura de uno de
ellos, inerme ante la indiferencia o la
complicidad de la gente circunstante y la
pasividad de la policía.
Acaso menos
dramático pero no menos reprochable es el
tratamiento que algunos canales televisivos dan a
las prostitutas cuando se pliegan, en pos de
escándalo, a "batidas" por las
autoridades. En un seminario que acaba de
realizarse en La Paz sobre la prostitución, una
meretriz informó de ello así: "Mientras
los gendarmes de la Alcaldía exigen licencias a
los dueños de los locales, los policías patean
las puertas de los cuartos donde nosotras estamos
con los clientes y los medios nos filman y
fotografían sin previo consentimiento, como si
fueran animales." (La Epoca,
2003, p. A-7). La organizadora del seminario,
María Galindo, en declaración al semanario La
Epoca, criticó duramente, por otra parte, a
dos diarios "porque fomentan mediante sus
avisos clasificados a la contratación de mujeres
con engaños para luego prostituirlas ..."
"Estamos seguras afirmaron otras
participantes del encuentro que la
investigación periodística profunda interesa al
público más que la denigración." (La
Epoca, 2003, p. A-6).
Acosada por el
impacto de la ultramercantilizada televisión, la
prensa escrita se ha subido sin vacilar no sólo
al carro de la trivialidad y del sensacionalismo
sino también al de la mercantilización
exacerbada de la información y al del
entretenimiento a toda costa. En tratamiento de
la noticia, en manejo del lenguaje, en estilo de
ilustración y en diagramado, diarios y revistas
se han "tabloidizado" como dijera
el analista español José Luis Dader (2002, p.
179) para competir con el impacto de la
televisión que vino a amenazar acaso su propia
subsistencia. Más páginas, mucho colorido,
nuevas historietas, trucos gráficos, revistas y
suplementos especializados, concursos, acertijos,
crucigramas, semidesnudos, horóscopos y hasta
gangas y regalillos acuden a menudo en su
auxilio. Todo ello pudiera no ser reprobable y
hasta resultar justificable ... a condición de
no prestarse también para imitar el menosprecio
de la moral que desborda las pantallas.
"La
información ya no es más el alimento de las
mentes, sino la sal de las emociones",
advierte el comunicador César Rojas (2003, p.
B-11) y añade: "Así como los
políticos dejaron de estar al servicio del
ciudadano, los periodistas también trocaron
verdad y calidad por el raiting."
La fuerte
competencia entre los medios por público y
publicidad no es el único factor contribuyente
al deterioro de la ética de los periodistas en
Bolivia. También lo son el bajo nivel de
remuneraciones que ellos perciben en contraste
con horarios excesivos, la deficiente formación
para el ejercicio profesional, el desconocimiento
y escaso interés por consideraciones éticas
como elementos rectores de su trabajo. Y, por
supuesto, las consabidas presiones políticas y
empresariales.
EL
DELIRIO DEL PODER
Pero hay,
además, un factor causal no menos determinante.
Es la adquisición por la prensa de un inusitado
nivel de poderío en la conducción de la
existencia social. Esto ha ocurrido a lo largo de
los tres últimos lustros debido principalmente a
dos fenómenos. Por una parte, grandes avances
telemáticos en las técnicas de comunicación
que han contribuido decisivamente a aumentar en
mucho el alcance y la calidad de la información,
así como a acentuar la concentración de la
propiedad de los medios. Y por otra parte, con
mayor peso aún que el de la innovación
tecnológica, la profunda pérdida de
credibilidad, de autoridad y de respeto que han
experimentado los partidos políticos por su
deficiente desempeño en la conducción de los
negocios públicos y por su generalmente impune
envolvimiento en la corrupción en múltiples
maneras.
Al
desacreditarse los políticos por ese
comportamiento y al crecer la influencia de los
medios de comunicación gracias a la innovación
tecnológica, se produjo un vacío de poder
político. Queriéndolo o no, la prensa vino a
llenar ese vacío y así la vieja visión
británica que considera al periodismo el
"Cuarto Poder" del Estado ha llegado a
alejarse de la metáfora rumbo a la realidad. En
efecto, hoy la política ya no se juega
mayormente en calles y plazas sino en pantallas
televisivas, en planas de diarios y revistas y en
emisiones de radio.
"Pero
esto no significa advierte Rivadeneira
(2003, p. 136) que la prensa tenga un
plan destinado a derribar al sistema político y
pretenda ocupar su lugar." Sin embargo,
bajo una óptica algo distinta pero no menos
crítica, el sociólogo Franco Gamboa Rocabado
(2001, p. 188) halla que en Bolivia el periodismo
y la comunicación "están convencidos de
que han hecho visible al poder e iluminan la ruta
por donde camina nuestra democracia." Y
afirma que no es raro escuchar a los reporteros
decir que los futuros líderes políticos serán
reclutados de los medios de comunicación.
Fue de ahí que
los periodistas derivaron el poder que detentan.
En 1997 Alberto Zuazo Nathes (1997, p. 16) hizo a
sus colegas esta exhortación: "Buena
parte de la suerte de las sociedades
contemporáneas está ligada a los medios de
comunicación. El poder que han adquirido es
inmenso ... y lo más notable es que no tiene
barreras ni frenos. Estos tienen que ponérselos
sólo los periodistas a través de la ética,
muralla que tiene que ser inexpugnable para los
excesos y los despropósitos." ¿Habrá
prestado alguien oídos a sensatas
recomendaciones como esas? Todo indica que no,
comenzando porque para entonces no sólo que no
se había dado un uso ponderado y ético del
poder cobrado sino que ya se había estado
haciendo uso indebido de él, cuando no abuso
mismo. En efecto, la percepción de esto había
llevado a José Gramunt de Moragas (1997, pp.
35-36), al recibir en 1993 el Premio Nacional de
Periodismo, a advertir que estaba naciendo una
nueva dictadura en Bolivia, la de los medios de
comunicación. Hizo entonces algunas severas
reflexiones como estas:
"Los
hombres de la comunicación nos hemos
constituido en una suerte de divinidades
griegas que, desde el Olimpo de las
maravillas tecnológicas, rigen a los hombres
de la moderna Atenas global ... Los viejos
imperios se quedan chicos al lado de los
otros nuevos de la comunicación ... Así las
cosas no hay poder que no nos tema, no hay
juez que nos juzgue, no hay moral que nos
cohiba, no hay sabio que nos supere, no hay
anciano que nos oriente, no hay prudencia que
nos modere, no hay institución que nos
encuadre. La práctica de la comunicación
tiende a extenderse sin control al conjunto
de la sociedad. Y todo esto, si no es
reorientado, puede conducir a graves males
para la sociedad de nuestros tiempos.
"¿Qué
imagen de libertad nos dejan cuando todos
obedecen al big brother? ¿Dónde
queda el pluralismo cuando el poder se
concentra en los más fuertes? ¿Qué rincón
de privacidad nos queda cuando los medios se
introducen en las alcobas? ¿Qué
instituciones aguantan frente a la aplanadora
del superestado comunicacional?
"Cuando
el lucro y el poder, y no el sentido de
servicio, es el que rige al periodismo, éste
se vuelve un enemigo público de la sociedad
..."
Una de las
expresiones más notorias del abuso del poder de
la prensa en la actualidad en Bolivia es la
actuación de algunos periodistas como una suerte
de magistrados instantáneos e inapelables,
capaces de condenar a cualquiera ante la opinión
pública sin siquiera haberle escuchado. Esto se
debe, como lo observa el periodista José Luis
Exeni (1997), a que "hay una clara
sobrevaloración del papel del periodismo
expresada con extrema arrogancia y en no pocos
casos, en una práctica periodística en la que
quienes tienen el deber de informar ... se
metamorfosean en una curiosa mezcla de jueces
supremos con sentencias absolutas, sabuesos
policiales con facultades sin límite,
francotiradores infalibles con facultades
sobrehumanas, buenos samaritanos con sensibilidad
eterna, omnisapientes dueños de todas las
verdades y soberanas vírgenes intocables ... Es
decir, la labor de servicio el deber
ser de la mediación informativa se
convierte en la magnificación del ser -del
periodista-, dando lugar a una deformación, por
ello, funcional al poder político y
al tener económico".
LA
SALIDA : AUTORREGULACION
Existe, en fin,
considerable evidencia de que la prensa boliviana
está padeciendo una honda y grave crisis moral
que la está desprestigiando crecientemente y que
es dañina para la sociedad. Pero,
afortunadamente, hay en el horizonte señales
claras de que se da entre los periodistas la
voluntad para superarlas. Y se percibe también
entre ellos el convencimiento de que la
herramienta clave para lograr esa superación es
la autorregulación sincera y eficaz. Claramente
indicativas de aquella voluntad y de esta
convicción fueron algunas expresiones del
Presidente de la Asociación de Periodistas de La
Paz, Víctor Toro, Premio Nacional de Periodismo,
en la reciente celebración del Día del
Periodista. Al ponderar la autorregulación, Toro
(2003, pp. 3-4) dijo: "Todos deseamos que
vuelva el total respeto de la ciudadanía a los
medios de comunicación, para que no sea el miedo
o el temor que nos abran las puertas de la
información. Tenemos que servir a la verdad
dejando a un lado las prácticas de convertirnos
en intermediarios de la noticia, jueces y
verdugos, todo al mismo tiempo."
Los
Códigos de Etica
La
autorregulación el control voluntario por
mano propia se viene practicando desde hace
algunos años en el terreno de las agrupaciones
profesionales y gremiales de periodistas que han
establecido sistemas normativos para guiar el
comportamiento moral de sus miembros. Los más
conocidos de ellos son los Códigos de Etica de
la Federación de Trabajadores de la Prensa de
Bolivia (1991), de la Asociación de Periodistas
de La Paz (1993) y de la Asociación Nacional de
Periodistas de Bolivia (1999). Todos ellos
coinciden en plantear conductas que hagan del
periodismo un oficio digno, justo y respetable.
Todos ellos condenan la inmoralidad y abonan la
decencia. Y, por lo general, conllevan sanciones
para los infractores a esas normas que van desde
la amonestación hasta la expulsión pasando por
la suspensión temporal. Tribunales de Honor
están a cargo de la vigilancia del cumplimiento
de esa normatividad.
Algunos
analistas dudan de que la aplicación de los
indicados códigos sea muy frecuente y siempre
eficaz. Pero aún si lo fuera, ello permanecería
confinado a aquellos periodistas que son socios
registrados en las agrupaciones profesionales
mencionadas que no parecieran ser tan numerosos
como los que no son socios. Sobre los primeros,
algunos analistas han señalado que la adopción
de principios morales en el ejercicio del
periodismo no es fácil porque no existen los
mecanismos adecuados para que la práctica de la
ética llegue a constituirse en una exigencia
imperativa en vez de ser solo una opción
personal voluntaria. Por esa razón, lo anota el
comunicólogo e investigador Erick Torrico,
suelen presentarse en la actividad de los
comunicadores diversos problemas como
ocultamiento de información, distorsión de las
noticias, plagios, soborno, injuria y otros. Y
hace notar que tales conductas "en muchos
casos ni siquiera llegan a conocimiento de los
tribunales de honor de las organizaciones del
sector, o, cuando lo hacen, estas instancias
carecen de la fuerza necesaria como para hacer
que sus sanciones sean efectivamente
cumplidas." (Torrico, 1991, p. 16). En
cualquier caso, sin embargo, este ejercicio debe
ser mantenido y perfeccionado para capitalizar lo
que se ha logrado hacer hasta la fecha mediante
tal recurso autorregulatorio.
La
Defensoría del Lector
A mediados de
mayo del presente año empezó a implantarse en
Bolivia un segundo mecanismo de autorregulación:
la defensoría del lector. Ella nació al mismo
tiempo, 1967, en Suecia, patria del
"ombudsman" o defensor del pueblo, y en
Estados Unidos de América bajo un formato
individual. Comenzó a ser puesta en práctica en
Latinoamérica en Brasil y en Colombia a fines de
los años del 80 y está dando ahora sus primeros
pasos en nuestro país. La creación es del Grupo
de Prensa Líder que asocia a ocho diarios: El
Deber y El Norte en Santa Cruz; La
Prensa en La Paz; El Alteño en El
Alto; Los Tiempos en Cochabamba; Correo
del Sur en Sucre; El Potosí en la
ciudad del mismo nombre; y El Nuevo Sur
en Tarija.
Los empresarios
y los periodistas de esos diarios adoptaron
voluntariamente esa iniciativa para mejorar su
desempeño en lo ético sobre la base de escuchar
más y mejor al pueblo en resguardo de su
credibilidad. Ellos me honraron con su confianza
para actuar como Defensor del Lector ante todos
esos órganos de prensa, garantizándome para
ello completa independencia y amplias facultades
para estimular y facilitar las críticas de los
lectores y para propiciar entre ellos
dueños, directivos y redactores de los
ocho diarios la reflexión y la
autocrítica. Forjaron para institucionalizar la
tarea tres instrumentos normativos: una
declaración de principios del Grupo, un código
de ética para sus periodistas y el estatuto de
la defensoría. Además, para ayudar a los
lectores a que hagan sus reclamaciones ante
ellos, produjeron un manual de quejas que acaba
de ser publicado.
El ensayo apenas
está empezando y, tratándose de una
innovación, se irá forjando y puliendo en
función del aprendizaje a ganarse con la
experiencia. Pero su sola iniciación marca un
promisorio hito en la historia del periodismo
boliviano.
El
Consejo Nacional de Etica
Un tercer
formato de autorregulación de la prensa comienza
a apuntar en el horizonte boliviano desde hace
cerca de tres años. Es el Consejo Nacional de
Etica, una entidad colectiva que ya tiene largos
años de existencia en Europa especialmente
en Alemania y Holanda y registra
experiencias precursoras en Estados Unidos y en
países de nuestra región como Chile y Colombia.
Corresponde señalar por lo menos dos
características diferenciales de este formato:
una es que aspira a involucrar a todos los
periodistas y no solamente a los que son socios
de agrupaciones profesionales y gremiales y la
otra es que abarcaría todos los medios de prensa
escrita, radio, televisión e inclusive a los
servicios de internet.
La proposición
inicial para pensar en crear en Bolivia el
indicado Consejo se registró en un seminario de
periodistas realizado en Huatajata. En diciembre
de 2001 la Universidad Católica Boliviana y la
Fundación Konrad Adenauer patrocinaron un
seminario para considerar la posibilidad de
establecerlo en el país. Valiosos aportes a la
reflexión sobre ello hicieron entonces Ronald
Grebe, Lupe Cajías, Freddy Morales y Juan
Cristóbal Soruco, como lo hiciera algo antes
Carlos Serrate.
Más tarde,
sobre la base de un planteamiento preliminar
encomendado por la Asociación de Periodistas de
La Paz a Raúl Peñaranda, el Tribunal de Honor
de dicha agrupación formuló un anteproyecto
para debate. Pero considerable tiempo
transcurriría antes de que el asunto fuera
retomado con miras a la realización del ideal
trazado. En mayo del presente año, en el Día
del Periodista, el presidente de la Asociación
de Periodistas de La Paz, Víctor Toro, anunció
que pocos días después el proyecto sería
puesto a consideración de las demás
agrupaciones del gremio, así como de las
asociaciones empresariales de comunicación y de
las entidades académicas de la especialidad.
Pareciera que no pocos pudieran estar de acuerdo,
pero algunos tienen dudas o reticencias que
deberán ventilarse. Lo que importa es que la
plausible iniciativa no vaya a quedar engavetada,
sobre todo si se tiene entendido que ella ni
afectaría a la vigencia de la Ley de Imprenta ni
perjudicaría a los periodistas para favorecer a
los empresarios.
Una voz
de alerta
Entre tanto,
parece apropiado cerrar la presente exposición
con estas palabras admonitorias de la
expresidenta de la Asociación de Periodistas de
La Paz, Lupe Cajías (1997, p. 72):
"Creemos
sinceramente que es un momento de
encrucijada. Si los periodistas no somos
capaces de autocontrol, llegará la censura y
aplaudida por la opinión pública."
__________
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* Luis
Ramiro Beltrán Salmón
es Defensor del Lector del Grupo de Prensa Líder, en Bolivia. Esta es su participación
en el seminario "Periodismo y
justicia", auspiciado por la Corte Suprema
de Justicia y la G.T.Z. de Alemania, realizado en
Sucre, el 1 y 2 de agosto de 2003, y ha sido
cedido por el autor como su primera colaboración
para Sala
de Prensa.
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