La ética
como identidad compartida
Raquel
San Martín *
RESUMEN: A pesar de
que los diagnósticos sobre la crisis que
atraviesa el periodismo son numerosos, no
parecen tener impacto en las prácticas
cotidianas de la tarea de informar. En la
línea del llamado "periodismo de
calidad", se propone en este
artículo la recuperación de dos
conceptos básicos para transitar los
cambios necesarios y urgentes. Por un
lado, la información como bien público,
nutriente esencial de una sociedad
democrática. Por otro, la convicción
ética de las implicancias y
responsabilidades que exige la práctica
profesional del periodismo. Más aún, se
propone a la ética como el valor
fundante de una identidad profesional,
hoy también en crisis.
Desde
hace ya algunas décadas, denunciar la crisis del
periodismo y describir las deformaciones en su
ejercicio se ha convertido casi en un lugar
común. Hay quienes, incluso, han llegado a
pronosticar la próxima desaparición del
periodismo como lo conocemos, su transformación
en una rama del espectáculo y hasta su
disolución en los beneficios de una tecnología
que permitiría la "autoinformación".
A pesar de la
solidez diversa de estos análisis, se puede
rastrear en la mayoría de los diagnósticos una
crítica central: el periodismo ha dejado de
cumplir con su función principal y propia, es
decir, acercar a los ciudadanos la información
necesaria para que puedan tomar mejores
decisiones, orientarse en la vida pública,
conocer aquello que no pueden vivir en forma
directa y controlar a quienes ejercen el poder.
Lejos de garantizar la salud del sistema
democrático, el periodismo estaría incluso
poniéndolo en peligro. Como dice Gómez Mompart
(2001), "las maneras que hasta ahora habían
servido a los periodistas más competentes y a
los medios de información más serios para
explicar el mundo están parcialmente
oxidadas". En concreto, las formas de
presentar y relatar los acontecimientos resultan
insuficientes, y el lenguaje periodístico dice
poco, nada, o, peor aún, esconde o distorsiona
la realidad.
En rigor, el
periodismo muestra hoy un rostro irreconocible:
mezclado con el entretenimiento, contaminado por
las operaciones políticas, con fronteras
generosas que admiten que cualquier contenido que
alcanza el espacio público se etiquete como
actividad periodística, incapaz de anticipar las
crisis sociales. Se ha convertido en una
actividad "ensanchada", que abarca con
su nombre a varias funciones vinculadas con la
información, pero que suponen perfiles y
productos periodísticos muy diferentes.
Más aún, la
concentración económica de los medios de
comunicación, su influencia como factores de
poder, la precariedad laboral en muchas empresas
informativas y la complejidad creciente de la
realidad política y social hacen que los
principios que caracterizaron al periodismo desde
su constitución como actividad autónoma hace
más de un siglo estén atravesando un período
de cuestionamientos y redefiniciones.
Sin embargo, a
pesar del acuerdo que existe en distintos
sectores sociales sobre los alcances de esta
crisis del periodismo, el consenso no parece
incidir en las prácticas periodísticas más
generalizadas, en buena medida por la histórica
reticencia del campo periodístico a la
autocrítica.
Ahora bien, si,
como se pretende aquí, se acepta la necesidad y
la urgencia que demandan los cambios, ¿cuál
podría ser el punto de partida para el debate?
Se podría empezar, por ejemplo, acordando los
principios y direcciones que deberían guiar las
transformaciones. Si se busca "un periodismo
más útil socialmente", sirve apelar a un
"periodismo de calidad", es decir aquel
que se fija centralmente el objetivo de alcanzar
"una nueva forma de conseguir y relatar la
información más ajustada a la realidad, o sea,
más útil, más clarificadora, más provechosa
para la ciudadanía en general" (Gómez
Mompart: 2001).
En este
contexto, "precisamos un periodismo que se
ponga al día, un periodismo capaz de explicar un
mundo más complejo, una realidad menos aparente,
unos problemas complicados pero resolubles, unas
aspiraciones sociales legítimas e inexcusables.
Y todo eso no puede hacerse con una enseñanza
periodística envejecida, con unos géneros y
formatos anquilosados, con un léxico y un
lenguaje tópicos, con unos mimetismos rancios ni
tampoco con un inmovilismo empresarial y
profesional" (Gómez Mompart: 2001).
El profesional
que entiende su tarea de este modo es
sustancialmente distinto al
"comunicador" actual, para empezar,
porque pone el eje de su trabajo fuera del
microclima periodístico y de las exigencias de
las rutinas productivas, para situarlo en de la
realidad social que debe escudriñar, comprender
y relatar en toda su complejidad.
Volver
a los orígenes
Con esta
dirección general planteada, ¿cuál podría ser
el primer paso? Cuando, como sucede hoy, las
generosas y móviles fronteras del periodismo
abarcan cada vez más funciones, tareas y
personas distintas, cuando el espectáculo, la
opinión y la operación política se visten de
información, cuando todo y nada es periodismo,
la respuesta aparece clara: volver a las fuentes.
En otras
palabras, redefinir qué es el periodismo
si es que alguna vez existió una
definición mínimamente consensuada de su
identidad; crearla si no es así,
distinguir quiénes son periodistas y quiénes
deben recibir otro nombre para calificar su
actividad; cuál es la tarea específica que el
periodismo cumple en una sociedad determinada y
cuáles son sus principios básicos; pero, sobre
todo, construir una visión ética compartida
sobre el ejercicio de la profesión, que conserve
los estilos y la pluralidad como riqueza básica
de la actividad periodística. En la práctica
cotidiana, sin apartarse de los avances
tecnológicos ni volverse ciego a las innegables
transformaciones sociales y del mercado, se
impone volver a las fuentes, lo que "quiere
decir regresar a las viejas prácticas de
investigar, chequear y reconfirmar nuevamente
antes de consignar y publicar los hechos.
Aceptemos que la opinión es importante, pero
más importante aún es la veracidad de lo que se
cuenta y la forma como se lo hace" (Morales
Solá: 2002).
En este camino,
se impone recuperar dos nociones básicas en la
actividad periodística: la información
entendida como bien público y una noción
personal de la ética profesional.
Información,
materia sensible
El libre
consenso que caracteriza a una sociedad
democrática depende en gran medida del
conocimiento suficiente de los bienes y los
valores en juego y en discusión. En la
democracia, la información correcta es
condición sine qua non para su
supervivencia y prolongación en el tiempo, es
"la premisa para que tenga sentido cualquier
tipo de discusión y de decisión que resguarde
el espacio público" (Bettetini y Fumagalli:
2001).
La materia prima
del periodismo es, como se ve, un material
altamente sensible y frágil, motivo de disputa
de los poderes públicos, mercancía valiosa. Es,
principalmente, un bien público, es decir, aquel
que corresponde a todos los cuiudadanos por el
solo hecho de serlo, en la misma categoría que
la educación, la salud, la justicia o un medio
ambiente saludable. Eso, siempre y cuando la
información sea "verdadera y en algún modo
esencial, mientras que toque temas relevantes,
aquellos sobre los cuales es necesario decidir,
tomar partido, tanto en el ámbito público como
en el privado" (Bettetini y Fumagalli:
2001). La información falsa, la deformación, es
la negación misma de la información, un veneno
más que una mala comida.
De esta noción
a la necesidad de la ética como valor central de
la práctica del periodismo media un paso. Por
las funciones sociales que cumple en una sociedad
democrática, el periodismo tiene una
vinculación esencial y constitutiva con la
ética. Si se concibe a la información como un
bien público, cuya circulación libre y
contenido veraz e independiente garantizan la
vida democrática de una comunidad, el manejo
responsable de esta sensible materia prima es
condición de la actividad periodística.
Periodistas y
medios tienen su principal juez en los
ciudadanos, ante quienes deben dar cuenta de la
responsabilidad que contrajeron con la sociedad
al hacerse cargo de la tarea de buscar y difundir
información. Y no se trata solamente de una
declaración abstracta, sino de un deber
constitucional. Como dice Restrepo (2003),
"el periodista debe su primera respuesta,
antes que a nadie, a la sociedad que es la que
consagra y defiende la libertad de expresión en
las constituciones de los países".
Sin embargo,
esta idea, que nadie discutiría hoy seriamente
en la teoría, choca inmediatamente con
múltiples obstáculos en cuanto se aplica en la
práctica cotidiana.
Los principales
dilemas éticos de los periodistas no están ya
en los valores que se enumeran en los códigos
deontológicos. A pesar de algunos ejemplos
recientes en contrario, la libertad de expresión
puede considerarse un valor reconocido, al menos
en la letra de la ley, en la mayoría de los
países democráticos del continente. Por el
contrario, los problemas éticos fundamentales
son de origen interno y derivan de la inédita
crisis de identidad que atraviesa la profesión.
Con la independencia y la veracidad convertidas
en principios vacíos de contenido o
reemplazados por la primacía de los intereses
económicos y políticos de los medios y su
necesidad de generar ganancias, la propia
función social del periodismo se desdibuja. Más
aún, no muchos informadores podrían hoy
responder quién es periodista o para qué sirve
el periodismo en una sociedad democrática.
Más que un
código deontológico general, más que una
declaración de principios, los periodistas
necesitamos hoy incorporar una conciencia ética
y un convencimiento íntimo sobre las
implicancias que tiene la tarea de informar, que
oriente el trabajo cotidiano y permita procesar
las presiones a las que la profesión está
sometida.
Los
condicionamientos no siempre son explícitos y se
comentan poco entre colegas, pero son reconocidos
y casi aceptados como inevitables. Por un lado,
provienen de las empresas informativas, sometidas
a los principios de la competencia de mercado y
limitados por las crisis económicas. Por otro,
se originan en las condiciones de trabajo de los
periodistas, que se han deteriorado en las
últimas décadas hacia la generalización de
formas de contratación precarias, trabajo ad
honorem, pluriempleo y salarios bajos. La
presión más novedosa, en tanto, proviene de la
fuente menos pensada: el público. Mejor
formados, más acostumbrados a la lógica
mediática o simplemente menos ingenuos, los
ciudadanos sospechan cada vez más de las buenas
intenciones de "los medios", sin muchos
elementos para distinguir la extraordinaria
variedad de profesionales y calidades que incluye
ese colectivo.
Aunque se trata
de un fenómeno que se va generalizando en el
continente, sirve presentar el ejemplo de la
Argentina, donde desde la recuperación
democrática en 1983 y durante buena parte de la
década del 90 el periodismo gozó de altísimos
niveles de aprobación entre los ciudadanos, una
tendencia que se ha revertido, con particular
énfasis en los últimos años.
En una encuesta
realizada en ese país por el Centro de Estudios
Nueva Mayoría en junio de 2002, los medios
obtuvieron un 27% de imagen positiva, cifra que
representó un descenso violento desde el 44%
registrado el año anterior. El 32% atribuyó a
los medios una imagen negativa y el 40% optó por
calificarlos con "regular". Un
recorrido histórico muestra que esta
disminución de la credibilidad de los
periodistas ha sido progresiva, y no ha detenido
su caída desde el pico de 62% de imagen positiva
en 1996, bajando al 53% en 1998 y al 49% en 2000.
Según el responsable del estudio, el politólogo
Rosendo Fraga, el desgaste de la imagen de los
medios responde en la Argentina a que son
"escenario de una lucha de poder y caja de
resonancia de la crisis política". Algunos
periodistas consultados por el mismo tema lo
atribuyeron totalmente a razones internas a la
profesión, como "la soberbia, la
sobreexposición de los periodistas y a que la
gente está sospechando que en muchos sectores
del periodismo puede haber actos de
corrupción"; o, en el mismo sentido, a que
"la gente está observando comportamientos
sospechosos de algunos periodistas y una pelea
desesperada por el rating en TV" (Reinoso:
2002).
Ante este
conjunto de condicionantes, una reacción
frecuente de los periodistas es evitar la
reflexión, limitarse a cumplir la tarea y
retener el puesto de trabajo; en consecuencia,
renunciar a su responsabilidad social y seguir
erosionando el único capital capaz de
protegernos en épocas turbulentas: la
credibilidad de los ciudadanos.
Este sentido
ético para la práctica cotidiana que proponemos
sólo puede desarrollarse, instalarse y
mantenerse, si se lo comparte y discute con los
colegas. Intercambiar experiencias y debatir los
dilemas éticos sería poner en marcha una
práctica saludable, que los periodistas solemos
evitar: reflexionar sobre la profesión y
transparentar sus pliegues menos amables. Ante un
campo profesional extenso, multiforme y
heterogéneo, como se ha descripto más arriba,
uno de los valores centrales para distinguir a un
periodista de quien no lo es debería ser su
comportamiento responsable en la búsqueda de la
información, la construcción de los relatos y
su difusión a los ciudadanos.
La urgencia de
estas discusiones entre colegas latinoamericanos
se hace evidente ante la inestabilidad
institucional de nuestros países. Además de
ejercer una tarea de fiscalización sobre los
poderes, perpetuamente inclinados a la
corrupción, el periodismo latinoamericano debe
promover la formación ciudadana y ser la voz de
alerta para anticipar las crisis.
En el nuevo y
convulsionado orden mundial, a cuyo nacimiento
estamos asistiendo, América Latina tiene
reservado un lugar novedoso, que le exige
promover una renovada identidad común. Más acá
de los grandes medios y sus intereses
transnacionales, las personas dedicadas al
periodismo como actividad profesional debemos
sentirnos parte activa de la reconstrucción de
la ciudadanía regional. La ética debería ser
considerada el valor inamovible en un tiempo de
inestabilidades que parecen haberse vuelto la
regla.
__________
Bibliografía:
-Bettetini, Gianfranco y
Fumagalli, Armando (2001): Lo que queda de los
medios. Ideas para una ética de la comunicación,
ediciones La Crujía, Buenos Aires.
-Gómez Mompart, Josep Lluís (2001): Periodismo
de calidad para una sociedad global. En:
Pasajes, nro. 7, pp. 25-35, Universidad de
Valencia.
-Morales Solá, Joaquín (2002): La hora de la
autocrítica. En: diario La Nación,
suplemento Enfoques, Buenos Aires, 29 de
septiembre.
-Reinoso, Susana (2002): Desciende la imagen
de los medios en la opinión pública. En:
diario La Nación, Buenos Aires, 18 de
septiembre.
-Restrepo, Javier Darío (marzo 2003): El
poder del periodista. En: Revista Chasqui,
nro. 81.
* Raquel San
Martín trabaja
en la sección Cultura del diario argentino La Nación. Egresada de la Universidad del
Salvador, con un máster en Periodismo y Sociedad
de la Información de la Universidad Autónoma de
Barcelona (título actualmente en trámite).
Docente de las carreras de Comunicación
Periodística y Comunicación Publicitaria de la Universidad Católica
Argentina. Esta es su
primera colaboración para Sala de Prensa.
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