Homenaje a
Gabriel García Márquez
CENTRO AMERICANO
DEL PEN CLUB
Town Hall, Nueva York, 5 de noviembre de 2003.
En la
noche del miércoles 5 de noviembre, el teatro
Town Hall de Manhattan se llenó con unas mil 500
personas que atendieron la convocatoria del
Centro Americano del Pen Club y la editorial
Alfred Knopf para rendir homenaje a Gabriel
García Márquez. En una emotiva velada, tomaron
la palabra un grupo de reconocidos escritores,
periodistas y traductores, que celebraron al
autor colombiano, considerado el novelista vivo
más importante del mundo, con sus anécdotas,
comentarios personales y lectura de fragmentos de
su obra. La faceta de Gabo como periodista fue
celebrada como indivisible de su obra literaria y
se destacó a la Fundación Nuevo Periodismo
Iberoamericano (FNPI) como una especie de obra
viva de García Márquez para beneficio de las
nuevas generaciones de periodistas
latinoamericanos. La lista de participantes
incluyó a los escritores Paul Auster, Salman
Rushdie, Jon Lee Anderson, Edwidge Danticat,
Francisco Goldman, William Kennedy, José Manuel
Prieto, Rose Styron, la traductora Edith Grossman
y Jaime Abello Banfi, director de la FNPI, que
tiene su sede en Cartagena.
El homenaje a
García Márquez coincidió con la publicación
de la traducción al inglés por Edith
Grossman- del libro de memorias Vivir para
contarla y es el último en la serie
Homenajes a Maestros Literarios del Pen, que
anteriormente ha reconocido a Samuel Beckett,
John Steinbeck, James Baldwin, Virginia Woolf y
Vladimir Nabokov, entre otros.
El programa
comenzó con un mensaje especial del expresidente
Bill Clinton grabado en video y terminó con la
lectura de las palabras que García Márquez
envió para la ocasión. El escritor indio Salman
Rushdie resumió los intensos sentimientos de los
presentes cuando dijo: "...leer a García
Márquez es algo fantástico...Todos los que
hemos subido al estrado esta noche podemos
recordar el día en que leímos a García
Márquez por primera vez. Este es un evento
colosal".
A continuación,
la trascripción al español, completas, de las
intervenciones que mencionaron a la FNPI: Jon Lee
Anderson, Bill Clinton y Jaime Abello Banfi.
Otros textos del homenaje se pueden encontrar en:
www.fnpi.org
Jon
Lee Anderson
Veinte años
atrás, era yo un joven reportero que vivía en
Tegucigalpa, la capital hondureña, y reparé en
un hombre ya viejo -un personaje muy notorio,
vestido íntegramente de negro, con un anticuado
traje que hacía juego con su sombrero de ala
curva, también negro- que vagaba por las
estrechas calles de la ciudad, todos los días a
la misma hora. Iba siempre solo, y trasuntaba una
inmensa tristeza.
Pregunté quién
era el viejo y me dijeron que ya formaba parte
del mobiliario urbano: lo llamaban El Cuervo, un
antiguo verdugo a sueldo de un dictador
particularmente infame de los años treinta.
Muchos años antes, El Cuervo, arrepentido de su
sangriento pasado, había adoptado las ropas
negras del luto y se había consagrado a una vida
de pública penitencia. Cuánto tiempo había
llevado puesta su vergüenza, ya nadie lo
recordaba.
Cuando escuché
esta historia, me dije: "¡Esto parece
salido de Gabriel García Márquez!" Fue
para mí una especie de epifanía. Pude
contemplar la narrativa de GGM en un plano
completamente distinto. Comprendí que la
historia no era una cosa muerta, que se mantenía
viva en el imaginario de las personas y que
podía seguir obrando sobre este mundo que
habitamos de un modo misterioso pero muy
elocuente, mucho después de haber sucedido.
Quizá la verdad objetiva acerca de la historia
del viejo no era tan sustancial como la pintaba
la tradición local. Pero aquel hombre venía a
encarnar los sentimientos irreconciliables de una
nación respecto de su pasado. Esta sencilla idea
me ha acompañado desde entonces. Lo que habita
la mente de las personas es por lo general más
revelador que lo que las apariencias dejan ver.
Creo que no
habría llegado a comprender esto si no hubiera
leído Cien años de soledad. Pocos
autores contemporáneos han incrementado tanto
nuestras percepciones, han mejorado nuestra
aptitud para ver las múltiples realidades del
mundo que nos rodea del modo en que lo ha hecho
Gabriel García Márquez.
Soy un
periodista, y el hecho de que Gabo haya comenzado
su tarea de escritor como periodista significa
mucho para mí. El periodismo le brindó un
empleo seguro mientras trabajaba en su narrativa.
Durante buena parte de los años cincuenta y
sesenta, obtuvo a través del periodismo el
sustento para su familia, y nunca abandonó por
completo el oficio, a pesar de ser conocido en
todas partes como el creador de un universo
literario basado en la manipulación de la
realidad objetiva. El propio Gabo ha dicho que el
periodismo es la profesión más bella del mundo,
que su mayor nostalgia es la de la época en que
era un joven reportero. Entiendo que no se trata
de simple retórica para endulzar los oídos.
Gabo ha dado generosa sustancia a sus palabras en
los últimos tiempos, a través de su
participación en la revista Cambio, en
Bogotá, y de la creación de la Fundación para
un Nuevo Periodismo Iberoamericano, con sede en
Cartagena de Indias, la ciudad caribeña donde
dio sus primeros pasos como reportero.
Una vez me
explicó su peculiar visión de la Fundación -en
un tono de paternal orgullo, pero también con un
dejo de irreverencia cómplice- como el núcleo
de una simpática especie de "mafia".
La Fundación alienta a los periodistas
latinoamericanos -jóvenes cronistas como alguna
vez él mismo fue- brindándoles un foro
permanente donde aprender nuevas técnicas,
reunirse e intercambiar ideas y formar equipos de
trabajo fundados en un espíritu de camaradería
que, ansía Gabo, será profundo y duradero.
Ha sido uno de
los más grandes honores para mí el haber sido
partícipe de las actividades de la Fundación en
estos últimos años a través del dictado de
talleres para pequeños grupos de compañeros
reporteros de toda América. Basado en estas
experiencias, diría que las expectativas de Gabo
han sido satisfechas.
Quienes llegan a
la Fundación son llevados allí desde cada
rincón de Latinoamérica, desde cada realidad
social. Están los periodistas novatos e
inexpertos y los avezados veteranos con largos
años de carrera. Están los autodidactas, los
pobres, los de oscuros diarios de provincia, y
los sofisticados periodistas de las grandes
urbes, que han disfrutado las ventajas de una
educación de alto nivel, que han viajado por el
mundo y tienen buenos ingresos. Algunos de ellos
ya son estrellas en los medios, nombres
reconocidos en sus países. Pero en Cartagena son
iguales, y se sientan uno a la par del otro,
alumnos todos. Lo que los lleva allí es su deseo
de aprender, de mejorar sus herramientas a la
hora de comunicar sus diversas realidades y, sin
duda, la esperanza común de contagiarse un poco
de la magia de Gabo.
Con gran
alegría -y estoy convencido de que Gabo comparte
este placer- he visto cómo muchos de estos
"estudiantes" permanecen en contacto
tras su paso por Cartagena, y cómo, de muy
diferentes modos, han comenzado a dar forma
precisa a esa suerte de "mafia cordial"
que Gabo tenía en mente: se alientan unos a
otros, comparten ideas, información, contactos,
y hasta se embarcan en proyectos conjuntos. Los
une la evidencia del ejemplo de Gabo, y la
certeza de que sólo es posible pensar las cosas
parándose delante de ellas, mirándolas bien de
cerca. De ese modo comenzó Gabo, si bien acabó
por interpretar la realidad histórica según su
particular genio. Pero nunca perdió el respeto
ni el espíritu de camaradería por aquellos que
trabajamos exclusiva y afanosamente en el plano
de lo literal. Su estímulo, su respaldo material
y su ejemplo moral constituyen una ofrenda
invalorable.
(Traducción de Pablo
Taranto y Virginia Poblet.)
Bill
Clinton (video)
Desde hace
varios años cuando lo conocí en una
memorable cena en la casa de mis amigos Rose y
Bill Styron en Martha's Vineyard- he tenido la
fortuna y el privilegio de contar al gran
escritor latinoamericano Gabriel García Márquez
como uno de mis amigos personales, y estoy
encantado de tener la oportunidad de rendirle un
tributo a él y a su obra esta noche.
Mucho antes de
conocerlo personalmente había leído Cien
años de soledad, a la que considero la
novela más importante publicada en cualquier
idioma en los últimos 50 años. Es imposible
calcular el impacto de esta novela tanto para los
escritores como para los lectores del mundo,
quienes enriquecieron su visión sobre América
Latina de manera inmensurable. En este libro, y
otros de igual influencia, Gabriel García
Márquez demostró el poder que tiene la
literatura para penetrar el espíritu humano y el
alma.
El otro aspecto
del trabajo de Gabo que he descubierto en la
medida que lo he conocido mejor es su
extraordinario compromiso con el periodismo,
ejemplificado en su obra de toda la vida como
periodista y en la Fundación Nuevo Periodismo
Iberoamericano que fundó en 1994. Bajo su
supervisión personal, la Fundación desarrolla
una serie de programas y talleres para jóvenes
periodistas latinoamericanos conducidos por
maestros de todas partes del mundo. La Fundación
también lleva a cabo diversos esfuerzos para
promover la innovación y el desarrollo en los
medios informativos latinoamericanos. Los éxitos
de García Márquez como escritor de ficción
quizás sean mejor conocidos en todo el mundo,
pero la Fundación está en su corazón y en su
agenda sólo superado por su escritura.
Es muy adecuado
que le rindamos tributo a él bajo la égida del
PEN, una organización de escritores creada hace
75 años y que siempre ha compartido con García
Márquez su compromiso con la literatura, el
periodismo y la libertad de expresión.
Traducción de Ricardo
Corredor
Jaime
Abello Banfi
Hace diez años
yo era director del canal de televisión pública
Telecaribe, cuando recibí una llamada
telefónica sorprendente. "¿Me invitas a
comer?" fue la pregunta que me hizo nadie
menos que Gabriel García Márquez. "Claro
que sí, Gabito", le contesté con
perplejidad, llamándole por el apodo que
prefieren usar sus familiares y sus amigos de
Barranquilla. "Yo ando por Cartagena.
Veámonos el 28 a las nueve. Tu dirás
donde". Colgué el teléfono sin saber que
empezaría una nueva etapa en mi vida. Poco
tiempo después, el 28 de diciembre de 1993, día
de los Santos Inocentes en el calendario
católico, estábamos reunidos con Mercedes y un
grupo de amigos en Barranquilla, en un sitio de
buena gastronomía, con un nombre apropiado para
invitar a un Premio Nobel: el Club ABC, que es la
sigla de las palabras arte, belleza y cultura.
Antes había
estado con García Márquez de manera casual,
pero sólo hasta esa noche inolvidable empecé
realmente a conocerlo. Entre whiskys el maestro
contó anécdotas de su iniciación como
reportero en el periódico El Universal de
Cartagena, donde su primer editor, Clemente
Manuel Zabala, corregía sus textos con un lápiz
rojo, y recordó las parrandas y lecturas con sus
hermanos literarios de Barranquilla, cuando era
periodista de El Heraldo. Al sentarnos a
la mesa, manifestó su preocupación por la
pesadez teórica de las escuelas de comunicación
y su temor con los entrevistadores que confían
más en el loro mecánico de la grabadora que en
su propia memoria. Ya era la madrugada cuando
proclamó su convicción de que el reportaje es
un género literario y de que eran necesarios
unos talleres en los que veteranos del periodismo
discutieran con jóvenes reporteros sobre la
carpintería del oficio. "¿Y que se podría
hacer?", le pregunte con algo de ingenuidad.
"Piensa en eso", fue todo lo que me
dijo, con la fuerza de un mandato, cuando lo
dejé en el hotel.
Tres meses
después me lo encontré por casualidad en la
inauguración del Festival de Cine de Cartagena.
"Ajá, ¿y que has pensado?", me
preguntó, como el profesor que exige una tarea.
"Me he reunido con algunos colegas y tengo
algunas ideas", le respondí. "Entonces
te espero pasado mañana a las cinco en mi
apartamento de El Laguito". Al día
siguiente viaje temprano a Barranquilla para
prepararle un documento. Eran lo que hoy llamamos
las dos hojitas. Cuando las leyó dijo: esto es
lo que hay que hacer.
Poco a poco
empezamos a tejer la red de apoyos del proyecto,
o de complicidades como él prefiere decir. Se
hizo un estudio de factibilidad y una reunión de
consulta con un grupo de periodistas encabezado
por el argentino Tomas Eloy Martínez, que ha
iniciado tantos buenos periódicos malogrados por
causas no periodísticas, como novelas
memorables. Un año después, en abril de 1995,
Alma Guillermoprieto, la gran periodista de The
New Yorker, dirigió el primer taller de
crónica con un grupo de 10 reporteros menores de
30 años. Desde esa fecha hasta octubre de 2003,
la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano ha
ofrecido 151 talleres y seminarios en 33 ciudades
del continente, bajo la dirección de 61 maestros
de América y Europa, con la participación de
casi 2 mil 500 periodistas de todos los países
de América Latina.
Las premisas que
orientan la misión pedagógica de la Fundación
han sido planteadas por Gabo con simplicidad
aritmética: un factor esencial en la defensa de
la integridad de un periodista, de su
independencia y hasta de su vida, es una buena
formación profesional; el mejor método para esa
formación es el de talleres prácticos en
pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico
de las experiencias históricas y en su marco
original de servicio público; en periodismo, la
ética es inseparable de la técnica, como el
zumbido del moscardón. Es por esto que la
Fundación no entrega diplomas o certificados.
"La vida se encargará de escoger quién
sirve y quién no sirve", fue el argumento
de García Márquez cuando propuso esta medida,
insólita para sociedades acostumbradas a
esconder la mediocridad detrás de un cartón
firmado.
Varios de los
talleres y seminarios de la Fundación han sido
dirigidos por el propio Gabo, no como lo haría
un catedrático, sino simplemente como el primero
entre iguales. La verdad es que él evita
sistemáticamente las conferencias, los congresos
y, por qué no decirlo, los homenajes. En cambio,
los talleres con colegas principiantes lo
divierten como un juego y lo estimulan como una
aventura inédita.
El amor de
García Márquez por el periodismo es uno de los
más publicitados del mundo. Muchos piensan que
se trata de pura nostalgia, que fue una etapa
inicial de su formación de escritor. Yo creo que
nunca ha salido de esa etapa: siente, absorbe y
produce como reportero. Lo delata la actitud
siempre atenta, la curiosidad por los detalles,
la pasión por informarse y por hablar de
periodismo, el modo de investigar para elaborar
su escritura.
Ha sido para mí
un enorme privilegio haber acompañado a García
Márquez en este trabajo tan hermoso y haber
recibido el don de su amistad y del acceso a su
intimidad. Una de las claves para el buen manejo
de la relación es que nunca he pretendido ser su
vocero. Sin embargo, en esta noche tan especial
puedo hablar en nombre de él y del equipo de
colaboradores de la Fundación para aprovechar la
ocasión y agradecer a todas las personas e
instituciones que a lo largo de estos años nos
han apoyado para cumplir la misión de promover
el buen periodismo y estimular y apoyar la
vocación de los jóvenes periodistas. Quiero
hacer una mención particular, aquí en Nueva
York, al grupo de talentosos periodistas
estadunidenses que año tras año han suspendido
su trabajo habitual para viajar desde esta
ciudad, California o Afganistán a Cartagena,
Buenos Aires, México y otras ciudades para
compartir con entusiasmo su valiosa experiencia
con sus colegas de América Latina. Agradezco
también al Pen Club, y en particular a Esther
Allen, por incluir a la Fundación en este
homenaje, como una especie de obra viva de
García Márquez.
Hace dos meses,
Gabo y yo estuvimos en Monterrey, México, con
motivo de la entrega del Premio Nuevo Periodismo
que organizamos conjuntamente con CEMEX, un
generoso patrocinador de la Fundación. Habían
sido unas jornadas intensas, con un seminario
sobre ética, calidad y empresa periodística y
una bella ceremonia con periodistas de todas las
edades y de siete países que recibieron sus
premios. Hubo hasta escapadas nocturnas en las
que Gabo y Mercedes bailaron salsa y vallenato en
México, con el mismo sabor que en el Caribe
colombiano. Al final nos reunimos para conversar
sobre los programas de la Fundación, con su
hermano Jaime. Jamás olvidaré el brillo de sus
ojos cuando dijo:
"Y pensar
que todo esto estaba en nuestra
imaginación."
* Material cortesía de la Fundación Nuevo
Periodismo Iberoamericano
(FNPI), Cartagena, Colombia.
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