Prensa alternativa e industria
cultural en Bolivia:
La
crisis de la prensa en el contexto del colapso
del Estado neoliberal en Latinoamérica
Erick
Fajardo Pozo *
La mentalidad
neoliberal de gobiernos ligados al interés
transnacional intenta transformar a la prensa
latinoamericana en un consorcio multinacional,
una industria cultural que manufactura
información funcional al orden establecido, pero
cuyo producto final sea una colectividad
culturalmente homogénea, sumisa y despolitizada.
Así hoy día,
en cualquier provincia del imperio globalizado,
la idea de medios de comunicación como espacios
de legítima representación ciudadana se ha
empezado a considerar una utopía.
En Bolivia esa
utopía es una tradición palpable y tiene muchos
nombres: Pío XII, Pulso, El
juguete rabioso, etc. En octubre la
prensa independiente boliviana lanzó un réquiem
por la libre expresión y defendió a sangre y
tinta sus últimos reductos. Este es el
testimonio de una prensa que sobrevivió al
embate de la censura neoliberal y que denuncia
los resortes de la censura mediática desde los
mecanismos más sutiles de coerción
publicitaria, hasta los recursos más brutales de
intervención y persecución.
El
ethos del periodismo boliviano
Desde el
principio de su gestión, el gobierno de Sánchez
de Lozada había demandado de los medios de
comunicación bolivianos una postura conciliadora
respecto a la crisis y funcional respecto al
estado. La mayoría de ellos respondió a su
estructura empresarial de mass media, antes que a
su función de custodios de la información,
matizando cuando no minimizando la
trascendencia del descontento social. Pero dos
medios de comunicación escrita Pulso
y El juguete rabioso, que podían
disponer de independencia económica, se
permitieron también una independencia de
pensamiento que, ya desatada la crisis, se
convirtió en una amenaza para el gobierno.
Ambos medios de
comunicación fueron el refugio del
librepensamiento y el ágora donde los
intelectuales del país iniciaron un candente
debate público sobre soberanía marítima,
dignidad nacional y democracia, tres temas que el
aparato de censura gonista había proscrito de la
agenda de la prensa nacional. El pasado 16 de
octubre el gobierno confiscó la edición regular
del matutino El Diario, la edición
extraordinaria de Pulso y se aseguró de
sacar de las calles a El juguete rabioso,
indicadores y referentes del pensamiento
ciudadano cuya evaluación del conflicto habría
sido lapidaria para el gobierno, de haberla
conocido la opinión pública en ese momento.
La
negación del "otro"
El filósofo
argentino Enrique Dussel, residente en Bolivia
hasta 1997, enunciaba hace una década su
célebre tesis de "el encubrimiento del
otro", tesis que planteaba que la
"negación" del otro, sus necesidades y
sus demandas había sido la principal estrategia
de la lógica del poder colonial para aniquilar
las identidades políticas disidentes en
América. Esta lógica de poder según
Dussel es un capital simbólico que
sobrevivió la colonia, la república temprana y
el Estado nacional para prevalecer hasta nuestros
días y convertirse en el principal arma
ideológica las elites que administran los
estados neoliberales en Latinoamérica.
Dussel no se
equivocaba en ninguna de sus dos premisas, porque
a) ni la lógica del poder ha cambiado en 497
años de presencia colonial en el territorio
boliviano, b) ni tampoco las elites dominantes
han aceptado la existencia de un
"otro", que sea protagonista, que tenga
necesidades y que merezca un estado pensado
también desde y para ellos.
Para hacerse
hegemónica esa lógica de poder ha requerido
obviamente de mecanismos de
"elaboración" de la realidad, de la
verdad y de un imaginario social unívoco que
sustentasen la perpetración de esa
"negación" del indígena, del negro y
del mestizo como actores interiores al estado
boliviano. Esos mecanismos históricos se llaman
medios de divulgación y, al igual que cualquier
otro medio de producción en Bolivia sea
simbólico u objetivo, han estado en
propiedad y control permanente de las elites.
El
último bastión ciudadano
En una historia
republicana de 178 años de confrontaciones entre
las elites gobernantes y las masas indígenas
excluidas, la prensa nacional ha construido una
mística basada en su valerosa defensa de la
verdad frente a los aparatos ideológicos del
estado post 52 (primero) y frente a la lógica
funcionalista de las industrias culturales en
propiedad del sector privado (después). Pero
conforme el Estado subventor cayó, los
sindicatos se debilitaron hasta desaparecer y una
vigorosa prensa sindicalizada, que protegía a
sus afiliados de las presiones empresariales y
garantizaba su derecho a la libre expresión,
desapareció dejando su lugar a una prensa
expuesta a las reglas de la libre contratación y
a los caprichos editoriales de los propietarios.
Sus míticos
periodistas, sobrevivientes de la resistencia
civil a las dictaduras, cumplieron un ciclo y la
generación de relevo fue migrando, al igual que
otros sectores laborales, de una lógica de
control social a la lógica de la subsistencia.
Hoy la prensa ha
quedado atrapada en una red de contubernios que
la condicionan a sobrevivir de la publicidad que
las élites empresariales privadas del país
utilizan como elemento de control sobre la línea
editorial del periodismo. En un país de
economía de subsistencia como Bolivia las redes
privadas de comunicación sólo sobreviven
mientras sus noticieros no cuestionan el orden
dominante ni afectan los intereses de sus
patrocinadores.
Ahora, las
grandes concentraciones de capital que subsidian
mediante anuncios a las empresas de comunicación
nacional, residen en manos de empresarios y
oligarcas cuyos intereses representa el actual
gobierno. Muchos de ellos son propietarios de los
mismos medios y existen consorcios mediáticos
como el grupo Canelas o el grupo Garafulic, que
administran intereses tan encontrados como el
derecho público a la información y el flujo de
capitales simbólicos de las elites nacionales.
Contrafuegos:
Medios alternativos de resistencia
En los últimos
20 años de auge neoliberalista, estos
oligopolios mediáticos han absorbido
cuando no asfixiado a la prensa
independiente y han creado una cultura
periodística de la cautela, que tiene una agenda
de temas "tabú" que los periodistas
saben que no deben ser tocados.
Pero a
principios de este año y ante la caída en
desgracia de los dueños de los principales
oligopolios mediáticos nacionales, Raúl
Garafulic (eliminado por el Grupo Prisa) y Jorge
Carrasco (enjuiciado por conspiración y
asesinato), la estrategia económica de
subsistencia informal y la cooperación
internacional canalizada por organizaciones
no-gubernamentales financiaron el arranque de una
serie de revistas y semanarios de reflexión
política y social que consiguieron un público
cautivo merced a la necesidad ciudadana de
informarse de modo fidedigno y por presentar una
propuesta analítica honesta y sin los sesgos de
la prensa oficialista y la empresa privada de
comunicación.
El gobierno de
Sánchez de Lozada intentó, todo el tiempo de su
gestión, desarticular estos medios de
comunicación que habían centrado su análisis
en la denuncia de casos de corrupción tales como
la existencia de un viceministro que participó
años atrás en el secuestró del presidente
constitucional Hernán Siles Suazo o el accionar
corrupto de la plana mayor del principal socio de
Goni en la coalición gobernante: el MIR.
Sin embargo,
más allá de temas que podrían interpretarse
como argumentos de escándalo para vender
periódicos, estos medios sacaron a la luz las
disimuladas conexiones entre los intereses
económicos del capital transnacional, la actitud
entreguista y secundadora del gobierno boliviano
para con ellos y la complicidad consciente de las
elites nacionales y los oligopolios mediáticos
de su propiedad para la cesión del gas a un
precio ofensivo para un país que vive en la
miseria.
El mecanismo de
coerción publicitaria fue el primer recurso que
el manual de manejo periodístico aconsejó usar
al gobierno boliviano. Esta crisis nos permitió
conocer el arsenal completo de la censura
periodística, algo que Miguel Pinto Parabá
definía como "los resortes de la
censura" y que sirvió para neutralizar
cuando no comprar a un importante
sector de la prensa audiovisual. Gran parte de la
prensa boliviana está en poder de consorcios
privados; negocios que funcionan con la
subvención publicitaria que controlan cuatro o
cinco monopolios minero-feudales, cuyos titulares
casualmente se encontraban en cargos
gubernamentales y eran militantes del MNR.
El mismísimo
ministro de Defensa, Carlos Sánchez Berzaín,
controlaba mediante su circuito de dádivas
publicitarias a numerosos canales comerciales a
desdén de varios diarios y canales de TV de los
cuales era accionista mayoritario. Pero cuando el
gobierno entró en conciencia de que esto no
resultaría con los medios no-lucrativos, la más
primaria y violenta represión fue el torpe
mecanismo con que el gobierno intentó silenciar
a una prensa subvencionada por organizaciones
europeas, que había conseguido financiar un
staff periodístico independiente, crear
condiciones económicas de independencia y
reeditar en una veintena de jóvenes periodistas
la militante convicción que le dio mística a la
prensa nacional; periodistas que por encima de su
integridad personal se propusieron la defensa de
los recursos naturales de la expropiación
transnacional.
El
viejo muro de contención periodístico
Si por capricho
del destino el eje histórico de resistencia
periodística volvió a ser radio Pío XII,
sin duda El Juguete Rabioso y Pulso
fueron los ejes articuladores del movimiento
ciudadano, en la medida en que sus artículos
reflejaban con amplitud e interpretaban con
visión crítica los hechos. No existía una
postura o una línea partidaria que orientara a
ambos medios, sino simplemente el cumplimiento
cabal del compromiso social del periodista y una
administración ética de un bien público: la
información. Su mérito radicó en habernos
enseñado el camino para rescatar a la prensa de
la industria cultural y hacerla contrafuegos de
las reivindicaciones sociales en Bolivia y
ejemplo de política informativa independiente
para el resto del continente.
Años atrás el
sacerdote oblato Gregorio Iriarte, víctima y
testigo de la represión militar de los años 70,
inmortalizó en una obra la saga del pueblo
minero boliviano, que puso el pecho y recibió
las balas de la dictadura en el intento de
defender de la intervención militar los medios
de prensa y evitar el cierre de radio Pío
XII. Esta radio había sobrevivido las
perpetraciones del régimen dictatorial más
sangriento de nuestra historia: El garciamezismo.
Hay que
reconocerlo, lo de Sánchez de Lozada también
tiene mérito histórico: Derramó en periodo
democrático tanta sangre como la más cruenta
dictadura militar, trató de enmudecer a dos
símbolos contemporáneos del periodismo
alternativo latinoamericano y cerró una mítica
emisora de radio que el mismísimo Luis García
Mesa no pudo acallar. Pero su verdadero mérito
está sin duda en haber polarizado con sus
métodos de tal manera al pueblo boliviano, que
despertó la memoria histórica dormida de los
herederos de una elite periodística épica que
hoy le ha mostrado a Latinoamérica entera el
camino para la subversión contra el orden
económico mundial y que ha hecho de Bolivia de
nuevo el talón de Aquiles de los imperios
coloniales.
* Erick
Fajardo Pozo es
periodista del diario La Voz, de Cochabamba y escribe para revistas
como Novembrino, Punto
Final y La Patria (Dominical) de Oruro, en Bolivia.
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