Sala de Prensa

60
Octubre 2003
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Sororidad: la subversión de la identidad
(El caso de las periodistas de la ciudad de México)

Eleonora Rodríguez Lara *

La vida es coexistencia. Y es precisamente en ella, en la complejidad de interrelaciones que implica, que las mujeres aprendemos del mundo, de los demás, de nosotras mismas y de las otras mujeres, en un ámbito cultural y profesional que, sabemos, no es de ningún modo inocente.

Nos desenvolvemos y aprendemos pues, bajo el constante ensayo-error y atravesadas por los valores, las creencias y las concepciones del mundo de nuestra cultura micro y macrosocial; aprendemos siempre junto a los otros pero especialmente, junto a las otras, mirándolas, comparándonos, compitiendo, heredándolas, imitándolas, para dialogar desde ahí, de algún modo, unas con otras. Este diálogo entre mujeres contemporáneas es un mar inacabable de alternativas relacionales, donde lamentablemente predomina la competencia, el sectarismo y la descalificación, como prácticas culturales con las cuales colaboramos casi siempre, sin mayor reflexión. Marcela Lagarde le llama "escisión de género" a este extrañamiento entre las mujeres, "a aquellas barreras infranqueables que las distancian hasta el grado de impedirles reconocerse e identificarse como iguales".

Y hoy, en el momento histórico actual, donde el ámbito profesional es un espacio mucho más accesible para las mujeres que en décadas pasadas, las mujeres estamos luchando por oportunidades profesionales codo a codo con los hombres, pero también e implacablemente, con las mujeres. Las periodistas, yo misma y mis apreciables colegas en esta Bienal –y todas las que no vinieron, las periodistas de periódicos y revistas de la ciudad de México y de nuestros países iberoamericanos-, somos en este sentido un buen ejemplo del tema que aquí presento y que sólo pretendo plantear, esperando que cada quien desee extrapolar esta reflexión a sus propios terrenos profesionales y personales. En un siglo pues, el trabajo de las mujeres en el periodismo ha sido paulatino pero implacable a pesar del descrédito y de la permanente duda masculina sobre nuestra capacidad. Hemos sido reconocidas, sí; somos incluso poco más de la mitad de la planta general de cualquier medio, pero no estamos en los puestos directivos ni decisivos, aunque ya existen casos excepcionales, por fortuna.

De este modo, a costa de la vida personal, de la histeria que representan los cierres editoriales, de los desvelos múltiples, del "ganar la nota" a toda costa incluso tramando pequeñas o grandes traiciones –aunque siempre traiciones- y las variadas estrategias que tejemos para permanecer en la profesión y crecer en ella, las mujeres directa o indirectamente, guardamos una duda de fondo: ¿por qué suele parecer más fácil esta profesión para los hombres? ¿Por qué debemos brindar mayores dosis de energía, horas de trabajo, esfuerzo periodístico, sacrificios y dedicación? ¿Por qué el cansancio y la neurosis son marcas indelebles en el rostro de la mayoría de periodistas y reporteras de los medios? ¿Por qué todo ese esfuerzo no se potencia y más bien se diluye en las mesas generales de redacción sin reflejarse en los lugares de poder y decisión de los medios?

La respuesta podría resumirse en una causa fundamental: en la desigualdad cultural de género, la cual se recrudece en ámbitos tan competitivos como el periodismo y que dispone un horizonte tan sobrecargado de demandas sociales para las mujeres actuales. El "deber ser" femenino de nuestros tiempos, dicta un sincretismo esquizofrénico mayor: hay que asumir y cumplir tanto los mandatos y expectativas tradicionales, como las modernas; es decir, hay que ser madres incondicionales, esposas fieles y abnegadas, amorosas hijas, bondadosas hermanas, amantes complacientes –aunque pudorosas, claro, "decentes", digamos-, y al mismo tiempo, aguerridas y exitosas profesionistas, dedicadas colegas, incansables trabajadoras, liberadas mujeres dueñas de su sexualidad y de sus bienes y, sobre todo, poderosas contribuyentes (esto último, cabe decir, hoy es una virtud imprescindible para lograr el aprecio social y afectivo...).

Ahora bien, dar una sola causa, así, simplemente, a la situación que enfrentamos muchas mujeres en el periodismo -y no sólo en él-, es volver a caer en el binarismo que caracteriza al pensamiento tradicional, aquél de la causa y el efecto unívoco, de tal suerte que me parece necesario aclarar, de entrada, que el pensamiento complejo que la tradición ilustrada feminista practica -y que yo aspiro reflejar aquí-, ubica en el centro de su crítica histórica la importancia del entramado múltiple, amplio, integral, de la acción humana, en el que la experiencia vivida, es decir, subjetiva, es crucial. Marta Lamas lo dice mejor: "La perspectiva de género se aleja de las argumentaciones funcionalistas y deterministas, y busca explicar la acción humana como un producto construido con base en un sentido subjetivo".1 El feminismo entonces, y la perspectiva de género que en él se incluye, "sintetiza la experiencia histórica de un género en la que cuerpo y mente, cuerpo y afectos, razón y afectos, no están separados: las mujeres somos nuestros cuerpos y nuestra subjetividad",2 revela Marcela Lagarde.

El feminismo es una cultura, hoy por fortuna, múltiple. Hay feminismos varios. Pero cualquier feminismo, en esencia, es política en acto, incluso desde la academia.

Es una crítica filosófica e ideológica a la cultura política autoritaria y al poder como dominio, y reivindica en acto el poder como derecho a existir, como afirmación de los sujetos por sí mismos. Como concepción del mundo inacabada y desigual de las mujeres, el feminismo es subjetivo porque expresa sujetos particulares incrédulas de la verdad, del dogma, de la perfección y de la objetividad. Es un conjunto de concepciones con distintos niveles de integración que siempre está por ampliarse; su condición es el cambio. El feminismo incide y surge de las formas diferentes de ser mujer, en cada mujer. En contradicción con las teorías de la revolución, es una de esas revoluciones que en su permanente construcción-deconstrucción no estalla, no irrumpe: ocurre cotidianamente y en su devenir transforma a mujeres y hombres, a las instituciones, a las normas, a las relaciones; enfrenta y desacraliza los fundamentos de tabúes, así como los ritos y los mitos que hacen su representación simbólica. Desde su parcialidad, el feminismo anticipa la necesaria visión sobre la condición masculina que aún no emerge de los hombres, en tanto género que no puede reivindicarse más como estereotipo -o medida- de lo humano.3

Y es en este sentido, bajo ésta lupa, que hay que observar lo que sucede con las periodistas.

El periodismo ha sido un área especialmente importante en el universo político y social de México, sus profesionales han llegado a convertirse en actores sociales y en un grupo de poder con incidencia política y social. Esta actividad, celosamente cultivada en sus inicios por los hombres, ha ido abriéndose a otras dinámicas y perspectivas, o modificando su casi inalterable ideario masculino a partir de la entrada masiva de profesionales del periodismo a las redacciones, entre ellos, por supuesto, muchas mujeres salidas de las universidades o escuelas de periodismo. Con ellas, irrumpieron visiones distintas para comprender y realizar esta labor informativa, aunque sólo en contadas ocasiones logran destacar porque los esfuerzos femeninos se desdibujan enmedio de una cultura periodística tan sólidamente delineada con saberes masculinos como la competencia a ultranza, el sistema jerárquico implacable, la descalificación, las alianzas sorpresivas, la elección antidemocrática de sucesores o la amistad masculina de principio, entre varias más. Con esta serie de códigos y rutinas nos plantean una disyuntiva simple: o las mujeres nos adecuamos a ellos, colaborando con su manejo de la dinámica profesional -lo que casi siempre sucede, cabe decir-, o nos aferramos a nuestro deseo de replantear el periodismo como algo distinto.

Así, las periodistas nos vemos exigidas lo mismo a pelear por la nota a sudor y sangre, que a poner traspiés al de al lado o a ganar puntos con las exclusivas para el medio que igual no importa si salieron del soborno o la indiscreción-, con tal de ascender al puesto siguiente; también, a vivir entre el alcohol de las cantinas de nuestros jefes, a salir de madrugada a rumbos inciertos o, sin más, a despedirnos de nuestra vida personal donde la familia, la pareja y todas las relaciones afectivas quedan relegadas a la imprecisa frontera del "después".

Así, las mujeres en el periodismo hemos perfilado una identidad que, como en muchos otros ámbitos, es una reacción de adaptación desde la desventaja. Es la imitación de la actitud y las herramientas masculinas. Nos aliamos con los hombres por carecer de poder y en el periodismo, como en muchos otros espacios, el poder lo tienen ellos. No hemos sido capaces de nombrar el mundo, los eventos, las noticias, bajo mecanismos propios; no hemos podido legitimar nuestro propio lente periodístico sin su consentimiento, su autorización o su respaldo. Dice mi maestra Marcela Lagarde:

Las mujeres debemos construir nuestra subjetividad e incluso autoidentidad genérica -y en este caso, profesional genérica- siempre a partir de los valores, códigos, lenguajes y contenidos masculinos que definen nuestra feminidad en esos términos: lo humano -desde la mitología hasta la filosofía- es lo masculino: en castellano esta homologación se sintetiza en la igualdad establecida entre humanidad y hombre.4

Y entre mujeres, con las compañeras periodistas, ¿por qué no hemos podido aliarnos para crecer en el medio? Porque precisamente son ellas, en el mundo simbólico y concreto de nuestras culturas, quienes representan la competencia mayor. Periodistas o no, las mujeres hemos sido educadas para competir de principio con las demás mujeres. Es un mecanismo político fundamental del patriarcado, que promueve la división. Cada una encarna la mala temible para la otra, no sólo la diferente. Cada una es la rival de la otra y eso es posible identificarlo desde la relación iniciática madre-hija.

Es tal la enajenación que vivimos, que la separación entre yo y la otra se convierte en distanciamiento, en desconocimiento (...): desconocemos mi yo en la otra, y su yo en mí. En esta dialéctica, lo común es anulado y sólo queda entre las mujeres aquello que las separa -clases, generaciones, relación con los hombres, con los otros, con el poder, color, belleza, tango, prestigio-, es decir, lo que está en la base de su enemistad histórica.5

En el periodismo se juega prestigio, reconocimiento público, influencia y poder, recursos nada desdeñables socialmente y que adornan esta profesión bajo una ecuación única, dándole un tamiz tan seductor. A las periodistas pues, nos interesan tanto como a los periodistas, estos poderes que conlleva nuestra profesión, sólo que no jugamos con las mismas condiciones para obtenerlos y ése punto, precisamente, es el que hace falta reflexionar, como hay que reflexionar la vida toda.

Así, en México del siglo XXI, con la derecha en el poder, los medios jugando un papel fundamental en la vida del país y estrenando libertades de opinión que en realidad no las ha concedido "el cambio" -como se suele decir-, sino los esfuerzos de muchos grupos, organizaciones y personas a lo largo de las últimas décadas, las mujeres periodistas nos afanamos en crecer enmedio de una rutina difícil y de una tradición masculina a la cual hemos llegado masivamente a finales de los años sesenta, precisamente en ese corte histórico que representa el 68 y sólo después de que las pioneras del siglo XIX y principios del XX, marcaran pautas y abrieran espacios a título personal.

Las periodistas hoy, no sólo nos peleamos con nuestros colegas hombres y con sus propias armas, sino que encarnizadamente lo hacemos entre nosotras, sumándonos una desventaja mayor -espero que aquí se dimensione del todo el aspecto político de la situación-: las mujeres no hemos sido educadas para solidarizarnos, para hacernos avanzar -como lo hacen los hombres-, sino para competir entre nosotras, para eliminarnos gradualmente, para que al final quede una: "La elegida", concepto con el cual nos movemos a nivel inconsciente y que no es otra cosa que un constructo simbólico para legitimar la supuesta importancia que una mujer debe obtener al ser la elección de un hombre (o de un jefe, de un padre o de una sociedad -llevándolo a distintos ámbitos-).

No hablo aquí pues, de un problema eminentemente laboral, sino de una condición cultural que recompone el paisaje profesional-laboral de las mujeres, pero también su vida entera, su identidad completa. Las periodistas no sólo no nos identificamos con nuestras colegas, sino que, como mujeres, nos advertimos diferentes, rivales. Las mujeres nos inferiorizamos una a otras para justificar nuestro dominio patriarcal. La mujeres periodistas nos juzgamos -y somos juzgadas por los demás- no sólo por nuestra capacidad para escribir, reflexionar, reportear o ganar las notas, sino que además, nos juzgamos recalcando nuestras diferencias de clase, edad, posición social, de creencias, de preferencias sexuales y eróticas, "de conocimientos, de color, de estatura, de cintura, de medidas de busto, de cadera y piernas, de riqueza, de posibilidades de vida, de relación con los hombres, con los dioses, con el poder", señala Marcela.

Las mujeres obtenemos el reconocimiento social en nuestra relación con los hombres. En el periodismo esto es crucial. Casi todas, las pioneras, las maestras periodistas de hoy, han sido formadas por hombres directa o indirectamente, no obstante que llegado el momento, las más rebeldes hayan decidido optar por las maestras, en un salto cualitativo fundamental. Pero hay sin embargo, otras excelentes periodistas que nunca han querido ser reconocidas por otras mujeres -por ellas mismas, en todo caso- y han jugado un excelente juego al lado de sus maestros, quienes ocasionalmente, han llegado a premiar su fidelidad y competencia.

Las periodistas entonces, crecemos entre pequeños y grandes reporteros que, con todo, a veces nos miran por lo que somos. Y bueno, resulta que crecemos con ellos y aprendemos de ellos cuando podríamos mirar a las maestras, a reconocernos en ellas e identificarnos con sus palabras, razones y temas; cuando podríamos construir una cultura periodística propia aceptando la herencia que ellas nos dan sin despreciarla, ni minimizarla y sin deslegitimarla en esta vorágine cultural que arrasa el trabajo de las mujeres, lo nulifica o, sin más, lo invisibiliza.

En su ensayo Enemistad y sororidad: hacia una nueva cultura feminista, Marcela Lagarde, lo dice así:

... se subrayan las diferencias significativas en el mundo ordenado, jerarquizado, antagonizado por el poder, que ubica a la mujer de manera devaluada frente al hombre. Así, las mujeres viven enormes dificultades para identificarse entre ellas, porque en su admiración de lo que no son y de lo que tienen, en su necesidad, en su necesidad del poder, intentan identificarse con el hombre. No se trata de que, por su voluntad, las mujeres se afanen en el desencuentro.6 Cualquier mujer es potencial enemiga. Cada mujer disputa a todas las demás un lugar en el mundo a partir del reconocimiento del hombre y de su relación con él, de su pertenencia a sus instituciones sociales y del amparo del poder. La primera relación de las mujeres -ambivalente y contradictoria, a la vez de enemistad y de amor- es con su madre. Después se extiende a todas las otras mujeres próximas y lejanas: amigas, hermanas, hijas, todas las parientas, compañeras de trabajo o de grupo social. El conflicto es vivido también dentro de cada una.7

Y en este planteamiento laboral-profesional genérico de desventaja, hay que considerar otros fenómenos, como los que apunta Janet Saltzman:

... porque los hombres poseen mayor poder de los recursos es por lo que la división sexual del trabajo, que conceptualmente no implica desigualdad, produce empíricamente una desventaja femenina. El poder permite a los hombres devaluar el trabajo de las mujeres y asignar trabajo devaluado a las mismas.8

Esta socióloga de la Universidad de Houston, también está considerando lo que conocemos como doble jornada laboral -cosa que muchas en esta sala seguramente compartimos-, la del trabajo extradoméstico más la del doméstico, bajo ese "deber ser" sincrético que caracteriza nuestros tiempos:

... ni siquiera la igualdad en la provisión de los recursos familiares otorga a las mujeres el mismo poder que a sus esposos (aunque tales mujeres disfruten de mayor igualdad que las esposas que no participan en la provisión). Blumberg -cita la autora- defiende que el macropoder masculino consigue con su funcionamiento 'rebajar' la habilidad de las mujeres para convertir los recursos económicos en poder de micronivel.9

Agrega después, que son las definiciones sociales sexuales -las condiciones de género, diríamos las feministas-, las injusticias políticas, jurídicas y macroestructurales de género, las que producen esta baja. Es decir, que es la construcción cultural de género amplia, a todos los niveles sociales y prácticamente en todas las culturas del mundo, la causa de estas desigualdades con las que lidiamos las mujeres, y que, bueno, afortunadamente estamos aprendiendo cada vez más, a ver y desmontar, lo mismo en Bienales como ésta que en nuestra propia vida familiar.

Antes de seguir, retomo una observación más que Saltzman recoge de Holter a propósito de la devaluación del trabajo de las mujeres:

Holter sugiere de paso que las mujeres logran acceso a roles tradicionalmente masculinos precisamente cuando esos roles se están volviendo 'obsoletos', es decir, cuando empiezan a perder arte, prestigio, salario, responsabilidad, autonomía y/o importancia social en general. Por ejemplo, las mujeres sustituyeron a los hombres como secretarias y contables conforme ese trabajo se volvía mecanizado, caía en la rutina y dejaba de funcionar como un puesto de formación de gentes y empresarios... las mujeres también se han introducido a las farmacias conforme éstas se convirtieron en cadenas de fármacos pre-manufacturados, en vez de las tiendas propiedad de un individuo quien mezclaba sus propias recetas. Las mujeres (y los negros) han obtenido el acceso a las alcaldías y las juntas educativas, una vez que los gobiernos locales han perdido parte de su autonomía ante los gobiernos estatales y federales. (136)

Pero las periodistas, no obstante estar sujetas a esa añeja cultura de la información, han generado a través del tiempo reacciones, lenguajes y luchas específicas, conformando distintas generaciones con intereses, posturas y anhelos variados, en un intenso camino de avances y retrocesos periodísticos y genéricos.

Algunas llegamos a reconocer nuestra herencia, algunas procuramos crear alternativas y otras ya han logrado concretarlas, pero aún no basta, hace falta crear más medios nuestros, lenguajes propios, conductas laborales democráticas que para nosotras no son otra cosa que democracia genérica. Y en esa búsqueda, debería ser una necesidad elemental reconocer a la Sororidad como un ancla de confianza y solidaridad entre nosotras.

Quizá una de las posturas más radicales del feminismo actual, si se piensa con detenimiento, sea la sororidad, categoría que toma su raíz del latín sor que significa hermana y que podemos traducir como la amistad entre mujeres diferentes y pares; cito a Marcela: "cómplices que se proponen trabajar, crear y convencer, que se encuentran y reconocen en el feminismo, para vivir la vida con un sentido profundamente libertario".

La sororidad en el mundo de la enemistad histórica entre nosotras, de la escisión de género femenino en mujeres antagonizadas, pasa por deponer las armas contra las pares, para construir en cada una, mujeres que al cambiar su relación con las otras-enemigas, al convertirlas en amigas, se afirman en la unicidad de sí mismas".10

Pensémosla así: ¿qué sucedería, qué no haríamos si viéramos en cada una de las mujeres con las que nos relacionamos, una aliada, una compañera, un apoyo, una vía de crecimiento y desarrollo? Lo haríamos todo. Y claro que esto también sucede, claro que creamos redes de apoyo y que cuando nos organizamos somos absolutamente poderosas, pero hay que reconocer que incluso juntas, siempre nos vemos amenazadas por nuestra cultura diaria, por los demás, por nuestros auto-boicots y porque no tenemos la educación y la conciencia para resolver los conflictos políticos que desatamos social y grupalmente, manteniéndonos unidas.

Si queremos mejorar nuestra situación de desventaja, como apunta Shere Hite, lo primero que debemos hacer es ser solidarias y apoyarnos unas con otras con orgullo, lo cual implica una reto mayor: convencernos de que los hombres no son por definición más importantes -ni su relación con ellos- que nosotras. Lo cual es algo difícil si consideramos que la sociedad refuerza esa idea a cada paso, hasta convertirla en un axioma "natural" e incuestionable.

Amelia Valcárcel señala que "no se trata de empatía, ni de compasión, ni de benevolencia, ni tampoco de apoyo indiscriminado: es una virtud igualitaria, una virtud política moderna que supone simetría, no jerarquía. Ser solidaria significa hacer comunidad, y por ello se vincula a la justicia".11

La soridad o sororidad se establece paralelamente a la fraternidad masculina. Es una herramienta que deconstruye la misoginia femenina que, por desgracia, casi todas practicamos a distintos niveles. Apunta Carmen Alborch: "Hay consenso en que la solidaridad es una prioridad, instrumental y política, para que las mujeres del siglo XXI consigan influir en las decisiones del círculo del poder. A la vez intentamos que esta ética se haga extensiva a toda la sociedad. La solidaridad busca sumar lo que atesoran mujeres y hombres. Busca rehacer identidades. Se trata de un pacto intragénero y supone un nuevo concepto de fraternidad solidaria entre mujeres, basado en la complicidad y el reconocimiento de autoridad".12

Sororidad es concedernos libre y mutuamente, el rango de individuas, e irnos poniendo una al lado de la otra -no del otro-, en paridad, para modificar el lugar de desventaja que ocupamos históricamente. "La sororidad es un concepto ético y estético nacido de la necesidad de inaugurar una cultura de pactos implícitos y explícitos entre mujeres. La ética de la sororidad tiene como fundamento la ética del desarrollo colectivo a partir del individual".13 Hay que tomar en cuenta y matizar dos cosas esenciales: que este concepto no implica por un lado, la incondicionalidad de la fantasía materna, la abnegación, el altruismo o el sacrificio. Y por otro, que tampoco se trata de un apoyo indiscriminado a las mujeres o de una amistad a toda costa; se trata más bien de emprender solidaridad, reconocimiento y valor a las acciones y pensamientos de las demás mujeres por encima de las antipatías o el disenso ideológico o político. Se propone pues, una solidaridad inteligente y crítica desde una conciencia feminista.

Ya casi para terminar, y para volver a las periodistas contemporáneas, es preciso decir que nos hace falta ver, aprender y lanzar en México y al mundo, a más poniatowskas, más alaídesfoppas, más cristinas pachecos, sarasloveras, quienes abiertamente feministas o no, nos hacen crecer genéricamente a todas. Hace falta empezar a extender esta cultura de identidad entre mujeres, no sólo en un ámbito tan necesitado de ella como el periodismo, sino en todos, porque es una clave nodal para desestructurar la feminidad tradicional a la cual estamos sujetas.

Así, procurar traspasar desde el centro de nuestra subjetividad el sectarismo y la enemistad nuestra de cada día, reinventándonos pues, nos permitiría crear una nueva identidad sórica que detonaría de forma expansiva, irreversible y radical, el cambio que nuestro mundo femenino merece.

____
Notas:

1 Lamas, Marta. La construcción cultural de la diferencia sexual. México, UNAM-Porrúa, 2000. p. 11.
2 Lagarde, Marcela. De Bairbieri, Teresita, et.al. Fin de siglo. Género y cambio civilizatorio. Chile, Isis Internacional, 1992. p. 57.
3 Ibidem, p.57.
4 Ibidem, p. 58.
5 Idem.
6 Ibidem, p. 66.
7 Ibidem, p. 69.
8 Saltzman, Janet. Equidad y género. Una teoría integrada de estabilidad y cambio. España, "Feminismos", Ediciones Cátedra, 1992. p. 131.
9 Ibidem, p. 134.
10 Lagarde, Marcela. op.cit. p.81.
11 Alborch, Carmen. Malas, rivalidad y complicidad entre mujeres. España, Aguilar, 2002. p.295.
12 Ibidem, p. 296.
13 Ibidem, p. 299.


* Eleonora Rodríguez Lara es una periodista mexicana. Esta comunicación fue presentada en la IV Bienal Iberoamericana de Comunicación (sociedad, información y conocimiento) realizada en San Salvador entre el 17 y el 19 de septiembre de 2003, la cual se reproduce en SdP con la autorización de los organizadores.


Tus comentarios, sugerencias y aportaciones
nos permitirán seguir construyendo este sitio.
¡Colabora!



| Volver a la página principal de SdP |
|
Acerca de SdP | Periodismo de Investigación | Etica y Deontología |
|
Derecho de la Información | Fuentes de Investigación |
|
Política y gobierno | Comunicación Social | Economía y Finanzas |
|
Academia | Fotoperiodismo | Medios en Línea | Bibliotecas |
|
Espacio del Usuario | Alta en SdP |
|
SdP: Tu página de inicio | Vínculos a SdP | Informes |
|
Indice de Artículos | Indice de Autores |
|
Búsqueda en Sala de Prensa |
|
Fotoblog |

© Sala de Prensa 1997 - 2008


IMPORTANTE: Todos los materiales que aparecen en Sala de Prensa están protegidos por las leyes del Copyright.

SdP no sería posible sin la colaboración de una serie de profesionales y académicos que generosamente nos han enviado artículos, ponencias y ensayos, o bien han autorizado la reproducción de sus textos; algunos de los cuales son traducciones libres. Por supuesto, SdP respeta en todo momento las leyes de propiedad intelectual, y en estas páginas aparecen detallados los datos relativos al copyright -si lo hubiera-, independientemente del copyright propio de todo el material de Sala de Prensa. Prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de Sala de Prensa sin la autorización expresa del Consejo Editorial. Los textos firmados son responsabilidad de su autor y no reflejan necesariamente el criterio institucional de SdP. Para la reproducción de material con copyright propio es necesaria, además, la autorización del autor y/o editor original.