Sororidad:
la subversión de la identidad
(El caso de las periodistas de la
ciudad de México)
Eleonora
Rodríguez Lara *
La vida
es coexistencia. Y es precisamente en ella, en la
complejidad de interrelaciones que implica, que
las mujeres aprendemos del mundo, de los demás,
de nosotras mismas y de las otras mujeres, en un
ámbito cultural y profesional que, sabemos, no
es de ningún modo inocente.
Nos
desenvolvemos y aprendemos pues, bajo el
constante ensayo-error y atravesadas por los
valores, las creencias y las concepciones del
mundo de nuestra cultura micro y macrosocial;
aprendemos siempre junto a los otros pero
especialmente, junto a las otras, mirándolas,
comparándonos, compitiendo, heredándolas,
imitándolas, para dialogar desde ahí, de algún
modo, unas con otras. Este diálogo entre mujeres
contemporáneas es un mar inacabable de
alternativas relacionales, donde lamentablemente
predomina la competencia, el sectarismo y la
descalificación, como prácticas culturales con
las cuales colaboramos casi siempre, sin mayor
reflexión. Marcela Lagarde le llama
"escisión de género" a este
extrañamiento entre las mujeres, "a
aquellas barreras infranqueables que las
distancian hasta el grado de impedirles
reconocerse e identificarse como iguales".
Y hoy, en el
momento histórico actual, donde el ámbito
profesional es un espacio mucho más accesible
para las mujeres que en décadas pasadas, las
mujeres estamos luchando por oportunidades
profesionales codo a codo con los hombres, pero
también e implacablemente, con las mujeres. Las
periodistas, yo misma y mis apreciables colegas
en esta Bienal y todas las que no vinieron,
las periodistas de periódicos y revistas de la
ciudad de México y de nuestros países
iberoamericanos-, somos en este sentido un buen
ejemplo del tema que aquí presento y que sólo
pretendo plantear, esperando que cada quien desee
extrapolar esta reflexión a sus propios terrenos
profesionales y personales. En un siglo pues, el
trabajo de las mujeres en el periodismo ha sido
paulatino pero implacable a pesar del descrédito
y de la permanente duda masculina sobre nuestra
capacidad. Hemos sido reconocidas, sí; somos
incluso poco más de la mitad de la planta
general de cualquier medio, pero no estamos en
los puestos directivos ni decisivos, aunque ya
existen casos excepcionales, por fortuna.
De este modo, a
costa de la vida personal, de la histeria que
representan los cierres editoriales, de los
desvelos múltiples, del "ganar la
nota" a toda costa incluso tramando
pequeñas o grandes traiciones aunque
siempre traiciones- y las variadas estrategias
que tejemos para permanecer en la profesión y
crecer en ella, las mujeres directa o
indirectamente, guardamos una duda de fondo:
¿por qué suele parecer más fácil esta
profesión para los hombres? ¿Por qué debemos
brindar mayores dosis de energía, horas de
trabajo, esfuerzo periodístico, sacrificios y
dedicación? ¿Por qué el cansancio y la
neurosis son marcas indelebles en el rostro de la
mayoría de periodistas y reporteras de los
medios? ¿Por qué todo ese esfuerzo no se
potencia y más bien se diluye en las mesas
generales de redacción sin reflejarse en los
lugares de poder y decisión de los medios?
La respuesta
podría resumirse en una causa fundamental: en la
desigualdad cultural de género, la cual se
recrudece en ámbitos tan competitivos como el
periodismo y que dispone un horizonte tan
sobrecargado de demandas sociales para las
mujeres actuales. El "deber ser"
femenino de nuestros tiempos, dicta un
sincretismo esquizofrénico mayor: hay que asumir
y cumplir tanto los mandatos y expectativas
tradicionales, como las modernas; es decir, hay
que ser madres incondicionales, esposas fieles y
abnegadas, amorosas hijas, bondadosas hermanas,
amantes complacientes aunque pudorosas,
claro, "decentes", digamos-, y al mismo
tiempo, aguerridas y exitosas profesionistas,
dedicadas colegas, incansables trabajadoras,
liberadas mujeres dueñas de su sexualidad y de
sus bienes y, sobre todo, poderosas
contribuyentes (esto último, cabe decir, hoy es
una virtud imprescindible para lograr el aprecio
social y afectivo...).
Ahora bien, dar
una sola causa, así, simplemente, a la
situación que enfrentamos muchas mujeres en el
periodismo -y no sólo en él-, es volver a caer
en el binarismo que caracteriza al pensamiento
tradicional, aquél de la causa y el efecto
unívoco, de tal suerte que me parece necesario
aclarar, de entrada, que el pensamiento complejo
que la tradición ilustrada feminista practica -y
que yo aspiro reflejar aquí-, ubica en el centro
de su crítica histórica la importancia del
entramado múltiple, amplio, integral, de la
acción humana, en el que la experiencia vivida,
es decir, subjetiva, es crucial. Marta Lamas lo
dice mejor: "La perspectiva de género se
aleja de las argumentaciones funcionalistas y
deterministas, y busca explicar la acción humana
como un producto construido con base en un
sentido subjetivo".1 El feminismo entonces, y
la perspectiva de género que en él se incluye,
"sintetiza la experiencia histórica de un
género en la que cuerpo y mente, cuerpo y
afectos, razón y afectos, no están separados:
las mujeres somos nuestros cuerpos y nuestra
subjetividad",2 revela Marcela Lagarde.
El feminismo es
una cultura, hoy por fortuna, múltiple. Hay
feminismos varios. Pero cualquier feminismo, en
esencia, es política en acto, incluso desde la
academia.
Es una
crítica filosófica e ideológica a la
cultura política autoritaria y al poder como
dominio, y reivindica en acto el poder como
derecho a existir, como afirmación de los
sujetos por sí mismos. Como concepción del
mundo inacabada y desigual de las mujeres, el
feminismo es subjetivo porque expresa sujetos
particulares incrédulas de la verdad, del
dogma, de la perfección y de la objetividad.
Es un conjunto de concepciones con distintos
niveles de integración que siempre está por
ampliarse; su condición es el cambio. El
feminismo incide y surge de las formas
diferentes de ser mujer, en cada mujer. En
contradicción con las teorías de la
revolución, es una de esas revoluciones que
en su permanente
construcción-deconstrucción no estalla, no
irrumpe: ocurre cotidianamente y en su
devenir transforma a mujeres y hombres, a las
instituciones, a las normas, a las
relaciones; enfrenta y desacraliza los
fundamentos de tabúes, así como los ritos y
los mitos que hacen su representación
simbólica. Desde su parcialidad, el
feminismo anticipa la necesaria visión sobre
la condición masculina que aún no emerge de
los hombres, en tanto género que no puede
reivindicarse más como estereotipo -o
medida- de lo humano.3
Y es en este
sentido, bajo ésta lupa, que hay que observar lo
que sucede con las periodistas.
El periodismo ha
sido un área especialmente importante en el
universo político y social de México, sus
profesionales han llegado a convertirse en
actores sociales y en un grupo de poder con
incidencia política y social. Esta actividad,
celosamente cultivada en sus inicios por los
hombres, ha ido abriéndose a otras dinámicas y
perspectivas, o modificando su casi inalterable
ideario masculino a partir de la entrada masiva
de profesionales del periodismo a las
redacciones, entre ellos, por supuesto, muchas
mujeres salidas de las universidades o escuelas
de periodismo. Con ellas, irrumpieron visiones
distintas para comprender y realizar esta labor
informativa, aunque sólo en contadas ocasiones
logran destacar porque los esfuerzos femeninos se
desdibujan enmedio de una cultura periodística
tan sólidamente delineada con saberes masculinos
como la competencia a ultranza, el sistema
jerárquico implacable, la descalificación, las
alianzas sorpresivas, la elección
antidemocrática de sucesores o la amistad
masculina de principio, entre varias más. Con
esta serie de códigos y rutinas nos plantean una
disyuntiva simple: o las mujeres nos adecuamos a
ellos, colaborando con su manejo de la dinámica
profesional -lo que casi siempre sucede, cabe
decir-, o nos aferramos a nuestro deseo de
replantear el periodismo como algo distinto.
Así, las
periodistas nos vemos exigidas lo mismo a pelear
por la nota a sudor y sangre, que a poner
traspiés al de al lado o a ganar puntos con las
exclusivas para el medio que igual no importa si
salieron del soborno o la indiscreción-, con tal
de ascender al puesto siguiente; también, a
vivir entre el alcohol de las cantinas de
nuestros jefes, a salir de madrugada a rumbos
inciertos o, sin más, a despedirnos de nuestra
vida personal donde la familia, la pareja y todas
las relaciones afectivas quedan relegadas a la
imprecisa frontera del "después".
Así, las
mujeres en el periodismo hemos perfilado una
identidad que, como en muchos otros ámbitos, es
una reacción de adaptación desde la desventaja.
Es la imitación de la actitud y las herramientas
masculinas. Nos aliamos con los hombres por
carecer de poder y en el periodismo, como en
muchos otros espacios, el poder lo tienen ellos.
No hemos sido capaces de nombrar el mundo, los
eventos, las noticias, bajo mecanismos propios;
no hemos podido legitimar nuestro propio lente
periodístico sin su consentimiento, su
autorización o su respaldo. Dice mi maestra
Marcela Lagarde:
Las mujeres
debemos construir nuestra subjetividad e
incluso autoidentidad genérica -y en este
caso, profesional genérica- siempre a partir
de los valores, códigos, lenguajes y
contenidos masculinos que definen nuestra
feminidad en esos términos: lo humano -desde
la mitología hasta la filosofía- es lo
masculino: en castellano esta homologación
se sintetiza en la igualdad establecida entre
humanidad y hombre.4
Y entre mujeres,
con las compañeras periodistas, ¿por qué no
hemos podido aliarnos para crecer en el medio?
Porque precisamente son ellas, en el mundo
simbólico y concreto de nuestras culturas,
quienes representan la competencia mayor.
Periodistas o no, las mujeres hemos sido educadas
para competir de principio con las demás
mujeres. Es un mecanismo político fundamental
del patriarcado, que promueve la división. Cada
una encarna la mala temible para la otra, no
sólo la diferente. Cada una es la rival de la
otra y eso es posible identificarlo desde la
relación iniciática madre-hija.
Es tal la
enajenación que vivimos, que la separación
entre yo y la otra se convierte en
distanciamiento, en desconocimiento (...):
desconocemos mi yo en la otra, y su yo en
mí. En esta dialéctica, lo común es
anulado y sólo queda entre las mujeres
aquello que las separa -clases, generaciones,
relación con los hombres, con los otros, con
el poder, color, belleza, tango, prestigio-,
es decir, lo que está en la base de su
enemistad histórica.5
En el periodismo
se juega prestigio, reconocimiento público,
influencia y poder, recursos nada desdeñables
socialmente y que adornan esta profesión bajo
una ecuación única, dándole un tamiz tan
seductor. A las periodistas pues, nos interesan
tanto como a los periodistas, estos poderes que
conlleva nuestra profesión, sólo que no jugamos
con las mismas condiciones para obtenerlos y ése
punto, precisamente, es el que hace falta
reflexionar, como hay que reflexionar la vida
toda.
Así, en México
del siglo XXI, con la derecha en el poder, los
medios jugando un papel fundamental en la vida
del país y estrenando libertades de opinión que
en realidad no las ha concedido "el
cambio" -como se suele decir-, sino los
esfuerzos de muchos grupos, organizaciones y
personas a lo largo de las últimas décadas, las
mujeres periodistas nos afanamos en crecer
enmedio de una rutina difícil y de una
tradición masculina a la cual hemos llegado
masivamente a finales de los años sesenta,
precisamente en ese corte histórico que
representa el 68 y sólo después de que las
pioneras del siglo XIX y principios del XX,
marcaran pautas y abrieran espacios a título
personal.
Las periodistas
hoy, no sólo nos peleamos con nuestros colegas
hombres y con sus propias armas, sino que
encarnizadamente lo hacemos entre nosotras,
sumándonos una desventaja mayor -espero que
aquí se dimensione del todo el aspecto político
de la situación-: las mujeres no hemos sido
educadas para solidarizarnos, para hacernos
avanzar -como lo hacen los hombres-, sino para
competir entre nosotras, para eliminarnos
gradualmente, para que al final quede una:
"La elegida", concepto con el cual nos
movemos a nivel inconsciente y que no es otra
cosa que un constructo simbólico para legitimar
la supuesta importancia que una mujer debe
obtener al ser la elección de un hombre (o de un
jefe, de un padre o de una sociedad -llevándolo
a distintos ámbitos-).
No hablo aquí
pues, de un problema eminentemente laboral, sino
de una condición cultural que recompone el
paisaje profesional-laboral de las mujeres, pero
también su vida entera, su identidad completa.
Las periodistas no sólo no nos
identificamos con nuestras colegas, sino que,
como mujeres, nos advertimos diferentes, rivales.
Las mujeres nos inferiorizamos una a otras para
justificar nuestro dominio patriarcal. La mujeres
periodistas nos juzgamos -y somos juzgadas por
los demás- no sólo por nuestra capacidad para
escribir, reflexionar, reportear o ganar las
notas, sino que además, nos juzgamos recalcando
nuestras diferencias de clase, edad, posición
social, de creencias, de preferencias sexuales y
eróticas, "de conocimientos, de color, de
estatura, de cintura, de medidas de busto, de
cadera y piernas, de riqueza, de posibilidades de
vida, de relación con los hombres, con los
dioses, con el poder", señala Marcela.
Las mujeres
obtenemos el reconocimiento social en nuestra
relación con los hombres. En el periodismo esto
es crucial. Casi todas, las pioneras, las
maestras periodistas de hoy, han sido formadas
por hombres directa o indirectamente, no obstante
que llegado el momento, las más rebeldes hayan
decidido optar por las maestras, en un salto
cualitativo fundamental. Pero hay sin embargo,
otras excelentes periodistas que nunca han
querido ser reconocidas por otras mujeres -por
ellas mismas, en todo caso- y han jugado un
excelente juego al lado de sus maestros, quienes
ocasionalmente, han llegado a premiar su
fidelidad y competencia.
Las periodistas
entonces, crecemos entre pequeños y grandes
reporteros que, con todo, a veces nos miran por
lo que somos. Y bueno, resulta que crecemos con
ellos y aprendemos de ellos cuando podríamos
mirar a las maestras, a reconocernos en ellas e
identificarnos con sus palabras, razones y temas;
cuando podríamos construir una cultura
periodística propia aceptando la herencia que
ellas nos dan sin despreciarla, ni minimizarla y
sin deslegitimarla en esta vorágine cultural que
arrasa el trabajo de las mujeres, lo nulifica o,
sin más, lo invisibiliza.
En su ensayo Enemistad
y sororidad: hacia una nueva cultura feminista,
Marcela Lagarde, lo dice así:
... se
subrayan las diferencias significativas en el
mundo ordenado, jerarquizado, antagonizado
por el poder, que ubica a la mujer de manera
devaluada frente al hombre. Así, las mujeres
viven enormes dificultades para identificarse
entre ellas, porque en su admiración de lo
que no son y de lo que tienen, en su
necesidad, en su necesidad del poder,
intentan identificarse con el hombre. No se
trata de que, por su voluntad, las mujeres se
afanen en el desencuentro.6 Cualquier mujer es
potencial enemiga. Cada mujer disputa a todas
las demás un lugar en el mundo a partir del
reconocimiento del hombre y de su relación
con él, de su pertenencia a sus
instituciones sociales y del amparo del
poder. La primera relación de las mujeres
-ambivalente y contradictoria, a la vez de
enemistad y de amor- es con su madre.
Después se extiende a todas las otras
mujeres próximas y lejanas: amigas,
hermanas, hijas, todas las parientas,
compañeras de trabajo o de grupo social. El
conflicto es vivido también dentro de cada
una.7
Y en este
planteamiento laboral-profesional genérico de
desventaja, hay que considerar otros fenómenos,
como los que apunta Janet Saltzman:
... porque
los hombres poseen mayor poder de los
recursos es por lo que la división sexual
del trabajo, que conceptualmente no implica
desigualdad, produce empíricamente una
desventaja femenina. El poder permite a los
hombres devaluar el trabajo de las mujeres y
asignar trabajo devaluado a las mismas.8
Esta socióloga
de la Universidad de Houston, también está
considerando lo que conocemos como doble jornada
laboral -cosa que muchas en esta sala seguramente
compartimos-, la del trabajo extradoméstico más
la del doméstico, bajo ese "deber ser"
sincrético que caracteriza nuestros tiempos:
... ni
siquiera la igualdad en la provisión de los
recursos familiares otorga a las mujeres el
mismo poder que a sus esposos (aunque tales
mujeres disfruten de mayor igualdad que las
esposas que no participan en la provisión).
Blumberg -cita la autora- defiende que el
macropoder masculino consigue con su
funcionamiento 'rebajar' la habilidad de las
mujeres para convertir los recursos
económicos en poder de micronivel.9
Agrega después,
que son las definiciones sociales sexuales -las
condiciones de género, diríamos las
feministas-, las injusticias políticas,
jurídicas y macroestructurales de género, las
que producen esta baja. Es decir, que es la
construcción cultural de género amplia, a todos
los niveles sociales y prácticamente en todas
las culturas del mundo, la causa de estas
desigualdades con las que lidiamos las mujeres, y
que, bueno, afortunadamente estamos aprendiendo
cada vez más, a ver y desmontar, lo mismo en
Bienales como ésta que en nuestra propia vida
familiar.
Antes de seguir,
retomo una observación más que Saltzman recoge
de Holter a propósito de la devaluación del
trabajo de las mujeres:
Holter
sugiere de paso que las mujeres logran acceso
a roles tradicionalmente masculinos
precisamente cuando esos roles se están
volviendo 'obsoletos', es decir, cuando
empiezan a perder arte, prestigio, salario,
responsabilidad, autonomía y/o importancia
social en general. Por ejemplo, las mujeres
sustituyeron a los hombres como secretarias y
contables conforme ese trabajo se volvía
mecanizado, caía en la rutina y dejaba de
funcionar como un puesto de formación de
gentes y empresarios... las mujeres también
se han introducido a las farmacias conforme
éstas se convirtieron en cadenas de
fármacos pre-manufacturados, en vez de las
tiendas propiedad de un individuo quien
mezclaba sus propias recetas. Las mujeres (y
los negros) han obtenido el acceso a las
alcaldías y las juntas educativas, una vez
que los gobiernos locales han perdido parte
de su autonomía ante los gobiernos estatales
y federales. (136)
Pero las
periodistas, no obstante estar sujetas a esa
añeja cultura de la información, han generado a
través del tiempo reacciones, lenguajes y luchas
específicas, conformando distintas generaciones
con intereses, posturas y anhelos variados, en un
intenso camino de avances y retrocesos
periodísticos y genéricos.
Algunas llegamos
a reconocer nuestra herencia, algunas procuramos
crear alternativas y otras ya han logrado
concretarlas, pero aún no basta, hace falta
crear más medios nuestros, lenguajes propios,
conductas laborales democráticas que para
nosotras no son otra cosa que democracia
genérica. Y en esa búsqueda, debería ser una
necesidad elemental reconocer a la Sororidad
como un ancla de confianza y solidaridad
entre nosotras.
Quizá una de
las posturas más radicales del feminismo actual,
si se piensa con detenimiento, sea la sororidad,
categoría que toma su raíz del latín sor
que significa hermana y que podemos traducir como
la amistad entre mujeres diferentes y pares; cito
a Marcela: "cómplices que se proponen
trabajar, crear y convencer, que se encuentran y
reconocen en el feminismo, para vivir la vida con
un sentido profundamente libertario".
La sororidad
en el mundo de la enemistad histórica entre
nosotras, de la escisión de género femenino
en mujeres antagonizadas, pasa por deponer
las armas contra las pares, para construir en
cada una, mujeres que al cambiar su relación
con las otras-enemigas, al convertirlas en
amigas, se afirman en la unicidad de sí
mismas".10
Pensémosla
así: ¿qué sucedería, qué no haríamos si
viéramos en cada una de las mujeres con las que
nos relacionamos, una aliada, una compañera, un
apoyo, una vía de crecimiento y desarrollo? Lo
haríamos todo. Y claro que esto también sucede,
claro que creamos redes de apoyo y que cuando nos
organizamos somos absolutamente poderosas, pero
hay que reconocer que incluso juntas, siempre nos
vemos amenazadas por nuestra cultura diaria, por
los demás, por nuestros auto-boicots y porque no
tenemos la educación y la conciencia para
resolver los conflictos políticos que desatamos
social y grupalmente, manteniéndonos unidas.
Si queremos
mejorar nuestra situación de desventaja, como
apunta Shere Hite, lo primero que debemos hacer
es ser solidarias y apoyarnos unas con otras con
orgullo, lo cual implica una reto mayor:
convencernos de que los hombres no son por
definición más importantes -ni su relación con
ellos- que nosotras. Lo cual es algo difícil si
consideramos que la sociedad refuerza esa idea a
cada paso, hasta convertirla en un axioma
"natural" e incuestionable.
Amelia
Valcárcel señala que "no se trata de
empatía, ni de compasión, ni de benevolencia,
ni tampoco de apoyo indiscriminado: es una virtud
igualitaria, una virtud política moderna que
supone simetría, no jerarquía. Ser solidaria
significa hacer comunidad, y por ello se vincula
a la justicia".11
La soridad o
sororidad se establece paralelamente a la
fraternidad masculina. Es una herramienta que
deconstruye la misoginia femenina que, por
desgracia, casi todas practicamos a distintos
niveles. Apunta Carmen Alborch: "Hay
consenso en que la solidaridad es una prioridad,
instrumental y política, para que las mujeres
del siglo XXI consigan influir en las decisiones
del círculo del poder. A la vez intentamos que
esta ética se haga extensiva a toda la sociedad.
La solidaridad busca sumar lo que atesoran
mujeres y hombres. Busca rehacer identidades. Se
trata de un pacto intragénero y supone un nuevo
concepto de fraternidad solidaria entre mujeres,
basado en la complicidad y el reconocimiento de
autoridad".12
Sororidad es
concedernos libre y mutuamente, el rango de
individuas, e irnos poniendo una al lado de la
otra -no del otro-, en paridad, para modificar el
lugar de desventaja que ocupamos históricamente.
"La sororidad es un concepto ético y
estético nacido de la necesidad de inaugurar una
cultura de pactos implícitos y explícitos entre
mujeres. La ética de la sororidad tiene como
fundamento la ética del desarrollo colectivo a
partir del individual".13 Hay que tomar en cuenta
y matizar dos cosas esenciales: que este concepto
no implica por un lado, la incondicionalidad de
la fantasía materna, la abnegación, el
altruismo o el sacrificio. Y por otro, que
tampoco se trata de un apoyo indiscriminado a las
mujeres o de una amistad a toda costa; se trata
más bien de emprender solidaridad,
reconocimiento y valor a las acciones y
pensamientos de las demás mujeres por encima de
las antipatías o el disenso ideológico o
político. Se propone pues, una solidaridad
inteligente y crítica desde una conciencia
feminista.
Ya casi para
terminar, y para volver a las periodistas
contemporáneas, es preciso decir que nos hace
falta ver, aprender y lanzar en México y al
mundo, a más poniatowskas, más alaídesfoppas,
más cristinas pachecos, sarasloveras, quienes
abiertamente feministas o no, nos hacen crecer
genéricamente a todas. Hace falta empezar a
extender esta cultura de identidad entre mujeres,
no sólo en un ámbito tan necesitado de ella
como el periodismo, sino en todos, porque es una
clave nodal para desestructurar la feminidad
tradicional a la cual estamos sujetas.
Así, procurar
traspasar desde el centro de nuestra subjetividad
el sectarismo y la enemistad nuestra de cada
día, reinventándonos pues, nos permitiría
crear una nueva identidad sórica que detonaría
de forma expansiva, irreversible y radical, el
cambio que nuestro mundo femenino merece.
____
Notas:
1 Lamas, Marta. La construcción
cultural de la diferencia sexual. México,
UNAM-Porrúa, 2000. p. 11.
2 Lagarde, Marcela. De Bairbieri,
Teresita, et.al. Fin de siglo. Género y
cambio civilizatorio. Chile, Isis
Internacional, 1992. p. 57.
3 Ibidem, p.57.
4 Ibidem, p. 58.
5 Idem.
6 Ibidem, p. 66.
7 Ibidem, p. 69.
8 Saltzman, Janet. Equidad y género.
Una teoría integrada de estabilidad y cambio.
España, "Feminismos", Ediciones
Cátedra, 1992. p. 131.
9 Ibidem, p. 134.
10 Lagarde, Marcela. op.cit. p.81.
11 Alborch, Carmen. Malas, rivalidad y
complicidad entre mujeres. España, Aguilar,
2002. p.295.
12 Ibidem, p. 296.
13 Ibidem, p. 299.
* Eleonora
Rodríguez Lara es una
periodista mexicana. Esta comunicación fue
presentada en la IV Bienal Iberoamericana de
Comunicación (sociedad,
información y conocimiento) realizada en San
Salvador entre el 17 y el 19 de septiembre de
2003, la cual se reproduce en SdP con la autorización de los
organizadores.
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