Democracia,
prensa y sociedad:
responsabilidades compartidas
Gerardo
Albarrán de Alba *
La prensa
que hoy conocemos tiene poco que ver con aquella
que el filósofo francés Alexis de Tocqueville
contempló con resignación en la joven
democracia estadunidense, en el primer tercio del
siglo XIX, consciente de que era una suerte de
mal necesario.1 Y es que, en sus
orígenes, los periódicos del mundo se asumían
como abanderados de ideales e intereses en pugna;
lo mismo defendían que atacaban posiciones
políticas y tomaban partido abiertamente en cada
diferendo ideológico. Algunos medios, incluso,
eran subvencionados directamente por el gobierno
o por partidos políticos.2 Aquella prensa
respondía al espíritu libertario de la época
que buscaba la máxima libertad posible fundada
en la individualidad y en la diversidad,3 pero que también
propició tanto el atropellamiento de derechos de
terceros que hoy consideramos fundamentales4 como el surgimiento de
una prensa sensacionalista y cínica, a finales
del siglo XIX, capaz de mentir con tal de
asegurar los primeros tirajes masivos.5
No es sino hasta
ya entrado el siglo XX que los periodistas se
cuestionan la naturaleza de su función en
sociedad e inician una autocrítica sistemática
de sus métodos y contenidos.6 Son varios
los periodistas que inician la construcción de
un discurso ético y llaman a la autocontención,
particularmente en Estados Unidos,7 prefigurando un sentido
de responsabilidad profesional que habría de
entrar en conflicto con la creciente influencia
de los propios medios en la vida de sus
comunidades e incluso de sus naciones. Esta
práctica cobra la mayor importancia a partir del
riesgo latente de que los gobiernos impusieran
mecanismos de regulación que acotarían el
ámbito de libertades hasta entonces disfrutado
por la prensa, a mediados del siglo XX.8
Uno de los
paradigmas de la libertad de prensa ha sido,
precisamente su independencia del poder
político, la cual suele ser el estandarte más
importante que blanden la prensa estadunidense y
europea. Sin embargo, los medios en esas regiones
han sido mucho menos independientes de lo que
quieren hacer creer. Particularmente durante
guerras, o en graves conflictos sociales
internos, la prensa ha sido un aliado abierto de
sus gobiernos.9 Tras la crisis desatada
por los ataques a Nueva York y Washington, en
septiembre de 2001, nuevamente se reproduce la
contradicción y la prensa estadunidense abandona
el papel del que gusta presumir como «perro
guardián» frente al poder, y parecen más
«perros falderos». Esto que fue dicho en 1991,
al iniciarse la intervención estadunidense en el
Golfo Pérsico, es igualmente aplicable a la
todavía reciente ofensiva contra Afganistán y a
la actual invasión a Irak, pues entonces como
ahora, en los hechos, los medios sirvieron como
agentes de propaganda del gobierno
difundiendo
básicamente la versión oficial de la
administración del presidente George Bush
[padre del actual presidente de Estados
Unidos] sin ningún contrapeso crítico y
claramente callaron u omitieron voces
discordantes. Esto dificultó la distinción
entre la línea política gubernamental y la
línea editorial, contribuyendo así a
obtener un aplastante respaldo del público a
la guerra.10
Tal actitud
corresponde plenamente con la postura adoptada
por muchos medios que se consideran incluso por
encima de la sociedad, como lo evidencia la
tristemente multicitada expresión de William P.
Hamilton, dueño del diario The Wall Street
Journal:
Un
periódico es una empresa privada que no le
debe nada al público, el cual no le ha
concedido ninguna franquicia. Por lo tanto,
el interés público no tiene influencia.
Enfáticamente, es propiedad de su dueño,
quien vende un producto manufacturado bajo su
propio riesgo.
En el otro
extremo, la teoría de la responsabilidad social
de la prensa, surgida de los embates de la
Commission on Freedom of the Press,11 no acaba de dejar de ser
una teoría y aún está lejos de ser una
realidad. De hecho, muchas de las conductas
aparentemente éticas de la prensa en Estados
Unidos, Canadá y Europa están más bien
determinadas por un sentido de autoprotección
contra demandas civiles por difamación. Esta es
quizá una de las mayores diferencias en las
prácticas periodísticas estadunidense y
latinoamericana, pues mientras los periodistas en
aquel país viven bajo la mira de los abogados,
en Latinoamérica son más los reporteros que
viven bajo amenaza de muerte tanto por
parte de sus propios gobiernos como del crimen
organizado y la guerrilla que en riesgo de
sanción judicial.12
La historia de
las relaciones prensa-poder en Latinoamérica no
ha sido fácil. Marcados por décadas de
dictaduras militares a veces
repetidas en todos los países, excepto
México, Colombia y Costa Rica,13 los medios de la región
han vivido etapas de censura abierta.14 Y aun cuando todos estos
países con excepción de Cuba
cuentan en este momento con gobiernos electos, la
situación de la prensa en general no ha mejorado
sustancialmente. Como antaño cuando era
común ser sometidos a acoso, persecución,
amenazas, desapariciones y asesinato, los
periodistas latinoamericanos han tenido que
plegarse muchas veces al poder, aunque también
han sabido enfrentarlo, aun a costa de su vida.
Solamente entre 1988 y 2002, fueron asesinados
129 periodistas en Colombia, Perú, México,
Brasil, El Salvador, Guatemala, Haití,
Argentina, Honduras, Venezuela, Chile, República
Dominicana, Ecuador, Panamá, Paraguay y Costa
Rica.15 En lo que va de 2003, se
ha confirmado el asesinato de otros cinco
periodistas por causas relacionadas con su
trabajo, todos en Colombia.16
El panorama
jurídico tampoco luce alentador. Hasta 2002, al
menos 16 países Latinoamericanos sostenían en
vigor leyes de desacato; otras acciones
judiciales contra la difamación, la calumnia y
la invasión de vida privada son observadas más
como mecanismo de intimidación contra la prensa
que como prácticas reales de impartición de
justicia.17 Dos ejemplos
correspondientes a finales de 2001 lo ilustran:
en Panamá, «la tercera parte de todos los
periodistas en estos momentos enfrentaban
demandas penales por difamación», y en Costa
Rica, «el 37% [de los periodistas] indicó que
habían sido amenazados con demandas por
calumnia, injuria y difamación».18
A esta
situación se agrega un hecho doloroso para
cualquier periodista: en ocasiones, el enemigo
está en casa. En efecto, las condiciones
laborales de los periodistas latinoamericanos
dista mucho de ser la óptima. En general,
encontramos jornadas excesivas que rebasan con
mucho las ocho horas de trabajo diario, sin pago
extra, por sólo un día de descanso semanal; la
«cuota» diaria que deben producir los
reporteros va de cuatro a siete notas, cuando
menos, cubriendo cinco o más fuentes; los
salarios de la mayoría no rebasan los ingresos
de un obrero calificado y, además, en el caso de
muchos reporteros y fotógrafos, se ven mermados
porque deben comprar ellos mismos sus
herramientas básicas de trabajo plumas,
libretas, grabadoras, casetes, pilas, cámaras,
rollos de película, celulares o localizadores, e
incluso computadoras personales para trabajar en
casa y el acceso a Internet y pagar sus
traslados y comidas. Esta situación se repite en
la mayoría de los medios latinoamericanos, con
excepción de los grandes diarios y televisoras
de la región, aunque incluso en estos
encontramos que existe una franja de periodistas
en la base de la pirámide jerárquica cuyas
condiciones laborales no distan mucho de las
antes descritas. Esta explotación suele ser aún
más grave en los periódicos del interior de
cada país, muchos de los cuales trabajan aún en
esquemas de propiedad familiar. Súmese a eso la
falta de apoyo real en caso de conflicto, pues no
es inusual que los intereses comerciales o
extraperiodísticos de los dueños y directivos
de los medios se impongan sobre el estatus
profesional y la estabilidad laboral del
periodista que, normalmente, significa la parte
más delgada de un hilo que eventualmente debe
romperse. Lo más desesperante, quizá, es la
falta de opciones de trabajo debido a la
creciente concentración de la propiedad de los
medios, cuyas empresas controladoras reproducen
los esquemas laborales y salariales en el
conjunto de la propiedad mediática.19
Este fenómeno
abarca a todo el mundo y afecta a los procesos
democráticos de todas las sociedades, pues los
medios han sido despojados de una de sus
principales características: representar la
posibilidad de debate público. Esto preocupa a
politólogos, sociólogos y comunicólogos, pues
pone en manos de unos cuantos poderosos el
control de la información global que se traduce
ya en un discurso homogéneo a favor de sus
intereses económicos y políticos.20 A finales del siglo XX,
12 grupos controlaban la comunicación global:
Disney Capital Cities-abc; aol-Time Warner (antes
Time Warner-Turner, propietaria de cnn, entre
otros muchos medios); News Corporation, del
australiano Rupert Murdoch; el consorcio alemán
Bertelsman; General Electric-nbc; cbs Inc. (antes
Westinghouse-cbs); Newhouse/Advanced
Publications; Viacom; Microsoft;
Matra-Hachette-Filipacchi; Gannett, y el mayor
controlador de televisión restringida,
Tele-Communications Inc. (tci). Visto por
países, la situación no mejora. Ahí están los
casos de Italia, bajo el control de Silvio
Berlusconi; o el de México, que padeció durante
décadas el monopolio de Televisa y hoy el
oligopolio que integra junto con TV Azteca; o el
de Guatemala, cuyos canales de televisión 3, 7,
11 y 13 son propiedad del empresario mexicano
Angel González.
La prensa
escrita no se salva de esta tendencia. En Estados
Unidos, ya desde mediados del siglo XX, la
competencia entre diarios se había reducido a
menos del 7% de las ciudades de ese país, y para
2002, prácticamente no quedaban diarios locales
independientes, sino que formaban parte de algún
grupo mediático. En Latinoamérica, cada vez es
mayor la concentración de la propiedad de medios
impresos, como claramente lo ejemplifica el caso
mexicano.21
Si ya de por sí
para los periodistas resulta difícil distinguir
matices en la orientación editorial e
ideológica de los medios controlados por
corporaciones, lo es aún más para la sociedad
que, generalmente, desconoce la composición
empresarial de los medios que consume. La
manipulación es un riesgo más que latente;
ocurre con frecuencia.22
Ante esto, la
sociedad no está inerme, como pareciera en
primera instancia. Tiene en sus propias manos la
posibilidad de señalar públicamente a los
medios que trabajan a sus espaldas, inspirados
por posturas similares a la del dueño de The
Wall Street Journal, o que hacen de su
participación mediática el principal activo de
sus intereses políticos y económicos, en los
que, ciertamente la sociedad no juega otro papel
que el de masa.
Lo que sigue es
básicamente tarea del ciudadano. Resulta
indispensable que éste abandone su papel de
espectador acrítico de pseudorrealidades que le
presentan los medios de comunicación
particularmente la televisión,
sucesos sin contenido ni explicación que son
aceptados porque son vistos, aunque no se
entiendan. Ante la sobreabundancia de
información que caracteriza nuestra época, las
redacciones transmiten hoy información sin
sentido, y el espectador ya no más
receptor de información contempla sucesos
cuyo único significado descansa en la imagen o
en la descripción. El ciudadano elude su
responsabilidad social de pensar y, por lo tanto,
de buscar información de calidad y de discernir
entre la calidad de las fuentes de información.
Hoy, Latinoamérica, los ciudadanos no pueden
renunciar irresponsablemente al deber cívico de
resistir, de pensar, de confrontar, de defender
los espacios de libertad conquistados a lo largo
de la historia y que, hoy en día, están en
peligro de fosilizarse en modelos globalizados de
información. Esto es más que una posibilidad
individual, es una opción cívica frente a la
difuminación del concepto de Estado, pues
todavía puede ser cierto que
las
instituciones constitucionales de la
democracia de masas estatal-social cuentan
con una opinión pública intacta, puesto que
ésta sigue siendo la única base reconocida
de la legitimación del dominio público.
(Habermas, 1997, p. 262.)
Por supuesto, no
toda la responsabilidad por la enajenación recae
en el ciudadano. Los medios, por su parte, pueden
elegir entre dos claras opciones: ser garantes e
impulsores del desarrollo democrático, o ser
meros agentes del control social global. En
efecto, la prensa juega un papel determinante, ya
sea para reproducir la estupidización de las
masas23 o para generar la
demanda de información de calidad en la que
prime el interés público, el contexto, la
relevancia del hecho, la pertinencia social, es
decir, la información veraz, el dato y el hecho
comprobables, objetivables. El periodismo nació
de un ser social preocupado de saber, de
comprender y de relacionarse. La información
periodística le daba herramientas para ejercer
ese papel social. Luego, el periodismo se
convirtió en industria y la información en
mercancía. Esto, junto con otros procesos
culturales que alimentan el aislamiento
individualista de nuestras sociedades,
prácticamente cancelaron el debate público y lo
sustituyeron por el entretenimiento, ilusión que
nutre la pereza cívica y anula el pensamiento
crítico en un receptor embrutecido, complaciente
ante una comunicación unidireccional e ignorante
de la existencia de información necesaria para
su participación activa y eficaz en sociedad.24
Asistimos a un
espectáculo deplorable: los individuos que
integran toda sociedad han sido reducidos a la
condición de masa por un modelo predominante de
libre mercado al que los medios se han ajustado
cómodamente. La globalización financiera,
comercial e informativa no considera al individuo
como ciudadano, sino como simple consumidor.
Por eso el papel
de la sociedad en el desarrollo de los medios no
es menor. Es notorio que en países como México
la prensa de la mayor parte del siglo XX se
mantuvo un paso atrás de la evolución de la
sociedad a la que supuestamente servía, y fue
ésta la que arrastró tras de sí a los medios,
forzándolos a la apertura.25 Toca ahora a la prensa
entender los cambios y transformarse rápidamente
para asumir el papel que le corresponde en el
largo proceso de consolidación democrática que
le espera a Latinoamérica, en general, y a
México, en particular. La posibilidad está
abierta, si es que es cierto que «la prensa
siempre toma la forma y matices de las
estructuras sociales y políticas en las cuales
funciona». (Siebert, Peterson y Schramm, 1956,
p. 1)
México,
verano de 2003
_____
Notas:
1 Al reflexionar sobre la
libertad de prensa en Estados Unidos, Tocqueville
(2001, p. 198) escribió: «Confieso que no
profeso a la libertad de prensa ese amor completo
e instantáneo que se otorga a las cosas
soberanamente buenas por su naturaleza. La quiero
por consideración a los males que impide, más
que a los bienes que realiza».
2 Cfr. Altschull, Herbert J. (1995, 2nd
edition). Agents of Power: The Media and
Public Policy. Allyn & Bacon.
3 Cfr. Mill, John Stuart (1996). Sobre
la libertad. Undécima reimpresión. Madrid.
Alianza Editorial.
4 Antes de la Declaración Universal de
los Derechos Humanos de 1948, el ámbito mundial
de la libertad de expresión estaba sujeta
fundamentalmente a la gracia de los gobernantes,
que otorgaban libertad de imprenta, pese a
existir como garantía en diversos textos
constitucionales, mientras que apenas algunos
derechos de terceros sólo eran protegidos en
códigos penales y civiles.
5 A finales del siglo XIX, una campaña
orquestada en los periódicos sensacionalistas de
William Randolph Hearst, encabezados por el New
York Journal, terminó en la invasión
militar de Cuba en 1898. Hearst había enviado a
un reportero y a un dibujante a La Habana; éste
último, Frederic Remington, telegrafió a su
jefe pidiéndole autorización para regresar,
pues no había nada que informar. "Todo en
calma. No habrá guerra", le explicó a
Hearst. La respuesta del empresario periodístico
es célebre: "Ruégole se quede. Proporcione
ilustraciones, yo proporcionaré la guerra".
6 Los críticos de medios aparecieron
temprano en Estados Unidos. El más destacado tal
vez sea George Seldes (1890-1995), quien realizó
uno de los cuestionamientos más consistentes
sobre la industria mediática de su país a lo
largo de casi todo el siglo XX.
7 Son ampliamente conocidos los discursos
de Joseph Pulitzer y Walter Lipmann, quienes,
junto con otros, contribuyeron a la
profesionalización del periodismo. Vid. Walter
Lipmann, «Some notes on the press», en
Rossiter, Clinton, y Lare, James (comps. 1963). The
essential Lipmann. Nueva York. Random House,
pp. 398 ss.
8 Los primeros mecanismos de
autorregulación nacionales en la forma de
consejos de prensa surgen a mediados del
siglo pasado bajo la presión gubernamental en
Inglaterra y Estados Unidos, en 1947, y en
Alemania, en 1952. Este punto se desarrollará
ampliamente en el segundo capítulo de esta obra.
9 Vid. Gerardo Albarrán de Alba,
«Guerra mediática», en Información y
sociedad, dossier de medios de Le Monde
Diplomatique, Año 5, No. 51, 20 de diciembre
de 2002, p. 1.
10 Michael Morgan, «The Media and The
Persian Gulf War», en Electronic Journal of
Communication, Volume 2, December 1991, No.
1. (Paréntesis nuestro.) Para una visión
ampliamente documentada sobre el papel de la
prensa estadunidense y europea como agente de
propaganda de sus gobiernos, debe consultarse
Mattelart, Armand (1996). La
comunicación-mundo. Historia de las ideas y las
estrategias. México. Siglo XXI.
11 Cfr. Commission on Freedom of the Press
(1947). A Free and Responsible Press.
Chicago. University of Chicago Press. Ese
organismo creado después de la II Guerra Mundial
es mejor conocido como Hutchins Commission.
Algunos autores sostienen que la teoría de la
responsabilidad social de la prensa no es un mero
ejercicio de abstracción académico, sino que la
pauta de su esencia fue marcada mucho antes por
algunos editores y dueños de medios
particularmente responsables. Cfr. Siebert, Fred
S., Peterson, Theodore, y Schramm, Wilbur (1956).
Four Theories of the Press. New York.
Books for Libraries Press.
12 Vid. Gerardo Albarrán de Alba,
«Diferencias en el periodismo de investigación
en Estados Unidos y Latinoamérica», en Sala
de Prensa No. 32, junio de 2001. También en Razón
y Palabra, No. 22, mayo-julio de 2001.
13 En realidad, sólo Costa Rica es
excepción plena. México vivió décadas de
control gubernamental bajo los regímenes del
Partido Revolucionario Institucional (pri) que
degeneró en servilismo de la prensa,
generalizado por lo menos hasta mediados de los
años 70. Colombia ha vivido casi un siglo de
guerra civil no declarada y violencia en ascenso
que ha costado la vida a decenas de periodistas.
14 Imposible olvidar la intervención de
la dictadura militar argentina, el 25 de mayo de
1977, al diario La Opinión, de Buenos
Aires, fundado y dirigido por Jacobo Timerman,
por citar sólo uno de los ejemplos más
conocidos.
15 Datos obtenidos de los reportes
emitidos por el Comité para la Protección de
los Periodistas (cpj), en Nueva York,
correspondientes al mismo periodo.
16 Ibid. El asesinato de otros
cuatro periodistas en Colombia y dos más en
México no se había vinculado aún a su
actividad profesional.
17 Cfr. «Informe del relator especial
para la libertad de expresión, 2002» Comisión
Interamericana de Derechos Humanos. oea. Cabe
resaltar los casos de Chile y Costa Rica; , el
primero derogó en 2000 la censura previa y el
artículo 6b de la Ley de Seguridad Interior del
Estado, que contemplaba la figura de desacato,
mientras que, el segundo, derogó el delito de
desacato en marzo de 2002 (ley 8224), mediante
una modificación del artículo 309 del Código
Penal.
18 Marylene Smeets, «Balance regional:
las Américas», en Ataques a la prensa, 2001.
Nueva York. cpj.
19 Un par de ejemplos: La Organización
Editorial Mexicana que se dice «la empresa
periodística más grande de habla hispana y uno
de los tres mayores grupos del mundo
controla 35 editoras, 60 diarios, una impresora
comercial, una agencia de información, dos
estaciones de radio y un canal de televisión, en
los cuales encontramos todos los vicios
mencionados. Su dueño, Mario Vázquez Raña,
casi llevó a la quiebra a la agencia de noticias
United Press International (upi), cuando
adquirió la mayoría accionaria en 1986 e
implantó su esquema empresarial y periodístico.
20 Cfr. Alger, Dean (1998). Megamedia:
How Giant Corporations Dominate Mass Media.
Distort Competition, and Endanger Democracy.
Maryland. Rowman & Littlefield Publishers,
Inc.
21 Véanse los grupos editoriales
encabezados por los diarios Reforma, Milenio,
La Jornada, El Sol de México y Novedades,
que han adquirido o se han asociado con
periódicos de casi todo el país, entre todos.
Este fenómeno se reproduce en varios estados del
país, como Sinaloa, con los diarios Noroeste
y El Debate, o Sonora, con El Imparcial,
que tiene un par de diarios más en el vecino
estado de Baja California, por citar los casos
más conocidos.
22 "En Guatemala por lo menos ocho
candidatos presidenciales fueron a Miami a
negociar con el publicidad en éstas últimas
campañas." González ha extendido sus
negocios con la adquisición de canales
televisivos en República Dominicana, Ecuador,
Brasil, Paraguay, Chile, El Salvador, Nicaragua y
Costa Rica, según Gonzalo Marroquín, director
editorial del diario Prensa Libre, su
principal competidor. Prisma Internacional,
en http://www.proceso.com.mx, 16 de junio de
2000.
23 Cfr. Sartori, Giovanni. Homo videns.
La sociedad teledirigida. Taurus. México.
1998.
24 Vid. Gerardo Albarrán de Alba,
«Saber para hacer», Conferencia Acceso a la
Información, Universidad Realística de Puebla,
3 de junio de 2002.
25 Ya desde 1968, el cuestionamiento
social a la prensa caló hondo en muchos
periodistas mexicanos que, menos de una década
después, comenzarían a fundar revistas y
diarios dirigidos más a la sociedad que al
poder. La radio y la televisión tardaron algunas
décadas más en abrirse, pero el proceso
electoral de 2000, que culminó con la pérdida
de la Presidencia de la República para el pri,
sacudió muchas de sus inercias serviles hacia el
poder.
* Gerardo
Albarán de Alba es
director de Sala
de Prensa y coordinador
de proyectos especiales de la revista mexicana Proceso. Esta es la ponencia de clausura de la IV Bienal Iberoamericana
de Comunicación (sociedad,
información y conocimiento) realizada en San
Salvador el 19 de septiembre de 2003.
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