Las bragas
de la información
Esteban
Valenti *
La reverenciamos, la
despreciamos, la denostamos, la consumimos,
la amamos y dependemos de ella, mucho más de
lo que imaginamos. Uno de los grandes muros
que cruza y divide el mundo en toda su
geografía, es sólido como el acero y ligero
como el éter, es la información. Vivimos en
la sociedad de la información. Aunque muchos
ni siquiera lo saben y solamente lo sufren.
La información
es una materia tan compleja, tan entrelazada con
nuestra vida -en sus grandes proyectos, en la
existencia de las naciones, o de las
corporaciones globales-, con nuestra
cotidianeidad y nuestros destinos, que el mayor
peligro es simplificarla y reducirla a una
caricatura de la realidad. Hay que tratarla con
respeto y con profundidad.
La información no es como la
diosa griega de la sabiduría Palas Atenea
-nacida de la cabeza de Zeus, ataviada con todos
sus atributos-, es una sutil y compleja
construcción humana, la forma inmaterial de
relacionarse que tienen las mujeres y los
hombres. Aunque en todas las cosas que
utilizamos, que nos arrojamos o que nos llenan la
vida, hay una enorme cantidad de información
acumulada. Ante el tamaño de este horizonte,
sólo nos referiremos hoy a la información
periodística, una pequeña parte. Pero de vital
importancia.
Canibalismo e información
Despojada de sus relucientes
ropajes, miremos más a fondo en sus intimidades.
Veremos que junto con la gran revolución
tecnológica, cuyo paradigma es sin duda
Internet, hay otros fenómenos asociados que no
pueden ni deben escapar al análisis.
En primer lugar, el canibalismo de
la cultura y de la comunicación por parte de la
información. "Todo es comunicación",
parece ser el lema de la nueva civilización. Lo
que antes eran tres esferas bien diferenciadas y
con características y rasgos propios, tienden a
confluir en la gran corriente de la información.
Lo que no es información, no existe.
Información a nivel global,
quiere decir velocidad, o mejor dicho
simultaneidad. Más rápido circula la
información y más valor tiene. Somos testigos
de los hechos en directo. Ese es el objetivo
supremo. El proceso de deglución se basa
esencialmente en un mecanismo económico,
comercial. La información se ha transformado en
la principal mercancía de nuestra época.
Tiene como tal un valor autónomo,
propio, y los profesionales que trabajan en sus
cadenas de montaje están cada día más
obligados a competir en un sólo terreno: su
valor comercial, sus tiempos frenéticos, la
simultaneidad. Las ropas interiores de esta
información global muestran los peligros de una
alineación creciente de consumidores y
productores.
La información como principal
mercancía se disocia día a día de valores
éticos, morales, cívicos, para privilegiar los
elementos de la competitividad, de la
simultaneidad, del "realismo", medidos
en términos de impacto en el espectador. La
información como parte del entretenimiento ha
creado su propia moneda, el raiting, es decir las
unidades de medida del número de consumidores.
La disputa por el raiting
electrónico, gráfico, o de cualquier tipo, es
hoy la disputa despiadada de los mercados de la
información.
El gran hermano
"En la actualidad, informar es
esencialmente hacer asistir a un acontecimiento,
es decir, mostrarlo, situarse a un nivel en el
que el objetivo consiste en decir que la mejor
manera de informarse equivale a informarse
directamente. Es ésta la relación que pone en
cuestión al propio periodismo." Afirma
Ignacio Ramonet.
Mientras
históricamente el periodista era un
intermediario entre los acontecimientos y el
usuario de la información, lo que comportaba un
aporte cultural, de sensibilidades, de valores
cívicos, morales y también políticos, ahora el
ideal es una relación directa, un "gran
hermano" permanente sobre el mundo, un
planeta en ropa interior o desnudo, que
supuestamente se muestra ante el orbe atento.
Sólo apariencia.
La
premisa de la participación en los
acontecimientos en simultáneo y en un mundo
transformado en una casa transparente y llena de
cámaras de televisión o fotográficas, o de
periodistas como meros relatores, es imposible.
La confluencia de dos elementos hacen
extremadamente peligrosa esta aparente y
engañosa transparencia de la información.
Sólo
los grandes, los más grandes, pueden ofrecer un
"gran hermano" global, y son ellos los
que eligen la colocación de las cámaras y el
ángulo de las mismas. Ellos, y no los
profesionales, son los que eligen el menú y sus
condimentos. Pero con el agravante que ahora nos
hacen a todos sus cómplices. Somos nosotros, en
nuestras casas, los espectadores que miramos a
través de una supuesta transparencia entre la
realidad y nuestro sofá, los actores pasivos de
esta información.
Pero
lo más grave es que mirar no es comprender,
asistir a un hecho no implica necesariamente
disponer de los antecedentes, la información del
entorno, de la historia, de la cultura que nos
permita entender. Y la información sin
comprensión es básicamente entretenimiento. Una
sucesión de acontecimientos sin relato, sin
historia, con muy poca cultura.
La verdad al desnudo
Una polémica tan antigua como el
periodismo se refiere a la verdad, a la búsqueda
de reflejar la verdad. Hoy asistimos a la
posibilidad y a la capacidad de fabricar
"una verdad", con la complicidad de los
medios y del público.
Ya no es necesaria la búsqueda de
la verdad, la disputa incluso intelectual,
política o ideológica sobre la verdad. Que fue
en definitiva - en el debate a nivel de las
grandes mayorías lectoras o de relativa cultura
-, uno de los principales factores del progreso
racional. Ahora si los grandes medios juntan sus
cámaras sobre un hecho, ésa es la verdad, la
única verdad.
Si deciden mostrarla en forma
descarnada y truculenta - como en África-, o sin
la imagen de una sola víctima - como en el
atentado de las Torres Gemelas - ésa es la
realidad. Aunque la muerte, siempre sea la misma.
Hoy, estamos sumergidos, casi ahogados, en
información. Es una de la formas de
desinformación. Nos quita el tiempo y la
capacidad de discernir, de evaluar y sobre todo,
de razonar. Razonar es la única forma de
aproximarnos a la verdad, de seguir buscando, de
construir un pensamiento crítico. Para no
confundir libertad con confusión.
No se trata de la voluntad
premeditada de mentir, en el ejercicio de la
supremacía de una cultura, de una forma de ver
el mundo, de ciertos valores económicos,
políticos o incluso militares, está la base de
"una sola verdad", la verdad de la
saturación.
Otra información es necesaria
Hace poco que la Argentina, la
región y el mundo, se conmovieron por las
imágenes de los niños que morían de hambre en
Tucumán. Es un episodio más de la tragedia.
Hace meses que mueren niños de hambre en todo el
país, incluso en Buenos Aires. El 70 por ciento
de los menores de 14 años son pobres y más del
40% son indigentes, pobres de toda pobreza.
Ahora, el foco de la información se colocó
sobre esa provincia y nos enteramos, nos
conmovemos, y algo se mueve. Es bueno, pero
insuficiente y superficial.
Detrás de esos niños está el
vaciamiento del país, la quiebra de un modelo,
la complicidad de unas clases dominantes donde el
10% más rico tiene un rédito 46 veces más alto
que el 10% más pobre. Detrás de esos cuerpos -
sólo piel y huesos -, de esos ojos fuera de toda
descripción, hay mucho más que debe saberse,
informarse, razonarse.
El problema no es de cantidad, ni
la foto instantánea, el problema es la calidad y
la confiabilidad de la información.
Luchar contra la brecha digital o
contra la más grande brecha de todos los
tiempos, la brecha del desarrollo y las
oportunidades, es luchar y construir "la
democratización de la información" Esa es
la otra información necesaria y posible. Que sea
posible, es todo un reto; que sea necesaria, es
una angustiante realidad.
Democratizar las fuentes y los
protagonistas de la información, democratizar
los canales y los estilos, las culturas de
referencia y sobre todo el aporte de los
profesionales, recuperados del simple papel de
engranajes en la cadena de montaje.
El reportaje a la realidad sigue
siendo parte de la gran literatura, no sólo
porque puede alcanzar niveles estéticos
conmovedores, sino porque es la visión de un ser
único y sensible frente al mundo, que mira con
los ojos de todos y nos representa en nuestra
diversidades.
No hay nada más colectivo, más
representativo de nuestras sociedades que las
miradas de los buenos profesionales de la
información, con sus angustias, sus perjuicios,
sus sensibilidades, sus opiniones y que nos
relatan la realidad para ofrecernos una visión
de seres humanos vistos por seres humanos, en
medio de las tensiones. Esos profesionales que -
como dice Tomás Eloy Martínez -conciben su
oficio nunca como un mero modo de ganarse la
vida, sino un recurso providencial para ganar la
vida.
Una buena foto de un volcán en
erupción, o de un bello paisaje, es una cosa.
Hasta nos alcanzaría con la simple imagen
testimonial. Una foto de Tucumán en ruinas debe
ser parte de un debate, polémico, apasionado,
lleno de tensión moral y cívica. Esa
"otra" información no es necesaria, es
imprescindible.
Bitácora ha sido en
estos 100 números sólo eso, una aventura
semanal para ofrecer a sus lectores una mirada
desde muchos ojos, muchas sensibilidades sobre un
país y un mundo en tormenta. Con una aceptación
y una participación, que nos ha asombrado a
nosotros mismos.
* Esteban
Valenti
es periodista uruguayo, coordinador de Bitácora, donde publicó
originalmente este artículo, en su edición No.
100, y fue remitido a SdP para su reproducción
por su propio equipo editorial.
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