La
información en tiempos de guerra
(Derecho a la Información y Derecho
a la Paz)
María
Verónica Figueroa y Victoriano Valdés Avila *
La
época de información abundante que vive la
humanidad al comenzar el siglo XXI, ha puesto a
los Medios de Comunicación Social (MCS) en el
centro de los ingenios tecnológicos que,
alcanzando grados importantes de poder entre los
públicos en que ejercen su influencia, moldean
sus formas de mirar el mundo, vivir la política,
formar la familia, amar al prójimo, pensar la
economía, organizar el Estado, construir la
sociedad u orar a Dios.
Diarios,
radioemisoras, televisión e internet, transmiten
incontables mensajes a los públicos del mundo en
todo momento.
Y cada mensaje
está destinado a conseguir su propio objetivo,
según sea el interés de su emisor: informar,
este; persuadir, aquel; formar, el de más allá.
Hoy, los MCS cumplen una gran parte de la
función informativa, formadora y articuladora de
la comunidad que en épocas pretéritas cumplían
instancias como el sistema educacional, o las
religiones, la familia, o la pequeña comunidad
de pertenencia. Pueden conducir a sus públicos
por la senda del bien o del mal; sea que lo hacen
por la orientación de los mensajes, sea por el
grado de concertación de múltiples medios para
un mismo objetivo, sea por el grado de
persuasión o credibilidad que logren entre sus
receptores.
Con su trabajo,
los MCS pueden hacer el bien o pueden hacer el
mal. Pueden elaborar mensajes ideológicamente
destinados a justificar el odio y fomentar la
muerte, o pueden elaborarlos a partir de
principios que propongan una cultura de la vida y
fomenten el amor y la solidaridad; pueden ser
difusores abiertos o encubiertos de la violencia,
del racismo o la discriminación, o pueden ser
Medios de Información que elaboren todos sus
mensajes pensando en la paz, en la integración y
en la cooperación entre las personas.
Cumplir el bien
común de informar, supone, entre otras
obligaciones formativas del informador, reconocer
su condición de intermediario entre los hechos
constitutivos de noticia y el sujeto universal
del derecho a la información: el hombre.
Informar
correctamente (sólo el bien es difundible),
supone fidelidad y correspondencia entre
pensamiento y acción; entre principios éticos y
elaboración de los mensajes; entre el derecho y
el deber del informador; entre el objeto del
derecho (la información) y el sujeto del derecho
(el hombre).
A raíz del
conflicto bélico que enfrentó a una coalición
de países liderada por los Estados Unidos de
Norteamérica e Inglaterra, con Irak, hemos
reflexionado sobre la forma en que se cumplió la
función informativa en esta guerra, conocida
ampliamente por la comunidad internacional a
través de los Medios de Comunicación Social.
I.
INTRODUCCIÓN
Todos nos
comunicamos, dice José María Desantes, es más,
necesitamos comunicarnos. Pero no comunicarnos de
cualquier manera. Es necesario que el proceso
comunicacional se realice con apego a normas
éticas que lo legitimen, y estas no pueden ser
sino aquellas que surgen del respeto al hombre
mismo; al mismo sujeto universal del derecho a la
información.
"Dada esa
necesidad existencial, la comunicación es un
derecho natural, espontáneo, derivado del
derecho a la vida de la persona humana. Los
clásicos como Aristóteles, ni siquiera se
preocuparon de fundamentar la comunicación como
realidad y como derecho, precisamente por su
espontaneidad. Pero, dada la complicación
técnica de los medios de comunicación, lo que
se comunica ha de ponerse en cierta forma, ha de
in-formarse".1
Del latín informare,
informar significa poner en forma. Informar era
considerado la forma espontánea de divulgar
algo. Poner en forma es el paso superior en que
un informador profesionalizado selecciona,
elabora y divulga un hecho de acuerdo a técnicas
y principios que tienen al ser humano como objeto
y sujeto de su acción. "En otras palabras,
toda la realidad comunicable ha de ser puesta en
forma de mensajes para que puedan ser
transmitidos por los medios de comunicación
social. Con ello la necesidad existencial de
comunicarse ha generado el derecho a la
información".2
II.
DERECHO A LA INFORMACIÓN
Aun cuando el
Derecho a la Información es uno de los derechos
fundamentales del hombre sin el cual su propia
existencia se dificulta y, en casos extremos, se
hace imposible, no es sino hasta cuando éste
tiene conciencia de su valor, que lo eleva a la
categoría de derecho positivo con capacidad de
regular la actividad social de la información.
Durante la mayor
parte del desarrollo de la historia humana, la
información cumplió una función articuladora
de la comunidad sirviendo a personas y grupos de
poder, ya sea el Estado, la empresa informativa,
o los profesionales de la información.
No fue sino
hasta el 10 de diciembre de 1948, cuando la
Asamblea General de la Organización de las
Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, que "la
información es un derecho humano positivo,
reconocido, del mismo rango que el derecho a la
vida, a la libertad y a la honra".3
Desde aquel
momento, el derecho universal reconoció que
todos pueden investigar, difundir y recibir
ideas, hechos u opiniones sin limitación de
fronteras y a través de cualquier medio de
comunicación. Desde entonces, la información es
un bien que pertenece a todos.
El artículo de
la Declaración que se refiere al derecho a la
información, es el Artículo 19 que en su
apartado 2 dice así: "Todo individuo
tiene derecho a la libertad de opinión y de
expresión; este derecho incluye el de no ser
molestado a causa de sus opiniones, el de
investigar y recibir informaciones y opiniones, y
el de difundirlas, sin limitación de fronteras,
por cualquier medio de expresión".
La propia
creación de la Organización de las Naciones
Unidas (ONU), luego de un conflicto bélico que
enfrentó a una importante fracción de los
países del mundo y sus consecuencias políticas,
económicas, científicas y sociales, como fue la
Segunda Guerra Mundial (1939-1945), fue un avance
en la coordinación de la política
internacional, y el comienzo de la consolidación
del derecho internacional.
La Declaración
Universal de los Derechos Humanos, con sus
principios y normas, fue otro avance sustantivo
en esta coordinación. Luego de una guerra larga
y destructiva, en que la conciencia de todos los
hombres debió haber sentido sus efectos, los
responsables de la conducción de los Estados, y
los pueblos que les daban sustento político,
revalorizaron al hombre y su relación con el
poder público y privado. "Tiene el hombre
la capacidad insondable de profundizar sobre sí
mismo, de descubrir lo que es suyo
originariamente porque le ha sido dado por
creación, de percibir las exigencias que
comportan su ser y su operar. Los derechos
naturales no constituyen, pues, un catálogo
cerrado, sino abierto; y su número es un numerus
apertus, que se proyecta en la Historia y
desde la Historia proyecta también su luz.
"No sin
razón, el mundo que acababa de sobrevivir al
holocausto de la II guerra mundial, percibió con
claridad el papel decisivo que la información
tiene en la construcción de las sociedades
humanas. Aquella guerra tremenda (...) había
sido una gigantesca manipulación de las
conciencias. El hombre se había hecho un lobo
carnicero para el hombre, en buena medida por
ausencia de información. Las comunidades se
desintegraban por falta de comunicación. Se
llegaba así a través del profundo dolor
colectivo de una guerra- a entender que la
dimensión social del hombre, lo que el hombre
tiene de sociedad, sólo se alcanza a través de
la información de las cosas públicas. La
información de las cuestiones que afectan a la
comunidad hace posible la existencia de la propia
comunidad. Afirmar, pues, que la información es
el objeto de un derecho humano, era una
conclusión obligada. (...) quería decir
también que la información era un elemento
imprescindible para la paz".4
Por esto no es
extraño que uno de los derechos reconocidos por
los países integrantes de la ONU, en la
Declaración de los Derechos Humanos, fuera el de
información.
"Todo
individuo tiene derecho a la libertad de opinión
y de expresión...", así comienza el
Artículo 19. Es que lo que hoy aparece como algo
normal e incuestionable para quienes viven en los
Estados de Derecho modernos, no era algo
comúnmente aceptado o difundido entre demasiadas
naciones del mundo. No todos los hombres tenían
libertad para opinar o expresar sus opiniones;
quien poseía el poder político, militar y
económico, poseía también el derecho a
conceder a su arbitrio todos los derechos de los
ciudadanos.
El Artículo 19
consagra por primera vez la libertad de opinión
y de expresión determinando además que "este
derecho incluye el de no ser molestado a causa de
sus opiniones, el de investigar y recibir
informaciones y opiniones, y el de difundirlas,
sin limitación de fronteras, por cualquier medio
de expresión".
Por primera vez,
entonces, el derecho a la libertad de opinión y
de expresión consagró las tres facultades que
determinan el derecho a la información:
investigar, recibir y difundir informaciones y
opiniones.
"Como todas
las revoluciones afirma Carlos Soria-, la
proclamación del derecho humano a la
información clausura toda una época histórica,
cierra conceptualmente un período de ciento
cincuenta años que se había iniciado a partir
del artículo 11 de la Declaración
revolucionaria francesa de 1789. Lo que, en
realidad, hace crisis es el entendimiento de la
información como una libertad. Lo que, en
realidad, se intenta superar es la idea de
libertad de expresión.
"La
libertad de expresión era una libertad concedida
por el Poder y, en consecuencia, limitable por el
Poder, o incluso anulable por él. El derecho a
la información es un derecho natural no
concedido ni limitable extrínsecamente.
"La
libertad de expresión era, en resumidas cuentas,
la libertad de un grupo reducido de personas:
periodistas y empresarios de la información. El
derecho a la información tiene, por el
contrario, un sujeto universal, que corresponde a
todos los hombres, a cada hombre,
a-todos-los-cada-hombres.
"La
libertad de expresión era ejercitada como una
manifestación individual de libertad. El derecho
a la información es un crédito social, una
expectativa garantizada que engendra en
periodistas y empresarios- un deber profesional
de satisfacer el derecho a la información del
público".5
1. El
sujeto universal del derecho a la
información
Lo que hoy se
difunde como un derecho natural y es reconocido
en forma amplia y cada vez más extendida en el
mundo, es un derecho nuevo que el hombre debe
ejercitar aprendiendo de sus consecuencias, y
perfeccionando sus procedimientos. Desde la
aparición de la primera tecnología de la
información que hizo posible el nacimiento de la
imprenta y la edición de los primeros medios de
comunicación, la información fue considerada un
bien preciado por quienes controlaban el poder
político y económico.
La propiedad del
derecho a la información correspondió, pues,
inicialmente, al Estado. El desarrollo de la
empresa informativa junto a su tácita alianza
con el poder del Estado permitió que la
propiedad del derecho a la información fuera
compartida entre el Estado y la empresa
informativa radicándose, paulatinamente, en esta
última.
El desarrollo
tecnológico y la exigencia de conocimiento
especializado de la información, incorporó un
tercer actor disputando la propiedad del derecho
a la información: los profesionales de la
información.
No fue sino
hasta 1948, cuando aparece una identificación
diferente del sujeto titular del derecho a la
información, radicado en el hombre, en todo el
hombre y todos los hombres. "Sin embargo,
puede decirse que el 10 de diciembre de 1948 se
produjo una revolución informativa. El Artículo
19 de la Declaración Universal de Derechos
Humanos de 1948 proclamaba por primera vez en la
Historia que el hombre todo hombre- tenía
derecho a la información".6
El Artículo 19
es taxativo cuando se refiere al sujeto: "todo
individuo", y cuando, además, finaliza
su segundo párrafo diciendo: "sin
limitación de fronteras, por cualquier medio de
expresión". La universalidad del
derecho, en cuanto al sujeto se refiere, es tan
amplia como la de la Declaración.
La Declaración
Universal determina que la información es un
derecho humano fundamental y obliga a los Estados
miembros de las Naciones Unidas a incorporar en
su ordenamiento jurídico interno este principio.
El derecho consagrado en el Artículo 19 es, en
razón de su sujeto, universal. Con independencia
de cualquier clasificación o consideración, el
hombre es el titular del derecho a la
información.
El derecho a la
información es universal en razón del sujeto,
de los medios materiales y tecnológicos a
través de los cuales se ejecuta su función, y
por el ámbito geográfico ilimitado en que se
desarrolla.7
"Estamos en
la etapa universalista de la información
dice Carlos Soria-. Antes, la información
ha conocido otras tres etapas diferentes: la
etapa en que la información era entendida como
una marca más de la soberanía estatal; la etapa
empresarista de la información y la etapa
profesionalista de la información. Cada una de
estas etapas ha dado una respuesta específica a
la pregunta más inquietante que plantea la
información. ¿A quién pertenece la
información? Y estas han sido las respuestas
implícitas en las cuatro etapas de la
información: la información, primero, fue del
poder; luego, de la empresa informativa; más
tarde, de los periodistas; y ahora mismo, del
público. La idea de que la información es el
objeto de un derecho humano y la libertad el
único modo de ejercitar con sentido ese derecho,
llevan a esta conclusión revolucionaria: la
información pertenece al público. Se
culmina así un proceso histórico-informativo
que primero situó el centro de gravedad en la
idea de soberanía, es decir, en el Poder; más
tarde, en ´la idea de tener y, por tanto,
en la empresa informativa; después, en la idea
de ser y, en consecuencia, en el
profesional de la información; y, finalmente, en
la idea de deber ser, de servir a la
satisfacción de un derecho".8
2. El
objeto del derecho a la información
Marcando una
clara diferencia con la universalidad del sujeto,
el objeto del derecho a la información no es
universal. Así como el derecho a la información
es el derecho a investigar, recibir y difundir
mensajes, el objeto del derecho, es el mensaje
propiamente tal.
"La
universalidad, que hemos destacado como uno de
los caracteres fundamentales del derecho a la
información, y que es predicable de sujetos y de
medios, no lo es de los mensajes. A ellos hay que
aplicar el principio de generalidad del que ya
hemos visto algunas manifestaciones: los casos en
que sobre la difundibilidad prima el derecho del
autor del mensaje; los supuestos en que, por
razón del objeto precisamente, el derecho a la
información ha de armonizarse con otros derechos
humanos. Este importante principio de generalidad
implica, como uno de sus contrarios, el de
especialidad".9
Porque no todos
los hechos comunicables pueden o deben ser
comunicados. Aun cuando los medios de
comunicación estén habilitados para recibir y
transmitir una información, ésta debe ser
incorporada; lo técnicamente informable no
siempre es ética o jurídicamente informable.
Está en la
naturaleza de la información hacer públicas las
cosas, pero, las cosas privadas no siempre deben
ser tratadas públicamente a menos que tengan
importancia pública y los hechos protagonizados
en el ámbito público pero en calidad de persona
privada sin afectar o tener conexión con lo
público, si así es requerido deben quedar en el
ámbito de lo privado.
Excepciones a la
difundibilidad que admite el derecho a la
información que, sin embargo, por tratarse de
excepciones hay que entenderlas siempre
restrictivamente y motivadas por tres razones
principales:10
- Porque el
objeto de la información sea sustraído
de la circulación por su autor, por su
creador intelectual. En este caso, el
derecho sobre la información prevalece
sobre el derecho a la información.
- Porque hay
otros derechos humanos que prevalecen
sobre el derecho a la información. Unos
prevalecen por estar más próximos al
núcleo de la personalidad, como el
derecho a la vida, el derecho al honor y
el derecho a la intimidad. Otros derechos
prevalecen sobre la información por ser
más general el interés social que esos
derechos protegen, como es el caso del
derecho a la paz.
- Finalmente
existen excepciones a la difundibilidad
de los mensajes informativos cuando estos
mensajes carecen de sus elementos
constitutivos esenciales, como es la
verdad en la comunicación de hechos, el
bien en la comunicación ideológica, o
el criterio en la comunicación de
juicios u opiniones.
3.
Conclusiones
Como todos sus
derechos, el de información ha sido conquistado
luego de un aprendizaje y maduración individual
y social del hombre que, con rapidez en las
últimas décadas, ha desarrollado medios de
comunicación y accedido a conocimientos que le
permiten comprenderse mejor, y entender al otro y
los otros en forma más integral.
"La
libertad informativa es el modo libre de
ejercitar el derecho a la información. (...) La
libertad así no tiene el sentido voluntarista o
caprichoso de difundir lo que se quiera y como se
quiera, sino lo que conforme a la naturaleza de
los mensajes, a la coordinación con los demás
derechos humanos y al mandato del público en
cuyo nombre el informador y la empresa
informan".11
El Artículo 19
de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos ha permitido que la comunidad científica
haya elaborado una doctrina iusinformativa que,
como dice Carlos Soria, ha sabido deducir de la
idea del derecho a la información las siguientes
conclusiones:
- "La
información es un acto de justicia.
Al investigar, difundir y recibir
información, se está dando aquello a lo
que todos tienen derecho. Y en dar a cada
uno lo suyo consiste cabalmente la
justicia. De la empresa y los periodistas
que informan bien, se puede decir que son
justos, que practican la justicia. De las
empresas y los periodistas que informan
mal se puede decir que son injustos, que
no practican sino que conculcan la
justicia.
- La
información es una función pública.
Nadie puede informar si no cumple una
función informativa; nadie puede
ejercitar el derecho humano a la
información si no es para realizar la
justicia informativa; nadie puede invocar
el deber oficial o profesional de
informar si no es para dar perfecto
cumplimiento al derecho de los demás.12 La información
es en sí una función pública, con
independencia de que sus agentes sean
públicos o privados.
- La
información no es tanto un poder como un
derecho y un deber. La metáfora de
la prensa como cuarto poder merece la
pena abandonarse por las profundas
incorrecciones que introduce en el
entendimiento de la información. En la
medida en que la información es vista
como un poder, pierde la posibilidad de
ejercer el control social de los tres
poderes clásicos del Estado. La función
informativa, por otra parte, es
precisamente lo contrario a un poder: un
derecho el derecho a la
información- y un deber: el deber
profesional de informar.
- La
finalidad de la información es formar al
hombre en su dimensión social para hacer
la comunidad. La teleología de los
diferentes mensajes informativos el
de la comunicación de hechos, ideas y
opiniones- es conocer la realidad para
tomar decisiones prudenciales; inducir al
hombre a obrar la virtud y extenderla; y
facilitar al hombre cómo pensar,
formulando sus propias opiniones. La
finalidad de todas estas finalidades, es
decir, la finalidad de la información,
podría formularse así: formar al hombre
en su dimensión social para hacer la
comunidad. Comunicación y comunidad son
realidades interdependientes.
- No hay
comunicaciones de masas. Desde el
horizonte del derecho a la información
no tiene sentido hablar de masas. El
público será siempre la repetición de
núcleos personales, libres y
responsables que son titulares de un
derecho humano. Esta radicación
personalista de la Ética y el Derecho de
la Información constituye, al mismo
tiempo, el antídoto frente a todos los
societarismos e individualismos salvajes.
- La
información no es patrimonio exclusivo y
excluyente de los periodistas ni de las
empresas informativas. La titularidad
universal del derecho a la información
aclara que la información no es materia
que atañe exclusivamente a periodistas o
empresarios, sino a todo hombre.
Periodistas y empresarios de la
información no tienen más derecho a la
información que el resto de las
personas. "La propiedad de un medio
de comunicación social no conlleva el
derecho de propiedad de la información.
(...) El titular del poder de la
Información es el pueblo".13
- Los
informadores y las empresas informativas
actúan en virtud de un mandato general,
social y tácito del público. La
comunicación social, dadas sus
características, requiere procesos y
fases de más o menos complejidad, que
escapan generalmente a las posibilidades
reales del público. Lo normal será,
pues, que el público carezca de tiempo,
de la organización, los medios
materiales y la capacidad adecuada para
ejercitar dos de las tres facultades que
integran el derecho a la información: la
facultad de investigar y la facultad de
difundir información. La plenitud, por
tanto, del derecho a la información del
público sólo se alcanza por mediación
de las organizaciones informativas y de
los profesionales de la información.
Hay, pues, una delegación del ejercicio
de esas dos facultades y, de esta forma,
los informadores profesionales y las
empresas informativas obran en nombre del
público en virtud de un modo de mandato
social, general y tácito.
- El
informador profesional no trabaja para la
empresa sino para la información. La
empresa informativa es una organización
especificada por el derecho a la
información. Tiene la delegación
social, general y tácita del público.
Soporta el deber profesional de informar.
Hace posible y facilita la participación
de los ciudadanos en los asuntos
públicos y constituye, en definitiva, a
la comunidad. Por todas estas razones, el
informador no trabaja para la
empresa, sino para la
Información, aunque lo haga eso
sí- en la empresa, con la empresa y
desde la empresa.
- Finalmente,
el derecho a la información no puede ser
limitado extrínsecamente como se venía
haciendo con la libertad de expresión.
Un estudio de la legislación comparada
"lleva a la conclusión de que,
junto a la palabra libertad
aparece siempre la palabra
límite. Algunos de estos mal
llamados límites pueden
estar justificados como excepciones;
otros son arbitrarios (...) y dejan la
libertad concedida en manos del Poder
político que, si se entiende que la
concedió, la puede limitar e, incluso,
anular".14 Por el
contrario, el derecho humano a la
información es ilimitable por la ley
positiva; es ilimitable externamente al
derecho, lo que en modo alguno quiere
decir que pueda ser ejercitado sin
medida. El derecho a la información
tiene una medida determinada por tres
factores: su finalidad, su estructura y
su objeto propio. Lo que conviene a un
derecho humano no es, pues, su
limitación extrínseca sino su
coordinación con el resto de los
derechos humanos".15
III.
DERECHO A LA PAZ
Y una de las
situaciones en que el derecho a la información
"debe coordinarse con otros derechos
humanos" es cuando se ha roto la paz y está
en peligro la vida. El derecho a la vida y el
derecho a la paz son derechos prioritarios sobre
la información. Por lo tanto, la información
como derecho y como deber, en tiempos de guerra,
debe necesariamente subordinarse a estos dos
derechos humanos fundamentales que tienen
supremacía sobre cualquier otro derecho. Porque,
como afirma Desantes, "el derecho a la vida
es el primordial derecho humano sin el que no
cabe atribuir otros derechos".16
"La paz es
un derecho absoluto, frente a la información. Lo
que no significa que la información esté
limitada por la paz, sino que el derecho a la
información ha de ejercitarse libremente en
armonía con el derecho a la paz".17
Esto no quiere
decir que debe asumirse la "tesis del
silencio" pues en un sistema abierto, de
información libre y competitiva, el silencio
resulta inviable. No es posible poner puertas al
campo. El silencio puede resultar
contraproducente al desarrollar rumores y
alimentar un clima de incertidumbre que en nada
beneficia a la comunidad. La desinformación, el
bulo y el rumor preparan mejor la dictadura del
miedo.
Cuando están en
peligro vidas humanas, lo que corresponde a los
medios de comunicación y a los informadores es
actuar con extrema cautela y con las exigencias
éticas propias de un estado de excepción.
La violencia, el
terrorismo, las guerras, por su carácter
antihumano, golpean a todo espíritu sensible y
obligan a plantearse con seriedad cuestiones
límites y fundamentales, también en el campo
informativo.
Lo que con
frecuencia ocurre es que, ante las primeras
noticias de un atentado terrorista o el estallido
de una guerra, muchos periodistas
acostumbrados a comportarse como simples
"espejos de la realidad"- se convierten
en correas de transmisión de las partes en
conflicto. Predispuestos a considerar como
noticia todo aquello que acontece y es
susceptible de ser informado, los medios de
comunicación son fácilmente vulnerables ante la
proliferación de pesudoacontecimientos, o
noticias prefabricadas. Toda esta vulnerabilidad
de los informadores se acentúa porque los
acontecimientos aceleran la toma de decisiones y
fácilmente se hace realidad la vieja práctica
de "escribir primero y pensar
después".
El periodista
cae con frecuencia, además, en una peligrosa
dependencia informativa, que significa un uso
mimético de la misma terminología bélica. Esta
actitud mimética explica que los medios no sean
capaces de distanciarse de los acontecimientos y
se limiten a repetir datos y circunstancias que
nadie ha verificado.
La gravedad del
problema de la información sobre la guerra no
puede justificar la inhibición ética. Ha de
haber, por el contrario, una interiorizada
actitud ética que lleve a los informadores a
desarrollar verdaderamente un periodismo para la
paz. Se necesita entender que la violencia
en cualquiera de sus manifestaciones- no
puede ser nunca (a pesar de las apariencias) un
camino de solución para los problemas personales
y sociales de los hombres. Una información para
la paz lleva a desterrar la patética idea de que
la única esperanza para solucionar los problemas
humanos estriba en promover la lucha, los
enfrentamientos, el odio y los resentimientos.
Una información para la paz se asienta en una
antropología esencialmente optimista que no
olvida ni traiciona la radical dignidad del
hombre.
Y cuando la paz
es atacada, el informador debe hacer verdad
aquella frase del Patrono de los periodistas, San
Francisco de Sales: "Nada rompe con tanta
facilidad el poder de los cañones como la
lana". Y es que en la guerra, colocaban
colchones de lana delante de las ventanas para
protegerse de la metralla. La "lana"
del informador opone al espíritu de discordia la
voluntad de concordia. Cuando se desencadena la
violencia, opone la información clara, justa y
recta.18
Carlos Soria en
su libro "Prensa, paz, violencia y
terrorismo"19 formula tres
recomendaciones tendientes a realizar un
periodismo orientado a la paz:
- Rechazar
el neutralismo informativo. El
periodista está obligado a rastrear los
indicios de verdad y no puede refugiarse
en la cómoda postura del simple difusor
de versiones interesadas, parciales o
contradictorias. El periodismo de calidad
exige capacidad de discernimiento,
requiere juicios de valor y pide
conclusiones precisas que clarifiquen los
problemas.
- Es
necesario entender mejor la naturaleza
misma de la guerra para hablar de ella de
otra manera. La guerra quebranta
abiertamente el primordial imperativo
ético del "no matarás". La
posibilidad de establecer algunos
criterios sobre el tratamiento
informativo de la guerra, parte de una
idea sencilla: el fin no justifica los
medios. Pueden y deben entenderse las
causas del conflicto bélico, pero no
debe haber el menor espacio para
justificarlo.
- La
guerra requiere un periodismo de
precisión. El carácter espectacular
de los acontecimientos disloca muchas
veces la capacidad de análisis de los
periodistas y la furia de la guerra
produce cortocircuitos informativos que
se traducen en una versión de los hechos
donde prima lo llamativo sobre lo
importante.
La actitud a
favor de la paz debería traducirse, entre otras
cosas, en una nueva sensibilidad informativa, que
tenga como propósito avanzar hacia formas de
vida más humanas, donde la paz sea la
consecuencia de una lucha por la justicia
también por la justicia informativa.
La función
pacificadora de los medios de información es
algo más que registrar las huellas de los
acontecimientos. Requiere además filtrar esas
huellas, someterlas a una prueba de contraste. El
por qué y el para qué son cuestiones tan
fácticas como los propios hechos. La función
informativa no se limita, pues, a relatar sólo
los hechos que se dan. Entre otros motivos,
porque lo que se da o está ahí es también la
verdad o la falsedad, el bien o el mal moral, un
espíritu de libertad y comprensión, o una
servidumbre mental y física, fundada en la
violencia. La función pacificadora de los medios
informativos requiere así que todas las
informaciones estén vivificadas por un espíritu
de paz. Un espíritu de paz no mecánico, ni
técnico, ni burocrático, sino humano, capaz de
hacer florecer una y mil veces la justicia, la
libertad, la tranquilidad de ánimo y la dignidad
de cada persona.
IV.
LA INFORMACIÓN EN LA GUERRA DE IRAK
La guerra de
Irak es la primera que se transmite
prácticamente sin interrupciones por televisión
y que es informada ampliamente desde el lugar de
los hechos, en el momento mismo en que estos
ocurrían, por modernos sistemas
comunicacionales, como Internet, a través de
diarios electrónicos que alimentaban a la prensa
tradicional. Las audiencias del mundo tuvieron la
oportunidad de tomar contacto con el conflicto en
forma similar a como diariamente se entretienen
con un reality show o la programación de moda.
Los actores y los escenarios eran reales, y los
conflictos entre los beligerantes mostraban su
carga de dolor, destrucción y odios sin
limitaciones ni fantasías. Los informadores
tuvieron a su alcance una amplia gama de hechos
noticiosos que se sucedían con gran velocidad en
lugares diversos. Aprovecharon la impactante
realidad que cubrían para emocionar hasta el
extremo a sus audiencias particulares, buscando
transmitirles su visión y su valoración de la
guerra.
La tecnología
de las comunicaciones, permitió que la
instantaneidad de la noticia estuviera siempre
acompañada de las más impactantes imágenes.
Los habitantes del mundo pudimos ver en directo,
desde el desierto iraquí hasta las más antiguas
manifestaciones culturales de la Mesopotamia. Las
vimos en rojo y verde porque el color del
desierto es indescriptible y además nunca es
igual. Y en esos colores, irreales en la
estática del videófono, nítidos en la línea
vía satélite, pudimos constatar las nuevas
posibilidades y peligros del periodismo.
Incrustados
e independientes
Cerca de 900
periodistas ingleses, norteamericanos y
españoles, principalmente, cubrieron el
conflicto bélico desde las filas de los
ejércitos de la coalición anglo-estadounidense
(para identificarlos se utilizó la palabra embedded,
que literalmente significa incrustado) e
informaron desde el interior de las divisiones,
unidades o brigadas desplegadas en el campo de
operaciones, como si fueran parte de ellas, sin
ser soldados.
Muchos de estos
periodistas (las informaciones hablan de algunos
cientos) recibieron por primera vez en la
historia de los conflictos bélicos una
preparación especial por parte del Departamento
de Defensa de los Estados Unidos, para que
pudieran cumplir su función profesional junto a
las tropas, directamente desde el campo de
batalla, sin que su seguridad personal corriera
riesgos (o al menos este fuera mínimo) y sin que
el cumplimiento de su labor informativa pusiera
en riesgo la seguridad de las operaciones
militares.
Con el objeto de
cumplir este objetivo, el Departamento de Defensa
organizó una serie de campamentos de
entrenamiento denominados "Media Boot
Camps", en los que ofreció una formación
básica a periodistas, fotógrafos y
camarógrafos. Los medios de comunicación
participantes en este programa, si bien mostraron
satisfacción por la iniciativa del Pentágono,
no ocultaron su escepticismo por la modalidad que
les era ofrecida. Muchos se preguntaron si
realmente los periodistas no correrían el
peligro de ser usados como parte de una campaña
informativa, o si, en los momentos críticos del
conflicto, no serían censurados por los
militares impidiéndoseles ejercer su labor.
El Presidente
norteamericano George W. Bush les aseguró que no
habría censura de ninguna naturaleza, excepto
aquellas que tuvieran relación con la seguridad
de las operaciones militares. El programa de
entrenamiento, aseguraron en el Pentágono,
tenía como objetivo que el público conociera la
verdad por lo que "nos comprometemos a dar
el mayor acceso posible, siempre y cuando se
pueda acoplar el personal, y los criterios
tácticos de seguridad de la misión lo
permitan."
En la realidad,
las intenciones y los resultados no siempre
coinciden. Un columnista de BBC Mundo, Miguel
Molina, escribía el 27 de marzo de 2003, acerca
de los periodistas incrustados, "hemos visto
cómo se han ido convirtiendo en parte del
ejército cuyas actividades tienen que cubrir.
Los hemos visto vestidos de uniforme y casco, los
hemos escuchado hablar de nuestras
fuerzas y en sus crónicas cuentan que
el enemigo nos atacó. (...) Me
preocupa esa relación simbiótica que puede
echar a perder el sentido del equilibrio
informativo". (BBCMundo.com, 27/03/03).
Así también es
tan fácil convertirse en voceros de propaganda o
en ecos involuntarios del rumor, que a fin de
cuentas son armas efectivas, como equivocarse
ante un exceso de versiones sobre la misma
realidad que se trata de cubrir.
"La verdad
sostiene Miguel Molina- es un animal que
escapa al menor descuido. Los periodistas tienen
que cuidar tres frentes: el ego, el conflicto que
ven y el conflicto que les cuentan". (BBCMundo.com,
27/03/03).
En la cobertura
de la guerra de Irak hubo, afortunadamente, otro
grupo de periodistas al que no le importaba que
la guerra se hubiera convertido en un
espectáculo televisivo y se preocuparon,
incrustados o no, por conseguir información. Se
preocuparon de dudar, de hacer preguntas y luego
volver a preguntar, resultando muchas veces
incómodos para los militares y para sus colegas
que no se atrevían a dudar ni a preguntar.
Otros, de plano
estuvieron cubriendo la guerra en forma
independiente, es decir bajo su propio riesgo,
que fue muy elevado. Para este grupo de
profesionales las dificultades siempre son
mayores. No en vano una guerra es un momento en
el que los derechos civiles son conculcados o
severamente restringidos, para dar paso a estados
de excepción en que la suma del poder radica en
el mando militar. Las pasiones humanas como el
odio, la violencia extrema, la crueldad y el
desprecio por la vida, sumado a la falta de
libertades, impide que un profesional
independiente pueda cumplir su trabajo sin un
alto riesgo de ser identificado por los bandos en
conflicto como eventual parte de sus enemigos.
Por ejemplo, un grupo de periodistas portugueses
e israelíes a quienes tuvieron detenidos las
fuerzas norteamericanas en Irak por 48 horas, les
fue investigada la posible colaboración con las
fuerzas de Bagdad en calidad de espías: ellos
sólo querían informar sobre la verdad de los
hechos. Otros, como Terry Lloyd y Paul Moran,
murieron tratando de encontrarle sentido a una
guerra que, como todas las guerras, no tenía
sentido.
Control
de la información
Por otro lado,
la guerra de Irak mostró la importancia que las
partes beligerantes le asignan a la información
como uno más de sus instrumentos bélicos.
La comunidad
internacional pudo ver nítidamente como, desde
el gobierno norteamericano e inglés y sus mandos
militares en el campo de operaciones, y desde el
gobierno iraquí, a través de su Ministerio de
Información, utilizaron en su favor todas las
posibilidades comunicacionales que el sistema
informativo mundial había instalado en Irak para
cubrir el acontecimiento.
El sistema
comunicacional iraquí, a través del Ministro de
Información, Mohamed said al-Sahhaf, mantuvo
hasta el día de la derrota una versión de los
hechos que no se correspondía con la realidad.
Tanto así que aun contra la evidencia presentada
por los propios medios y conocida por la opinión
pública, negaba hasta unas horas antes de la
toma de Bagdad que las fuerzas norteamericanas se
hubieran siquiera acercado a la periferia de la
capital iraquí.
Para probar
tales afirmaciones, informaba que las fuerzas
iraquíes estaban derrotando y haciendo
retroceder a las fuerzas norteamericanas, con un
lenguaje categórico. "Los estamos
degollando", decía o, "freirán sus
estómagos en la caldera que les presenta el
pueblo iraquí". Tan persuadido de su mirada
a la realidad se mostraba el Ministro al-Sahhaf,
que minutos antes de su última aparición
pública intentaba animar a la resistencia
iraquí diciéndoles que "corten sus
gargantas (a los norteamericanos) y partan sus
corazones en dos".
Los medios de
comunicación iraquíes, particularmente su
televisión, cumplieron una tarea
propagandística en la que los hechos sólo
fueron mostrados según el interés y objetivos
bélicos del régimen de Sadam Hussein: la
transmisión permanente de programas
patrióticos, el ensalzamiento del nacionalismo y
la heroicidad del pueblo iraquí y la
utilización pública del Presidente Hussein en
los momentos que creyeron oportunos para sus
intereses, dan testimonio de esto.
En otro orden,
la versión de las cadenas árabes sobre los
acontecimientos -Al-jazeera, Al-arabiya y otras-
durante todo el conflicto informaron de la
"resistencia heroica de las fuerzas
iraquíes" y de las dificultades encontradas
por las fuerzas de la coalición para lograr sus
objetivos militares.
Según estas
cadenas, la guerra de Irak debería durar tanto o
más que la guerra de Vietnam y significar una
derrota de las fuerzas norteamericanas y
británicas. Esta orientación informativa, que
estaba lejos de la realidad, fue utilizada hasta
el momento de la caída de Bagdad y produjo una
gran frustración en los países árabes porque
comprobaron que habían sido objetos de una
información manipulada.
Por último, un
caso aparte es el de aquellos medios de
comunicación que decidieron mantener a sus
periodistas y reporteros en Bagdad, Basora, Mosul
u otras ciudades de Irak durante el desarrollo de
la guerra, y el tipo de información que a estos
les fue posible transmitir.
Diferentes
analistas llegan a conclusiones disímiles sobre
esta cuestión. Sin embargo, hay algunos hechos
objetivos necesarios de considerar: en primer
lugar, la naturaleza jurídica de un estado de
guerra con su correspondiente pérdida y o
control de la libertad. En segundo lugar, el
hecho que los periodistas que se quedaron (Hotel
Palestina, Hotel Hilton) lo hicieron con clara
conciencia que cubrirían la guerra desde la
parte beligerante más débil. Y en tercer lugar,
que esta parte (Irak) estaba gobernada por una
dictadura extremista, cruel y totalitaria.
La consecuencia
natural de lo anterior, fue que los informadores
tuvieron que atenerse a un código de conducta
para la prensa internacional dictado por el
gobierno iraquí con el pretendido propósito de
garantizar la seguridad de los periodistas.
"A partir de ahora, los periodistas no
podrán salir a la ciudad sin la compañía de
funcionarios reconocidos por las autoridades y lo
deberán hacer en automóviles cuya matrícula,
marca y conductor deben comunicar con
anterioridad", estableció el código. Las
medidas comunicadas directamente por el
Secretario General del Ministerio de Información
iraquí, Uday al Tay, restringieron, incluso, el
tomar taxis en las calles y las excursiones fuera
de la capital. Sólo en la capital iraquí,
Bagdad, habían alrededor de 350 periodistas
acreditados procedentes de unos setenta países.
(Emol.com, 31/03/03)
Ante esta
situación de control administrativo-militar que
restringía severamente la libertad informativa,
los periodistas enfrentaron el riesgo de
transformarse en caja de resonancia del régimen
iraquí cumpliendo en tal caso los objetivos de
este. Sin embargo, tenían dos alternativas:
informar sólo aquello que les diera una mínima
posibilidad de pluralismo, o negarse a informar
dedicando su esfuerzo a registrar los hechos para
la posteridad.
Frente a esta
realidad, algunos periodistas cayeron en el juego
del gobierno iraquí, acompañando a las fuerzas
de seguridad a cada lugar donde estos querían
llevarlos para informar, desde su interés, los
daños físicos y humanos producidos por las
fuerzas de la coalición: edificios destruidos,
niños mutilados, mujeres sufrientes, ancianos
heridos. Elementos clásicos de todo conflicto en
el que una de las partes busca desprestigiar la
intervención de su enemigo, alimentar el
sentimiento nacionalista, el odio por el bando
contrario y el deseo de combatirlo hasta la más
extrema de las consecuencias.
En la guerra de
Irak, un objetivo político en el control de la
información por parte del gobierno local, fue
despertar una reacción social mundial contraria
a la acción militar de la coalición
anglo-estadounidense, y, consecuencialmente,
favorable a sus planes de perpetuación o control
totalitario del poder interno e influencia
internacional.
Talca, abril
de 2003.
_____
Notas:
1 Desantes Guanter, J. M., Información
y Derecho, Pontificia Universidad Católica
de Chile, Escuela de Periodismo, Colección
Actualidad e Información, Santiago, Chile,
1990., p. 51.
2 Ob. cit., p. 51.
3 Peltzer, Gonzalo, en Presentación del
libro de Desantes Guanter, J. M., La
Información como Deber, Editorial Ábaco de
Rodolfo Depalma, Buenos Aires, Argentina, 1994,
p. 13
4 Soria, Carlos, La Hora de la Ética
Informativa. Editorial Mitre, Barcelona,
1991, p. 10
5 Ob. cit., p. 11
6 Ob. cit., p. 9
7 Cfr. Soria, C., La Hora de la Ética
Informativa, Editorial Mitre, Barcelona,
1991, p. 12.
8 Soria, C., ob. cit., pp.13-14, y
Desantes, J.M., El público y la información,
Ponencia en la XXIV Semana Social de España,
Segovia, 1986.
9 Desantes, J. M., Información y
Derecho, Pontificia Universidad Católica de
Chile, Escuela de Periodismo, Colección
"Actualidad e Información", Santiago,
1990, p. 39.
10 Cfr. Soria, C., en ob.cit., p. 13.
11 Desantes, J.M., El público y la
información. Ponencia en la XXIV Semana
Social de España, Segovia, 1986, citado por
Soria, C., en La Hora de la Ética Informativa,
Editorial Mitre, Barcelona, 1991, p. 11
12 Desantes, J.M., La función de
informar, pp.153-158, citado por Soria, C.,
en ob. cit., p. 14
13 Nieto, A., Cartas a un empresario de
la Información. Pamplona, 1987, pp. 108 y
110, citado por Soria, C., en ob. cit., p. 15.
14 Desantes, J.M., Ponencia citada, en
Soria, C., ob. cit.
15 Toda la numeración está en la obra de
Soria, C., La Hora de la Ética Informativa,
Editorial Mitre, Barcelona, 1991, pp. 14-16.
16 Desantes, J. M. La información ante
el panorama de la paz. En Prensa, paz,
violencia y terrorismo, La crisis de credibilidad
de los informadores. Editorial Eunsa,
España, 1990. pág. 141.
17 Desantes, J. M. Ob. cit. pág. 143.
18 Cfr. Desantes, J.M. Op.cit. pag. 144.
19 Soria, C. Editor. Prensa,
paz, violencia y terrorismo. La crisis de
credibilidad de los informadores. Editorial
Eunsa. España, 1990. págs. 65, 66.
* María Verónica Figueroa es periodista, doctora en Ciencias de
la Información por la Universidad Complutense de
Madrid y académica del Instituto de Estudios
Generales de la Universidad Católica del Maule,
en Chile. * Victoriano
Valdés Avila es
doctor en Ciencias de la Información por la
Universidad Complutense de Madrid y académico de
RR.II. Instituto de EE.GG. de la Universidad
Católica del Maule, en Chile. Esta es su primera
colaboracion para Sala de Prensa.
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