La resistencia
mediática
Paco
Gómez Nadal *
La
globalización no es más que la uniformidad de
modelos para ampliar mercados. Es decir, si una
mayoría de ciudadanos del mundo comparten los
principales códigos culturales o de
comportamiento, las multinacionales amplían
inmediatamente sus mercados porque el mismo
producto gusta a más usuarios. Si, además, se
eliminan las barreras comerciales, el beneficio
se amplía. Y si, además, podemos producir
productos con mano de obra barata de países en
vías de desarrollo sin riesgos para la seguridad
de mi empresa, pues sigo multiplicando el margen
de ganancia.
Soy consciente
de la simplificación excesiva que he hecho de un
fenómeno mucho más complejo, con muchas más
aristas. Pero juguemos a la sencillez, ya que un
filósofo amigo dice que no hay . Si necesito una
megasociedad lo más uniforme posible, debo
fabricar esa uniformidad. El experto en fabricar
falsas sensaciones globales fue un periodista
estadounidense llamado Walter Lippmann, teórico
de los políticos liberales de ese país, que se
inventó una carreta que se aplica a la
perfección en nuestros días: "La
fabricación de consensos". Decía Lippmann
que la clave de la democracia moderna es fabricar
los consensos. Es decir, manipular la opinión
pública hasta que responda a las necesidades de
la sociedad. Claro que estas necesidades las
decide una élite preparada.
La teoría de la
fabricación de consensos la podemos aplicar hoy
a lo político, pero, con pequeñas
modificaciones, es perfectamente válida en el
mundo de la publicidad, en la mal llamada
comunicación institucional o, más
evidentemente, en los medios de comunicación.
Con la globalización, esta sencilla técnica de
manipulación, de formación de mentes sumisas
(como diría Vicente Romano), se lleva al
extremo. Necesitamos pues que un colombiano
piense similar a un estadounidense, un español o
un ruso. ¿En qué? En todos los aspectos de la
vida. Los dueños de la
globalización, porque también existen,
necesitan que nos guste la misma ropa, que veamos
los mismos programas de televisión, que comamos
los mismos productos y que votemos a los mismos
líderes, o al menos a los líderes amigos de los
dueños de la globalización.
Lo simplifico
aún más. Para que la película Harry Poter sea
la de máxima recaudación histórica en el mundo
necesitamos que el colombiano, el estadounidense,
el español o el ruso tengan las mismas ganas de
pagar una entrada por ver esa película. Para que
la multinacional de ropa Chevignon pueda vender
en Bucaramanga su ropa necesitamos que los
jóvenes bumangueses y los franceses vistan
igual. Las minorías, desde esta lógica de un
mercado global, son cada vez más marginales,
importan nada. Los indígenas en un mundo de
blancos y mestizos, o los campesinos, en un mundo
de citadinos, no interesan. Y la gran mayoría
del planeta: los pobres, se convierte en minoría
porque no tiene con qué comprar. Así, los
pobres y las minorías marginadas sólo interesan
a los dueños de la globalización en
cuanto que se pueden convertir en una amenaza.
Mientras, para
lograr la uniformidad de gustos y
comportamientos, los medios de comunicación
masivos son el arma más efectiva. Los programas
de radio, televisión o las páginas de prensa le
tiene que dedicar tiempo a Harry Poter, o a
Protagonistas de Novela (que no es un producto
colombiano, sino la adaptación de un programa
extranjero por el que la empresa de Colombia paga
costosísimos derechos). Si no lo hacen, no
tienen pauta publicitaria y, sin pauta, no hay
negocio.
En lo político
y lo cultural, la estrategia de fabricación de
consensos empuja a América Latina a una
posmodernidad que no es suya, la lleva a un nuevo
coito interruptus
Ya le amargaron el
orgasmo de las civilizaciones precolombinas, de
ese se encargaron en su momento mis antepasados y
ahora se ocupan ustedes; no le permitieron
gozarse la independencia porque dependió
demasiado de una oligarquía burocrática criada
a la sombra de las corruptas administraciones
coloniales; castraron rápidamente cualquier
intento de experimentar otros sistemas
políticos; y, ahora, cuando el Estado apenas
comenzaba a mirarse al espejo de las
realizaciones convencieron a América Latina para
que lo desmontara
En fin
nos han
llevado, irremediablemente, a una especie de
impotencia que nos niega a nosotros mismos.
Aunque, siguiendo el planteamiento de William
Ospina en Los centros de la esfera, quizá
todas esas contradicciones sean el alimento para
la solución.
Dice así:
"¿Qué hacer con un mundo (América Latina)
adonde llegaron a la vez el renacimiento y el
esclavismo, con un mundo al que llegó primero la
Contrarreforma y sólo siglos después la
Reforma? La historia, que en Europa parecía
haber seguido un rumbo y haber evolucionado de
acuerdo a una lógica, en América Latina
pareció enloquecer, fusionó todo con todo,
mezcló los rituales de África con las
ceremonias católicas en la santería cubana;
mezcló el saber ornamental de los aztecas y los
mayas con el barroco estimulado por el Concilio
de Trento; mezcló la imagen alada de la Virgen
del Apocalipsis con la evocación matriarcal de
la Pachamama incaica; mezcló en el bolero la
ternura cortesana con la sensualidad africana; y
dio origen a una humanidad a la vez escéptica y
vigorosa. "¿Me contradigo? preguntaba
Walt Whitman, para responder enseguida- Muy bien,
contengo muchedumbres".
Medios
y resistencia
¿Qué papel
juegan los medios de comunicación masivos en
este lavado de identidades y en este juego de
falsos consensos? ¿Qué alternativas hay al
monopolio de los medios masivos?
En las empresas
de comunicación de masas se ha vivido un proceso
dramático en los últimos 15 años. Primero,
porque se ha concentrado la propiedad. Más del
80% de los medios de comunicación de masas de
éxito del mundo pertenecen a no más de 20
empresas multinacionales que son propietarias
directas o tienen participación.
Eso significa
que el control de los mensajes y de las
informaciones que recibe el público es total. La
variedad y la confrontación de ideas y textos es
casi nula y los medios se alimentan de lo que se
llaman fábricas de contenidos: unas pocas y
complejas industrias de las que sale la mayoría
de mensajes, imágenes y opiniones que leemos,
escuchamos o vemos en televisión.
Y les hago una
pregunta en este punto: ¿por qué, si son
industrias, la televisión es prácticamente
gratuita, la radio llega a nuestros oídos por el
precio de una batería, y los periódicos cuestan
menos plata que una libra de arroz? La
información es casi gratis porque lo que nos
están comprando es el biotiempo. El dueño de
una cadena de televisión logra pauta
publicitaria porque puede demostrar que sus
programas mantienen mucho tiempo frente al
aparato de televisión a un gran número de
personas. Por tanto, los mensajes políticos,
culturales, económicos o simplemente
publicitarios son más efectivos. Es decir:
fabricamos mucho consenso con menos esfuerzo ya
que llegamos a más seres humanos. En esta época
de globalización, el biotiempo es un poderoso
billete, una moneda que vale más que el dinero
corriente. Y la entrega de nuestro biotiempo a
los medios masivos que controlan unos pocos, es
una renuncia explícita a nuestro papel ciudadano
democrático.
La democracia
real ve a los ciudadanos como actores, como
protagonistas de la vida social. La democracia de
la globalización ve a los ciudadanos como
espectadores, como objetos que sólo salen del
letargo para comprar o, en el mejor de los casos,
para decidir cada cuatro años quien es el nuevo
dueño de su propia globalización,
de su Gobierno.
Un comunicólogo
español muy crítico con lo que está
ocurriendo, Vicente Romano, cuenta como un joven
francés del siglo XVI, Etienne de la Boetie, se
preguntaba en el Discours de la servitude
volantaire (1548): "Cómo es
posible que tantas personas, aldeas, ciudades y
naciones se sometan de vez en cuando a un solo
tirano, que no tiene más poder que el que se le
dé, que no puede causar más males que los que
ellos le permitan". El tirano de la
globalización es aquel que controla nuestro
biotiempo y, por tanto, nuestras ideas. Y el
tirano utiliza los medios de comunicación para,
una vez capturado nuestro biotiempo, controlar
nuestras ideas.
Dice el poeta
Rimel Serrano que "sólo tiene alma quien
decide tenerla". Tener alma, ser ciudadano
responsable y activo, es un acto de
autodeterminación complejo, que supone asumir el
dolor como parte de la vida, y creer en terrenos
síquicos más allá de los físicos. El alma del
receptor, en nuestro caso, debe estar conformada
por sensaciones, pero también por razones. La
cultura del entretenimiento de los medios masivos
explota el reinado de la sensación y minimiza la
importancia de la razón. Pero el alma del
receptor debe estar armada de razones para poder
comprender el complejo mundo circundante. Pero...
¿quiere el receptor comprender el mundo
circundante? ¿No está primando el discurso
individualista y sensiblero de que lo único que
importa es el entorno más cercano y los
sentimientos personales? Karl Mannheim,
discípulo de Weber, señalaba que "un
hombre para el que no existe nada más allá de
su situación inmediata no es plenamente
humano" (ensayo La democratización de la
cultura).
El aislamiento,
defiendo, es fruto de la fragmentación de la
información, y, por lo tanto, del fin del
comportamiento social. La comunicación, el
periodismo, nació de un ser social preocupado de
saber, de comprender. El predominio del mercado
sobre la construcción social fragmenta y
transforma todo acto comunitario en una
transacción. Christopher Lash asegura en su
libro La rebelión de las élites:
"Más pronto o más tarde el mercado tiende
a absorber. Ejerce una presión casi irresistible
sobre todas las actividades para que se
justifiquen en los únicos términos que
reconoce: convertirse en una propuesta de
negocios, producir beneficios, cumplir los
mínimos aceptables. Convierte las noticias en
diversión, el saber en carrera profesional, el
trabajo social en gestión científica de la
pobreza". En este contexto pensar
críticamente es improductivo. Comprender el
funcionamiento de las cosas es una amenaza contra
el mercado. La especialización de los saberes
evita el juicio público ya que... cómo se a
atreve un no especialista a cuestionar el mensaje
de un científico.
Por eso es tan
necesario encontrar nuevos caminos de resistencia
a este control casi unilateral y mercantilista de
la información. Los movimientos de resistencia a
la globalización se han centrado en dos tipos de
medios muy dispares. Unos medios, también
globales, que tratan de contrarrestar la
avalancha con acciones de gran magnitud.
Normalmente utilizan Internet para fomentar
flujos de información y de pensamiento masivos,
que interconectan a personas de diversas
culturas, pero con un mismo objetivo: la
resistencia.
El segundo tipo
es muy diferente, ya que se trata de medios
comunitarios, pequeños, que se encargan de una
comunidad especifica, conocida y restringida.
Normalmente, las conclusiones o las informaciones
maduras que surgen de estos medios locales o
comunitarios pasan a formar parte después de
esos medios que utilizan Internet como canal.
Se trata, en
definitiva, de buscar las identidades locales,
cercanas, para después enriquecerlas y
potenciarlas con otras identidades ajenas. Sería
algo así como la globalización bien entendida.
Un medio, sin el otro no funciona. Es decir. Si
desde los movimientos sociales sólo nos
insertamos en los medios alternativos globales,
básicamente los que utilizan Internet como
canal, nuestros mensajes no tendrán identidad y
lo único que facilitarán es otra invasión de
ideas y de mecanismos de pensamiento. Si sólo
utilizamos los canales alternativos locales,
fomentaremos una visión del mundo ombliguista y
reducida que, habitualmente, lleva a expresiones
xenófobas, nacionalistas (en el mal sentido de
la palabra) y sin salida.
Sin embargo, si
primero construimos unos mensajes sólidos,
anclados en la identidad propia, de barrio, de
vereda, de ciudad, de organización, y después
los confrontamos con apertura a los de otros
semejantes a través de las grandes redes de
comunicación alternativa, entonces nuestra
identidad se enriquece, las redes se multiplican
y la acción de nuestros movimientos sociales se
refina.
No se puede
renunciar a ninguna de las dos. Decir adiós a
los medios de comunicación propios y locales es
negar la identidad y cerrar las puertas al
conocimiento del entorno cercano. Negar las
ventajas de esa otra globalización de los
movimientos alternativos a través de Internet es
desconectarse de una lucha global contra lo
global mal entendido y, por tanto, perder fuerza.
Pero mostrada
así esta opción de resistencia mediática, que
combina lo local con lo global, no puedo dejar de
señalar el riesgo de crear o fomentar medios
resistentes que confundan la información con la
propaganda. Hay un riesgo real de propaganditis,
de tratar de contrarrestar la avalancha de
publicidad y mensajes del poder con
contrapublicidad y contramensajes resistentes,
tan contaminados y tan poco veraces como los
primeros.
Estoy seguro de
que apostar a la resistencia es apostar a la
veracidad, a la profesionalidad en la
elaboración de mensajes informativos que
confíen en unos receptores maduros, adultos
intelectualmente. Si no es así, los medios
resistentes sólo llegarán a un pequeño
círculo marginal de confesos, de convencidos a
los que sólo estamos reafirmando sus prejuicios.
Los teóricos de
la empresa informativa de masas aseguran que el
medio de comunicación masivo triunfante es aquel
que no contradice los prejuicios de sus
receptores. La labor de resistencia debe ser
justo la contraria. Desmontar prejuicios a punta
de veracidad, de profesionalidad en la
elaboración de los mensajes. Circula un cuento
en Bucaramanga según el cual, para ser
periodista sólo hacen falta dos acciones:
conseguir la concesión de un espacio radial o
televisivo e ir a Sanandresito a comprar
grabadora o cámara. Lo triste es que el cuento
es cierto. Y eso pasa en las producciones
comerciales y, a menudo, también en las
alternativas.
Desde la
resistencia hay que ser más serios, más
profesionales, más veraces que los medios
masivos. La teoría del ejemplo se aplica a la
perfección. Si alguien me grita mi manera de
combatirlo es con la palabras dulce. Si los
medios masivos me engañan mi manera de luchar
contra ellos es mostrando las diferentes verdades
que atañen a la misma circunstancia. La verdad
necesaria, la perecedera, es asunto de trabajo
para filósofos. A nosotros nos quedan reservadas
las verdades coyunturales, que nunca son una,
sino múltiples. No se trata, pues, de tener la
razón, sino de mostrar las razones. De ayudar a
la opinión pública más cercana y a la distante
a formarse un criterio a cuestionarse y a
cuestionar. En conclusión, la única resistencia
mediática posible, desde mi óptica y
experiencia, es aquella que ejemplifica desde la
madurez, que construye desde las verdades, que
propone desde la honestidad. Aquella que basa su
valor político en su veracidad, en su
credibilidad.
* Paco
Gómez Nadal
es un periodista español que trabajó
como redactor de Internacional El País de Madrid hasta el año 2000, cuando se
instala en Colombia. En 1996 trabajó con El Colombiano de Medellín, y un año después
dirigió el periódico La Tribuna y fue subdirector de Barricada en Nicaragua. En la actualidad es
director de Comunicaciones de la Universidad Autónoma de
Bucaramanga, mientras sigue
colaborando con El País y otros medios
escritos. Es colaborador de Sala de Prensa.
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