Retrato del
periodista boliviano
Raúl
Peñaranda Undurraga *
¿Cómo
es el periodista boliviano? Responder a esta
pregunta es de suyo complicado, debido a entre
otros factores a que, como cualquier grupo social
o gremial, tiene en sí mismo fuertes rasgos de
heterogeneidad. Hay hombres y mujeres, hay
personas de La Paz y del interior, hay quienes
tienen estudios universitarios y otros que son
sólo bachilleres.
Pero si
tuviéramos que forzarnos a responder a la
pregunta de cómo es un periodista o una
periodista boliviano tipo, tendríamos que decir
que es una persona por lo general trabajando
entre diez y doce horas diarias, con índices de
insatisfacción personal, con una mentalidad
progresista, con fuertes prejuicios y rechazos
hacia los poderes económicos y políticos,
obligado muchas veces a autocensurar su trabajo o
bien siendo censurado por sus jefes, con alta
inestabilidad laboral y muy pesimista sobre su
futuro laboral.
El libro de mi
autoría Retrato del periodista boliviano
buscaba conocer ese perfil, para lo cual se
encuestó a 205 periodistas en ejercicio de La
Paz, Cochabamba y Santa Cruz (es decir un 40 por
ciento del total). La encuesta era anónima,
tenía 74 preguntas y se realizó por lo general
en sus propios lugares de trabajo. Colaboraron
con capítulos específicos en el libro los
periodistas y comunicadores bolivianos César
Rojas, Rafael Archondo, Ricardo Zelaya, Fernando
Molina, Gabriela Ugarte, Franco Grandi, Claudio
Rossell, Carlos Murillo y Marlene Choque, y los
extranjeros Darío Klein (uruguayo), José Luis
Dader (español) y Thomas Gebhardt (alemán).
Como se detalla
a lo largo de los capítulos del libro, debe
decirse que en primer lugar los periodistas en
Bolivia son mayormente jóvenes y mayormente
hombres.
La encuesta
revela que uno de cada tres periodistas
bolivianos tiene 30 años o menos de edad y más
de dos tercios tiene menos de 35 años. Este dato
tiene probablemente una serie de implicaciones,
que trataremos de redondear más adelante.
¿Tiene ese rasgo de edad relación con los bajos
salarios del periodismo? Comparados con otras
profesiones, los periodistas ganan menos. ¿Es la
juventud una de esas razones? Está
abundantemente documentado que a menor edad del
trabajador, menor es también la remuneración.
Si vemos que un 16,6 por ciento de los
periodistas tiene menos de 25 años se explican
los bajos salarios. Un 46,4 por ciento de los
periodistas gana 2.000 bolivianos (305 dólares)
o menos, lo que quiere decir que tiene ingresos
similares a los segmentos de no profesionales.
Solamente el 29,3 por ciento del total de los
periodistas gana 3.000 bolivianos (460 dólares)
o más. Uno de cada diez periodistas gana más de
5.000 bolivianos (770 dólares) mientras los
periodistas de radio y las mujeres son los que
menos ganan.
Como hemos
dicho, dos tercios o más de los hombres y
mujeres de prensa tienen 35 años o menos, es
decir poco más de una década de experiencia.
Pero pese a ello están ya casi listos para
abandonar el oficio y dedicarse a otras
actividades, como las relaciones públicas de
entidades estatales o los trabajos de
consultoría y asesoría en ONGs y entidades
privadas. En general, a partir de los 35 años de
edad, los periodistas empiezan a buscar otro tipo
de empleo, aunque ligado a la comunicación. Por
eso, el 95,2 por ciento de los periodistas tiene
menos de 45 años de edad.
Por lo tanto, a
partir de los 35 años, los periodistas que
trabajan en medios deciden dejar la grabadora o
el micrófono. Ello quiere decir que no hay
periodistas con experiencia, con conocimiento de
temas, con especialización. En otros países los
periodistas prácticamente empiezan su
verdadera carrera a partir de los 40, es decir
cuando ya tienen una década y media de
experiencia y están preparados para desarrollar
todas sus aptitudes y sus conocimientos. En
Bolivia, en cambio, a esa edad es cuando los
periodistas han abandonado casi por completo la
profesión de hombres de prensa.
La juventud, es,
entonces, un primer rasgo ineludible de la
profesión de periodista. Que puede tener
relación con otras variables. Una de ellas, lo
hemos visto, podría ser los bajos salarios. Y
relacionado al tema de los bajos salarios
podríamos encontrar faltas a la ética, en el
sentido de que hay periodista que aceptan pagos
irregulares de las fuentes a las que deben cubrir
informativamente.
La encuesta ha
revelado que casi la mitad de los periodistas ha
escrito o trabajado alguna vez sobre temas que no
comprendía a cabalidad. Y un periodista que no
entiende lo que escribe o divulga es un
periodista que probablemente no hace bien su
trabajo. De cada dos periodistas que trabajan en
medios hay uno que está en ciertas ocasiones
forzado por la propia dinámica del trabajo a
difundir asuntos que no domina. El dato es
suficientemente elocuente como para entender su
magnitud respecto de la profundidad y la
responsabilidad del trabajo periodístico. El
resultado obvio de no entender algo sobre lo que
se debe comentar o informar es la comisión de
errores. Según la investigación, el 69,4 por
ciento de los periodistas ha cometido errores
alguna vez en su trabajo de informador.
Pero el asunto
no se queda allí. Una cosa es cometer un error y
otra muy distinta es admitir la culpa. Un 31,7
por ciento de los hombres y mujeres de prensa que
respondieron a la encuesta dijeron que el medio
de comunicación en el que trabajan prefirieron
no admitir el error aun estando consciente de
haberlo cometido. ¿Soberbia y altanería
respecto de las fuentes informativas y de los
públicos? ¿Dinámica del trabajo en la que
urgencia del cierre impide una serena evaluación
del error cometido? ¿Escasa conciencia de la
necesidad de excusarse por una equivocación?
Volumen
de trabajo
La encuesta nos
da más luces para conformar esta tipología del
hombre y la mujer de la información: la juventud
puede explicar parte de los errores cometidos en
el trabajo diario, pero no explica todas las
razones. La otra es, sin duda, el volumen de
trabajo de los hombres y mujeres de prensa: El
68,6 por ciento de los reporteros (tanto de radio
como de TV y prensa) redacta cada día más de
cinco notas y el 16,9 por ciento redacta más de
nueve. Los editores de periódicos tienen
también un trabajo muy recargado: el 64,3 por
ciento edita todos los días entre cinco y ocho
noticias. El 35,7 edita más de nueve y el 14,3
trabaja sobre 13 notas o más cada día.
Una cantidad de
trabajo así requiere de muchas horas frente a la
pantalla del computador, en la isla de edición o
en el estudio de grabación. Esta investigación
demuestra que solamente un tercio de los
periodistas trabaja una jornada normal de ocho
horas o menos. La jornada típica de un
periodista puede tener incluso 12 horas de
trabajo continuo (un 68,3 por ciento del total
dijo que trabaja entre ocho y 12 horas diarias).
Uno de cada 20 respondió que trabaja más de 13
horas, de por sí una jornada extenuante.
Una buena
cantidad de redactores (sobre todo de prensa,
como se ha visto) ha empezado a trabajar a las
9:30 en la primera conferencia de prensa y son
las 10 de la noche y sigue en su periódico
elaborando la última nota. Solamente ha tenido
una hora y media de descanso para almorzar por lo
que tiene 12 horas y media de actividad sobre las
espaldas. ¿Cómo no cometer errores? ¿Cómo no
hacer caso omiso de las precisiones, de los
detalles, de los aspectos de contexto? El
redactor solo piensa a esas alturas, con toda
justicia, en irse a descansar.
Pero sigamos con
el extenuante ritmo de trabajo. El 80 por ciento
de los periodistas tiene también turnos de
trabajo los fines de semana, por lo general dos
veces al mes. Es decir que trabaja un sábado y
domingo por medio. Casi uno de cada cinco tiene
una situación aún más precaria: trabaja todos
los fines de semana.
Pero ese es un
trabajo no remunerado ni reconocido. De los
periodistas que dijeron trabajar más de ocho
horas diarias, el 74,1 por ciento dijo no
recibir pago por horas extras.
El exceso de
trabajo, entonces, es una razón más estructural
para explicar la elaboración de notas
periodísticas que contienen equivocaciones. Pero
hay más para profundizar aquí: la falta de
cursos de formación (que explica también el ya
mencionado tema de que el hombre y mujer de
prensa escribe o comenta sobre temas que no
conoce bien) y la falta de especialización en el
interior de los medios.
Veremos más
adelante que el periodista maneja varios temas de
manera paralela. En general, se puede decir que
la profesión lo convierte en un
"todólogo". Un redactor puede
perfectamente hacer, en un día, notas sobre
contaminación de ríos y privatización del
sistema de agua potable y otras sobre niveles de
inversión pública y grados de competitividad de
la economía. Todo eso en un solo día.
Su faceta de
"todólogo", por sí misma, anula la de
"especialista". Pero el redactor tipo
que ha surgido de nuestra investigación sí
desearía mejorar su formación. El 96 por ciento
dijo que aceptaría tener cursos de
especialización o posgrado si alguna
institución los financiara y si tuvieran
facilidades horarias. En los medios en los que
trabajan, en todo caso, no encontrarán una
respuesta a esa necesidad: El 68,1 por ciento de
los medios de comunicación nunca ha
organizado cursos o talleres de especialización.
La
formación
Adentrémonos
más en la formación de quienes trabajan en los
medios de comunicación: un 2,4 por ciento de los
periodistas no tiene estudios universitarios (es
decir que ingresó a trabajar con el título de
bachiller) y un 23,9 por ciento estudió
comunicación parcialmente. Un 42,9 por ciento de
los encuestados egresó de la carrera pero
todavía no ha hecho su tesis; sí la ha
presentado el 24,9 por ciento de los trabajadores
de la prensa. El 5,9 por ciento de todos los
hombres y mujeres que trabajan en los medios como
periodistas han estudiado una carrera diferente a
comunicación social y un 1,4 tiene estudios de
posgrado. De todas formas, y seguramente de una
manera que no ocurría hace una o dos décadas,
una gran mayoría de los periodistas ha estudiado
(aunque sea parcialmente) alguna de las carreras
de comunicación que se ofrecen en el país. Ese
porcentaje llega al 91,7 por ciento y sube al
97,6 por ciento si se suman los que han estudiado
otras carreras antes de iniciarse en el mundo
laboral.
Si el redactor
tipo que estamos tratando de dibujar en este
trabajo ha ido a la universidad aunque
probablemente no haya presentado su tesis o no
haya terminado la carrera sus padres
probablemente no lo han hecho. Solo uno de tres
padres de periodistas tiene algún estudio
universitario o normalista, frente al mencionado
97,6 por ciento de sus hijos.
La situación es
más contrastante aún si se considera que un
tercio de los progenitores de los hombres de
prensa no terminó el colegio (entre las madres
de los periodistas, este porcentaje es del 36,1
por ciento). Quienes sí obtuvieron el
bachillerato pero no siguieron estudios
superiores representan el 23,5 por ciento del
total. Un último apunte en este tema: un 4,3 por
ciento de las madres de los periodistas y un 1,1
por ciento de los padres, nunca ingresaron
siquiera a la primaria.
Se sabe por la
sociología y la economía que el nivel de
formación tiene relación directa (aunque no
exclusiva) con el tipo de trabajo que se realiza.
La situación es clara en el caso que estamos
estudiando: el 28,3 por ciento de los padres de
los periodistas desarrolla o desarrolló su
trabajo como obrero.
Movilidad
social
Llegamos en este
punto a uno de los aspectos nodales de la
investigación: el trabajo ha revelado que el
periodista es una persona superada socialmente,
cuyos padres han hecho esfuerzos importantes por
darle estudios universitarios aunque sea
parciales y que ahora desarrolla un trabajo
intelectual que, aunque de menores ingresos que
otros profesionales, tienen un nivel mayor a los
de sus progenitores. Se estima que los ingresos
de un obrero son equivalentes a la mitad del
promedio de los de los reporteros y redactores.
Si el padre del
periodista tipo que estamos construyendo en estas
líneas es obrero (o comerciante, como dice el
capítulo respectivo), la madre es muy
probablemente una ama de casa. Un 53,9 por ciento
se dedica a esa actividad, muy por encima de la
siguiente opción (trabajadora en el magisterio,
no necesariamente de profesora), que involucra al
13 por ciento. En el caso de la reportera o
redactora, entonces, la superación social es
todavía mayor que la de sus colegas hombres: si
su madre se dedica a las labores domésticas, no
tiene ingresos y depende económicamente de su
esposo (probablemente un obrero o un
comerciante), la redactora, por su trabajo
periodístico, se codea con los dirigentes
políticos y los hombres de negocios, está en
contacto con los tomadores de decisiones y parte
de lo que ella haga o deje de hacer influirá en
las autoridades.
Censura
y autocensura
La autocensura
es una de las formas más dolorosas de censura.
Es la actitud del periodista que, temiendo
sanciones o represalias, mutila sus textos
periodísticos ocultando la verdad. El 64,4 por
ciento de los entrevistados de esta
investigación admitió haber autocensurado
alguna vez un material periodístico. Ello quiere
decir que uno de cada tres periodistas cambia,
eventualmente, sin una orden expresa, el
contenido de un material informativo para eludir
sanciones de sus superiores.
Las razones
principales para que los periodistas se
autocensuren son las de tipo
empresarialpublicitario (39,9 por ciento
del total de los periodistas), político (32,2
por ciento), moral (14,2 por ciento) y
"personal" cuando los cambios
estaban destinados a evitar problemas con los
familiares o amigos de los propietarios o jefes
del periodista (8,2 por ciento). La opción
"otro" fue escogida por el 5,5 por
ciento de los periodistas.
Si la
autocensura es la acción del periodista de
cercenar su texto periodístico sin la explícita
orden de uno de sus jefes, la censura es la
indicación manifiesta de que la información
debe ser cambiada antes de ser hecha pública.
Mientras el 64,4
por ciento de los periodistas admitió haberse
autocensurado alguna vez, el porcentaje de
quienes sufrieron censuras es aún mayor: 71,7
por ciento. El 38,4 por ciento de esos
periodistas afirma que esas censuras tenían por
objeto evitar conflictos con los anunciantes. Un
34,4 por ciento sufrió mutilaciones a los textos
por razones políticas, un 8,9 por ciento por
razones morales y un 13,9 por ciento por razones
personales.
El 71,7 por
ciento de periodistas que dijo en esta
investigación que sus textos fueron censurados,
identificó a las siguientes personas como
responsables de ello: editorsuperior
inmediato (15,7 por ciento), jefe de
redacciónjefe de prensa (21,9 por ciento),
director (23,8 por ciento), gerente (15,2 por
ciento) y propietario (20 por ciento).
Con esos
antecedentes es obvio que tienen que producirse
tensiones al interior de la sala de prensa o de
redacción. Esas tensiones se resuelven por lo
general con el despido de redactores o reporteros
que resisten la tendencia informativa que tratan
de imponer los editores, los jefes de redacción
o los propietarios.
Esta situación
se demuestra en el hecho de que el 73,7 por
ciento de los periodistas consultados conoce por
lo menos un caso de despido de algún colega por
motivos políticos, ideológicos o sindicales.
¿Más de dos
tercios de los periodistas o se autocensuran o
los censuran sus jefes? ¿Es esta una situación
para provocar una alarma general? Probablemente
sí. Cada vez con mayor énfasis, al interior de
las redacciones los periodistas han ido perdiendo
fuerzas para enfrentarse a los jefes o
propietarios. En el periodismo boliviano ha
terminado por imponerse una visión autoritaria,
que se basa en la simpleza de la siguiente
estipulación: el que no está de acuerdo con la
línea editorial del periódico, la radio o el
canal, se va.
Pero tratemos de
encontrar cierta ecuanimidad: si todos los
periodistas que se oponen a la línea editorial
van a terminar de patitas en la calle, los
directores y propietarios se quedarían sin
fuerza laboral. Y ello tampoco es posible.
Por lo tanto,
todos los días en las redacciones de los
periódicos y en las salas de prensa de la TV y
radio se dan trabajosos y complicados procesos de
negociación. Muchas de esas negociaciones son
silenciosas, casi gestuales. De facto, los
periodistas publican textos para los cuales no
tenían autorización, pero las represalias no
pueden ser muy evidentes ni muy inmediatas. Si
bien los periodistas son el polo más débil de
esta pugna, los propietarios no ganan siempre. Es
el precio que tienen que pagar para tener en sus
medios a profesionales capaces y dignos.
Procuremos
seguir dando una explicación contextualizada:
esas autocensuras y censuras no se dan todos los
días, en primer lugar, y en segundo, Bolivia
tiene un vigoroso sistema de medios privados en
los cuales si uno trata de callar algo será como
tratar de tapar el sol con un dedo, puesto que
sin duda otros medios de la competencia no
callarán ese específico suceso. Por lo tanto,
si no es en este canal y en este diario que se
encuentra un determinado tema, el asunto estará
en el diario y en el canal vecinos. Es una
especie de control cruzado.
SobornosEtica
y valores
Los periodistas
ejercen influencia en la opinión pública. Lo
que dicen o dejan de decir es importante para los
intereses económicos, empresariales o políticos
de muchas personas. Por eso están bajo presión,
como lo hemos visto en el capítulo referido a la
censura y autocensura. Y también deben sufrir
los intentos de soborno. El soborno es una de las
formas más nítidas y tradicionales de hacer que
alguien diga lo que no cree y calle lo que
piensa.
Un 53,7 por
ciento de los periodistas dijo haber recibido,
alguna vez, una oferta de soborno. Quienes hacen
estas ofertas, según los encuestados, son los
dirigentes políticos (43,3 por ciento del
total), autoridades de gobierno (29,1 por
ciento), empresarios (15 por ciento), de
dirigentes sindicales (4,7 por ciento) y de
"otros" (7,9 por ciento).
El 53,7 por
ciento de los periodistas se ha visto en una
situación en el que procuraron sobornarlo.
Cambiada la pregunta a si el encuestado conoce
"de manera directa" a un colega que
haya aceptado el soborno, el porcentaje sube al
60,7 por ciento del total.
En el mismo
sentido que la pregunta anterior, un 65 por
ciento de los encuestados dice conocer a un
periodista que ha recibido algún regalo de
alguna autoridad o empresario en un sentido en
que la ética estaba comprometida.
Desde hace años
existe en el gremio periodístico la
preocupación de que existen planillas de sueldos
paralelas para periodistas en entidades
estatales, como la Cámara de Diputados y
Senadores o diversos ministerios. De los
encuestados en esta investigación, el 46,3 por
ciento de los entrevistados dice conocer a
alguien que está en esas planillas, ganando un
sueldo de manera irregular y de forma paralela al
que gana en su medio de comunicación.
¿Se salen con
la suya quienes tratan de sobornar a los
periodistas o terminan por lograrlo? La respuesta
es no. Ningún caso importante de
irregularidades, abusos, corrupción o cualquier
otro cometido por autoridades o empresarios ha
quedado sin ser divulgado por la prensa. Al igual
que en el caso tratado en el capítulo anterior,
los periodistas actúan con el sistema que yo
llamo de control cruzado. Lo que esta radio
tratará de callar lo divulgará con fuerzas la
radio vecina, o el periódico del interior o el
canal de televisión o la agencia de noticias.
* Raúl
Peñaranda Undurraga es director del semanario La Epoca y colaborador de SdP. Fue director-fundador del semanario Nueva Economía. Trabajó en las agencias AP y ANSA y
en los diarios Ultima Hora y La
Razón.
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