Juan Luis Cebrián, primer
director de El País
España:
memoria histórica
LA
DERECHA HA VUELTO AL PODER EN UN TONO MUY BRONCO
Consejero
delegado del principal grupo ibérico de
comunicación, en su más reciente novela,
publicada por editorial Alfaguara y titulada Francomoribundia,
el escritor aborda la segunda parte de la
trilogía sobre el tránsito hacia la democracia
de su país
Luis
Hernández Navarro *
Entre
1976 y 1988 Juan Luis Cebrián fue el primer
director del diario El País. Integrante
destacado de la generación que desmanteló al
franquismo, el periodista posee una visión
privilegiada de la clase política y de la
transición política española.
Miembro de la
Real Academia de la Lengua y consejero delegado
del principal grupo ibérico de comunicación,
Cebrián acaba de publicar en la editorial
Alfaguara la novela Francomoribundia,
segunda parte de la trilogía sobre la
transición hacia la democracia en su país.
Sobre este
libro, construido alrededor de dos monólogos, el
de Francisco Franco agonizante y el de un
diputado de la Unión del Centro Democrático, el
novelista conversó con La Jornada. Allí
reflexionó sobre la compleja relación entre
memoria histórica y amnesia que se estableció
para deshacerse del viejo régimen, a propósito
de la aceptación que los republicanos hicieron
de la monarquía para sacar adelante a la
democracia; sobre los cambios culturales que se
han producido en la sociedad española, y acerca
de los orígenes de los GAL -el grupo paramilitar
creado desde el Estado para combatir ilegalmente
a ETA- y el terrorismo antiterrorista.
Cebrián explica
en la entrevista cómo las renuncias a los
ideales de una generación hicieron posible la
transición. Señala, además, cómo la derecha
española ha hecho de la dureza de su discurso
una de su principales señas de identidad y la
necesidad de hacer política con mayor
flexibilidad.
A continuación,
el texto completo de la entrevista.
-Pareciera
ser que en España existe hoy una tendencia que
busca recuperar la memoria histórica de la
guerra civil y los crímenes del franquismo. ¿Se
inscribe su libro dentro de esta corriente o es
independiente de ella?
-En realidad no
se inscribe dentro de ella. Es verdad que en los
últimos dos o tres años se han publicado una
serie de novelas sobre la guerra civil. Mi novela
es sobre la transición, sobre épocas muy
recientes. Es parte de una trilogía que empecé
hace cuatro años, en la que señalé que quería
explicar la transición. De todas maneras, en
este libro se habla sobre la muerte de Franco,
hay referencias a hechos de la guerra.
Obviamente, se podría relacionar. Lo que pasa
ahora en España es que hay una conciencia de que
ha habido un olvido histórico, sobre todo de los
años de la posguerra, de los años 40. Y
efectivamente hay mucho trabajo para la
recuperación de esta memoria histórica, no
sólo en la novela, sino en el ensayo, en la
historiografía.
-Uno de los
personajes de su novela, Gerardo Anguita, dice:
''No habrá reconciliación verdadera si no se
imparte justicia antes''. Pareciera ser que en la
España de hoy sigue sin impartirse justicia, los
agravios del franquismo no han sido juzgados.
¿Significa eso que Anguita tiene razón y no ha
habido una verdadera reconciliación? ¿Explica
esto el tono de guerra fría que utilizó José
María Aznar en las pasadas elecciones?
-Yo creo que no.
Creo que ha habido reconciliación. Cada uno de
los personajes de la novela opina de manera muy
diferente. Ha habido reconciliación efectiva. La
hubo durante la transición. Hubo perdón y hubo
olvido. Ahora de lo que se habla es que se
mantenga el perdón, pero se recupere la memoria.
Entre otras cosas porque España lo necesita.
Necesita saber cuál ha sido su historia más
reciente.
''El tono de guerra
fría tiene que ver con el hecho de que la
derecha ha vuelto al poder con un tono muy
bronco. Fue muy bronca en la oposición.
Desalojó a los socialistas con una campaña
durísima, basada en las acusaciones de
corrupción y crímenes de Estado. Y luego, en el
poder, la derecha ha seguido siendo muy bronca.
Tanto que a veces se le acusa de que parece más
la oposición que el poder en sí. En ese sentido
sectores del partido gobernante sí son
responsables de ese ambiente de crispación, al
que contribuyen muchas otras cosas, como la
cuestión vasca.
''No se puede
decir que el gobierno sea culpable de la
crispación en el País Vasco cuando tenemos el
fenómeno terrorista. Pero sí se puede decir que
la política seguida por el gobierno, apoyada en
este caso muchas veces por el Partido Socialista,
no ha contribuido, en mi opinión, a distender la
situación política, aunque ha sido eficaz en la
lucha contra el terrorismo.''
-A las 10 de
la mañana del 20 de noviembre de 1975, un
lloroso Carlos Arias Navarro leyó en televisión
española el testamento de Francisco Franco, en
el que advertía: ''No olvidéis que los enemigos
de España y de la civilización están alerta''.
Juan Luis Cebrián tenía en aquel entonces 31
años y era subdirector del periódico
Informaciones. ¿Cómo vivió la muerte del
dictador? ¿Con júbilo o con pesar? ¿Qué
pensó al escuchar ese testamento?
-Todo mundo
estaba en España esperando a que Franco se
muriera. Realmente, desde el asesinato de Carrero
Blanco, el régimen franquista y el mismo Franco
entraron en un declive físico y de todo género
muy pronunciado. Franco había tenido una agonía
tan larga y tan desagradable. Todo mundo estaba
esperando que se muriera. Aguardábamos la
noticia desde semanas antes.
''Lo que yo
experimenté lo experimentó también gran
cantidad de gente de mi generación. Por un lado,
cierto temor, pues estaba bastante indefinido
cómo se iban a mantener las cosas. Había una
asunción general de que las cosas no po-dían
continuar como tales y que los intentos
continuistas de Carlos Arias no tendrían efecto.
Por otro lado, estaba la esperanza de que esa
fuera la oportunidad real para que España se
incorporara al elenco de las naciones
democráticas de Europa occidental y se
modernizara.
''En definitiva,
el país sintió un gran alivio; incluyo en el
alivio hasta a los propios franquistas. Franco y
su régimen se habían convertido en una
auténtica carga para cualquier tipo de
desarrollo económico y social. Por lo tanto,
hubo una sensación de alivio generalizado. Se
dijo: ¡Al fin vamos a poder hacer de este
país lo que este país se merece!''
-El Francisco
Franco agonizante que usted retrata en su libro
parece hablar al tribunal de la historia. No hay
en su monólogo indicio alguno de
arrepentimiento. ¿Cree usted que verdaderamente
el dictador fue inmune al hecho de tener las
manos manchadas de sangre?
-Sí,
absolutamente. Fue un militar muy sangriento,
tanto en la guerra civil como en los años
posteriores, que es en lo que se está trabajando
ahora al recuperar la memoria histórica. Era un
militar africanista. Aplicaba las normas
que había aprendido en el ejército en Africa.
Se tomaban los pueblos, se arrasaban, se
diezmaban, se quemaban las casas. Esa era la
manera que el ejército en Africa tenía de hacer
frente a los rebeldes. El fue eso toda su vida.
No padecía muchas emociones a la hora de ordenar
fusilamientos. Consideraba que formaba parte de
su oficio, de su profesión. Yo no soy ni un
biógrafo ni un sicólogo de Franco, pero creo
que enfocaba todo eso con frialdad profesional.
Representaba una manera de hacer España, una
forma de entenderla, y tenía apoyos muy grandes
en la derecha, en la Iglesia. El consideraba que
estaba bien lo que había hecho.
-El entierro
del caudillo estuvo lleno de absurdos: hicieron
falta varios días de ensayos para poder conducir
las pompas fúnebres; uno de los dolientes cayó
a la tumba y quedó inconsciente; salvo Augusto
Pinochet, ningún jefe de Estado importante
acudió al funeral; los funcionarios del Valle de
los Caídos sudaron la gota gorda para encontrar
una lápida que estuviera a la altura de la que
cubría la tumba de José Antonio. ¿Hay alguna
razón para que usted no las recree en su libro?
-No. En la
novela se cuentan muchas cosas, abarca un periodo
muy amplio y es bastante larga. La novela es
sobre la generación que trajo la democracia a
España, sobre la transición misma. El personaje
del libro es la transición. En el caso de la
muerte de Franco, con la que me tenía que
enfrentar porque formaba parte de ese periodo
histórico, decidí contarla en primera persona,
es Franco el que la cuenta. Y claro, Franco
cuenta su muerte pero no cuenta su entierro.
''Pasaron muchas
más cosas durante el entierro. Las largas filas
para contemplar su cadáver. Hay muchísimos
episodios de esos años que no se cuentan, y son
todos tan esperpénticos o más que muchos de los
que se cuentan. Pero no he hecho un libro de
historia ni es un libro sobre la muerte de
Franco. Es una novela sobre la generación que
hizo la democracia y, por lo tanto, elegí la
muerte de Franco como elemento simbólico de
comienzo del proceso.''
-En su libro,
excepto entre los personajes que están perdiendo
el poder, pareciera haber una amnesia sobre el
pasado.
-Efectivamente,
hubo una amnesia voluntaria entre los españoles
durante la transición. Había mucho miedo. No se
sabía lo que iba a suceder. Entonces hubo un
acuerdo generalizado de no mirar hacia atrás y
mirar hacia delante. El recuerdo del pasado de
los viejos franquistas es porque ven que se les
derrumba su mundo. Hay que tener en cuenta que la
transición fue una ruptura generacional. Esa
generación, que fue la del rey o la de Felipe
González -y es mi propia generación- estaba
viendo la manera de no hurgar en las heridas y
construir un régimen democrático de corte
occidental. Esa amnesia ha provocado ahora la
necesidad de la memoria histórica.
-Vino la
monarquía. ¿Y la República?
-No sé dónde
quedó... pero los republicanos quedaron apoyando
a la monarquía. Se produjo un fenómeno muy
interesante. Desde siempre el franquismo
establecía que España era un reino. La
sucesión se hace de acuerdo con la legalidad
franquista y Franco elige a Juan Carlos como
sucesor. Hay un momento en el que los comunistas,
los socialistas, los partidos de izquierda,
incluso los partidos republicanos, establecen que
lo que es importante es la democracia, no la
forma de gobierno. Y la realidad es que el rey
era un referente aceptado por todos; respetado
por el ejército, que antes era un peligro muy
fuerte. Hubo una especie de transacción tácita
entre el rey, que hizo la democracia, y los
republicanos demócratas que dijeron: Bueno,
si el rey hace la democracia no nos importa que
esto sea una monarquía. Preferimos una
democracia con monarquía parlamentaria que una
república que no sea una verdadera democracia.
Si
España fuera una república Aznar sería el
presidente...
''Yo le digo a
muchos amigos míos de la izquierda: os fijáis
que si esto fuera una república, ahora el
presidente de la república sería José María
Aznar. Y todos, que son republicanos, me
responden: no, preferimos al rey.''
-Las mujeres
que aparecen en Fracomoribundia tienen una
destreza y una vocación amatoria superiores a la
de los personajes masculinos. Toman la
iniciativa, conducen a sus parejas por los
caminos del placer, no parecen mostrar culpa
alguna. ¿Corresponde a la realidad ese retrato
de la mujer hispana de la transición?
-¡Ja, ja, ja!
La transición democrática no fue sólo un hecho
político, ni siquiera principalmente político,
sino un fenómeno social, cultural, generacional.
Hubo un cambio de cultura formidable que había
comenzado desde los 60. Ahí la mujer, la
liberación sexual, y fundamentalmente la
liberación sexual de la mujer, jugaron un papel
importantísmo. Fue un proceso muy rápido. Un
país muy machista, muy apegado a las tradiciones
católicas, experimentó una eclosión de
libertades, sexuales y de todo género, que
trastocó el orden tradicional al que estabamos
acostumbrados.
''Las mujeres
fueron muy activas en lo que fue la recuperación
de la democracia, en la modernización del país.
Yo he querido que las mujeres jueguen ese papel
simbólico de activismo que realmente tuvieron.
En la liberación sexual ellas jugaron un papel
muy importante, puesto que el hombre estaba muy
apegado a las tradiciones machistas.''
-Sus
personajes cambian de piel en la transición sin
problemas. Los rojos se vuelven rosas, los
franquistas demócratas y los falangistas
pequeños empresarios. Lo hacen sin
remordimientos. ¿Se puede decir que la madurez
de una generación consiste en convertirse en
aquello contra lo que en la juventud luchó?
¿Hubo una traición?
-No, yo creo que
es exagerado. La transición se hizo a base de
renuncias, de un fenomenal choque con la realidad
que todo mundo tuvo. Los franquistas se dieron de
bruces con el hecho de que el franquismo sin
Franco era imposible, que el modelo de la España
que ellos habían edificado se iba al garete. La
izquierda, sobre todo la izquierda
revolucionaria, aprendió que un proceso
revolucionario en la Europa de finales del siglo
XX era impensable. Estaba el antecedente de
Portugal. Es difícil poner en la balanza quién
renunció más y quién renunció menos. Se
abandonaron las utopías y los sueños y se
concretaron las realidades. Todo mundo se hizo
más moderado. Por eso no hubo remordimiento.
''Había
consenso sobre dos temas. Primero, la
reconciliación, no volver a repetir una guerra
civil. Y, segundo, la construcción de un
régimen de libertades y de democracia. Quienes
no formaban parte de ese consenso, porque no lo
entendían, eran los militares de entonces. En la
novela se ve muy claramente que, durante todos
esos años, la amenaza militar pesaba como una
pesadilla.''
-ETA aparece
en el libro como una fuerza dedicada a poner
bombas y a apostar por la desestabilización
política, pero no hay allí una explicación de
sus razones y de sus motivaciones, como hace
usted, por ejemplo, al describir el
comportamiento de los aparatos de seguridad. ¿No
habría valido la pena poner ese terrorismo en
contexto?
-No sé si se ve
marginalmente. No es una novela sobre el
terrorismo etarra; aparece, pero aparece también
el terrorismo de extrema derecha.
-Pero se
explica mucho más ese terrorismo de la
derecha...
-Sí, porque
durante la transición el miedo que teníamos los
españoles era al ejército. El fenómeno
terrorista, que era muy doloroso, tenía dos
características. En primer lugar había cierta,
no diré simpatía, lenidad respecto a ETA porque
había asesinado a Carrero Blanco. Eso generó en
sectores de la izquierda menos crispación
respecto al terrorismo de ETA, que fue
progresivamente más cruel y más duro. En
segundo lugar porque todo mundo entendía que el
terrorismo de ETA era una provocación al
ejército, como era el terrorismo de extrema
derecha.
El
verdadero peligro del terrorismo...
''El fenómeno
terrorista empieza a obsesionar definitivamente a
los políticos durante los gobiernos socialistas.
Entonces se vio que el verdadero peligro
terrorista estaba en el terrorismo mismo, y no
tenía que ver con la provocación o no al
ejército.''
-En ese
proceso de transición hubo un actor que no se
sentó a la mesa de negociaciones: el
nacionalismo radical vasco. ¿Lo que ahora sucede
no tendrá que ver con esa ausencia?
-Es discutible.
En la Constitución no estuvo un representante
del Partido Nacionalista Vasco, del PNV, pero
hubo sectores radicales, etarras, que se
incorporaron al proceso. La situación actual del
País Vasco no es ya del franquismo, sino de la
evolución de los acontecimientos de los años de
la transición, y de una falta de habilidad
política de mucha gente, o de la locura y el
fanatismo de ETA, del fundamentalismo
nacionalista de miles de personas en el País
Vasco. El fundamentalismo no sólo es un peligro
en el caso del mundo islámico o del señor Bush,
hay otros terribles. ETA tiene el aspecto de un
movimiento nazi, racista, en muchas de sus
manifestaciones. Se han cometido muchas
ingenuidades, errores. Los ha cometido todo el
mundo. Estamos en un momento muy malo, en el que
las fuerzas demócratas tienen la obligación de
buscar salidas.
-Uno de sus
personajes afirma: ''vamos por los etarras en
serio, vamos por ellos, a cazarlos como conejos
en sus madrigueras''. ¿Tiene que ver la
radicalización del nacionalismo vasco con esa
actitud a la hora de combatirlo? ¿Están allí
los antecedentes de lo que después serían los
GAL?
-Sin duda, está
allí el antecedente de lo que fue el GAL.
Fenómenos como ese no se crearon durante la
etapa socialista, se crearon mucho antes, más
bien se cerraron durante ella. Es llamativo que
un fenómeno que convive unos años durante la
etapa socialista, pero que era anterior, termine
siendo uno de los motivos por los que expulsan a
los socialistas del poder, a pesar de que son los
gobiernos socialistas los que acaban con él. No
es la actividad de estos grupos lo que potencia
ETA, sino el fanatismo y formas de odio y
entendimiento del vasquismo como algo antagónico
a España. El terrorismo antiterrorista no es el
motivo principal que explica la evolución de
ETA.
-En Francomoribundia
se dice que ''sus habitantes ejercían la
libertad de expresión a golpes de brocha''. Poco
después de la muerte del caudillo apareció en
la capital española una pinta que decía
''Franco, resucita, el Real Madrid te necesita''.
¿Hay quien piensa que el dictador debería
regresar, o sus herederos políticos aprendieron
la lección?
-¡Ja, ja, ja!
No creo que haya ninguna nostalgia del
franquismo. Las clases dirigentes españolas que
lo apoyaron han comprobado hasta qué punto la
democracia es mucho más rentable. Hay residuos
de lo que puede considerarse el franquismo
sociológico. Esta concepción de la España
profunda respecto a la relación con los
territorios periféricos, el problema de la
cohesión territorial con el País Vasco y
Cataluña, el papel de la religión en la
identidad nacional, todo eso sigue vivo en la
derecha española. Paradójicamente, lo que
parecía ser el mayor peligro para la democracia,
que era el ejército, es el único que
verdaderamente se ha resuelto.
-En la novela
se afirma también: ''Antes todo el mundo se
llamaba de dos maneras''. ¿Tiene Cebrián otro
nombre?
-No, yo nunca he
militado en ningún partido. Soy hijo de un
vencedor de la guerra, he tenido amigos en el
régimen y en la oposición. El doble nombre es
una manera de apuntar a la esquizofrenia global
que ha aparecido en nuestra sociedad.
-Termina
usted diciendo que los españoles acabarán
aprendiendo las lecciones de la finezza,
esa apología de la ambigüedad política y el
posibilismo de origen italiano. Los últimos
acontecimientos, como el Prestige o la oposición
a la guerra contra Irak, ¿no contradicen la finezza?
-Esto de la finezza
es una anécdota real que dijo Andreoti durante
las negociaciones entre el gobierno español y la
Comisión Europea para el ingreso de España al
mercado común, a la Europa comunitaria. Le
preguntó una vez un periodista español:
''¿Qué opina usted de las negociaciones por la
parte española?'', y contestó él literalmente:
manca finezza.
Finezza
y oportunismo
''La finezza no
está reñida con la habilidad política
necesaria en el ejercicio del poder ni con las
demandas populares que estamos viviendo. Ha
desaparecido en el gobierno actual gran cantidad
de finezza, de capacidad de hacer. Se
presenta muy autoritario y, claro, hacer
política a la italiana necesita un poco más de
cintura, un poco más de flexibilidad. Y, a
veces, los españoles confunden la flexibilidad,
la cintura, la finezza con el oportunismo,
que es una cosa completamente distinta.''
* Luis Hernández
Navarro es coordinador de
Opinión del diario mexicano La
Jornada. Esta entrevista se
publicó en ese periódico el 9 de junio de 2003.
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