Con
Herodoto en la guerra
El periodista y
escritor polaco Ryszard Kapuscinski recurre a
Herodoto "el primer
reportero" como modelo de
inspiración profesional y ética para
ejercer el oficio periodístico en un
conflicto bélico. A partir de ese ejemplo,
hace una crítica a la manipulación
informativa ejercida durante las guerras
contemporáneas, particularmente en la
reciente de Irak. "Lo que interesa no
son las noticias, sino sus efectos
psicológicos", sentencia. Por su
compromiso con el periodismo "en un
mundo donde la información libre y no
manipulada se hace más necesaria que
nunca" y por su "independencia
frente a presiones de todo signo",
Kapuscinski fue galardonado el miércoles 30
de abril con el Premio Príncipe de Asturias
de Comunicación y Humanidades 2003, premio
que comparte con el teólogo peruano Gustavo
Gutiérrez.
Ryszard
Kapuscinski *
La
guerra es la degradación del hombre al mismo
nivel que la bestia. Cada guerra es una derrota
para todos. No hay ningún vencedor. He visto
muchas guerras, pero recuerdo especialmente cómo
acabó la Segunda Guerra Mundial. Hubo unos días
de euforia, pero luego fue saliendo a la luz la
enorme infelicidad que la acompañaba: los
mutilados, los niños huérfanos, las ciudades
heridas y arrasadas, la gente irremediablemente
enloquecida.
La guerra no
termina el día en el que se firma el armisticio.
El dolor persiste mucho tiempo. Existe un cuento
del escritor polaco Jerzy Andrzejewski que se
titula El verdadero final de la gran guerra.
El verdadero final de la guerra se produce
muchos, muchos años después de la declaración
oficial. En el fondo, la guerra no acaba nunca.
La guerra es consecuencia de la interrupción de
las comunicaciones entre los hombres. No hay que
olvidar nunca que la capacidad de comunicarse es
la esencia de la humanidad. A veces, en momentos
como éstos, uno siente la necesidad de salirse
de la corriente del río y sentarse a la orilla a
observar las cosas desde fuera. Los
acontecimientos se suceden, veloces y caóticos,
y engendran remolinos contradictorios e
incomprensibles. Es preciso aprender a mirar bajo
la superficie, donde todo va más despacio y es
posible intentar captar la naturaleza profunda de
la historia que estamos viviendo, lo que Fernand
Braudel llamaba "larga duración".
Yo quería
escribir un libro sobre la globalización. En el
último año y medio he vuelto a viajar por el
mundo para recoger material y hablar con la
gente, sobre todo en Latinoamérica. Pero me he
dado cuenta de que este mundo cambia tan deprisa,
de forma tan radical y violenta, que no puedo
escribir ningún libro ni dar ninguna
descripción convincente. No hay tiempo para
hacer alguna reflexión profunda desde fuera. Y,
sin embargo, estoy convencido de que lo que hace
falta es precisamente intentar hacer una
reflexión serena sobre el mundo. Ahora bien,
para hacerla, es preciso distanciarse de los
acontecimientos, encontrar una perspectiva más
amplia y elaborada. Eso es lo que estoy haciendo
ahora. Y para ello me he puesto a seguir los
pasos de Herodoto: el maestro de todos nosotros,
el primer reportero, un fenómeno único en la
literatura mundial.
Los
pasos de Herodoto
Herodoto fue el
primero que entendió que, para comprender y
describir el mundo, hace falta recoger gran
cantidad de material y, para ello, uno tiene que
salir de su tierra, viajar, conocer a personas
que nos relaten sus historias. Nuestra escritura
es el resultado de lo que hemos visto y de lo que
nos ha contado la gente. Los reporteros somos el
resultado de una escritura colectiva. El material
de nuestros textos lo constituyen los relatos de
cientos de personas con las que hemos hablado.
Herodoto no
describía el mundo como hacían los filósofos
presocráticos, partiendo de su propio
pensamiento, sino que contaba lo que había visto
y oído en sus viajes. Su filosofía consistía
en que hay que moverse y descubrir ideas nuevas.
Estaba convencido de que las culturas se mezclan
y que, incluso cuando hay un conflicto, no tiene
por qué ser un aniquilamiento. Herodoto polemiza
con sus compatriotas, demuestras y prueba, por
ejemplo, que los griegos, sin la cultura egipcia,
no serían nada. Ninguna civilización existe de
forma aislada: hay una interacción constante. Es
un cronista y, al mismo tiempo, un patriota
griego. Pero nunca emite una palabra de odio.
Nunca usa términos como enemigo o
aniquilamiento. El lenguaje del odio no tiene
lugar en sus escritos. Escoge palabras
dramáticas, que sirven para mostrar la desgracia
humana dentro del conflicto. Lo que más le
importa es destacar las razones de las dos
partes. No juzga. Da a los lectores las
facultades y los materiales necesarios para
formarse su propia opinión. Muchas veces, más
que de cronista, tiene actitud de estudioso:
después de narrar, se hace preguntas.
Todo se basa en
un interrogatorio dramático: ¿Por qué se hace
la guerra? Oí hablar por primera vez de Herodoto
cuando estudiaba historia en la universidad de
Varsovia, pero estábamos en el periodo
estalinista y sus libros, aunque estaban
traducidos, permanecían guardados en las cajas
de la editorial. Porque su obra es una gran
apología de la democracia, una acusación contra
sátrapas y tiranos. Muestra que la guerra era el
conflicto entre la democracia y la dictadura, y
que la primera venció porque los hombres libres
están dispuestos a dar la vida para conservar su
libertad. En aquella época, en Polonia, publicar
un libro que exaltaba la democracia y la
libertad, y que condenaba las dictaduras
orientales, era imposible. Hubo que esperar a
1954, tras la muerte de Stalin y en un clima de
tímida liberalización, para que se publicaran
las Historias.
En 1956, recién
terminados los estudios, tuve posibilidad de
partir al extranjero por primera vez, a India,
Pakistán y Afganistán, enviado por el
periódico de las juventudes comunistas, El
Estandarte de los Jóvenes. La directora me
regaló para el viaje un ejemplar de las Historias
de Herodoto. Con aquel libro inicié mi viaje en
el periodismo, empezando por una escala de dos
días en Roma. Italia fue el primer país que
veía fuera del bloque soviético. Desde arriba,
me acuerdo, vi una ciudad toda iluminada. Me hizo
una tremenda impresión que aún hoy me dura. Y
aquel libro me ha acompañado en todos mis
viajes. Incluso ahora lo llevo siempre conmigo,
como fuente de inspiración, reflexión y placer.
Un modelo de objetividad e información completa
para nuestro oficio de "investigadores del
mundo".
"Guerra
de manipulación"
Para muchos,
este trabajo no es más que una forma de ganar
dinero, pero también hay muchos jóvenes que se
preguntan sobre lo que hacen y buscan maestros y
ejemplos (lo veo constantemente en los contactos
que mantengo en la universidad, durante
conferencia y presentaciones de mis libros). El
libro sobre Herodoto será para ellos: lo veis,
diré, hace 25 siglos, vivió un hombre que
comprendió que el periodismo es un oficio que
debe para practicarse con escrúpulos, honradez y
respeto, y que combate contra el partidismo y el
chauvinismo. Herodoto quiso presentar el mundo
como un lugar habitado por personas que pueden y
deben vivir juntas y en paz.
Mi trabajo es
una misión y debe estar sujeto a unos valores;
debe ayudar a mantener el equilibrio del mundo,
un orden no sólo político, sino ético. La
guerra de Irak tiene muchas facetas. Una de
ellas, por ejemplo, es la guerra televisiva entre
Al Yazira y CNN, una gran guerra de
manipulación. Un conflicto de propaganda a
través de los medios. Cada uno intenta mostrar
la guerra que le conviene para sus fines (tanto
nacionales como internacionales). No es ninguna
cosa nueva. Hace unos años, un amigo mío, el
gran periodista Philip Knightley, escribió un
libro que todos deberían hoy releer: The
first casualty (La primera víctima). En él,
Knightley muestra que las informaciones sobre las
guerras, desde la de Crimea hasta la de Vietnam,
siempre se han manipulado. Los reporteros
contaban los hechos de forma bastante objetiva,
pero, cuando las noticias llegaban a las sedes de
los periódicos, en Londres o París, se
distorsionaban completamente, por razones
políticas o de conveniencia. De forma que los
datos que figuraban en el papel impreso no
tenían ninguna relación con la realidad. Si en
una página se colocara la información que
contaban los diarios y, en la de al lado, los
hechos que de verdad habían ocurrido, se
descubrirían dos historias opuestas.
La primera
víctima de cualquier guerra es la verdad. Y
sigue siéndolo hoy. He estudiado los comunicados
de prensa de la guerra de 1972 entre Israel y
Egipto. De creer lo que decían, las dos fuerzas
en combate habían destruido recíprocamente tres
veces los medios reales del enemigo. En cuanto
comienza un conflicto, lo que interesa no son las
noticias, sino sus efectos psicológicos. Así se
entiende mejor, por ejemplo, la continua
destrucción de la verdad llevada a cabo en
Rusia, desde la Revolución bolchevique hasta la
caída de la URSS, e incluso después. Rusia es
un país que siempre se ha sentido en guerra,
rodeado de enemigos. Por consiguiente, no podía
haber más que una manipulación constante de los
hechos: nada de objetividad, sólo propaganda.
Hoy, la máquina que selecciona las noticias y
las manipula tiene que ser mucho más potente,
porque todo ocurre bajo la mirada de las cámaras
de televisión. Todo el mundo puede sentirse
implicado emocionalmente desde su casa.
Hay que tener
presente que en mí han convivido dos oficios: el
periodista de agencia de prensa (la agencia
polaca Pap) y el historiador-escritor. Ser
corresponsal, un trabajo agotador, era mi única
forma de tener dinero para viajar. Ahora bien,
como periodista, tenía que estar sujeto a los
criterios de brevedad y ahorro. No podía ofrecer
un cuadro completo de la situación, en mis
artículos no había sitio para las sensaciones,
el trasfondo de las cosas, las reflexiones, los
paralelismos históricos. Trabajaba en los
países del llamado Tercer Mundo y redactaba
informaciones muy "pobres". Reducía
todo a los hechos desnudos. Pero así impedía
que mis lectores obtuvieran un sentido de las
proporciones. Fuera de su alcance quedaba un
mundo inmenso. Por eso empecé a escribir libros.
Volvía de los viajes con un material riquísimo
que me permitía, en mi casa de Varsovia,
explicar con calma el mundo de aquellos hechos
que antes sólo había contado telegráficamente.
Nunca he escrito
mis libros sobre el terreno ni el instante;
algunos, muchos años después. Sólo así podía
entrar, como Herodoto, hasta el fondo de las
cosas. Lograba superar el carácter telegráfico
de los despachos de agencia empleando un lenguaje
distinto. Mis viajes de trabajo se convirtieron
en la forma de recargar las baterías del
historiador-escritor. Cuando tenía un día
libre, tomaba apuntes o cogía la cámara de
fotos para fijar (como se ve en mi álbum Desde
África) rostros, colores y todas las cosas
que, por desgracia, no es posible describir con
números y datos. Siempre he intentado unir el
lenguaje rápido de la información con la lengua
reflexiva del cronista medieval. Mis libros y mis
fotos tienen sabor de autenticidad porque estuve
verdaderamente en esos lugares, viví esas
situaciones, a veces incluso con riesgo para mi
vida.
*
Ryszard Kapuscinski,
periodista de 70 años, cubrió como corresponsal
de prensa 17 conflictos bélicos en diversas
partes del mundo. Trabajó para la agencia Polish Press y ha colaborado con la revista Time y los diarios The New York Times y Frankfurter
Allgemiene Zeitung. Es
autor de 19 libros traducidos a 30 idiomas. Entre
ellos: El emperador (1978), El Sha
(1987), Lapidarium (1990), La guerra
del futbol (1992), El imperio
(1994) y Ébano (1998). Este artículo
fue publicado en el número 1383 de la revista Proceso, y se reproduce en SdP con la autorización expresa de la
subdirección editorial.
|