¡Los
periodistas fastidian!
Juan
Gonzalo Betancur B.*
La
idea de tener periodistas controlados y alejados
de las zonas donde se vive el drama humano y
procurar que se emitan imágenes que no molesten
a lectores y telespectadores, volvió a ser el
eje central de la política informativa de
Estados Unidos con respecto a la prensa en la
actual guerra contra Irak. Un modelo que, con
variaciones, viene utilizando desde hace más de
20 años.
A diferencia de
la Guerra del Golfo, donde la visibilidad de la
brutalidad fue mínima (lo destacado fue
presentar el aparato militar, dando a entender
que lo importante eran las armas y no las
personas que las usaban o sufrían, es decir, los
combatientes o civiles), en la actual guerra por
lo menos se ha visto un poco más de lo que ahí
ocurre. Algo más de la barbarie y la
destrucción que causan semejantes agresiones
aunque, como paradoja, tanta información
continua no significa que se haya visto mucho de
ella.
Algo positivo
respecto a la información sobre esta guerra ha
sido la presencia de tres cadenas árabes
(Al-Jazira, Al-Arabya y Abu Dhabi TV, mientras
que en la pasada crisis del Golfo sólo estuvo
CNN), la existencia de más espacios noticiosos
con enviados especiales a la zona, la labor de
periodistas que se han arriesgado a romper los
cercos militares y a internarse por el desierto
para buscar ellos solos la información, y la
posibilidad que ofrece Internet como espacio
alterno de circulación de información.
Posibilidad esta última que se mantiene pese a
las operaciones de bloqueo de páginas web
iraquíes o pro iraquíes por parte de hackers
que, no sería extraño, pertenecen a las propias
fuerzas armadas estadounidenses o están
contratados por agencias norteamericanas como
mercenarios de la web para neutralizar de esa
forma también al enemigo.
Esos nuevos
espacios para conocer lo que está pasando allí
se contraponen al modelo de gestión de la
información pública que tienen el gobierno y
las fuerzas militares de Estados Unidos y que,
por extensión, cubre a sus aliados,
principalmente a los británicos. Dicho modelo,
al que llamaré aquí "doctrina informativa
norteamericana", se basa en el mantenimiento
de viejas normas utilizadas por ese país en
otras guerras, ataques o invasiones y que
restringen el ingreso de los periodistas a las
zonas donde la confrontación es más sangrienta.
Esa doctrina se
mantiene, a pesar de la presencia en esta
ocasión de los llamados periodistas
incorporados o
incrustados, ese batallón de 500
reporteros que van acompañando a distintas
unidades norteamericanas en el terreno de batalla
o que han permanecido dentro de bases militares o
barcos de guerra, y que van supuestamente
informando de lo que ocurre. Digo
supuestamente informando porque ellos
no pueden decir la verdad sino que juegan a la
propaganda que les plantean y al silencio que les
imponen los comandantes de las tropas militares
con las que van. Para darse cuenta de ello no es
sino consultar el "Acuerdo de Adhensión al
reglamento establecido por el Mando Terrestre de
las Fuerzas de Coalición (CFLCC), destinado a
los medios de comunicación", una especie de
contrato informativo que firmaron esos 500
periodistas, con el aval de sus medios, y que
contiene 49 reglas sobre lo que se puede y lo que
no se puede informar. Pero esto se explica más
adelante.
Periodistas
alejados permiten que la guerra sea
limpia
¿Por qué tras
los intensos bombardeos contra Irak, en los
primeros días del ataque aparecieron en la
prensa occidental tan pocas personas muertas?
¿Por qué no las mostraron a pesar de que sí
existían como lo hizo Al-Jazira? ¿Por qué no
se vio a víctimas similares en las guerras del
Golfo o Afganistán? ¿Por qué de los casi 3.000
muertos de las Torres Gemelas apenas se
apreciaron unos pocos fallecidos, básicamente
aquellos que se arrojaron desde los pisos
superiores? ¿Por qué se conocen tan pocas
imágenes de la Guerra de Las Malvinas o de las
invasiones de Estados Unidos a Panamá, Granada o
Somalia? Pero, ¿por qué sí se vieron en
Bosnia, Ruanda o Sierra Leona? ¿Qué tenían
estas últimas de distinto?
Eso se debe a
que el modelo planteado por los gobiernos y las
fuerzas militares de Estados Unidos durante los
últimos 20 años busca mostrar las guerras en
las que ese país participa como guerras
limpias, asépticas, sin
imágenes desagradables que afecten a la opinión
pública. Lograrlo ha sido resultado de impedir a
los periodistas su acceso a los sitios en los
cuales se vive con toda intensidad el drama de la
guerra, donde más que vehículos militares
quemados hay seres humanos calcinados o más que
edificios destruidos, personas en pedazos. Pero
también de estrategias de lobby y presiones a
directores y editores, por parte de gobernantes,
parlamentarios y, por supuesto, militares.
Lo particular es
que la permanencia de ese modelo durante los
últimos 20 años, a pesar de las leves
modificaciones que ha sufrido, significa que se
trata de una verdadera política estatal de
manejo de información pública sobre la guerra,
de gestión gubernamental sobre la
información.
El gobierno de
Estados Unidos se cuida mucho de
herir a sus ciudadanos permitiendo
mostrar imágenes crudas de una confrontación
cuando en ella participan en forma directa sus
soldados. De esa forma, dicho conflicto se le
presenta a la opinión pública de ese país como
una situación distante, necesaria y costosa,
pero que sin embargo no les toca ninguna fibra
íntima, no les causa asco ni repudio. Las
guerras llamémoslas propias de
ellos, no se muestran plenamente por los
gigantes de la información
internacional (agencias y canales de noticias)
cuando están involucradas tropas de los países
del mundo desarrollado, principalmente Estados
Unidos. Lo grave es que esa visión no se queda
sólo en ese país sino que afecta a demasiadas
personas en el mundo, a todos a los que nos toca
por obligación ser consumidores de la
prensa occidental, debido a la
importancia que tiene la prensa norteamericana y
pro norteamericana en el circuito internacional
de noticias, de la cual dependemos tanto en
América Latina.
Una ciudadanía
que desconoce los horrores de la confrontación,
que no ha visto las atrocidades que se comenten
en un campo de batalla, se convierte entonces en
una opinión pública que no cuestiona las
decisiones gubernamentales de embarcarse en una
aventura militar. Eso lo definió muy bien el
gobierno de Estados Unidos, en especial después
del papel jugado por la opinión pública de su
país durante finales de los años sesenta y
comienzo de los setenta, cuando la Guerra de
Vietnam se les había empantanado y fue una
sucesión de derrotas, avances, derrotas y más
derrotas. A partir de ese momento, el gobierno
norteamericano cambió las políticas oficiales
de manejo informativo de las guerras en las
cuales participaban. El siguiente país que
aprendió la lección fue Inglaterra y a partir
de ahí sus aliados en la Organización del
Tratado del Atlántico Norte (OTAN), porque esa
institución militar depende, según
especialistas, de lo que diga Estados Unidos.
Presentar el horror fue en adelante prohibido: ya
los periodistas habían mostrado bastante durante
Vietnam.
"Nuestra
participación [en la guerra] había comenzado
abiertamente, con el apoyo casi unánime del
Congreso, del público, de los medios",
reconoció Henry Kissinger en sus memorias.1 Y continuó: "Pero
para 1969 nuestro país estaba escindido por la
protesta y la zozobra, que a veces tomaba formas
violentas y feroces".2 "La guerra de
Vietnam fue el primer conflicto mostrado por la
televisión e informado a través de una prensa
básicamente hostil. La sordidez, los
sufrimientos y la confusión inseparables de
cualquier guerra se convirtieron en parte de la
experiencia viva de los norteamericanos; muchos
culparon de esas agonías a los defectos de los
propios líderes".3
En un análisis
sobre la manera en que se informó y sobre las
condiciones de trabajo de los periodistas durante
la guerra de Vietnam, el coronel de Caballería
Francisco Marín Calahorro -militar español-,
explica4 que "los militares
facilitaron que se cumplieran los tres requisitos
que los medios consideran esenciales para cubrir
la información en guerra: proporcionaron entrada
total a las zonas de combate, permitieron
movilidad absoluta dentro de éstas y hubo acceso
en todo momento a la información oficial (...)
El resultado del conflicto llevaría a los
militares a rechazar, en el futuro, la
posibilidad de que se cumplieran los requisitos
mencionados. La invasión a Granada en 1983 se
hizo con ausencia total de periodistas y en la de
Panamá, en 1989, fueron controlados y paseados
en pools después del fin de las
operaciones".
Por eso a partir
de ahí las imágenes que se tienen de esas
grandes guerras internacionales en
que Estados Unidos participó
(grandes según el despliegue
informativo que recibieron) son tan pobres desde
el punto de la acción bélica misma: los
soldados que disparan, de inmediato se nota que
están en una zona de entrenamiento; los aviones
caza sólo despegan o aterrizan de portaviones o
bases en territorio amigo; las
imágenes de misiles y bombas que dan con
precisión en los blancos, es claro que son
suministradas por las fuerzas armadas; los
bombardeos de los poderosos aviones B-52, se ven
demasiado lejos; hay demasiada simulación,
demasiadas escenas preparadas en lugares fuera de
la línea de combate para que los camarógrafos
tengan algo qué mostrar, algo aparentemente real
sobre lo que está pasando. Por supuesto que un
ciudadano medio, sin idea de todo esto, cae en la
trampa y cree estar viendo la guerra en directo.
¿Dónde están
los muertos civiles? ¿Dónde se ven las bajas
militares? ¿Dónde la destrucción causada por
los famosos daños colaterales, es
decir, los errores en un bombardeo o en un ataque
de tierra que matan inocentes y destruyen bienes
civiles? ¿Quién vio en la televisión, los
periódicos o las grandes revistas a un buen
número de los 812 civiles muertos por Estados
Unidos durante los ataques a Afganistán, según
denuncia publicada por el New York Times el 21 de
julio de 2002, citando una investigación de la
organización estadounidense Global Exchange?
¿Dónde siquiera las "bajas" en las
filas del Talibán? ¿Dónde las imágenes de la
brutalidad de la guerra contra Irak que a diario
muestra el canal árabe Al-Jazira? ¿Los 2.000
heridos que se dijo dejaron las primeras horas de
combates durante la toma definitiva de Bagdad,
durante la segunda semana de la actual guerra? No
hay que se radicales: algunas imágenes se han
visto, por supuesto que sí, pero no con el
dramatismo que encarnan en la realidad, ni con la
reiteración que ocurrieron en la realidad.
El ejemplo más
claro de la continuidad de esta política en la
actual guerra contra Irak fue la situación que
produjo en el gobierno de Estados Unidos la
emisión por parte de Al-Jazira de imágenes de
cinco estadounidenses capturados y de otros
muertos. Los corresponsales del periódico
colombiano El Tiempo en Washington y Madrid,
resumieron lo siguiente sobre el caso:
"El
secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, les
pidió personalmente a las grandes cadenas de
televisión de E.U. que no difundieran las
imágenes, pero eso no impidió que parte de
ellas se vieran y que la noticia sacudiera al
país. Tanto que el apoyo a la guerra, según
algunas encuestas, bajó 4 puntos.
El
Secretario acusó a Al-Jazira de contribuir a
la violación del Convenio de Ginebra, al
transmitir imágenes humillantes
de prisioneros de guerra. Y Londres se sumó
pidiendo a los medios británicos que no se
dejen explotar por los iraquíes.
Pero Al-Jazira replicó diciendo que las
cadenas de E.U. mostraban también imágenes
de los prisioneros iraquíes.
Mientras que
varios diarios de Europa subrayaron con
ironía el hecho de que Rumsfeld reclame
ahora la estricta aplicación de un Convenio
que se viola flagrantemente en el caso de los
prisioneros de Afganistán recluidos en
Guantánamo".5
Periodistas
alejados, más fácil dicen la verdad
que se quiere
Otro de los
aspectos centrales de la política del gobierno
de Estados Unidos frente a la prensa cuando sus
tropas participan en conflictos bélicos tiene
que ver con el fuerte control a los periodistas
para el ingreso a los teatros de
operaciones, es decir, a las zonas de
combate. Esa fue la principal lección que dejó
la permisividad que se tuvo con los
reporteros durante la guerra de Vietnam.
La
confrontación armada donde se ensayó la nueva
forma de restricción a la prensa fue la Guerra
de las Malvinas. El conflicto estalló el 2 de
abril de 1982 cuando tropas de Argentina
invadieron las islas Malvinas o Falkland,
pertenecientes al Reino Unido pero situadas en el
Atlántico Sur y muy cerca del país
suramericano. Raúl Sohr, en el texto Historia
y poder de la prensa, explica cuál fue la
postura británica frente al manejo de la
información:
"La
gran novedad fue la introducción del pool
o grupo selecto de reporteros. El Ministerio
de Defensa británico explicó que los buques
de la Royal Navy podían transportar un
número limitado de periodistas, así que se
seleccionaría a algunos y todo el material
que estos produjeran estaría a disposición
de la prensa en su conjunto.
En un
principio, el Ministerio ofreció cupo para
seis periodistas; tras arduas negociaciones,
extendió las vacantes a 17. Todos debieron
firmar un documento en el que aceptaban
someter a censura sus despachos antes de
enviarlos. Por lo demás, todas las
transmisiones se realizaron a través de
sistemas de comunicaciones de las fuerzas
armadas.
Otro aspecto
clave del control que ejerció la autoridad
británica fue su negativa a embarcar
corresponsales que no fueran británicos. Los
grandes medios norteamericanos presionaron
sin éxito para incluir a algún reportero.
De esta manera, no hubo observadores
neutrales. Periodistas experimentados fueron
vetados porque sus puntos de vista se
consideraban críticos (...) Seis encargados
de la censura, además de los oficiales de
relaciones públicas, trabajaron asistiendo a
los corresponsales en esta cobertura
positiva".6
Pero ahí no
terminó todo. El gobierno británico también
definió una lista de 10 temas o "áreas
sensibles" sobre las cuales los periodistas
no podían informar: básicamente era
información técnica sobre tropas, movimientos y
operaciones militares pues se consideraba que
tras su difusión podía ser utilizada por el
enemigo. Así mismo, por las características de
la zona y de los medios de transporte (los barcos
de la Marina Real), sólo se podían enviar las
noticias y reportajes por los medios de
transmisión oficiales. Tampoco se facilitó el
acceso a otras fuentes primarias y, por el
contrario, hubo mucho contacto con los portavoces
o asesores del Ministerio de Defensa británico.
Con semejantes
controles, la información fue más que limitada.
La situación generó críticas a los medios y al
gobierno inglés, tensiones entre periodistas y
fuentes militares y cuestionamientos de algunos
sectores periodísticos y sociales a esa
estrategia informativa. Sin embargo,
instituciones como la Cámara de los Comunes, por
medio de su Comité de Defensa, analizó el tema
y concluyó que la política informativa
utilizada fue la adecuada.
A partir de ahí
se volvió una constante la utilización de pools
de periodistas, la restricción al acceso de los
reporteros a las áreas de combate, la
prohibición de dar información sobre
determinados aspectos y la canalización de la
información a través de ruedas de prensa o briefings.
Todo eso se empezó a emplear como estrategia
debidamente preparada por los ejércitos y los
gobiernos de las grandes potencias, sin importar
que se tratara de guerras de gran magnitud como
las de Irak o el Golfo, ataques como los de
Afganistán, invasiones militares de mucha
importancia política pero de menor tamaño
logístico, como las de Granada (en 1983) y
Panamá (en 1989), u operaciones que se enmarcan
dentro de las llamadas misiones
internacionales de paz en las que
participan fuerzas multinacionales de
seguridad o fuerzas de
estabilización, como las creadas por la
OTAN en 1995 y 1997 para los conflictos de Bosnia
y Kosovo.
La crisis
internacional que comenzó el 2 de agosto de 1990
cuando tropas de Irak invadieron Kuwait, y la
Guerra del Golfo como tal, que empezó el 16 de
enero de 1991, han sido consideradas por muchos
historiadores de los medios de comunicación como
el punto culminante de esta nueva política de
restricción y control informativo. El coronel
Francisco Marín Calahorro explica:
"Los
aliados establecieron una política
informativa diseñada bajo el Síndrome de
Vietnam y aplicaron las experiencias
obtenidas en los conflictos de la década de
los ochenta. Los gestores de esa política
determinaron que la conducción de la guerra
impone: no proporcionar información útil al
enemigo y evitar que se publiquen noticias
desmoralizadoras para las tropas y la
población amiga. Control estricto de la
información será el resultado.
(...) Los
tres países occidentales con mayor presencia
en las operaciones Estados Unidos,
Reino Unido y Francia- diseñaron políticas
informativas paralelas que unificaron para
obtener los mejores resultados ante la
opinión pública internacional. Muchas
naciones, una sola imagen, será el
eslogan que mejor resumirá la situación.
Así, independiente de la política de
información que cada país desarrollaría
hacia sus nacionales, en función de su
situación política y de la particular
idiosincracia de aquellos, se definió una
política informativa común y se creó una
Oficina Unificada de Información de la
fuerza internacional para el teatro de
operaciones.
(...) La
política de información se establecerá, en
su conjunto, en el marco legal existente en
tiempo de paz -derecho a la información-,
pero con restricciones parciales o locales
durante el desarrollo del conflicto. Es bien
claro que, en regímenes democráticos, con
total reconocimiento de un sistema de
libertades, el vocablo censura
nunca es bien recibido. Por ello, recordando
el lenguaje utilizado por los británicos en
las Malvinas, se hablará de
verificación, revisión o
aprobación de los contenidos en los
reportajes.
Todos
establecieron sistemas de pools,
grupos de periodistas que, acompañados
siempre por oficiales, sólo podían visitar
aquello que se les proponía. Los que no
tenían suerte de ser incluidos en los grupos
debían contar con lo que los otros les
leían".7
Desde el punto
de vista del impacto mediático, los resultados
de esta política informativa fueron un éxito
para los gobiernos y sus ejércitos, pero un
desastre para los periodistas. Alejandro
Pizarroso Quintero dice respecto a la
información de prensa en la Guerra del Golfo:
"En
realidad en esta guerra no ha habido
prácticamente informadores sobre el terreno.
Ha sido una guerra seguida desde las
retaguardias, desde los estados mayores,
desde Bagdad, desde Riad. Es decir, sin
posibilidad para los corresponsales y
enviados especiales de recoger información
por sí mismos, debiendo limitarse a ser los
transmisores de una información que ya les
llegaba perfectamente elaborada, lista
para su uso y naturalmente
censurada".8
La política de
restricciones siguió intacta en los ataques
contra Afganistán luego de los atentados del 11
de septiembre. El conocido periodista mexicano
Jorge Ramos Ávalos, reportero y presentador
estrella de los noticieros de Univisión,
explicó en un artículo de prensa del 15 de
octubre de 2001 que durante la campaña militar
contra Afganistán que realizó Estados Unidos,
la llamada Guerra contra el Terrorismo, los
controles a la información estaban siendo
idénticos a los citados:
"Los
periodistas que viajan en los portaaviones
norteamericanos y acompañan a las fuerzas
especiales de Estados Unidos y Gran Bretaña
tienen que aceptar la censura directa por
parte de los militares. Y esto tiene su
razón de ser. Ningún reportero que
acompañe a soldados de la alianza contra
Afganistán puede decir dónde se encuentra
ni dar información que ponga en peligro a
militares y civiles norteamericanos. Quien no
acepta ser censurado de antemano,
sencillamente, no puede participar en esas
misiones. Esas son las reglas del juego en
tiempos de guerra; se toman o se dejan".9
La política de
restricción fue más que evidente desde el
propio momento de los atentados del 11 de
septiembre y de ella se ha hablado públicamente.
Los controles sobre la información vinieron
desde el mismo día de los ataques contra las
Torres Gemelas y el Pentágono, y cubrieron a
gran parte de la prensa norteamericana. El 19 de
noviembre de 2001, el periódico El Tiempo
informó:
"Los
periodistas se quejan a diario de la poca
información que están recibiendo de las
autoridades que, incluso, han limitado a solo
12 los medios de comunicación con los que se
tiene algún tipo de intercambio.
A los
funcionarios en el Departamento de Estado, la
Casa Blanca y el Pentágono se les tiene
prohibido hablar con los medios y muchos han
recibido recomendaciones sobre el
tipo de historias que deben o no publicar. La
suspensión de la entrevista con un portavoz
talibán que pensaba trasmitir la Voz de
América y las críticas por el contenido
del programa Políticamente Incorrecto
son algunos ejemplos de la presión que
ejerce la administración.
Además, el
Gobierno le pidió ayer a las principales
cadenas de televisión del país que no
retransmitan íntegros los comunicados en
video de Osama Bin Laden, por el temor de que
el saudí utilice estos mensajes para enviar
mensajes codificados a sus hombres con
instrucciones para cometer más atentados
terroristas. El llamado fue aceptado
inmediatamente por CNN, que no
emitirá mensajes de Bin Laden o de sus
portavoces sin que sean vistos con
anterioridad o sin informar antes a las
autoridades".10
La maquinaria de
restricciones a la información se
aceitó mucho antes de la actual
Operación Libertad, la campaña contra el
régimen de Sadam Hussein. Respecto a las guerras
anteriores, en la actual Estados Unidos sólo
varió al permitir que periodistas estuvieran en
las bases militares de la Coalición y que
acompañaran a las tropas durante su incursión a
territorio iraquí, tanto en misiones de
reconocimiento como de ataque.
Esos
periodistas, que los militares llamaron
incorporados, fueron básicamente
norteamericanos y recibieron entrenamiento en
bases militares de ese país sobre cómo
comportarse en situaciones que posiblemente se
iban a presentar en el campo de batalla: uso de
máscaras de gas, qué hacer en momentos de
combates con el enemigo, conocimiento de
armamento, etc. Por una parte, convivieron con
tropas desde mucho antes de que comenzara el
ataque. Por otra, tuvieron que someterse a las
condiciones que les pusieron los militares,
contenidas en un documento que debieron firmar y
que eufemísticamente se denomina "Acuerdo
de Adhensión al reglamento establecido por el
Mando Terrestre de las Fuerzas de Coalición
(CFLCC), destinado a los medios de
comunicación".
Ese
"Acuerdo de Adhesión" contiene 49
puntos que explican qué pueden y qué no pueden
informar los periodistas que acompañan las
tropas. El texto completo se puede hallar en la
página web de Reporteros sin Fronteras (www.rsf.org)11 pero trae cosas del
siguiente talante, que hablan por sí solas y
explican la continuidad de ese modelo restrictivo
contra los periodistas: (los números que
aparecen son la ubicación dentro del Acuerdo y
todo es textual según la traducción de
Reporteros sin Fronteras)
2. Los
despachos y reportajes filmados deberán
fecharse en función del reglamento en vigor
en el lugar de las operaciones. El reglamento
local seguirá las vías jerárquicas del
mando, en coordinación con el mando Central
(CENTCOM).
6. Podrán
imponerse embargos, para garantizar la
seguridad de las operaciones, y se
levantarán una vez que ya no exista ninguna
causa para ellos.
7. Se pueden
publicar las siguientes informaciones:
8. Los
efectivos aproximados de las fuerzas aliadas;
9. El
número aproximado, por servicio, de
víctimas en las fuerzas aliadas. Los
periodistas incorporados podrán, con las
limitaciones de las OPSEC (Operations
Security), confirmar el número de víctimas
por unidad, que hayan constatado de visu;
10. El
número confirmado de soldados enemigos
detenidos o capturados;
11. La
importancia de las fuerzas aliadas que
participan en una acción o en una
operación, podrá divulgarse en términos
aproximados. La identificación de las
fuerzas aliadas, o de una unidad, podrá
publicarse a partir del momento en que no
peligre su seguridad;
14. Las
fechas, hora y lugar de las misiones y
acciones militares convencionales, así como
el final de las misiones, solo podrán
publicarse si se describen en términos
generales;
15. El tipo
de artillería empleada deberá expresarse en
términos generales ;
17. El tipo
de defensa empleado en las operaciones
(defensa aérea, infantería, divisiones
blindadas, marines);
18. La
participación de las fuerzas aliadas en cada
tipo de operación (naval, aérea, terrestre,
etc), con el consentimiento del mando de la
unidad aliada;
22. No se
pueden publicar las siguientes informaciones,
en la medida en que podrían comprometer
operaciones y poner vidas en peligro:
23. El
número exacto de los efectivos de unidades
situadas en el escalafón del Cuerpo/Fuerzas
Expedicionarias de los Marines (MEF);
24. El
número exacto de aviones de las unidades
situadas en el escalafón, o bajo el
escalafón del Escuadrón Expedicionario
Aéreo (Air Expeditionary Wing);
25. El
número exacto de otros tipos de material
militar, avituallamiento y apoyo logístico
esenciales, tales como la artillería, los
carros, los vehículos de desembarco, los
radares, los camiones, el agua, etc.;
26. El
número exacto de navíos en las unidades
situadas en el escalafón de los
transportadores de grupos de combate;
27. El
número de instalaciones militares o la
localización exacta de unidades militares en
la zona de responsabilidad del CENTCOM, a
menos que sean expresamente publicadas por el
Ministerio de Defensa, o autorizadas por el
Mando del CENTCOM. Está prohibida la
difusión de informaciones e imágenes
identificables o que incluyan
características identificables de esos
sitios;
29. Las
informaciones relativas a las medidas de
protección de las instalaciones militares y
de los campamentos (con excepción de los que
son visibles o fácilmente identificables);
30. Las
fotografías que muestren el nivel de
seguridad de las instalaciones militares y de
los campamentos;
33. Al
comienzo de las hostilidades se exigirán
algunas precauciones suplementarias, con el
fin de maximizar el efecto sorpresa. Estarán
prohibidos los reportajes filmados en directo
por los periodistas incorporados sobre los
terrenos de la aviación, en tierra o a bordo
de navíos, hasta el regreso a puerto seguro
de las misiones de los comandos iniciales, o
hasta que el mando de la unidad dé su
autorización;
34. Durante
la ofensiva, las informaciones específicas
sobre los movimientos de las tropas aliadas,
los despliegues tácticos y las disposiciones
que podrían comprometer la seguridad de las
operaciones y poner vidas en peligro. Las
informaciones relativas a los combates en
marcha no podrán publicarse, a menos que
sean autorizadas por el mando del sitio de
las operaciones;
35. Las
informaciones relativas a las unidades de
operaciones especiales, a la metodología de
las operaciones excepcionales y a las
tácticas, como por ejemplo las operaciones
aéreas, los ángulos de ataque, las
tácticas navales, las maniobras dilatorias,
etc. En cambio, se podrán utilizar términos
tales como "bajo" o
"rápido";
38. Las
informaciones relativas a los aviones
averiados o abatidos, o a los navíos dados
por desaparecidos, mientras estén en marcha
la búsqueda y las operaciones se socorro y
recuperación;
39. Las
informaciones sobre la eficacia de los
métodos del enemigo en materia de camuflaje,
protección, trampas, blancos alcanzados,
disparos directos e indirectos, actividades
de inteligencia y medidas de seguridad;
40. No se
podrá tomar ninguna fotografía, ni ninguna
filmación, del rostro identificable de un
prisionero de guerra o de un detenido
enemigo, ni de las placas de identidad o
cualquier otro elemento identificador. No se
concederá ninguna entrevista con ningún
detenido;
41. No se
autorizarán fotografías ni imágenes de
video de operaciones de detención, ni
entrevistas con las personas detenidas;
42. Los
periodistas no podrán divulgar los nombres
de los soldados muertos, dados por
desaparecidos o heridos, hasta que no sean
informados sus familiares;
43. Aunque
están autorizadas las imágenes de las
víctimas, destinadas a mostrar los horrores
de la guerra, no se podrá tomar ninguna
fotografía ni imagen filmada del rostro
reconocible de un soldado fallecido, su placa
de identidad o cualquier otro elemento que le
identifique;
44. Las
visitas de la prensa a las instalaciones
médicas se llevarán a cabo de acuerdo con
los reglamentos en vigor, los procedimientos
standard, las órdenes operativas y las
instrucciones dadas por los médicos de
servicio. En caso de conseguir el permiso,
los periodistas estarán permanentemente
escoltados por miembros del ejército, o por
personal de la estructura médica;
47. Se dará
permiso para entrevistar o fotografiar a un
paciente, con las únicas condiciones de que
consientan el médico de servicio o el mando
de la instalación, y de que el paciente haya
dado su acuerdo expreso "con total
conocimiento de causa", en presencia de
un testigo miembro de la escolta.
Al final, al pie
de donde va la firma del periodista y de un
testigo, una cláusula dice: "Soy consciente
de que cualquier violación de este reglamento
supondrá la inmediata revocación de mi
acreditación en el CFLCC". Con base en esa
directriz, por ejemplo, el 28 de marzo el
Pentágono expulsó de Irak a Philip Smucker,
reportero del Chistian Science Monitor y del
Daily Telegraph, y dos días después prohibió a
los periodistas incorporados utilizar
sus teléfonos satelitales.
¿Autorregulación?
Mejor hablar de control previo
Muchas de las
informaciones que vemos sobre éste conflicto
seguro están limitadas por políticas de
restricción a la información como las
explicadas y no por normas de autorregulación o
responsabilidad que se dictan los propios
periodistas o los medios. Esas políticas son
resultado de los cambios que las grandes
potencias militares, en particular Estados
Unidos, han ido introduciendo para el manejo de
su información pública en tiempos de guerra.
Como hipótesis, se puede plantear que esas
normas lo más posible es que continúen en el
futuro y que otros gobiernos y ejércitos las
copiarán. Bien se sabe que una prensa libre
siempre es una piedra en el zapato para los
gobernantes, para el poder en general. Y, por
supuesto, también para los guerreros, soporte
armado de ese poder. Por eso unos y otros limitan
su capacidad de acción. Como lo vienen haciendo
en ésta, la que publicitariamente se ha
denominado "la primera guerra del siglo
XXI".
________
NOTAS:
1 KISSINGER, Henry (1980). Mis
memorias. Buenos Aires: Editorial Atlántida,
cuarta edición. Pág. 169
2 Ibid. Pág. 169
3 Ibid. Pág. 357
4 MARÍN CALAHORRO, Francisco
(1999), Los conflictos de fin de siglo y los
medios de comunicación - El Síndrome de
Vietnam. Las Malvinas. La Guerra del Golfo.
5 El misil informativo de
Al-Jazira. Periódico El Tiempo, martes 25 de
marzo de 2003, página 1-4.
6 SOHR, Raul (1998), Historia
y poder de la prensa, Santiago de Chile:
Editorial Andrés Bello. Pág. 61
7 CALAHORRO, Op. Cit.
8 PIZARROSO QUINTERO,
Alejandro (1991), La guerra de las mentiras
Información, propaganda y guerra
psicológica en el conflicto del Golfo,
Madrid: Eudema S.A. Pág. 118
9 Artículo El periodista y
la guerra, en www.jorgeramos.com/articulos/articulos116.htm
10
Artículo Información de guerra en
E.U., ¿control o censura? Periódico El
Tiempo, lunes 19 de noviembre de 2001.
11
El documento se encuentra en www.rsf.org/article.php3?id_article=5312 según consulta hecha el 12 de abril de
2003.
* Juan
Gonzalo Betancur B. es
periodista, profesor de la Facultad de
Comunicación Social de la Universidad Autónoma de
Bucaramanga (UNAB) y
colaborador de Sala de Prensa. Especialista en Análisis Político y
del Estado, Universidad
Autónoma Latinoamericana
(Medellín) y en Comunicación y Conflictos
Armados, Universidad
Complutense (Madrid).
Durante diez años fue periodista del diario El Colombiano (Medellín), siete de ellos
especializado en manejo de información sobre
violencia y conflicto armado interno. Apartes de
este texto fueron publicados por el autor en el
artículo "Colombia: una guerra en
contravía informativa", de la revista Reflexión Política (Instituto de Estudios Políticos de la
Universidad Autónoma de Bucaramanga-UNAB. Año
4, número 8, diciembre de 2002).
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