La guerra
de las palabras
Eduardo
P. Kragelund *
Las
informaciones que se obtienen durante la guerra
son en gran parte contradictorias, en la mayor
parte falsas y casi todas inciertas.
(De la Guerra, Karl Von Clausewitz)
En
la noche del 19 de marzo para unos, la madrugada
del 20 para otros, las redacciones de todo el
mundo recibieron, palabras más o menos, el mismo
flash o boletín de las agencias de
noticias: Estados Unidos ataca a
Irak. Minutos después, llegaba el primer
eufemismo a modo de explicación: las bombas y
los misiles que estaban sacudiendo a Bagdad iban
destinados a targets of opportunity,
según palabras del Departamento de Estado y
luego del presidente George W. Bush.
Los periodistas
hispanohablantes no tuvimos mucho tiempo para
hacer consultas. Bajo la presión de dar la
información, fueron pocos los que recordaron que
el término ya se había usado en la guerra de
Afganistán en relación con un blanco móvil,
localizado circunstancialmente, y la frase se
tradujo, en muchos casos, como
blancos u objetivos de
oportunidad sin saber, en un principio, a
qué se hacía referencia.
La explicación
surgió poco después, con otro eufemismo, cuando
funcionarios del gobierno estadounidense
indicaron que la Operación libertad para
Irak (Operation Iraqui Freedom) se
había iniciado con un ejercicio de
decapitación (decapitation exercise).
Es decir, la Casa Blanca había apostado a una
carta de sus servicios de inteligencia: darle con
sus bombas y misiles a blancos
circunstanciales -donde se encontrarían en
ese momento Sadam Huséin, algunos de sus
familiares y los dirigentes más destacados del
gobierno iraquí- para matar a la plana mayor del
enemigo.
¿Apocalypse
now?
Con el correr de
los días, los aviones siguieron descargando
bombas y los funcionarios o militares de la
Coalición de la buena voluntad (Coalition
of the Willing) disparando eufemismos.
Unos son de
sesgo apocalíptico, como los describió Paul
Majendie, de la agencia Reuters, en una nota en
la que dio claros ejemplos de lo que se puede
calificar, sin temor a equivocación, como parte
de una guerra psicológica.
Desde antes de
que comenzaran los bombardeos, Irak pasó a
formar parte de lo que se llama el Eje del
Mal (Axis of Evil), integrado por
países o grupos presuntamente involucrados en
los atentados del 11 de septiembre del 2001 en
Nueva York y Washington o que podrían propiciar
ataques semejantes.
En este
contexto, parece natural que la operación
inicial de bombardeos y ataques contra Irak fuera
denominada Shock and Awe, consigna de
difícil traducción al español. En aras de la
simplificación se está usando sorpresa y
conmoción. Pero awe significa
también algo que impone un respeto reverencial,
en el que se mezcla el temor y la admiración,1 un respeto que para
muchos estadounidenses se esfumó cuando
atacantes suicidas, montados en aviones
comerciales, perpetraron los atentados contra las
Torres Gemelas y el Pentágono.
Desde el punto
de vista norteamericano, esta guerra es una
cruzada contra el terrorismo y así, con esa
misma óptica, la conciben la gran mayoría de
los medios de comunicación de Estados Unidos,
sobre todo la televisión. Por ello a las tropas
que están invadiendo Irak se las llama
libertadoras (liberators) o
combatientes de la libertad (freedom
fighters), del mismo modo que se exhiben sin
problemas fotos y filmaciones de iraquíes
rendidos y se arma un escándalo internacional
cuando Irak muestra a estadounidenses capturados.
Junto con los
mensajes que tratan de mostrar una guerra entre
el bien y el mal, entre Dios y el Diablo, hay una
larga lista de eufemismos que intentan vacunarnos
contra el impacto de la muerte y del dolor. Uno
de los más divulgados es el llamado daño
colateral (collateral damage), frase
a la que se recurre cuando los proyectiles caen
sobre la población civil y no sobre el supuesto
blanco militar. Otro está pensado para cuando se
producen muertes por fuego del propio bando. Por
ejemplo, si un avión aliado, cargado
con bombas, cae sobre España, los muertos
serían víctimas del fuego amigo (friendly
fire).
El campo de
batalla, por lo tanto, deja de ser ese espanto en
el que se degrada la humanidad para adoptar un
nombre más aséptico, teatro de
operaciones (theater of operations),
donde las palabras se convierten en máscaras que
ocultan el horror de la guerra. Así, pues, una
invasión es un ataque preventivo (preventive
attack); un ataque devastador, que quita el
mal de cuajo a costa de lo que fuera, es un
golpe quirúrgico (surgical strike)
y una ciudad tomada resulta ser una ciudad
liberada.
La guerra de las
palabras abarca todas las latitudes, alcanza los
ámbitos menos pensados e incluso lleva a acuñar
términos que pocos o nadie entienden o que
resultan graciosos si no se piensa en el drama
que hay detrás.
Mientras en Roma
el Papa Juan Pablo II considera que esta guerra
es una amenaza contra la humanidad, en el
teatro de operaciones los capellanes2 católicos, judíos,
protestantes y musulmanes hablan a los soldados
de librar una batalla espiritual.
Entre otros mensajes religiosos impartidos antes
del combate, Kieran Murray, de Reuters, recogió
el del capellán protestante de los
"Fabricantes de viudas (Widowmakers),
quien, blandiendo una biblia con el emblema de
ese batallón estadounidense -un cráneo humano
con alas de murciélago-, alentaba a sus
muchachos a "atacar y matar".
Por último
están los eufemismos de muy difícil traducción
o que causan gracia. Además de la ya citada Coalition
of the Willing, nos encontramos con Going
Kinetic, frase intraducible con la que
se alude al bombardeo de objetivos; Vertical
Envelopment, un envolvimiento
vertical que implica llevar tropas por aire
para atacar por la retaguardia; y Speed
Bumps, que dependiendo del país de
Hispanoamérica donde se traduzca significa
lomos de burro o policías
acostados, y para el Pentágono son
obstáculos militares.
Hasta los
corresponsales de guerra (war correspondents)
cambiaron de nombre. Ahora, los periodistas que
se asignan a un determinado contingente militar
son corresponsales incrustados
(war embedded). A ello se
suman la lista de siglas que tanto gustan a los
militares. Así, además de las tradicionales POW
(prisoners of war: prisioneros de guerra)
y MIA (missing in action: desaparecido en
acción), hay que saber que los soldados ya no
comen su habitual ración, sino MRE (meals
ready to eat: alimentos listos para ingerir),
que Irak oculta WMD (weapons of mass
destruction: armas de exterminio), según
Estados Unidos, y que los combatientes de este
país se ponen en MOPP-1 (mission-oriented
protective posture: postura protectora
orientada a una misión) para enfrentar un
eventual ataque químico.
La
primera baja
La guerra
psicológica de las palabras es tan amarga como
la del desértico campo de batalla,
escribió Majendie al concluir su artículo sobre
los eufemismos en boga. Y la primera baja de esa
guerra, cabría agregar, es la verdad.
Muchos medios de
comunicación ya han hecho circular entre sus
periodistas listas de palabras o expresiones que
no deben usarse o que sólo pueden usarse cuando
forman parte de una cita. Además de las ya
señaladas, hay otras dos que merecen ser
mencionadas por su peculiaridad.
Una de ellas es
aliados. A simple vista, es una
palabra inocente, tal como la define el
diccionario de la Real Academia Española (DRAE):
un Estado, país o ejército que está
ligado con otro para fines comunes. Pero no
en vano muchos diccionarios de uso, como el de
María Moliner o el Clave, lo relacionan
con las naciones aliadas que ganaron autoridad
moral al acabar con Adolfo Hitler y su
holocausto. De sobra saben ustedes la
connotación que la palabra aliado tiene para los
europeos, sobre todo para los de determinada
edad, dijo una lectora en una carta
publicada el 30 de marzo por el diario español El
País. Pienso que no es casual que se
utilice para designar a los atacantes contra
Irak.
Otra, quizás la
más controvertida, es la palabra
terrorismo La definiciones que dan
los diccionarios abarcan mucho y dicen poco.
Dominación por el terror, sucesión de
actos de violencia ejecutados para infundir
terror, son las dos acepciones que da el
DRAE. Es decir, cualquier acto bélico o
represivo, alzamiento en armas o incluso una
insurrección, sea de la naturaleza que sea,
podría entrar en esta definición de terrorismo.
Por otro lado, ¿quién define si un acto
violento tiene como fin infundir terror o apunta
a otro objetivo?, ¿cómo se califican hechos que
no son violentos, pero que producen igual o más
terror que una bomba, como las amenazas de muerte
o las campañas psicológicas para
ablandar al enemigo? Si vamos al caso
de Irak, ¿se puede calificar como un acto
terrorista el reciente estallido de un taxi
iraquí que costó la vida al conductor suicida y
a cuatro soldados estadounidenses?
Ninguno de los
diccionarios de uso ni los libros de estilo o
glosarios de los medios de comunicación
consultados responden a estas preguntas. Sin
embargo, los periodistas no estamos inermes
frente a esta guerra de palabras ni tampoco
podemos posar de inocentes, ya que, como dijo la
Defensora del lector de El País
(30/03/03), Malén Aznárez, el lenguaje no es
gratuito. Los periodistas -escribió la
Defensora- tenemos que dejar de ser cómplices de
la jerga militar y su propaganda, pese a los
problemas técnicos3 que eso nos pueda
acarrear, y llamar a las cosas por su nombre: los
daños colaterales son, la mayoría
de las veces, sólo víctimas civiles; el
fuego amigo es fuego propio; las
bombas no golpean, destruyen, hieren
o matan; las ciudades no se liberan
si antes no han pedido ser liberadas, y los
aliados son fuerzas invasoras. Así de
sencillo.
Es cierto que
llamar a las cosas por su nombre no es una tarea
tan fácil, sobre todo cuando estamos cubriendo
una guerra. Sherry Ricchiardi, profesora de la
Escuela de Periodismo de Indiana (Estados Unidos)
y ex corresponsal de guerra en los Balcanes,
recordó recientemente lo difícil que es separar
el trigo de la paja cuando uno se sienta a
escribir después de haber asistido a diferentes
conferencias de prensa con portavoces de las
facciones en pugna o de haber estado en el frente
tratando de digerir información mientras llueven
los balazos. "Al final del día nos
sentíamos como borrachos con tantas versiones
sobre la misma guerra y teníamos que usar una
gran capacidad de discernimiento para definir
qué información enviábamos a nuestros
jefes", afirmó.
Esa capacidad de
discernimiento es, en definitiva, la esencia del
periodismo. Y para ejercerla lo primero que
debemos desechar es la idea de que uno de los
bandos nos da información y el otro
propaganda. Por el contrario, nuestro
trabajo consiste en tratar de decodificar la
verdad de toda la información que nos dan o
podemos recoger de los bandos en pugna, a
sabiendas de que al menos parte de esa
información, tanto de un bando como del otro, es
desinformación o propaganda. Es una
guerra, nadie dice la verdad o dice verdades a
medias, sería la premisa.
El otro elemento
que nos permitirá discernir lo verdadero de lo
falso, la información de la propaganda o la
desinformación, es el conocimiento del
conflicto. Si conocemos el contexto,
difícilmente nos pondrán vender
sustantivos como terrorismo,
represión o subversión,
generalmente usados para denostar al adversario
más que para describir la realidad.
En suma, la
única arma efectiva contra la desinformación y
la propaganda es la desconfianza y el
conocimiento. Si nunca dejamos de preguntarnos
por qué y si sabemos el
porqué del conflicto, seguramente
vamos a estar en condiciones de escribir una
buena nota, con información veraz, sin
publicidad, en la que al pan lo llamaremos pan y
al vino, vino.
_____
Notas:
1 Ver Oxford American Dictionary.
2 Según el diccionario de la Real
Academia Española, un capellán del ejército o
de la armada es un sacerdote de la
Iglesia -no precisa cuál, pero se
supone que habla de la Católica Apostólica
Romana- que ejerce sus funciones en las
fuerzas de mar y tierra. Es decir, no
contempla que haya capellanes de otros credos,
como existen en el ejército estadounidense.
3 Al hablar de problemas
técnicos, Malén Aznárez se refiere a las
dificultades de espacio a la hora de armar un
título. Por ejemplo, Tropas aliadas toman
Basora es mucho más corto que Tropas
de Estados Unidos y Gran Bretaña toman
Basora.
*
Eduardo P. Kragelund es editor del servicio español de Reuters. Este artículo apareció originalmente
en Espéculo, revista literaria de la Facultad de
Ciencias de la Información de la Universidad Complutense
de Madrid, y fue remitido
por el propio autor como su primera colaboración
para Sala
de Prensa. (Las
opiniones o juicios de valor vertidos por el
autor en este artículo son de carácter
estricamente personal y no representan
necesariamente la posición de la agencia de
noticias para la que trabaja.)
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