La guerra
de la desinformación
Emilio
Filippi M. *
Uno
de los hechos más significativos de los tiempos
actuales es la influencia que tienen los medios
de comunicación en la percepción por la gente
común de lo que ocurre y la relación correcta
entre lo que efectivamente son y la realidad de
los hechos. La tecnología introducida de manera
provocativa y audaz en la presentación de los
sucesos de mayor trascendencia ha logrado de tal
manera penetrar con sus mensajes en la psiquis de
los receptores que, muchas veces, la audacia de
los vendedores de noticias adobadas para
satisfacer a los mandantes logra incorporarlas
como verdades reveladas. Históricamente, hay
pruebas de que la desinformación, o sea la
intención de falsear los sucesos, se ha
convertido en una constante. El analista
especializado Claude Delmas afirmó, en un
trabajo sobre el tema, que "por el recurso
sistemático de ciertas palabras, por la
utilización de noticias y documentos falsos, la
desinformación busca, en efecto, la
paralización de la opinión pública de los
países enfrentados al sentido de la historia y
de colocarla en estado de no resistencia. La idea
es disimular o tergiversar los objetivos y la
política de un Estado enemigo a fin de facilitar
las operaciones de subversión".
El mundo ha sido
testigo en el pasado, y lo es el presente, cómo
se manipuló y se trata de manipular a la
opinión pública, a través de noticias
cocinadas para lograr metas muy precisas y lograr
el respaldo de la gente. Lo hizo Joseph Goeebels,
en la Alemania Nazi, en su carácter de ministro
de propaganda del Tercer Reich, y de gran
manipulador de las noticias. En sus palabras
está el sentido de lo que ese gran falsificador
pretendía: "No hablamos para decir algo,
sino para obtener un determinado efecto".
decía, ratificando la tesis de Mussolini, que
afirmaba que "el hombre moderno está
extraordinariamente dispuesto a creer".
En general, los
regímenes de fuerza cuentan con la eficacia que
puedan tener los órganos de propagación de
mentiras e infundios, para limitar la resistencia
interna y poner a los adversarios en el dilema de
dejar pasar las patrañas o exponerse con su
oposición a ser fuertemente reprimidos.
Teóricamente,
esto no debiera ocurrir con los estados
democráticos, donde se supone que la libertad de
expresión y de prensa forma parte de su más
vigoroso patrimonio y que, por lo tanto, existe
una pluralidad de medios que pueden proporcionar
las distintas versiones de los hechos noticiosos
y que éstos practican en el tratamiento de las
informaciones un auténtico pluralismo.
Lamentablemente, hay ocasiones, como la de la
actual guerra en Irak, en que el manejo malicioso
de las noticias pareciera una constante,
especialmente cuando ellas vienen dirigidas a
convencer al mundo sobre la justicia y moralidad
de las acciones emprendidas. Afortunadamente, en
Chile la actitud de los medios de comunicación
ha sido bastante razonable, y, sobre todo, con un
aceptable sentido crítico. Por ejemplo, se ha
notado una saludable reacción frente a las
afirmaciones de los bandos en lucha,
especialmente al indicar las contradicciones en
que incurren, y el afán de mostrar un panorama
diverso a la realidad para manejar a la comunidad
mundial a su amaño, pretendiendo con eso
disponerla a su favor. Gracias a esta actitud de
nuestros medios se ha podido develar los
altibajos del conflicto, el injustificado
triunfalismo de los primeros momentos y la parte
oscura, trágica y criminal que tienen las
guerras, tanto en sus efectos directos en los
combatientes como en la población civil que
sufre las consecuencias de destrucción, muerte y
miseria.
De esta manera,
y gracias a la resistencia periodística a la
manipulación centralizada, se ha podido hacer
ver que el motivo esgrimido por Bush para
declarar la guerra, inicialmente planteada como
una cruzada para terminar con el terrorismo, hoy
tiene otras interpretaciones, algunas de las
cuales caen por su propio peso, como la codicia
por el petróleo iraquí y la intervención en
los asuntos internos del país atacado como en
otras naciones de la región, so pretexto de
imponer en ellos un régimen democrático según
el especial diseño que tiene el titular de la
Casa Blanca. Esta última pretensión ha debido
ser enjuiciada por nuestros medios, al replicar
que no se puede instaurar una democracia por la
fuerza de las armas y menos por la intervención
extranjera, sobre todo, cuando ésta pasa por
alto o desprecia los aspectos étnicos,
culturales y religiosos de los agredidos. Las
consignas falsas, los pronósticos errados y las
ilusiones de un triunfo fácil y de bajo costo
han demostrado que carecen de fundamento realista
y solamente irrogarán graves consecuencias a la
economía mundial y a la salud espiritual de la
humanidad. Por suerte, también los medios de
comunicación de Estados Unidos y Gran Bretaña
han advertido la estulticia de una conducta que
ahora empieza a quedar develada y expuesta a la
indignación generalizada del mundo entero, que
se rebela ante esta guerra que carece de toda
legítima racionalidad.
*
Emilio Filippi M.
escribió este artículo para el diario El Sur, de Concepción (Chile) y lo ha cedido
a Sala
de Prensa, de la
que es integrante del Consejo Editorial, para su
reproducción.
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