¡No a la
invasión!
(No
en nombre de la civilización)
Carlos
Monsiváis *
Dentro
de la tragedia, la comicidad involuntaria. La
ofensiva de los gobiernos de Estados Unidos e
Inglaterra (Aznar es un complemento fotográfico
volatizable) atenta contra la vida y el
patrimonio de los iraquíes y además violenta la
lógica. ¿De qué manera, sin un cómico de
tercera clase arrendando el inconsciente, se
puede hablar de "bombas humanitarias, bombas
inteligentes, rescate de Irak para la
civilización", etcétera? No hay duda:
Saddam Hussein ha victimado sin límite a su
pueblo, ¿pero es concebible, ya no digamos
admisible, que el gobierno estadunidense y sus
contratistas ávidos le regalen la libertad a
otra nación, con la única condición de
convertirla previamente en un cementerio? ¿Desde
cuándo la vía para derrocar a un tirano es
martirizar al pueblo que lo ha padecido
largamente? Lo argumenta muy bien Patrick
Cockburn: "La mayoría de los iraquíes no
se identifica con Saddam Hussein, como el
presidente Bush y Tony Blair nunca se cansan de
afirmar; por tanto, no veo por qué su futuro
deba ser decidido por conquistadores extranjeros
que les pasarán encima" (La Jornada,
28 de marzo de 2003). Y algo fundamental en el
mercantilismo neoliberal: ¿por qué utilizar tan
pródigamente a Dios si Él no ha firmado el
contrato donde cede en exclusiva su protección y
las respuestas a las plegarias? (No se atienden
rezos en árabe).
Estas preguntas,
y muchísimas otras surgen a diario ante el
avance un tanto cuestionado y no tan veloz
no obstante las miles de bombas de la
maquinaria militar, y al observar la conversión
de un gobierno en una mafia intimidatoria: que no
se transmitan imágenes de los muertos, que no se
atreva ningún país a solicitar una sesión de
emergencia en Naciones Unidas porque "se
consideraría un acto contra Estados
Unidos", que acepte México las
"ciertas medidas disciplinarias"
anunciadas por George Bush. Pero el contexto ya
no se presta a las intimidaciones en forma
mecánica.
Los
antecedentes: la Guerra Fría
En la vida
internacional, se ha adjudicado a Latinoamérica,
y con éxito, el papel de espectadora, el
"comité" de apoyo incondicional de los
gobiernos estadunidenses. Fue justo en la Segunda
Guerra Mundial apoyar la causa de los aliados, no
obstante la simpatía previa por el nazifascismo
y el franquismo de gobiernos, organizaciones y
sectores derechistas. Luego, la Guerra Fría, ya
muy visible en 1947, es bien recibida al
principio por una mayoría latinoamericana; la
estimulan la derecha y la Iglesia católica, y la
arraiga su mentalidad de comic
anticomunista y el oprobio innegable del
estalinismo.
En el
enfrentamiento de dos maquinarias
propagandísticas, la estadunidense y la
soviética, la opinión popular opta por la
primera, por razones que van del convencimiento
de las libertades de Occidente a la ansiedad de
añadirse en cualquier nivel en el círculo de
los vencedores. Pero tal vez la sensación
dominante es la que señala la perversidad
congénita de los "subversivos", los
comunistas.
La marcha de la
Guerra Fría en América Latina se detiene con la
Revolución Cubana, que atrae la simpatía y/o el
fervor de millones de latinoamericanos, que en la
misma línea de pensamientos y sentimientos
rechazan la invasión de Bahía de Cochinos, y el
ataque al gobierno legítimo de Santo Domingo en
1965. Durante una década el régimen de Fidel
Castro retiene el apoyo de los jóvenes y los
antiimperialistas de América Latina, y sólo las
evidencias de la dictadura deterioran esa gana de
creer aún hoy parcialmente vigente. Y son
importantísimas la guerra de Vietnam y la
intervención de la CIA y Kissinger en contra del
régimen de Salvador Allende en Chile. Se marcha,
se lanzan consignas, se forman comités... pero
el desgaste lo absorbe casi todo, y entiendo por desgaste
el desvanecimiento de los impulsos idealistas y
la certidumbre de la impotencia.
La ofensiva de
la religión financiera que se da en llamar
neoliberalismo, se impone en la economía
latinoamericana. El derrumbe del socialismo real
erosiona las ideologías e incluso las ideas, y
por eso, fuera de Argentina, no interesa
demasiado el ofrecimiento del presidente Carlos
Menem de enviar tropas a la primera Guerra del
Golfo. ¿Cómo detener el aparato a fin de
cuentas bélico del neoliberalismo, su desdén
por el Estado y la soberanía, su odio a lo
público, sus desregulaciones, su saqueo a cuenta
de las privatizaciones? El neoliberalismo se
ufana: ante él no hay alternativas y su reinado,
el del fin de la historia, será interminable.
Del
nacionalismo como fantasma del Imperio
Los
nacionalismos, por otra parte, conocen su
declinación. Útil como forja de la unidad
indispensable para el aprovechamiento
demagógico, punto de partida de las técnicas de
compensación psíquica y cultural, respuesta
secundaria a las imposiciones del imperialismo
estadunidense, el nacionalismo de cada país
latinoamericano ya desde hace 30 años es una
entidad las más de las veces retórica. Se
pierde por entero el filo chovinista, se entiende
que los estadunidenses no son el enemigo sino el
racismo de un sector (virulentísimo) y las
acciones de sus gobiernos. En tanto invención de
características, potencias y potencialidades, el
nacionalismo se va desvaneciendo y ocupa su lugar
la conciencia nacional cada vez más
internacionalizada.
Desde las
posiciones neoliberales, una insistencia
categórica es el reexamen de la soberanía.
¿Qué caso tiene sostenerla como un tótem? El
poder financiero no se entera de su existencia,
las fronteras no contienen a la nación porque
ésta también va a la zaga de los migrantes, y
reclamar aturdidamente el derecho inflexible a lo
propio es dañarse a nombre de la irrealidad. El
canciller Jorge Castañeda por ejemplo insiste:
los latinoamericanos no comprenden lo que pasa,
obnubilados por su nacionalismo y su
antinorteamericanismo. En vano argumentar que en
materia de nacionalismo los estadunidenses no le
ceden el sitio a nadie, y probar la ausencia del
antinorteamericanismo como prejuicio cultivado y
militante. (Otra cosa es el odio a los
extranjeros profesado por la minoría racista de
Estados Unidos, que cada año cobra su cuota de
vidas de trabajadores ilegales).
El 11 de
septiembre sorprende y provoca una reacción
espontánea de solidaridad con Estados Unidos. El
rechazo al terrorismo es sincero y es permanente,
pero es imposible mantener la solidaridad con un
gobierno que no la necesita o que la requiere
como tributo mínimo a su grandeza, no como
expresión orgánica de la pertenencia al mundo
civilizado. Los bombardeos a Afganistán, el
trato a los talibanes en Guantánamo, la primera
Acta Patriótica, la suspensión selectiva de las
garantías constitucionales, la conversión del
recelo nacional en la imposición de apartheids
psicológicos, estas características del poder
que no admite la "humillación", se
olvidan de la gran respuesta humanista en el
mundo enmtero ante el atentado contra las Torres
Gemelas y hacen de la autosuficiencia el criterio
rector. "El que no está conmigo está
contra mí, y el que está conmigo debe abandonar
su punto de vista a la entrada, no se
necesita". Por eso es tan incongruente, por
decir lo menos, que el presidente Vicente Fox
declare el "apoyo incondicional" de
México, algo similar a ver en la sumisión un
punto de vista independiente.
En el tiempo
anterior al 21 de marzo de 2003, los preparativos
de la guerra contra Irak se convierten en la
puesta en escena de la voluntad imperial. Allí
estaba el enemigo ¾ un tirano indefendible¾ y allí se levantaba, marmórea,
inconmensurable, la causa, la voluntad del
gobierno de George Bush y sus aliados. "El
que no está conmigo saldrá en la foto del
gabinete de guerra de Hussein". En sí
mismo, el anuncio de guerra resulta ser,
literalmente, la proclamación del Nuevo Orden
Mundial. ¿Qué se requiere? Algo mínimo: la
sacralización de las palabras del presidente de
Estados Unidos, es decir el monopolio irrestricto
de las decisiones, las acciones, y las
interpretaciones.
En el esquema,
la impunidad no tiene cabida porque ser impune es
huir triunfalmente del castigo. Si se observan,
como todos lo hemos hecho, los pronunciamientos a
lo largo de medio año de Bush, Donald Rumsfeld,
Condoleeza Rice, Colin Powell, Dick Cheney, Tommy
Franks, Perle o cualquiera del inner circle,
para ya no mencionar el carisma en ruinas de Tony
Blair y la gana de Aznar de ser algún día
objeto de miradas de asombro, se advertirá por
qué la condición de impunes les parecería
afrentosa. El que retiene y decide el sentido de
las Tablas de la Ley (la maquinaria militar más
perfecta del planeta y el aparato financiero más
implacable aunque devastador para todos) es el
que concede la impunidad, tan suya como
todo lo demás.
¿En qué se
sustenta la arrogancia nunca antes vista? En una
certidumbre: "Somos los creadores de la
globalización, y nuestra globalización no
concede alternativas. El que nos desafía se
queda a la intemperie de lo local". El 11 de
septiembre reafirma con creces este título de
propiedad del mundo, y esparce el sentimiento
más apreciado por el Imperio: la impotencia que
es la conclusión práctica de la desesperanza. Y
a esto lo condimentan las tesis del triunfalismo:
El choque de las civilizaciones, de Samuel
Huntington, El fin de la Historia, de
Francis Fukuyama, el "Eje del Mal", ese
Concilio de Trento en una nuez de George Bush. Al
poder lo perfecciona la ideología sumaria.
De
cómo vino el imperio perfecto y se fue
¿Qué sucede
entonces? ¿Por qué la falta de unanimidad de
hoy? Entre el anuncio de la guerra, más
exactamente de la invasión y estos días,
suceden o cristalizan varias tendencias que son
movimientos y movilizaciones:
-El centro de
las manipulaciones del autoritarismo o del
totalitarismo es llevar a las personas a no
distinguir entre la realidad y la ficción. Lo
que se dice, se promete y se vive resultan lo
mismo porque la falta de alternativas borra los
matices y los distingos y genera un campo
unificado en donde la impotencia hace que todo
dé lo mismo, mientras no afecte lo personal y lo
familiar. La política del gobierno estadunidense
en Medio Oriente, muy en especial en Palestina e
Irak, no admite la fusión entre lo real y lo
ficcional. Todo resulta muy vívido, y así los
climas de histeria busquen atenuar o confundir,
lo esencial permanece: un país busca convertirse
en la única fuente de legalidad, es decir, en el
poder y la justicia del mundo. Por eso ha
sido tan importante el señalamiento doble: la
invasión es ilegal y es ilegítima lo que no
evita los misiles pero sí despoja radicalmente a
la operación de una de las metas: el monopolio
de la justicia.
El
desprecio por las Naciones Unidas ha sido en lo
básico el afán por deshacerse de las
burocracias superfluas. Un desdén así no se
improvisa y viene de la consideración extensa:
la eficacia de nuestras acciones demanda la
agilización de los trámites, y la ONU, esa
burocracia alterna, sólo quita tiempo. De allí
que a Bush, Blair y a la comparsa casi anónima,
le sea tan eliminable el visto bueno del Consejo
de Seguridad. Sin embargo, prescindir incluso del
apoyo mínimamente negociado de los demás
gobiernos, es costoso y obliga a disidencias y
discrepancias de los no dispuestos a renunciar a
sus gobiernos. (Esto explica la acción necesaria
de Vicente Fox al discrepar de Bush, y esto
debería llevarlo a escuchar el acuerdo del
Senado y oponerse a que continúa la invasión).
A partir
de la difusión de los derechos humanos, en
última instancia una acción de rescate de la
legalidad usurpada por los gobiernos, se ha ido
creando algo equivalente a la ciudadanía global,
una sociedad civil internacional que se ofrece
como la ONU sin burocracia, que se nutre de las
reacciones simultáneas de grupos y sectores en
todos los países, y que no pretende poder ajeno
al de sus causas. A esta conciencia múltiple no
la seduce la meta de la Revolución y asume
causas muy variadas. Entre ellas, la defensa de
los ecosistemas, el desarme mundial, los
Protocolos de Kyoto, los derechos civiles y
humanos, la muerte a pedradas de una
"adúltera" en Nigeria, los asesinatos
de mujeres en Ciudad Juárez, la satanización
del Islam, el sexismo de los musulmanes, el sida
en África y en general en el mundo. ¿Algunas de
sus expresiones? La solidaridad con Chiapas,
la emergencia de otra perspectiva de la
globalización en Seattle y Milán, el Foro de
Portoalegre y, de modo extraordinario, el
"No a la guerra, no en nuestro nombre"
hoy tan presente en Nueva York, San Francisco,
toda España, Puebla, Sydney, Londres, Asia,
Bogotá, Santiago de Chile, Canadá, Washington,
¡las Azores! Es una exigencia de paz muy al
tanto de su poder acrecentado al no surgir de una
sola nación y de una ideología compartida sino
de la respuesta en todos los países con distinta
resonancia y voluntad unificada. Coinciden el
punto de partida y la meta: no podemos detener la
invasión y la guerra (el espíritu bélico) pero
ganaremos la paz, el estado de ánimo de la
globalización alternativa, la respuesta
electoral a la guerra, la desmilitarización de
las conciencias.
Un comentario al
margen: la violencia a nombre de la paz es una
contradicción evidente y es en casos como el de
la Ciudad de México, una distorsión lamentable
de las causas. Consignas del tipo de "La paz
burguesa no nos interesa" (cuyo complemento
lógico sería "La muerte del proletario es
un poemario") o de "Hussein escucha,
México está en tu lucha", acompañadas de
envío de grandes piedras, nada más notifican
del atraso enorme y de la ansiedad por impedir
las protestas genuinas. También la impotencia
dispone de vanguardias militantes.
Internet
ha sido un instrumento eficacísimo de este debut
magnífico de la ciudadanía global o, si se
quiere ser más preciso, de la sociedad civil
internacional y su cauda de ONG. Por Internet los
jóvenes especialmente ¾ un módico 80% de estas
movilizaciones¾ transmiten información,
humor, peticiones, imágenes, el conjunto que
avisa de la novedad inmensa, la imposibilidad de
la censura. Han fracasado el afán del gobierno
de Bush y el Pentágono en su afán de controlar
el flujo libre de la información y de suprimir
las imágenes inconvenientes. No se confunde el
sentimiento humanitario con el morbo, ni las
fotos de niños iraquíes muertos corresponden a
lo inconveniente sino a lo necesario. El ser
humano soporta sólo una dosis de realidad, y es
imposible vivir sin olvidar, pero también el
quebrantamiento de la impotencia requiere de la
información diversa y amplia. La solidaridad
depende de la verificación de imágenes,
análisis y hechos, y como siempre en invasiones
y en guerras a lo primero que agrede la censura
es el sentimiento de solidaridad.
En estos días,
en América Latina se vive la incorporación
orgánica a las vivencias planetarias. El 91% de
los encuestados en España se pronunció contra
la guerra. En América Latina la mayoría
comparte esta toma de posición. En la ceremonia
de los Oscar, Michael Moore, espléndidamente,
gritó: Shame on you, Mister Bush, y Gael
García Bernal afirmó con elocuencia: "Si
Frida Kahlo viviera estaría contra la
guerra". Episodios como los ocurridos en la
celebración culminante del show business
son parte del fenómeno múltiple y único:
oponerse a la invasión y la guerra contra los
pueblos es certificar que la globalización
alternativa comienza por el respeto a los
derechos de los seres humanos y de las
poblaciones bajo los misiles.
* Carlos
Monsiváis es escritor
y periodista mexicano. Este artículo fue
publicado en la edición 1,378 del semanario
mexicano Proceso y se reproduce en Sala de Prensa con la autorización expresa de la
subdirección editorial.
|