Para qué
un defensor de los lectores
Emilio
Filippi Muratto *
Las
relaciones de los medios de comunicación con el
público que los lee, los escucha o los ve
habitualmente se limitan, por lo general, a
satisfacer las necesidades que alguna de estas
facultades de los sentidos exige para sentirse
aparentemente a gusto. De esta manera, hay
personas que son lectoras habituales de un diario
o una revista, que escuchan siempre una emisora o
presencian puntualmente los informativos de sus
canales favoritos de televisión, y se sienten
gratificadas por el solo hecho de haber
encontrado en ellos las suficientes novedades de
lo que ocurre en su país o en el resto del
mundo.
Si bien hay un
relativo consenso en esta aceptación a priori
de que lo que dice su medio habitual forma parte
de la vida de quienes gustan de estar bien
informados, no cabe la menor duda que, en no
pocas oportunidades, se produce un natural
desacuerdo entre el enfoque con que se presenta
una noticia o se orienta un análisis y la
visión de quien recibe ese mensaje. Este
desajuste se basa, casi siempre, en datos
equivocados que entrega algún periodista, la
equívoca intencionalidad de un titular que no
corresponde a la sustancia del texto que encabeza
o a la distorsión histórica, científica o
ideológica respecto de determinados asuntos que
provocan confusión o controversia. Las
declaraciones de algunos personeros
entrevistados, que limitan con lo conflictivo o
sustentadas en afirmaciones erróneas o
descalificatorias para terceros, como la falsa
interpretación de hechos que, en lo básico,
parecieran no ser discutibles, causa en parte del
público un espontáneo desagrado.
Esta situación
no es privativa de un solo país o lugar. Existe
en la mayoría de las naciones, y hay un
generalizado consenso entre los periodistas y los
empresarios de los medios de comunicación acerca
de la urgencia de establecer instancias de
participación para aclarar hechos mal enfocados
y resguardar así el derecho de las personas a
ser leal, veraz y oportunamente informadas, en
tanto se respetan simultáneamente los derechos
de cada cual a ser resguardados en su dignidad.
Con ese
propósito fundamental, se ha establecido en
muchos periódicos y medios de comunicación del
mundo la institución del ombudsman, llamado en
algunas partes como "defensor del lector",
como "observador de los medios"
y en varias otras como "consejos de apelación",
término este ultimo menos usado porque pudiese
llamar a confusión, al vincularlo con entes de
carácter judicial.
Durante algunos
años he seguido la trayectoria del defensor del
Lector del diario madrileño "El País",
y he podido percibir el enriquecimiento y
sintonía de las relaciones entre el periódico,
sus periodistas y el público que lo lee con
fruición. Ha contribuido a ese escenario la
iniciativa del diario de poner a disposición de
quien desee adquirirlo un "Libro de
Estilo" en el cual se estipula los
principios editoriales con el diseño de las
conductas que deben mantener los periodistas en
relación con la difusión clara, veraz y precisa
de las informaciones que ellos recogen en las
diversas fuentes a las que tienen acceso. Si el
lector percibe que algún relato no se compadece
con lo indicado en el mencionado libro y, como
éste señala también cuáles son los mecanismos
que puede usar cualquier persona para requerir
del periódico una explicación, rectificación o
nota aclaratoria, el defensor del lector se
encarga de indagar los antecedentes certeros de
la crónica o la justificación exacta de la
actitud asumida por el autor o las razones
esgrimidas por el editor para presentar su
material de determinada forma. Muchas veces, el
"ombudsman" les encuentra la
razón a los reclamantes y así lo hace saber en
una columna semanal que "El País"
publica en domingo con el debido relieve en su
página editorial.
El defensor del
lector tiene plena autonomía para resolver tales
discrepancias con los lectores. Y aunque es
nombrado por la Dirección del diario por un
período de cuatro años, a lo menos, no actúa
como subalterno de éste sino que responde de la
ecuanimidad de sus actos y de la justicia de sus
dictámenes ante el Comité de Redacción. El
éxito que tiene ante el público es digno de ser
mencionado, especialmente por el celo que pone en
el cumplimiento de lo substancial de su ideario.
Por ejemplo: 1. "Los redactores no deben
hacer el vacío a un personaje o a una
institución sólo porque hayan tenido problemas
para cubrir determinada noticia"; 2.
"El periódico ha de ser el primero en
subsanar los errores cometidos en sus páginas y
hacerlo lo más rápidamente posible y sin
tapujos. Esta tarea recae de manera muy especial
en los responsables del área informativa";
3. "El periodista transmite a los lectores
noticias comprobadas y se abstiene de incluir en
ellas sus opiniones personales. Cuando un hecho
no haya sido verificado suficientemente, el
redactor evitará en las noticias expresiones
como al parecer, podría, no
se descarta o similares. Estas fórmulas
sólo sirven para añadir hechos no contrastados
o rumores"; 4. "Los rumores no son
noticia. Cuando un rumor sea utilizado por una
persona o grupo como arma antojadiza contra otro,
se podrá denunciar este hecho, pero sin citar
las acusaciones difundidas mediante esa
argucia".
Como se puede
apreciar, la necesidad de que cada medio tenga un
"defensor del público" es más que
meridiana. Hemos sido testigos en Chile que
algunos diarios, revistas, radioemisoras y
canales de televisión son reacios a aceptar
observaciones a sus formas de actuar y asumen una
posición un tanto arrogante, tal vez porque
temen desperfilarse ante la comunidad social.
Posiblemente estén en un craso error. Hay
experiencias externas que demuestran que, cuando
un medio ha introducido un "ombudsman"
en su equipo ha aumentado sustancialmente su
nivel de credibilidad y de prestigio. Y eso
ocurre, porque el público ve en ello una forma
maciza de trasparencia y, por lo tanto, más
autoridad moral para exigir esta virtud en los
poderes del Estado y en las instituciones
privadas que son regularmente fuentes de sus
noticias.
Una reflexión
sobre este punto podría ser tema de análisis,
si se da la oportunidad de un encuentro de los
profesionales de los medios de comunicación con
los empresarios de los mismos, y un acercamiento
entre la sociedad usuaria y quienes producen
estos instrumentos difusores de las nociones
exactas de lo que ocurre y que el pueblo tiene
pleno derecho a conocer.
* Emilio
Filippi Muratto,
periodista chileno, es miembro del Consejo
Editorial de Sala de Prensa y profesor de Ética Profesional,
Legislación de Prensa y Derecho a la
Información. Fue presidente nacional del Colegio de Periodistas
de Chile y primer
presidente del Tribunal Nacional de Ética y Disciplina de esa organización gremial.
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