Contextos
jurídico, político y
social del defensor del lector
Gerardo
Albarrán de Alba *
Josep
María Cassasús está a media jornada de trabajo
en la Universidad Pompeu Fabra. Desde su oficina
no se ve la Rambla de Barcelona ni llega el ruido
de una de las calles más concurridas de esta
ciudad. Llevamos más de una hora conversando y
tiene que salir a una junta en La Vanguardia,
periódico del que es defensor del lector desde
hace casi dos años. Pero antes, es hora de
llamar a su buzón de voz para recibir las quejas
y comentarios de los lectores, rutina cotidiana
de la que nutre la supervisión deontológica en
ese diario catalán. Sus dedos marcan los
dígitos clave y su gesto y actitud corporal se
agravan mientras escucha desde el auricular.
"Hay un mensaje", me dice, y apresta
papel y lápiz. Sus cejas se enarcan al oír una
voz. Cuelga en silencio y en su cara se nota un
dejo de decepción: "Era mi mujer".
En el cuarto
piso del edificio uno de El País, Malén
Aznárez acomoda aún papeles que saca de algunas
cajas de cartón. Apenas lleva ocho días ahí y
sólo ha publicado una columna como nueva
defensora del lector del diario madrileño. Acaba
de descubrir que comparte secretarias con los
directivos del periódico y su cubículo todavía
no refleja un solo rasgo de su personalidad.
Camilo Valdecantos, su antecesor, se ha llevado
sus archivos personales y cualquier otra cosa que
colgara de la pared. Los estantes del librero
están semivacíos y sobre el escritorio hay
algunos papeles y libros con párrafos resaltados
con marcador amarillo. Malén no tiene respuesta
a casi ninguna de mis preguntas sobre la figura
que ahora ella representa. "Acabo de llegar
al puesto y nadie me dijo qué debo hacer ni
cómo lo debo hacer", se excusa, mientras
busca en el Libro de Estilo y en la
Constitución española ("mis únicas
guías") algún dato que me pueda ser útil,
y mejor me pregunta cómo obtener su membresía
en la Organization of News Ombudsmen y qué tiene
que hacer para asistir al próximo congreso en
Estambul, en mayo. "Ya nos veremos allá y
podré decirte algo de cómo me las he ido
arreglando acá".
Estas son dos
estampas de defensores del lector en España
una que empieza apenas, otro que ya se
acerca al final de su periodo que reflejan
la naturaleza solitaria y empírica de una
actividad que se construye a sí misma a partir
de la acumulación de experiencia diaria, pero
que se desenvuelve en contextos jurídicos,
deontológicos, políticos y sociales de los que
no son ajenos y que, de país en país, marcan
los derroteros por los que deberán ajustar su
actuación, aun cuando no lo saben. Y es que,
como me explica Germán Rey, asesor de El
Tiempo, en Bogotá, "uno deja de ser
defensor del lector justo en el momento en que
está listo para empezar a serlo".
En el camino,
los defensores del lector van descubriendo que su
función deontológica no sólo enfrenta
resistencias internas en la redacción e incluso
entre los directivos, sino que les exige un
elevado conocimiento de su propia realidad.
Contexto
jurídico
La libertad de
expresión y la libertad de información, pese a
ser valores universalmente reconocidos,1 encuentran límites
claros particularmente en las leyes cuando se
confrontan con otros valores y derechos. Especial
desarrollo jurídico ha tenido la protección al
derecho al honor, a la intimidad y a la propia
imagen, así como la protección de la juventud y
de la infancia.2 En Latinoamérica, la
difamación o injuria y la calumnia son punibles
y acarrean sanciones penales y civiles, mientas
que en democracias consolidadas3 la causa se restringe al
ámbito civil.4 Aun peor, en nuestra
región existen todavía algunas leyes que
castigan el desacato.5 En casi todos los
sistemas se tutelan los derechos de réplica y de
rectificación.6
Las tensiones
entre estos derechos deben ser resueltas por los
jueces, que ponen en la balanza la prevalencia de
derechos; sin embargo, las interpretaciones no
pueden ser simples. ¿Los derechos antes
mencionados son los límites naturales de las
libertades de expresión e información o, por el
contrario, las libertades de expresión e
información constituyen el límite de otros
derechos fundamentales? Abunda la literatura
especializada donde se recoge este debate.7 Por lo pronto, conviene
recordar que el Tribunal Constitucional español
ha interpretado que el derecho a la libertad de
expresión, cuando se ejercita en asuntos
necesarios y trascendentes para la opinión
pública, propios del Estado democrático, ocupa
una posición preferencial en la colisión con
otros derechos. (Aguilera Fernández , 1990, pp.
98 ss.) En esa lógica, cabe pensar que dicha
preferencia desaparece cuando la información u
opinión versan sobre cuestiones sin relevancia
política.8
A fin de
cuentas, hablamos de una cuestión de administrar
libertades. En materia de libertad de expresión,
y contrario a lo que opinan los absolutistas,9 este ejercicio sí tiene
límites que están marcados no sólo por las
leyes,10 sino por la ética
periodística.11
El dilema entre
cuál de los dos sistemas el jurídico o el
deontológico debe regular la actividad
periodística no es menor: las leyes pueden ser
más que restrictivas y eventualmente injustas, y
la ética resulta un concepto inasible que,
además, puede y suele ser
fácilmente echa de lado. El primer caso se
presta al abuso de poder de los gobiernos y a la
persecución judicial de los periodistas; en el
segundo, se abren las puertas a la
irresponsabilidad, el sensacionalismo y la
mercantilización de la información. En palabras
de Exeni:
Regular el
periodismo es un riesgo; no regularlo, un
peligro. Temerosos del riesgo, legisladores y
periodistas optan por el peligro. Y deciden
abstenerse. El resultado es la ausencia, o
incumplimiento, de normas. Así, el
periodismo se sujeta únicamente a sus
principios. La mejor ley, la más atractiva,
es la que no existe. La apuesta «segura»
se afirma, se convence es la
autorregulación. Pero ésta, cuando logra
abrirse paso, resulta insuficiente.12
En materia
jurídica, las restricciones a la libertad de
expresión también enfrentan el singular
problema de que se trata éste de un concepto
jurídico indeterminado, sujeto a la
interpretación de legisladores y jueces según
los valores sociales vigentes en cada país, y de
acuerdo con otros derechos y bienes protegidos
constitucionalmente. En todo caso, en las
limitaciones jurídicas a la libertad de
expresión y, consecuentemente, a la
libertad de prensa,13 que es su manifestación
más clara en democracia debe aplicarse el
principio pro libertate, es decir, la
limitación menor o la que resulte estrictamente
indispensable para asegurar el ejercicio de otros
derechos subjetivos fundamentales o preserven de
peligro al Estado democrático, y, por supuesto,
no deben ubicarse en lo impracticable, según las
doctrinas española y alemana, (Aguilera
Fernández, 1990, pp. 7 ss.) que en esta rama del
derecho se encuentran entre las más avanzadas.
Por cuanto a la ética, los límites a la
libertad de expresión se encuentran relacionados
con el hecho de que el periodista14 y los medios operan
dentro de los marcos de un derecho humano
esencial: la información.
Las leyes son de
por sí particularmente puntuales para limitar la
libertad de prensa, ya sea por el legítimo
interés de preservar otros derechos básicos, o
bien como mecanismo de control para sujetar a los
medios a los estrechos márgenes del estatus
quo.15 La ética, en cambio,
obliga moralmente a periodistas y medios con
bienes superiores que distinguen a un Estado
social y democrático de Derecho.
Como toda moral
individual, los valores éticos de los
periodistas son una cuestión personal16 y tienen tantos matices
como reporteros y editores ha habido desde que se
inventó la imprenta. Sin embargo, es posible
construir un entramado moral básico y común,
mediante el diálogo ético en las redacciones.17 De hecho, existen ya un
buen número de valores compartidos casi
universalmente por periodistas y dueños de
medios, mismos que han logrado arraigarse en las
prácticas cotidianas de recolección,
tratamiento y difusión de información
periodística. Nos referimos, por supuesto, a
enunciados comunes que podemos encontrar en la
mayoría de los códigos deontológicos de la
profesión en el mundo.18 Estos han sido la base
normativa escrita de la autorregulación
periodística19 desde hace casi un
siglo.20
Contexto
político y social
La prensa que
hoy conocemos tiene poco que ver con aquella que
el filósofo francés Alexis de Tocqueville
contempló con resignación en la joven
democracia estadunidense, en el primer tercio del
siglo XIX, consciente de que era una suerte de
mal necesario.21 Y es que, en sus
orígenes, los periódicos del mundo se asumían
como abanderados de ideales e intereses en pugna;
lo mismo defendían que atacaban posiciones
políticas y tomaban partido abiertamente en cada
diferendo ideológico. Algunos medios, incluso,
eran subvencionados directamente por el gobierno
o por partidos políticos.22 Aquella prensa
respondía al espíritu libertario de la época
que buscaba la máxima libertad posible fundada
en la individualidad y en la diversidad,23 pero que también
propició tanto el atropellamiento de derechos de
terceros que hoy consideramos fundamentales24 como el surgimiento de
una prensa sensacionalista y cínica, a finales
del siglo XIX, capaz de mentir con tal de
asegurar los primeros tirajes masivos.25
No es sino hasta
ya entrado el siglo XX que los periodistas se
cuestionan la naturaleza de su función en
sociedad e inician una autocrítica sistemática
de sus métodos y contenidos.26 Son varios
los periodistas que inician la construcción de
un discurso ético y llaman a la autocontención,
particularmente en Estados Unidos,27 prefigurando un sentido
de responsabilidad profesional que habría de
entrar en conflicto con la creciente influencia
de los propios medios en la vida de sus
comunidades e incluso de sus naciones. Esta
práctica cobra la mayor importancia a partir del
riesgo latente de que los gobiernos impusieran
mecanismos de regulación que acotarían el
ámbito de libertades hasta entonces disfrutado
por la prensa, a mediados del siglo XX.28
Uno de los
paradigmas de la libertad de prensa ha sido,
precisamente su independencia del poder
político, la cual suele ser el estandarte más
importante que blande la prensa estadunidense y
europea. Sin embargo, los medios en esas regiones
han sido mucho menos independientes de lo que
quieren hacer creer. Particularmente durante
guerras, o en graves conflictos sociales
internos, la prensa ha sido un aliado abierto de
sus gobiernos.29 Tras la crisis desatada
por los ataques a Nueva York y Washington, en
septiembre de 2001, nuevamente se reproduce la
contradicción y la prensa estadunidense abandona
el papel del que gusta presumir como «perro
guardián» frente al poder, y parecen más
«perros falderos». Esto que fue dicho en 1991,
al iniciarse la intervención estadunidense en el
Golfo Pérsico, es igualmente aplicable a la
actual ofensiva contra Afganistán, pues entonces
como ahora, en los hechos, los medios sirvieron
como agentes de propaganda del gobierno
difundiendo
básicamente la versión oficial de la
administración del presidente George Bush
[padre del actual presidente de Estados
Unidos] sin ningún contrapeso crítico y
claramente callaron u omitieron voces
discordantes. Esto dificultó la distinción
entre la línea política gubernamental y la
línea editorial, contribuyendo así a
obtener un aplastante respaldo del público a
la guerra.30
Tal actitud
corresponde plenamente con la postura adoptada
por muchos medios que se consideran incluso por
encima de la sociedad, como lo evidencia la
tristemente multicitada expresión de William P.
Hamilton, dueño del diario The Wall Street
Journal:
Un
periódico es una empresa privada que no le
debe nada al público, el cual no le ha
concedido ninguna franquicia. Por lo tanto,
el interés público no tiene influencia.
Enfáticamente, es propiedad de su dueño,
quien vende un producto manufacturado bajo su
propio riesgo.
En el otro
extremo, la teoría de la responsabilidad social
de la prensa, surgida de los embates de la
Commission on Freedom of the Press,31 no acaba de dejar de ser
una teoría y aún está lejos de ser una
realidad. De hecho, muchas de las conductas
aparentemente éticas de la prensa en Estados
Unidos, Canadá y Europa están más bien
determinadas por un sentido de autoprotección
contra demandas civiles por difamación. Esta es
quizá una de las mayores diferencias en las
prácticas periodísticas estadunidense y
latinoamericana, pues mientras los periodistas en
aquel país viven bajo la mira de los abogados,
en Latinoamérica son más los reporteros que
viven bajo amenaza de muerte tanto por
parte de sus propios gobiernos como del crimen
organizado y la guerrilla que en riesgo de
sanción judicial.32
La historia de
las relaciones prensa-poder en Latinoamérica no
ha sido fácil. Marcados por décadas de
dictaduras militares a veces
repetidas en todos los países, excepto
México, Colombia y Costa Rica,33 los medios de la región
han vivido etapas de censura abierta.34 Y aun cuando todos estos
países con excepción de Cuba
cuentan en este momento con gobiernos electos, la
situación de la prensa en general no ha mejorado
sustancialmente. Como antaño cuando era
común ser sometidos a acoso, persecución,
amenazas, desapariciones y asesinato, los
periodistas latinoamericanos han tenido que
plegarse muchas veces al poder, aunque también
han sabido enfrentarlo, aun a costa de su vida.
Solamente entre 1988 y 2001, fueron asesinados
120 periodistas en Colombia, Perú, México,
Brasil, El Salvador, Guatemala, Haití,
Argentina, Honduras, Venezuela, Chile, República
Dominicana, Ecuador, Panamá, Paraguay y Costa
Rica.35 En lo que va del año,
se ha confirmado el asesinato de otros cuatro
periodistas por causas relacionadas con su
trabajo, dos en Colombia y uno en Brasil y
Venezuela.36
El panorama
jurídico tampoco luce alentador. Hasta 2001, al
menos 17 países Latinoamericanos sostenían en
vigor leyes de desacato; otras acciones
judiciales contra la difamación, la calumnia y
la invasión de vida privada son observadas más
como mecanismo de intimidación contra la prensa
que como prácticas reales de impartición de
justicia.37 Dos ejemplos
correspondientes a finales de 2001 lo ilustran:
en Panamá, «la tercera parte de todos los
periodistas en estos momentos enfrentan demandas
penales por difamación», y en Costa Rica, «el
37% [de los periodistas] indicó que habían sido
amenazados con demandas por calumnia, injuria y
difamación».38
A esta
situación se agrega un hecho doloroso para
cualquier periodista: en ocasiones, el enemigo
está en casa. En efecto, las condiciones
laborales de los periodistas latinoamericanos
dista mucho de ser la óptima. En general,
encontramos jornadas excesivas que rebasan con
mucho las ocho horas de trabajo diario, sin pago
extra, por sólo un día de descanso semanal; la
«cuota» diaria que deben producir los
reporteros va de cuatro a siete notas, cuando
menos, cubriendo cinco o más fuentes; los
salarios de la mayoría no rebasan los ingresos
de un obrero calificado y, además, en el caso de
muchos reporteros y fotógrafos, se ven mermados
porque deben comprar ellos mismos sus
herramientas básicas de trabajo plumas,
libretas, grabadoras, casetes, pilas, cámaras,
rollos de película, celulares o localizadores, e
incluso computadoras personales para trabajar en
casa y el acceso a Internet y pagar sus
traslados y comidas. Esta situación se repite en
la mayoría de los medios latinoamericanos, con
excepción de los grandes diarios y televisoras
de la región, aunque incluso en estos
encontramos que existe una franja de periodistas
en la base de la pirámide jerárquica cuyas
condiciones laborales no distan mucho de las
antes descritas. Esta explotación suele ser aún
más grave en los periódicos del interior de
cada país, muchos de los cuales trabajan aún en
esquemas de propiedad familiar. Súmese a eso la
falta de apoyo real en caso de conflicto, pues no
es inusual que los intereses comerciales o
extraperiodísticos de los dueños y directivos
de los medios se impongan sobre el estatus
profesional y la estabilidad laboral del
periodista que, normalmente, significa la parte
más delgada de un hilo que eventualmente debe
romperse. Lo más desesperante, quizá, es la
falta de opciones de trabajo debido a la
creciente concentración de la propiedad de los
medios, cuyas empresas controladoras reproducen
los esquemas laborales y salariales en el
conjunto de la propiedad mediática.39
Este fenómeno
abarca a todo el mundo y afecta a los procesos
democráticos de todas las sociedades, pues los
medios han sido despojados de una de sus
principales características: representar la
posibilidad de debate público. Esto preocupa a
politólogos, sociólogos y comunicólogos, pues
pone en manos de unos cuantos poderosos el
control de la información global que se traduce
ya en un discurso homogéneo a favor de sus
intereses económicos y políticos.40 A finales del siglo XX,
12 grupos controlaban la comunicación global:
Disney Capital Cities-abc; aol-Time Warner (antes
Time Warner-Turner, propietaria de cnn, entre
otros muchos medios); News Corporation, del
australiano Rupert Murdoch; el consorcio alemán
Bertelsman; General Electric-nbc; cbs Inc. (antes
Westinghouse-cbs); Newhouse/Advanced
Publications; Viacom; Microsoft;
Matra-Hachette-Filipacchi; Gannett, y el mayor
controlador de televisión restringida,
Tele-Communications Inc. (tci). Visto por
países, la situación no mejora. Ahí están los
casos de Italia, bajo el control de Silvio
Berlusconi; o el de México, que padeció durante
décadas el monopolio de Televisa y hoy el
oligopolio que integra junto con TV Azteca; o el
de Guatemala, cuyos canales de televisión 3, 7,
11 y 13 son propiedad del empresario mexicano
Angel González.
La prensa
escrita no se salva de esta tendencia. En Estados
Unidos, ya desde mediados del siglo XX, la
competencia entre diarios se había reducido a
menos del 7% de las ciudades de ese país, y para
2002, prácticamente no quedaban diarios locales
independientes, sino que formaban parte de algún
grupo mediático. En Latinoamérica, cada vez es
mayor la concentración de la propiedad de medios
impresos, como claramente lo ejemplifica el caso
mexicano.41
Si ya de por sí
para los periodistas resulta difícil distinguir
matices en la orientación editorial e
ideológica de los medios controlados por
corporaciones, lo es aún más para la sociedad
que, generalmente, desconoce la composición
empresarial de los medios que consume. La
manipulación es un riesgo más que latente;
ocurre con frecuencia.42
Ante esto, la
sociedad no está inerme, como pareciera en
primera instancia. Tiene en sus propias manos la
posibilidad de señalar públicamente a los
medios que trabajan a sus espaldas, inspirados
por posturas similares a la del dueño de The
Wall Street Journal, o que hacen de su
participación mediática el principal activo de
sus intereses políticos y económicos, en los
que, ciertamente la sociedad no juega otro papel
que el de masa.
Lo que sigue es
básicamente tarea del ciudadano. Resulta
indispensable que éste abandone su papel de
espectador acrítico de pseudorrealidades que le
presentan los medios de comunicación
particularmente la televisión,
sucesos sin contenido ni explicación que son
aceptados porque son vistos, aunque no se
entiendan. Ante la sobreabundancia de
información que caracteriza nuestra época, las
redacciones transmiten hoy información sin
sentido, y el espectador ya no más
receptor de información contempla sucesos
cuyo único significado descansa en la imagen o
en la descripción. El ciudadano elude su
responsabilidad social de pensar y, por lo tanto,
de buscar información de calidad y de discernir
entre la calidad de las fuentes de información.
Hoy, Latinoamérica, los ciudadanos no pueden
renunciar irresponsablemente al deber cívico de
resistir, de pensar, de confrontar, de defender
los espacios de libertad conquistados a lo largo
de la historia y que, hoy en día, están en
peligro de fosilizarse en modelos globalizados de
información. Esto es más que una posibilidad
individual, es una opción cívica frente a la
difuminación del concepto de Estado, pues
todavía puede ser cierto que
las
instituciones constitucionales de la
democracia de masas estatal-social cuentan
con una opinión pública intacta, puesto que
ésta sigue siendo la única base reconocida
de la legitimación del dominio público.
(Habermas, 1997, p. 262.)
Por supuesto, no
toda la responsabilidad por la enajenación recae
en el ciudadano. Los medios, por su parte, pueden
elegir entre dos claras opciones: ser garantes e
impulsores del desarrollo democrático, o ser
meros agentes del control social global. En
efecto, la prensa juega un papel determinante, ya
sea para reproducir la estupidización de las
masas43 o para generar la
demanda de información de calidad en la que
prime el interés público, el contexto, la
relevancia del hecho, la pertinencia social, es
decir, la información veraz, el dato y el hecho
comprobables, objetivables. El periodismo, nació
de un ser social preocupado de saber, de
comprender y de relacionarse. La información
periodística le daba herramientas para ejercer
ese papel social. Luego, el periodismo se
convirtió en industria y la información en
mercancía. Esto, junto con otros procesos
culturales que alimentan el aislamiento
individualista de nuestras sociedades,
prácticamente cancelaron el debate público y lo
sustituyeron por el entretenimiento, ilusión que
nutre la pereza cívica y anula el pensamiento
crítico en un receptor embrutecido, complaciente
ante una comunicación unidireccional e ignorante
de la existencia de información necesaria para
su participación activa y eficaz en sociedad.44
Asistimos a un
espectáculo deplorable: los individuos que
integran toda sociedad han sido reducidos a la
condición de masa por un modelo predominante de
libre mercado al que los medios se han ajustado
cómodamente. La globalización financiera,
comercial e informativa no considera al individuo
como ciudadano, sino como simple consumidor.
Por eso el papel
de la sociedad en el desarrollo de los medios no
es menor. Es notorio que en países como México
la prensa de la mayor parte del siglo XX se
mantuvo un paso atrás de la evolución de la
sociedad a la que supuestamente servía, y fue
ésta la que arrastró tras de sí a los medios,
forzándolos a la apertura.45 Toca ahora a la prensa
entender los cambios y transformarse rápidamente
para asumir el papel que le corresponde en el
largo proceso de consolidación democrática que
le espera a Latinoamérica, en general, y a
México, en particular. La posibilidad está
abierta, si es que es cierto que «la prensa
siempre toma la forma y matices de las
estructuras sociales y políticas en las
cuales funciona». (Siebert, Peterson y Schramm,
1956, p. 1)
Conclusiones
Sabemos que la
autorregulación periodística es, por
naturaleza, voluntaria. Implica el compromiso
particular de un medio con la sociedad a la que
sirve sin que exista coacción externa alguna. Es
el reconocimiento explícito de la prensa de los
límites a la libertad de expresión que ejerce;
es la subordinación de su quehacer profesional y
desarrollo empresarial al derecho fundamental a
la información, de la que es titular cada
individuo de la sociedad, y es la manifestación
más clara de conciencia sobre su responsabilidad
social.
Un escenario
ideal no acepta gradación: el compromiso
deontológico del periodista debería ser pleno.
Sin embargo, la realidad nos muestra tantos
niveles de conciencia ética como estadios de
desarrollo social, cultural, económico y
político existen. A fin de cuentas, el
periodista no es sino un individuo y, como tal,
parte de la sociedad en la que vive; no es inmune
a su propio entorno. Así, es relativamente
fácil encontrar periodistas que carecen de los
referentes necesarios para compararse y a partir
de los cuales corregirse. Pero no hay un solo
periodista sin ética; afirmar lo contrario
despojaría de sentido a esta profesión. Aun el
moralmente peor reportero, fotógrafo o editor
puede llegar al punto en donde diga «no», donde
encuentre su propio límite. Y si bien éste
puede quedar muy lejos de cualquier paradigma
deontológico, ahí hay un dejo de ética, de
resabio moral. Solamente por eso, deberíamos
afirmar que no todo está perdido, que el
desarrollo de la conciencia ética del periodista
es un proceso acumulativo de experiencia,
conocimiento práctico y estudio filosófico, que
siempre será inacabado y cuya evolución depende
incluso de buenas condiciones laborales objetivas
y concretas. Sin todo esto, el desconocimiento
deontológico de la profesión propiciado
por el empirismo y, más grave aún, por la
deficiente formación profesional en las
universidades retroalimenta a los criterios
morales más laxos. Esto constituye un serio
obstáculo para el periodismo profesional, que
sólo puede llamarse así cuando es moralmente
ético y socialmente responsable. Pero no es
insalvable. La divulgación de la deontología
periodística aparece como condición sina que
non para alentar el diálogo ético entre los
periodistas, para la definición de los límites
dentro de cada redacción y para la construcción
axiológica de la profesión.
Esta tarea no
puede ni debe dejarse sólo a los periodistas,
mucho menos cabe que dependa de la voluntad
empresarial mediática. El Estado juega un papel
determinante como garante de los derechos
fundamentales de la sociedad y tiene la
obligación política y jurídica de arbitrar el
derecho a la información y la libertad de
expresión cuando entra en conflicto con otras
garantías individuales, pero no debe atreverse a
intentar legislar en materia deontológica, pues
la conciencia de los periodistas está fuera del
ámbito de su competencia. Por su parte, la
sociedad tiene su propia responsabilidad frente a
los medios: su derecho a recibir información va
acompañado del deber de exigir y buscar
información de calidad, y de exhibir
públicamente los desvío y abusos de la prensa.
Por supuesto, es cierto que «prensa y democracia
se levantan o caen juntas». Por ello,
Latinoamérica podría adoptar la Recomendación
1215 del Consejo de Ministros que hizo en 1993 al
Consejo de Europa, de
promover la
creación de asociaciones de usuarios de los
medios y fomentar la enseñanza en las
escuelas del uso de los medios de
comunicación.
Finalmente, la
calidad y pertinencia social de la información,
en particular, y de los contenidos, en general,
que ofrecen los medios de comunicación masiva
guarda estrecha relación con la articulación de
la sociedad civil, y puede ir delante o detrás
de ésta, impulsándola o reteniéndola en sus
procesos de gestión de relaciones e intereses,
no sólo reflejándola, como todavía suelen
alegar muchos periodistas que es su única
función. La línea divisoria entre un círculo
virtuoso de retroalimentación prensa-sociedad
con la mediación democrática del Estado
que contenga la avidez del mercado y preserve los
derechos fundamentales de todos, y un
círculo vicioso de autocomplacencia e
irresponsabilidad mutua con la tentación
autoritaria gubernamental y las fuerzas del
mercado desbocadas pendiendo sobre todos es
demasiado tenue para ignorarla y dejarla
abandonada a su suerte. La construcción de un
Estado social y democrático de Derecho se funda
en la participación responsable de todos.
_______
NOTAS:
1 La Organización de las Naciones Unidas
consagró las libertades de expresión e
información en el artículo 19 de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos,
en 1948.
2 Cfr. Las Constituciones de los
Estados de la Unión Europea (1996). Madrid.
Centro de Estudios Constitucionales,
especialmente el artículo 20.4 de la
constitución española, p. 214.
3 En una conferencia realizada en el
Instituto Federal Electoral, Luigi Ferrajoli
sostuvo que "la democracia constitucional se
configura como un sistema de reglas que, al
consistir en la atribución en forma universal de
derechos fundamentales, tiende a la
igualdad". (2001) Para Michelangelo Bovero
existen condiciones (algunos derechos políticos)
y precondiciones (otros derechos fundamentales)
que "forman el parámetro teórico con base
en el cual se puede juzgar rigurosamente si un
régimen político real (una forma de gobierno
concreta) es democrático y en qué medida lo es.
(2001) En cualquier caso, desde un punto de vista
prescriptivo, la democracia es más que una forma
de gobierno o un régimen político. Por ejemplo,
para Tocqueville la democracia es un estado de la
sociedad y no una forma de gobierno. (1980) Por
su parte, Dahl reserva el término
"democracia" al ideal del sistema que,
entre otras cosas, procura la satisfacción casi
total de todos sus ciudadanos sin distinciones
políticas. (1989)
4 Varias organizaciones de protección a
los periodistas, como el cpj, en Nueva York,
pugnan porque los gobiernos latinoamericanos
reformen sus leyes penales y abandonen la
práctica de sancionar con prisión los casos de
calumnia y difamación.
5 Cfr. «Informe del relator especial
para la libertad de expresión, 2001» Comisión
Interamericana de Derechos Humanos. oea.
Específicamente se señalan 17 países
latinoamericanos que mantienen vigentes leyes que
sancionan la figura de desacato.
6 La doctrina francesa distingue entre
derecho de réplica y derecho de rectificación,
otorgando carácter privado a la primera y
público a la segunda. Vid. Marc Carrillo.
«Libertad de expresión y derecho de
rectificación en la Constitución española de
1978. Comentario a la Ley Orgánica 2/1984 de 26
de marzo», Revista de Derecho Político de la
UNED, no. 23, 1986, pp. 44 ss.
7 La Declaración Universal de los
Derechos Humanos también advierte, en su
artículo 29, que: «En el ejercicio de sus
derechos y en el disfrute de sus libertades, toda
persona estará sujeta solamente a las
limitaciones establecidas por la ley con el
único fin de asegurar el reconocimiento y el
respeto de los derechos y libertades de los
demás, y de satisfacer las justas exigencias de
la moral, del orden público y del bienestar
general en una sociedad democrática». Límites
similares se encuentran también en el inciso 3
del artículo 29 del Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos de la Organización
de las Naciones Unidas (onu, 1966, en vigor desde
el 23 de marzo de 1976) y en inciso 2 del
artículo 13 de la Convención Americana sobre
Derechos Humanos de la Organización de Estados
Americanos (oea, Suscrita en San José de Costa
Rica el 22 de noviembre de 1969, en la
Conferencia Especializada Interamericana sobre
Derechos Humanos).
8 Vid. s. tc, 104/1984 de 17 de julio,
boe de 13 de agosto, Fundamento Jurídico 5. La
sentencia del ponente Tomás y Valiente, leída
ante el Tribunal Constitucional español, dice
que [...] «el hecho de que el artículo 20 de la
constitución garantiza el mantenimiento de
una comunicación pública libre sin la cual
quedarían vaciados de contenido real otros
derechos que la Constitución consagra, reducidas
a formas hueras las instituciones representativas
y absolutamente falseado el principio de
legitimidad democrática (s. tc, 6/1981, de
16 de marzo), otorga a las libertades del
artículo 20 una valoración que trasciende a la
que es común y propia de todos los derechos
fundamentales». Cit. en Aguilera Fernández,
1990, p. 99-100.
9 Ivo Duchacek refiere tres niveles de
libertad de expresión: una, defendida por los
absolutistas, que reclaman toda la libertad para
expresar ideas de todo tipo; otra, defendida por
los maximalistas, que estiman absoluta sólo la
libertad de expresar ideas políticas, y la
defendida por los relativistas, que aceptan
límites tanto en la expresión política como en
la relacionada a otros valores sociales. (1976,
pp. 293 ss.)
10
Cfr. Las Constituciones de los Estados de la
Unión Europea. Op. Cit. Hasta 1996, todas
las constituciones europeas restringían el
alcance de la libertad de expresión,
fundamentalmente en relación con la protección
de los menores y al honor de las personas.
11
La ética es el estudio de la moral, de acuerdo
con el Diccionario de Filosofía de Mario
Bunge (2001, p. 70). Por lo demás, la ética
«es la ciencia filosófica teórica y práctica
que investiga la moralidad de los actos humanos y
estudia los valores, la vida y la conducta moral
de la persona y de la comunidad humana, teniendo
siempre como fin la honestidad», según la tesis
de Hartland Awann, defendida en El análisis
de la Moral (Londres, 1960), citada por Luka
Brajnovic (1978, p. 19). La ética periodística
es una ética aplicada.
12
Vid. José Luis Exeni, «Apuntes sobre
autorregulación del periodismo», en Sala de
Prensa, No. 30, abril de 2001.
13
Siempre que nos refiramos al concepto prensa,
estaremos abarcando a todos los medios de
comunicación, independientemente de la
plataforma que empleen, sea ésta impresa,
radiofónica, televisiva o Internet. Por
supuesto, el acento estará marcado en los medios
impresos por ser los más antiguos y abundantes
en número, aun cuando ni de lejos su
circulación alcance hoy a un volumen de lectores
siquiera cercano a la audiencia de los medios
electrónicos.
14
Es común que los estudios académicos sobre
diversos aspectos del periodismo centren su
atención en sólo tres figuras: el periodista,
entendido como el reportero que recaba y redacta
la información; el editor general, entendido
como el personaje que toma las decisiones
editoriales sobre qué y cómo se publica el
material que le proveen sus periodistas, y el
dueño, que contrata a ambos. Sin embargo, en
toda redacción existen muchas otras funciones
además del reportero y del editor general; ahí
están los fotógrafos y camarógrafos, los
redactores, los traductores, el personal de
archivo, los correctores de estilo, los
secretarios de redacción, los jefes de
redacción, los jefes de información, los
editores de sección (en los medios
audiovisuales, además, los editores de sonido e
imagen) e incluso los asistentes y los auxiliares
de redacción, todos ellos por lo
general periodistas realizando funciones
periodísticas en un periódico.
Consecuentemente, siempre que en este trabajo
utilicemos el concepto periodista, nos
estaremos refiriendo a todos ellos.
15
Una rápida mirada al histórico control del
poder sobre la prensa en el mundo se encuentra en
la introducción de Four Theories of the Press,
Op. Cit.
16
En este punto coincidimos con periodistas,
editores y capacitadores de 19 países,
participantes en la Conferencia sobre Ética
Periodística y Autorregulación organizada entre
el 25 y el 27 de septiembre de 1999 por la
Federación Internacional de Periodistas, en
Tirana, capital de Albania, que llegaron a la
misma conclusión.
17
Cuando usemos el término redacción,
siempre nos referiremos al lugar donde trabajan
los periodistas dentro de sus medios.
18
El concepto deontología, acuñado por
Jeremías Bentham y discutido por Immanuel Kant,
en el siglo XIX, se refiere al «ejercicio de la
libertad individual apegada a la razón». Una
recopilación amplia y aún actual se encuentra
en Villanueva, Ernesto (1999). Deontología
informativa. Códigos deontológicos de la prensa
escrita en el mundo. México. Universidad
Iberoamericana, Ciudad de México; Pontificia
Universidad Javeriana, Santa Fe de Bogotá.
19
Definiciones puntuales de este concepto se
encuentran más adelante. Por lo pronto, a lo
largo de este trabajo, por autorregulación
periodística siempre entenderemos los
mecanismos específicos de autocontención y de
responsabilidad aplicadas en los medios.
20
El primer código de ética periodística está
documentado en 1910 y fue creado por la
Asociación de Editores de Kansas, en Estados
Unidos, aunque el antecedente más remoto se
encuentra en 1690 y se conoce como la
declaración de principios de Benjamin Harris,
editor de un único ejemplar del Publick
Occurrences Both Forreing and Domestick.
(Aznar, 1999a, p. 18.)
21
Al reflexionar sobre la libertad de prensa en
Estados Unidos, Tocqueville (2001, p. 198)
escribió: «Confieso que no profeso a la
libertad de prensa ese amor completo e
instantáneo que se otorga a las cosas
soberanamente buenas por su naturaleza. La quiero
por consideración a los males que impide, más
que a los bienes que realiza».
22
Cfr. Altschull, Herbert J. (1995, 2nd
edition). Agents of Power: The Media and
Public Policy. Allyn & Bacon.
23
Cfr. Mill, John Stuart (1996). Sobre la
libertad. Undécima reimpresión. Madrid.
Alianza Editorial.
24
Antes de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos de 1948, el ámbito mundial de
la libertad de expresión estaba sujeta
fundamentalmente a la gracia de los gobernantes,
que otorgaban libertad de imprenta, pese a
existir como garantía en diversos textos
constitucionales, mientras que apenas algunos
derechos de terceros sólo eran protegidos en
códigos penales y civiles.
25
A finales del siglo XIX, una campaña orquestada
en los periódicos sensacionalistas de William
Randolph Hearst, encabezados por el New York
Journal, terminó en la invasión militar de
Cuba en 1898. Hearst había enviado a un
reportero y a un dibujante a La Habana; éste
último, Frederic Remington, telegrafió a su
jefe pidiéndole autorización para regresar,
pues no había nada que informar. "Todo en
calma. No habrá guerra", le explicó a
Hearst. La respuesta del empresario periodístico
es célebre: "Ruégole se quede. Proporcione
ilustraciones, yo proporcionaré la guerra".
26
Los críticos de medios aparecieron temprano en
Estados Unidos. El más destacado tal vez sea
George Seldes (1890-1995), quien realizó uno de
los cuestionamientos más consistentes sobre la
industria mediática de su país a lo largo de
casi todo el siglo XX.
27
Son ampliamente conocidos los discursos de Joseph
Pulitzer y Walter Lipmann, quienes, junto con
otros, contribuyeron a la profesionalización del
periodismo. Vid. Walter Lipmann, «Some notes on
the press», en Rossiter, Clinton, y Lare, James
(comps. 1963). The essential Lipmann.
Nueva York. Random House, pp. 398 ss.
28
Los primeros mecanismos de autorregulación
nacionales en la forma de consejos de
prensa surgen a mediados del siglo pasado
bajo la presión gubernamental en Inglaterra y
Estados Unidos, en 1947, y en Alemania, en 1952.
Este punto se desarrollará ampliamente en el
segundo capítulo de esta obra.
29
Vid. Gerardo Albarrán de Alba, «Guerra
mediática», en Información y sociedad,
dossier de medios de Le Monde Diplomatique,
Año 5, No. 51, 20 de diciembre de 2002, p. 1.
30
Michael Morgan, «The Media and The Persian Gulf
War», en Electronic Journal of Communication,
Volume 2, December 1991, No. 1. (Paréntesis
nuestro.) Para una visión ampliamente
documentada sobre el papel de la prensa
estadunidense y europea como agente de propaganda
de sus gobiernos, debe consultarse Mattelart,
Armand (1996). La comunicación-mundo.
Historia de las ideas y las estrategias.
México. Siglo XXI.
31
Cfr. Commission on Freedom of the Press (1947). A
Free and Responsible Press. Chicago.
University of Chicago Press. Ese organismo creado
después de la II Guerra Mundial es mejor
conocido como Hutchins Commission. Algunos
autores sostienen que la teoría de la
responsabilidad social de la prensa no es un mero
ejercicio de abstracción académico, sino que la
pauta de su esencia fue marcada mucho antes por
algunos editores y dueños de medios
particularmente responsables. Cfr. Siebert, Fred
S., Peterson, Theodore, y Schramm, Wilbur (1956).
Four Theories of the Press. New York.
Books for Libraries Press.
32
Vid. Gerardo Albarrán de Alba, «Diferencias en
el periodismo de investigación en Estados Unidos
y Latinoamérica», en Sala de Prensa No.
32, junio de 2001. También en Razón y
Palabra, No. 22, mayo-julio de 2001.
33
En realidad, sólo Costa Rica es excepción
plena. México vivió décadas de control
gubernamental bajo los regímenes del Partido
Revolucionario Institucional (pri) que degeneró
en servilismo de la prensa, generalizado por lo
menos hasta mediados de los años 70. Colombia ha
vivido casi un siglo de guerra civil no declarada
y violencia en ascenso que ha costado la vida a
decenas de periodistas.
34
Imposible olvidar la intervención de la
dictadura militar argentina, el 25 de mayo de
1977, al diario La Opinión, de Buenos
Aires, fundado y dirigido por Jacobo Timerman,
por citar sólo uno de los ejemplos más
conocidos.
35
Datos obtenidos de los reportes emitidos por el
Comité para la Protección de los Periodistas
(cpj), en Nueva York, correspondientes al mismo
periodo
36 Ibid.
El asesinato de otros cuatro periodistas en
Colombia y dos más en México no se había
vinculado aún a su actividad profesional.
37
Cfr. «Informe del relator especial para la
libertad de expresión, 2001» Comisión
Interamericana de Derechos Humanos. oea. Cabe
resaltar el caso de Chile, que en 2000 derogó la
censura previa y el artículo 6b de la Ley de
Seguridad Interior del Estado, que contemplaba la
figura de desacato.
38
Marylene Smeets, «Balance regional: las
Américas», en Ataques a la prensa, 2001.
Nueva York. cpj.
39
Un par de ejemplos: La Organización Editorial
Mexicana que se dice «la empresa
periodística más grande de habla hispana y uno
de los tres mayores grupos del mundo
controla 35 editoras, 60 diarios, una impresora
comercial, una agencia de información, dos
estaciones de radio y un canal de televisión, en
los cuales encontramos todos los vicios
mencionados. Su dueño, Mario Vázquez Raña,
casi llevó a la quiebra a la agencia de noticias
United Press International (upi), cuando
adquirió la mayoría accionaria en ... e
implantó su esquema empresarial y periodístico.
40
Cfr. Alger, Dean (1998). Megamedia: How Giant
Corporations Dominate Mass Media. Distort
Competition, and Endanger Democracy.
Maryland. Rowman & Littlefield Publishers,
Inc.
41
Véanse los grupos editoriales encabezados por
los diarios Reforma, Milenio, La
Jornada, El Sol de México y Novedades,
que han adquirido o se han asociado con
periódicos de casi todo el país, entre todos.
Este fenómeno se reproduce en varios estados del
país, como Sinaloa, con los diarios Noroeste
y El Debate, o Sonora, con El Imparcial,
que tiene un par de diarios más en el vecino
estado de Baja California, por citar los casos
más conocidos.
42
"En Guatemala por lo menos ocho candidatos
presidenciales fueron a Miami a negociar con el
publicidad en éstas últimas campañas."
González ha extendido sus negocios con la
adquisición de canales televisivos en República
Dominicana, Ecuador, Brasil, Paraguay, Chile, El
Salvador, Nicaragua y Costa Rica, según Gonzalo
Marroquín, director editorial del diario Prensa
Libre, su principal competidor. Prisma
Internacional, en http://www.proceso.com.mx,
16 de junio de 2000.
43
Cfr. Sartori, Giovanni. Homo videns. La
sociedad teledirigida. Taurus. México. 1998.
44
Vid. Gerardo Albarrán de Alba, «Saber para
hacer», Conferencia Acceso a la Información,
Universidad Realística de Puebla, 3 de junio de
2002.
45
Ya desde 1968, el cuestionamiento social a la
prensa caló hondo en muchos periodistas
mexicanos que, menos de una década después,
comenzarían a fundar revistas y diarios
dirigidos más a la sociedad que al poder. La
radio y la televisión tardaron algunas décadas
más en abrirse, pero el proceso electoral de
2000, que culminó con la pérdida de la
Presidencia de la República para el pri,
sacudió muchas de sus inercias serviles hacia el
poder.
*
Gerardo Albarrán de Alba es director de Sala de Prensa, coordinador de proyectos especiales
del semanario mexicano Proceso y coordinador académico del Curso
Superior en Periodismo de Investigación en la Universidad
Iberoamericana. Es miembro
asociado de la Organization of News Ombudsmen. Este texto forma parte del proyecto
con el que obtuvo la suficiencia investigadora en
el Doctorado en Derecho de la Información en el
programa compartido por la OdeO la
UIA y el IIJ-UNAM, en septiembre de 2002.
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